
13 abr 2026
IEEE. La proyección estratégica de Rusia en el Sahel y su entorno regional
Andriy Ilkiv Zlesnyi. Periodista
Introducción
Durante los últimos años Rusia ha intensificado su actividad en África, especialmente en el Sahel occidental, en países como Malí, Níger y Burkina Faso, y con una presencia más limitada en Mauritania, Chad, Libia, Sudán o Siria1. Esto no debe describirse como «expansión» en términos territoriales, sino como la constitución de un ecosistema de influencia, un conjunto interdependiente de instrumentos militares, económicos, diplomáticos y culturales que Moscú coordina para obtener ventajas geoestratégicas y económicas de bajo coste político y alta rentabilidad estratégica2.
El Sahel como espacio estratégico emergente
Los cambios políticos internos en varios países saharianos (golpes y transiciones, 2020-2023) y la retirada parcial de la presencia militar occidental crearon un vacío que las autoridades rusas han buscado llenar. Esta dinámica es compleja y multicausal que va desde factores locales como el descontento popular hasta factores internacionales como la reestructuración de las prioridades de Francia y decisiones políticas por parte de Moscú para ofrecer una alternativa que enfatiza en soberanía y no intervención.
Malí, Níger y Burkina Faso suman 2,3 millones de kilómetros cuadrados y 73,8 millones de habitantes con un producto interior bruto (PIB) combinado en 2024 de 62.400 millones de dólares. El subsuelo de estos países cuenta con recursos estratégicos como el uranio, oro, hidrocarburos y otros minerales. Todo esto explica el interés ruso más allá del mero apoyo político y la influencia regional. No obstante, conviene distinguir entre el interés declarativo y la capacidad efectiva para explotar esos recursos, un matiz que a menudo falta en las declaraciones oficiales3.
Desde la óptica rusa, la penetración en el Sahel se conceptualiza como una estrategia híbrida que mezcla asistencia militar solicitada por gobiernos locales, proyectos extractivos y energéticos formalizados a través de memorandos y cooperación con entidades estatales rusas como Rosatom. Moscú también intenta aumentar la presencia cultural a través de centros de intercambio, formación y diplomacia performativa que presentan la oferta rusa como «cooperación sin condicionamientos»4.
El papel de la diplomacia cultural y de la cooperación educativa ocupa un lugar central en la estrategia rusa. La promoción de la lengua rusa, la cultura y la formación técnica constituyen un instrumento de legitimación y de creación de redes de influencia a largo plazo. Así lo expone, Avakin A. S., investigador y profesor vinculado a la Casa Rusia en Uagadugú, quien describe la apertura de espacios culturales como una herramienta para «crear centros de estudio de la lengua, la cultura y la historia rusas» y fomentar vínculos sociales y profesionales duraderos entre élites locales y redes rusas5.
El ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, declaró en abril de 2025 que, además de la cooperación militar, el Kremlin considera vital la promoción de programas educativos destinados a formar personal cualificado. Moscú ha impulsado la apertura de Casas Rusas y otros espacios culturales en capitales de la región (Uagadugú, Burkina Faso), que funcionan como centros de idioma, becas y capacitación técnica para formar cuadros locales y difundir la narrativa rusa de cooperación «sin condicionamientos».
En estos casos Rusia está empleando la diplomacia blanda (soft power), definida por Joseph Nye como un activo que produce atracción que a menudo dirige a la aquiescencia. Nye, en su trabajo, afirma que «la seducción siempre es más efectiva que la coacción»6. Esto se entrelaza con la diplomacia convencional organizada por el Ministerio de Exteriores y agencias culturales a través de encuentros de alto nivel (entre ellos la reunión Rusia-Alianza del Sahel celebrada en Moscú en abril de 2025), ciclos de cooperación económica como las jornadas de «Días Económicos» y la planificación de una comisión intergubernamental destinada a sistematizar la colaboración comercial y facilitar contactos empresariales. Estos proyectos cumplen una doble función al legitimar la presencia rusa ante las autoridades locales como una oferta de cooperación técnica y, por otro, preparan el terreno político para acuerdos de mayor calado en seguridad y en sectores estratégicos. El objetivo es institucionalizar vínculos económicos que complementen la cooperación en seguridad7.
