IEEE. Nuevos tiempos para el Indo-Pacífico: China proyecta poderío naval y Estados Unidos redefine las relaciones de defensa

07 jul 2025
IEEE. Nuevos tiempos para el Indo-Pacífico: China proyecta poderío naval y Estados Unidos redefine las relaciones de defensa
Águeda Parra Pérez. Doctora en Relaciones Internacionales, ingeniera y analista del entorno geopolítico y tecnológico de China. Fundadora y editora de ChinaGeoTech y autora de “China, las rutas de poder”.
Un creciente gasto en defensa que marcará una era de inseguridad
La previsión de que un potencial conflicto en el Pacífico propicie un enfrentamiento prolongado bajo un entorno de guerra de desgaste está calando en los planteamientos defensivos de Pekín. Sobre todo, teniendo en cuenta que los conflictos en Ucrania y Oriente Medio están aportando muchas lecciones aprendidas de mejores prácticas que estarían redefiniendo los cálculos de estrategia militar. A todo ello, se suma una tendencia de aumento de gasto militar que ya es una constante en otras regiones, perfilando lo que el think tank británico Institute for Strategic Studies (IISS) ha denominado como era de inseguridad1.
Los cambios en la hoja de ruta de China son el resultado, por tanto, de la adaptación a este escenario geopolítico, militarmente activo en distintos frentes. Pekín no sólo redobla esfuerzos para modernizar su ejército, incorporando capacidades militares de combate y armamento con tecnología avanzada, sino que está buscando flexibilizar el regreso de reservistas y veteranos2, y está fortaleciendo las iniciativas de cooperación entre el mundo civil y militar en materia de ciencia, tecnología y desarrollo industrial. Medidas que se suman al anuncio de China de alcanzar un gasto en defensa del 7,2%3 del PIB en 2025, manteniendo el mismo ritmo de crecimiento que el año pasado y, de nuevo, sobrepasando el presupuesto en defensa la estimación de crecimiento económico que el gobierno ha situado para este año en torno al 5%.
Buscando estar preparados para “cambios nunca vistos en un siglo a un ritmo más rápido”, como comentaba el primer ministro chino, Li Qiang4, el país asiático destinará 245.000 millones de dólares para el presupuesto en defensa. Un gasto menor que el de Estados Unidos, pero que excede el destinado por el resto de economías asiáticas, cuadruplicando el gasto de Japón5 que, tras el incremento propuesto, se situará en 58.000 millones de dólares.
A pesar de una mayor tensión geopolítica, el presupuesto de defensa de China lleva creciendo a un solo dígito desde 2016, destinando de media un 1,3% del PIB, según el International Institute for Strategic Studies (IISS), un valor por debajo de la media global que se sitúa en el 1,8%, e inferior incluso al objetivo del 2% que está impulsando Washington para todos los miembros de la OTAN. De hecho, alcanzar ese umbral es el reto al que se enfrentan las potencias europeas, centradas en conseguir una autonomía estratégica militar que permita afrontar los desafíos que el presidente Trump está planteando en su segunda administración. Para ello, están invocando la idea del “arsenal para la democracia” que promulgó el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt cuando hizo un llamamiento en apoyo de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.
Acomodando estos nuevos desafíos geopolíticos, China abordaba el año pasado una de las reorganizaciones militares más sustanciales6, la última implementada por Xi Jinping es de 2015, designando como independientes las unidades de operaciones de información, ciberespacio y capacidades cibernéticas, hasta ahora dependientes de la Comisión Militar Central que lidera Xi Jinping. A partir de ahora, estas nuevas unidades gozarán de mayor entidad dentro de Ejército Popular de Liberación (EPL), en clara referencia a que mayores ventajas de información están resultando ser cruciales en las guerras modernas.
De esta forma, China avanza en defensa y reduce distancias con Estados Unidos, alcanzando una producción masiva de armas y, aunque la magnitud del gasto militar de China no es comparable con el presupuesto de Estados Unidos, la capacidad de su industria de defensa ha convertido al país en un peso pesado militar. Estos avances son reveladores del poderío que ha alcanzado China, que ha incorporado 400 aviones de combate modernos, 20 buques de guerra, y ha duplicado el arsenal de misiles balísticos y de crucero, además de construir un bombardero nuclear invisible entre 2021 y 20247. Pero la ambición de China es mucho más desafiante, ya que después de duplicar el inventario de ojivas nucleares, sobrepasando así a Francia (Figura 1), la previsión es llegar a las 1.000 en 2030.
