
08 may 2025
IEEE. ¿Qué necesita Brasil para convertirse en gran potencia global en el siglo XXI?
Josias Marcos de Resende Silva. Teniente coronel (DEM) del Ejército de Tierra de Brasil, profesor de la ESFAS (CESEDEN)
Introducción
Brasil, país de dimensiones continentales, situado en Sudamérica y bañado por el Atlántico Sur, reúne las condiciones en términos de territorio, población, economía y recursos naturales que lo sitúan automáticamente entre los aspirantes a convertirse en una gran potencia global. Sin embargo, el peso geopolítico de Brasil en la escena mundial sigue siendo subestimado y poco acorde con su grandeza.
Transcurrido un cuarto del siglo XXI, el país aún juega un papel periférico en los procesos de toma de decisiones internacionales y ocupa una posición marginal en los órganos de gobernanza global como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Para cambiar esta realidad, el gigante sudamericano lleva décadas reivindicando la reforma de dichos órganos, con el fin de aumentar su participación. Para ello, Brasil busca posicionarse como líder legítimo de los países latinoamericanos. En este sentido, la principal demanda de Brasil es un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, como representante de esta región actualmente marginada en el tablero global.
Teniendo en cuenta este contexto, la Constitución Federal de 1988 establece, como parte de sus principios fundamentales, que “La República Federativa de Brasil buscará la integración económica, política, social y cultural de los pueblos de América Latina, con vistas a la formación de una comunidad latinoamericana de naciones1.” Por este motivo, en las últimas décadas, el país ha promovido la creación de organizaciones regionales y subregionales en América Latina. Entre las principales iniciativas destacan el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Países Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).
No obstante, por una serie de factores que se exponen en este artículo, estas organizaciones no han podido cumplir su papel en la integración latinoamericana y, por consiguiente, consolidar el liderazgo de Brasil a nivel regional. Por el contrario, lo que se observa en la actualidad es el retorno de la Organización de Estados Americanos (OEA), liderada por Estados Unidos y considerada anacrónica desde el final de la Guerra Fría, como mecanismo prioritario de gobernanza regional en América Latina.
Por lo tanto, ¿puede Brasil convertirse en una gran potencia global sin lograr la integración y el liderazgo efectivo en América Latina? Este artículo sostiene que no. En este sentido, Brasil sólo tendrá el peso geopolítico para ser reconocido como una gran potencia global cuando sea capaz de ejercer un legítimo liderazgo regional, cohesionando los diferentes intereses de los países vecinos y, en consecuencia, fortaleciendo la posición de la región en el sistema internacional.
Para desarrollar este argumento, se abordarán inicialmente el contexto de la gobernanza regional latinoamericana y el papel desempeñado por Brasil en esta estructura. A continuación, se analizará cómo el establecimiento de un sistema de gobernanza regional puede contribuir a la aspiración de Brasil de convertirse en una gran potencia a nivel mundial.
El contexto de la gobernanza regional latinoamericana
El desarrollo de la actual crisis político-económica-social venezolana refleja la incapacidad de los países latinoamericanos para gestionar crisis a nivel regional. En su capítulo más reciente, tras el ampliamente cuestionado resultado de las elecciones presidenciales de julio de 2024, el presidente Nicolás Maduro se ha mantenido en el poder. En un intento vano de mediar en la crisis entre el gobierno bolivariano establecido y María Corina Machado, líder opositora y principal defensora del candidato Edmundo González, países como Brasil, Colombia y México fracasaron en su iniciativa conjunta. Como consecuencia, la crisis venezolana se extendió más allá del ámbito latinoamericano y pasó a contar con la injerencia de la OEA y la Unión Europea (UE), que reconocieron al candidato opositor como presidente legítimo del país sudamericano.
La internacionalización del proceso postelectoral venezolano es uno de los reflejos del actual escenario latinoamericano, en el que los países de la región parecen incapaces de perseguir objetivos comunes y encontrar soluciones integradas a los problemas sin la intervención de las grandes potencias extrarregionales. Esto demuestra claramente un retroceso en una iniciativa de integración latinoamericana que alcanzó su auge entre la primera y la segunda década del siglo XXI. Efectivamente, en los últimos treinta años, América Latina había logrado construir ambiciosos mecanismos de integración y gobernanza regional. Entre ellos, destacan por su amplitud el MERCOSUR, la UNASUR y la CELAC.
