IEEE. La metamorfosis de Europa y sus implicaciones geopolíticas

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06 feb 2026

IEEE. La metamorfosis de Europa y sus implicaciones geopolíticas

José Luis Pontijas Calderón. Coronel (ET, retirado), analista asociado al IEEE (CESEDEN), Doctor en Economía Aplicada por la UAH Profesor de Geopolítica y Estudios Estratégicos en la UC3M.

Introducción

La definición del espacio europeo y con ella la idea de Europa, debe abordarse desde un marco conceptual que sitúe al continente dentro de las categorías históricas y culturales que han dado forma a lo que llamamos «Occidente». Europa no puede concebirse únicamente como una entidad geográfica delimitada por fronteras físicas, sino más bien, como una construcción civilizatoria, resultado de un largo proceso de sedimentación histórica, cultural, religiosa y política. Desde una perspectiva geopolítica, este carácter fundacional de Europa Occidental ha servido tanto para explicar el orden mundial moderno como para proyectar una idea normativa de civilización, anclada en las raíces cristianas y los valores de la Ilustración, el racionalismo y el humanismo liberal.

Occidente y el mundo occidental: una construcción histórica y geopolítica

El concepto de Occidente surgió originalmente como una categoría opuesta a Oriente, que ha mutado con el tiempo. A lo largo de la era moderna, la noción de Occidente se consolidó como el laboratorio de la revolución científica, el Estado moderno y la economía capitalista. Así, Occidente es menos una categoría espacial que una forma de orden político y cultural, caracterizado por la primacía del individuo, el Estado de derecho y la racionalidad técnica.

La configuración contemporánea del «mundo occidental» se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa Occidental y Estados Unidos formaron una alianza estratégica en torno a la OTAN (1949) y el Plan Marshall (1948), a la que posteriormente se unión la Comunidad Económica Europea (luego Unión Europea). Esta alianza no fue solo militar o económica, sino también ideológica: la defensa de la democracia liberal frente al autoritarismo y el comunismo soviéticos. La Europa de la posguerra marcó la institucionalización de un orden liberal, en el que la libertad política y la apertura económica se convirtieron en instrumentos de poder. Al integrarse, Europa proyectó una idea de Occidente que combinaba valores normativos (democracia, derechos humanos, pluralismo) con estructuras geoestratégicas que la vinculaban, subordinándola, a la hegemonía estadounidense1.

Por otra parte, el término «civilización europea» posee intrínsecamente una tensión entre universalismo y particularismo. Europa se considera la cuna de la civilización moderna y, al mismo tiempo, un espacio único de diversidad cultural e histórica. Sin embargo, este universalismo contine una paradoja geopolítica: mientras Europa proclamaba los valores universales de libertad y autonomía, durante el siglo XIX y buena parte del XX construyó imperios coloniales explotadores e incluso genocidas. La «civilización europea», en este sentido, no es una esencia homogénea, sino un sistema de producción cultural que ha combinado procesos de integración y exclusión. En términos geopolíticos, esta dualidad se refleja en la ambivalencia de Europa hacia su periferia: el Mediterráneo, los Balcanes, el continente europeo oriental y el Atlántico se han concebido como zonas de proyección y a la vez, como fronteras.

Esta dialéctica entre centro y periferia constituye un elemento central de la identidad europea, al construir su cohesión interna mediante la delimitación y jerarquización de su entorno geográfico inmediato. Así, la civilización europea puede entenderse como un sistema expansivo, basado en tres pilares:

  1. La racionalidad secular y científica como fundamento del poder técnico.
  2. El Estado nación como unidad política soberana.
  3. El capitalismo de mercado como estructura económica dominante.

Esto define en gran parte el ethos geopolítico europeo: una mezcla de universalismo moral y pragmatismo estratégico limitado, que permite a Europa presentarse como un referente normativo, pero con una capacidad limitada para la acción geopolítica2.

Por otro lado, la cultura europea es inseparable del proceso histórico de construcción de la identidad continental. Si bien el humanismo y el racionalismo constituyen sus ejes fundacionales, el pluralismo cultural y lingüístico ha sido un elemento esencial de su vitalidad. Europa ha albergado múltiples tradiciones intelectuales (latina, germánica, eslava, escandinava, celta y mediterránea) y un mosaico religioso en el que el cristianismo, el judaísmo y, más recientemente, el islam, han coexistido sujetos a dinámicas de conflicto, tolerancia o asimilación.

Así, el proyecto europeo contemporáneo debe entenderse como una gestión institucional de la diversidad. La Unión Europea no crea una nueva identidad cultural, sino que intenta armonizar los múltiples patrimonios que la preceden. Esta pluralidad cultural constituye tanto una fuente de fortaleza (por su capacidad de adaptación y diálogo) como de fragilidad (debido a las tensiones nacionalistas, lingüísticas o religiosas que resurgen cíclicamente), en el que la memoria histórica europea, marcada por guerras civiles, imperios coloniales y genocidios, también desempeña un papel estructurante. La lección de la historia, especialmente después de 1945, ha dado lugar a un modelo de integración que busca sustituir la política de poder por una política basada en reglas, lo cual forma parte de una transformación geopolítica más amplia: Europa, tras haber perdido su centralidad imperial, busca redefinir su poder en términos normativos y cooperativos, dentro de un espacio euroasiático en reconfiguración.

En consecuencia, la cultura europea contemporánea se mueve entre tres dimensiones geopolíticas3:

  • Memoria, que determina su identidad colectiva y narrativa moral.
  • Diversidad, que define su complejidad y tensiones internas.
  • Universalidad, que legitima su proyección externa como «poder civil».