Figura 1: Inventario de ojivas nucleares. Fuente: Federación de Científicos Estadounidenses y Bloomberg.
Estos avances en el ámbito militar han tenido, asimismo, su reflejo en los discursos de Xi Jinping, mostrando cómo la tensión geopolítica ha ido perfilando los objetivos de China. Así, el XX Congreso del Partido Comunista de China marcaba una clara diferencia entre el enfoque de “ganar guerras locales” del anterior congreso, por el de “ganar guerras” con un ejército de “clase mundial” del actual escenario.
Un discurso de mayor intensidad bélica que también se ha puesto de manifiesto en la comunicación más reciente con Washington en las redes sociales, anunciando la embajada de China en Estados Unidos en una publicación en X que “Si lo que Estados Unidos quiere es una guerra, ya sea una guerra arancelaria, una guerra comercial o cualquier otro tipo de guerra, estamos listos para luchar hasta el final"8, en referencia a la imposición de aranceles de la administración Trump. Declaración que se producía, precisamente, cuando se celebraban las “Dos Sesiones” en Pekín en marzo de 2025, el evento donde China marca las directrices de carácter político, económico, y sociocultural que rigen el país.
Esta escalada de comentarios bélicos se produce cuando las empresas chinas que combinan la fabricación civil y el armamento de defensa están mejorando su posición en la clasificación mundial, reflejando esta nueva realidad de cómo China ha venido impulsando la base industrial de defensa en los últimos años. A pesar del meteórico crecimiento de las compañías chinas, hace una década ni siquiera figuraban en la clasificación internacional, las empresas estadounidenses siguen liderando la clasificación mundial9, según el think tank Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), representando el porcentaje de ingresos por armas hasta el 90% de su negocio en el caso de las empresas Lockheed Martin Corp. y Northrop Grumman Corp., que ocupan el primer y tercer puesto mundial, respectivamente. No obstante, aunque el porcentaje de ingreso por armas en el caso de las empresas chinas es bastante menor, hasta tres compañías chinas, Aviation Industry Corporation of China (AVIC), NORINCO y China Electronics Tecnology Group Corp. (CETC), entran en el Top 10 de empresas productoras de armas con un porcentaje de ingresos por armas de aproximadamente un 27% sobre los ingresos totales, según la clasificación que elabora SIPRI.
China y la proyección de poderío naval
Si importantes han sido los avances conseguidos por China en el desarrollo de su base industrial de defensa, los logros alcanzados por el gigante asiático en desarrollar su industria naval muestran el poderío que ha conseguido en las últimas décadas. En este sentido, China no sólo se ha convertido en potencia naviera dominando el transporte marítimo mundial, sino que además ha desarrollado las capacidades que le han permitido posicionarse como líder en construcción naval comercial, controlando todo el ecosistema en general. Y no sólo eso, sino que también lidera la componente de construcción naval militar.
Por tanto, China no es una potencia menor en cuanto a la dimensión de su flota. Este mayor poderío naval tiene su origen en la capacidad de producción de barcos que ha conseguido desarrollar China y que ha terminado eclipsando la de Estados Unidos. No se trataría solamente de poderío naval desde una perspectiva de cantidad, sino que la calidad de sus barcos también habría mejorado hasta considerarse que son comparables a los estadounidenses. Y otra cuestión adicional a este poderío naval que ha desarrollado China es que la distancia entre ambas armadas podría incluso seguir creciendo, ya que la previsión apunta a que el gigante asiático seguirá aumentando y potenciando su capacidad de construcción.
De esta forma, las continuas ampliaciones y modernizaciones han llevado al gigante asiático a disponer de la armada más grande del mundo por número de buques, con una capacidad de batalla de más de 370 buques y submarinos, lo que supone superar a la Armada de Estados Unidos en número de buques de combate10. El Servicio de Investigación del Congreso de los Estados Unidos establece el período entre 2015 y 2020 como el momento en el que China prioriza la modernización de su flota, considerando el Departamento de Defensa (DoD, Department of Defense, en inglés) en su Informe sobre el Poder Militar de China de 202311 que el gigante asiático alcanzará una fuerza de combate de 395 buques en 2025 y de hasta 435 en 2030 (Figura 2). En comparación, la Armada de los Estados Unidos dispone de 293 buques de combate a abril de 202512, eso son 100 menos que la Armada de China, y con una previsión de alcanzar los 390 en 2054.