La estrategia rusa de penetración híbrida
Esa articulación entre cultura, economía y seguridad forma parte de un proyecto estratégico más amplio de reposicionamiento global de Moscú. En informes y notas de política exterior, como la investigación del Centro PIR (organización no gubernamental rusa especializada en el estudio de la no proliferación nuclear, el desarme y las cuestiones de seguridad global) y otros centros analíticos subrayan que la cooperación en defensa, formación de personal y asesoría de instructores es un componente central de la oferta rusa, concebida como una alternativa que evita «condicionamientos» políticos a cambio de acceso y prioridades estratégicas compartidas. Esta visión construye la narrativa de Rusia como socio no intervencionista y proveedor de capacidades de seguridad, algo atractivo para gobiernos que priorizan la soberanía y la autonomía frente a presiones externas8.
Las fuentes internas también señalan tensiones y límites ya que el empeño por presentar la cooperación como «sin condicionamientos» coexiste con instrumentos de influencia directos como contratos extractivos, memorandos energéticos y presencia militar. Todas estas acciones implican compromisos que trascienden la mera retórica. La narrativa cultural y educativa funciona como componente legitimador de una presencia que combina intereses técnicos, geoeconómicos y de seguridad9,10.
De Wagner al Africa Corps
Una de las principales acciones de Rusia en esta zona es el apoyo en la lucha contra el yihadismo. Desde la Representación Permanente de la Federación Rusa ante la ONU, las autoridades diplomáticas han expresado su preocupación por la actividad del Estado Islámico en el Gran Sáhara (EIGS) y del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (GSIM), señalando la persistencia de operaciones en las áreas de Liptako-Gourma y en corredores fronterizos hacia el golfo de Guinea11. Ambos grupos están presentes en Malí. La diplomacia y los canales oficiales describen la cooperación como apoyo antiterrorista solicitado por las autoridades locales, mientras en el terreno se combinan elementos de asesoría, suministro de material y la participación del nuevo Africa Corps, dependiente del Ministerio de Defensa12. Este cuerpo participa en tareas como la protección de convoyes y normalización del tránsito de combustible, al menos desde 2024-2025. La provisión de material militar y operaciones de adiestramiento contribuyen a reforzar la capacidad del Gobierno de Bamako para mantener el control sobre los núcleos de poder local y a redefinir su política exterior.
En los documentos oficiales y en las ruedas de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, ese apoyo se formula como respuesta a las peticiones de Bamako y alineado con las prioridades de los gobiernos locales. Como ejemplo operativo, en diciembre de 2025 las autoridades rusas informaron que las Fuerzas Armadas de Malí, con el apoyo del Africa Corps, realizaron operaciones antiterroristas para asegurar rutas y proteger convoyes. Esta es una acción que, en la narrativa oficial rusa, se presentó como coordinada con Bamako y dirigida a objetivos específicos de seguridad13.
Figura 1. Presencia militar rusa en África hacia el año 2021. Fuente: elaboración propia
Sin embargo, estas fuerzas no siempre tienen éxito en la lucha contra la insurgencia armada. Por ejemplo, un caso sonado fue la batalla de Tinzawatène, que tuvo lugar en el noreste de Malí a finales de julio de 2024. El Grupo Wagner comunicó durante aquellos días que sus soldados, junto a efectivos malienses, sufrieron bajas durante un enfrentamiento contra los rebeldes tuareg cerca de la frontera con Algeria. El Grupo Wagner (predecesor del Africa Corps) estuvo liderado por Yevgueni Prigozhin antes de su disolución, y apareció por primera vez asistiendo a gobiernos locales en 2017 en Mozambique y Sudán, después en la RCA en 2018, en Libia en 2019 y posteriormente en Malí. A pesar de que las autoridades malienses afirmaron que los efectivos rusos son formadores y no mercenarios, Wagner confirmó en aquel momento que sus combatientes estuvieron involucrados en la batalla14.
Teniendo esto en cuenta, es necesario distinguir cuatro dimensiones cuando se evalúa la naturaleza y el impacto de esa cooperación: la legitimidad, que se define como mandato por invitación o el consentimiento popular; la capacidad operativa, que supone el alcance real de las unidades y del material suministrado; su efectividad, esto es, si las acciones reducen o desplazan la violencia insurgente; y por último, es importante tener en cuenta el coste político internacional del socio local y de Rusia.