El concepto de Europa, la Europa política y el lugar de la Unión Europea como entidad dinámica

El concepto de Europa ha sido objeto de múltiples interpretaciones, tanto geográficas como filosóficas, políticas y geoestratégicas. Más que un continente geográfico, Europa ha sido históricamente una construcción cultural y política. La Unión Europea (UE) representa el intento más ambicioso de traducir esta tradición en una forma institucional estable. Sin embargo, su naturaleza híbrida (ni totalmente estatal, ni puramente intergubernamental) refleja la persistente ambigüedad de la propia noción de Europa.

El término «Europa» tiene raíces que se remontan a la Antigüedad clásica. Su significado político comenzó a consolidarse durante la Edad Media con el concepto de cristianismo, un modelo que se fracturó con el Renacimiento y la Reforma, durante los cuales el pluralismo religioso y político dio lugar a una concepción secular de Europa como civilización. En el siglo XVIII, el pensamiento ilustrado otorgó a Europa un significado universalista: un espacio donde el progreso y la razón sustituyeron a la autoridad dogmática, concibiendo a Europa como la vanguardia del desarrollo moral y político de la humanidad. Este impulso universalista ha demostrado ser uno de los pilares de la «identidad geopolítica europea», dotando a Europa de una vocación normativa que trasciende sus fronteras físicas. Sin embargo, la expansión colonial y las guerras intraeuropeas de los siglos XVIII, XIX y XX pusieron de relieve la contradicción entre ideales y prácticas. Europa se convirtió simultáneamente en un modelo de modernidad y en un foco de conflictos, algunos de los cuales trascendieron al nivel global. Esta doble faceta explica por qué la Europa contemporánea se ha definido menos por su unidad política que por su capacidad para generar órdenes mundiales, desde el Concierto de Viena, hasta el orden liberal posterior a 19454.

El resultado es una Europa concebida como una «idea reguladora» (en términos kantianos) más que como una realidad acabada. Su identidad, por lo tanto, no se basa en la homogeneidad, sino en una tensión permanente entre integración y diversidad, entre historia y proyecto.

Así, desde una perspectiva geopolítica, el principal problema de la idea de Europa ha sido su estructura política. A diferencia de otras civilizaciones, Europa se estructuró históricamente como un mosaico de Estados soberanos. La Paz de Westfalia (1648) consolidó este modelo, que se convirtió en el principio rector del sistema internacional moderno. Sin embargo, el mismo pluralismo que impulsó el desarrollo de la ciencia, el comercio y la competencia entre Estados, generó a su vez, una tendencia estructural al conflicto. Las guerras del siglo XVIII, las napoleónicas, los nacionalismos del siglo XIX y las dos guerras mundiales del siglo XX, revelaron la fragilidad de la civilización europea ante su propia fragmentación. Por ello, después de 1945, surgió la necesidad de institucionalizar la paz mediante la cooperación supranacional, una respuesta a la conciencia de que la competencia por el poder la había llevado a la autodestrucción. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero (1951) y, posteriormente, la Comunidad Económica Europea (1957) simbolizaron la transición hacia un orden poswestfaliano, en el que la soberanía se compartía parcialmente para evitar la recurrencia de conflictos.

Este modelo dio origen a una nueva entidad política sin precedentes: una unión de Estados basada en la interdependencia y el derecho. Así, la UE resultó ser un «poder jurídico», cuya legitimidad deriva del consenso normativo más que del poder coercitivo. Su estructura refleja un tipo de soberanía distribuida, donde las decisiones se negocian y los intereses nacionales se equilibran a través de instituciones comunes: la Comisión, el Consejo, el Parlamento y el Tribunal de Justicia5.

Pero, si bien la UE representa el intento más sofisticado de dar forma política a la idea de Europa, su estatus como sujeto geopolítico sigue siendo objeto de debate. ¿Es la UE una potencia regional, una civilización política o un proyecto moral?

Podemos decir que la UE constituye una «configuración funcional de poder», cuyo alcance depende de su capacidad para articular influencia en un entorno competitivo, especialmente en su contexto geopolítico. Es decir, la integración europea surge como una estrategia de gestión del poder: sustituir la hegemonía nacional por una gobernanza multilateral capaz de preservar la estabilidad continental.

Sin embargo, el siglo XXI ha traído consigo un retorno al realismo geopolítico, impulsado por la rivalidad entre Estados y alianzas cambiantes. En este contexto, la UE se ve obligada a redefinir su papel, oscilando entre su vocación normativa (el poder del ejemplo) y la necesidad de adoptar una postura estratégica más asertiva.

Así, el concepto de autonomía estratégica europea refleja precisamente esta tensión. Europa aspira a actuar con independencia en defensa de sus intereses, pero su estructura política, basada en el consenso y la legalidad, limita su margen de maniobra. Por ello, la diversidad de modelos políticos internos (democracias liberales e iliberales, federalismos, monarquías parlamentarias) es tanto un signo de fortaleza democrática como un desafío para la acción estratégica. En este sentido, la UE no puede concebirse como una superpotencia tradicional, sino como una potencia basada en procesos: su poder reside en su capacidad de institucionalizar normas y extender regímenes de gobernanza más allá de sus fronteras, especialmente en su entorno geográfico inmediato, como los Balcanes, el Mediterráneo y Europa del Este6.

