
15 may 2025
IEEE. La nueva Roma: Rusia y la economía de guerra
Antonio Legaz. Analista de ciberdefensa
Introducción: Roma, un imperio forjado por el botín
El ascenso de Roma como potencia mediterránea no puede entenderse sin el papel fundamental que desempeñó el botín de guerra en su economía. Cuando las legiones romanas marchaban hacia nuevos territorios, no solo expandían las fronteras del imperio, sino que alimentaban el complejo mecanismo económico que sostenía la grandeza romana. El historiador Polibio, testigo de la conquista romana del mundo helenístico, describió cómo los generales romanos se ocupaban de los asuntos de la guerra, pero también del enriquecimiento de Roma1.
Durante la República y los primeros siglos del Imperio, Roma desarrolló un ciclo virtuoso militarista: las campañas militares proporcionaban botín, esclavos y nuevos recursos tributarios, que a su vez financiaban nuevas campañas y apaciguaban a la población mediante obras públicas y distribuciones de riqueza. Como señaló Edward Gibbon en su obra "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano": la guerra alimentaba a la guerra y el botín estimulaba el apetito por nuevas conquistas2.
La decadencia del Imperio comenzó precisamente cuando este ciclo se interrumpió. Tras alcanzar el emperador Trajano la máxima extensión territorial en el siglo II d.C., Roma se vio obligada a adoptar una postura defensiva. El fin de las conquistas significó el fin del flujo constante de botín y esclavos, lo que provocó una crisis económica estructural. Cuando Roma dejó de conquistar, comenzó a consumirse a sí misma3. La transición forzosa de una economía de expansión a una de mantenimiento resultó traumática, generando inestabilidad social, devaluación monetaria y el colapso gradual de las instituciones.
Este patrón histórico nos ofrece un inquietante marco para analizar la Rusia contemporánea. Tras más de dos años de guerra en Ucrania, la economía rusa ha experimentado una profunda militarización. La pregunta que surge es si la Rusia de Putin, al igual que la Roma imperial, se encuentra ahora atrapada en un ciclo de conflicto del que no puede escapar sin enfrentar su propia implosión económica y social.
La transformación de Rusia en una economía de guerra
El impacto de las sanciones y la respuesta del Kremlin
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 provocó la imposición de sanciones internacionales sin precedentes contra Moscú. Ante este desafío, el régimen de Putin reorientó rápidamente la economía hacia un modelo de guerra. Contrariamente a las expectativas occidentales, la economía rusa no colapsó, sino que mostró una notable resistencia. Según datos del Banco Mundial, el PIB ruso creció un 3,6% en 2023, tras una contracción del 1,2% en 20224. Esta recuperación ha sido impulsada principalmente por el gasto militar, que se ha incrementado hasta niveles no vistos desde la era soviética.
El presupuesto militar ruso para 2024 asciende a aproximadamente 6,7 billones de rublos (unos 70.000 millones de dólares), lo que representa casi el 6% del PIB, más del doble del porcentaje anterior a la guerra5. Este aumento masivo del gasto militar ha generado un efecto multiplicador en sectores industriales vinculados a la defensa, creando lo que algunos economistas han denominado un "keynesianismo militar"6.
Como señala Alexandra Prokopenko, ex asesora del Banco Central de Rusia, la economía rusa ha experimentado una transformación estructural profunda, con el complejo militar-industrial como eje central del crecimiento7. Esta transformación ha permitido a Rusia mantener bajos niveles de desempleo (alrededor del 3%) y estimular ciertos sectores industriales, pero a costa de profundas distorsiones económicas.
El complejo militar-industrial como motor económico
El complejo militar-industrial ruso (VPK por sus siglas en ruso) se ha convertido en el pilar fundamental de la economía nacional. Empresas como Rostec, Almaz-Antey y United Aircraft Corporation han duplicado o triplicado su producción desde 2022, operando en régimen de tres turnos diarios. Según estimaciones del Instituto de Economía y Paz, aproximadamente el 30-35% del crecimiento económico ruso en 2023 fue directamente atribuible a la producción militar8.
