
30 ene 2026
IEEE. Ganar perdiendo: la lógica del desgaste en la guerra ruso-ucraniana
Miguel Ángel Pérez Franco, Teniente coronel - DEM, Gabinete Técnico del JEMAD
A struggle with Germany presents to us
enormous difficulties
and will require countless sacrifices.
War will not find the enemy unprepared,
and the degree of his preparedness
will probably exceed
our most exaggerated calculations…
Pyotr Durnovo Memorandum to Nicholas II,
February 1914
Introducción
A medida que la guerra en Ucrania se adentra en su cuarto año, ha resurgido la expectativa de un posible alto el fuego. Este renovado impulso diplomático se apoya en una percepción cada vez más extendida, de que Kiev afronta un deterioro progresivo de su posición estratégica: pérdidas territoriales graduales, ataques sostenidos contra infraestructuras críticas, crecientes dificultades para sostener el esfuerzo de movilización y tensiones políticas internas. En este contexto, la resiliencia ucraniana, aunque notable, parece sometida a una presión acumulativa que no ofrece soluciones fáciles.
Este escenario ha reforzado la narrativa promovida por Moscú, según la cual, el tiempo juega a favor del Kremlin y Ucrania acabará viéndose obligada a aceptar un cese de hostilidades en condiciones favorables a Rusia. Sin embargo, esta interpretación pasa por alto un elemento clave del actual momento estratégico: por primera vez desde los primeros meses de la invasión, la Federación Rusa también muestra señales de interés en unas negociaciones de paz, aun sin renunciar públicamente a sus objetivos maximalistas1.
Lejos de reflejar una posición de fortaleza incontestable, la postura rusa sugiere que, pese a conservar la iniciativa militar, Moscú afronta tensiones internas crecientes, económicas, sociales y políticas, que elevan los riesgos que la guerra plantea para la estabilidad del régimen. En este sentido, el conflicto en Ucrania comienza a reproducir dinámicas familiares en la historia rusa: guerras imperialistas marcadas por la subestimación del adversario y por costes crecientes e inasumibles que, con el tiempo, terminan superando la capacidad del Estado para sostener indefinidamente el esfuerzo bélico.
Guerras imperiales rusas: analogías históricas relevantes
Analizar la guerra de Rusia contra Ucrania desde una perspectiva estrictamente contemporánea ofrece una imagen incompleta de las tensiones que este conflicto impone al sistema político ruso. Un análisis histórico permite identificar patrones estructurales recurrentes en la experiencia bélica rusa, especialmente en aquellas «guerras de elección» emprendidas con fines de expansión territorial o reafirmación imperial2. Aunque el Kremlin insiste en vincular la invasión de Ucrania con la memoria fundacional de la Segunda Guerra Mundial, las analogías más significativas se encuentran en una serie de guerras imperiales fallidas o inconclusas: la guerra de Crimea (1853–1856), la guerra ruso-japonesa (1904–1905), la participación rusa en la Primera Guerra Mundial (1914–1918) y la guerra soviética en Afganistán (1979–1988)3.
En cada uno de estos casos, el Estado ruso inició el conflicto desde una posición de confianza y ventaja estratégica, solo para descubrir que los costes acumulativos de la guerra superaban su capacidad política, económica y social4. El denominador común en cada uno de estos conflictos fue la constatación, por parte de las élites, de que el aparato estatal carecía de la resiliencia estructural necesaria para sostener guerras prolongadas frente a adversarios respaldados por coaliciones más dinámicas y economías más flexibles5. Este patrón de comportamiento estratégico se ha venido articulando en torno a tres pilares recurrentes: 1) la subestimación del enemigo; 2) la minimización del impacto del apoyo extranjero; y 3) la fragilidad política y económica del propio Estado ruso6.
El primero y más constante de estos factores ha sido la subestimación sistemática del adversario. En la guerra de Crimea, el zar Nicolás I partió de la premisa de que el Imperio otomano colapsaría rápidamente bajo la presión rusa y de que las potencias europeas evitarían una confrontación directa para preservar el equilibrio continental. Esta lectura errónea ignoró tanto la capacidad de resistencia otomana como la disposición de Francia y el Reino Unido a intervenir para frenar la expansión rusa7.
