
02 feb 2026
IEEE. La Unión Europea y el futuro de la geopolítica ártica
Ana Belén López Tárraga. Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Salamanca. Miembro del grupo de investigación TEIDE.
Introducción
Si hubiera que definir el inicio del año 2026 con una sola palabra, esta bien podría ser «agitado». El 3 de enero, la comunidad internacional fue testigo de una acción sin precedentes recientes: la intervención directa de Estados Unidos en territorio venezolano, con el objetivo de capturar al presidente del país y a su esposa para trasladarlos a Nueva York y juzgarlos por cargos relacionados con el narcotráfico. Aunque una parte de la población venezolana interpretó este hecho como una oportunidad para poner fin a décadas de deterioro institucional, empobrecimiento social y aislamiento internacional, en el plano internacional la operación supuso una ruptura explícita de los principios de soberanía estatal y no intervención que han estructurado el orden internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial1.
Este episodio no debe entenderse como un acontecimiento aislado, sino como parte de una tendencia más amplia de erosión del orden liberal internacional, caracterizada por el debilitamiento del multilateralismo, la pérdida de centralidad del derecho internacional y el retorno de lógicas de poder propias de la política de grandes potencias2. En este contexto, la primacía del interés nacional sobre los compromisos normativos ha ido ganando peso en la conducta internacional de actores clave, erosionando progresivamente los mecanismos colectivos de gestión de conflictos y debilitando la arquitectura de seguridad construida tras 1945.
Pocos días después, la atención del liderazgo estadounidense se desplazó hacia el Ártico, concretamente hacia Groenlandia. En declaraciones realizadas el 6 de enero de 2026, el presidente estadounidense subrayó la importancia estratégica de la isla para la seguridad nacional de su país, aludiendo a la creciente presencia rusa y china en la región. Estas afirmaciones retomaban una narrativa ya presente desde el inicio de su segundo mandato en 2025 y reflejaban una percepción del Ártico como espacio central para la competencia estratégica global3. La combinación de ambos episodios, Venezuela y Groenlandia, puso de manifiesto una lógica común: el progresivo desplazamiento desde un orden internacional basado en normas hacia uno crecientemente condicionado por la geopolítica del poder4.
En este escenario, el Ártico ha dejado de ser concebido como una periferia remota para convertirse en uno de los principales espacios de proyección de la rivalidad entre grandes potencias, donde convergen intereses de seguridad, económicos, ambientales y simbólicos5. La Unión Europea, tradicionalmente caracterizada como un actor normativo y defensora del multilateralismo, se enfrenta así a un desafío estructural de primer orden: definir su papel en una región donde el equilibrio entre cooperación y confrontación se ha vuelto cada vez más inestable.
El objetivo de este trabajo es analizar la postura actual y futura de la Unión Europea respecto al Ártico, evaluando la evolución de su política ártica, sus límites estructurales, el impacto de los acontecimientos recientes y los escenarios que se abren en un entorno internacional crecientemente competitivo.
El Ártico como espacio central de la geopolítica contemporánea
El Ártico ha pasado de ser una periferia geográfica a convertirse en un espacio central de la geopolítica global. Esta transformación responde a la interacción de factores climáticos, económicos, tecnológicos y estratégicos que han alterado profundamente su significado político y estratégico6. El fenómeno de la amplificación ártica ha provocado que la región se caliente aproximadamente cuatro veces más rápido que el promedio global, acelerando el retroceso del hielo marino y modificando de forma estructural las condiciones de acceso, habitabilidad y uso económico del espacio ártico7.
Figura 1. Países y regiones administrativas que conforman el Ártico.
Fuente: Arto Vitikka, Arctic Centre, University of Lapland.
La progresiva apertura del paso del Noreste y del paso del Noroeste reduce las distancias entre Europa y Asia y altera los patrones tradicionales del comercio marítimo internacional8. Más allá de su dimensión económica, estas rutas poseen un alto valor estratégico, al facilitar la movilidad naval y la proyección de poder militar en el hemisferio norte, incrementando la relevancia del Ártico en la planificación de defensa de las grandes potencias9.
