La Casa de Borbón y sus grandes reformas

Acabamos de comprobar que ya desde la primera mitad del siglo xvii, las Guardias compartieron misiones de protección a los miembros de la Casa Real con otras muy importantes desde el punto de vista militar. Obligaciones que se extremarán con la llegada de la dinastía de los Borbones, momento en el que las Guardias Reales se convertirán en fuerza de choque y ‒como las tropas de élite que fueron‒ en ejemplo a seguir en el campo de batalla, donde con su actitud y buen comportamiento, debían contribuir a elevar la moral del ejército y animarlo al combate, siempre desde primera línea.

Tales fueron las misiones de los “Reales Guardias de Corps”, las “Reales Guardias de Infantería Españolas” y “Valonas” y los “Carabineros Reales”, desde el reinado de su creador, Felipe V, quien se vio obligado a formarlas adecuándolas a los nuevos tiempos y a las necesidades que le imponía la Guerra de Sucesión en la que se vio inmerso y en la que al recibir la ayuda del ejército de su abuelo, Luis XIV, tuvo que amoldar el suyo al mucho más moderno de los franceses. Reclutó, el rey “Animoso” los hombres de sus guardias entre los hijos de las más nobles familias de España, Flandes e Italia, hombres expertos en el manejo de las armas y caballos, a los que se les exigía nobleza y limpieza de sangre. En el marqués de Louville delegó el monarca la reestructuración de las guardias recibidas de la Casa de Austria. Se disolvieron entonces los antiguos “Cuerpos Reales” y se creó un “Cuerpo de Casa Real” de 6.000 hombres, con dos Regimientos de Infantería, uno valón y otro español, y uno de Caballería para servicio directo de la familia real. Se conservó la Guardia de “Alabarderos”, pero se suprimió la “Tudesca”, mientras que la influencia francesa trajo a los “Mosqueteros de la Guardia de la Persona”, que entraron en servicio en octubre de 1702.

Será en 1704 cuando, debido a la rivalidad entre estos mosqueteros flamencos y los componentes de la “Guardia de la Lancilla” ‒con los cuales se habían producido incidentes incluso en el interior de palacio‒ el rey decide unificar a toda la Guardia, formando un nuevo regimiento que los engloba- se a todos, con la denominación de “Reales Guardias de Corps”, constituido por cuatro compañías, a imitación de las de Francia: dos españolas, una flamenca y otra italiana. Cada compañía va a contar con más 200 hombres; las dos primeras (las españolas) habrían de estar compuestas por los jinetes del Regimiento “Real de España”; la tercera, por 100 mosqueteros flamencos ‒incrementados con otros 100 que debían llegar de los Países Bajos‒ y la cuarta por nobles Italianos. En 1706 se aumentó con otra compañía llamada “Americana” para los caballeros de aquellos dominios y con la misma fuerza que las otras. Al frente de cada una de las compañías un capitán, dos tenientes, otros nueve oficiales, ocho suboficiales y 194 soldados, a los que se dotaba de una plana mayor compuesta por un sargento mayor y cuatro auxiliares.

Grandes fueron las exigencias para estas tropas durante los reinados de Felipe V, Carlos III y Carlos IV, y hasta bien entrado el siglo xix, cuando por orden del general Espartero y como consecuencia de los avatares políticos y carencias económicas de la época fueron prácticamente disueltas en 1841. Hasta entonces habían comparecido, entre otras gloriosas ocasiones, en las guerras de Italia, en los asedios a Gibraltar en el siglo xviii, en la Guerra de la Independencia y en la Primera Guerra Carlista, ya en el xix, por mencionar algunas de las muchas campañas en las que participaron. En todas ellas su comportamiento fue ejemplar y pagaron su heroísmo su- friendo multitud de bajas en sus filas, siendo acreedores, algunas de sus unidades, de merecidas recompensas, como las correspondientes corbatas de San Fernando que hoy penden, nuevamente, de su bandera.