De forma similar, en la guerra contra Japón, Nicolás II y su alto mando descartaron la posibilidad de que una potencia asiática, recientemente modernizada, pudiera derrotar a un imperio europeo consolidado, como era entonces el ruso8. El resultado fue una serie de derrotas humillantes que sorprendieron no solo a la opinión pública rusa, sino también a sus propias élites militares.
En 1914, los estrategas zaristas volvieron a confiar en una campaña rápida, subestimando la resiliencia industrial, logística y organizativa de Alemania, así como la complejidad de una guerra multinacional de alta intensidad. La batalla de Tannenberg lo cambió todo9. Décadas más tarde, los planificadores soviéticos repitieron el error en Afganistán, al despreciar la capacidad de los muyahidines afganos para sostener una insurgencia prolongada y adaptada en un entorno geográfico y social hostil10.
En todos estos casos, la sorpresa estratégica inicial dio paso a campañas largas, costosas y políticamente inasumibles11. El punto de inflexión se produjo cuando la distancia entre las expectativas del liderazgo ruso y la realidad del campo de batalla se volvió imposible de ocultar, erosionando la credibilidad del régimen ante las élites militares y administrativas de Moscú12. La invasión de Ucrania reproduce este patrón con una notable claridad: la expectativa de una rápida capitulación de Kiev se transformó en una guerra de desgaste para la que el Estado ruso no estaba plenamente preparado, ni en términos operativos ni institucionales13.
Un segundo elemento estructural ha sido la tendencia recurrente de los líderes rusos a minimizar el impacto de la intervención o del apoyo extranjero al adversario. En Crimea, la entrada de Francia y el Reino Unido transformó un conflicto inicialmente regional en una guerra sistémica, exponiendo de manera abrupta la inferioridad tecnológica, logística y organizativa de las fuerzas rusas14.
En la guerra ruso-japonesa, el apoyo diplomático y de inteligencia británico permitió a Tokio anticipar y neutralizar movimientos clave de la flota y del ejército rusos, contribuyendo decisivamente a la derrota de Rusia en el Lejano Oriente15. Durante la Primera Guerra Mundial, Rusia no solo se enfrentó a Austria-Hungría, sino a una coalición industrialmente superior liderada por Alemania, mientras el cierre del estrecho del mar Negro estrangulaba su economía de guerra y agravaba la escasez interna16. En Afganistán, el apoyo de Estados Unidos, junto con Pakistán y Arabia Saudí, convirtió una operación limitada en una guerra imposible de ganar, al proporcionar a los insurgentes recursos, armamento y profundidad estratégica17.
En todos estos casos, la internacionalización del conflicto elevó los costes militares y económicos más allá de lo políticamente sostenible. El punto de inflexión se produjo cuando el régimen ruso reconoció, explícita o implícitamente, que el conflicto ya no podía resolverse de forma unilateral y que el equilibrio de poder internacional operaba crecientemente en su contra. De manera análoga, el apoyo militar, financiero y de inteligencia occidental a Ucrania ha ampliado la brecha entre los objetivos estratégicos de Moscú y sus capacidades reales, transformando la guerra en un enfrentamiento indirecto contra un bloque mucho más amplio: Ucrania y sus aliados europeos18.
La prolongación de estas guerras puso de relieve una tercera debilidad recurrente: la fragilidad política y económica rusa. En el siglo XIX y principios del XX, el Imperio ruso carecía de una base industrial comparable a la de sus principales rivales europeos, lo que limitaba su capacidad para sostener un esfuerzo bélico prolongado. Durante la Primera Guerra Mundial, la incapacidad del Estado para movilizar eficazmente la producción y el transporte provocó escasez crónica en las ciudades, colapso logístico en el frente y un deterioro acelerado de las condiciones de vida, alimentando protestas, deserciones y descontento social19. En Afganistán, el esfuerzo militar coincidió con un estancamiento estructural de la economía soviética, exacerbando desequilibrios fiscales y productivos que el sistema centralizado ya no podía gestionar eficazmente20.
La guerra en Ucrania vuelve a tensionar una economía rusa dependiente de rentas extractivas, con una capacidad limitada de innovación y cada vez más aislada de los mercados y tecnologías avanzadas. En todos los casos anteriores, el punto de inflexión se alcanzó cuando la guerra dejó de ser compatible con la estabilidad económica interna y el contrato implícito entre el Estado ruso y la sociedad comenzó a desmoronarse, debilitando la capacidad del régimen para mantener el orden social y político sin recurrir a una represión creciente.