Por otro lado, desde una perspectiva conceptual, la UE puede interpretarse como la continuación institucional del proyecto civilizatorio europeo. En su arquitectura normativa, la UE integra los tres elementos fundamentales del legado europeo: el humanismo (como principio moral), la razón ilustrada (como principio jurídico) y la cooperación (como principio político). Este legado la transforma en una «forma de geopolítica de consenso», donde el poder se ejerce no mediante la coerción, sino mediante la regulación. De ahí el concepto de poder blando europeo: la capacidad de influir en otros actores atrayendo mediante su exitoso modelo político, económico y social.

Sin embargo, este modelo enfrenta límites claros. En un mundo de potencias revisionistas y desglobalización parcial, la UE necesita pasar de ser una potencia normativa a también ser una potencia estratégica. La guerra en Ucrania (2022) ha marcado un punto de inflexión, obligando a Europa a rearticular su noción de seguridad, lo que está afectando su relación con EE. UU. y el entorno euroasiático.

Por lo tanto, la idea de Europa está experimentando un proceso de redefinición geopolítica, enfrentándose al dilema de mantener su coherencia interna y proyectar su influencia global. Europa ya no puede definirse únicamente por su pasado cultural y su voluntad regulatoria, sino también por su capacidad para gestionar el cambio en un mundo multipolar.

Límites geográficos y políticos de Europa y la Unión Europea: una Europa de geometrías institucionalmente variables

La cuestión de los límites de Europa (geográficos, políticos y culturales) es compleja y controvertida, dado que Europa es un espacio indeterminado, un continente cuya identidad se ha construido más por procesos históricos y culturales que por criterios físicos. Esta ambigüedad geográfica se refleja en la propia UE, cuya evolución institucional ha dado lugar a una «Europa de geometrías variables», en la que coexisten diferentes grados de integración dentro de un mismo marco político. Por lo tanto, el estudio de los límites europeos requiere un enfoque múltiple, considerando la geografía física, la historia política y la dinámica institucional, como dimensiones de un mismo proceso.

Europa se ha definido, desde sus orígenes, como un espacio fronterizo dentro del supercontinente euroasiático. Desde una perspectiva estrictamente geográfica, las fronteras naturales de Europa son imprecisas: el istmo de los Urales, el Cáucaso, el Bósforo y los Dardanelos son más líneas de transición que verdaderas fronteras. Europa es una península del continente asiático, cuya autonomía geopolítica deriva no tanto de su geografía, como de su historia diferenciada respecto a Oriente y su búsqueda de cohesión interna. Por ello, Europa se ha definido más como un espacio cultural, que territorial. De hecho, el concepto contemporáneo de Europa como «continente» es el resultado de una geopolítica de la diferenciación. Las fronteras europeas no son líneas fijas, sino «zonas de contacto» donde convergen culturas e incluso civilizaciones. Los Balcanes, el Cáucaso y la fractura en Ucrania, son ejemplos paradigmáticos de esta condición híbrida, donde Europa se diluye y se redefine a través del conflicto, la migración y la influencia externa. En este sentido, Europa puede concebirse como un sistema de fronteras móviles, en el que las líneas geográficas se subordinan a la lógica política y cultural. Las fronteras europeas son, en última instancia, «fronteras de poder», es decir, su ubicación y significado dependen del equilibrio de poder entre las potencias euroasiáticas, especialmente entre Rusia, Turquía y las potencias y organizaciones occidentales. Así, a nivel político, la noción de Europa se ha transformado en función del equilibrio de poder y los proyectos de integración.

Durante siglos, el «sistema europeo» fue sinónimo de equilibrio de poderes, articulado en torno a imperios y Estados nación, fruto de la paz de Westfalia, de modo que la UE representa un intento de construir un orden poswestfaliano, en el que la soberanía es compartida y la paz está institucionalizada. Este proceso ha creado la ausencia de una frontera política definitiva. ¿Dónde termina Europa? ¿Hasta qué punto puede o debe expandirse la Unión Europea? Estas son preguntas centrales en la reflexión geopolítica reciente.

La ampliación hacia el este, que comenzó en 2004 y culminó en 2013 con la adhesión de Croacia, trasladó las fronteras políticas de la UE a Rusia, Bielorrusia y Ucrania. Esta expansión alteró profundamente la estructura del continente, integrando países con historias, culturas y trayectorias geoestratégicas muy diversas. Esta ampliación respondió tanto a una lógica moral (la reunificación del continente tras la Guerra Fría y expansión de la democracia) como a una lógica de poder (la consolidación de la esfera de influencia occidental, bajo dominio estadounidense, frente a Rusia).

Sin embargo, las fronteras políticas de Europa no coinciden con sus fronteras culturales ni económicas. Turquía, candidata a la adhesión desde 1987, ha visto bloqueada su adhesión por razones políticas y culturales. Ucrania, Moldavia, Serbia y Georgia, aunque geográficamente europeas, se encuentran en una zona de ambigüedad estratégica: aspiran a integrarse en la UE, pero no están plenamente integradas. Esta situación ha provocado una Europa ampliada pero no cohesiva, una comunidad de Estados que comparten normas básicas, pero con niveles muy diferentes de integración y capacidad institucional. Este modelo asimétrico plantea desafíos geopolíticos considerables, ya que la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) está condicionada por las diferentes y divergentes percepciones de amenazas entre los Estados miembros7.