En este sentido, cabe mencionar que las tres organizaciones fueron creadas progresivamente durante un periodo en el que Brasil impulsó fuertemente los proyectos de integración latinoamericana en su búsqueda por el liderazgo regional. Sin embargo, desde la crisis política y económica brasileña de 2015-16, estos tres proyectos se han debilitado significativamente, volviéndose incapaces de obtener la convergencia de intereses de sus Estados miembros.
Fundado en 1994, el MERCOSUR surgió del acercamiento en materia de seguridad e integración entre Brasil y Argentina en un contexto de redemocratización en Sudamérica. De esta forma, el MERCOSUR pretendía poner fin a la carrera armamentística y a la competencia estratégica entre estos dos países, que incluía la cuestión de las armas nucleares. Actualmente, todos los países sudamericanos forman parte del MERCOSUR como Estados miembros (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia), Estados asociados (Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú y Surinam) o Estado suspendido (Venezuela)2.
Sin embargo, los proyectos de integración regional del MERCOSUR se limitan a sus Estados miembros, que tienen representación en el Parlamento del MERCOSUR (PARLASUR)3. Además, este bloque subregional se centra principalmente en la esfera económico-social, con una dimensión político-militar muy restringida. Adicionalmente, a pesar de haber obtenido una importante victoria en 2024 con la firma del acuerdo de libre comercio con la UE, el MERCOSUR atraviesa actualmente un periodo de crisis. Esto se debe especialmente a las críticas del gobierno liberal argentino a la unión aduanera existente entre los Estados miembros.
Considerado el proyecto regional más ambicioso, con la implicación real de todos los países de Sudamérica, la UNASUR fue creada en 2008 con el objetivo de forjar una identidad sudamericana a través de la integración del subcontinente en los ámbitos cultural, social, económico y político. A lo largo de su periodo de pleno funcionamiento, la UNASUR logró fomentar una amplia cooperación entre los países sudamericanos en los sectores de infraestructuras, energía y sanidad. No obstante, cabe resaltar que, especialmente a través de su Consejo de Defensa Suramericano (CDS), la UNASUR alcanzó gran prominencia en el ámbito de la seguridad y de la defensa regional4.
En este contexto, durante el período en que el CDS estuvo activo (2008-2017), la UNASUR demostró ser capaz de gestionar con éxito crisis complejas en el contexto sudamericano. En 2008, la organización consiguió resolver de forma pacífica una disputa entre Colombia, Ecuador y Venezuela, desencadenada por la invasión colombiana de territorio ecuatoriano para eliminar al número dos de las FARC, Raúl Reyes. Dos años más tarde, la UNASUR logró mediar y estabilizar una importante crisis política en Bolivia, que implicó una revuelta violenta de grupos de exploración de gas contra la nacionalización del producto y la legitimación de Evo Morales como presidente del país5.
Lamentablemente, la UNASUR se desmanteló y perdió relevancia a partir de 2018, cuando Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú suspendieron su participación en el bloque. En esta ocasión, la UNASUR fue acusada de favorecer demasiado a uno de los espectros político-ideológicos. Esto se debe a que la UNASUR se mostró incapaz de criticar al régimen bolivariano de Venezuela. Además, por diferencias ideológicas, Nicolás Maduro bloqueó la toma de cargo de Octavio Bordón, secretario general designado por el presidente argentino Mauricio Macri en 2017. Un segundo factor que tuvo un gran impacto en el debilitamiento de UNASUR fue la falta de interés de Brasil por la organización. Sin el peso político de la mayor potencia sudamericana para conducir a los Estados miembros hacia su propósito inicial, la UNASUR acabó perdiendo el rumbo.
La tercera organización de gobernanza regional de gran importancia es la CELAC. Creada en 2010, aunque no ha alcanzado niveles de cooperación comparables a los del MERCOSUR y UNASUR (cuando estuvo plenamente operativa), la CELAC es la más amplia organización regional latinoamericana y está integrada por todos los 33 países de América Latina y el Caribe.
Sin embargo, la organización se enfrenta a grandes dificultades para lograr una integración efectiva, empezando por las diferencias culturales entre sus Estados miembros, ya que hay países de la región del Caribe que no tienen orígenes iberoamericanos. Otro factor que dificulta considerablemente la integración de los países de la CELAC es la gran proximidad geográfica de México, América Central y el Caribe con Estados Unidos. Naturalmente, la mayor potencia mundial ejerce una influencia inmensa sobre estos países, condicionando significativamente su comportamiento. Por último, al igual que sucedió en el seno de la UNASUR, las fuertes diferencias ideológicas y la tímida participación de Brasil limitan el alcance y la efectividad de la CELAC.