Esta militarización económica recuerda a la estrategia soviética durante la Guerra Fría, que priorizaba la industria pesada y militar sobre los bienes de consumo. Como observó el historiador económico Adam Tooze: "Putin ha resucitado el modelo soviético de economía de guerra permanente, pero sin el marco ideológico que lo sostenía"9.
La producción militar ha alcanzado niveles extraordinarios. Según estimaciones del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), en 2023 Rusia produjo aproximadamente 1.500 tanques (frente a 250 en 2021), 3.000 vehículos blindados, 500 sistemas de artillería y millones de proyectiles de artillería10. Este enorme esfuerzo productivo ha requerido la movilización de recursos humanos y materiales a escala industrial. Las empresas de defensa han aumentado su fuerza laboral en aproximadamente un 20% desde 2022, ofreciendo salarios significativamente más altos que el sector civil y beneficios adicionales, como exenciones del servicio militar.
Insostenibilidad del modelo económico ruso actual
Desequilibrios estructurales y vulnerabilidades
A pesar del aparente éxito a corto plazo, el modelo económico ruso actual presenta graves desequilibrios estructurales que comprometen su viabilidad a medio y largo plazo. Una economía de guerra puede funcionar durante un período limitado, pero inevitablemente conduce a distorsiones cada vez mayores que terminan por socavar toda la estructura económica11.
Entre los principales indicadores de estas distorsiones destacan la inflación persistente, que a pesar de los esfuerzos del Banco Central de Rusia se ha mantenido por encima del 7% anual, erosionando el poder adquisitivo de los ciudadanos rusos12. Una crisis de liquidez provocada por las altas tasas de interés (superiores al 20%) implementadas para controlar la inflación, que han generado una grave crisis en el sector privado no militar; la depreciación del rublo, que desde el inicio de la guerra ha perdido aproximadamente un 30% de su valor frente al dólar, a pesar de los controles de capital implementados por el gobierno13. La desindustrialización civil, con numerosos sectores no vinculados a la defensa experimentando contracciones significativas, como la producción de automóviles civiles, que cayó un 45% en 2022 y solo se recuperó parcialmente en 202314. Finalmente, la fuga de capital humano, estimándose que más de 800.000 profesionales, principalmente del sector tecnológico y servicios, han abandonado Rusia desde el inicio de la guerra15.
Este panorama recuerda inquietantemente a la situación de la Unión Soviética en sus últimas décadas, cuando el desproporcionado gasto militar terminó por asfixiar la economía civil. Como señala el historiador Niall Ferguson: "La URSS no fue derrotada militarmente, sino que colapsó bajo el peso de sus propias contradicciones económicas, principalmente el insostenible nivel de gasto militar"16.
El dilema de la reconversión económica
La eventual conclusión del conflicto en Ucrania plantearía a Rusia un dilema formidable: cómo reconvertir una economía fundamentalmente militarizada en una economía civil sin provocar un colapso socioeconómico. Este proceso, conocido en economía como "reconversión" o "dividendo de paz", es extremadamente complejo incluso en circunstancias favorables.
Históricamente, las reconversiones exitosas (como la estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial) requirieron una fuerte demanda civil acumulada, acceso a mercados internacionales, inversión extranjera significativa, un sistema financiero estable y reservas de divisas abundantes. Rusia carece actualmente de prácticamente todas estas condiciones favorables. Las sanciones occidentales, aunque parcialmente eludidas, limitan severamente el acceso a tecnología avanzada y financiación internacional. Las reservas de divisas, aunque significativas, están parcialmente congeladas, y la reputación de Rusia como destino de inversión ha sufrido un daño probablemente irreparable a medio plazo.
Como advierte Elina Ribakova, economista del Instituto Peterson de Economía Internacional, la transición de una economía de guerra a una economía de paz podría ser más traumática para Rusia que la propia guerra. Sin acceso a mercados occidentales y con un sector privado debilitado, existe un riesgo real de implosión económica17.