Esta noción de una Europa de geometrías variables es clave para comprender la estructura institucional del continente, en referencia a los diferentes grados de participación y compromiso de los Estados con respecto a la UE, la OTAN o aquellas opciones lideradas por Moscú. Así pues, Europa no es un bloque homogéneo, sino un sistema multinivel articulado por anillos concéntricos y excéntricos, con grados de integración variable y diversas alianzas. Dicha geometría variable refleja el intento de conciliar la unidad política con la diversidad nacional. Así, en el núcleo central de la UE se encuentran los Estados plenamente integrados en la eurozona y el espacio Schengen; en un segundo círculo, los Estados miembros con regímenes de exclusión voluntaria (como Dinamarca o Polonia en ciertas áreas); y en la periferia, los Estados asociados a través del Espacio Económico Europeo o acuerdos bilaterales (como Noruega, Islandia, Suiza o el Reino Unido). Esta diversidad se observa también en la OTAN.

Pero este modelo flexible plantea dilemas estratégicos. Por un lado, permite adaptar la integración a las especificidades nacionales, pero, por otro lado, genera una asimetría institucional que debilita la coherencia de la política exterior y de seguridad. Esta geometría variable parece conducir a una Europa estratificada, donde el poder político y económico se distribuye de forma desigual, lo que refuerza las tensiones entre el centro y las periferias.

De hecho, la guerra en Ucrania y las crisis energéticas de 2022-2024 han reavivado el debate sobre la necesidad de una Europa de múltiples velocidades, capaz de actuar con eficacia en materia de defensa, energía o política exterior, sin depender del consenso unánime de los 27 Estados miembro. Para ello, se propone una reconfiguración institucional basada en círculos funcionales8:

  • Un núcleo político de Estados comprometidos con la integración estratégica.
  • Un anillo económico de socios asociados.
  • Y una periferia cooperativa centrada en la vecindad y la Asociación Oriental.

Por otra parte, Europa también tiene fronteras normativas que definen quién puede considerarse parte del proyecto europeo. Los Criterios de Copenhague (1993) (democracia, Estado de derecho, derechos humanos y economía de mercado) constituyen el canon político de la europeidad contemporánea, es decir, de acceso a la UE. Sin embargo, su aplicación ha demostrado ser selectiva y, en ocasiones, contradictoria.

Así, el proyecto europeo se enfrenta a una crisis de coherencia normativa9: si bien la UE defiende la democracia liberal como principio universal, tolera tendencias iliberales en algunos de sus miembros y coopera con regímenes autoritarios en su entorno geopolítico. Esta tensión revela que los límites de Europa también se definen por su capacidad/voluntad o no, para defender sus propios valores. La cuestión migratoria y las políticas de vecindad ilustran esta paradoja. De este modo, el Mediterráneo se ha convertido en la frontera simbólica de Europa, donde chocan su vocación universalista y su necesidad de control geopolítico. Así, la frontera europea funciona hoy como un «instrumento de gestión de riesgo», en el que se entrecruzan la seguridad, la identidad y la moralidad.

El contexto geográfico más específico: ubicación, carácter marítimo y fragmentación territorial

Europa no es solo un producto de la historia o de la cultura: es también una realidad geográfica única, marcada por su posición peninsular respecto de Asia, su fragmentación territorial, su complejidad hidrográfica y su prolongada interacción con los mares circundantes. Esta dimensión geográfica ha determinado tanto su desarrollo económico como su orientación estratégica, estableciendo las bases materiales sobre las que se ha construido su historia.

La geografía de Europa (su posición peninsular, su carácter marítimo, su diversidad latitudinal y su fragmentación territorial) ha sido la base de su historia y estrategia. Europa no puede entenderse al margen de su espacio físico: su dispersión geográfica ha fomentado la descentralización política y la innovación cultural, mientras que su apertura marítima ha permitido su expansión y su poder global.

Así pues, la UE es el resultado de la territorialización institucional de una geografía fragmentada, cuyo éxito depende de su capacidad para transformar la diversidad geográfica en cohesión política. Europa es «una península que aprendió a pensar como un mundo». Su geografía no la limita: la define10.

Contexto histórico y geopolítico: evolución continental, europeización del siglo XIX, conflictos armados y génesis de la Unión Europea

La historia del continente europeo puede interpretarse como una tensión permanente entre fragmentación y convergencia, entre las fuerzas centrífugas derivadas de su diversidad política y cultural, y las centrípetas que han buscado articular una idea de una Europa unificada. La geografía y la historia se entrelazan aquí en una dialéctica esencial: Europa ha sido a la vez el laboratorio del poder moderno y el escenario de sus excesos. La evolución geopolítica de Europa, desde la configuración de los Estados modernos hasta la creación de la UE, refleja la búsqueda del equilibrio entre soberanía, seguridad y legitimidad, y constituye el fundamento histórico de su posición actual en el sistema internacional11.

Durante siglos, Europa fue el centro de la civilización mundial, pero también el principal escenario de conflicto. El sistema de equilibrio de poder que surgió tras la Paz de Westfalia (1648) instituyó una lógica interestatal de soberanías rivales, basada en el principio de no injerencia y la legitimidad territorial de los Estados. Este modelo, heredero de la fragmentación política medieval, permitió la coexistencia de múltiples actores soberanos dentro del mismo espacio civilizatorio, pero también generó un riesgo constante de guerra.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, el equilibrio de poder europeo se transformó en un sistema geopolítico global, impulsado por la Revolución Industrial, el colonialismo y la expansión marítima. Europa dejó de ser un mero continente para convertirse en el núcleo unificador del mundo moderno. El proyecto de la Ilustración europea —basado en la racionalidad económica, el progreso científico y la expansión del comercio— se proyectó hacia el exterior bajo la forma de un orden geoliberal que combinaba la hegemonía económica con la legitimidad civilizatoria.

