
23 abr 2025
IEEE- Siglo XXI: ¿El retorno de los imperios?
Pedro Sánchez Herráez. COL. ET. INF. DEM. Doctor en Paz y Seguridad Internacional. Analista del IEEE (CESEDEN)
Introducción. Imperio: ¿algo del pasado?
El concepto de imperio y el orden mundial derivado de la existencia y acción de los mismos no constituye una novedad en la historia de las relaciones internacionales1; antes bien, algo aparentemente anacrónico como el propio concepto de imperio, concepto que hace esencialmente referencia a la distribución del poder en el sistema internacional, va ganando popularidad y trufando los debates relativos y a la luz de esa reconfiguración del orden global en curso, debates que han ido surgiendo al compás y relacionados con la relativa o real pérdida de poder de la potencia hegemónica —Estados Unidos— y las ambiciones crecientes de las potencias2 —nuevas y viejas— que se postulan para reemplazarla.
Normalmente se señalan una serie de condiciones, de atributos esenciales3 para distinguir e identificar los imperios: una ideología imperial —es preciso tener la cosmovisión de constituir un «algo diferente» al resto de Estados o naciones—, la existencia de concentración de poder desde un centro imperial, y una periferia —de Estados, «satélites», etc.— con la cual existe una especial tipología de relaciones entre ese centro y la periferia que incluye la capacidad de controlarla —empleando para ello todas las herramientas disponibles, tales como las políticas, diplomáticas, informativas, culturales, económicas… y, llegado el caso, militares— así como la asunción de que las fronteras existentes en un determinado momento son temporales, no son permanentes, y que, por tanto, pueden modificarse al compás de las necesidades, capacidades e incluso de la propia cosmovisión del imperio y del lugar que debe ocupar en el mundo.
Por lo tanto, el imperio como organización política implica varias cuestiones4: no solo que la organización del espacio imperial asume siempre la ausencia de fronteras permanentes —a diferencia de lo que ocurre con una organización basada en Estados nación—, sino que el imperio, y más allá de las concepciones puramente territoriales, constituye una forma de poder que lleva aparejada la posibilidad de imponer consecuencias socioeconómicas o políticas, si es preciso por medio del empleo de la fuerza, con el objetivo de controlar el comportamiento de los espacios y territorios subordinados, e incluso la propia toma de decisiones en los mismos.
En un planeta absolutamente globalizado, con un inmenso desarrollo tecnológico y donde, en gran parte de este, se cuestiona el pasado o se considera que, ante las nuevas realidades, pocas conclusiones y conceptos de utilidad pueden extraerse del mismo, la propia palabra «imperio» suena a arcaísmo total… por ello, el imperio ¿realmente es algo totalmente del pasado o… o no tanto?
Imperio: ¿desapareció del todo alguna vez?
Quizás sea necesario considerar que el «orden internacional» nunca ha sido blanco o negro en su totalidad; de hecho, si bien la preponderancia del Estado nación westfaliano ha constituido, en gran medida, la clave de ese orden, es preciso recordar diferentes circunstancias y hechos para aportar luz sobre esta cuestión; así, cuando el fin de la primera guerra mundial (1914-1918) ve desaparecer imperios —ruso, austrohúngaro, otomano…— y el nacimiento de un gran número de nuevos Estados —sobre todo en Europa—, e incluso cuando se crea la Sociedad de Naciones en el año 1919, embrión de ese intento de gobernanza global, basada en los Estados, algunos de sus miembros continúan siendo imperios5 —como el británico, sin ir más lejos—.
Por ello, y aunque parecía que se consolidaba el modelo westfaliano como pieza clave del orden internacional, con los Estados con sus tres elementos constitutivos —territorio, población y soberanía— y la no injerencia en los asuntos internos de los mismos como máxima, las matizaciones son grandes; y que entre los diferentes artículos del pacto constitutivo de esa Sociedad de Naciones, se hable sin tapujos —basta leer el artículo 226— de tutela, mandatarios, labor sagrada de civilización, etc., resulta, quizás, un tanto sorprendente.
