IEEE. Mientras el mundo mira el balón, la geopolítica está jugando su propio partido: El Mundial de 2026

01 jul 2026
IEEE. Mientras el mundo mira el balón, la geopolítica está jugando su propio partido: El Mundial de 2026
Rocío de los Reyes Ramírez. Analista principal IEEE (CESEDEN)
«Dime cómo juegas al fútbol y te diré cómo es tu sociedad».
Manuel Vázquez Montalbán
Introducción
La Copa del Mundo de fútbol se ha consolidado como uno de los eventos globales con mayor capacidad de movilización social, impacto económico y proyección mediática. Su alcance trasciende el ámbito deportivo y la convierte en una plataforma donde se articulan intereses políticos, económicos y culturales de escala internacional.
La relación entre deporte y geopolítica ha adquirido una visibilidad creciente.
Figura 1. La Copa del Mundo de 2026. Fuente: elaboración propia
Los grandes acontecimientos futbolísticos funcionan como escaparates internacionales en los que los Estados proyectan su imagen, refuerzan identidades colectivas y compiten por la influencia en un entorno cada vez más interdependiente. En ellos convergen gobiernos, organizaciones internacionales, empresas, medios de comunicación y audiencias globales que utilizan el deporte como vehículo de comunicación, legitimación y posicionamiento estratégico.
En este contexto, el Mundial de 2026 adquiere un significado particular. El torneo se celebra en un momento marcado por profundas transformaciones del orden internacional, caracterizadas por la redistribución del poder global, la emergencia de nuevos actores, la creciente competencia por la influencia y el cuestionamiento de algunos de los principios que han sustentado la globalización durante las últimas décadas.
La organización conjunta entre Estados Unidos, México y Canadá, así como la ampliación del formato a 48 selecciones, refuerzan la dimensión política, económica y estratégica del evento.
Este documento aborda el Mundial de 2026 desde una perspectiva geopolítica, con el fin de examinar cómo un acontecimiento de esta escala no solo refleja, sino que también contribuye a amplificar algunas de las dinámicas que caracterizan el escenario internacional contemporáneo.
A partir de esta mirada, se analizan tanto los factores estructurales que enmarcan el torneo como el papel que desempeñan los diferentes actores implicados en su organización y proyección internacional.
El objetivo es ofrecer una interpretación que permita situar la Copa del Mundo en el contexto más amplio de las transformaciones políticas, económicas y simbólicas que definen el momento global actual, entendiendo el torneo como un espacio donde convergen y se hacen visibles algunas de las principales tensiones del siglo XXI: la coexistencia entre integración y fragmentación, la competencia por la influencia, la redefinición de las identidades colectivas y el creciente protagonismo de actores no estatales en la gobernanza global.
Del juego al poder: el deporte rey en las relaciones internacionales
La creciente relevancia del deporte en las relaciones internacionales refleja una transformación más amplia en la forma en que se ejerce el poder en el siglo XXI1.
El fútbol nunca ha sido un fenómeno exclusivamente deportivo. Desde sus orígenes modernos, ha estado estrechamente vinculado a la construcción de identidades nacionales, a la proyección internacional de los Estados y a las transformaciones políticas, económicas y sociales de cada época. Sin embargo, en las últimas décadas, su importancia geopolítica ha aumentado de forma exponencial hasta convertirse en uno de los principales escenarios de competencia simbólica del sistema internacional.
Esta evolución responde a una transformación más amplia en la naturaleza del poder. En un contexto de globalización, hiperconectividad y sobreabundancia informativa, la influencia internacional ya no depende únicamente de la capacidad militar o del peso económico de los Estados. La reputación, la capacidad de atraer inversiones, la construcción de narrativas favorables o la proyección de una imagen positiva hacia el exterior se han convertido en activos estratégicos de primer orden.
En este contexto, el deporte, y especialmente el fútbol, ocupa una posición privilegiada. Pocos fenómenos culturales poseen una capacidad comparable para movilizar emociones, generar sentimientos de pertenencia y captar la atención de la opinión pública mundial.
Según datos de la FIFA2, la Copa del Mundo de Catar 2022 alcanzó una audiencia acumulada superior a los 5.000 millones de espectadores, mientras que la final entre Argentina y Francia fue seguida por cerca de 1.500 millones de personas3. Su capacidad para trascender fronteras, lenguas e ideologías ha convertido al fútbol en uno de los principales vehículos de influencia cultural y política de nuestro tiempo, con un alcance y una capacidad de movilización que superan ampliamente a la mayoría de las cumbres diplomáticas, campañas institucionales y acontecimientos culturales.