Paralelamente, el Ártico alberga importantes reservas de hidrocarburos, minerales estratégicos y tierras raras, fundamentales para la transición energética, la digitalización y la industria de defensa10. Para la Unión Europea, altamente dependiente de importaciones externas, estos recursos representan una oportunidad potencial de diversificación estratégica, aunque condicionada por elevados riesgos ambientales, sociales y geopolíticos11. Desde una perspectiva de seguridad, la invasión rusa de Ucrania en 2022 marcó un punto de inflexión, acelerando la militarización de la región y debilitando los mecanismos tradicionales de cooperación12.
La relevancia económica del Ártico para la Unión Europea se ha vuelto crítica debido a su dependencia de importaciones externas de recursos esenciales para la transición energética y la industria de defensa. En este sentido, la Comisión Europea publicó en 2024 la Ley de Materias Primas Críticas13, con la que estableció un marco normativo fundamental para fomentar la diversificación estratégica y reducir la vulnerabilidad de las cadenas de suministro europeas. Groenlandia, en particular, emerge como un socio indispensable, ya que la UE busca asegurar el acceso a tierras raras y minerales mediante una cooperación basada en la sostenibilidad y la transferencia tecnológica, ofreciendo un modelo alternativo frente a las prácticas más coercitivas de otros actores globales.
La política ártica de la Unión Europea: evolución, balance y redefinición estratégica
La implicación de la Unión Europea en el Ártico ha sido históricamente gradual y fragmentada, reflejo de su complejidad institucional y de la percepción del Ártico como un espacio prioritariamente ambiental y científico durante las primeras décadas del siglo XXI14. La acción europea se centró en la investigación climática, la protección del medio ambiente y la cooperación regional, en coherencia con su identidad como actor normativo y con sus competencias limitadas en política exterior y defensa. Este enfoque permitió a la UE consolidar una presencia relevante en ámbitos no militares, pero también limitó15 su capacidad de influencia política en un entorno progresivamente securitizado.
La Comunicación Conjunta sobre la política ártica de 2021 supuso un intento de dotar a esta implicación de coherencia estratégica, estableciendo como objetivo un Ártico pacífico, sostenible y próspero16. La política reforzó el liderazgo europeo en investigación climática, estándares ambientales y reconocimiento del papel de las comunidades indígenas17. Sin embargo, las limitaciones de este enfoque se han hecho cada vez más evidentes. La escasa atención a las cuestiones de seguridad resulta especialmente problemática en un contexto de creciente militarización del Ártico y deterioro del entorno de seguridad europeo tras 202218. Estas carencias reflejan tanto las restricciones competenciales de la UE como las divergencias entre Estados miembros19, agravadas por la ruptura de la cooperación con Rusia20.
En este contexto, adquiere especial relevancia la consulta pública lanzada por la Comisión Europea a finales de 2025, que reconoce explícitamente que el marco de 2021 ha quedado parcialmente superado21. Este proceso introduce de manera explícita cuestiones como la resiliencia estratégica, la protección de infraestructuras críticas y la gestión de amenazas híbridas, señalando un giro hacia una comprensión más amplia de la seguridad. Esta revisión se ve reforzada por iniciativas como la inauguración, en marzo de 2024, de la Oficina de la Unión Europea en Nuuk, Groenlandia, que simboliza un compromiso europeo más directo y permanente con la isla ártica22.
La evolución reciente de la política ártica europea debe interpretarse también en el marco del debate sobre la autonomía estratégica. El Ártico se perfila como un espacio donde dicha autonomía adquiere una dimensión operativa concreta, relacionada con la seguridad de rutas, recursos y cadenas de suministro críticas23. Al mismo tiempo, la creciente centralidad del Ártico en la planificación de la OTAN y las tensiones transatlánticas en torno a Groenlandia cuestionan la sostenibilidad de una división estricta entre seguridad dura, delegada en la OTAN, y acción normativa europea. Integrar la dimensión de seguridad en la política ártica europea no implica militarizarla, sino reconocer que estabilidad y resiliencia son condiciones necesarias para alcanzar los objetivos ambientales y de desarrollo sostenible.
El Ártico como laboratorio del orden internacional emergente
Desde una perspectiva más amplia, el Ártico puede entenderse como un auténtico laboratorio del orden internacional emergente, en el que se manifiestan de forma especialmente visible las tensiones y contradicciones que caracterizan la política global del siglo XXI. En este espacio convergen, de manera simultánea, lógicas realistas de competencia por el poder y dinámicas de cooperación normativa y gobernanza global, dando lugar a un entorno híbrido donde las normas internacionales coexisten con prácticas de poder cada vez más explícitas24. La región ártica concentra así muchos de los dilemas estructurales de la política internacional contemporánea, como la interacción entre cambio climático y seguridad, la creciente securitización de fenómenos ambientales, la tensión entre soberanía estatal y gobernanza multilateral, y la coexistencia de cooperación institucionalizada con rivalidad estratégica entre grandes potencias25.