En esa Sociedad de Naciones, adalid del orden internacional en creación, se señalaba, implícitamente, cómo los imperios constituían los referentes del poder político, al poseer una amplia experiencia de gobierno, desafiando en cierta medida, por tanto, la prevalencia pretendida de ese Estado nación; y esa visión tuvo, ciertamente, impacto en ese real o supuesto nuevo orden internacional, pues para alcanzar la independencia y la condición de Estado nación se señalaba como uno de los caminos la vía del protectorado, lo cual, en la práctica, podría pretender mantener el poder de los imperios, la continuidad del pensamiento imperial en el orden global, pensamiento que se materializa, o se puede materializar no solo siendo partes de un mismo espacio, sino que también puede lograrse a través del establecimiento y mantenimiento de una serie de vínculos políticos y culturales que pudieran trascender a todos los ámbitos, incluso a la propia lógica de estatalidad, poniéndose, en ocasiones, como referente de ese planteamiento a la británica Commonwealth7.
Tras la segunda guerra mundial (1939-1945) y con el nacimiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), los procesos de descolonización y el intento, de nuevo, de establecer una suerte de gobernanza global, implica, al menos de modo aparente, que el sistema internacional se base8, esencialmente, en los Estados nación westfalianos y en las organizaciones internacionales como piezas clave de ese orden internacional y de las cuales los miembros son los Estados. Pero la existencia de dos superpotencias —¿imperios?— como Estados Unidos y la Unión Soviética, con sus aliados y satélites, así como la existencia del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ponían cierta sordina a la desaparición total de los imperios frente al Estado nación.
Con el fin de la guerra fría tras la desaparición de la Unión Soviética (1991) y con el proceso acelerado de globalización, se comenzó a plantear9 si el Estado nación seguía siendo la pieza clave de las relaciones internacionales, pues para muchos ese proceso llevaba aparejado el intento de presentación del modelo estadounidense, la democracia liberal, como referente para todo el planeta, al quedar Washington como real o supuesto vencedor de esa guerra fría. Y cuando en el año 1999 la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) —liderada por los Estados Unidos— bombardeó Serbia, un Estado soberano, sin autorización del órgano de gobernanza global, las Naciones Unidas, se modificaron las fronteras y se «fabricó» un Estado que antes no existía10, segregándolo de Serbia, la percepción de imperio ganó enteros frente a un orden internacional de Estados supuestamente iguales. El artículo de Huntington, titulado «La superpotencia solitaria»11, haciendo referencia a los Estados Unidos, se emplea en ocasiones como reflejo de esa situación global.
Añadido a estas —y otras cuestiones—, principiando el siglo XXI, el mazazo de realidad que supuso el atentado del 11-S (2001) —que mostró de manera patente que los Estados nación no eran los únicos actores con capacidad de ejercer violencia, supuestamente un monopolio legítimo de los mismos— comenzó a plantearse12 que, probablemente, el mundo se encontraba ante el final de la era westfaliana y en el comienzo de una nueva etapa, incluso ante un nuevo imperialismo diferente de los imperios transcontinentales clásicos o de los imperios coloniales europeos de los siglos XVII a XX, pero también distinto del sistema de Estados westfalianos y del periodo de globalización posterior a la Guerra Fría.
Los fracasos en Afganistán e Irak de los Estados Unidos contribuyeron a mostrar al resto del mundo13, al resto de potencias, cómo y pese a que Washington continuaba siendo la primera potencia mundial y contaba —cuenta— con la herramienta militar más poderosa del planeta, no era capaz de hacer frente, ni hacerlo con éxito, a todos los desafíos que se le planteaban… con lo cual la posibilidad de ser, o de volver a ser un imperio se abre para otras potencias, que con fuerza van posicionándose en el planeta.
