
09 feb 2026
IEEE. La evolución política de HTS en Siria: análisis sobre legitimidad y terrorismo de Estado
Guillermo Talavera Cejudo, Teniente de Navío, Armada. Máster en Estudios Avanzados de Terrorismo.
Orígenes de Hayat Tahrir al-Sham. Enfoque como actor no estatal.
La guerra de Siria fue un complejo conflicto que comenzó en 2011 caracterizado por desatar una de las mayores crisis humanitarias de los últimos tiempos. Una de sus principales características fue la intervención de un elevado volumen de actores, tanto estatales como no estatales, cada uno abogando por sus intereses mediante el empleo de la fuerza, factor que generó alianzas no exentas de tensiones. Centrando el estudio en los actores no estatales, la gran heterogeneidad de objetivos, métodos, estrategias y creencias provocó que las disensiones entre grupos marcaran el eje principal de acción de los mismos, apartándolos de su objetivo primigenio: el régimen de Bashar al-Assad. Estos elementos idiosincráticos propios de cada grupo, establecieron identidades individuales, las cuales, arrastraron adeptos a la causa en defensa de su colectivo étnico, cultural o religioso, más que en la búsqueda de una cooperación conjunta contra el régimen1.
Existe cierto consenso entre analistas en determinar que el origen del conflicto tuvo lugar en las denominadas «primaveras árabes», ese conjunto de rebeliones y protestas que acabó con regímenes históricos principalmente de países del norte de África como Egipto, Túnez y Libia. Sin embargo, la esperanzadora idea occidental de democratizar el mundo árabe no tuvo en cuenta la división interna del país, la pobreza e inseguridad, su heterogeneidad étnica y el rigorismo religioso de ciertos grupos de ideología salafista. Este marco de inestabilidad supone la creación de un vacío de poder que habitualmente deriva en el surgimiento de grupos extremistas, los cuales consideran el uso de la violencia como elemento principal de consecución de sus objetivos políticos2.
En este punto, es necesario presentar a Abu Mohammad al-Jolani, presidente del gobierno sirio, conocido actualmente como Ahmad Hussein al-Sharaa. Comenzó a militar en Al Qaeda en 2003 con motivo de la invasión de Iraq por parte de EEUU, siendo reclutado por el propio Abu Musab al-Zarqawi, líder entonces de Al Qaeda en Iraq. Debido a sus acciones, estuvo encarcelado en prisiones estadounidenses, donde su proceso de radicalización se acrecentó, entrando en contacto con personajes como Abu Bakr al-Baghdadi, futuro líder del Daesh. En primera instancia, tomo parte activa en la creación del Estado Islámico de Iraq en 2006, sirviendo como franquicia de Al Qaeda3.
Posteriormente, tras el estallido de la guerra en Siria, al-Zarqawi decidió depositar su confianza en él y enviarle para agrupar a todos los sirios partidarios de la yihad en un nuevo grupo, también filial de Al Qaeda, denominado Jabhat al-Nusra, seccionando los frentes de insurgencia en Siria e Iraq. Esto implica no sólo que existiese una coincidencia ideológica y estratégica con Al Qaeda, sino que, asimismo, se encontraba financiada y apoyada logísticamente por ella, sin encuadrarse orgánicamente dentro de dicha organización. En 2015, la determinante entrada de Rusia en el conflicto a favor del régimen, sumado a la escasa coordinación de los actores no estatales y la escisión del Daesh de Al Qaeda, provocó la retirada y consecuente entrega de la mayor parte del territorio controlado por Jabhat al-Nusra, viéndose reducido a la provincia de Idlib 4.
En los años posteriores se produjo una reflexión interna del movimiento que acabó con una ruptura de los lazos con Al Qaeda, motivo principal que impedía que el resto de grupos insurgentes estrechasen lazos con la organización. Esta decisión esgrime el matiz diferenciador de al-Jolani, sacrificando su relación con Al Qaeda en pos de unir fuerzas de los distintos grupos locales, alejarse del foco internacional y mejorar su imagen pública hacia otros países del entorno, en aras de su proyecto político, denotando una pulsión nacionalista que por primera vez se muestra predominante. El cariz simbólico y aglutinador de esta decisión, unificó a gran parte de las facciones islamistas rebeldes en único frente, renombrándose como Jabhat Fateh al-Sham y posteriormente Hayat Tahrir al-Sham (HTS) en 20175.
