Artículo de la Revista Española de Defensa nº 423
Huele a carburante y a salitre. La lluvia golpea la cara de la decena de militares del Equipo Naval de Playa que va en la lancha de desembarco. La mirada baja, ordenados, en silencio, solo se oye el motor de la embarcación atravesando el mar, dirigiéndose a la playa. Se abre la compuerta y bajan al trote, uno detrás de otro, el agua hasta la rodilla, para adentrarse en la arena y señalizarla.
Son los segundos en llegar y su cometido es balizar la playa. «Primero, llegan los infantes de marina para reconocer la zona y realizar un balizamiento inicial y, después, nosotros hacemos uno más exhaustivo», explica el cabo primero Luis Alberto Rey. «En la playa nuestra labor principal es dirigir a las embarcaciones cuando varan. Buscamos la zona más adecuada para desembarcar, así como los puntos más peligrosos y los señalizamos», detalla.
Este estudio previo puede llevar varios días, por lo que deben montar tiendas de campaña para pernoctar. Hay que determinar por donde pueden las lanchas entrar y salir de la playa con seguridad y, para eso, se tienen en cuenta los gradientes del terreno (inclinación) y las jorobas (montones de arena que provocan las mareas), que pueden dificultar o impedir la varada.
Este equipo es parte del Grupo Naval de Playa (GRUPLA). Una unidad que «aporta capacidades fundamentales para la Armada y, por ende, a las Fuerzas Armadas, siendo el principal vector de proyección de superficie en operaciones anfibias», declara su comandante, el capitán de corbeta Juan Ros Posac.
Cuenta con doce lanchas tipo LCM-1E de fabricación española que se integran en los dos buques anfibios, Galicia y Castilla, y en el LHD Juan Carlos I. «Esto nos permite proyectar, tanto el personal, como el equipo y vehículos de una Fuerza de Desembarco desde la mar hacia tierra», asegura el capitán de corbeta Ros.