Tanto es así que potencias renacidas hacen valer sus intereses por todo el globo, independientemente de los que permita el orden mundial establecido. Por ello, la anexión de Crimea en el año 2014 y la invasión de Ucrania en el 2022 por parte de Rusia no constituyen un simple conflicto, sino el intento de señalar por parte de Moscú —o la demostración patente— de que el mundo basado en reglas había finalizado14. El nuevo —o el retorno del— planteamiento de las naciones poderosas de emplear sus ventajas militares, económicas y diplomáticas para asegurar una suerte de esfera de influencia, así como la restauración de un sentimiento de grandeza, puede aplicarse no solo a la citada Rusia, sino también a China o a Estados Unidos, entre otros.
Y esos afanes, esas ampliaciones territoriales y la creación de esferas de influencia, quebrando el orden internacional, son materializados desde diferentes ópticas y empleando diferentes herramientas por cada ¿nuevo imperio?
Rusia: ¡No somos un país más!
Rusia, una gran nación con un largo y complicado recorrido histórico, presenta unas constantes geopolíticas15 que marcan, que han marcado a lo largo de la mayor parte de su historia su devenir, sus afanes y sus temores, conformando una cosmovisión, si no única, sí muy particular.
Por ello, se reitera16 que Rusia no es una nación más ni un Estado más; Rusia no puede quedar simplemente reducida a jugar un papel como «simple» potencia regional sin comprometer su propia identidad histórica y cosmovisión, pues Rusia conforma el núcleo de un gran imperio euroasiático —en esa misma línea se expresaba a principios del siglo XX Halford Mackinder con su teoría de la «tierra corazón17»—. Y, por tanto, es preciso la construcción de un nuevo imperio apoyado sobre la identidad tradicional rusa, buscando para ello alianzas con otras potencias que compartan una visión multipolar del orden mundial.
Alexander Duguin, geopolítico ruso muy influyente en el Kremlin —de hecho, una de sus obras, Fundamentos de geopolítica: El futuro geopolítico de Rusia, escrita en el año 1997 y que está siendo reeditada en todo el mundo, ha sido empleada como libro de texto en la Academia de Estado Mayor del Ejército ruso, así como en muchos centros educativos del país— incide en la reconstrucción del orden geopolítico global recuperando para ello el papel central de Rusia como imperio, apuntando, por otra parte, que el concepto de Estados nación, creado por Occidente, solo conduce a que las civilizaciones se fragmenten y se debiliten. De hecho, que en ese llamado espacio postsoviético, en la esfera de influencia secular moscovita, Occidente impusiera su modelo constituye, para Duguin, casi un acto de agresión a la esencia de la civilización rusa, razón por la cual resulta necesario volver a incorporar todos esos territorios bajo la égida de Moscú en el marco de una estructura imperial. Y esa es la única manera, según afirma, de evitar la desintegración y desaparición paulatina de Rusia, lo cual acontecería en caso de que Moscú se convirtiera en un satélite de Occidente.
Y Rusia, en lo que en ocasiones se define como la segunda partición de Ucrania —pues, aparentemente, los acuerdos de Minsk del año 2014 constituyen la primera partición de Ucrania—, con la invasión del suelo ucraniano en el año 2022 y la anexión, de momento de facto, de territorios ucranianos, genera unas poderosas consecuencias a escala global, pues todas las potencias, en mayor o menor medida, aparentemente valoran un nuevo orden mundial: un espacio global sin fronteras. Y por ello se apunta18 cómo la guerra en Ucrania ha implicado que se haya inaugurado una nueva era imperial a escala global, un mundo donde las fronteras no constituyan ese referente westfaliano.
Para abundar en esta cuestión, los recientes acontecimientos parecen que van apuntando en la dirección marcada por esa tesis: Turquía realiza una intervención en Siria a finales de 2024 en la mejor tradición del imperio Otomano, China despliega su poder a través de la ruta de la Seda por todos los continentes mientras que Estados Unidos reclama el canal de Panamá, Groenlandia y Canadá.
