
16 oct 2025
IEEE. España en Centroamérica
Sergio Ramírez. Exvicepresidente de Nicaragua y Premio Cervantes
Centroamérica ha sido una región de encuentros desde los tiempos prehispánicos, no sólo de pueblos, que aquí se juntaron en éxodos milenarios provenientes del norte y del sur del continente americano, sino también de la flora y de la fauna. Un permanente cruce de caminos.
Por miles de años, a través del istmo que se extiende desde las selvas mayas al sur de México hasta el Darién en Panamá, los indígenas de América se encontraron e intercambiaron creencias y formas de vida; y a partir de 1492, también por aquí se cruzaron las expediciones de los conquistadores provenientes del sur desde Panamá, y de México desde el norte.
Un istmo que vio multiplicarse las lenguas y las especies, y tuvo por tanto un don creativo desde sus inicios geológicos. Una mezcla étnica que llegó a ser múltiple, indígena, española, africana, y también europea, y asiática cuando desde finales del siglo XIX se multiplican las corrientes migratorias, sobre todo al iniciarse la construcción del canal de Panamá. Una conjunción humana y ecológica como pocas en el mundo, en un territorio tan angosto y tan codiciado a lo largo de su historia.
La convergencia común de la cultura centroamericana, y la herencia permanente de España, se da en el español híbrido, rico y diverso que hablamos, y que logró establece por encima de las lenguas indígenas tras la independencia; un español en el que se fundieron en la península formas y términos de diversos orígenes, entre ellos el árabe y el mozárabe, y que al cruzar el mar recibió componentes de esas lenguas indígenas, taino, maya, náhuatl, chorotega, y numerosos vocablos de las lenguas africanas traídas por los esclavos, como el bantú, kikongo, quimbundo, yoruba, o el mandinga; y del inglés, como consecuencia de la dilatada presencia de Inglaterra en la costa del Caribe, primero, y de los Estados Unidos después, cuando convierte en su traspatio a toda la región.
Una lengua que es fruto del constante mestizaje. En el Prólogo a Prosas Profanas, de 1901, Rubén Darío se pregunta: “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués…si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas, en Palenke y Utatlán, en el indio legendario, y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro”.
Cuando se la ve en los mapas, Centroamérica no parece ser sino un paisaje que se estrecha entre dos mares, selvas, lagos y volcanes que alternan sus erupciones, un territorio sacudido por terremotos que han destruido sus ciudades a través de generaciones, y huracanes que soplan con fuerza descomunal, alterando el paisaje.
Un paisaje volcánico, también en lo político. Desde la independencia en el siglo diecinueve, y a lo largo del siglo veinte, nuestra marca fueron las disensiones políticas resueltas en asonadas y golpes cuartelarios, las intervenciones militares extranjeras, la plaga endémica del caudillismo y las dictaduras militares, las revoluciones armadas. Un rostro siempre velado por el humo de la pólvora.
¿Pero cuál es verdaderamente ese rostro de Centroamérica? Uno y distinto, varios rostros en uno, una identidad que a veces parece contradictoria, pero que existe quizás precisamente por eso, porque no se deja ganar por la homogeneidad. Un rostro fragmentado, difícil de apreciar en su conjunto porque aún estamos lejos de la integración política que se frustró después de la independencia en 1821.
Puestos juntos, nuestros países alcanzan casi los 50 millones de habitantes en una superficie de más de medio millón de kilómetros cuadrados, con una economía que crece modestamente en términos del producto interno bruto, pero en nuestra realidad cotidiana siguen abiertos los grandes abismos de desigualdad social, con la riqueza concentrada cada vez más en pocas manos, mentiras padecemos de déficits notables, el primero el de la educación, con bajas tasas de escolaridad y muy altas de deserción escolar; y la lucha entre autoritarismo e institucionalidad que aún se sigue librando.
¿Por qué saltamos a veces a las primeras planas de los medios? Porque habiendo sido puente de pueblos y puente ecológico, Centroamérica es hoy puente del tráfico de drogas. Porque el crimen organizado desafía a los estados, apoderándose de territorios enteros. Porque los más pobres siguen huyendo de la miseria y de la violencia hacia los Estados Unidos, en busca del perverso sueño americano que hoy se niega a los emigrantes más que nunca; porque el primer producto de exportación es la gente, los emigrantes que envía de vuelta sus remesas, 45 mil millones de dólares el año pasado. Porque algunas de las dictaduras que padecemos, como la de Ortega y su esposa en Nicaragua, se transforman cada vez más en monarquías absolutas, de antes de la ilustración. Porque el más pequeño de nuestros países, El Salvador, tiene la cárcel más grande América Latina, donde Bukele ofrece alojar a reos de otros países, en una especie de turismo carcelario. Uno y varios rostros.
