
08 abr 2026
IEEE. Siglo XXI: ¿una nueva era revolucionaria a las puertas?
Pedro Sánchez Herráez. COL. ET. INF. DEM. Doctor en Paz y Seguridad Internacional. Analista del IEEE (CESEDEN)
Introducción: ¿hacia un cambio de era… o?
De manera esporádica, y de forma tumultuosa y en aluvión, hace unos meses, se está produciendo un fenómeno por el que cierto sector de la población —específicamente, un tramo de la misma— está manifestándose y protestando en diferentes países1 a lo largo del globo, protestas que guardan ciertas similitudes entre ellas y cuyos efectos, en algunos casos palpables y tangibles, pueden estar todavía pendientes de mostrarse en su plena dimensión.
Así, en Botsuana, las protestas han hecho que el partido que ha mandado en el país desde la independencia haya caído por debajo del 50 % de intención de voto, por primera vez desde el final del apartheid; en Kenia, las protestas contra el desempleo juvenil, la corrupción y los altos precios estallaron ante el anuncio de un nuevo impuesto; también en 2024, en Indonesia, las protestas se dirigieron contra los privilegios de los miembros del Parlamento, así como por el hecho de la comida en mal estado distribuida a través de los programas de alimentación en los comedores públicos de los colegios; en Filipinas, las protestas se focalizaron en unos fondos públicos que desaparecieron; en Nepal, en el marco de las protestas, se produjo la quema del edificio del Parlamento y se llegó a forzar un cambio de gobierno; en Perú, las protestas masivas constituyeron un clamor contra el crecimiento del crimen organizado y la corrupción; en Madagascar, los continuos fallos en el sistema de distribución de agua y electricidad acabaron propiciando la marcha del presidente al exilio.
Igualmente, se produjeron manifestaciones en Serbia, en Corea del Sur, en Marruecos, en Bangladesh… protestas lideradas por la juventud ante la situación política y la realidad social de los últimos años. Y dichas protestas crecieron sistemáticamente en todos los continentes y fueron realizadas principalmente —al menos en sus momentos iniciales— por la denominada generación Z, unas acciones que, difundidas a escala global por medios de comunicación y redes sociales, sorprenden por la intensidad y el grado de difusión planetaria de las mismas.
Por ello, la cuestión que se suscita es si esta secuencia de movimientos, a la sazón globales, con unos planteamientos con cierto grado de coincidencia y liderados por un determinado sector de la población, puede constituir el inicio o ser la fuerza que induzca un cambio sustancial político o, simplemente, en el complejo entorno global actual, constituir manifestaciones de malestar y disturbios que alteren de manera temporal la situación para solicitar ciertos cambios; en definitiva, se trata de reflexionar, de manera muy sucinta y con la prudencia debida ante la complejidad del entorno global actual, sobre si estos hechos constituyen unas «simples revueltas» o si se puede estar asistiendo al nacimiento de un nuevo proceso revolucionario liderado por la denominada «generación Z».
¿Generación qué…?
La generación señalada como «generación Z», si bien cuenta con diversas interpretaciones2, suele hacer referencia a los nacidos a partir del año 1995-1996 —en ocasiones se afirma3 que incluye a los que nacieron a finales de la década de 1990— hasta aproximadamente el año 2010.
Es la primera generación auténticamente nativa digital —de hecho, en ocasiones se la conoce como «generación I», pues han crecido rodeados de teléfonos inteligentes y dispositivos electrónicos, y además de contar, en la mayor parte de los casos, con acceso a internet, no conciben un mundo sin tecnología—. Y esa forma de vivir la vida —y esa manera de aprendizaje— lleva aparejada una serie de elementos y de características individuales y grupales, tales como un gran nivel de autonomía y de independencia a la par que un gran nivel de intercomunicación; tanto es así que gran parte de los miembros de esta generación dedica más de cinco horas diarias a navegar por internet, siendo sus medios favoritos de obtención de información Instagram, TikTok y YouTube.
A esa realidad individual y colectiva de ese tramo social es necesario sumarle un entorno económico global complejo, en el que los trabajos «para toda la vida» cada vez son más escasos, en un mundo de cambios constantes, sumido en plena reconfiguración geopolítica y donde se señala recurrentemente que el «viejo orden mundial» ha tocado a su fin4. Todo discurre de una manera muy acelerada e incluso las respuestas buscadas o deseadas suelen tener un matiz de inmediatez —fruto en gran medida del impacto de la digitalización en todos los órdenes de la vida…—, cuando, precisamente, la planificación en el ámbito estratégico —o político—, a alto nivel, requiere de un largo plazo.
