
08 jul 2025
IEEE. Wild New World
Alejandro MacKinlay. Capitán de Navío (retirado)
Introducción
Este documento analiza el desafío que las acciones del presidente Trump suponen para la continuidad del orden liberal global, tal como lo conocemos actualmente. La administración Trump está cuestionando el sistema internacional, del que Washington ha venido actuando como garante, argumentando que ha perjudicado a los intereses nacionales de EE. UU., mientras que los aliados europeos se han beneficiado a sus expensas. Las decisiones de Trump, que se perciben en buena medida erráticas, han generado una importante desconfianza entre los aliados y también debilitan la posición internacional americana, erosionando la credibilidad de Washington como garante del sistema global y en consecuencia favoreciendo el renacimiento de un orden basado en relaciones de poder. Desde hace años Washington percibe que debe concentrar sus recursos en la competición estratégica que mantiene con China por la primacía en el Asia marítima, razón que inspira el redespliegue hacia el Indo-Pacífico de los recursos militares americanos en Europa, forzando a los aliados europeos a asumir la responsabilidad de su propia defensa. Ahora las naciones europeas se enfrentan el desafío de restablecer unas capacidades creíbles de defensa y de hacerlo coordinadamente en el marco europeo. Algo imprescindible para asegurar la seguridad continental en un contexto, ya inmediato, en el cual el esfuerzo militar americano se centrará alrededor del sur y este de Asia.
20 de enero de 2025
La fecha de la toma de posesión del presidente Trump señala un punto de inflexión en la geoestrategia de los EE. UU., con efectos transcendentales en un orden internacional ya en proceso de cambio. Donald Trump durante su primer mandato, de enero de 2017 a enero de 2021, mantuvo las líneas generales de la gran estrategia americana, que desde el final de la II Guerra Mundial se orienta al mantenimiento de la hegemonía internacional de los EE. UU. Un poder que se sostiene en el orden liberal y en el compromiso internacional americano, que requiere a Washington mantener un predominio militar global, apoyado en una extensísima red de aliados, los principales en Europa y Japón. Sin embargo, la visión del presidente Trump apunta a que ese orden global liberal ha perjudicado a los EE. UU., sobre todo por las consecuencias económicas de la globalización y por qué sus aliados, fundamentalmente los europeos, se han aprovechado de los EE. UU., además sosteniendo una visión particularmente negativa de la UE.1 Perspectiva que no es cierta, aunque tiene parte de verdad particularmente en materia de defensa y con relación a una mayoría de naciones europeas.
Trump en su primer mandato contó con los llamados “grown-ups”, Mattis, Bolton, McMaster, etc., sin embargo, para su actual círculo de colaboradores de primer nivel ha elegido personas por afinidad personal e ideológica, algunos sin experiencia anterior de gobierno. El nombramiento de Peter Hegseth como secretario de Defensa ha sido especialmente controvertido.2 Una aproximación que elimina contrapesos a la acción presidencial y que permite a Trump aplicar sin restricciones el “Make America Great Again” (MAGA), un programa de gobierno difuso que apunta al renacimiento del poder americano y que ha aplicado erráticamente en sus primeros cien días de gobierno. Algo que sería necesario por una percepción de debilidad debido al desgaste del poder americano, consecuencia de las presidencias de Obama y Biden, lo que Trump pretende remediar reduciendo los compromisos globales americanos. Un movimiento para corregir la sobre extensión de los recursos de los EE. UU. y así hacer frente al imparable crecimiento del poder chino y sostener la primacía global americana.3 Así, los EE. UU. necesitarían desvincularse de sus compromisos en otras regiones, empezando con Europa. En definitiva, la administración Trump buscaría reequilibrar costes y beneficios, en favor del interés nacional americano, en una nueva realidad internacional.