Esta capacidad de influencia se explica, en buena medida, a través del concepto de soft power o poder blando, desarrollado por el politólogo estadounidense Joseph S. Nye a finales del siglo XX. Frente al hard power, basado en la coerción militar, las sanciones económicas o la capacidad de imponer costes a otros actores, el poder blando se sustenta en la capacidad de atraer, persuadir y generar admiración4. La cultura, la educación, la ciencia, la cooperación al desarrollo o los valores políticos constituyen algunos de sus principales instrumentos.
Desde esta perspectiva, el fútbol se ha convertido en una herramienta privilegiada de la diplomacia pública. Organizar un Mundial, invertir en clubes de prestigio, patrocinar competiciones internacionales o promover la internacionalización de una liga nacional permite reforzar la imagen exterior de un país, aumentar su visibilidad internacional, atraer inversiones, impulsar el turismo y consolidar su capacidad de influencia.
No obstante, es importante distinguir entre soft power y uno de los conceptos que más protagonismo ha adquirido en los últimos años: el sportswashing. Aunque ambos términos están relacionados, no son sinónimos.
El sportswashing puede definirse como el uso estratégico del deporte para mejorar la reputación internacional de gobiernos o actores que afrontan críticas por violaciones de derechos humanos, déficits democráticos o actuaciones controvertidas en política exterior5. En otras palabras, se trata de una forma específica y controvertida de poder blando orientada a desviar la atención de determinados problemas reputacionales.
Todo sportswashing constituye una estrategia de poder blando, pero no toda estrategia de poder blando implica sportswashing. La organización de un gran evento deportivo, por ejemplo, puede responder a objetivos legítimos como la diversificación económica, la atracción de inversiones, la modernización de infraestructuras o el fortalecimiento de la marca país. El debate surge cuando estos objetivos conviven con la voluntad explícita de contrarrestar críticas internacionales o mejorar la imagen de regímenes cuestionados.
Sin embargo, la instrumentalización política del fútbol dista mucho de ser un fenómeno reciente. Uno de los primeros ejemplos paradigmáticos fue el Mundial de Italia de 1934. Benito Mussolini comprendió rápidamente el potencial propagandístico del torneo y convirtió la competición en una herramienta de legitimación interna y proyección exterior del régimen fascista. El campeonato fue cuidadosamente diseñado para exhibir una imagen de modernidad, eficiencia y fortaleza nacional. La victoria de la selección italiana debía demostrar, dentro y fuera del país, la supuesta superioridad del modelo fascista6.
La utilización política del deporte alcanzó una nueva dimensión durante la Guerra Fría. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética comprendieron que el éxito deportivo constituía una forma eficaz de demostrar la superioridad de sus respectivos modelos políticos y económicos. Los Juegos Olímpicos se convirtieron en un escenario privilegiado de competencia ideológica, como reflejaron los boicots cruzados de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984.
En Iberoamérica, el caso más conocido es el Mundial de Argentina de 1978. La Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla aprovechó el torneo para intentar proyectar una imagen de normalidad institucional y reforzar su legitimidad internacional en un contexto marcado por la represión sistemática, las desapariciones forzadas y las violaciones de derechos humanos7.
Sin embargo, el Mundial argentino también evidenció las limitaciones de la instrumentalización política del deporte. La llegada masiva de periodistas extranjeros y la actividad de organizaciones de derechos humanos contribuyeron a internacionalizar las denuncias contra la dictadura8. La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los principales centros clandestinos de detención y tortura del régimen, se encontraba a escasos kilómetros del estadio Monumental, donde Argentina conquistó el título mundial.
Este caso demuestra que los grandes eventos deportivos no solo sirven para proyectar poder, sino que también pueden convertirse en espacios de contestación política y visibilización de conflictos.
El fútbol actúa, además, como un espejo privilegiado de las tensiones sociales y geopolíticas. El enfrentamiento entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja de Belgrado, en mayo de 1990, marcado por graves disturbios entre aficionados, anticipó el deterioro de las relaciones entre croatas y serbios y se convirtió en uno de los símbolos del proceso de desintegración de Yugoslavia9. Del mismo modo, encuentros como los disputados entre Estados Unidos e Irán o entre las dos Coreas han trascendido el ámbito deportivo para adquirir una evidente dimensión diplomática.
El fútbol también puede desempeñar un papel relevante en los procesos de construcción nacional y proyección internacional. Un ejemplo significativo fue el Mundial de Sudáfrica de 2010, el primero celebrado en el continente africano. Más allá de las canchas y los estadios, el torneo constituyó una oportunidad para presentar al país como una democracia consolidada y una potencia regional capaz de organizar con éxito uno de los mayores acontecimientos internacionales.