Este escenario de debilidad de las organizaciones regionales latinoamericanas ha propiciado el retorno al protagonismo de la OEA, bajo el liderazgo de Estados Unidos. Esta organización, que era vista con recelo desde el apoyo estadounidense a los británicos durante la Guerra de las Malvinas en 1982 y que había perdido su razón de ser con el final de la Guerra Fría en 1991, ha vuelto a ocupar un lugar central en el ámbito hemisférico.
El fortalecimiento de la OEA frente a las demás organizaciones regionales latinoamericanas va de la mano con la reedición por parte de Estados Unidos de la Doctrina Monroe. En este sentido, el gobierno estadounidense ha declarado recientemente considerar el uso de instrumentos económicos y militares para alcanzar sus objetivos geopolíticos en todo el Continente Americano. Frente a este endurecimiento de la posición de Estados Unidos, América Latina ha sido incapaz de organizarse para construir una respuesta colectiva en contraposición, incluso ante la controvertida amenaza de una invasión militar norteamericana del Canal de Panamá.
Por otra parte, los países latinoamericanos que no están alineados o que son ideológicamente antagonistas de Estados Unidos, como Venezuela, Nicaragua y Cuba, buscan cada vez más el apoyo de China y Rusia, grandes potencias rivales de los norteamericanos. Por lo tanto, América Latina se ha convertido en un escenario de la “Nueva Guerra Fría”, perdiendo autonomía geoestratégica y haciéndose más vulnerable a la injerencia de las grandes potencias extrarregionales.
El papel de Brasil como potencia regional
Con una población que sobrepasa los 200 millones de habitantes, un territorio de más de 8,5 millones de kilómetros cuadrados y un producto interior bruto (PIB) nominal superior a los 2 billones de dólares anuales (4,9 billones de dólares si se considera el poder de paridad de compra del PIB)6, Brasil forma parte de un selecto grupo de países gigantes, junto a Estados Unidos, China, Rusia e India.
Figura 1. Los gigantes globales (Fuente: elaboración propia adaptado de Banco Mundial7)
Además de su enorme envergadura en términos de población, territorio y economía, Brasil posee la mayor biodiversidad del mundo, abarcando ecosistemas clave como la Amazonía. A pesar de contar con amplios recursos de hidrocarburos, extraídos con alta tecnología de la capa presalina de sus aguas territoriales, la gran potencia sudamericana dispone de una de las matrices energéticas más limpias del planeta, basada en fuentes renovables como la hidroeléctrica, la eólica y la solar. Todo ello proporciona al país las condiciones óptimas para ocupar un lugar destacado en el sistema internacional.
De hecho, la aspiración de Brasil de convertirse en una de las grandes naciones del mundo se remonta a tiempos lejanos. En el siglo XVI, los colonizadores portugueses ya mencionaban el inmenso potencial del territorio recién descubierto en América. A principios del siglo XIX, el “arquitecto” de la independencia, José Bonifácio de Andrada e Silva, consideraba el vasto territorio brasileño como clave para construir una nación fuerte, con políticas demográficas y desarrollo estratégico fundamentadas en la riqueza natural8. De este modo, es posible afirmar que la visión geopolítica de Brasil se desarrolló incluso antes de su independencia.
Durante el siglo XX, Brasil creó una escuela geopolítica respetada, con pensadores como Mário Travassos, Everardo Backheuser, Golbery do Couto e Silva, Therezinha de Castro y Meira Mattos. En común, estos autores tuvieron gran influencia en la formulación de la política exterior, en la colonización del interior del país, especialmente en lo que se refiere a la ocupación de la región amazónica, en la construcción de la infraestructura nacional, con énfasis en las vías de transporte para la integración efectiva del territorio brasileño, y en la concepción del uso de las Fuerzas Armadas en beneficio de los objetivos nacionales9.
De una manera resumida, hasta los años 1950-60, el pensamiento geopolítico brasileño se centraba especialmente en superar a Argentina para conquistar la hegemonía en Sudamérica. Entre los hechos más destacados de este periodo figura la participación de Brasil en la Segunda Guerra Mundial. Único país sudamericano a enviar tropas al teatro europeo, Brasil demostró una elevada capacidad militar y voluntad nacional al desplegar una fuerza expedicionaria de 25.000 hombres en territorio italiano, logrando victorias decisivas contra las poderosas fuerzas armadas alemanas en 1944 y 1945. A pesar de esta importante participación, la no inclusión de Brasil como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU tras la guerra supuso un paso atrás para las pretensiones brasileñas.