En un plano más amplio, Moscú interpreta el Sahel, el Cuerno de África y el eje Libia-Siria como un laboratorio estratégico para poner a prueba las misiones de cooperación militar «por invitación», la diplomacia económica y los programas culturales. Esa formulación, repetida en análisis de think tanks y comunicados oficiales rusos, exige sin embargo una evaluación crítica. La «flexibilidad» operacional puede generar dependencia política del cliente y riesgos de escalada o desgaste15.
Dimensión económica y extractiva
En términos operativos, la presencia rusa en África se ha articulado inicialmente mediante actores híbridos, entre los que destacan empresas militares privadas (PMC) como Wagner. Esta modalidad permitió a Moscú mantener grados variados de negación plausible y limitar la exposición política ante controversias internacionales. La experiencia siria (intervención a partir de 2015) sirvió para ensayar la coordinación entre fuerzas regulares, contratistas privados y aliados locales. Las bases rusas en el territorio sirio son el puente que conecta Rusia con África, un nodo logístico de vital importancia para el Kremlin. Es por esto por lo que Moscú no tardó en negociar con los nuevos dirigentes sirios tras la caída de Bashar al-Assad en diciembre de 202416.
Libia fue uno de los primeros nodos en ese proceso de proyección. La política rusa combinó interlocuciones con actores estatales y no estatales, incluyendo contactos con el Ejército Nacional Libio de Jalifa Haftar y el uso del territorio libio como plataforma logístico-estratégica hacia el Sahel occidental17. Rusia aprovecha la posición geográfica de Libia y su papel como potencial nodo energético y militar en el Mediterráneo central para ampliar sus capacidades de influencia indirecta sobre Europa.
Moscú combinó contactos con múltiples actores, tanto con Haftar como con otras autoridades libias para conservar opciones de influencia y cerrar acuerdos comerciales y de armamento en distintos territorios del país. El pragmatismo ha permitido que el Kremlin cuente con corredores logísticos y oportunidades energéticas para la proyección hacia el Sahel. Por otro lado, gracias a esto, empresas rusas del sector energético reanudaron actividades en concesiones y proyectos de exploración en Libia. Gazprom, a través de filiales, y Tatneft aparecen mencionadas como participantes en pozos petrolíferos al sur de Bengasi y en la cuenca de Ghadames. Estas operaciones aumentaron el comercio bilateral tras los años de conflicto, pero la plena reapertura de inversiones en infraestructuras y energía permanece condicionada a la normalización de la seguridad y al cierre de contratos18.
En 2023 Rusia reabrió su embajada en Trípoli, y el nuevo representante diplomático reafirmó «estrechas relaciones tradicionales» y la voluntad de cooperar en educación, tecnología y comercio. Al mismo tiempo, la diplomacia rusa ha respaldado procesos políticos entre las distintas facciones y ha facilitado la participación del país en foros internacionales como parte de su lógica de normalización y reinserción comercial19.
La dimensión militar coexiste con una ambición extractivista, sobre todo en Níger y otras zonas ricas en uranio y minerales. Actores estatales y corporativos han articulado acuerdos de cooperación energética y minera. En estos casos, Rosatom es el actor central en la agenda nuclear, que busca no solo el suministro de materias primas, sino la integración en las cadenas de valor y el desarrollo de capacidades nucleares civiles20. No obstante, es importante destacar la brecha entre memorandos y ejecución real, ya que numerosos acuerdos no se traducen en grandes inversiones industriales o en explotación sostenida debido a limitaciones logísticas, financieras y de seguridad que las propias fuentes rusas reconocen. Por ello conviene distinguir entre la intención estratégica y la capacidad efectiva de ejecutar proyectos en entornos volátiles.