El Gobierno sudafricano concibió el Mundial como una herramienta para reforzar la cohesión nacional, proyectar una imagen de modernidad y liderazgo continental y consolidar el legado político de la transición posapartheid iniciada por Nelson Mandela10. La competición también simbolizó la creciente presencia de África en la gobernanza internacional y contribuyó a cuestionar la percepción tradicional del continente como un espacio asociado exclusivamente a la inestabilidad o al subdesarrollo.
Sin embargo, el caso sudafricano también puso de manifiesto las contradicciones inherentes a los grandes eventos deportivos. Junto al impacto positivo sobre la imagen exterior del país, surgieron debates sobre el elevado coste de las infraestructuras, las desigualdades sociales persistentes y la capacidad real del torneo para generar beneficios sostenibles para la población local.
Esta tensión entre proyección internacional y demandas internas se ha convertido, desde entonces, en una constante de los grandes acontecimientos futbolísticos.
La geopolítica del fútbol no se limita, sin embargo, a la actuación de los Estados. La globalización de la industria deportiva y su creciente financierización11 han ampliado considerablemente el número de actores implicados. Fondos soberanos, conglomerados mediáticos, plataformas digitales, empresas tecnológicas y grandes grupos de inversión compiten hoy por controlar un sector que genera enormes beneficios económicos, pero también un extraordinario capital simbólico.
Paralelamente, el fútbol se ha convertido en una herramienta de afirmación identitaria para actores que carecen de un Estado plenamente reconocido o que buscan reforzar su visibilidad internacional. Casos como los de Palestina, Kosovo o Curazao demuestran que el deporte puede funcionar como un mecanismo de reconocimiento simbólico y de proyección exterior para comunidades cuya presencia en las instituciones internacionales es limitada.
Todo ello ha transformado el fútbol en un espacio privilegiado para observar las principales dinámicas del orden internacional contemporáneo: la competencia por el prestigio, la disputa por las narrativas globales, la emergencia de nuevos centros de poder, la creciente relevancia de los actores no estatales y las tensiones entre globalización y soberanía.
En consecuencia, analizar el fútbol desde una perspectiva geopolítica no implica reducirlo a una simple herramienta de propaganda. Significa, más bien, reconocer que los grandes acontecimientos deportivos son escenarios donde convergen intereses económicos, estrategias diplomáticas, reivindicaciones identitarias y proyectos de poder.
La FIFA y la nueva geopolítica del fútbol
Este análisis de la dimensión geopolítica del fútbol exige prestar atención no solo a los Estados, los clubes o los grandes inversores, sino también a la institución que articula y regula este ecosistema global: la FIFA.
Durante décadas, la Federación Internacional de Fútbol Asociación se presentó a sí misma como una organización estrictamente deportiva, comprometida con la promoción universal del fútbol y ajena a las disputas políticas. Sin embargo, la creciente importancia económica, mediática y simbólica del deporte ha transformado profundamente su papel hasta convertirla en un actor transnacional con una notable capacidad de influencia.
El organismo rector del fútbol constituye un caso singular dentro de la gobernanza global. Con 211 federaciones afiliadas —más que los Estados miembros de las Naciones Unidas—, dispone de una red de representación que supera a la mayoría de las organizaciones internacionales y le otorga una presencia prácticamente universal12. Esta estructura le permite actuar simultáneamente como regulador deportivo, agente económico, productor de contenidos, organizador de grandes eventos y actor diplomático.
La centralidad de la Copa del Mundo dentro del modelo de negocio de la FIFA explica buena parte de su capacidad de influencia. Los derechos audiovisuales, los contratos de patrocinio, las licencias comerciales y la venta de entradas han convertido al Mundial en un producto global de enorme valor económico, mediático y estratégico13. Su relevancia, no obstante, trasciende la dimensión económica. El control del torneo le otorga una posición privilegiada dentro de la gobernanza del deporte mundial y una notable capacidad para condicionar decisiones políticas.
Desde hace algunos decenios, la organización ha construido un modelo de gobernanza transnacional basado en su capacidad para establecer normas, definir estándares y negociar directamente con los Estados anfitriones. Este modelo se sustenta en una paradoja: aunque la FIFA carece de territorio, ejército o capacidad coercitiva formal, ha conseguido ejercer una influencia significativa sobre las políticas públicas de numerosos países.
Figura 2. Sede de la FIFA. Fuente: ©Jetlinerimages
Figura 3. Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Fuente: AFP
Los Gobiernos que aspiran a organizar una Copa del Mundo asumen compromisos que van mucho más allá del ámbito estrictamente deportivo. La Federación exige habitualmente garantías estatales en cuestiones tan diversas como la fiscalidad, la seguridad, la movilidad internacional, la protección de la propiedad intelectual, la adaptación de marcos regulatorios o la construcción de infraestructuras14. En la práctica, ello implica que los Estados aceptan ajustar determinadas políticas y marcos normativos para satisfacer las necesidades de una organización privada, atraídos por los beneficios de toda índole asociados al torneo.