El siglo XIX fue el siglo de la «europeización del mundo». Durante este período, las ideas, instituciones y modelos económicos europeos se expandieron a escala global, estructurando el sistema internacional contemporáneo. La Revolución Industrial británica, la hegemonía financiera de Londres y París, y la expansión colonial crearon una red global dominada por Europa.

Esta europeización no fue solo económica, sino también cultural e ideológica. Las nociones de progreso, ciudadanía, racionalidad y Estado moderno se universalizaron como parte del imaginario civilizatorio europeo. Si bien el siglo XIX careció de una política formal de integración continental, consolidó un espacio compartido de conocimiento, ciencia y valores normativos.

Simultáneamente, se forjaron los cimientos geopolíticos de la Europa moderna. La expansión de los ferrocarriles, las nuevas fronteras nacionales y el equilibrio entre las potencias centrales (Alemania, Francia, Austria-Hungría) y las periféricas (Rusia, Reino Unido, Italia) generaron un mosaico de fuerzas incompatible con una estabilidad duradera.

El siglo XIX también fue una época de paradojas estratégicas: mientras Europa exportaba sus valores al mundo, incubaba en su interior las tensiones que finalmente la destruirían. El nacionalismo, inicialmente liberador, se transformó en una ideología excluyente. La competencia imperial degeneró en militarización y explotación de los pueblos subyugados. El proyecto civilizatorio europeo se fracturó bajo el peso de sus propias contradicciones.

Así, ese mismo impulso contenía las semillas de una rivalidad sistémica. La unificación alemana (1871), el surgimiento del nacionalismo y la competencia colonial alteraron el equilibrio de poder. Europa, convertida en potencia global, entró en un proceso de hipertrofia imperial que condujo a dos guerras mundiales, que constituyeron la ruptura geopolítica fundamental del sistema europeo. Con ellas, Europa perdió la centralidad que había mantenido durante cuatro siglos, cediendo protagonismo a las superpotencias no europeas.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) destruyó el orden de los imperios y dio origen a un nuevo mapa político, basado en los Estados nacionales, que surgió del colapso de los regímenes austrohúngaro, otomano y zarista. Sin embargo, la falta de una sólida estructura de seguridad colectiva (tras el fracaso de la Sociedad de Naciones) reveló la incapacidad de Europa para autogobernarse geopolíticamente.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un cataclismo aún mayor: devastó el continente y dividió a Europa en dos esferas de influencia, una de ellas no europea. El Telón de Acero, desde Stettin hasta el Adriático, dividió el continente en dos sistemas ideológicos y estratégicos. Europa se convirtió en el objetivo de las estrategias de Estados Unidos y la Unión Soviética. La pérdida de autonomía europea fue total.

Así, la Guerra Fría transformó profundamente la relación entre el espacio y el poder en Europa, con un bloque oriental subordinado a la lógica soviética y un bloque occidental subordinado a Estados Unidos. El Plan Marshall y la OTAN consolidaron un modelo de dependencia estratégica y allanaron el camino para la cooperación europea, condicionándola. De ese modo, la idea de la integración europea surgió precisamente como respuesta a esta pérdida de autonomía. Ante la devastación de la guerra y la amenaza bipolar, los líderes europeos —Monnet, Schuman, Adenauer y De Gasperi— concibieron la integración como un proyecto de reconstrucción geopolítica, más que puramente económico.

La creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (1951) fue el primer paso hacia la institucionalización del poder europeo. Al integrar sectores estratégicos bajo una autoridad común, se desactivaron los factores determinantes del conflicto franco-alemán. Posteriormente, el Tratado de Roma (1957) dio origen a la Comunidad Económica Europea (CEE), estableciendo un mercado común y un marco político supranacional. Esta etapa debe interpretarse como un intento de reconstrucción geopolítica del continente desde su centro, articulando Europa Occidental como un bloque cohesionado frente a Oriente. De hecho, la integración económica era inseparable del contexto estratégico de la Guerra Fría. La CEE se consolidó bajo el paraguas de seguridad de la OTAN, lo que permitió el desarrollo de una identidad europea autónoma, pero dentro del marco atlántico.

Con el fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín (1989), la integración adquirió una nueva dimensión: la de la reunificación continental. La ampliación hacia el Este representó un proceso dual: la expansión del mercado y la democracia, pero también la proyección del poder normativo europeo en el espacio postsoviético. Esta etapa puede entenderse como la institucionalización de la idea de Europa, entendida como un proyecto civilizador. La Unión Europea, nacida del Tratado de Maastricht (1992), no fue solo una estructura económica, sino un compromiso geoestratégico para transformar la diversidad del continente en un sistema de gobernanza compartida.

Europa y la Unión Europea en el mundo: realidades y condiciones en el siglo XXI

La Europa del siglo XXI pretende ser una potencia civilizatoria, pero carece de hegemonía. El continente que definió el sistema internacional durante siglos se enfrenta ahora a una pérdida progresiva de centralidad estratégica. La Unión Europea, heredera institucional del proyecto de integración nacido después de 1945, representa el intento más ambicioso de traducir una identidad civilizatoria en una estructura política poswestfaliana. Sin embargo, su capacidad para actuar como actor global se ve limitada por tensiones internas, vulnerabilidades y dependencias geoeconómicas y geoestratégicas.