El cambio climático actúa como un factor multiplicador de riesgos en este contexto, al alterar las condiciones físicas del Ártico y generar nuevas oportunidades económicas y estratégicas que intensifican la competencia entre actores estatales y no estatales26. Al mismo tiempo, la fragilidad de los ecosistemas árticos y la dimensión transnacional de los desafíos ambientales refuerzan la necesidad de mecanismos de cooperación internacional y de marcos normativos compartidos, situando a la región en el centro del debate sobre la gobernanza global de los bienes comunes27. Esta dualidad convierte al Ártico en un espacio donde los principios del orden liberal internacional son puestos a prueba de manera constante frente a dinámicas de poder más tradicionales.
En este escenario, el progresivo debilitamiento de los foros multilaterales árticos tras 2022 y la paralización parcial de la cooperación con Rusia evidencian los límites de un modelo de gobernanza basado exclusivamente en la confianza y la cooperación técnica28. La región muestra así cómo los avances normativos logrados durante décadas pueden verse rápidamente erosionados cuando se produce un deterioro significativo del entorno de seguridad internacional, reforzando interpretaciones realistas sobre la primacía de la fuerza y la disuasión en contextos de alta rivalidad estratégica.
Para la Unión Europea, cuya identidad externa se ha construido en gran medida sobre la promoción de normas, valores y soluciones multilaterales, el Ártico constituye una prueba particularmente exigente de su capacidad para actuar en entornos híbridos. La región obliga a la UE a confrontar la tensión entre su vocación normativa y la necesidad de adaptarse a un contexto donde la seguridad, la resiliencia y la competencia geopolítica adquieren un peso creciente. La forma en que la Unión gestione esta tensión en el Ártico no solo condicionará su credibilidad como actor regional, sino que ofrecerá indicios relevantes sobre su capacidad para desempeñar un papel significativo en el orden internacional emergente.
Groenlandia, la OTAN y la Unión Europea: soberanía, seguridad y tensiones transatlánticas en el Alto Norte
Groenlandia se ha consolidado como uno de los espacios más sensibles y estratégicos del Ártico, no solo por su ubicación geográfica en el Atlántico Norte, sino también por su creciente centralidad en la arquitectura de seguridad euroatlántica. Su posición entre América del Norte y Europa, su proximidad a las principales rutas aéreas y marítimas del hemisferio norte y la presencia histórica de infraestructuras militares estadounidenses convierten a la isla en un elemento clave para la defensa colectiva de la OTAN29. En este contexto, Groenlandia ha pasado de ser percibida como un territorio periférico a convertirse en un nodo central de la competencia estratégica entre grandes potencias.
Desde el final de la Guerra Fría, la importancia militar de Groenlandia pareció disminuir, en paralelo al descenso de las tensiones en el Ártico. Sin embargo, el deterioro del entorno de seguridad internacional y la reaparición de la rivalidad entre Estados Unidos, Rusia y China han devuelto a la isla un protagonismo estratégico que no tenía desde mediados del siglo XX30. La base aérea de Thule, actualmente «Pituffik Space Base», sigue desempeñando un papel fundamental en los sistemas de alerta temprana y defensa antimisiles de Estados Unidos, integrados en la estructura de la OTAN31. Este hecho subraya que, más allá de los debates políticos, Groenlandia forma parte de facto del entramado de seguridad euroatlántico.
Las reiteradas declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump32, sobre la necesidad de reforzar el control estratégico sobre Groenlandia, especialmente a partir de 2019, de nuevo tras el inicio de su segundo mandato en 2025 y de una manera más férrea al comienzo de 2026, han puesto de relieve tensiones latentes entre la lógica de la seguridad nacional estadounidense y los principios de soberanía y autodeterminación33. Estas afirmaciones, percibidas en Europa como una forma de presión unilateral, generaron una reacción inmediata por parte de Dinamarca y del propio Gobierno groenlandés, que reafirmaron que cualquier decisión sobre el futuro del territorio corresponde exclusivamente a sus instituciones y a su población34. Desde una perspectiva europea, estos episodios evidencian la fragilidad del consenso transatlántico incluso entre aliados formales y muestran que la política ártica no puede desligarse de la política interna de la Alianza.