Pero los antecedentes de esta etapa neoimperial, del no respeto a las fronteras, de realizar injerencias en los asuntos internos de los Estados van más lejos en el tiempo y en las acciones realizadas, al menos desde la óptica de las diferentes narrativas y percepciones, desde la distinta cosmovisión de cada ¿imperio?, pues, constantemente Putin hace mención al imperialismo de la OTAN, señalando que el ya citado bombardeo que realizó sobre Serbia en el año 1999 para generar un nuevo ente territorial, un nuevo Estado —no reconocido formalmente por cerca de la mitad de las naciones del planeta— llamado Kosovo, bombardeo y acción militar desarrollada sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, constituyó una muestra patente de ese imperialismo19 estadounidense.
Necesario es señalar la importancia concedida, en esa cosmovisión imperial rusa, a la población, a los antiguos habitantes que quedaron fuera de las fronteras de Rusia al desaparecer la Unión Soviética y que, en algunos casos, han pasado a ser minorías no siempre bien asumidas ni asimiladas en las naciones independientes surgidas de dicha implosión. Y si bien, ciertamente, es factible argumentar, con razón o sin ella, una acción o intervención más allá de las propias fronteras para lograr la protección de los derechos vulnerados frente a Estados que no respetan a dichas minorías, también es perfectamente factible20 la instrumentalización de dichas minorías —en ocasiones, bajo el argumento jurídico de la responsabilidad de proteger— para alcanzar objetivos políticos en el marco de la disputa existente por control de ese espacio postsoviético.
Abundando y ampliando esta cuestión, no solo esas bolsas de población resultan empleadas como argumento legitimador —desde determinada óptica— para integrar territorios, sino que el llamado «mundo ruso», un concepto mucho más amplio que el puramente relacionado con la ciudadanía presente o pasada, también se encuentra activo en ese imaginario imperial; de hecho, en una declaración de Vladimir Putin, el 28 de noviembre 2023, se hace mención al mundo ruso: «Es la antigua Rusia, el Principado de Moscú, el Imperio ruso, la Unión Soviética; es la Rusia contemporánea, que recupera, fortalece y aumenta su soberanía como potencia mundial. El mundo ruso une a todos los que sienten una conexión espiritual con nuestra Patria, a quienes se consideran portadores de la lengua, la historia y la cultura rusas, independientemente de su afiliación nacional o religiosa»21. Todo un canto a la grandeza de Rusia y a la necesidad de incorporar todo ese «mundo ruso» al imperio.
Parece que Rusia cumple con los atributos necesarios para poder ser, o plantearse ser de nuevo, un imperio, y que lo está realizando activamente… ¿pero hay alguno más?
China: ¡del país del centro al centro del Imperio!
Respecto a China, la argumentación es reiterada y sistemática. Después de dos siglos, tras las guerras del opio en la primera parte del siglo XIX y hasta el nacimiento de la República Popular China de Mao en 1949, Pekín continúa hablando del «siglo de la ignominia» o del «siglo de la vergüenza», y que, como modo de revertir ese sentimiento, el propósito es que China se convierta en la primera potencia mundial en el año 2049 —centenario de la República de Mao—, y que, frente a un siglo XIX considerado «europeo» —de los imperios europeos—, y un siglo XX considerado «norteamericano», que el siglo XXI sea conocido como el siglo asiático… o el siglo de China.
Y para conseguirlo, Pekín ha trabajado activamente para crecer en todos los ámbitos —diplomáticos, económicos, culturales, militares, tecnológicos…— generando un rápido ascenso en la escala de poder global de la nación, materializado en gran medida por la Nueva Ruta de la Seda, además del empleo en gran medida del softpower, del «poder blando», que le permite, dado el grado de influencia alcanzado, incluso plantear cuestiones22 sobre la validez de las dimensiones éticas y morales de la actual gobernanza global, y sobre elementos tan sensibles como los derechos humanos y los valores universales en el centro del debate.