La combinación de estos tres factores históricos recurrentes que hemos analizado se tradujo, en todos los casos, en profundas crisis políticas. Tras la guerra de Crimea, la derrota obligó al régimen zarista a emprender un ambicioso programa de reformas bajo Alejandro II, incluida la emancipación de los siervos, en un intento por modernizar el Estado y evitar una desestabilización mayor. La guerra ruso-japonesa desembocó directamente en la Revolución de 1905, que forzó concesiones constitucionales y reveló la vulnerabilidad del autocrático sistema zarista. En 1917, el agotamiento del esfuerzo bélico, combinado con la escasez y el descontento interno, actuó como catalizador inmediato del colapso del régimen zarista y la llegada del comunismo. En Afganistán, el fracaso militar contribuyó decisivamente a la pérdida de legitimidad del Partido Comunista y aceleró la desintegración de la Unión Soviética. En cada caso, el punto de inflexión político se produjo cuando el descontento social se politizó y convergió con divisiones en las élites, generando crisis de gobernabilidad que el régimen ya no pudo contener21.
En conjunto, todos estos conflictos revelan un patrón histórico inquietante: la combinación de ambición imperial, subestimación estratégica y debilidad institucional ha conducido repetidamente a Rusia a conflictos que exceden su capacidad de mantener indefinidamente el esfuerzo bélico desde una perspectiva política y social22. La historia no ofrece determinismos, pero sí patrones reconocibles. En cada uno de los casos analizados, el régimen ruso logró sobrevivir a los primeros reveses militares, pero sucumbió cuando la guerra erosionó simultáneamente la economía, la cohesión social y la lealtad de las élites. La guerra en Ucrania, aunque distinta en contexto, tecnología y escala, presenta suficientes similitudes estructurales como para justificar una lectura prudente sobre sus posibles consecuencias a largo plazo para el poder ruso. El punto de inflexión decisivo, como en el pasado, no residirá únicamente en el resultado militar inmediato, sino en el momento en que la guerra deje de ser un instrumento de legitimación del régimen y se transforme en una amenaza existencial para su propia supervivencia política.
La Rusia de Putin: adaptación táctica, fragilidad estructural y el peso de la historia
La Rusia de Vladímir Putin se inserta en una larga tradición de poder imperial caracterizada por una combinación recurrente de ambición estratégica, subestimación del adversario y resistencia prolongada basada en la movilización de recursos humanos y territoriales. La invasión a gran escala de Ucrania, en 2022, reproduce este patrón histórico con notables similitudes respecto a episodios anteriores, aunque también introduce elementos novedosos en términos doctrinales, tecnológicos y económicos.
En el plano estratégico inicial, el Kremlin incurrió en un error de cálculo grave. Subestimó tanto la capacidad de resistencia ucraniana como la cohesión política, económica y militar de Occidente. Moscú anticipó una campaña breve, orientada al colapso político de Kiev mediante una combinación de presión militar, operaciones psicológicas y desorganización institucional23. No previó, sin embargo, ni la resiliencia del Estado ucraniano ni la rapidez con la que Estados Unidos y la Unión Europea articularían un régimen de sanciones profundo, sostenido y coordinado, acompañado de un flujo constante de asistencia militar y financiera.
El resultado ha sido una guerra prolongada de desgaste, centrada principalmente en el este y sur de Ucrania, donde Rusia ha recurrido a su ventaja tradicional: profundidad estratégica, capacidad de absorción de pérdidas y disposición a sacrificar crecimiento económico y bienestar social en aras de objetivos geopolíticos. Este giro, hacia una guerra de atrición, recuerda dinámicas históricas recurrentes del poder ruso, en las que el tiempo se convierte en un arma estratégica, aunque a costa de tensiones internas crecientes.