Entre las décadas de 1960-1980, mientras continuaba la rivalidad con los argentinos, el pensamiento geopolítico brasileño pasó a debatir un papel más amplio en el escenario mundial. Buscando alejarse del alineamiento automático con Estados Unidos, Brasil diversificó las relaciones con los países europeos al asociarse con Alemania para construir centrales nucleares, apoyó la descolonización africana y normalizó las relaciones con la Unión Soviética y China. En el contexto sudamericano, Brasil dejó de dar prioridad a la región de la Cuenca del Plata y centró su atención en la región amazónica, considerada fundamental para la geopolítica subcontinental.
A partir de los años 1980-90, con el fin de los gobiernos militares y la redemocratización de Sudamérica, se superó la rivalidad con los argentinos y ambos países iniciaron un intenso proceso de cooperación y confianza mutua. En esta coyuntura se promulgó la Constitución Federal de 1988, en la que la integración latinoamericana aparece como un principio fundamental del Estado brasileño. Desde entonces, buscando liderar el proceso de integración regional, Brasil pasó a fomentar la creación de organizaciones latinoamericanas como MERCOSUR, UNASUR y CELAC.
A pesar de haber impulsado la CELAC, el Estado brasileño es consciente de la dificultad de ejercer influencia en la región de México, América Central y el Caribe. Por esta razón, su Política Nacional de Defensa (PND) y su Estrategia Nacional de Defensa (END) no establecen esta área como parte de su entorno estratégico, donde tiene la obligación de proyectarse, sino como una región de interés. Aun así, el despliegue internacional más importante de tropas brasileñas desde la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar en el Caribe, como parte de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH).
Durante los años en que estuvo activa, entre 2004 y 2017, la MINUSTAH representó una gran conquista para el esfuerzo geopolítico brasileño. En este sentido, Brasil lideró un contingente militar mayoritariamente sudamericano en el país caribeño. Además, tras trece años de despliegue, la misión fue concluida después de estabilizar y llevar a cabo un proceso electoral democrático en Haití, lo que constituye un raro caso de éxito en las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU.
Otra ocasión en la que Brasil desempeñó un papel destacado en el contexto regional fue durante la creación del CDS en el seno de la UNASUR. En ese momento, el país fue capaz de aunar intereses divergentes y promover el consenso entre los doce países sudamericanos que tenían una desconfianza inicial sobre este mecanismo. Como resultado, entre 2008 y 2017, por primera vez, Brasil logró coordinar con sus vecinos cercanos las políticas de defensa, la cooperación militar y la participación en operaciones de mantenimiento de la paz y asistencia humanitaria, promover la industria y la tecnología regionales de defensa, así como fomentar cursos de capacitación militar integrados entre las fuerzas armadas del subcontinente.
Sin embargo, desde el fin de la MINUSTAH en 2017 y el desmantelamiento de la UNASUR en 2018, Brasil parece haber reducido sustancialmente su capacidad de liderazgo a nivel regional. Asimismo, el país comenzó a considerar otras alternativas independientes de la región para su inserción en el sistema internacional. Entre ellas, la inclusión como socio estratégico no-Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 2019 y una mayor implicación en el ámbito de los BRICS, especialmente desde 2020, cuando Brasil asumió la presidencia del Nuevo Banco de Desarrollo, el Banco de los BRICS.
El camino a seguir
En los últimos años, Brasil ha priorizado la diversificación de sus relaciones en el mundo y ha tratado de relacionarse con las principales potencias mundiales, ya sea convirtiéndose en un socio estratégico no-OTAN u ocupando una posición destacada dentro de los BRICS. Este pragmatismo estratégico, que permite a Brasil disfrutar de buenas relaciones con todas las grandes potencias rivales, ciertamente coloca al país en una posición de ventaja en el sistema internacional contemporáneo.
Esta capacidad de Brasil para posicionarse bien internacionalmente quedó clara durante las declaraciones de Donald Trump en febrero de 2025, cuando el presidente estadounidense sugirió el envío de tropas brasileñas a Ucrania como fuerzas de paz tras el establecimiento de un alto el fuego en este conflicto10. Unos meses antes, en septiembre de 2024, Vladimir Putin ya había propuesto a Brasil como posible mediador entre su país y Ucrania11.