La OTAN se encuentra en una posición particularmente delicada en este contexto. Por un lado, la Alianza reconoce la importancia estratégica de Groenlandia para la defensa colectiva y ha incrementado su atención en el Ártico como espacio operativo relevante. Por otro, la posibilidad de tensiones abiertas entre Estados miembros plantea un desafío notable para la cohesión interna de la organización35. Este escenario obliga a la OTAN a equilibrar la necesidad de reforzar la disuasión y la vigilancia en el Alto Norte con la preservación de la unidad política entre sus aliados, especialmente cuando la legitimidad de la defensa colectiva reposa, en última instancia, sobre la confianza política mutua.
Para la Unión Europea, Groenlandia representa un caso paradigmático de los dilemas que enfrenta su política ártica. Aunque la UE no es responsable directa de la defensa del territorio, mantiene una relación estrecha con Groenlandia en ámbitos como el desarrollo económico, la investigación científica, la pesca y, de manera creciente, el acceso a materias primas críticas36. La apertura en 2024 de una Oficina de la Unión Europea en Nuuk simboliza un cambio cualitativo en esta relación, al dotar a la UE de una presencia institucional permanente que facilita el diálogo político directo y refuerza su visibilidad como actor relevante en la región37. Esta presencia europea adquiere además una dimensión estratégica en un contexto de creciente competencia por la influencia en Groenlandia, donde los debates sobre inversión, minería, infraestructuras y conectividad se entrelazan con la seguridad.
La isla se encuentra inmersa en un proceso gradual de afirmación política y búsqueda de mayor autonomía, lo que la obliga a diversificar sus socios externos para evitar dependencias excesivas. En este sentido, la Unión Europea puede ofrecer una alternativa basada en cooperación económica, transferencia tecnológica y sostenibilidad, en contraste con enfoques más coercitivos o exclusivamente securitarios38. No obstante, la capacidad de la UE para desempeñar este papel dependerá de su coherencia interna y de su disposición a asumir mayores responsabilidades políticas en la región, así como de su habilidad para coordinar su acción con la OTAN sin diluir su propia agenda normativa.
La interacción entre Groenlandia, la OTAN y la Unión Europea pone de manifiesto una cuestión central: la creciente interdependencia entre seguridad, economía y gobernanza en el Ártico. La protección de infraestructuras críticas, como sistemas de comunicación por satélite, rutas marítimas emergentes y redes energéticas, no puede desvincularse de consideraciones políticas y económicas más amplias39. Para la UE, esto implica reconocer que su política ártica ya no puede limitarse a instrumentos normativos o financieros, sino que debe articularse en estrecha coordinación con los marcos de seguridad existentes, especialmente la OTAN, sin renunciar a su autonomía política y a los principios de soberanía y autodeterminación que defiende como parte constitutiva del orden internacional basado en normas.
En última instancia, Groenlandia se ha convertido en un microcosmos de las tensiones que caracterizan el orden internacional emergente. La coexistencia de intereses estratégicos vitales, aspiraciones de autodeterminación y rivalidades entre grandes potencias convierte a la isla en un espacio donde se ponen a prueba tanto la solidez de la alianza transatlántica como la capacidad de la Unión Europea para actuar como un actor geopolítico coherente. La forma en que la UE gestione su relación con Groenlandia, en coordinación y en ocasiones en tensión con la OTAN y Estados Unidos, será determinante para su credibilidad en el Ártico y, por extensión, en el nuevo sistema internacional del siglo XXI.
Conclusiones
El análisis desarrollado en este trabajo demuestra que el Ártico se ha consolidado como un escenario central para comprender las transformaciones estructurales del sistema internacional contemporáneo. Lejos de ser una periferia geográfica, la región se ha convertido en un espacio donde confluyen dinámicas clave del siglo XXI: la aceleración del cambio climático, la competencia estratégica entre grandes potencias, la reconfiguración de las cadenas de suministro globales y la creciente fragilidad del orden internacional basado en normas. En este contexto, el Ártico actúa como un espacio revelador de la transición desde un sistema internacional relativamente cooperativo hacia uno marcado por la rivalidad sistémica y la primacía creciente de consideraciones de seguridad.