La Organización Internacional del Trabajo señala que aproximadamente uno de cada cinco jóvenes del planeta no está empleado, ni trabaja ni estudia5; y si a eso se le añade una situación general de ingresos bajos y medios —y decreciente en el marco de las dificultades geopolíticas globales—, con una inflación y un coste de la vida en aumento, y en un entorno en el cual la mecanización y la inteligencia artificial sustituyen muchos de los antiguos empleos a los que podrían optar, se genera una situación de escasas y pobres posibilidades laborales.
Y, por consiguiente, surge, y de manera explosiva, el afán —puesto de manifiesto por medio de reclamaciones crecientes— de dicho tramo de población de realizar profundos cambios estructurales en el sistema…, si bien no se sabe a ciencia cierta cuál puede ser el modelo alternativo, pues incluso se apunta6 que la democracia está o parece estar en crisis a escala global. Y si en la Unión Europea, un entorno económicamente más pudiente, se señalaba que esta podía ser «una generación perdida»7… ¿qué no podría acontecer en otros lugares del planeta?
¡Generación Z!… ¿y qué es lo que piden?
Quizás sea oportuno recordar la pirámide de necesidades de Maslow8, que explica, de una manera muy sencilla y comprensible, el conjunto de las necesidades del ser humano priorizadas; así, las necesidades fisiológicas y de seguridad ocupan las partes más bajas de la pirámide, y una vez satisfechas estas, se sigue progresando y los afanes de la persona se centran hacia las necesidades de afiliación, de reconocimiento y, por último, las de autorrealización; ello implica que, si las necesidades básicas y primigenias, las que posibilitan realmente la supervivencia de la persona o del grupo humano, no están aseguradas o se perciben amenazadas, los debates filosóficos pasan a segundo plano. Y si bien esta teoría, elaborada a mediados del siglo pasado, cuenta con modificaciones e incluso detractores9, constituye un modelo muy claro e intuitivo para valorar la situación y la evolución de una persona y de una sociedad.
Allí donde las necesidades básicas siguen concentrando los afanes y desvelos prioritarios del ser humano y, si además, el sistema político es percibido como corrupto o incompetente —pues se le exige que garantice o posibilite esas necesidades básicas a través de diferentes procedimientos—, el no alcance de las mismas deviene automáticamente en un profundo desencanto con el gobierno e incluso con el propio sistema. En un entorno así, no es que los ideales no tengan espacio, es, simplemente, que las necesidades básicas son prioritarias. Por ello se afirma10 que los miembros de esta generación «no se rebelan por un idealismo utópico, como quizás hicieron los boomers antes, sino por supervivencia».
Llegados a este punto, se cuestiona la propia relación del individuo con el Estado. El denominado «contrato social», basado en gran medida en las teorías de Rousseau (si bien existen matizaciones y variantes en algunos aspectos desde ciertas ópticas)11, hace referencia, en esencia, al acuerdo, real o virtual, por el que un grupo de personas, que viven en sociedad, aceptan ceder la libertad completa y absoluta que tenían viviendo en «estado de naturaleza» y asumir la existencia de un poder que les obliga a cumplir una serie de leyes a cambio de obtener ciertos derechos y obligaciones, derechos y obligaciones que se conforman como las cláusulas de ese pacto, de ese «contrato social», siendo el Estado la estructura creada para cumplir ese contrato. Y la percepción creciente es que el Estado no cumple con sus obligaciones —los derechos de los ciudadanos, muy vinculados a sus necesidades de todo orden—, mientras que sigue exigiendo sus derechos —las obligaciones de esos mismos ciudadanos—, motivando, de manera creciente, ese desencanto social e incluso la percepción, en ciertos ámbitos, de que el Estado es un modelo fallido y caduco.
En otras ocasiones se apunta a la denominada «captura del Estado», que implica que ciertos grupos —políticos, económicos, etc.— ejercen un control o una influencia de gran intensidad sobre el Estado, de tal manera que este desempeña sus funciones y atribuciones para favorecer prioritariamente los intereses de dichos grupos, en detrimento de los intereses de la población. Un ejemplo paradigmático de esta situación son los llamados narcoestados, donde las redes de crimen organizado12 son las que realmente controlan y ejercen gran parte de los atributos de la soberanía del Estado, en lugar de este y a costa del conjunto de la ciudadanía.