En este punto del conflicto, HTS era un actor no estatal, que controlaba de facto la provincia de Idlib mediante el proclamado Gobierno de Salvación Nacional Sirio. Habitada por aproximadamente tres millones de personas, se encontraba conformada en gran medida por desplazados y ciudadanos de origen turcomano, acrecentando, por consiguiente, la influencia e interés turco en la región. En realidad, se trataba de un Estado islámico autoproclamado, que seguía una lógica similar a la llevada a cabo por el Daesh: implantación de la sharia, recaudación tributaria, establecimiento de servicios sociales básicos y una sección militar organizada que mantenía como principal enfoque la guerra asimétrica y en particular los ataques suicidas. Su objetivo último era el de obtener legitimidad a nivel institucional. En este sentido, hizo proclamaciones como la renuncia a la yihad internacional proclamada por el Daesh y una declaración de enfrentamiento directo contra ellos. Sin embargo, es altamente probable que su fin fuera el de difundir propaganda con el objeto de ganar protagonismo regional y adeptos a costa de su organización rival6.
Figura 1. Cartel de busca y captura de Al-Jolani. Fuente: diario ABC (2024)7
Daesh y HTS eran las opciones que se mostraban sobre la mesa al grupo de población siria que defendía los preceptos salafistas y que buscaban tomar partido en la guerra. Su principal diferencia (además del volumen de efectivos e importancia que llegó a tener el Daesh en Siria e Iraq) fue la búsqueda de la yihad global, motivo que precipitó la caída del Daesh mientras mantuvo fuera del foco internacional a HTS.
La caída del régimen. De las bases de HTS surge un actor estatal.
El sacrificio de al-Jolani y su organización para poder disponer del apoyo para su campaña, fue el proceso de alejamiento de otros grupos yihadistas en pos de una visión nacionalista y aglutinadora; visión que generó una sensación de mayor normalidad con el paso de los años de guerra en la provincia de Idlib. Los muyahidines progresivamente se fueron convirtiendo en ciudadanos y con ello la región adquirió un cierto desarrollo en tiempos de guerra, siempre manteniendo su adhesión a la ideología religiosa suní de corte salafista y, por tanto, siempre desde la razonable duda acerca de defensa de los derechos humanos de la población.
Por su parte, durante los años en los que al-Assad se mantuvo en el poder, su gobierno, centralizado en el partido Baaz, llevó a cabo prácticas que pueden asociarse con el terrorismo de Estado, como el supuesto uso de armas químicas8. En este sentido, decidió reprimir las manifestaciones mediante el empleo del ejército y no usando a la policía como le asesoraba el general Qassem Soleimani. En este sentido y prácticamente desde el comienzo del conflicto, la sombra del empleo de armas químicas ha estado presente, sospecha que se materializó en agosto de 2013. Un brutal ataque con armas químicas dejó entre 1000 y 1400 fallecidos, en su mayoría civiles, en la región de Guta Oriental, controlada en ese momento por facciones del Ejército Libre Sirio y grupos salafistas. La autoría del ataque fue confirmada por ONU y sirvió como base para el inicio de procesos judiciales y acusaciones de crímenes de lesa humanidad contra el gobierno de al-Assad9. Este incidente supuso un punto de inflexión en el conflicto ya que, ese mismo año, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 2118 que obligaba al gobierno sirio a declarar y destruir todos sus arsenales de armas químicas; un proceso que sería realizado bajo la supervisión de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ)10.
Por otro lado, es necesario reseñar que gran parte de los supervivientes del ataque fueron trasladados desde Guta Oriental a la provincia de Idlib, un hecho que sin duda actuó como catalizador del sentimiento de odio hacia el régimen en esta región y que fue inteligentemente canalizado por al-Jolani con objeto de ganar adeptos a su causa. Aunado a lo anterior, en 2017 el gobierno sirio volvió a atacar con armas químicas en la propia provincia de Idlib, esta vez en un ataque directo ante la influencia creciente del entonces Jabhat al-Nusra (filial de Al Qaeda antes mencionada) en la región, dejando centenares de muertos y provocando una respuesta militar directa de EEUU mediante un ataque desde sus destructores desplegados en el Mediterráneo; a los que más adelante se sumó Francia y Reino Unido en un ataque combinado11, doblegando la voluntad de al-Assad. Los citados ataques químicos no sólo supusieron una pérdida de legitimidad internacional para el régimen de al-Assad, sino un aumento del apoyo local hacia al-Jolani y su proyecto, que continuaba eclipsado internacionalmente debido a la lucha contra el Daesh12.