El MAGA también tiene su parte en la economía y quizás la principal al interpretar Trump las relaciones internacionales como un negocio, en el que hay alguien que gana y otro que pierde. Así, el presidente percibiría que su país ha salido habitualmente perjudicado en sus acuerdos con naciones de todo el mundo.4 De ahí la generalizada imposición de aranceles a las importaciones a EE. UU., cuya intención sería que los EE. UU. recuperen las capacidades industriales que perdieron debido a la globalización5 y cuya carencia resulta en una debilidad estratégica para Washington, la construcción naval es un ejemplo claro de ello.6 Sin embargo, el disgusto con los aliados europeos es más amplio, también se extiende al campo ideológico. Trump apoya los valores tradicionales americanos, atacados y vilipendiados por la intelectualidad liberal durante las décadas pasadas. Una actitud arraigada también en los ámbitos político y cultural de la UE, abriendo un foso ideológico con la visión del aliado americano, fundamentalmente en la interpretación del concepto de libertad individual. El discurso del vicepresidente Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025 da testimonio irrefutable de ello.7
El presidente Trump y el reto a la continuidad de “Occidente”
La cuestión es que se ha abierto una brecha en la visión compartida del orden mundial entre las dos orillas del Atlántico Norte, desde luego entre las élites en el poder, con Canadá en el lado europeo. Europa se aferra a una visión mundial en el que debe imperar el orden liberal, para lo que el liderazgo americano es insustituible. Mientras, los EE. UU. perciben que el orden liberal y su producto, la globalización, han minado sus intereses nacionales y virarían hacia un sistema internacional de relaciones de poder. Una gran parte de la opinión americana y desde luego la administración Trump, ven a Europa como un conjunto de naciones ricas que se aprovechan del poder militar americano, para evitar hacerse cargo del coste de su defensa, una situación inadmisible.8 Ahora, los EE. UU. necesitan concentrar sus recursos finitos en Asía, incluidas las capacidades militares desplegadas en Europa, para hacer frente a China, que para obtener la hegemonía sobre Asia Oriental necesita desalojar a su competidor americano de los mares que la rodean9.
Actualmente se percibe que el Gobierno americano estaría actuando erráticamente, distanciándose de las líneas de acción permanentes de los EE. UU., lo que estaría perjudicando a su interés nacional, que requiere estrategias coherentes y sostenidas, lo contrario a lo que se está haciendo. El interés vital americano está en evitar la aparición de una potencia hegemónica en Eurasia, capaz de amenazar la seguridad de los EE. UU. y mantener el control de los accesos marítimos a Norteamérica, en el Atlántico y Pacífico. Un interés que se ha sostenido en un sistema de alianzas y acuerdos militares con innumerables naciones y en una red de casi 750 instalaciones militares, en 80 países diferentes,10 permitiendo la proyección de la fuerza militar americana por todo el globo y el despliegue global de su marina de guerra. Un contexto imprescindible para la continuidad del orden liberal occidental, tal como lo conocemos y que requiere el mantenimiento de la preponderancia global americana basada en: la ventaja tecnológica, la primacía del dólar en las transacciones internacionales, una capacidad militar incomparable con acceso global y una extensísima red de alianzas11.
El problema es que los EE. UU. estarían apartándose del liderazgo de Occidente, su actual administración parece ir en esa línea, una situación en la que el orden liberal global se esfumaría rápidamente. Algo que resultaría en un retorno a un régimen de relaciones de poder, a un sistema imperial, con China, los EE. UU. y la maltrecha Rusia, resucitada en su capacidad de gran potencia gracias al propio presidente Trump, compitiendo por poder e influencia a escala global. Un final caótico del orden liberal en las relaciones internacionales, con riesgo de un desorden incontrolado, cuya consecuencia podría ser una generalización de los conflictos, resultado de la competición entre las grandes y no tan grandes potencias.12 Una política de poder que aparentemente ya estaría aplicando la propia administración americana, la oferta de compra de Groenlandia, la intención de retomar el control del Canal de Panamá, o la propuesta de Trump de incorporar a Canadá como estado número 51 de la Unión y las formas en la imposición de aranceles apuntan en ese sentido.13
La fortaleza internacional de los EE. UU.