Así, la UE experimenta una paradoja: es un espacio de prosperidad, normas e influencia reguladora, pero carece de los instrumentos tradicionales del poder duro. Por eso se afirma que la Unión es una potencia reguladora y estructural, pero no hegemónica. Su peso económico y normativo es innegable, aunque en decadencia, pero su autonomía y proyección estratégica siguen siendo claramente insuficientes. De hecho, desde principios del siglo XXI, la UE ha buscado redefinir su papel internacional, estructurando su discurso en torno al concepto de «poder normativo europeo», es decir, la capacidad de influir en el comportamiento de otros actores mediante valores, estándares y normas. Esta concepción, profundamente idealista, funcionó mientras el entorno internacional fue favorable y no amenazante. Sin embargo, la erosión del poder occidental y el retorno de la competencia entre potencias está cuestionando claramente la viabilidad de este modelo. La anexión de Crimea (2014), la guerra en Ucrania (2022), la creciente asertividad de China, unido a la clara e innegable hostilidad de EE. UU., parecen obligar a que la Unión evolucione de un poder normativo, a uno estratégico12.

La guerra en Ucrania parece marcar el fin del «orden geoliberal europeo», aquel que asumía que la expansión del mercado, la interdependencia y la democracia liberal garantizarían la paz. La realidad contemporánea exige un replanteamiento del poder europeo, donde la seguridad, la defensa y la autonomía industrial vuelven a estar en el centro de la agenda: «Europa debe aprender a hablar el lenguaje del poder»13. Pero, la pretendida autonomía estratégica europea se enfrenta a tres obstáculos estructurales:

  1. Dependencia militar del paraguas de Estados Unidos y la OTAN.
  2. Fragmentación política interna entre los Estados miembros.
  3. Dependencia geoeconómica y de recursos críticos con respecto a China y Estados Unidos (energía, tecnología, defensa, IA…).

El sistema internacional actual se caracteriza por una creciente multipolaridad conflictiva (desequilibrada), en la que la UE se enfrenta simultáneamente a su dependencia estratégica de Estados Unidos, la competencia sistémica con China y la amenaza revisionista de Rusia. En consecuencia, la UE oscila entre su vocación universalista y sus limitaciones materiales, entre el ideal cosmopolita y la necesidad de poder frente a las grandes potencias del momento.

Con respecto a Estados Unidos, la relación transatlántica que, hasta ahora, ha sido el eje central de la seguridad europea, está siendo claramente cuestionado por el hegemón norteamericano, su forjador. La OTAN continúa garantizando la defensa colectiva, y la guerra en Ucrania ha reafirmado la dependencia militar europea de Washington. Sin embargo, esta relación presenta tensiones estructurales: divergencias en las políticas comerciales, industriales, digitales y energéticas, y la constatación de que el liderazgo estadounidense es selectivo, volátil y, en ocasiones, hostil (como demuestra sus ambiciones sobre Groenlandia).

En relación con Rusia, la invasión de Ucrania ha redefinido el mapa de seguridad europeo. Rusia, percibida durante la década de 1990 como un socio potencial, se ha convertido en un adversario estratégico hostil. Este conflicto no solo reconfigura el espacio postsoviético, sino que también reafirma la frontera oriental de Europa como una frontera geopolítica con consecuencias estratégicas. La expansión de la OTAN a Finlandia y Suecia, y el fortalecimiento de la Política Europea de Vecindad oriental (Ucrania, Moldavia, Georgia, Armenia y Azerbaiyán), parecen consolidar un nuevo eje de confrontación (¿y contención?) con Moscú, que, por ahora, se está resolviendo a favor de este último.

China, por su parte, representa un desafío más estructural que puramente militar. La UE mantiene una relación ambivalente con Pekín: socio, competidor y rival sistémico14. Europa depende en gran medida de la economía china para su comercio y sus cadenas de suministro de tecnologías críticas, pero teme su disrupción a través de la presión geoeconómica y su penetración en sectores estratégicos (puertos, energía, telecomunicaciones …).

Así, el triángulo EE. UU., China y Rusia está definiendo el nuevo orden euroasiático, en el que Europa ya no es el centro, sino un pivote entre dichas potencias, donde la capacidad para mantener su autonomía dependerá de su habilidad para equilibrar sus dependencias transatlánticas con su estrategia en el Indopacífico y la gestión de su vecindad oriental15.

Pero la posición global de la UE también está determinada por sus contradicciones internas. La Unión no es un Estado, sino un sistema híbrido de soberanías compartidas, donde la política exterior y de seguridad sigue siendo en gran medida una competencia nacional. La creciente brecha entre la gobernanza tecnocrática europea y las soberanías democráticas nacionales alimenta la desafección ciudadana y el auge de movimientos euroescépticos o iliberales, socavando la cohesión y la coherencia externa de la política de la Unión16.

La Europa de geometrías variables se expresa aquí en su máxima complejidad: diferentes grados de integración, ritmos diferenciados y agendas divergentes coexisten dentro del mismo marco institucional. El desafío no es solo estratégico, sino ontológico, ya que, es lógico preguntarse si puede Europa actuar unida sin ser un Estado. Esto requeriría la capacidad de coordinar políticas en materia de defensa, energía, digitalización y relaciones de vecindad sin requerir unanimidad política, articulando así un poder coherente sin sacrificar la diversidad que constituye su esencia.