No obstante, a diferencia de sus predecesores imperiales y soviéticos, la Rusia de Putin ha demostrado una notable capacidad de adaptación táctica. Esta flexibilidad se articula en torno a lo que suele denominarse la doctrina Gerasimov, entendida no como un manual cerrado, sino como una concepción integrada del conflicto que difumina las fronteras entre guerra y paz. La guerra híbrida, combinación de medios militares convencionales, ciberataques, desinformación, coerción económica y operaciones encubiertas, ha sido un elemento central de la estrategia rusa frente a los aliados de Kiev, tanto antes como después del inicio de las hostilidades abiertas24.
En el ámbito militar, el Kremlin ha reconfigurado gradualmente su modelo de fuerzas. Tras el fracaso de la invasión en la fase inicial, Moscú ha optado por una combinación de movilización parcial, contratistas, mercenarios y reclutas incentivados económicamente. Este enfoque reduce el impacto político inmediato de las bajas sobre las grandes ciudades y las clases medias urbanas, desplazando el coste humano hacia regiones periféricas y sectores socialmente más vulnerables. La experiencia histórica rusa demuestra que la estabilidad del régimen depende menos del número absoluto de bajas que de su distribución social y simbólica.
En paralelo, Rusia ha mostrado una capacidad significativa de innovación militar y tecnológica. El desarrollo y despliegue masivo de drones, el uso intensivo de misiles de precisión y la adaptación de sistemas de comunicación y guerra electrónica han permitido a Moscú mantener presión constante sobre las fuerzas ucranianas y la infraestructura civil. Si bien estas innovaciones no han generado una ventaja decisiva, sí han contribuido a prolongar el conflicto y a elevar el coste estratégico para Kiev y sus aliados25.
En el plano económico, el Kremlin ha logrado evitar un colapso inmediato pese a un régimen de sanciones sin precedentes. Una política monetaria restrictiva, el control de capitales y la reorientación del comercio exterior han permitido contener la inflación y sostener la estabilidad macroeconómica básica, aunque a costa de un crecimiento anémico y de una creciente dependencia del sector militar. La economía rusa se ha transformado progresivamente en una economía de guerra, con incentivos distorsionados, baja productividad civil y una asignación de recursos crecientemente politizada26.
Asimismo, Moscú ha evitado el aislamiento internacional total mediante una diplomacia pragmática y transaccional. El mantenimiento de exportaciones energéticas hacia China e India, el acceso a suministros militares de Irán y Corea del Norte, y la importación indirecta de bienes de doble uso procedentes desde Pekín, han mitigado parcialmente el impacto de las sanciones occidentales. Esta red de apoyos, sin embargo, refuerza una relación de dependencia asimétrica que limita la autonomía estratégica rusa a largo plazo.
Pese a estas adaptaciones, las debilidades estructurales de la economía rusa están lejos de desaparecer. La transformación de la economía hacia un esquema militar elevado tiene efectos corrosivos en la inversión civil, innovación tecnológica y productividad a largo plazo. El énfasis en industririas vinculadas con la guerra puede proporcionar resiliencia a corto plazo, pero reduce la capacidad de crecimiento económico sostenible y amplía las brechas tecnológicas con Occidente27. A este respecto, el modelo de economía de guerra crea desequilibrios significativos. Es decir, un gasto militar elevado que supera al gasto social y una dependencia cada vez mayor de sectores ligados al Estado; lo que genera tensiones presupuestarias agudas, con un déficit creciente y una competencia interna entre necesidades sociales y militares. Asimismo, el aumento del gasto militar y las sanciones han forzado al Kremlin a generar estímulos fiscales que tensan aún más la estructura productiva rusa. Esto ha incrementado la dependencia de importaciones en sectores no militares y restringido el espacio fiscal para maniobrar sin socavar el gasto en defensa28. Al final Moscú deberá optar por las dos únicas posibles soluciones: aumentos impositivos o depreciación del rublo29. Ambas alternativas tienen efectos socialmente corrosivos, alimentando inflación, desigualdad regional y malestar latente. Históricamente, estos dos factores han actuado como catalizadores de crisis políticas en Rusia, especialmente cuando coinciden con conflictos externos prolongados.
Este es el talón de Aquiles del régimen de Putin: la combinación de una guerra larga con estancamiento económico y rigidez política. Y es que, a diferencia de los regímenes totalitarios clásicos, el putinismo se apoya en estabilidad, consumo moderado y orgullo nacional a cambio de pasividad política. Y una guerra prolongada erosiona progresivamente estos tres pilares30.
