
23 abr 2026
IEEE. Westfalia en la era de la competencia estratégica: el caso venezolano
Miguel Ángel Melián Negrín. Consultor y analista internacional en geopolítica, seguridad y defensa
La fractura westfaliana
Desde la Paz de Westfalia, la soberanía territorial se consolidó como el principio estructurador del orden internacional1, vinculando autoridad política, control territorial y legitimidad estatal en una misma ecuación. Durante siglos, la equivalencia entre reconocimiento jurídico externo y autoridad interna permitió dotar de estabilidad conceptual al Estado moderno. Sin embargo, en las últimas décadas esta correspondencia se ha vuelto crecientemente problemática. La persistencia y proliferación de regímenes formalmente soberanos pero cuestionados en términos de representación, derechos y ejercicio del poder ha abierto una brecha entre soberanía legal y legitimidad política efectiva.
El caso de Venezuela constituye un ejemplo paradigmático de esta fractura. Pese a mantener un reconocimiento internacional limitado2, continuidad institucional y control territorial, el régimen venezolano enfrenta un deterioro prolongado de su legitimidad interna, derivado de denuncias reiteradas de irregularidades electorales, la restricción de derechos civiles y políticos3 y la consolidación de una estructura de poder altamente centralizada y coercitiva, en ocasiones vinculadas a organizaciones que operan al margen de la legalidad4.
Esta erosión no ha supuesto la desaparición del Estado (de facto) ni la pérdida automática de su soberanía jurídica, pero sí ha generado un debate persistente sobre la legitimidad de su autoridad. En este contexto, la reciente implicación directa de Estados Unidos (en adelante EE. UU.) en Venezuela tensiona aún más los límites del paradigma westfaliano. Debido a que, en el marco tradicional, el principio clásico de no injerencia protegía la soberanía como valor supremo del orden internacional.
A pesar de ello, la intervención externa en un Estado cuya legitimidad interna es objeto de disputa revela una transformación más profunda. La proliferación de regímenes formalmente soberanos pero cuestionados en términos de representación política, garantías democráticas y respeto de derechos fundamentales ha abierto una brecha creciente entre soberanía jurídica y legitimidad política efectiva. En este sentido, el principio westfaliano persiste como marco normativo, pero su aplicación práctica ya no resulta automática ni neutra.
Ahora bien, esta transformación no puede explicarse únicamente desde la evolución del derecho internacional. En realidad, responde a cambios más profundos en la distribución del equilibrio de poder global y la manera en la que se ejerce. Tras el fin de la Guerra Fría, la hegemonía estadounidense promovió la legitimidad democrática como estándar político internacional, aunque dicha expansión normativa convivió con claras asimetrías estratégicas. Las intervenciones en distintos escenarios regionales5 evidenciaron que la evaluación internacional de los regímenes no se desligaba de intereses de seguridad y cálculos geopolíticos.
En un entorno progresivamente multipolar, la tensión entre soberanía y legitimidad se ha intensificado. Las grandes potencias reconocen, cuestionan o respaldan gobiernos no solo en función de criterios normativos, sino también en función de alineamientos estratégicos, del acceso a recursos y del posicionamiento regional. Las sanciones, la presión diplomática, el apoyo a actores opositores o los despliegues militares forman parte de un repertorio que trasciende la lógica clásica de la no injerencia. La legitimidad ha dejado de ser un atributo estático para convertirse en una variable dinámica, moldeada por la correlación de fuerzas.
En este contexto, el caso venezolano cristaliza esta mutación estructural. Aunque mantiene la soberanía formal, el reconocimiento diplomático limitado y el control territorial, el régimen enfrenta un deterioro prolongado de legitimidad interna. A partir de este punto, la intervención estadounidense y su encuadre en una renovada prioridad hemisférica ilustran cómo el debate sobre la legitimidad ya no se resuelve exclusivamente en el plano jurídico, sino en una arena donde norma y poder interactúan estratégicamente. Venezuela se convierte así en un laboratorio empírico de un orden internacional formalmente soberano, pero crecientemente jerárquico y atravesado por rivalidades geopolíticas.
Del paradigma westfaliano a la crisis de legitimidad
El sistema internacional moderno se consolidó sobre una arquitectura jurídica y política cuyo núcleo fue la soberanía territorial. La autoridad quedó así definida como exclusiva dentro de fronteras delimitadas, y el reconocimiento mutuo entre entidades políticas se convirtió en el mecanismo que reducía la incertidumbre estructural de un entorno anárquico. Como primer resultado, esta configuración no eliminaba el conflicto, pero lo encauzaba en un marco en el que el Estado soberano era, al mismo tiempo, actor y límite.