Durante los años siguientes, el conflicto sirio entró en una fase de estancamiento militar y fragmentación política. A pesar de conservar el control de Damasco y parte del territorio, el régimen de al-Assad se sostuvo únicamente gracias al apoyo ruso e iraní, mientras que en el norte el grupo de al-Jolani continuaba consolidando su poder político. El lento pero inminente desgaste de las estructuras del estado abría las puertas al cambio.
La decisiva ofensiva en diciembre de 2024 por parte de todos los grupos armados sirios liderados por HTS, acabó con el desmoronamiento del gobierno de al-Assad, reconfigurando el tablero geopolítico de Oriente Medio. El presidente al-Assad, no fue capaz de reaccionar ante el envite de la coalición y tuvo que exiliarse en Rusia tras la caída de Damasco, dos semanas después del comienzo de los ataques. Sin embargo, la realidad es que el debilitamiento del régimen culminó con una escisión completa entre población y Estado motivada por tres factores esenciales: el precario estado del ejército sirio en relación con el material e impagos salariales, una población cansada de una represión constante y una aguda crisis que había provocado el colapso económico y prácticamente convertido el país en un narcoestado13.
Figura 2. El desmoronamiento del régimen del al-Assad. Fuente: Álvaro Merino, EOM (2024)14
Esta rápida caída, propició una visión occidental esperanzadora acerca del país. Ejemplo de ello lo muestra la visita de los ministros de exteriores de Francia y Alemania15; pero además, del mismo modo muchos de los países del entorno regional se apresuraron a contactar con el nuevo gobierno para obtener un trato de favor. Aprovechando este impulso, el nuevo líder sirio rápidamente llevó a cabo un espectacular cambio de imagen; el uniforme de campaña fue sustituido por chaqueta y corbata, mientras que la narrativa ya no era bélica, sino de unificación y paz. Finalmente, fue consciente de que su nombre de guerra ya no volvería a ser necesario; a partir de ahora se presentaría como Ahmed al-Sharaa, el gobernante perteneciente a la mayoría religiosa suní que puso fin a más de cincuenta años de autocracia alauí. Su recompensa: el fin de la orden de busca y captura contra el líder de HTS por parte de EEUU y la bienvenida a la comunidad internacional16.
Análisis teórico. ¿Transición política o terrorismo de Estado?
Según lo mostrado anteriormente, existen evidencias para calificar a la organización islamista radical HTS como organización de corte terrorista. Sin embargo, la organización HTS como tal ha dejado de existir y, por tanto, Ahmed al-Sharaa ya no se muestra como líder de una organización terrorista, sino como el presidente unificador de Siria, recibido con ciertos tintes de esperanza por EEUU, la UE, Israel y parte de la comunidad occidental. De hecho, el enviado especial del Consejo de Seguridad de la ONU en Siria afirmó que existe un fuerte consenso internacional en lo que respecta al apoyo a la transición política en Siria. A este respecto, expresó la necesidad de unificación de grupos armados, las garantías de seguridad en la frontera noreste kurda, una estructura de gobierno representativo y no sectario, así como el compromiso del nuevo presidente de garantizar la protección de civiles, siendo éste el principal asunto con claros indicios de incumplimiento17.
Figura 3. Visita de la comisaria europea de gestión de crisis a Damasco. Fuente: Servicio audiovisual de la Comisión Europea (2025)18
El análisis por tanto no debe de realizarse sobre la base del estudio de la organización en sí, sino tratar de determinar, según los acontecimientos acecidos desde el pasado diciembre, si son suficientes para calificar al actual gobierno sirio como terrorista, es decir, ¿practica este ejecutivo actualmente el terrorismo de Estado, del mismo modo que fue fácilmente atribuible al gobierno del Daesh en Siria e Irak, o al movimiento talibán en Afganistán? ¿Está obviando el deber de protección contra las minorías étnicas de la región? ¿Se están difuminando sus acciones en beneficio de intereses estratégicos de terceros Estados, en comparación con la amplificación mediática de los ataques perpetrados por Daesh en su momento para justificar la intervención?
En este sentido, de acuerdo con los estudios de López y Stohl (1988), se puede afirmar que existen tres tipologías de terrorismo de Estado19:
- La primera es el uso de la amenaza directa como método de coerción y modificación del comportamiento de los ciudadanos.
- En segundo lugar, se encuentra el denominado terrorismo de Estado encubierto, en cuyo caso, la acción clandestina puede ser llevada a cabo bien por agentes gubernamentales o bien mediante acciones planeadas y elaboradas por el Estado, pero ejecutada por grupos privados.