Esta capacidad para influir sobre decisiones soberanas ha llevado a diversos autores a definir a la FIFA como una forma de «gobernanza privada global»15: un actor no estatal que, sin disponer de instrumentos coercitivos tradicionales, ejerce una influencia efectiva sobre gobiernos, empresas y sociedades a escala internacional. No obstante, esta relación nunca ha sido equilibrada ni exenta de tensiones.
La historia de la organización demuestra que su supuesta neutralidad política ha sido, en gran medida, una construcción discursiva. La FIFA ha tenido que gestionar cuestiones tan sensibles como el reconocimiento internacional de determinados territorios, las sanciones derivadas de conflictos armados, los boicots diplomáticos o las disputas sobre símbolos nacionales.
La admisión de Kosovo como miembro de pleno derecho en 2016, pese a la oposición de Serbia y de varios Estados que no reconocen su independencia, evidenció cómo las decisiones deportivas pueden tener implicaciones diplomáticas de gran alcance16. Del mismo modo, la exclusión de Rusia de las competiciones internacionales tras la invasión de Ucrania en 2022 confirmó que la FIFA no puede permanecer al margen de las principales crisis geopolíticas contemporáneas17.
La propia composición de sus miembros refleja las complejidades del orden internacional. Federaciones como las de Palestina, Hong Kong, Puerto Rico o Curazao muestran cómo el fútbol puede proporcionar visibilidad y reconocimiento simbólico a territorios con distintos grados de soberanía o autonomía política.
Al mismo tiempo, la FIFA ha sido objeto de críticas recurrentes por su relación con gobiernos autoritarios y por la aparente contradicción entre su discurso basado en valores universales y sus decisiones estratégicas.
La celebración de los Mundiales de Rusia 2018 y Catar 2022, así como la designación de Arabia Saudí como sede de la Copa del Mundo de 2034, ha intensificado el debate sobre la influencia de los intereses económicos y geopolíticos en la gobernanza del fútbol internacional. Estas decisiones han reforzado la percepción de que la FIFA no solo refleja las transformaciones del orden global, sino que participa activamente en ellas.
Como ya se ha señalado anteriormente, la irrupción de los fondos soberanos del Golfo, la expansión de nuevos mercados audiovisuales y la competencia por atraer inversiones han desplazado progresivamente el centro de gravedad económico del fútbol hacia regiones que hasta hace pocas décadas ocupaban una posición periférica.
En este panorama, la FIFA se enfrenta a un desafío cada vez más complejo: preservar su aspiración de gobernar un deporte global en un mundo marcado por la fragmentación política, la competencia entre potencias y el retorno de las lógicas soberanistas.
Aunque la organización sigue proyectando una imagen de universalidad y neutralidad, sus decisiones están condicionadas por intereses económicos, equilibrios regionales y dinámicas geopolíticas que trascienden el ámbito estrictamente deportivo.
Más que una simple federación internacional, se ha convertido en un actor que negocia con gobiernos, interactúa con grandes corporaciones, gestiona sensibilidades diplomáticas y participa en la configuración de narrativas globales.
El Mundial de 2026 representa la culminación de este proceso: un torneo ampliado, organizado de forma compartida entre tres países y concebido para maximizar su alcance global en un contexto internacional marcado por la fragmentación política y la competencia entre potencias.
El Mundial de 2026: el nuevo paradigma de la Copa del Mundo
La Copa del Mundo de 2026 ya ha entrado en la historia del fútbol incluso antes de la disputa de las rondas eliminatorias. El torneo, que se celebra de forma conjunta en Estados Unidos, México y Canadá, constituye la edición más ambiciosa jamás organizada por la FIFA y representa un punto de inflexión en la evolución del fútbol mundial.
Por primera vez participan 48 selecciones nacionales, y el número total de encuentros ha aumentado de 64 a 104 partidos18. Sin embargo, estas cifras no responden únicamente a una ampliación del formato competitivo. Reflejan, sobre todo, una transformación más profunda en la forma de entender el fútbol, en las prioridades estratégicas de la FIFA y en la propia distribución del poder dentro del ecosistema futbolístico global.
La organización justifica esta reforma apelando a la universalidad del deporte y a la necesidad de ampliar la representación geográfica del torneo. Gracias al nuevo sistema, regiones históricamente infrarrepresentadas, como África, Asia o la CONCACAF19, han incrementado significativamente su presencia en la fase final20.