En el ámbito geoeconómico, Europa mantiene una posición prominente pero vulnerable. La UE sigue siendo la tercera economía más grande del mundo, líder en regulaciones comerciales y estándares de sostenibilidad, pero altamente dependiente de materias primas, energía y tecnología avanzada y la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania ha revelado la fragilidad estructural de su modelo de dependencia externa. Además, la competencia global por recursos estratégicos (tierras raras, semiconductores, etc.) presenta nuevos desafíos.

Así, la economía europea se encuentra atrapada entre dos modelos hegemónicos: el capitalismo de Estado chino y el tecnocapitalismo estadounidense17. La respuesta europea ha sido promover una geoeconomía regulatoria, basada en la creación de estándares (la Ley de Datos, la Ley de IA, el Mecanismo de Frontera de Carbono) que exportan estándares globales y proyectan poder estructural sin recurrir a la fuerza, pero que parece que se ha excedido en su regulación, lo que ha lastrado su economía18. Sin embargo, esta estrategia enfrenta límites. La fragmentación del mercado de capitales, la durante décadas baja inversión en defensa y la dependencia tecnológica han convertido a la UE en un actor que ejerce influencia más a través de su influencia regulatoria que a través de su capacidad coercitiva.

La crisis liberal no implica necesariamente el declive europeo, en el que, si bien La UE no puede competir con las grandes potencias en términos de poder militar o control de recursos, puede sin embargo desempeñar un papel crucial en la gobernanza global. Desafortunadamente, existen cinco limitaciones estratégicas principales para el proyecto europeo:

  1. Sostenibilidad demográfica y gestión de la inmigración.
  2. Autonomía energética y tecnológica.
  3. Defensa común y ciberseguridad.
  4. Cohesión interna frente a fragmentación política.
  5. La legitimidad democrática del proyecto europeo.

Estos desafíos definen no solo su política exterior, sino también su identidad geopolítica. En un mundo donde el poder se redistribuye hacia Asia y el sur global, Europa debe redefinirse no como un centro hegemónico, sino como una potencia relacional, capaz de mediar, regular y articular coaliciones multilaterales.

Así pues, el futuro de Europa no será evidentemente volver a dominar Eurasia, sino aprender a gestionar su interdependencia, solucionando sus vulnerabilidades geoeconómicas y la falta de cohesión estratégica.

Conclusiones

Desde la perspectiva de la geopolítica contemporánea, la idea de Europa combina tres niveles: civilizatorio, cultural y estratégico. A nivel de civilización, Europa es la fuente de la modernidad occidental y del orden internacional liberal. A nivel cultural, es un mosaico de identidades en permanente interacción y a nivel estratégico, es una entidad que busca articular el poder político en un sistema global multipolar.

Esta triple dimensión explica por qué la Unión Europea debe entenderse no solo como una organización económica o institucional, sino como un intento de reconstrucir la trascendencia geopolítica de Europa. Así, la idea de Europa implica tanto una autodefinición histórica (qué es Europa y qué valores la sustentan) como una proyección estratégica (cómo encaja en el mundo).

El estudio geopolítico de Europa debe comenzar reconociendo que sus fronteras son territoriales, simbólicas y normativas. El «límite europeo» no se dibuja solo en mapas, sino también en ideas: entre universalismo y particularismo, entre civilización y poder, entre identidad y apertura.

Europa no es una unidad espacial cerrada, sino un proceso político en constante expansión y redefinición. Sus límites geográficos son porosos, sus fronteras políticas contingentes y su identidad plural. La Unión Europea representa un intento de dar coherencia a esta diversidad mediante un sistema institucional flexible, pero esta misma flexibilidad es una fuente de vulnerabilidad.

Por lo tanto, el concepto de Europa y su encarnación en la UE constituye una identidad dinámica, fruto de un proceso histórico de construcción política y cultural. Europa no es una unidad natural ni una civilización estática, sino un espacio en constante transformación, donde la geografía se entrelaza con la historia y la cultura con la estrategia.

Por lo tanto, Europa es simultáneamente una forma geográfica y una idea política: su poder no reside en la inmovilidad de sus fronteras, sino en la capacidad de proyectar su orden más allá de ellas. La geometría variable es, en este sentido, una manifestación de la complejidad europea, pero también una expresión de la falta de una unidad política plena.

La cuestión de las fronteras de Europa no puede responderse únicamente con mapas o tratados. Europa termina (y comienza) donde su proyecto político logra afirmarse, ya que, sus fronteras reflejan su fuerza, su voluntad y su credibilidad como proyecto en marcha.

La construcción europea puede entenderse, en términos históricos, como un proceso de europeización reflexiva: una reconfiguración del espacio continental mediante mecanismos de cooperación, integración y regulación.

Pero, si bien la UE no ha logrado traducir su densidad institucional en un poder geopolítico equivalente, su éxito radica en haber creado un espacio de estabilidad y prosperidad sin precedentes en un continente históricamente propenso a los conflictos.

La europeización también ha implicado una reinterpretación del territorio: de un espacio de rivalidad a un espacio de interdependencia, en el que la UE representa un experimento poswestfaliano, donde la soberanía se distribuye entre múltiples y superpuestos niveles de autoridad. En este sentido, la integración europea es una innovación institucional que redefine la relación entre poder, espacio y legitimidad. Así, la historia europea, desde los romanos hasta el siglo XXI, puede resumirse como una trayectoria de transformación geopolítica interna: de la competencia imperial a la cooperación supranacional, de la centralidad a la interdependencia.

Así, la transición del poder imperial al poder regulador y de este al poder estratégico, constituye el hilo conductor de la evolución europea. La Unión debe aprender a combinar la autonomía estratégica con el pluralismo interno, y la defensa de sus valores con la gestión pragmática de sus intereses.