- El tercer tipo sería el denominado terrorismo subrogado. En este caso, el Estado en cuestión asume o da conformidad de manera explícita o implícita a la acción de grupos terroristas que tienen su propia agenda en el país. Expresado de otro modo, el gobierno es consciente y permite de facto que ciertos colectivos independientes ejerzan la violencia sin oposición alguna contra grupos de población concretos.
El tercer supuesto es el caso de estudio del gobierno sirio de Ahmed al-Sharaa. Los elementos de análisis son los fenómenos de violencia ejercidos por parte de grupos de radicales de ideología salafista contra minorías étnicas sirias, concretamente cristianos, alauíes y drusos.
El primero de ellos comenzó el pasado 6 de marzo, cuando milicias procedentes de la costa, partidarios del viejo régimen de al-Assad, realizaron una incursión contra el nuevo ejército sirio. La represalia del ejército a este ataque fue dura, pero aún más la libertad de acción de grupos radicales armados antiguamente vinculados a HTS, además de grupos locales salafistas de menor entidad que vieron este ataque como una oportunidad de venganza. Las órdenes por parte de los mandos hacia los grupos armados para una mejor coordinación provenían directamente desde Damasco, mandos que, tras las acciones, fueron ascendidos a generales20. Esta caza sectaria desproporcionada en relación con la escaramuza de los partidarios del viejo régimen dejó más de 1300 muertos, principalmente alauíes y en menor medida cristianos, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, además de un gran número de desplazados a la base rusa de Jmeimim21.
El segundo elemento es relativo a la comunidad drusa, minoría religiosa islámica que habita en el suroeste del país, una población que también fue atacada de manera desproporcionada por parte de fuerzas militares del gobierno sirio y de nuevo grupos radicales salafistas con agenda propia a principios de julio. Dicho ataque, que comenzó como un ajuste de cuentas entre beduinos y drusos, acabó con la intervención de fuerzas militares, provocando enfrentamientos y bombardeos en barrios residenciales, así como la muerte de decenas de civiles, según aseguran jeques y líderes espirituales drusos. Esta escalada llegó a provocar la intervención de Israel en favor de los drusos, principalmente con empleo de medios aéreos y debido, en mayor medida, a los lazos históricos, familiares y militares que la comunidad drusa del norte de Israel posee en el país, así como a la necesidad de garantizar la paz en la zona que Israel considera de amortiguación con Siria, más allá de los altos del Golán. Si bien, todos los actos violentos fueron condenados por el Secretario General de la ONU22.
Figura 4. Manifestación de ciudadanos drusos en los altos del Golán. Fuente: EOM (2016)23
Estos dos procesos de violencia contra minorías esgrimen dos conclusiones principales. En primer lugar, la sociedad siria no está en proceso de cohesión como pretende transmitir el presidente sirio. Existen claros indicios de que, tanto por parte de las fuerzas armadas como de diferentes colectivos de ideología radical afines al nuevo gobierno, existe una búsqueda de venganza tras la caída de al-Assad y que consideran que para ello deben de realizar una limpieza étnica. En segundo lugar, el incipiente ejército no tiene disciplina. Existe un claro apoyo del ejército en milicias paramilitares islamistas (algunas de las cuales son extranjeras, como los yihadistas uigures) que en su momento apoyaron la ofensiva contra al-Assad y que actúan de manera independiente de acuerdo a sus propios intereses, aprovechando las directrices del gobierno central para extralimitarse de las órdenes recibidas y provocar verdaderos actos de terrorismo de Estado, dentro de la categoría del terrorismo subrogado24.
Pese a estos sucesos, desde mayo de 2025 tanto EEUU como la UE levantaron gran parte de las sanciones impuestas a Siria, aunque con motivo de los ataques perpetrados en marzo, si bien, por parte de la UE se elaboraron un conjunto de medidas restrictivas dirigidas contra particulares y ciertas entidades, pero no contra el gobierno, hacia el cual se sigue manteniendo una narrativa favorable y esperanzadora25. Por tanto, el asunto es si existe conocimiento del propio Ahmed al-Sharaa sobre la actuación de sus fuerzas armadas y por tanto “deja hacer” para progresivamente realizar una limpieza étnica, o bien, las presiones que recibe de los líderes de estas milicias islamistas, gracias a las cuales llegó al poder, le obliga a hacer caso omiso a estos ataques y no intervenir. De cualquier modo, ya sea por connivencia o por omisión, el presidente sirio estaría incurriendo en un delito internacional de terrorismo de Estado por existir evidencias de desigualdades en las garantías de seguridad hacia ciertos colectivos o minorías.
Conclusiones e implicaciones estratégicas.