Para la Unión Europea, esta transformación plantea un desafío de carácter estructural. La región representa simultáneamente un riesgo estratégico y una oportunidad política para redefinir su papel como actor global. Durante décadas, la UE ha abordado el Ártico desde una lógica predominantemente normativa, centrada en la protección ambiental, la cooperación científica y la gobernanza multilateral. Este enfoque ha permitido a la Unión construir una presencia legítima y reconocida en ámbitos no militares, pero ha mostrado límites evidentes en un entorno caracterizado por la militarización progresiva y la instrumentalización geopolítica del espacio ártico.
La evolución reciente de la política ártica europea indica, no obstante, una creciente conciencia de estas limitaciones. El proceso de revisión iniciado a través de la consulta pública lanzada por la Comisión Europea, a finales de 2025, refleja el reconocimiento explícito de que el marco estratégico de 2021 ya no es plenamente adecuado para responder a las nuevas realidades geopolíticas. La incorporación de conceptos como resiliencia estratégica, protección de infraestructuras críticas, amenazas híbridas y seguridad de las rutas marítimas sugiere un desplazamiento progresivo hacia un enfoque más integral, en el que la seguridad deja de ser un elemento implícito para convertirse en una dimensión explícita de la acción europea en el Ártico.
En este sentido, el refuerzo de la presencia institucional de la Unión Europea en Groenlandia constituye un hito significativo. La apertura de la Oficina de la UE en Nuuk no solo simboliza un mayor compromiso político con la región, sino que también refleja una estrategia orientada a incrementar la capacidad de influencia europea en un espacio crecientemente disputado. Groenlandia emerge, así, como un punto de articulación clave entre la política ártica europea, la relación transatlántica y el debate sobre la autonomía estratégica, obligando a la UE a posicionarse de manera más clara frente a las dinámicas de poder en el Alto Norte.
La interacción entre la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos en el Ártico pone de relieve la complejidad de este proceso. Si bien la seguridad dura sigue estando fundamentalmente en manos de la Alianza Atlántica, la distinción tradicional entre defensa, delegada en la OTAN, y acción normativa, asumida por la UE, resulta cada vez menos sostenible. La protección de infraestructuras críticas, la seguridad económica y la resiliencia frente a presiones externas requieren una coordinación más estrecha entre ambos marcos, al tiempo que plantean interrogantes sobre la capacidad de la UE para desarrollar una agenda propia sin diluirse en la lógica estratégica de sus aliados.
Desde una perspectiva más amplia, el Ártico se configura como un banco de pruebas para la credibilidad internacional de la Unión Europea. La región obliga a la UE a confrontar una tensión fundamental entre su identidad como actor normativo y la necesidad de adaptarse a un entorno marcado por la competencia estratégica y la lógica del poder. La forma en que la Unión gestione esta tensión —integrando sostenibilidad, seguridad y autonomía estratégica sin renunciar a sus principios fundacionales— será indicativa no solo de su futuro papel en el Ártico, sino también de su capacidad para actuar de manera eficaz en otros escenarios geopolíticos emergentes.
En conclusión, el futuro de la Unión Europea en el Ártico exige una síntesis indisoluble entre su agenda de sostenibilidad y una nueva arquitectura de seguridad económica y defensiva. El acceso a las materias primas críticas en la región, especialmente en Groenlandia, ya no es solo una oportunidad comercial, sino un pilar de la autonomía estratégica europea que requiere protección frente a la competencia de grandes potencias. Esta realidad obliga a la Unión a superar la dicotomía tradicional entre su identidad normativa y la seguridad «dura», estableciendo una coordinación operativa con la OTAN que garantice la resiliencia de las infraestructuras críticas y las rutas marítimas sin renunciar a los principios de soberanía y autodeterminación. En última instancia, la capacidad de la UE para proyectarse como un actor geopolítico coherente dependerá de su habilidad para transformar estas dependencias en una red de cooperación estratégica que defina su relevancia en el nuevo orden internacional.
Ana Belén López Tárraga
Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Salamanca.
Miembro del grupo de investigación TEIDE, Departamento de Geografía de la Universidad de Salamanca
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
-
-
La Unión Europea y el futuro de la geopolítica ártica
-
The European Union and the Future of Arctic Geopolitics
-