Por ello, los argumentos y las razones esgrimidas en estas «revoluciones» son diversas, pero pueden señalarse unos denominadores comunes, tales como la corrupción y la desigualdad percibida, y que, además, frente a unas expectativas laborales escasas para esa masa social, los líderes y los oligarcas incrementan sus beneficios y llevan, en muchos casos, una vida de lujo en grandes mansiones ostentosas ante una multitud incapaz de acceder, siquiera, a las más modestas, con un alto coste de la vida y escasas perspectivas económicas. De hecho, las protestas de agosto de 2025 en Indonesia13 tuvieron como detonante un subsidio de 3.000 dólares que se asignó a los parlamentarios para vivienda —además de seguir percibiendo sus salarios—, una cantidad diez veces superior al salario mínimo en Yakarta, la capital del país, protestas que subieron de nivel tras la muerte, a manos de la policía, de un conductor. Y en Nepal14, en septiembre, los disturbios se desencadenaron por la publicación en redes sociales de las espléndidas vacaciones y los lujos que habían disfrutado los hijos de los dirigentes nepalíes.
En otros espacios, las protestas han tenido como origen la mala gestión de las infraestructuras, por corrupción y negligencia gubernamental, como aconteció en Serbia15 en noviembre de 2024, tras el derrumbamiento del techo de una estación de ferrocarril recientemente renovada en Novi Sad, una de las mayores ciudades de la nación balcánica, lo que causó la muerte de 15 personas.
El estancamiento económico y el desempleo juvenil constituyen otras de las causas profundas del malestar, incrementadas por el hecho de que la robotización y la mecanización, junto con la inteligencia artificial, se conforman como un poderoso elemento de sustitución de la fuerza laboral humana, especialmente para ciertos tramos y sectores de la juventud. Todo ello sin perder de vista que las cadenas de valor son, en gran parte, globales, por lo que en muchos casos ni siquiera los Estados tienen capacidad plena para hacer frente a estas situaciones.
Cuestiones como la globalización económica y la interconexión mundial —con la pérdida de capacidades en espacios antaño estatales típicos—, junto con los cambios impuestos por la era digital —que obligan a la reorganización de toda la estructura que sustenta el sistema—, sumadas a la existencia de poderosísimos actores no estatales —desde grandes fortunas a empresas16— y a la dificultad de hacer frente a crisis multidimensionales, multisectoriales e interconectadas, de origen global en muchas ocasiones, con los recursos limitados del Estado, llevan a un sector de la población a cuestionarse17 si el modelo de Estado nación westfaliano no será un modelo ya caduco, que debe ser reemplazado… ¿por?… ¿por imperios?18.
Ello también conduce a la falta de identificación con los partidos políticos tradicionales, a los cuales se les señala como faltos de legitimidad y, por tanto, despiertan poco interés en dicho sector social, que prefiere encauzar la participación política por otros medios, especialmente a través de las redes sociales, por lo que las protestas constituyen una forma presencial de canalizar esos sentimientos y la indignación ante las disfunciones percibidas por la población respecto a sus gobernantes. Como afirma un nepalí: «Realmente no me interesan los partidos antiguos ni los nuevos. Me interesa saber cómo podemos llevar a este país por el buen camino. Hemos presenciado el viejo sistema político durante muchos años y nadie ha hecho nada. El país se está hundiendo. Necesitamos frenar la corrupción. Ese es el comienzo»19. Y, se señala, incluso, que ese desencanto es el que llevó al triunfo por sorpresa de Zohran Mamdani, el primer alcalde musulmán de Nueva York, pues se afirma20: «Como alcalde, Zohran será un defensor de la clase trabajadora de Nueva York. Esa idea podría asustar a la clase dirigente y a los multimillonarios, pero es precisamente por eso que más de 100.000 voluntarios se movilizaron para apoyar con entusiasmo su campaña».
Por lo tanto… ¿podemos estar ante los prolegómenos de una revolución?
Revolución… ¿qué revolución?
Lo que parecían unas protestas dispersas parece que va adoptando la forma de una suerte de movimiento, de tendencia que crece a toda velocidad, más rápido que lo que los gobiernos son capaces de gestionar y controlar. No se trata de protestas orquestadas por un líder, sino que, por el contrario, consisten en el desencanto hecho patente en las calles por jóvenes que se organizan a través de TikTok y de otras redes sociales. Si además se tiene en cuenta que en muchos países de ingresos medios y bajos —especialmente en el llamado sur global21— la generación Z constituye la mayor proporción de la población, pero a su vez la que tiene una menor representación e influencia en el gobierno, y siente —sea así o no— que las instituciones, las escuelas, los servicios y el mercado laboral no han evolucionado al ritmo adecuado y que ya no se adaptan a sus necesidades y pretensiones, todo ello lleva aparejada la pérdida de confianza relativa a si el sistema actual podrá atender razonablemente a sus necesidades22… y por eso se estalla.