Figura 2: Número de buques de la Armada de Estados Unidos y de la Armada de China, 2000-2030. Fuente: AEI.
En cuestión de submarinos, China dispondría de hasta 65 submarinos en 2025, con una previsión de alcanzar los 80 en 2035, según el citado informe. Asimismo, los datos disponibles apuntan a que China opera seis submarinos de misiles balísticos de propulsión nuclear y seis submarinos de ataque de propulsión nuclear con base en la isla de Hainan, según el DoD. Un desequilibrio evidente y creciente al que tendrá que enfrentarse AUKUS, siendo el mayor desafío de la alianza trilateral el de monitorizar la actividad y la firma acústica de estos submarinos con capacidad para armas nucleares mientras el entorno está en calma.
Esta mayor proyección de poderío naval de China coincide, asimismo, con el progresivo declive de la posición de dominio de Estados Unidos. Retomar el auge de la industria naval se plantea complejo para Washington en el corto plazo, de ahí que la agenda de política exterior de la segunda administración Trump esté inmersa en concluir rápidamente los conflictos bélicos activos en Ucrania y Oriente Medio que consumen paquetes de ayuda militar y desvían la atención del Indo-Pacífico.
Mientras tanto, el anuncio de fusión de los dos principales astilleros estatales chinos13, absorbiendo China CSSC Holdings Limited a China Shipbuilding Industry Corporation (CSIC) mediante un canje de acciones, ha hecho que el gigante asiático fortalezca su posición como el mayor constructor naval del mundo, poniendo especial énfasis en la rivalidad entre las dos potencias por la carrera naval. De hecho, el objetivo anunciado por ambas empresas chinas de “centrarse más en la gran estrategia estatal” es una clara referencia a que se trata de una medida impulsada por el gobierno para que las dos compañías que son proveedoras de las fuerzas armadas chinas ganen en competitividad y reduzcan la competencia interna.
Si la dimensión de la industria de construcción naval de China es importante en tiempos de paz, aún más relevancia cobraría su poderío si surgiera un conflicto, donde además entraría en juego la capacidad de reparación de la flota y los tiempos de respuesta en la construcción de nuevos buques de reemplazo. Por eso, si antes de la fusión de este gran gigante de la construcción naval la balanza de la competitividad se decantaba del lado de China, tras este anuncio se hace más necesario si cabe para Washington reforzar su posición.
Además del liderazgo alcanzado, China cuenta con una ventaja competitiva que puede resultar ser decisiva, ya que el punto diferencial en esta carrera naval es que los astilleros chinos han aunado el desarrollo tecnológico, científico, e industrial civil y militar bajo un mismo esquema, aportando mayor versatilidad a las tecnologías de uso dual. Precisamente, esta mayor orientación es una de las ventajas más significativas que China tendría frente a Estados Unidos en un escenario de guerra prolongada, ya que el gigante asiático tendría más flexibilidad para pasar a una mayor capacidad de construcción militar. De hecho, China State Shipbuilding Corporation (CSSC) es un claro ejemplo de empresa estatal que produce barcos comerciales y abastece a la Armada del Ejército Popular de Liberación (People’s Liberation Army Navy, PLAN). El conglomerado se situaba en el puesto 15 entre los mayores fabricantes de armas del mundo por ingresos por armas en 2023, según el think tank SIPRI, a pesar de que solamente el 23,5% de sus ingresos totales están asociados a la fabricación de armas.
No será inmediato que Washington pueda revertir esta situación, y dependerá de cómo progrese la iniciativa “Make Shipbuilding Great Again”14 lanzada por la administración Trump en febrero de 2025 con la que se busca revitalizar la base industrial de construcción naval estadounidense, además de reducir la posición de dominio de China en el mercado global. El reto no será sencillo ni baladí, teniendo en cuenta que el gigante asiático ha conseguido crear más de 230 veces15 la capacidad de la industria de construcción naval estadounidense en este tiempo, según el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos.