El ascenso de China como poderoso actor global, pleno de capacidades —en ocasiones ya señalado como imperio emergente— cuenta con un elemento diferencial23, basado en las comunicaciones digitales y en las redes globales, centros logísticos y de transporte que permiten no solo interconectar ciudades y territorios, transportar recursos y mercaderías —haber llegado a ser la «fábrica del mundo» le confiere una poderosa capacidad de poder y de control—, sino también difundir una narrativa relacionada con la sabiduría de una nación milenaria y con la pretensión de desarrollo armónico y compartido como elemento de atracción y seducción. Y, si se realiza una mirada retrospectiva, resulta asombroso cómo, en solo unas décadas, un país «encerrado en una muralla» ha devenido en un actor global y presente en un gran número de instituciones multinacionales.
Desde cierta óptica, esa visión —y acción— geopolítica de China representa un sentido de continuidad histórica basado en la creencia milenaria de constituir el Reino Medio, de ser «el país del centro» —que es lo que significa el nombre de China en chino24—, ocupando no solo una posición geográfica, sino también un destino central en el mundo.
El Imperio celestial, como también era antaño conocida China, con la construcción y desarrollo de esa Iniciativa de la Franja y Ruta de la Seda, de esa conocida como Nueva Ruta de la Seda como eje central de la geopolítica de China, desplegando una tupida red de rutas comerciales, infraestructuras y acuerdos económicos, lo que pretende25 es una reconfiguración global estando China en el epicentro de la misma, y que bajo la apariencia de desarrollo armónico y prosperidad compartida, lo que se busca realmente con ese instrumento es, en esencia, construir un mundo en red y posicionar a China como el nodo central de control de la misma.
La Nueva Ruta de la Seda no solo constituye una muestra de la expansión económica de China, sino que se emplea como un enlace, como una suerte de puente para incrementar la influencia sobre las naciones por las cuales discurre. Pues no solo son las mercancías las que son llevadas de un lugar a otro; también lo son las ideas, los hábitos, las personas, la influencia… contribuyendo a convertir a China en ese nodo central de una red global, alimentando, además, un sentido de gran interconexión, de destino compartido26, contribuyendo a la consecución de esa capacidad de ejercer influencia sobre otras naciones, uno de los elementos que caracterizan a los imperios.
Por ello, no solo la actitud geopolítica de China se basa en ese planteamiento histórico, sino que trabaja activamente para retornar a dicha posición en el siglo XXI, siendo los principios fundamentales empleados la armonía y la centralidad; armonía, reflejo del ideal de Confucio de una sociedad armoniosa, basada en la convivencia pacífica y en la cooperación, y en esa percepción de centralidad, desde la que China, como Reino Medio, como país del centro, constituye el eje central alrededor del cual se organiza el mundo. Y esa visión y las acciones que se realizan, superan, lógicamente, los conceptos de fronteras27 para dar cumplimento a esa ideología imperial y establecer relaciones imperiales entre centro y periferia.
Pero, y pese a ese concepto de armonía, Pekín no ha excluido el fortalecimiento, y de una manera ingente, de su herramienta militar. Y hay cuestiones, como sus reivindicaciones territoriales en el mar de China Meridional28, en el mar de Sur de China, que han generado disputas y enfrentamientos, incluso armados, con las naciones vecinas y, de manera creciente, con los propios Estados Unidos. Y si bien el empleo del softpower por parte de China es proverbial, la actividad mucho más asertiva y creciente en las disputas territoriales ha generado serias preocupaciones entre las naciones vecinas, especialmente entre las que quieren mantener su soberanía territorial… y sus fronteras.
Ya a finales del pasado siglo XX se afirmaba que las aspiraciones de China con relación a Hong Kong y a Taiwán, junto el desarrollo de las políticas chinas en su conjunto, constituían el inicio de la dinámica29 para la configuración de un nuevo Imperio chino, y que el retorno de Hong Kong a la soberanía de China en 199730 marcó el comienzo de esta hacia el camino imperial, hacia la conversión de Pekín en una nueva superpotencia.