Pero el debate de fondo va mucho más allá del reparto de plazas. La ampliación del Mundial constituye una respuesta a una cuestión central: ¿quién define hoy las reglas del fútbol global y qué regiones marcarán su futuro?
Figura 4. La creciente presencia global de la Copa Mundial de la FIFA. Fuente: Statista
A lo largo de su historia, la Copa del Mundo ha estado dominada por Europa y Sudamérica. Entre ambas regiones concentran la totalidad de los títulos mundiales, las ligas más poderosas y la mayor parte de los ingresos generados por la industria del fútbol. Sin embargo, el crecimiento demográfico, económico y tecnológico de otras regiones está alterando progresivamente este equilibrio.
La FIFA es consciente de que el futuro del fútbol ya no depende exclusivamente de los mercados tradicionales. Mientras Europa continúa siendo el principal centro de producción deportiva y económica, el crecimiento de la audiencia global se encuentra en regiones como África, Asia y Oriente Medio, donde una población más joven, una creciente conectividad digital y la expansión de las clases medias ofrecen un enorme potencial de consumo.
Según las proyecciones de las Naciones Unidas, África concentrará más de una cuarta parte de la población mundial en 2050, mientras que Asia seguirá siendo el principal mercado de usuarios digitales del planeta21.
La ampliación del Mundial podría responder, en gran medida, a esta realidad. No es casualidad que la Confederación Africana de Fútbol haya pasado de cinco a nueve plazas directas, ni que Asia haya incrementado significativamente su representación. Tampoco lo es el creciente protagonismo de la CONCACAF, impulsado por el papel central que desempeñan Estados Unidos, México y Canadá como anfitriones del torneo.
La redistribución de plazas refleja una progresiva adaptación del fútbol a un mundo cada vez más multipolar. La influencia ya no depende únicamente del rendimiento deportivo, sino también del peso demográfico, económico y mediático de cada región.
El caso de Curazao resulta especialmente significativo. Su participación no solo proyecta internacionalmente a un territorio de reducidas dimensiones y soberanía limitada, sino que demuestra cómo el fútbol puede actuar como un instrumento de afirmación política y visibilidad exterior.
Sin embargo, esta apertura geográfica convive con otra realidad menos visible: la creciente comercialización del fútbol.
Cada nueva selección incorporada supone más partidos, más derechos audiovisuales, más contratos de patrocinio y mayores oportunidades de explotación comercial. La ampliación del Mundial responde tanto a una lógica de inclusión como a una estrategia de expansión económica.
En línea con lo expuesto previamente, la Copa del Mundo se ha consolidado como el principal activo económico y simbólico de la FIFA. Según el informe financiero correspondiente al ciclo 2023-2026, los ingresos derivados de los derechos audiovisuales constituyen la principal fuente de financiación de la organización, por delante de los patrocinios y las licencias comerciales22.
En este contexto, la ampliación del Mundial refleja una tendencia más amplia: la transformación del fútbol en una industria global del entretenimiento23.
Este proceso se ve acelerado por la irrupción de nuevos actores tecnológicos que compiten por la atención de los espectadores. Plataformas digitales, servicios de streaming y redes sociales han modificado la forma de consumir el deporte y han obligado a la FIFA a adaptar su producto a una audiencia global fragmentada y permanentemente conectada.
La elección de Norteamérica como sede del torneo responde también a esta lógica.
Estados Unidos constituye el principal mercado audiovisual del planeta y representa una oportunidad estratégica para la FIFA. Aunque el fútbol no ocupa todavía la posición central que tiene en Europa o en América Latina, su popularidad ha crecido de forma constante durante las últimas décadas, impulsada por el aumento de la población hispana, la expansión de la Major League Soccer y la creciente demanda de contenidos deportivos internacionales.
El Mundial de 2026 aspira, en este sentido, a consolidar definitivamente al fútbol dentro del ecosistema deportivo estadounidense y a reforzar la presencia de la FIFA en uno de los mercados más atractivos del mundo.
Pero la transformación del torneo no se limita a su dimensión económica. También afecta al propio modelo de organización de los grandes eventos deportivos.
La creciente complejidad logística y financiera del Mundial hace cada vez más difícil que un único Estado pueda asumir en solitario los costes y las exigencias asociadas a su celebración. El aumento del número de sedes, las inversiones en infraestructuras, las necesidades de seguridad y la presión sobre los servicios públicos favorecen la aparición de candidaturas compartidas.
El Mundial de 2026 inaugura así una nueva etapa caracterizada por la organización multinacional de los grandes acontecimientos deportivos, una tendencia que continuará en 2030 con un torneo repartido entre Europa, África y Sudamérica.