Pero tenemos otros rostros, el de la cultura, por ejemplo, que debemos buscar como superponer a los demás. Quizás es nuestro mejor rostro, un rostro para enseñar. El rostro de la invención que hunde sus raíces en nuestra realidad dramática, y la transforma y la ilumina. De alguna manera, la literatura nos redime y deja que se revele esa identidad tantas veces escondida, de Rubén Darío, a Miguel Ángel Asturias, a Roque Dalton, a Yolanda Oreamuno, a Claribel Alegría, a Ernesto Cardenal.
Cuando en Centroamérica se proclama de manera incruenta la independencia el 15 de septiembre de 1821, el general realista Gabino Gainza, gobernador de la Capitanía General de Guatemala, pasa a ser el primer presidente de la república federal.
Fue una independencia sin heroísmos ni épica alguna, fruto de la decisión de los chapetones y criollos que deliberaban encerrados tras las paredes del Palacio Nacional en Guatemala, temerosos de que, si no se apresuraban, el asunto se les iría de las manos. El acta de independencia comienza diciendo con toda sinceridad:
“Que siendo la Independencia del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el señor jefe político, la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían terribles, en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo".
Poco más de tres meses después, el 5 de enero de 1822, las mismas élites que habían declarado la independencia antes de que lo hiciese el mismo pueblo, proclaman la adhesión al imperio mexicano de Agustín de Iturbide, que sólo duraría hasta marzo de 1823.
Se buscaba “desatar el nudo sin romperlo”, según las palabras de Iturbide, al firmar con el último virrey de España, el 24 de agosto de 1821, los Tratados de Córdoba, que daban paso a la independencia de México; Reinos, imperios, dictaduras cesáreas. La utopía buscaba su rostro libertario y ya no lo encontraba, como parecía haberlo hallado en la constitución de Cádiz de 1812, atropellada por Fernando VII.
Aquella fruta madura de la independencia que en Centroamérica caía por sí sola, librada a la inercia, ya traía dentro el gusano de la disensión, quizás, antes de nada, porque la entidad de nación entre las cinco provincias no era sino un artificio, en todo caso ciudades estado de carácter más bien feudal que se disputaban los territorios rurales, y la primacía, y recelaban de la Capitanía General de Guatemala; élites que se guiaban más por sus creencias ideológicas, conservadores realistas o liberales jacobinos, que por ningún sentido de nación.
Lo que vino enseguida fueron discrepancias insalvables, unos que mejor pidieron esperar de manera timorata, o taimada, “a que se aclararan los nublados del día”, otros que se plegaron al abortado imperio mexicano de Iturbide, como quien corre para ponerse a salvo, otros que no aceptaban autoridad alguna sino la propia, y enseguida enfrentamientos, divisiones, una efímera república federal, guerras, fusilamiento de caudillos, periodos de anarquía seguidos por dictaduras férreas. Nunca lo que se escribió de manera pomposa en las constituciones tuvo otro valor que no fuera retórico. Y todavía seguimos pagando el precio de aquel fracaso.
Nuestro sistema político original, tanto en Centroamérica, que nace a la vida independiente como una federación de cinco países que dura hasta 1841, y en toda América Latina, tiene un arraigo frustrado en la Constitución de Cádiz.
Nacen las repúblicas independientes y el poder se convierte en una anormalidad. Se establece una distancia insalvable entre lo que las nuevas constituciones de inspiración republicana mandan, y lo que la realidad establece; el ideal, por un lado, que crea la ilusión del gobernante respetuoso del bien común y de las leyes; y, por el otro, el mundo real donde reina el caudillo sujeto nada más al arbitrio de su voluntad, con lo que todo se convierte en una mentira. Son constituciones que pueden leerse como novelas, dominadas por la ficción.