China mantiene diversos diferendos territoriales —en la frontera con India, con Japón, con Vietnam…— y la percepción del nivel de amenaza31 que supone Pekín ha subido muchos enteros en los últimos años. Pero, de entre todos los diferendos, la cuestión de Taiwán es la más delicada. Las relaciones China-Taiwán, en este entorno de competición geopolítica —y de manera muy marcada entre EE.UU. y China—, se consideran uno de los temas más complejos, pues para China la reunificación de Taiwán constituye una de las cuestiones de seguridad clave32, por lo que los cambios que pudieran generarse en la relación entre Washington y Taiwán podrían desembocar en un conflicto en la zona.
Además, el poderoso ascenso económico de China incrementa la rivalidad creciente en este campo con Washington —rivalidad que Trump ha puesto de manifiesto33 con un incremento de los aranceles de un 34% al país asiático, amenazando con subirlos más aún—; pero otro ámbito, y muy significativo, es el relacionado con el desarrollo tecnológico34 pues los desarrollos chinos en inteligencia artificial, computación cuántica o el 5G, entre otros, constituyen unos elementos claves para dominar determinados ámbitos capitales de este siglo XXI, en los cuales aspira a liderar Estados Unidos y que, por consiguiente, se constata como Pekín amenaza ese dominio pretendido por Washington, por la hasta hace poco «superpotencia solitaria», por el ¿imperio? del siglo XX.
Por lo tanto, se puede plantear la cuestión… ¿El país del centro, el «nuevo imperio», amenazando «al imperio»?
Estados Unidos: ¡hacer América grande otra vez!
Las llamadas constantes del presidente Trump al excepcionalismo de los Estados Unidos, sus declaraciones y sus acciones parecen indicar que Washington está adoptando una política más expansionista, un retorno, en gran medida, a la geopolítica clásica, a la visión puramente realista de las relaciones internacionales basada, esencialmente, en el concepto de interés. Como recogió en su propio discurso inaugural como presidente 47.º de los Estados Unidos35, recalcó que Estados Unidos es una nación excepcional, y que la grandeza y el regionalismo de los Estados Unidos beneficiaría a toda la humanidad; también expresó que América sería más grande y más fuerte, y alcanzaría un poder que detendría todas las guerras y daría un nuevo espíritu y unidad al mundo. Incluso señaló que Estados Unidos volverá a considerarse una nación en crecimiento que expande su territorio, y que perseguirá su destino manifiesto hacia las estrellas. Por tanto el discurso pronunciado por Trump encaja perfectamente con los patrones que se señalan para el imperialismo36, pues incluso las menciones a dos presidentes del pasado, como William Mckinley y Theodore Roosevelt refuerzan esa aparente nueva cosmovisión imperial.
En este nuevo imperialismo tampoco se busca conquistar y dominar todas las poblaciones y las tierras físicamente, pues basta con controlar determinados activos que constituyen en gran medida parte de las bases del poder y la capacidad de las naciones, como pueden ser determinados espacios estratégicos, así como lograr la supremacía en los denominados bienes globales comunes —alta mar, atmósfera, espacio exterior y ciberespacio (en algunos documentos se incluye el Ártico y la Antártida)37— como forma esencial para lograr la supremacía.
Si bien parecía que Trump iba a ser un presidente aislacionista, pues había criticado la implicación de los Estados Unidos en las «guerras sin final», como la de Afganistán y la de Irak, desde el comienzo de su segundo mandato —ya en el propio discurso inaugural— se afirma38 que se adopta una postura imperialista, pues anunció su intención de recuperar el canal de Panamá, de incorporar Groenlandia y Canadá a los Estados Unidos e incluso sugirió que Washington podría tomar el control de la Franja de Gaza —pese a que esta declaración fue rápidamente contestada39—, tras desplazar de ese espacio a los dos millones de palestinos que viven en la misma, o «rebautizar» el golfo de México como «golfo de América» por medio de una orden ejecutiva40 cuyo nombre resulta esclarecedor: «Restaurando nombres que honran la grandeza americana».