Figura 2. Despliegue de las fuerzas rusas en África y el Mediterráneo. Fuente: IEEE
La política militar rusa en África ha transitado por dos fases: la primera, el uso de actores híbridos y contratistas para proyectar poder y aprovechar el factor de la negación plausible; la segunda fase ha sido la recentralización, adoptada tras la crisis de 2023, catalizada por la insurrección de Wagner. Durante este período, las estructuras del grupo mercenario se integraron en otras estructuras dependientes del Ministerio de Defensa, convirtiéndose en el Africa Corps. Esta transición supone una adaptación para preservar la capacidad operativa y reducir los riesgos diplomáticos derivados del uso de las PMC, sin que ello implique un abandono de las misiones en curso. Esta transformación puede interpretarse como una apuesta reforzada por África, en la medida en que el Kremlin opta por asumir la responsabilidad política y militar de unas operaciones que ya no concibe como tácticas o coyunturales, sino como parte de una presencia duradera21.
El tránsito desde una proyección híbrida hacia una proyección estatalizada no elimina las contradicciones estructurales del modelo ruso. La reestatización reduce el margen de la negación plausible y amplía la responsabilidad política. Asimismo, plantea interrogantes sobre si la institucionalización incrementa o limita la flexibilidad táctica22. Estas cuestiones aparecen explícitamente debatidas en análisis y publicaciones rusas y deben incorporarse de manera central en cualquier evaluación sobre la sostenibilidad, los costes y los riesgos a medio y largo plazo de este modelo de proyección23.
Diplomacia y narrativa
En Burkina Faso y Níger, los golpes de Estado y la fricción con antiguos aliados abrieron espacios políticos en los que la oferta rusa de seguridad, formación y cooperación técnica resultó atractiva. La cooperación en materia de seguridad, el discurso antiimperialista y la oferta de apoyo frente a insurgencias yihadistas han convertido a ambos países en nodos relevantes del cinturón de influencia que Moscú aspira a consolidar en el Sahel24.
Las inversiones y proyectos en sectores clave como la energía, la minería, el transporte y las infraestructuras complementan el despliegue militar. Un caso paradigmático es la cooperación nuclear con Níger. En 2025, la empresa estatal Rosatom firmó un acuerdo con las autoridades nigerinas para explorar la cooperación en energía nuclear civil, una iniciativa que pretende articular no solo la extracción de uranio, sino también las cadenas de valor a través de la construcción de reactores, la formación y el desarrollo de la medicina nuclear. Moscú y sus socios locales acordaron impulsar proyectos en transporte, infraestructura vial, agricultura e industrias extractivas; estas intenciones requieren, sin embargo, documentación adicional sobre planes de financiación y de ejecución para evaluar su viabilidad real. Por ejemplo, la visita de abril de 2025 de una delegación rusa de sanidad liderada por la jefa del Servicio Federal de Vigilancia de la Protección de los Derechos del Consumidor y el Bienestar Humano (Rospotrebnadzor), Anna Popova, a Uagadugú se presenta como parte de un esfuerzo por fomentar capacidades sanitarias. Estas acciones, que combinan diplomacia y creación de capacidades, son coherentes con la narrativa rusa de «cooperación sin condicionamientos»25.
En el contexto de la cooperación nuclear en África, también es importante destacar las relaciones con Ghana. Recientemente, la cooperación entre ambos países se ha extendido a iniciativas de educación y formación, con seminarios virtuales en 2025 que reunieron a expertos rusos y ghaneses para abordar cuestiones de investigación, la transferencia de conocimientos y la capacitación de recursos humanos en ciencia y tecnología nuclear. Además, en 2022, ambas partes acordaron la creación de un grupo de trabajo conjunto para coordinar el intercambio de información y explorar tecnologías emergentes como los reactores modulares pequeños (SMR). En 2023, representantes de Rosatom y del Ministerio de Energía de Ghana se reunieron en el marco de la Africa Energy Week para profundizar en la cooperación. Aunque Ghana aún no ha iniciado la construcción de una central nuclear comercial, estas actividades reflejan una participación rusa sostenida26.