Dice Antonio Muñoz Molina en su reciente libro El verano de Cervantes, citando a Pedro Álvarez de Miranda, que hubo en el siglo XVIII novelas sobre liberales que enloquecieron leyendo no los libros de caballería, sino la constitución de Cádiz.
En el texto de esas constituciones fundadoras tocamos con las manos la utopía nunca resuelta. Gobiernos para el bien común, instituciones firmes y respetadas, sujeción de los gobernantes a las leyes, respeto a los derechos individuales, libertad de expresión, igualdad ante la justicia.
Las reformas liberales que siguieron fueron siempre acompañadas de la imposición militar, los reformadores se convirtieron muy pronto en autócratas, y quienes defendían el orden tradicional, contrarios a todo cambio, no les iban a la zaga en cuanto a confinar en las mazmorras a quienes reclamaban libertades públicas, y la democracia fue colocada siempre en el cepo. El patíbulo sólo cambiaba de sitio, a la izquierda o a la derecha, y la única gracia que se concedía a los que se alzaban en rebeldía, eran la de morir sentados en un cómodo sillón, y no de pie, frente al pelotón de fusilamiento. Fusilado murió en Costa Rica el 15 de septiembre de 1842 el general Francisco Morazán, tras una lucha de décadas por conserva y consolidar la República Federal Centroamericana, que saltó hecha pedazos.
Y luego perdimos el siglo veinte en términos de institucionalidad y asentamiento de un verdadero estado de derecho; enclaves extranjeros, intervenciones militares, dictaduras de opereta sangrienta, por fin revoluciones frustradas y malversadas; y hemos entrado en este siglo veintiuno con muchas lecciones aún por aprender, o incógnitas que despejar, la primera de ellas es que si una Centroamérica vista como entidad política es aún posible.
El tratado de integración económica centroamericana se firmó en 1960, pero hoy el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), el organismo rector, ha entrado en crisis dada la polarización entre los gobiernos de los países integrantes, y la falta de voluntad política en avanzar hacia estadios superiores; el Parlamento Centroamericano no es más que un cementerio de elefantes, donde se envía a los políticos que estorban en sus países, o han fracasado, o simplemente a recibir una canonjía; y la Corte Centroamericana de Justicia, ineficaz desde su fundación, solo tiene ahora dos países miembros.
El papel de la corona española terminó en Centroamérica en 1821, como terminó en el resto de América Latina tras las guerras de independencia, salvo en Cuba y Puerto Rico. Cuando en 1898 los Estados Unidos interviene en la guerra de independencia que se libra en Cuba y derrota a la armada española para apoderarse del país, y de paso también de Puerto Rico, surge una reacción intelectual, que va de Rubén Darío a José Enrique Rodó, para reivindicar a España, y el espíritu de la hispanidad, frente al avasallamiento político y militar de Estados Unidos, que precisamente, con la guerra de Cuba, comienza a surgir como la nueva gran potencia mundial.
Para los modernistas de finales del siglo diecinueve, es Ariel contra Calibán, el viejo espíritu idealista español que encarna el Quijote, contra los bestiales “comedores de carne cruda” que habitan los rascacielos de Manhattan. En un cuento de Darío de 1899, el abanderado de la tropa acantonada en Santiago de Cuba, un enjuto manchego ya maduro en edad y de poco hablar, al que apenas se conoce por sus iniciales D.Q, se arroja al vacío cuando se recibe la orden de rendición ante los yanquis; "y todavía, de lo negro del abismo, devolvieron las rocas un ruido metálico, como de una armadura", dice.
Estados Unidos surge a partir de entonces como la gran potencia militar, en busca de expansión territorial, porque es ya una gran potencia económica, capaz de hacer presa de Centroamérica y el Caribe. Surgen entonces los enclaves bananeros y mineros desde la segunda mitad del siglo XIX. La United Fruit Company extiende desde Costa Rica sus operaciones a Panamá y a la costa del Caribe de Colombia, y hacia El Salvador, Honduras y Guatemala, donde llega a ser dueña del 40% de las tierras cultivables; luego se asienta en Honduras la Cuyamel Fruit Company en 1911, y la Standard Fruit Company en 1924.
Las compañías bananeras, dueñas a la vez de puertos y ferrocarriles, se hallaban libres del pago de impuestos y de cumplir con las leyes laborales; deponían y ponían gobiernos, atizaban guerras fronterizas, y tenían sus propias fuerzas policiales, y a los ejércitos a su disposición para reprimir las huelgas; y cuando se topaban con gobiernos díscolos, la infantería de marina de Estados Unidos acudía en su auxilio.