No obstante, la industria naval china también tiene sus puntos débiles en este dinámico desarrollo. La sospecha de que el nuevo submarino de ataque de propulsión nuclear se habría hundido16 en el astillero donde se construía a principios de año, muestra la complejidad inherente de una industria que busca una rápida modernización de sus capacidades.
La Armada china tiene, asimismo, otros puntos que todavía debe reforzar. Entre ellos, la potencia de fuego, bastante menor que la estadounidense, debido a que la menor dimensión de los barcos chinos supone transportar la mitad de misiles. Pero la Armada estadounidense también tiene importantes puntos de mejora que afrontar ya que, aunque sigue manteniendo el dominio en la producción de submarinos de propulsión nuclear, los retrasos de más de un año y los elevados costes17 para reemplazar submarinos antiguos está generando inquietud sobre la capacidad de Washington de hacer frente a la rápida expansión naval de China.
Aun así, la competitividad de China como mayor constructor naval del mundo continúa creciendo, acaparando casi el 51% de todas las órdenes de construcción de barcos en 2023, cuando apenas representaban el 5% en 1999. En este decidido ascenso en la base industrial de construcción naval, entendida para China como una cuestión de seguridad nacional, el gigante asiático ha desplazado a empresas japonesas y surcoreanas en el mercado global, representando conjuntamente casi el 44%, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo18. Por su parte, Estados Unidos y Europa apenas participan de esta industria, representando la actividad de los astilleros estadounidenses el 0,10% de la producción mundial, descendiendo desde el 5% que llegó a alcanzar durante su máximo esplendor en la década de 1970, mientras que la producción europea se situó en el 2,51% de la construcción naval global en 2023.
En este contexto, otro elemento a valorar es la experiencia en combate y, aunque la Armada de Estados Unidos tiene mucha más experiencia que la PLAN, tampoco es indicación de quién podría salir derrotado en tiempos de guerra. Por otra parte, el poderío naval desarrollado por China tampoco es indicación de que el gigante asiático vaya a superar a Estados Unidos como la principal potencia naval del mundo, incluso del Pacífico, teniendo en cuenta la potencialidad de AUKUS en el esquema geopolítico.
A toda esta compleja encrucijada habría que sumarle, asimismo, la capacidad que tengan las partes en acomodar el desarrollo de tecnología puntera de uso dual como fuerza de combate. Y es que, el “rejuvenecimiento de la nación China” que ansía el gigante asiático aplicado al ámbito militar sí supondría para Estados Unidos enfrentar la posibilidad de pérdida de dominio que, de producirse en el Pacífico, significaría un mayor desafío para la estabilidad de la región y, por ende, una amenaza para Washington.
Nueva era Trump, nuevo enfoque para el Pacífico
El cambio de enfoque en la nueva era Trump está estrechamente ligado a la influencia que están ejerciendo dos de las tres tribus que modelan la política de seguridad nacional de Trump, según las cataloga el analista estadounidense Jeremy Shapiro19. Frente a la decadente tribu de los primacistas respaldada por el exsecretario de Estado Mike Pompeo, que aboga por continuar con la fuerza y el liderazgo global, se impone una combinada visión entre los priorizadores y los aislacionistas. Los primeros, apoyados por el vicepresidente J.D. Vance, buscan rebajar los compromisos con Europa para centrarse en la amenaza china, a la vez que se reducen los compromisos militares globales de Estados Unidos, mientras los aislacionistas, del que Trump es el máximo representante, centran su estrategia en enfrentar la competencia económica con China, pero no así la geopolítica.
Pero mientras la visión geopolítica de la segunda administración Trump termina de definirse, los países asiáticos están reevaluando los acuerdos minilaterales que proliferaron durante la administración Biden, buscando estrechar la cooperación en defensa y seguridad construida entonces ante la ausencia de un renovado compromiso de Washington con Trump. Japón estaría en esta línea de replanteamiento estratégico, aún después de haber sido el primer ministro Shigeru Ishiba el segundo invitado a asistir a la Casa Blanca tras la inauguración de la administración Trump y, por tanto, ser considerado un socio estratégico destacado en la relación bilateral.