Este tipo de programas se centran en acuerdos de entendimiento y en programas de formación más que en la ejecución inmediata de grandes centrales. Esta estrategia permite a Moscú posicionarse en múltiples mercados africanos mientras mantiene la flexibilidad contractual y potenciales ventajas comerciales. Por ejemplo, Rosatom firmó un acuerdo con Argelia, en 2024, para avanzar en la cooperación en los usos pacíficos de la energía atómica y en el desarrollo de capacidades técnico-regulatorias27. Marruecos firmó acuerdos de cooperación para el uso pacífico de la energía nuclear en aplicaciones médicas28. En Ruanda y Burundi, Rosatom suscribió marcos de cooperación destinados a establecer bases legales, la formación de personal y programas de radioisótopos para la medicina y la agricultura29. Zambia y Uganda han registrado contactos con actores rusos para explorar posibilidades en seguridad radiológica, la capacitación y, en el caso de Uganda, la evaluación de emplazamientos y opciones de suministro que sitúan a Rosatom entre los proveedores considerados30. En Etiopía, la cooperación ha evolucionado desde acuerdos marco hacia documentos de planificación y hojas de ruta que contemplan la evaluación de viabilidad y formación de personal, lo que indica una intención de avanzar hacia proyectos nucleares si se materializan las condiciones técnicas y financieras.
En cuanto a la profundización de los lazos diplomáticos, a finales de mayo de 2025, el presidente Vladímir Putin recibió en Moscú al presidente de Burkina Faso, Ibrahim Traoré, en un encuentro en el que se abordaron asuntos de seguridad y de comercio bilateral. Según los comunicados oficiales, Moscú se comprometió a apoyar los esfuerzos de restauración del orden y a facilitar mecanismos de cooperación económica. Paralelamente, la diplomacia rusa utiliza foros internacionales para denunciar la «doble moral» occidental en el Sahel y enmarcar su apoyo como la defensa de la soberanía africana. El representante permanente ruso ante la ONU, Vasili Nebenzia, ha criticado la presencia militar de antiguas potencias coloniales, especialmente Francia, y ha saludado iniciativas regionales como la creación de la Alianza del Sahel, presentadas por Moscú como expresiones de autonomía y cooperación subregional31.
Fuera del triángulo central del Sahel, la presencia rusa es menos visible, pero no deja de ser relevante. Este es el caso de Mauritania. La cooperación militar se formalizó en 2021 y según los registros oficiales y las fuentes especializadas en energía, Moscú tiene especial interés en yacimientos como Bir Allah y la posibilidad de participación de empresas rusas en proyectos gasísticos32.
La cooperación bilateral con Mauritania incluye ámbitos como pesca y acuicultura, apoyo empresarial y programas educativos33. Rusia mantiene centros de apoyo empresarial y programas de becas. Ambos países se han comprometido a reforzar las oportunidades para la cooperación en pesca marítima y coordinación en foros árabes y africanos. Todas estas iniciativas quedaron pactadas y selladas mediante un acuerdo bilateral firmado en diciembre de 2025, que facilita la exención de visados para titulares de pasaportes diplomáticos y de servicio34.
Por otra parte, el caso de la República Centroafricana (RCA) es esencial para comprender el modelo ruso en África. Allí, Rusia logró una de sus intervenciones más profundas y visibles, asumiendo un papel central en la seguridad del país, la reestructuración de las fuerzas armadas y la protección de infraestructuras estratégicas. El caso centroafricano demuestra cómo Moscú combina asistencia militar, control de recursos naturales y construcción de influencia política a largo plazo, ofreciendo un precedente que ha inspirado a otros gobiernos africanos35. Según un análisis del Ministerio de Defensa de España publicado en febrero de 2023, en la RCA, Wagner influyó en la opinión pública mediante la creación de distintos medios de comunicación, estabilizó la política interna al marginar a la oposición y a los políticos más cercanos a Francia. Esta es una estrategia que Rusia ha usado durante años y comienza con diplomáticos aproximándose a líderes africanos, tras lo cual se firman acuerdos de seguridad y finalmente con compañías de explotación de recursos36.
Figura 3. Imagen de la II Conferencia Ministerial del Foro de Asociación Rusia-África. Fuente: Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia.
Sudán ocupa un lugar singular en la narrativa y la práctica estratégica rusa, como un espacio clave situado fuera del Sahel, pero directamente conectado con él. En 2020, el Kremlin planteó la creación de un punto logístico y naval en el mar Rojo y, el 16 de noviembre de ese mismo año, el presidente Putin autorizó la firma de un acuerdo con Jartum para establecer una instalación logística en Puerto Sudán37. No obstante, la guerra civil iniciada a finales de 2023 ha retrasado este proyecto. La importancia de Sudán para Moscú radica en el control de las rutas marítimas estratégicas del mar Rojo y en el acceso al comercio global.