El prisma del nuevo gobierno sirio es ahora diferente. Ya no es una organización terrorista que busca la desestabilización de un régimen autocrático, ahora es un interlocutor válido para el mundo y un país que puede estar omitiendo el socorro de minorías por el hecho de estar imbuido y/o presionado por agentes de ideología radical. Es evidente que no se puede acusar a este gobierno de la situación previa en Siria, sobre la cual ya se ha expresado que las duras represiones del antiguo régimen tuvieron un papel determinante y por tanto existe una herencia violenta inherente. Sin embargo, HTS era un actor no estatal, un grupo terrorista internacionalmente reconocido y líder de una coalición de ideología salafista, el cual, tras hacerse con el gobierno, podría estar muy cerca de conseguir sus objetivos estratégicos, si consigue tener total legitimidad internacional, sólo que con distinto enfoque.
Por todo ello, y, si bien, el panorama no es el de un Estado occidental cuya democracia ha sido socavada por un grupo terrorista mediante una campaña de atentados, nos podríamos encontrar ante el primer grupo terrorista que ha conseguido la totalidad de sus fines estratégicos, empleando la violencia política en diferente medida. Este posible reconocimiento entraría en conflicto con la resolución 2254 del CSNU, la cual establece la necesidad de un proceso democrático y plural que excluya cualquier tipo de organización o Estado terrorista, en este caso26.
Con todo lo expuesto, existen claros beneficiarios y perjudicados de este cambio de régimen. Por una parte, Irán deja de proporcionar el suministro desde tierra que proporcionaba a sus milicias chiíes, principalmente Hezbollá, a través de la Siria de al-Assad. Israel, no sólo aprovecha lo anterior, sino que gana territorio más allá de los altos del Golán, justificando el apoyo a la población drusa atacada por las fuerzas militares sirias. Turquía, por su parte, puede ser la mayor beneficiada del alzamiento de al-Sharaa, dado que su mutua colaboración se remonta hasta su creación. Con esto, Turquía no sólo fortalece su poder blando en el mundo islámico, sino que afianza más el control de la población kurda, habiendo influenciado pactos como el que tuvo lugar entre el ejército kurdo y las fuerzas militares sirias para unificar e integrar el control militar y civil de la región de Rojava, tras años de combates27. Esto, por consiguiente, deja a Turquía en una clara posición de superioridad frente a Irán en la región. Rusia, por su parte, pierde cierta capacidad e influencia, ya que se ha visto obligada a negociar el mantenimiento de su base naval y aérea en el oeste del país, si bien, durante la visita del presidente Sirio a Moscú se aseguró que Siria honraría los acuerdos firmados previamente con Rusia28.
Ante lo expuesto, parece evidente que los Estados cada vez defienden más un pragmático balance de poder, proceso que se muestra a la ciudadanía de manera directa. No da lugar establecer si es ético o no legitimar a un país que ejerce el terrorismo de Estado, se trata de que el pragmatismo de los Estados occidentales, liderados por EEUU, con objeto de aislar el régimen reaccionario de los Ayatollah en Irán, recuperar los Acuerdos de Abraham y aislar las bases rusas, ha trascendido el idealismo liberal y sus ideas de cooperación internacional por encima de los propios intereses nacionales. El realismo se impone. Esto se aplica al uso dual del concepto de terrorismo, considerando en ocasiones a ciertos colectivos como rebeldes o luchadores por la libertad si conviene legitimar alguna acción, apoyando a derrocar a un gobierno disidente, o bien, mostrarles ante el público como crueles grupos terroristas si conviene deslegitimarlos29.
Apoyar a un país que práctica el terrorismo de Estado va en contra de los principios democráticos que la comunidad occidental dice defender, desde la perspectiva de la teoría del idealismo liberal. Sin embargo, sí que tiene mucho sentido desde la perspectiva del realismo, ya que este nuevo gobierno, aunque inestable por ahora, trabaja en favor de los intereses estratégicos de países como EEUU, Israel y Turquía. En este sentido, ese idealismo liberal occidental que los países intentan transmitir, cae en favor del realismo ofensivo que muestra el autor John Mearsheimer (2014), en donde los intereses nacionales y el objetivo de las grandes potencias de maximizar su poder relativo para asegurar su prevalencia e interés nacional, se muestran con una dura crudeza al propio espectador, incluso si esto implica tener como interlocutor válido un Estado que permite represalias contra minorías cristianas, alauíes y drusas30.
Guillermo Talavera Cejudo
Teniente de Navío, Armada. Máster en Estudios Avanzados de Terrorismo
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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La evolución política de HTS en Siria: análisis sobre legitimidad y terrorismo de Estado
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