Las prioridades han cambiado y el balance financiero de la cooperación bilateral se impone. El déficit comercial de Estados Unidos con Japón asciende a 68.500 millones de dólares en 202420, principalmente porque la componente tecnológica en su relación es elevada. Y, a pesar de que Japón es el primer socio inversor de Estados Unidos, este factor puede que no sea suficiente en la búsqueda de una relación económicamente equilibrada frente al gasto militar que supone para Washington mantener las tropas estadounidenses desplegadas por el archipiélago japonés.
Ante la inesperada realidad de que el compromiso con la defensa de los aliados en el Pacífico puede estar en revisión por parte de Washington, la decisión de Japón de aumentar su gasto militar hasta el 2% para 202721 responde, en cierta medida, a ese futuro incierto en materia de cooperación de defensa y seguridad y, por supuesto, a la constatada realidad de una mayor asertividad de China en la región. El reiterado comentario del ex primer ministro Fumio Kishida de que “Ucrania hoy puede ser Asia Oriental mañana” refleja, asimismo, la preocupación de Japón ante el desafío estratégico a largo plazo que representa China y un potencial conflicto en el Estrecho de Taiwán.
Washington es consciente de que responder a la amenaza que supone China requiere dedicar un mayor gasto en armamento más moderno, de ahí que desde la Casa Blanca se considere insuficiente los 1.400 millones de dólares que Japón entrega a Estados Unidos cada año de media por acoger sus tropas. La indicación de la administración Trump de que el país nipón debería elevar su presupuesto militar hasta el 3% del PIB lo antes posible22 remarca esa visión de Washington de querer reconducir el gasto en defensa con los aliados, buscando reducirlo para dar mayor cobertura a revitalizar la industria militar estadounidense.
La próxima negociación del acuerdo de Apoyo a la Nación Anfitriona, que vence en 2027 y donde se estipulan esas partidas, terminará por resolver la aportación económica definitiva. Con ello, el presidente Trump retomaría una cuestión que suscitó varias críticas durante su primera administración, pero sobre la que no se actuó, pudiendo incluso convertirse en el punto central que marque el futuro de la relación bilateral.
El compromiso con Taiwán podría estar, igualmente, en revisión. El objetivo de la isla es destinar un 3% del PIB23 a defensa, insuficiente para la administración Trump que considera que debería alcanzar el 10% el PIB, cuatro veces más que el 2,45% que destina actualmente. La propuesta de Washington estaría más en línea con el desafío que enfrenta la isla, según comentaba Elbridge Colby24 en su nominación como subsecretario del Departamento de Defensa, el tercer puesto más importante en el Pentágono. Sólo así podrá Taiwán ganar en poder de disuasión y estar en disposición de evitar un conflicto con China mientras Estados Unidos gana tiempo para revitalizar su base industrial de defensa.
Los tiempos cambian y, aunque Taiwán seguiría siendo importante para Washington, no sería “un interés existencial”, como indicaba Colby, que apuntaba a que “el principal interés de Estados Unidos es negar a China la hegemonía regional”. Sin embargo, elevar el gasto en defensa al nivel indicado por Washington supondría para Taiwán un esfuerzo que no sería asumible, y que comparativamente sería descomunal respecto del 3,4% del PIB que destinó Estados Unidos a defensa en 2023 y el 1,7% de China, según SIPRI25.
La compra de más armamento americano que equilibre el déficit comercial que Estados Unidos tiene con Taiwán podría ser, asimismo, parte de una futura negociación, donde de nuevo Washington centraría el interés de su relación en maximizar la componente económica mientras redefine la estrategia de seguridad. Por eso, y buscando anticiparse a este nuevo esquema de negociación, Taiwan Semiconductor Manufacturing Co. (TSMC), el líder mundial en chips avanzados, se adelantaba anunciando la inversión de 100.000 millones de dólares26 en suelo estadounidense adicionales a los ya comprometidos durante la administración Biden. En definitiva, cambios en la relación bilateral que podrían enviar señales a Pekín de que el compromiso de Estados Unidos con Taiwán está en reconsideración, lo que podría tener efecto no sólo en la relación de la isla con China, sino generar cuestionamiento de la posición de Taiwán en la esfera global, pudiendo llevar incluso a una pérdida de su peso internacional.