Impacto social de la militarización económica
La sociedad en tiempos de guerra
La militarización de la economía rusa ha provocado profundas transformaciones sociales. Aproximadamente un 16% de la población activa rusa está actualmente vinculada directa o indirectamente al esfuerzo bélico18. Esta cifra incluye no solo a los aproximadamente 600.000 militares que participan en la campaña ucraniana, sino también a los millones de trabajadores de la industria de defensa y sectores auxiliares.
Las implicaciones sociológicas de esta militarización son profundas. La socióloga rusa Ekaterina Schulmann ha mostrado la evidencia de la creación de una nueva clase social en Rusia: la clase militar-industrial, cuyo bienestar depende directamente de la continuación del conflicto19. Esta nueva clase social recibe salarios significativamente más altos que el sector civil y goza de prestigio social y beneficios adicionales.
Al mismo tiempo, la propaganda estatal ha intensificado su narrativa militarista, glorificando el sacrificio por la patria y demonizando a Occidente. El sistema educativo ha sido revisado para reforzar estos mensajes, con la introducción de nuevos planes de estudio que enfatizan el patriotismo militante y la historia militar rusa. En palabras del filósofo estoico Séneca en el siglo I, "la guerra arrastra hacia sí la integridad de un pueblo; primero alimenta los cuerpos, después las almas"20.
El desafío del retorno a la vida civil
El eventual fin del conflicto en Ucrania planteará un desafío social monumental: la reintegración de cientos de miles de soldados y trabajadores de la industria militar a la vida civil. Históricamente, este proceso ha resultado extremadamente complejo incluso para economías robustas. Tras la Primera Guerra Mundial, muchas sociedades europeas experimentaron grave inestabilidad social debido precisamente a la difícil reintegración de los veteranos.
El caso ruso presenta complejidades adicionales. En primer lugar, muchos combatientes provienen de las regiones más pobres de Rusia, donde las oportunidades económicas son escasas. En segundo lugar, el sector privado no militar ha sido severamente debilitado por la guerra y las sanciones, limitando su capacidad para absorber nueva mano de obra. Finalmente, muchos veteranos habrán experimentado traumas significativos que dificultarán su readaptación.
Sin una planificación cuidadosa, el retorno masivo de soldados a una economía civil debilitada podría generar un barril de pólvora social21. Este escenario recuerda a la turbulenta desmovilización del ejército zarista tras la Primera Guerra Mundial, que contribuyó significativamente a la inestabilidad revolucionaria.
La guerra como solución económica
Lecciones históricas: de Roma a la Alemania nazi
La historia ofrece numerosos ejemplos de regímenes que, atrapados en economías militarizadas insostenibles, optaron por la expansión continua como solución aparente. Este patrón se observa claramente en la Roma tardorrepublicana, cuando generales como Mario, Sila, Pompeyo y César emprendieron campañas cada vez más ambiciosas para mantener las recompensas materiales que satisfacían tanto a sus legiones como a la plebe romana.
Un caso particularmente relevante es el de la Alemania nazi, que desarrolló una economía fundamentalmente orientada a la guerra. Como señaló el economista Adam Tooze en su obra "El precio de la destrucción": "la economía nazi nunca tuvo una fase de paz genuina. Desde 1933, todas las decisiones económicas se tomaron en anticipación del inevitable conflicto"22. Cuando las contradicciones internas de esta economía comenzaron a manifestarse en 1939, la expansión militar pareció la única salida viable. Esta dinámica perversa llevó a la política de "Lebensraum" (espacio vital) y la expansión hacia el este, con consecuencias catastróficas.
El incentivo estratégico para la prolongación del conflicto
En el contexto actual, existen poderosos incentivos estratégicos para que el Kremlin prolongue el estado de conflicto, ya sea en Ucrania o en otros escenarios. Para un régimen que ha apostado todo a la carta de la guerra, la paz puede representar una amenaza existencial23.