Los enclaves bananeros, que requerían grandes masas de trabajadores, crearon corrientes migratorias desde todos los países centroamericanos hacia las plantaciones, y las primeras luchas sindicales. La novela del costarricense Carlos Luis Fallas, Mamita Yunai (el infierno de las bananeras) publicada en 1941, es un testimonio de estas luchas y de cómo la United Fruit Company entró en la lengua popular: la “Mamita Yunai”; toda una “literatura bananera” de la que también forma parte la trilogía de Miguel Ángel Asturias, compuesta por Viento Fuerte (1950) El Papa Verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1960).
La doctrina expansionista del Destino Manifiesto, creada para justificar la conquista del territorio continental de América del Norte, sirvió para extender el dominio de Estados Unidos hacia el sur, cuando en 1898 se apoderaron de Cuba y Puerto Rico tras la derrota de España, y en 1903 de Panamá, para construir el canal interoceánico, con un área territorial de dominio exclusivo, la Zona del Canal.
Es entre la apropiación de Cuba en 1898, sustraída del dominio español bajo el gobierno de McKinley, y la apropiación de Panamá en 1903, bajo el gobierno de Roosevelt, que la defensa de la hispanidad surge como una doctrina política que Darío busca llevar adelante, y cuyo mejor ejemplo es Oda a Roosevelt, el poema escrito en 1904, en el que previene a la nueva potencia imperial:
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español…
Además de la ocupación permanente del territorio de Panamá para asegurar militarmente el canal, se darían repetidas intervenciones militares en Honduras, Guatemala, Nicaragua, lo mismo que en Haití y República Dominicana, para hacer valer por la fuerza reclamos territoriales, imponer dictaduras militares, y asegurar los intereses de los bancos de Wall Street, y los enclaves económicos; algunas por largo tiempo y de manera repetida, como en Nicaragua, donde las tropas de la marina de guerra permanecieron desde 1909 hasta 1933, con un breve intervalo.
Tras la revolución que en 1979 derrocó a la dictadura de Somoza en Nicaragua, y que devino luego en guerra civil, y los conflictos armados surgidos en Guatemala y El Salvador en 1980, se abrió una negociación en busca de la paz que dio como fruto los acuerdos de Esquipulas en 1986, y el desarme tanto de las fuerzas de la contrarrevolución en Nicaragua, apoyadas por el gobierno de Reagan, como de las guerrillas en El Salvador y Guatemala.
Estos acuerdos de paz, y los procesos de negociación, fueron respaldados por el gobierno de España, que formó parte de los mecanismos de verificación internacional para asegurar el cumplimiento de los acuerdos, y de los programas de retorno y reasentamiento de refugiados, promovidos por el ACNUR.
Más de tres décadas después de culminado aquel proceso de paz, que abrió grandes esperanzas sobre el futuro democrático de la región, hay obvios retrocesos hacia el autoritarismo, cuando se respira en el mundo una atmosfera autoritaria, y el fortalecimiento de las instituciones, que era central a la consolidación democrática, también hace aguas.
Las cuentas pendientes en la Centroamérica real están a la vista en números rojos: seguridad ciudadana, libre expresión del pensamiento, equidad social, justicia económica. Fortaleza de las instituciones, transparencia de la gestión pública. Educación de calidad como palanca imprescindible del desarrollo.
Los gobiernos autoritarios, sean duros o moderado, no pueden asegurar esta convergencia de fortalezas. Y mientras en uno solo de nuestros países la democracia sufra falsificaciones, los demás se verán necesariamente afectados y las ideas de integración, postergadas. La asimetría se vuelve fatal.
Anastasio Somoza, fundador de la dinastía que imperó en Nicaragua por casi medio siglo, solía decir de manera socarrona que la democracia es un alimento demasiado fuerte para el estómago de un niño, y que por eso había que dárselo a cucharadas. El niño era el país. El dictador era el padre, cuidadoso de que sus hijos no se empachen. Esto mismo es lo que venimos escuchando desde aquel 15 de septiembre de 1821 bajo diferentes retóricas. Esta mezcla de paternalismo burlón, de garra oligárquica, de caudillos de rostros primitivo y hoy de dictadores cool, no parece haber desaparecido.