Los priorizadores como Colby consideran, por tanto, que Estados Unidos puede no estar preparado para un conflicto con China, y que “existe un riesgo real de una guerra importante, y no podemos permitirnos perderla”27. De ahí que Washington esté buscando revitalizar sus capacidades militares, reforzando su base industrial de defensa, priorizando su propio reto de modernización, y desligándose de la cooperación con los aliados que hasta ahora contaban con las garantías de seguridad estadounidense. Y es que, el propio Colby ya modificó el enfoque de seguridad cuando era codirector de la Estrategia de Defensa Nacional en 2018 en el Pentágono, en el primer mandato de Trump, descartando el esquema de que Estados Unidos pudiera garantizar una estrategia de combate en dos guerras simultáneas en diferentes teatros de operaciones por uno más realista en el que se apostaba por “una guerra” o “una guerra y media”.
De esta forma, las alianzas y asociaciones multilaterales y minilaterales pierden peso con Trump, y aunque algunas recuperen su curso tras futuros cambios de ciclo electoral, la confianza de los aliados de establecer compromisos de cooperación en disuasión integral con Washington puede que no se restablezca completamente, ya sean republicanos o demócratas los que gobiernen en la Casa Blanca. Como resultado de esta geopolítica en rápida transición, las relaciones transatlánticas y transpacíficas están pasando por un inesperado escrutinio, sin precedentes en las últimas ocho décadas, mientras China mantiene su estrategia a largo plazo, redoblando esfuerzos para convertirse en la potencia hegemónica regional, con ambición global, que podría conllevar cambios en los equilibrios de poder del tablero geopolítico global.
Conclusiones
Anticipando un posible escenario de mayor rivalidad con Estados Unidos, China ha acelerado esfuerzos para modernizar las capacidades militares de su ejército. Pero igualmente importantes han sido los avances conseguidos por China en el desarrollo de su base industrial de defensa, y la capacidad demostrada en impulsar una industria naval que le ha permitido posicionarse como líder en construcción naval comercial y militar.
Esta mayor capacidad de producción de barcos que ha alcanzado China no sólo ha conseguido eclipsar la de Estados Unidos, sino que los astilleros chinos han aunado el desarrollo tecnológico, científico e industrial civil y militar bajo un mismo esquema, aportando mayor versatilidad a las tecnologías de uso dual. Esta adaptabilidad podría resultar ser crucial en un escenario de conflicto prolongado, ya que el gigante asiático habría desarrollado más flexibilidad para pasar a una mayor capacidad de construcción militar.
Ante este escenario de geopolítica en rápida transición, la nueva era Trump se está mostrando, sin embargo, más transaccional y menos geopolíticamente comprometida con las alianzas de suma positiva que marcaron las relaciones de la administración Biden con los países del Indo-Pacífico. Con Trump, la agenda de estrategia y defensa de Washington con la región pierde peso frente al predicamento transaccional de suma cero en las relaciones bilaterales que la segunda administración Trump ha impuesto con los aliados.
A este contexto hay que sumarle el hecho de que la tecnología ya ha venido acelerado el tablero geopolítico durante los últimos años en una rivalidad tecnológica sin precedentes, de tal manera que el posicionamiento priorizador y más aislacionista que impera en la administración Trump podría terminar afectando a los equilibrios de poder de las grandes potencias en el Indo-Pacífico. Esto supondría para las economías asiáticas un replanteamiento estratégico de la cooperación en defensa y seguridad, donde la componente tecnológica es intensa y crucial, ante la posible ausencia de la renovación de los compromisos históricos con la nueva administración Trump.
En definitiva, este “rejuvenecimiento de la nación China” aplicado al ámbito militar y al poderío naval plantea, precisamente, uno de los mayores desafíos para Washington. No solamente estaría en juego la posibilidad de pérdida de dominio que, de producirse en el Pacífico, significaría una mayor amenaza para la estabilidad de la región, sino que podría suponer, asimismo, la pérdida del rol de Estados Unidos como potencia hegemónica en el Indo-Pacífico y, por ende, de una menor influencia geopolítica global.
Águeda Parra Pérez
Doctora en Relaciones Internacionales, ingeniera y analista del entorno geopolítico y tecnológico de China.
Fundadora y editora de ChinaGeoTech y autora de “China, las rutas de poder”
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