La continuación del conflicto permite al Kremlin mantener la justificación del gasto militar masivo que sostiene actualmente la economía, conservar el control social a través de la narrativa de una nación asediada que requiere unidad y sacrificio, evitar enfrentar las consecuencias económicas y sociales de la desmovilización y reconversión industrial, justificar las restricciones a las libertades civiles y la represión de la disidencia, y desviar la atención de problemas estructurales como la corrupción endémica y la falta de diversificación económica.
Como señaló Von Clausewitz, la guerra no es meramente un acto político, sino también un instrumento político; una continuación de las relaciones políticas, una realización de las mismas por otros medios24. En el caso ruso actual, la guerra se ha convertido en un instrumento de supervivencia del régimen.
Escenarios futuros
Teatros de expansión rusa
Si la hipótesis de que Rusia necesita mantener un estado de conflicto para sostener su economía militarizada es correcta, cabe preguntarse cuáles podrían ser los próximos objetivos de expansión después de Ucrania. Varios escenarios emergen como posibilidades: el espacio post-soviético, con países como Moldavia (particularmente Transnistria), Georgia (Abjasia y Osetia del Sur) y Kazajistán (con su significativa minoría rusa en el norte) que representan objetivos potenciales de bajo riesgo y alto rendimiento propagandístico. También, la expansión indirecta a través de proxies, mediante la presencia del Grupo Wagner y otras entidades similares en África (Mali, República Centroafricana, Libia) y Oriente Medio, que permite a Rusia acceder a recursos naturales y ejercer influencia sin comprometer directamente sus fuerzas regulares. Al norte, el Ártico, región rica en recursos y cada vez más accesible debido al cambio climático, que representa una frontera natural de expansión rusa. Rusia ve el Ártico no solo como una reserva de recursos, sino como un teatro estratégico fundamental para su proyección de poder25. Finalmente, una posible escalada en el Mar Negro y el Mediterráneo Oriental, consolidando el control sobre el Mar Negro tras la anexión de Crimea, que podría extenderse hacia una mayor presencia en el Mediterráneo Oriental, desafiando la influencia de la OTAN en la región.
El analista militar Pavel Felgenhauer explica que un error común es asumir que las ambiciones territoriales rusas se limitan a recuperar el espacio soviético. La lógica imperial rusa es más antigua y más amplia, y en un contexto de economía militarizada, la expansión se convierte en una necesidad, no una opción26.
Botín económico como imperativo
La historia del imperialismo muestra que las potencias expansionistas suelen justificar sus acciones en términos ideológicos o de seguridad, pero los motivos económicos son generalmente fundamentales. Niall Ferguson ha estudiado cómo los imperios siempre han buscado justificar sus conquistas en términos nobles, pero la realidad suele ser más prosaica: la necesidad de recursos, mercados y botín27.
En el caso ruso actual, varios tipos de "botín" podrían resultar atractivos: recursos naturales, especialmente hidrocarburos, minerales estratégicos y tierras agrícolas. Industria y tecnología, mediante la apropiación de capacidades industriales y tecnológicas, como ocurrió parcialmente en las regiones ocupadas de Ucrania. Capital humano, a través de la deportación forzosa de población cualificada para compensar el déficit demográfico ruso. Puertos y puntos geográficos estratégicos para el comercio que permitan superar parcialmente el aislamiento económico. A la vez, suma legitimidad interna, quizás el "botín" más valioso que las victorias militares proporcionan al régimen de Putin. Ya decía Maquiavelo que nada gana más respeto para un príncipe que las grandes empresas28.
Así, la analista rusa Tatiana Stanovaya, ilustra cómo el régimen de Putin ha evolucionado hacia un sistema que necesita victorias externas para compensar sus fracasos internos. La grandeza nacional se ha convertido en la principal moneda de legitimidad política29.
Las alternativas a la guerra perpetua
Reformas económicas estructurales
Una alternativa a la espiral militarista sería una reforma económica estructural profunda que diversificara la economía rusa y redujera su dependencia de los hidrocarburos y el complejo militar-industrial. Esta transformación requeriría inversión masiva en industrias civiles avanzadas para absorber la mano de obra y capacidad industrial actualmente dedicada al esfuerzo bélico, reforma del sistema financiero para facilitar el acceso al crédito para empresas privadas, reducción significativa de la corrupción y mejora del estado de derecho para atraer inversión tanto doméstica como extranjera, y normalización de relaciones internacionales para facilitar la integración en cadenas de valor globales.