Los jóvenes, como se muestra en diferentes estudios23, cada vez son más infelices —incluso en los países más desarrollados, pues la era digital modifica también los fundamentos emocionales y sociales—, cuanto más en los países con menor nivel de desarrollo, especialmente en los aglutinados en gran parte en ese llamado «sur gobal», donde las pocas expectativas de un futuro mejor24 y la falta de oportunidades económicas dificultan las esperanzas de un mañana ilusionante. Ante la situación actual, la desesperanza en la población, especialmente en los sectores más jóvenes de la misma —que son, precisamente, los que han de construir no solo su futuro, sino también el futuro del planeta—, gana enteros.
Y esa falta de esperanza, que conduce a la radicalización por desesperanza, a la asunción de tesis y narrativas que, en otras circunstancias, pasarían de largo o no serían más que minoritarias, motiva que la generación Z pueda tener un poderoso impacto en la geopolítica global y que entender sus dinámicas resulte clave para lograr la estabilidad25, llegando a acuñarse el término «geopolítica de la esperanza»26 como un elemento que debe ser considerado en los análisis de esta disciplina.
Los efectos de estas revueltas, hasta el momento, han sido dispares, pues incluyen desde un cambio de gobierno —como ha acontecido en Nepal o en Bangladés— hasta el despido de funcionarios percibidos como corruptos o la derogación de algunas leyes, y todo ello sin olvidar que, en algunos casos, la represión ha sido extremadamente dura.
Revolución, siguiendo las tesis de Allan Todd27, no es un golpe de Estado, no es una sublevación ni una rebelión; ni siquiera es una guerra civil, pues lo que suele acontecer es que otro grupo toma el poder, pero los rasgos sociales y económicos de la sociedad quedan intactos o sufren solo pequeñas variaciones. Una revolución, para poder ser considerada tal, implica una transformación completa de los rasgos sociales, políticos, económicos e ideológicos de una sociedad. Ese cambio suele hacer perder estatus y posición a una parte de la misma, y por ello suele tener un carácter violento; pero la violencia por sí misma no implica, necesariamente, una revolución: la violencia no es un fin, sino un medio para alcanzar el fin, el cambio completo de una sociedad.
Y, por lo tanto, una revolución requiere de un plan, una suerte de hoja de ruta que permita alcanzar el fin, el nuevo modelo político-social previsto, empleando todos los medios que sean necesarios para ello. Sin ese nuevo modelo, sin ese fin claro, sin ese objetivo político a alcanzar, no se puede hablar, en puridad, de revolución, pues pese a los factores —económicos, sociales, etc.— que puedan considerarse y que se pretenda que sean revisados, los más importantes —para Todd— son los políticos. De hecho, llega a afirmar que «si la pobreza y la opresión fueran fórmulas suficientes para la revolución, toda la historia de la humanidad sería una revolución casi continua»28.
La llamada «Primavera Árabe» de los años 2011-2012, fenómeno que desencadenó revueltas, protestas y algaradas no solo en el norte de África, sino también en Oriente Medio y en Europa29 —basta recordar los «indignados», los «chalecos amarillos», etc.— puede ser referida como el antecedente más próximo de la situación actual, y finalmente no consiguió, realmente, ningún cambio sustancial; antes bien, el nivel de represión que sufrió motivó que pasara, en determinados ámbitos, a denominarse «Invierno Árabe». Y ello fue debido a que es habitual que las revoluciones sean «secuestradas» por otros que sí tienen un plan, otros que tienen una estrategia, tienen sus fines claros y aprovechan los desórdenes y la violencia para alcanzarlos; así, se afirma que la revolución rusa fue secuestrada por los bolcheviques, la revolución iraní por el clero islámico y la «Primavera Árabe» fue secuestrada por el radicalismo. De hecho, Saad Eddin Ibrahim, sociólogo egipcio muy versado en estas cuestiones, afirma que estuvo en la plaza de Tahrir (Egipto) y se preocupó ante lo que vio: «No había líderes ni plataforma. El entusiasmo no sustituye al gobierno»30.