El resultado es una Europa que, a pesar de la pérdida de su hegemonía tradicional, conserva, por el momento, relevancia normativa y estructural en el sistema internacional. Europa no es tanto una potencia en el mundo como una forma de ordenar el mundo. En un contexto de crisis sistémicas (energética, climática, tecnológica y geopolítica), esta capacidad de orden, más que de dominación, definirá su lugar en el siglo XXI.

En el siglo XXI, Europa se enfrenta a su madurez geopolítica. Ya no puede aspirar a ser el centro del mundo, pero tampoco puede permitirse la irrelevancia. Su papel debería ser el de un ecualizador global, un espacio de estabilidad en un sistema internacional incierto.

Su reto reside en traducir el ideal de civilización europea en poder efectivo, sin perder su esencia normativa. En términos geopolíticos, Europa se encuentra en una encrucijada entre tres posibles escenarios:

  1. Consolidarse como una potencia regional cooperativa.
  2. Evolucionar hacia una federación estratégica con autonomía real frente a las grandes potencias.
  3. Fragmentarse bajo la presión de fuerzas centrífugas y desafíos externos.

El futuro de Europa dependerá de su capacidad para reconciliar el ideal filosófico con la realidad geopolítica y transformar su pluralidad en un instrumento de poder, en lugar de un obstáculo.

José Luis Pontijas Calderón
Coronel (ET, retirado), analista asociado al IEEE, Doctor en Economía Aplicada por la UAH, Profesor de Geopolítica y Estudios Estratégicos en la UC3M

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1]SEGERS, Mathieu y VAN HECKKE, Steven. The Cambridge History of the European Union, tomos I y II. 2023. Este libro aborda la sedimentación histórica y la construcción del orden moderno desde la Ilustración.
[2]SEGERS, Mathieu y VAN HECKKE, Steven: The Cambridge History of the European Union, tomos I y II. 2023.
[3]GARCÍA ÁLVAREZ, Jacobo. Geopolítica de la Unión Europea. 2019. Un libro de enfoque académico que, entre otras muchas cosas, define a Europa como una combinación de niveles civilizatorio, cultural y estratégico.
[4]Sobre génesis europeo y orden westfaliano ver SEGERS y VAN HECKE, 2023, donde tratan sobre la fragmentación tras 1648 y la necesidad de institucionalizar la paz tras 1945.
[5]SEGERS, Mathieu y VAN HECKKE, Steven. The Cambridge History of the European Union, tomos I y II. 2023.
[6]POLLAK, Johannes. The European Union Geopolitics: the Lackluster World Power. 2025. En el libro se analiza la UE como sujeto y heredero, discutiendo la incapacidad de la UE para ser una superpotencia tradicional y su naturaleza de poder basado en procesos.
[7]GARCÍA ÁLVAREZ, Jacobo. Geopolítica de la Unión Europea. 2019. Ambigüedad geográfica y geometrías variables son contribuciones directas de Jacobo García Álvarez (2019), desarrollando el concepto de la Europa de geometrías variables y las fronteras como zonas de contacto.
[8]Ambigüedad geográfica y geometrías variables son contribuciones directas de Jacobo García Álvarez, 2019. Él es el autor que desarrolla el concepto de la «Europa de geometrías variables» y las fronteras como «zonas de contacto».
[9]THEUNS, Tom. Protecting Democracy in Europe. 2024. En el libro se analiza la crisis de coherencia normativa y el ascenso de las democracias iliberales.
[10]GARCÍA ÁLVAREZ, Jacobo. Geopolítica de la Unión Europea. 2019.
[11]SEGERS y VAN HECKE. The Cambridge History of the European Union. 2023. La síntesis histórica de Segers y Van Hecke cubre la fragmentación tras 1648, la europeización del siglo XIX, la crisis de la centralidad europea tras las guerras mundiales, el proceso reflexivo de integración como estrategia de reconstrucción geopolítica tras 1945 y la necesidad de institucionalizar la paz.
[12]YOUNGS, Richard. Europe: Geoliberal order and the test of war. 2025. En el libro analiza el fin del orden geoliberal tras la guerra en Ucrania y la necesidad de que la UE aprenda el lenguaje del poder.
[14]COMISIÓN EUROPEA JOIN. EU‑China – A strategic Outlook. 2019, 5 final. Disponible en: https://commission.europa.eu/system/files/2019-03/communication-eu-china-a-strategic-outlook.pdf (consultado el 22 de enero de 2026).
[15]BRANDS, Hal. The Eurasian Century: Hot wars, cold wars, and the making of the modern world. 2025. Analiza el papel de Europa como pivote en la nueva multipolaridad conflictiva.
[16]Sobre la fragmentación política y la legitimidad democrática ver: THEUNS, Tom. Protecting Democracy in Europe; Pluralism, Autocracy and the Future of the EU, 2024 y Book on the Future of Europe, TEPSA, 2025. Disponible en: https://tepsa.eu/book-on-the-future-of-europe/ (consultado el 22 de enero de 2026).
[17]POLLAK, Johannes. The European Union Geopolitics: the Lackluster World Power. 2025.
[18]COMISIÓN EUROPEA. The future of European competitiveness. Report by Mario Draghi. Disponible en: https://commission.europa.eu/topics/competitiveness/draghi-report_en (consultado el 22 de enero de 2026).
    • La metamorfosis de Europa y sus implicaciones geopolíticas

    • The metamorphosis of Europe and its geopolitical implications