Figura 1. Europa tras los tratados de Westfalia, 1648. Fuente: Espace Mondial
En este marco, la legitimidad no se concebía en términos normativos internos, sino como una derivación funcional del control y del reconocimiento, por lo que el orden westfaliano prioriza así la estabilidad sobre la evaluación moral de los regímenes. Mientras existiera monopolio efectivo de la coerción y aceptación interestatal, la autoridad quedaba jurídicamente blindada. De esta forma, la no intervención operaba como garantía de supervivencia del sistema más que como principio ético.
No obstante, esta estructura contenía tensiones profundas. En primer lugar, la igualdad soberana era más formal que real. Desde el Congreso de Viena en 1815, el equilibrio europeo reveló que las grandes potencias ejercían funciones de supervisión sistémica. La soberanía formal coexistía, y continúa coexistiendo, con jerarquías implícitas que atraviesan el sistema internacional. Toda asociación o agrupación de Estados soberanos tiende a generar dinámicas relacionales asimétricas6, en las que emergen liderazgos estructurales y posiciones de primacía que operan como factores diferenciadores entre Estados. Así, el concierto europeo, y más tarde el sistema de alianzas previas a 1914, mostró que el poder material condicionaba la interpretación práctica del principio de igualdad.
Figura 2. Mapa de alianzas previas a la Primera Guerra Mundial. Fuente: Council of Foreign Relations
En segundo lugar, con el desarrollo de las dos guerras mundiales se pusieron de manifiesto los límites del paradigma clásico. El sistema de Estados soberanos, concebido para contener la violencia, se convirtió en escenario de guerras industriales totales como nunca se había visto. Tras 1919, la Sociedad de Naciones intentó introducir mecanismos de seguridad colectiva que moderaran la soberanía absoluta y, tras 1945, la Carta de las Naciones Unidas (en adelante NN.UU.) formalizó la prohibición del uso de la fuerza7, pero simultáneamente institucionalizó una jerarquía estructural a través del Consejo de Seguridad y el derecho de veto de cinco potencias. A raíz de lo anterior, la soberanía seguía siendo el principio rector, pero ahora estaba encuadrada en una arquitectura normativa que reconocía abiertamente la asimetría interestatal.
Seguidamente, el siglo XX amplió el universo estatal de forma exponencial. La descolonización y la caída de la URSS multiplicaron el número8 de Estados miembros del sistema internacional, muchos de ellos con capacidades institucionales limitadas9 y estructuras que, sistemáticamente, vislumbraban el futuro fracaso al que se asiste en la actualidad10. La igualdad soberana se universalizó jurídicamente, pero la brecha entre soberanía formal y capacidad efectiva se hizo más visible. Con este panorama, el sistema westfaliano se expandía, pero su homogeneidad funcional se debilitaba.
Durante la Guerra Fría, la soberanía fue reinterpretada dentro de una marcada lógica bipolar. Aunque formalmente intacta, la autonomía real de numerosos países quedó condicionada por la pertenencia a esferas de influencia11 debido a la frecuente intervención directa o indirecta de las potencias hegemónicas. Aunque en la mayor parte de las ocasiones estas intervenciones estaban revestidas de justificaciones ideológicas o estratégicas, la realidad demostraba que el principio de la no injerencia coexistía con prácticas sistemáticas de injerencia que lo vulneraban continuamente.
Con el fin de este período, el momento unipolar liderado por EE. UU. reforzó la idea de una hegemonía normativa y material. Las intervenciones12 en nombre de la democracia, los derechos humanos o la seguridad internacional introdujeron una tensión adicional entre soberanía y legitimidad. Paralelamente, en el siglo XXI, el ascenso de potencias con ambiciones revisionistas o regionales13 ha acentuado aún más la estructura jerárquica del sistema.
Como resultado, es posible afirmar que la soberanía ya no opera en un espacio de igualdad efectiva, sino en una red densa de interdependencias, dependencias estratégicas y disputas de poder. El paradigma westfaliano, por tanto, no ha desaparecido. Sigue siendo la gramática jurídica del sistema internacional. Sin embargo, su aplicación práctica ha estado históricamente atravesada por jerarquías, guerras sistémicas, expansiones estatales y dinámicas hegemónicas.