Además, se señala que Trump, esencialmente, ha recuperado el concepto del siglo XIX de las esferas de influencia41, por el cual las grandes potencias deberían ser capaces de controlar los espacios gráficos próximos a ellas… lo cual genera poderosas analogías con ciertas reclamaciones, como la de Rusia respecto a Crimea y parte —o toda— Ucrania, o de China respecto a Taiwán —entre otras por todo el planeta—, y que pueden equipararse a la solicitud formulada por los Estados Unidos respecto al canal de Panamá, Groenlandia o Canadá. De hecho, Donald Trump es el primer presidente en cien años que llama a la incorporación, a la anexión de nuevo territorio42 a Estados Unidos. Y, por ello, los titulares de documentos y noticias señalando el «nuevo imperialismo norteamericano» pueblan los medios de comunicación.
Y las justificaciones son las clásicas esgrimidas por los imperios: la insistencia del presidente Trump relativa a que Estados Unidos necesita Groenlandia por una cuestión de seguridad nacional43 de que ese espacio resulta fundamental para la seguridad de Washington; igualmente, la toma del control del canal de Panamá —incluyendo el envío de tropas en coordinación con las autoridades panameñas, o, incluso, planteándose algunas opciones más drásticas—, también empleando el mantra de la seguridad nacional: «Para mejorar aún más nuestra seguridad nacional, mi Administración recuperará el canal de Panamá»44. Y, respecto a la anexión de Canadá, el presidente Trump ha retirado en diversas ocasiones que la frontera con dicho país constituye simplemente una línea artificial que alguien hizo hace mucho tiempo45, y que no tiene ningún sentido… A ese respecto resulta necesario recordar que esa es la misma narrativa que empleaban los propagandistas del Estado Islámico en el intento, parcial y temporalmente logrado, de eliminar la frontera entre Siria e Irak en el año 201446 para crear un califato.
El planteamiento de que hay fronteras que son naturales y otras artificiales, planteamiento que tiene ya un largo recorrido en la geopolítica clásica47, constituye una clara fractura del orden mundial estructurado sobre la base de Estados nación. Y en un mundo en plena reconfiguración, un debate sobre la validez o no del propio concepto de «frontera», debate que entra de lleno y de pleno en la concepción imperial, puede abrir una peligrosísima caja de Pandora a escala global.
A modo de reflexión
En esta era de reconfiguración global, todo se cuestiona, todo se replantea y, además, desde ópticas —e intereses— muy diversos y, en muchas ocasiones, muy divergentes.
Ciertamente, ni en las etapas previas a la actual el mundo era una balsa de aceite, ni el orden internacional era un «orden» pleno y generalizado, ni las relaciones internacionales se basaban, de manera total y absoluta, por todos y para todos, en reglas y leyes. Por muy idealista que se pueda ser, el orden internacional, la miríada de países y actores con capacidad de acción internacional generan un escenario en el que un cierto grado de desorden siempre, o casi siempre, puede estar presente.
Incluso en los momentos más westfalianos de ese orden internacional, donde se planteaba que los Estados, todos, más allá de sus capacidades y poder, eran iguales, se podía decir, sin temor a equivocarse, y parafraseando la conocida frase de George Orwell en Rebelión en la granja, que «todos los Estados son iguales, pero unos más iguales que otros».
Quizás, una concepción neoimperial sea un paso más en la escalada del desorden.
Y quizás, por tanto, conviene, convendría, estar preparado para afrontar, con todas las herramientas necesarias —diplomáticas, económicas, informativas… incluso militares—, lo que pudiera acontecer.
De otra manera, es preciso resignarse a «ser periferia» y que otro decida por ti.
¿Queremos eso?
Pedro Sánchez Herráez
COL. ET. INF. DEM
Doctor en Paz y Seguridad Internacional
Analista del IEEE
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Siglo XXI: ¿El retorno de los imperios?
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21st century: The return of Empires?
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