Este nuevo modelo ofrece ventajas evidentes en términos de reparto de costes y aprovechamiento de infraestructuras existentes, pero también plantea importantes desafíos relacionados con la coordinación institucional, la sostenibilidad ambiental y la cohesión territorial.
La dispersión geográfica de las sedes, la multiplicación de los desplazamientos internacionales y la complejidad de gestionar un torneo repartido entre tres países convierten a este Mundial en un auténtico laboratorio de gobernanza transnacional.
Por último, esta edición del torneo está acelerando la transformación de la experiencia del aficionado.
La introducción de sistemas de precios dinámicos, la expansión de las experiencias premium, la integración de contenidos digitales y la segmentación de la oferta reflejan la creciente influencia del modelo de negocio del deporte profesional estadounidense.
Los elevados precios de las entradas, el incremento de los costes asociados al alojamiento y al transporte entre sedes, así como la proliferación de paquetes de hospitalidad exclusivos, han alimentado el debate sobre el riesgo de que la Copa del Mundo evolucione hacia un modelo orientado al consumidor global de alto poder adquisitivo, más que al aficionado tradicional24.
La paradoja es evidente: el Mundial de 2026 es, al mismo tiempo, el más inclusivo y el más exclusivo de la historia.
Nunca tantos países habían tenido la oportunidad de participar en una Copa del Mundo, pero tampoco había resultado tan costoso seguir el torneo desde las gradas. La FIFA ha ampliado el acceso al terreno de juego, pero no necesariamente al estadio.
La tensión entre universalidad y rentabilidad constituye, probablemente, uno de los principales dilemas del fútbol contemporáneo. Más allá de los resultados deportivos, el Mundial de 2026 está redefiniendo quién participa, quién organiza, quién consume y quién se beneficia del principal acontecimiento futbolístico del planeta.
En definitiva, el torneo que se disputa estos días en Norteamérica no solo transforma el fútbol: también refleja las principales tensiones del orden internacional contemporáneo, marcado por la redistribución del poder, la competencia por las audiencias globales y la creciente mercantilización de la experiencia deportiva.
Terreno de disputa: poder, integración y fracturas en Norteamérica
Si el Mundial de 2026 está redefiniendo el fútbol a escala global, su celebración en Norteamérica revela hasta qué punto estas transformaciones chocan con realidades políticas, fronterizas y sociales que condicionan profundamente el desarrollo del torneo. Lo que, desde una perspectiva global, aparece como un proceso de expansión, diversificación y comercialización del fútbol se convierte, sobre el terreno, en un espacio de disputa donde convergen agendas de seguridad, tensiones migratorias, rivalidades diplomáticas y dinámicas de integración regional.
El campeonato se disputa en un contexto marcado por el endurecimiento de las fronteras, la creciente polarización social y el resurgimiento de discursos nacionalistas que cuestionan algunos de los principios sobre los que se ha construido la integración norteamericana durante las últimas décadas.
Figura 5. Dieciséis ciudades anfitrionas en tres países. Fuente: Goals4sports.com
Las relaciones entre los tres países anfitriones atraviesan, además, uno de sus momentos más complejos de los tiempos recientes. Las tensiones comerciales entre Washington y Ottawa, las disputas en torno a la inmigración y la amenaza de nuevos aranceles han convertido el torneo en un espacio donde se proyectan rivalidades y agendas que desbordan el marco competitivo.
Aunque comparten la organización del campeonato, cada país aspira a proyectar una narrativa propia. Estados Unidos busca consolidarse como el gran centro económico y organizativo del fútbol mundial; México pretende reforzar su papel como actor regional y puente entre América del Norte y América Latina; y Canadá trata de presentarse como una sociedad abierta, diversa y acogedora.
En estas circunstancias, la cuestión de la movilidad se ha convertido en uno de los principales desafíos del torneo.
La aspiración de la FIFA de convertir el torneo en un espacio global e inclusivo contrasta con las crecientes restricciones a la movilidad internacional impuestas por los Estados anfitriones, lo que se ha hecho visible desde los primeros días del torneo25. Las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) en varias ciudades y las nuevas restricciones de entrada aplicadas a ciudadanos de determinados países han generado inquietud entre aficionados, periodistas y organizaciones de defensa de los derechos humanos26.
Para numerosos grupos de seguidores, estas medidas no solo tienen un efecto disuasorio, sino que cuestionan la propia promesa de una Copa del Mundo concebida como un espacio de encuentro transnacional.
El episodio del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan27, retenido durante horas en el aeropuerto de Miami y finalmente rechazado por supuestas irregularidades en los procedimientos de verificación migratoria, se ha convertido en uno de los casos más emblemáticos de esta tensión. Aunque la FIFA garantizó el pago íntegro de los honorarios correspondientes a su designación, el incidente puso de manifiesto la capacidad de los Estados anfitriones para imponer sus prioridades de seguridad incluso sobre actores acreditados por la propia organización del torneo.