De lo anterior se deriva que esta evolución histórica prepara el terreno para comprender cómo, en el orden contemporáneo, la legitimidad de los regímenes puede convertirse en objeto de disputa estratégica sin que la soberanía desaparezca jurídicamente, siendo Venezuela un caso paradigmático.
Venezuela y la erosión estructural de legitimidad
A diferencia de los Estados colapsados o fragmentados territorialmente, Venezuela no encaja en la categoría clásica14 de «Estado fallido»15. Conserva fronteras definidas, asiento en las NN. UU., representación diplomática activa y control territorial significativo. Desde el punto de vista jurídico-formal, su soberanía permanece relativamente estable. Pero, en esencia, el marco institucional convive con un proceso prolongado de erosión de la legitimidad política que ha alterado profundamente la naturaleza del régimen.
El ciclo político iniciado con el ascenso de Hugo Chávez a finales de los noventa introdujo una transformación estructural del sistema venezolano en la que la legitimidad carismática y plebiscitaria del liderazgo bolivariano permitió una reconfiguración constitucional e institucional que concentró progresivamente el poder en el Ejecutivo hasta subordinar al país a una dictadura de corte chavista. Durante la bonanza petrolera de la primera década del siglo XXI, la redistribución de la renta y la expansión del gasto público reforzaron el apoyo social al proyecto chavista. Sin embargo, esta legitimidad descansaba sobre una doble dependencia de la renta energética y de la centralización del poder político, al mismo tiempo que condicionaba el desarrollo de los venezolanos.
Figura 3. Relación entre precios del petróleo y desarrollo humano en Venezuela (1990-2026). Fuente: Ortadogu Istatistik
La transición hacia el mandato de Nicolás Maduro coincidió con la caída de los precios internacionales del petróleo, el deterioro macroeconómico y una creciente polarización interna. La contracción económica, la inflación descontrolada y el colapso de servicios básicos erosionaron la base material de apoyo al régimen y empeoraron la calidad de vida de sus habitantes. Paralelamente, las denuncias reiteradas de irregularidades electorales, la inhabilitación de actores opositores y la consolidación de un entramado institucional alineado con el Ejecutivo profundizaron la percepción de déficit democrático.
Desde una perspectiva estrictamente analítica, la cuestión central no es únicamente si el régimen conserva mecanismos formales de legalidad, sino cómo se sostiene su autoridad efectiva y la legitimidad de sus líderes. En Venezuela, la supervivencia del poder ha descansado en tres pilares fundamentales: el control del aparato coercitivo/militar, la gestión estratégica de la renta energética y la construcción de alianzas internacionales que mitigan el aislamiento occidental.
El papel de las Fuerzas Armadas ha sido determinante. Lejos de constituir un actor neutral, el estamento militar se ha integrado progresivamente en la estructura de gobierno, asumiendo responsabilidades administrativas y económicas. Esta fusión de poderes refuerza la estabilidad interna del régimen, pero, al mismo tiempo, desplaza la fuente de legitimidad desde el consentimiento hacia la capacidad de control de una sociedad civil cada vez más reactiva, tanto interna como externa.
Figura 4. Manifestaciones tras las elecciones presidenciales de Venezuela de 2024 en los principales países con población venezolana. Fuente: ACLED
En el plano externo, Venezuela ha articulado una red de apoyos estratégicos que incluye vínculos con Rusia, China e Irán16, entre otros actores. Estos alineamientos no se explican exclusivamente por afinidad ideológica, sino por intereses convergentes en materia energética, financiera y de posicionamiento geopolítico frente a EE. UU.17. El acceso a crédito, tecnología o respaldo diplomático ha permitido al régimen amortiguar el impacto de sanciones y presiones occidentales, conformando un escenario donde la legitimidad internacional del Gobierno venezolano no es uniforme, pero tampoco es inexistente.
Con todo lo anterior, se ha generado un entramado que revela una paradoja central. Venezuela conserva una soberanía jurídica (aunque limitada) y capacidad coercitiva interna, pero su legitimidad política18 se encuentra profundamente cuestionada. El régimen no ha sido sustituido ni internacionalmente deslegitimado de forma unívoca. Ha sido, más bien, progresivamente encapsulado en una lógica de supervivencia continuada.