La Guardia Real en el epílogo a la guerra de la independencia

Entre 1824 y 1825 se produjo una reorganización de la Guardia Real que dio como resultado la creación de una Guardia Real de Línea y una Guardia Real Provincial. La Guardia Real de Línea estaba, a su vez, dividida en Guardia interior ‒Alabarderos y Guardias de la Real Persona‒, cuya misión se desarrollaba dentro del Palacio Real, y Guardia Exterior (una División de Infantería subdividida en dos Brigadas de Línea, una División de Caballería, una Batería de Artillería Montada, una Compañía de Zapadores-Minadores y una Compañía del Tren), cuyo empeño era la protección del exterior de palacio y de las reales personas cuando estuviesen fuera de él. La Guardia Real Provincial, por su parte, fue creada por el rey para premiar la fidelidad mostrada por los regimientos de “Milicias Provinciales”, de lo que resultó la formación de una división compuesta por la “Brigada de Granaderos Provinciales de la Guardia Real de Infantería” y por la “Brigada de Cazadores Provinciales de la Guardia Real de Infantería”, que se iban alternando anualmente en su servicio de guardia.

Este modelo de Guardia Real fue disminuyendo el número de sus componentes a la muerte de Fernando VII, en primer término con disolución de la Guardia Real Provincial, por decreto de la Reina Gobernadora, y después con el fin del Real Cuerpo de Guardias de la Persona del Rey y la Batería Real Montada que lo fueron en agosto de 1841, una vez terminada la Guerra Car- lista, y que concluyó con la incorporación al Ejército de la Guardia Exterior de Infantería y Caballería en diciembre del mismo año.

El intento de pronunciamiento que llevaron a cabo los generales De la Concha y Diego de León el 7 diciembre de dicho año dejó expedito el camino hacia dicha disolución. Será este el hecho de armas más significativo que figurará en la memoria de las unidades al servicio de la Casa Real. En tal fecha, el Regimiento de la “Princesa”, al mando del general Manuel Gutiérrez de la Concha, se internó en palacio con la aquiescencia de la Guardia Real Exterior para poner bajo su tutela a la joven reina Isabel e intentar de este modo el derrocamiento del general regente, Baldomero Espartero. La resistencia del zaguanete de Alabarderos, con el teniente Domingo Dulce y Garay a la cabeza, bastó para que acudiesen en rescate de la reina otras unidades de la Milicia Nacional y del Ejército fieles al regente. En la acción, frente a las numerosas bajas del Regimiento, sólo perdió la vida el alabardero Jaime Armengol, y por ella les fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando.

De Isabel II a Amadeo de Saboya. Una guardia mínima de alabarderos

Tras el atentado que el cura Martín Merino infligiera a la reina Isabel II el 2 de febrero de 1852, y en el que la intervención del alabardero de escolta salvó la vida de la soberana, se acometió una nueva organización de las unidades de la Guardia Real, que se vieron ampliadas con la creación de dos compañías para la Guardia de Alabarderos y de un Escuadrón de Guardias de la Reina, que sería, a su vez, suprimido por cuestiones económicas en 1854.

Durante la revolución de 1868 se suprimió por primera vez en la historia el Cuerpo de Reales Guardias Alabarderos, y a la  llegada del rey Amadeo I de Saboya se formó una Guardia Real compuesta por una compañía de 120 hombres de Infantería y un Escuadrón de Caballería  de 70 jinetes, con una indumentaria curiosa para nuestras costumbres: levita encarnada y calzón blanco. Su misión fue, lógicamente, la de custodiar al monarca en palacio y en sus salidas, aunque él era poco amigo de escoltas y gustaba de pasear solo o acompañado de algún amigo.

Reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII. El retorno a la tradición

La llegada al trono del rey Alfonso XII trajo consigo la vuelta del “Real Cuerpo de Alabarderos”, para el servicio interior de palacio, y la creación de un Escuadrón de Coraceros de Escolta, para proteger y acompañar al monarca en sus salidas. Ambas formaciones se mantuvieron durante el reinado de Alfonso XIII, aunque en 1919 la Unidad de Caballería cambiaría su nombre por el de “Escuadrón Real”. Las dos unidades fueron disueltas en el año 1931 tras la proclamación de la República.