El caso Artan no constituye un hecho aislado. Durante los primeros días del campeonato, periodistas y miembros de delegaciones procedentes de África, Asia y Oriente Próximo denunciaron retrasos, interrogatorios prolongados y controles adicionales en aeropuertos estadounidenses. Más allá de los inconvenientes operativos, estos acontecimientos han reabierto un debate de fondo sobre la desigualdad en la movilidad internacional y el impacto de los regímenes de visado en la gobernanza del deporte global.
La situación de Irán ha añadido una dimensión geopolítica adicional al torneo. La escalada de tensión entre Teherán y Washington, agravada por el deterioro de la seguridad en Oriente Próximo, ha convertido cada partido de la selección iraní en un foco de atención política. Las autoridades iraníes reclamaron a la FIFA mayores garantías para evitar la exhibición de símbolos vinculados a la oposición al régimen y expresaron su preocupación por la posibilidad de que se produjeran incidentes o cánticos considerados ofensivos durante los encuentros28.
En paralelo, grupos de la diáspora iraní han organizado concentraciones y actos de protesta en ciudades como Toronto, Houston y Los Ángeles, aprovechando la visibilidad del campeonato para reclamar atención internacional sobre las movilizaciones prodemocráticas en su país. La FIFA, sometida a presiones de distinto signo, ha reforzado los protocolos de seguridad en torno a los partidos de Irán y ha insistido en la necesidad de preservar la neutralidad política de la competición.
Este incidente ha reabierto un debate recurrente sobre el papel de la organización en contextos de alta tensión internacional. Aunque la FIFA reivindica su autonomía y su neutralidad institucional, la creciente politización del deporte obliga al organismo a gestionar conflictos que trascienden el ámbito estrictamente futbolístico y que ponen a prueba su capacidad para actuar como árbitro de intereses políticos contrapuestos.
México tampoco ha escapado a este clima de incertidumbre. Aunque las sedes de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey han desplegado amplios dispositivos de seguridad, la persistencia de la violencia asociada al crimen organizado ha condicionado la preparación del torneo. Meses antes del inicio del Mundial, diversos enfrentamientos entre grupos criminales y operaciones de las fuerzas de seguridad contra destacados líderes del narcotráfico reavivaron el debate sobre la capacidad del país para garantizar la seguridad del evento29.
Las autoridades mexicanas respondieron con un despliegue sin precedentes de efectivos policiales, militares y sistemas de vigilancia tecnológica. Sin embargo, algunos analistas sugieren que la relativa reducción de determinados sucesos violentos observada desde el comienzo del campeonato podría responder, al menos en parte, a una estrategia temporal de los grupos criminales orientada a evitar una mayor presión gubernamental y a aprovechar las oportunidades económicas derivadas del torneo30.
Más allá de la seguridad en sentido estricto, el Mundial también ha puesto de manifiesto la capacidad de las organizaciones criminales para adaptarse a los espacios generados por los grandes acontecimientos internacionales.
En Monterrey y Guadalajara, las autoridades han detectado intentos de actores vinculados a economías ilícitas de controlar actividades como el estacionamiento informal, determinados servicios de transporte o la venta ambulante en las inmediaciones de las sedes. Aunque estas dinámicas no han afectado al desarrollo de los partidos, ilustran cómo un megaevento deportivo puede convertirse en un espacio de disputa económica y territorial que trasciende el ámbito estrictamente futbolístico.
Lejos de constituir una excepción, este fenómeno confirma una tendencia observada en otros grandes acontecimientos internacionales: la concentración de flujos de personas, recursos e inversiones genera oportunidades que pueden ser aprovechadas tanto por actores institucionales como por redes informales o criminales.
Canadá, por su parte, ha aprovechado el torneo para reforzar una identidad nacional basada en la diversidad, el multiculturalismo y la apertura internacional. En un contexto marcado por las tensiones comerciales con Estados Unidos y por la retórica de Donald Trump sobre una hipotética incorporación de Canadá como «estado número 51»31, la Copa del Mundo se ha convertido en una plataforma de afirmación política e identitaria.
Las declaraciones del seleccionador Jesse Marsch, criticando públicamente estas afirmaciones, y el creciente sentimiento de unidad generado en torno a la selección canadiense ilustran cómo el deporte puede actuar como un instrumento de cohesión interna y diferenciación nacional. En este sentido, Otawa utiliza el campeonato como un instrumento de diferenciación política y simbólica frente a Estados Unidos, reforzando una narrativa nacional propia en un momento de creciente tensión bilateral.