Efectivamente, para aumentar su participación en los órganos de gobernanza mundial, estar bien considerado por las principales potencias antagonistas es un paso fundamental. El hecho de ser un representante clave de los países emergentes como protagonista dentro de los BRICS también contribuye a las aspiraciones de Brasil. Sin embargo, para alcanzar este objetivo es imprescindible demostrar capacidad de influencia y liderazgo, particularmente en su región geopolítica.
En el ámbito del MERCOSUR, que abarca principalmente el Cono Sur del Subcontinente Sudamericano, la firma del acuerdo de libre comercio con la UE demostró esta capacidad por parte de Brasil. Al liderar las negociaciones con la Comisión Europea en 2024, el país logró construir soluciones viables a los desacuerdos que postergaron durante años la concreción de este acuerdo. Cabe destacar que este éxito se logró a pesar de que Brasil y Argentina tenían en ese momento gobiernos de espectros ideológicos rivales, lo que requirió aún más habilidad y capacidad de influencia para aglutinar los intereses de los Estados miembros del bloque.
A diferencia del MERCOSUR, Brasil ha sido incapaz de alcanzar un consenso en torno a retomar un proyecto de integración regional que incorporara de hecho a todos los países sudamericanos, en semejanza de la UNASUR. Esto demuestra que la capacidad de influencia brasileña en la subregión andina es actualmente muy limitada. En un intento de revertir esta situación, en mayo de 2023, el gobierno brasileño convocó a los doce jefes de Estado sudamericanos a una reunión en su capital, donde se estableció el Consenso de Brasilia. Este tratado reafirmó el compromiso de mantener Sudamérica como una zona de paz y cooperación, reforzó el papel de la integración regional como estrategia necesaria para hacer frente a las amenazas comunes y estableció un grupo de trabajo para evaluar antiguos proyectos y proponer un nuevo modelo de cooperación regional12.
Al mismo tiempo, Brasil anunció su regreso a la decadente UNASUR como un esfuerzo por revitalizar la organización. Sin embargo, entre los países que se habían retirado de la UNASUR en 2018, solo Argentina y Colombia se unieron a los brasileños y se reincorporaron al bloque sudamericano. Además, con la elección del presidente Javier Milei, Argentina anunció su nueva salida de la UNASUR en enero de 2024. De esta forma, esta prometedora organización desde la perspectiva geopolítica brasileña permanece en el ostracismo.
Considerando que el establecimiento de una zona de influencia en toda la región cubierta por la CELAC sería utópico debido a las diferencias existentes y a la gran proximidad geográfica de muchos de estos países con Estados Unidos, el restablecimiento de un órgano de gobernanza regional efectivo a nivel sudamericano sería la solución óptima para las aspiraciones brasileñas de convertirse de facto en una gran potencia global. A continuación, se exponen los argumentos que justifican esta afirmación.
En el ámbito político, la reactivación de una organización regional similar a la UNASUR permitiría a Sudamérica adoptar posiciones consensuadas en los órganos de gobernanza mundial. Naturalmente, Brasil tendría un papel importante en la construcción de este consenso, lo que demostraría su liderazgo regional y reforzaría sus reivindicaciones en el escenario global. Asimismo, este proyecto regional se convertiría gradualmente en el principal foro para tratar crisis y divergencias entre sus Estados miembros, un papel que la UNASUR desempeñó durante su periodo de plena activación. Esto ayudaría a alejar a las grandes potencias extrarregionales de los asuntos sudamericanos.
En el ámbito económico, además de un mayor intercambio comercial entre los países sudamericanos, un mecanismo de gobernanza regional favorecería la reanudación de los proyectos transnacionales de infraestructuras. Entre estos proyectos figuran los corredores bioceánicos, cuyo eje principal conectaría por carretera y ferrocarril el puerto de Santos en Brasil con los puertos de Arica e Iquique en Chile (BNDES, 2010). Esta deseada salida al Océano Pacífico permitiría a los productos brasileños llegar a la pujante región del Indo-Pacífico a menor coste y con mayor competitividad, ayudando a proyectar económicamente al país.
