Artículo de la Revista Española de Defensa nº 394
Entre los componentes de la tripulación de un helicóptero NH-90 Lobo del 803 Escuadrón del Ejército del Aire existe un vínculo profesional, rayano también en lo personal, que se fundamenta en una confianza operativa mutua. Como destaca el capitán Alegre, comandante de la aeronave, es la clave que «garantiza el 100 por 100 de fiabilidad» en el buen hacer de cada uno de sus miembros: dos pilotos, un mecánico de apoyo al vuelo y operador de grúa, dos rescatadores-tiradores y un enfermero.
Esa interrelación —tan segura e indestructible como el cable de acero que se descuelga de la grúa de rescate ubicada en el portalón de la aeronave— se extiende desde la cabina de vuelo, continúa por la bodega, se abre al vacío a través de sus puertas laterales hasta llegar al suelo y, de nuevo, vuelve a ascender. Es el hilo conductor que permite salvar vidas asistiendo a las víctimas de accidentes tanto en tierra como en alta mar en el marco de las misiones de Búsqueda y Salvamento (SAR, por sus siglas en inglés); estabilizando bajas en combate para su aeroevacuación médica (MEDEVAC); o recuperando, por ejemplo, un piloto derribado en territorio hostil, las llamadas misiones de Personal Recovery.
Ese «flujo de trabajo basado en una coordinación extrema entre nosotros», como lo define el teniente Lozano, copiloto, también resultaría esencial si fuera necesario realizar una operación aérea especial para infiltrar un comando tras las líneas enemigas.
La llegada a la base aérea madrileña de Cuatro Vientos de los seis primeros NH-90 del total de doce asignados al 803 Escuadrón del Ala 48, en sustitución de los veteranos Super Puma, no solo va a potenciar todas estas capacidades, sino que, además, cambiará su orden de prioridad.