En ciudades como Vancouver y Toronto, las autoridades locales han presentado el campeonato como una ocasión para reforzar la proyección internacional de Canadá y consolidar una narrativa basada en la diversidad y la convivencia intercultural. Esta estrategia de diplomacia pública refuerza la voluntad de Canadá de diferenciarse de sus socios regionales y consolidar una identidad internacional propia.
La experiencia canadiense pone de manifiesto que los grandes acontecimientos deportivos no solo permiten a los Estados ganar visibilidad internacional, sino también construir relatos sobre sí mismos y definir su posición frente a sus vecinos y socios estratégicos.
Como en otras ediciones, la competición tampoco ha permanecido al margen de la contestación social. Aunque las protestas han sido limitadas y no han alterado el desarrollo del torneo, diversas organizaciones han aprovechado la atención mediática para denunciar las políticas migratorias estadounidenses, el elevado coste de las entradas o determinadas crisis internacionales32.
En Los Ángeles y Nueva York, colectivos de trabajadores temporales han organizado manifestaciones para denunciar las condiciones laborales en sectores vinculados al Mundial, mientras que grupos ambientalistas han criticado el impacto energético del torneo y el aumento del tráfico aéreo entre sedes.
Estas circunstancias evidencian una paradoja difícil de ignorar: la Copa del Mundo más internacional de la historia se celebra en un contexto en el que la movilidad global está cada vez más condicionada por consideraciones de seguridad, origen nacional y acceso desigual a los regímenes de visado. El torneo refleja así una de las tensiones centrales de nuestro tiempo: el equilibrio, cada vez más complejo, entre globalización y soberanía nacional.
Conclusiones
El desarrollo de la Copa del Mundo de 2026 refleja una de las tensiones fundamentales del orden internacional actual: mientras aumentan las interdependencias globales, también se intensifican las lógicas de fragmentación y repliegue.
Nunca una edición del Mundial había alcanzado un grado de globalización tan amplio. El incremento de selecciones participantes, la multiplicación de sedes y la presencia de un número creciente de actores con capacidad de influir en su desarrollo evidencian esta expansión. Sin embargo, dicha apertura convive con un contexto marcado por el endurecimiento de las fronteras, la competencia entre narrativas nacionales, la securitización de la movilidad y la dificultad para articular respuestas colectivas frente a desafíos transnacionales.
La singularidad del Mundial de 2026 no reside únicamente en su ampliación a 48 selecciones ni en su organización conjunta entre Estados Unidos, México y Canadá. Su relevancia radica en que constituye el primer gran acontecimiento deportivo plenamente inscrito en un orden internacional en transición, caracterizado por la coexistencia de dinámicas aparentemente contradictorias: apertura y repliegue, cooperación y rivalidad, interdependencia y reafirmación soberana.
En este sentido, el torneo funciona como un auténtico laboratorio geopolítico. La redistribución de plazas hacia África, Asia y la CONCACAF refleja el desplazamiento progresivo del centro de gravedad demográfico y económico mundial. Las tensiones migratorias y los desafíos de seguridad en Norteamérica ponen de relieve los límites de la globalización en un contexto de creciente fragmentación política.
La influencia de la FIFA y de otros actores no estatales confirma la consolidación de nuevas formas de gobernanza transnacional, mientras que la competencia por audiencias, mercados y narrativas evidencia la centralidad del poder simbólico en las relaciones internacionales contemporáneas.
El Mundial de 2026 demuestra, además, que la geopolítica actual ya no se configura únicamente en cumbres diplomáticas, instituciones multilaterales o escenarios de conflicto. También se articula en espacios capaces de concentrar atención global, movilizar identidades colectivas y proyectar relatos con alcance planetario.
Por ello, la importancia de esta Copa del Mundo trasciende el ámbito futbolístico. Su valor analítico reside en que permite observar, en tiempo real, algunas de las tendencias que están redefiniendo el orden internacional: la redistribución del poder global, la tensión entre integración y soberanía, la creciente influencia de actores no estatales y la competencia por la legitimidad y la atención en un entorno simultáneamente interconectado y fragmentado.
El fútbol continúa siendo un juego, pero los Mundiales dejaron hace tiempo de ser meros acontecimientos de carácter exclusivamente competitivo. Hoy constituyen una herramienta privilegiada para comprender las transformaciones del poder global.
En consecuencia, comprender la geopolítica de la Copa del Mundo de 2026 es también una forma de comprender la geopolítica del mundo que está emergiendo.
Mientras millones de personas miran el balón, la geopolítica —inevitablemente— sigue disputando su propio partido.
Rocío de los Reyes Ramírez
Analista principal IEEE
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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