En la Primavera Árabe, Facebook se convirtió en la herramienta por excelencia de movilización31, especialmente en Egipto y Túnez, para difundir los espacios de manifestación, distribuir vídeos y conectar a las personas por todo el país; en la actualidad, parece que Discord ha devenido en el medio de movilización por excelencia32, pues los servidores privados permiten la organización con una configuración del sistema que posibilita, en mucha mayor medida, el anonimato y la descentralización. Tanto es así que, si a las Primaveras Árabes se las llamó «la Revolución de Facebook», hay voces que apuntan a que estas protestas podrían denominarse «las Revoluciones Discord»… anonimato, falta de centralización, diferentes entornos en muy diferentes países… ¿podemos hablar de una revolución?
Además, tanto las señas de identidad como la cohesión son esenciales, y más en un movimiento que se extiende por todo el planeta y que, aunque comparta elementos comunes, afronta realidades —sociales, económicas, culturales, etc.— muy dispares, por lo que resulta compleja la adopción de dichos signos y símbolos; por ello, paulatinamente se ha impuesto el empleo de elementos de la «cultura gamer» —emojis, memes, banderas pirata, personajes de videojuegos—, aspectos que son compartidos, en gran medida, por los jóvenes de todo el planeta, permitiendo, de esa manera33, que se refuerce la cohesión y el sentido de identidad. Así, la simbología que se ha ido incorporando responde en gran medida a los usos y hábitos de esa generación: la bandera pirata «Jolly Roger» de una serie de anime japonesa, «One Piece», del año 1997, se ha visto en multitud de manifestaciones: «Han ayudado a oprimidos y han enfrentado a figuras corruptas. Esos aspectos resuenan con quienes usan la bandera en las protestas»34, así como también era posible ver a manifestantes mostrando una imagen del «Jefe Maestro», un personaje que aparece en el videojuego Halo y que a partir de la versión Halo 4, se niega a obedecer las órdenes que él considera incorrectas. Tanto es así que se asocia a la generación Z con una «Revolución anime»35.
E incluso el hecho de emplear reiteradamente el término «generación Z» constituye, en sí mismo, una seña de identidad y de cohesión —aunque en las protestas es factible ver personas de otras edades y «generaciones»—. En esa línea, en Nepal se acuñó la denominación «ZN pal»36; en Marruecos, se denominó «Gen Z 212» —llamado así debido al código internacional de llamada telefónica del país—; en Madagascar, «Gen Z Mada»… la búsqueda de identidad constituye un elemento clave para poder ser un actor real que diseñe una estrategia, un plan adecuado.
En Nepal, un nuevo partido ha llegado al poder37 impulsado por la generación Z, que esperanzada, contribuyó a su triunfo en las elecciones del 5 de marzo de 2026… ¿será distinto esta vez?
A modo de reflexión: ¿revolución o…?
Ciertamente, el planeta se enfrenta, está siendo sujeto activo de un cambio de era —no una era de cambios—, donde no solo el «orden internacional» parece que no pasa por sus mejores momentos, sino que la vida diaria de millones de personas se ve comprometida y el futuro se vislumbra incierto e inquietante.
Ante esa situación, por primera vez en muchas décadas, la percepción de que se va a vivir peor que vivieron los padres y, por tanto, también por primera vez en tiempos recientes, las esperanzas de la generación llamada a ser el motor del nuevo orden, de ese cambio, son escasas y un tanto pesimistas. Y, si bien no sería la primera «generación perdida» de la historia, sí que es la más interconectada y la más globalizada, por lo que ese sentimiento está presente y se difunde a escala planetaria por las redes sociales.
Paulatinamente, el movimiento va adquiriendo señas de identidad y un cierto grado de cohesión… pero, al menos hasta el momento, parece carecer de un fin claro que permita, siguiendo un plan, alinear adecuadamente los medios de un modo determinado, además, carece de una «praxis» que permita rediseñar el orden a escala nacional o global.
Como otras veces en la historia, a río revuelto, ganancia de pescadores… en este caso, de los que sí tienen un plan, un modelo, una praxis y que pueden, de nuevo, fagocitar estos desórdenes para imponer su propia revolución.
Y ello será peor para todos, incluyendo a la propia generación Z.
Quizás sea el momento de actuar decididamente para integrar realmente a esta generación y fortalecer el modelo, o las partes del mismo que se han demostrado ineficaces. De otra forma…
Pedro Sánchez Herráez
COL. ET. INF. DEM. Doctor en Paz y Seguridad Internacional
Analista del IEEE
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