En cuanto al ámbito psicosocial, un mecanismo de gobernanza regional facilitaría la construcción de estrategias más adecuadas en la lucha contra el narcotráfico. Principal amenaza para la seguridad regional, el narcotráfico cuenta en Sudamérica con una extensa red transnacional que domina comunidades vulnerables y afecta a la estabilidad interna de todos los países. En este sentido, la solución a este problema depende de acciones sociales y de seguridad pública coordinadas, que van desde la problemática social derivada de producción de cocaína hasta el enfrentamiento a las sofisticadas organizaciones criminales sudamericanas. La lucha eficaz y conjunta contra esta amenaza, que debe ser tratada a nivel regional, es fundamental para reducir los focos de inestabilidad que contribuyen a poner en duda la capacidad de Brasil de actuar como protagonista a nivel mundial.
Un último aspecto es el militar. A lo largo de la historia, el período de activación del CDS de la UNASUR ha sido la única oportunidad en que se ha alcanzado una cooperación efectiva en materia de defensa en Sudamérica. Aparte de aumentar la armonía y contribuir a reducir la desconfianza entre los países, esta cooperación favorecería el proyecto de Brasil de impulsar su industria de defensa mediante la incorporación de una cadena de suministro regional. Además, esta integración aumentaría sustancialmente el mercado para los productos de defensa de Brasil, lo que consolidaría su posición como centro mundial de desarrollo y producción de material bélico.
Por otro lado, ya sea a través de la acción conjunta de sus países o de la potencialización de la industria de defensa brasileña, la integración en términos militares crearía un efecto disuasorio que también contribuiría a reducir la injerencia de las grandes potencias extrarregionales en la región. Asimismo, la posición de Brasil como gran potencia militar se vería reforzada a nivel global.
Por lo tanto, se argumenta que el paso esencial para que Brasil alcance su aspiración de convertirse en una gran potencia a nivel mundial es restablecer su liderazgo regional a través de un mecanismo de gobernanza sudamericano. Para ello, será esencial hacer uso de un gran pragmatismo y capacidad de influir para aglutinar los intereses de los países vecinos con gobiernos de campos ideológicos totalmente opuestos. Una vez alcanzado este objetivo, como resultado de todos los beneficios mencionados, el país será visto naturalmente como un relevante polo de poder mundial. Por consiguiente, estará fortalecido para reivindicar posiciones más importantes en los órganos de gobernanza global, incluido un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU como representante legítimo de América Latina.
Conclusiones
Con su inmenso territorio, población y economía, Brasil es un país con vocación natural de convertirse en una de las grandes potencias del mundo. Sin embargo, tras un prometedor comienzo de siglo, en el que el país capitaneó los procesos de integración en América Latina, actuando como un verdadero líder en esta región geopolítica, el gigante sudamericano parece haber perdido su capacidad de liderazgo regional. Esto se evidencia en el debilitamiento y la parálisis de organismos gobernanza regional como el MERCOSUR, UNASUR y CELAC, en cuya puesta en marcha Brasil desempeñó un papel prominente.
La actual incapacidad de estas organizaciones para resolver problemas y gestionar crisis a nivel regional se refleja en la internacionalización de la reciente crisis postelectoral venezolana más allá de América Latina, que sirve de pretexto a grandes potencias extrarregionales para intervenir en la región. Asimismo, en los últimos años, ha sido notable el retorno de la obsoleta OEA como principal organización regional bajo el liderazgo de Estados Unidos, arrebatando a los países latinoamericanos su autonomía estratégica.
Por todo ello, a pesar de mantener buenas relaciones con Estados Unidos, Europa, Rusia y China, además de despuntar como uno de los protagonistas de los BRICS, Brasil no se convertirá en una gran potencia a nivel global sin lograr la integración y el liderazgo efectivo en América Latina. En este sentido, cumpliendo con lo previsto en los documentos de defensa nacional, basado en las experiencias de las últimas décadas y teniendo en cuenta que influir en toda la región latinoamericana y caribeña sería utópico, Brasil debería reconstruir un mecanismo pragmático de gobernanza regional limitado a Sudamérica, basado en la estructura de la UNASUR.
Esta organización revigorizada aportaría beneficios a Brasil en diversos campos del poder nacional, como el político, el económico, el psicosocial y el militar. Sobre todo, permitiría a Sudamérica proyectar poder a escala mundial, bajo el liderazgo de Brasil, que se posicionaría como representante legítimo de América Latina ante los órganos de gobernanza mundial, incluido el Consejo de Seguridad de la ONU.
Josias Marcos de Resende Silva
Teniente coronel (DEM) del Ejército de Tierra de Brasil, profesor de la ESFAS
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¿Qué necesita Brasil para convertirse en gran potencia global en el siglo XXI?
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What does Brazil need to become a major global power in the XXI century?
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