Sin embargo, este camino de reforma plantea varios obstáculos fundamentales. Primero, implicaría una redistribución del poder económico que amenazaría a las élites vinculadas al complejo militar-industrial y los sectores extractivos. Segundo, requeriría un reconocimiento implícito del fracaso de la estrategia actual, algo políticamente costoso. Tercero, la ventana de oportunidad para tales reformas podría haberse cerrado ya, dado el avanzado estado de militarización económica.
Sin embargo, para algunos expertos Rusia ha pasado el punto de no retorno en términos de su modelo económico. Las reformas que habrían sido posibles hace una década requieren ahora una transformación sistémica completa que el régimen no puede permitirse30.
Escenarios de colapso y sus implicaciones
Si Rusia no puede mantener su economía de guerra indefinidamente ni implementar reformas estructurales profundas, el escenario de colapso sistémico no puede descartarse. Históricamente, los regímenes que han militarizado excesivamente sus economías han tendido a sufrir crisis terminales cuando el sistema se vuelve insostenible.
La Unión Soviética ofrece un precedente relevante. A finales de los años 80, el gasto militar soviético alcanzó niveles insostenibles (estimado entre el 15-20% del PIB), contribuyendo significativamente al colapso del sistema31. La economía soviética se desmoronó bajo el peso de sus contradicciones internas: incapaz de sostener el esfuerzo militar, pero también incapaz de transformarse en una economía civil competitiva.
Las implicaciones de un colapso sistémico ruso serían profundas y potencialmente desestabilizadoras a nivel global: crisis humanitaria en la población rusa con posibles flujos masivos de refugiados, inestabilidad política con riesgo de conflicto civil y fragmentación territorial, control incierto sobre el arsenal nuclear ruso, considerado el mayor del mundo y disrupción de los mercados energéticos globales, dado el papel de Rusia como exportador clave.
En definitiva, como vaticina George Friedman, fundador de Stratfor, el colapso de un imperio nuclear no es solo un problema regional, sino un evento potencialmente catastrófico a escala global32.
Conclusiones: la trampa de la guerra perpetua
La transformación de Rusia en una economía de guerra plantea dilemas fundamentales tanto para el régimen de Putin como para la comunidad internacional. La evidencia sugiere que el Kremlin ha creado un sistema que depende existencialmente de la continuación del conflicto, recreando de manera inquietante el dilema que enfrentaron imperios históricos como Roma o regímenes totalitarios como la Alemania nazi.
Las lecciones de la historia indican que las economías excesivamente militarizadas tienden a entrar en una espiral de expansión continua, ya que la paz representa paradójicamente una amenaza mayor que la guerra.
Para Rusia, las opciones parecen igualmente problemáticas: continuar la guerra, con sus enormes costos humanos y materiales, intentar una transformación económica estructural que amenazaría a las élites establecidas o enfrentar un potencial colapso sistémico con consecuencias imprevisibles.
La comunidad internacional, por su parte, enfrenta el desafío de desarrollar estrategias que reconozcan esta dinámica fundamental. Las políticas basadas en la premisa de que las sanciones económicas por sí solas inducirán un cambio de comportamiento podrían resultar insuficientes si el régimen ruso percibe la guerra como una necesidad existencial, no como una opción estratégica.
Al mirar hacia el futuro, la cuestión clave no parece ser si la guerra de Ucrania terminará, sino si el sistema que ha creado Putin puede sobrevivir sin encontrar nuevos teatros de conflicto. La respuesta a esta encrucijada determinará no solo el futuro de Rusia, sino la estabilidad regional y global en las próximas décadas.
Antonio Legaz
Analista de ciberdefensa
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La nueva Roma: Rusia y la economía de guerra
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The new Rome: Russia and the war economy
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