Más allá de las actuaciones inmediatas de la administración Trump, es necesario conocer si la tendencia al abandono por los EE. UU. del liderazgo mundial y particularmente del mundo occidental se consolidará como algo permanente. Washington estaría reduciendo su compromiso con los aliados europeos y la OTAN, a lo que apuntan las declaraciones de la administración americana. Algo consecuencia de la percepción por la élite republicana de que los EE. UU. están en declive y que necesitan restablecer su poder para continuar siendo la gran potencia global.14 A ello se sumaría un sentimiento muy extendido de que las alianzas con las naciones europeas han resultado onerosas para Washington. Algo que en parte es cierto, pues las garantías de seguridad americanas han tenido como consecuencia una profunda contracción del poder militar europeo y por lo tanto unos aliados débiles, lo que a su vez también impacta negativamente en el poder americano. Aunque Washington también se ha beneficiado de su alianza con las naciones europeas, pues estas han sido la base principal que ha sustentado el liderazgo americano en el sistema internacional.
Un aliado debe ser siempre confiable, si cambia de postura respecto a sus socios y aliados, esa imprescindible confianza se desmorona y con ello su capacidad de influencia. Lanzar una guerra arancelaria sin sentido contra sus socios globales y despreciar a los aliados más próximos y que además han respaldado con recursos y vidas las aventuras militares americanas en Asia, no es precisamente la receta más adecuada para reforzar el poder global americano.15 Un poder que se ha erosionado desde principio de este siglo, debido a una sobrextensión de sus recursos militares tras el 11-S, resultando en unos costes enormes, en un déficit presupuestario gigantesco y en el descuido del principal teatro geopolítico, los mares que rodean el Asia marítima, a ello se sumaría también una brutal pérdida de capacidades industriales.16 Una ventana de oportunidad que calladamente aprovecharon sus principales oponentes, China, sobre todo, aunque también Rusia, que interpretó tener mano libre en su periferia europea, los ataques a Georgia en 2008, Ucrania en 2014 y la invasión de ese país en 2022 son la prueba palpable.
En definitiva, la política exterior de Washington hace años que no se ajusta a los recursos que necesitaría, los intereses de la gigantesca deuda americana superan ya en valor al presupuesto de defensa, una coyuntura que situaría a los EE. UU. en decadencia.17 Además, el continuo uso del poder militar como instrumento de política exterior ha resultado un fiasco significativo, la penosa retirada de Afganistán lo evidencia. Ello apunta a una desalineación entre fines, medios y estrategias en la acción exterior, conduciendo a una percepción de debilidad americana y de desconfianza sobre el poder real de Washington.18 Ahora, el presidente Trump estaría tratando de restablecer el poder global estadounidense, el problema es que parece hacerlo de forma caótica e impredecible, lo que resulta en la pérdida de credibilidad de su política. El abandono de Ucrania y sus declaraciones apoyando la posición rusa, ha sembrado la desconfianza en Europa, sobre todo por lo que tiene de ingenuo reforzar en este momento a una Rusia que amenaza a Europa. Mientras que la imposición global de aranceles fracasa por sus efectos negativos en la economía americana, de hecho, el mismo día que sufrían efecto esos gravámenes la administración Trump estableció una demora de 90 días para su entrada en vigor.
Europa en su laberinto
Trump ha despertado a Europa, con un “shock”, ha puesto blanco sobre negro que precisamente el compromiso americano ha sido lo que ha vertebrado la capacidad de defensa de las naciones europeas y que ahora ese compromiso podría desaparecer. Una situación que manifiesta la reducida capacidad europea para influir internacionalmente, en un mundo en el que las relaciones de poder están socavando el orden liberal internacional el poder blando europeo pierde relevancia.19 Así, la aparente reducida capacidad militar de los europeos y sobre todo, las graves dudas sobre la decisión de su empleo en caso necesario no solo limitan enormemente la influencia internacional de las naciones europeas, sino que desequilibran la alianza con los EE. UU. Washington consideraría a las naciones europeas como un problema para alcanzar sus objetivos, además su interés principal está en Asia, lejos de Europa. Ello requiere que las naciones europeas restablezcan la credibilidad de su defensa, lo que no solo requiere gastar más y no solo el 2%, sino también dotarse de las capacidades industriales necesarias, lo que llevará años conseguir. Además de trasladar la percepción de que están dispuestas a usar el instrumento militar si su seguridad se ve amenazada.