Desde esta perspectiva, la crisis venezolana no puede reducirse a una anomalía doméstica. Constituye la manifestación concreta de una fractura más amplia entre soberanía formal y legitimidad sustantiva en el sistema internacional contemporáneo. El régimen ha persistido no porque haya resuelto el debate sobre su legitimidad, sino porque opera en un entorno geopolítico donde el poder material, los recursos estratégicos y los alineamientos externos condicionan la forma en que esa legitimidad es evaluada y contestada.
Esta configuración explica por qué Venezuela se convierte en un espacio de fricción sistémica. Un punto de intersección entre crisis de representación, dependencia energética y rivalidad geopolítica hemisférica. Y es en ese cruce donde la legitimidad deja de ser una cuestión puramente normativa y se convierte en un elemento central de la disputa estratégica internacional.
La intervención estadounidense como catalizadora
En primer lugar, la implicación directa de EE. UU. en Venezuela no puede interpretarse como un episodio aislado de política exterior. Constituye, más bien, un punto de inflexión en el debate contemporáneo sobre soberanía y legitimidad estatal en el que el país norteamericano ha impulsado una redefinición de los pilares del orden internacional actual. Partiendo del marco clásico del orden westfaliano al que se ha venido aludiendo, la intervención en el territorio de un Estado soberano vulnera el principio de la no injerencia. Pero, cuando la legitimidad interna de un régimen se encuentra estructuralmente cuestionada, la aplicación automática de ese principio deja de ser políticamente neutra.
La actuación estadounidense del 3 de enero se inscribe así en esa zona de ambigüedad. Por un lado, tensiona la soberanía territorial venezolana mientras que, por otro, se apoya en el argumento de la ilegitimidad del régimen, de su liderazgo y en consideraciones de seguridad regional. Esta dualidad revela una transformación profunda en la que la soberanía ya no opera como blindaje absoluto cuando el régimen que la ejerce es percibido como carente de legitimidad democrática o asociado a dinámicas de desestabilización regional.
La dimensión geopolítica en este sentido resulta ineludible. Venezuela no es únicamente uno de los regímenes más controvertidos de este siglo, es un actor energético clave y un espacio de competencia hemisférica. Además, este episodio debe leerse a la luz de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU.19, que sitúa explícitamente al hemisferio occidental20 como un vector esencial de la política exterior estadounidense y promueve la preeminencia norteamericana en la región como condición de su seguridad y prosperidad, tanto en términos políticos como económicos y militares.
Este documento estratégico retoma, en esencia, principios históricos como la doctrina Monroe, reinterpretándolos para justificar una presencia reforzada en el vecindario occidental frente a la penetración de competidores externos y en defensa de intereses «estratégicamente vitales». Esa orientación ha cristalizado en un despliegue militar estadounidense sin precedentes en décadas en el Caribe y las zonas adyacentes, con unidades navales, aéreas y capacidades expedicionarias destinadas a consolidar el control operativo en puntos críticos del espacio regional.
Figura 5. Presencia militar estadounidense en el Caribe en diciembre de 2025. Fuente: Council of Foreign Relations
La Operación Lanza del Sur21 es un ejemplo paradigmático de esta nueva lógica estratégica en la que su escala, frecuencia y carácter letal exceden lo que correspondería a una campaña convencional de interdicción criminal22. Esta operación se enmarca en una ampliación del uso de la fuerza por parte de EE. UU.23 con el argumento de enfrentar amenazas híbridas como el «narcoterrorismo», y responde a una lógica de seguridad nacional de amplio espectro en la que las fronteras entre la lucha contra el crimen organizado, la proyección de poder y la presión política sobre un régimen cuestionado se difuminan.
En conjunto, estos desarrollos confirman que la política estadounidense hacia Venezuela y la región ya no se ajusta a la no injerencia clásica, sino a una interpretación estratégica de soberanía y legitimidad condicionada por la competencia entre grandes potencias, la defensa de intereses económicos y la redefinición del espacio geopolítico hemisférico.
La combinación de una nueva estrategia normativa y un despliegue operativo robusto convierte al Caribe y al norte de América del Sur en un teatro de disputa prolongada, donde el combate contra el narcotráfico y la presión sobre regímenes considerados ilegítimos se funden en una política de seguridad integral. En este contexto, la intervención estadounidense no solo responde a la ilegitimidad interna del Gobierno venezolano, sino que también responde a una lógica de contención estratégica. Por ende, la ilegitimidad del régimen24 se convierte en argumento dentro de una disputa mayor por la influencia regional y el control de los recursos.