El siglo veinte vio en Centroamérica revoluciones triunfantes que luego fueron malversadas, sueños humanistas que terminaron pervertidos en pesadillas de las que aún no despertamos en el siglo veintiuno, y que han mutado hacia dictaduras de nuevo cuño.
La distancia entre el ideal retórico que enaltece la democracia, y el plano de la realidad donde se la escarnece, hoy se acorta, o desaparece, como en el caso de la constitución de Nicaragua promulgada este año. Nada de distancias, adornos ni disimulos. Un adiós a Montesquieu sin sentimentalismo alguno. Bajo la mano dictatorial del matrimonio Ortega desaparecen los poderes del estado, en equilibrio e independientes entre sí, y se vuelven órganos de la presidencia bicéfala que los coordina a todos. Una presidencia matrimonial, inédita hasta hoy en los anales de la historia hispanoamericana, un copresidente y una copresidenta que pueden seguir religiéndose para siempre, inmunes e impunes en su dichosa eternidad.
O la dictadura cifrada en bitcoins de Bukele en El Salvador, que ofrece la panacea de la seguridad ciudadana a cambio de la impunidad en el atropello de las libertades públicas, el exilio de periodistas, el dominio sin fisura de las instituciones. O la lucha de un gobierno legítimamente electo, como el que preside Bernardo Arévalo en Guatemala, sometido al acoso de una élite corrupta que domina el poder judicial, desde el que se atrinchera para conspirar contra la democracia.
El deterioro de la democracia viene de tendencia autoritarias que buscan legitimarse en el espíritu de los votantes, y una vez conquistado el poder, en el debilitamiento calculado de las instituciones; pero también tiene que ver con el avance del crimen organizado, y el tráfico de drogas, ahora que los carteles buscan poder político, mientras al mismo tiempo deterioran gravemente los niveles de seguridad ciudadana.
Es lo que ocurre en Costa Rica, tradicionalmente una isla democrática y pacífica en Centroamérica, en medio de países sometidos a la inestabilidad, donde la tasa de homicidios se ha disparado al 17%, el doble que diez años atrás, e igual a la Honduras o Guatemala. Un desborde que las autoridades atribuyen a la lucha de los narcos por el control del mercado interno y el control de las rutas.
En 2013 culminó el proceso de negociación que llevó a la firma del Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Centroamérica, del que es parte España como miembro de la UE. En él se establecen “relaciones preferenciales y acceso a mercados entre ambas regiones”, y tiene como objetivo “fortalecer la cooperación económica, financiera, comercial, social, científica, técnica y medioambiental entre la UE y las repúblicas centroamericanas”.
Este acuerdo es más visible por las relaciones de libre comercio que establece, pero no hay que perder de vista que al mismo tiempo ampara “el respeto y la promoción de la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos” como elementos fundamentales para el desarrollo de la relación birregional.
La vigilancia de las calidades democráticas de los gobiernos centroamericanos, signatarios del acuerdo, debería ser de interés constante para los países europeos, desde luego que las señales de tendencias autoritarias, que colocan a quienes ostentan el poder por encima de las instituciones, se hace cada vez más evidente en Centroamérica. Aún en medio de las tensiones y conflictos que ocupan la atención política de los países europeos, sólo para mencionar la guerra de agresión contra Ucrania, la agresión contra el pueblo de Gaza, la guerra entre Irán e Israel, y las tensiones y desajustes con el gobierno de Trump, Centroamérica no debería ser postergada, o ignorada, como no lo hacen ni Rusia, ni China, ni Irán, ni Corea del Norte.
No hay que olvidar que frente al deterioro democrático que sufre Estados Unidos, y el surgimiento de polos de poder autoritarios en el mundo, Europa, como entidad democrática, se convierte en una referencia crucial, y debería potenciar su propio modelo de pluralidad democrática y convivencia, con autoridad crítica, en este caso frente a Centroamérica.
El autoritarismo y las dictaduras, lejos de ser fuentes de estabilidad, y confiables como socios, tarde o temprano desatan crisis de proporciones impredecibles, cuando surgen las rebeliones como respuesta a la opresión política y la violación sistemática de los derechos humanos.
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
Sergio Ramírez
Exvicepresidente de Nicaragua y Premio Cervantes
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