El colapso silencioso: riesgos internos y el dilema de negociar con Occidente
A medida que se prolonga la guerra en Ucrania, surgen varios riesgos y vulnerabilidades que podrían forzar al régimen de Putin a reconsiderar su enfoque, incluyendo la posibilidad de negociar una paz, aunque sin abandonar sus objetivos maximalistas. La amenaza de agotamiento estratégico es cada vez más palpable: una guerra que no culmina con una victoria clara puede minar la legitimidad de su liderazgo, incluso en un contexto autoritario. La fragmentación en las élites rusas, impulsada por el desgaste económico y humano, es otro factor crítico que podría afectar la estabilidad interna del régimen. Asimismo, las tensiones sociales acumuladas, particularmente en las regiones periféricas que soportan una carga desproporcionada del esfuerzo bélico, podrían generar descontento popular y socavar aún más el apoyo al Kremlin. Pero ¿cuáles son estos riesgos que amenazan con provocar el colapso ruso?…
- Riesgos demográficos: declive poblacional y escasez de mano de obra. Rusia enfrenta desde hace años una crisis demográfica, que la guerra ha acrecentado31. La población rusa se encuentra en declive, y la guerra ha acelerado esta tendencia. La pérdida de vidas humanas y el éxodo de jóvenes, incluidos profesionales cualificados, han agravado la escasez de mano de obra en sectores clave como la tecnología, la manufactura y los servicios32. Esta falta de trabajadores podría llevar a Rusia a enfrentar un déficit de hasta once millones de trabajadores para 2030 si no se implementan cambios demográficos significativos33.
- Riesgos políticos internos: tensiones élite-Estado y legitimidad del régimen. La estructura política de Rusia, centralizada y patronal, depende de la redistribución de recursos para mantener la lealtad de las élites. Sin embargo, a medida que la economía se contrae debido al elevado gasto militar, estas élites podrían verse divididas, aumentando las tensiones internas34. Si las condiciones económicas empeoran, la presión sobre el liderazgo podría intensificarse, lo que podría desembocar en purgas, represión política y una creciente inestabilidad35.
- Dependencia estratégica de China: vulnerabilidad geopolítica. La creciente dependencia de Rusia hacia China presenta riesgos a largo plazo. Aunque la alianza entre ambos países ha sido clave para paliar las sanciones occidentales, esta relación es asimétrica36. China no está tan expuesta a los riesgos del conflicto como Rusia y mantiene lazos económicos con Occidente, lo que limita el compromiso de Pekín con la posición rusa a largo plazo. Este desequilibrio podría comprometer la autonomía estratégica de Moscú y, a largo plazo, afectar a su soberanía37.
Como hemos analizado, estos riesgos se enmarcan en un patrón histórico bien conocido. Las guerras imperialistas rusas a menudo comienzan con ambiciones expansivas y una confianza en la superioridad estratégica, pero suelen derivar en conflictos prolongados que terminan no con una derrota militar decisiva, sino con crisis internas que impulsan reformas, repliegues o incluso colapsos parciales del sistema. La guerra en Ucrania podría seguir el mismo patrón: no necesariamente el fin inmediato del régimen de Putin, pero sí un punto de inflexión que exponga las contradicciones entre las ambiciones imperiales de Rusia y su incapacidad estructural para sostener el conflicto. En este contexto, los riesgos internos, políticos, sociales y económicos podrían empujar al Kremlin a buscar una salida negociada, aunque con la intención de mantener ciertos objetivos estratégicos intactos. La mayor amenaza para Rusia no viene solo del campo de batalla, sino del lento, acumulativo y corrosivo impacto de una guerra que el sistema puede sostener tácticamente, pero que podría no ser capaz de absorber indefinidamente sin sufrir transformaciones internas o, incluso, un colapso parcial.