Se apunta a que la solución del problema de la credibilidad de la defensa europea pasa por la creación del llamado “Ejército europeo”, aunque más apropiado sería decir Fuerzas Armadas europeas y ello solo en caso de que fuese algo factible y eficaz. Las FF. AA. responden al poder político al que sirven y ese poder político final está en manos de las naciones, no en la Unión, el Tratado de la UE define la seguridad nacional y la defensa del territorio como una responsabilidad exclusiva de los Estados Miembros.20 Unas FF. AA. europeas dotadas de unidades de diferentes naciones, o bien formadas por nacionales de diferentes países ¿Cuándo actuarían? ¿Cuándo todos los gobiernos nacionales estuvieran de acuerdo? ¿Si una de las naciones discrepa con la operación sus ciudadanos, o sus unidades, se abstendrían? La condición previa para la existencia de unas FF. AA. europeas sería que estuviesen bajo control y subordinadas a un único poder político, que respondería ante los ciudadanos en elecciones democráticas y directas.21 En definitiva, un Gobierno central europeo que controle y decida sobre unas únicas FF. AA., algo muy difícil de imaginar. Entre tanto, o mejor asumiendo que eso es algo que no va a ocurrir, las naciones europeas necesitan reforzarse militarmente, lo que harán individualmente en función de sus intereses, además de hacerlo en el campo industrial, en parte competitivamente y en parte colaborativamente.
El planeamiento militar va a seguir siendo una cuestión nacional, aunque se puede y se debe coordinar, lo que ya se viene haciendo desde hace décadas en el marco OTAN y desde hace menos y con menor alcance, en el ámbito de la UE. La cuestión es cómo mejorar la coordinación militar entre las naciones europeas, ahora que Europa ya no sería una prioridad para los EE. UU. La Alianza sigue siendo la principal organización que sustenta la defensa compartida en Europa, con mayor o menor participación americana, algo que no se debe abandonar, ya que establece el marco de interoperabilidad entre las FF. AA. aliadas. La UE ha hecho grandes esfuerzos en la coordinación para el desarrollo de capacidades militares, los proyectos del “European Defence Fund (EDF)” son una gran iniciativa para ello. También es necesaria la coordinación en el marco europeo para la recuperación de las capacidades industriales de la defensa, buscando la creación de una sólida base industrial que proporcione las armas y municiones necesarias y suficientes, lo que no va a estar exento de competición. Todo ello dirigido a disuadir potenciales aventuras militares en cualquier dirección y asegurar la defensa de los intereses de las naciones donde pueda ser necesario. Eso sí, teniendo claro que la decisión de responder a una amenaza militar, en Europa o en cualquier otra parte y cómo hacerlo, va a seguir siendo una responsabilidad nacional.
Conclusiones
A lo largo de las últimas décadas el orden liberal mundial había entrado en retroceso, fundamentalmente por el crecimiento del poder relativo de las naciones que no están conformes con él, ahora ese orden internacional ha recibido una embestida desde dentro, desde su propio centro, la presidencia de los EE. UU. Una institución que debería tener el máximo interés en mantenerlo, pues en él se sostiene el enorme poder e influencia internacional americanos. Las erráticas decisiones del presidente Trump y sus frecuentes cambios de opinión tienen como consecuencia la erosión del poder global estadounidense y con él también del orden liberal internacional. Los EE. UU. no solo necesitarían reforzar su postura militar en el Asia marítima, sino también recuperar su capacidad industrial, imprescindible para sostener la primera, la construcción naval sería un ámbito prioritario. Por su parte, una Europa percibida débil militarmente se ve forzada a recuperar sus capacidades de defensa, algo que en la situación actual es responsabilidad y compete a cada una de las naciones, eso sí requiere una importante coordinación, apoyada en el interés común. Un inevitable fortalecimiento de su potencia militar que debe responder a políticas de defensa que doten a las naciones de capacidades militares reales, medibles en términos de personal, vehículos, buques, aeronaves, etc. Unas FF. AA. realmente eficaces, lo que requiere un componente humano suficiente y preparado y los medios necesarios para responder en todos los ambientes de la guerra, tradicionales y nuevos, con superioridad tecnológica y determinación de usarlas si fuese necesario. Solo así se asegurará la seguridad nacional y europea, ejerciendo una disuasión suficiente que lleve a potenciales amenazas al convencimiento de que lanzar una aventura militar contra España, u otra nación aliada, tendría un coste inasumible.
Alejandro MACKINLAY
Capitán de Navío (retirado)
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