De esta dinámica se deducen varias implicaciones sistémicas. En primer lugar, confirma que el principio de soberanía sigue vigente como norma jurídica, pero su aplicación es selectiva y condicionada por la correlación de fuerzas. En segundo lugar, muestra que la legitimidad interna de los regímenes ha pasado a formar parte del cálculo estratégico de las potencias, no necesariamente como criterio normativo coherente, sino como variable instrumental. Y, en tercer lugar, evidencia que el sistema internacional actual no ha superado el paradigma westfaliano, pero sí lo ha transformado en una estructura jerárquica y competitiva donde soberanía y poder se reinterpretan constantemente.
Así pues, la intervención en Venezuela refleja el déficit de legitimidad interna del régimen, pero no establece un nuevo principio normativo universal respecto a ella. Lo que revela es algo más estructural del sistema, en el que la equivalencia clásica entre soberanía y legitimidad ha quedado fracturada, gestionándose hoy en el ámbito de la competencia geopolítica.
Y en este marco, la soberanía ya no garantiza automáticamente legitimidad, y la ilegitimidad interna no implica necesariamente aislamiento absoluto. Ambas dimensiones interactúan dentro de una arena internacional donde poder, recursos y alineamientos estratégicos condicionan el reconocimiento y la contestación de los regímenes.
El nuevo equilibrio de la legitimidad estatal
Con lo expuesto anteriormente, el caso venezolano constituye una manifestación clara de la mutación del orden internacional contemporáneo. En esta línea, la legitimidad estatal ha dejado de ser un atributo estable derivado del reconocimiento jurídico para constituirse como variable disputada en un sistema global donde la norma y el poder coexisten en tensión permanente.
Esta realidad constata que la relación clásica entre soberanía y legitimidad ha dejado de operar como una equivalencia automática en la actualidad. Es posible afirmar que la arquitectura westfaliana continúa estructurando el orden jurídico interestatal, pero su capacidad explicativa resulta limitada cuando se examinan regímenes cuya autoridad interna es objeto de controversia sostenida y cuya posición geopolítica está atravesada por dinámicas de competencia estratégica.
Así, el caso de Venezuela pone de manifiesto esta fractura, conservando soberanía formal, reconocimiento diplomático limitado y control territorial significativo. No obstante, la erosión prolongada de garantías democráticas, la concentración del poder y el recurso sistemático a estructuras coercitivas han debilitado su legitimidad política interna e internacional. Como resultado, esta disociación no ha conducido al colapso estatal ni a su expulsión del sistema internacional completa, sino a una situación intermedia en la que soberanía jurídica y legitimidad sustantiva coexisten en tensión permanente.
Con este marco, la intervención estadounidense se encuadra en una capa más compleja en términos estratégicos. Lejos de representar una superación del paradigma westfaliano, la actuación externa evidencia su reinterpretación selectiva en función de intereses geopolíticos. La legitimidad del régimen se convierte en argumento dentro de una disputa más amplia por la influencia regional, los recursos y el posicionamiento estratégico en el hemisferio occidental. De este modo, el debate sobre la autoridad interna del Estado se proyecta hacia el sistema internacional, donde normas y poder interactúan de manera contingente.
El sistema resultante no es un orden poswestfaliano, pero tampoco responde al ideal clásico de igualdad plena entre Estados. Se trata de una estructura formalmente soberana, jerárquica y estratégicamente competitiva, en la que la legitimidad estatal se negocia y se disputa en función de alineamientos, capacidades y equilibrios de poder. Por consiguiente, la soberanía ya no garantiza legitimidad, y la ilegitimidad interna no implica necesariamente aislamiento o sustitución inmediata.
En conclusión, la experiencia venezolana no debe entenderse como una anomalía periférica, sino como una manifestación nítida de la transformación estructural del orden internacional. En este escenario, la legitimidad estatal ha dejado de ser un atributo estable derivado del reconocimiento jurídico internacional y se ha convertido en una variable dinámica, moldeada por la interacción entre crisis internas y rivalidades geopolíticas. Por tanto, comprender esta mutación resulta indispensable para analizar los desafíos actuales del Estado soberano en un entorno global de competencia geopolítica creciente, tensionado y complejo.
Miguel Ángel Melián Negrín
Consultor y analista internacional en geopolítica, seguridad y defensa
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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