Ganar perdiendo: cómo la historia impone los límites a Putin
A medida que la guerra en Ucrania avanza, Rusia se enfrenta a una serie de escenarios potenciales de salida, que reflejan no solo sus ambiciones geopolíticas, sino también sus tensiones internas. Estos escenarios no solo muestran cómo Putin podría tratar de salir del conflicto, sino también cómo la historia de Rusia impone a Putin ciertos límites a su capacidad para mantener una guerra prolongada. ¿Y cuál podría ser una opción de salida a este nudo gordiano del Kremlin?…
Lo cierto es que Moscú podría optar por un escenario de «repliegue estratégico». Rusia podría optar por un alto el fuego o una retirada parcial de algunas de las regiones que actualmente ocupa en Ucrania. El Kremlin buscaría preservar su control sobre áreas estratégicas como Donetsk y Luhansk, regiones clave para la narrativa imperialista de Moscú, mientras renuncia a otros territorios menos relevantes desde el punto de vista geopolítico. Este acuerdo podría incluir la neutralidad de Ucrania, garantías para su seguridad y el establecimiento de una zona desmilitarizada entre ambos países, que podría ser vista como un gesto de desescalada por parte de Moscú; además del reconocimiento formal de Crimea como territorio ruso.
Este enfoque podría materializarse tras intensas negociaciones con Occidente, que ofrecerían a Putin una «salida airosa», permitiéndole declarar que ha logrado cumplir sus objetivos de seguridad en la región del Donbás sin sufrir una derrota militar explícita. Este acuerdo le permitiría al Kremlin presentar su retirada como un «victoria táctica», mientras sigue defendiendo que el control de estas zonas es fundamental para la defensa de la soberanía rusa.
Sin embargo, una salida negociada de este tipo se sostendría sobre un frágil equilibrio. Aunque Putin lograría una ventaja estratégica en la región, la no resolución de la cuestión territorial en otras áreas, como el Donbás, podría generar tensiones internas, especialmente dentro de los círculos más nacionalistas y los sectores de poder cercanos al Kremlin. Este malestar podría ser especialmente fuerte entre los sectores más nacionalistas, quienes verían esta salida como un fracaso que no satisface los objetivos de expansión territorial de Moscú. Las facciones más duras de la élite podrían presionar para que se continúe la guerra con más intensidad, lo que incrementaría las tensiones dentro del régimen. Además, este escenario podría tener consecuencias políticas a largo plazo, ya que podría agravar aún más las tensiones sociales y económicas internas. En este sentido, cualquier acuerdo que no reconozca explícitamente la totalidad de los objetivos de expansión de Moscú podría provocar una erosión del apoyo interno, mientras que la presión internacional por la restitución de territorios podría resurgir en el futuro.
Conclusión
El régimen de Putin se encuentra en un punto de inflexión. A pesar de la apariencia de continuidad en su enfoque hacia Ucrania, los riesgos internos derivados de la guerra de desgaste, las vulnerabilidades económicas y sociales, y la creciente presión de Occidente lo sitúan ante un dilema crucial: cómo mantener su ambición imperial sin socavar la estabilidad interna del país. En este contexto, Putin podría estar más dispuesto que nunca a explorar la posibilidad de negociar una paz, aunque sin renunciar a sus objetivos maximalistas. La historia de Rusia demuestra que las guerras prolongadas no suelen terminar con victorias claras, sino con crisis internas que obligan al régimen a adaptarse, ceder parte de su territorio o incluso replantear su posición estratégica de manera abrupta. Los ejemplos del pasado, como la guerra de Crimea o la intervención en Afganistán, muestran cómo las guerras imperialistas han sido seguidas de reformas forzadas o cambios de liderazgo debido a los costos insostenibles que impone la prolongación del conflicto.
No obstante, Putin enfrenta un reto difícil. Cualquier acuerdo de paz que no satisfaga completamente los objetivos de expansión territorial o que sea percibido como una derrota por las élites y la población podría desestabilizar aún más su régimen. Las tensiones internas, amplificadas por una guerra sin fin, podrían desbordarse, lo que podría llevar a una situación insostenible en la que el Kremlin se vea obligado a realizar concesiones significativas. A medida que la guerra continúa, Moscú se ve atrapado en una dinámica en la que sus ambiciones geopolíticas se encuentran con los límites impuestos por su propia economía y política interna. En este delicado equilibrio, la habilidad del Kremlin para gestionar la transición hacia una paz negociada, sin renunciar completamente a sus objetivos estratégicos, será clave para determinar su futuro.
Miguel Ángel Pérez Franco
Teniente coronel - DEM, Gabinete Técnico del JEMAD
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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