En este contexto, Rusia ha buscado oportunidades en el ámbito extractivo y la posibilidad de reforzar su proyección naval en una región clave entre África, Oriente Medio y el Indopacífico38. Moscú ha mantenido contactos y apoyos con los principales actores del conflicto sudanés, tanto con el Gobierno y las Fuerzas Armadas de Sudán como con las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), una aproximación pragmática orientada a preservar su capacidad de influencia, con independencia del desenlace del conflicto. Pese al deterioro de la situación, fuentes rusas informan de una intensificación de la cooperación energética en 2024, que incluye invitaciones oficiales a empresas rusas para explorar nuevos yacimientos petroleros en zonas consideradas seguras y planes de prospección de gas frente a las costas del mar Rojo39.
Proyección hacia el Atlántico
La estrategia rusa no solo busca expandir y reforzar las relaciones con los países del Sahel, sino que también persigue consolidar puntos de influencia a lo largo de la costa atlántica de África. El objetivo es aprovechar la creciente cooperación con países del golfo de Guinea. Por ejemplo, acuerdos recientes de acceso naval y cooperación militar con Togo han concedido a Rusia un «acceso privilegiado» a puertos de la región, lo que no solo amplía su red logística sino que le permitiría operar en corredores marítimos que conectan África con Europa.
Este tipo de cooperación y los vínculos crecientes con países como Guinea o Mauritania se han interpretado como parte de un intento más amplio de posicionar a Rusia en el Atlántico occidental, aunque aún sin bases navales formales en la región. Esto se percibe como un elemento de la estrategia de Moscú para proyectar poder marítimo y ganar influencia, conectando el cinturón Sahel-África occidental con rutas marítimas clave y potenciando su presencia fuera del dominio europeo tradicional.
Estas acciones se enmarcan en la visión rusa de ampliar su alcance más allá del Mediterráneo y del mar Rojo, explotando estos espacios en los que la presencia occidental ha declinado. Todo apunta a que el Kremlin busca establecer una proyección más amplia que incluya el arco atlántico africano dentro de su cálculo geoestratégico40.
Conclusiones
En conjunto, la presencia rusa en el Sahel responde a una lógica de competencia sistémica con Occidente. Moscú no pretende sustituir a las potencias occidentales en términos de desarrollo o gobernanza, sino posicionarse como garante de la seguridad y como socio político alternativo. Esta estrategia ha tenido un impacto significativo en los equilibrios regionales, al debilitar los marcos tradicionales de cooperación internacional y redefinir las dinámicas de seguridad en África. El análisis de la penetración rusa en el Sahel permite comprender la política africana de Rusia, su visión más amplia del orden internacional y el uso instrumental del poder militar en escenarios periféricos.
Desde el punto de vista ruso, su presencia en la región obedece a una combinación de factores geopolíticos, económicos y de seguridad. El Kremlin presenta sus acciones como una respuesta a las peticiones de los propios países que solicitan su ayuda para combatir el terrorismo. En discursos oficiales, Moscú insiste en que ofrece asistencia sin presiones ni condicionamientos políticos, lo cual contrasta con la actuación de los países occidentales, especialmente la de la antigua potencia colonial de la región: Francia. Los gobiernos del Sahel valoran colaborar con el Kremlin precisamente por no tener que enfrentar elementos de presión, chantaje o intimidación.
En lo económico, Moscú persigue garantizar el acceso a recursos estratégicos y a mercados relativamente seguros. El Sahel alberga depósitos minerales y oportunidades en el oro, los hidrocarburos y la agricultura, y las iniciativas rusas en la región, en particular los mencionados acuerdos preliminares con Rosatom, ilustran el interés por integrar cadenas de valor relacionadas con el uranio y la energía nuclear. No obstante, conviene distinguir entre memorandos de intención y proyectos con financiación y un calendario de ejecución, lo cual condiciona la valoración de la capacidad rusa para transformar la intención en una presencia productiva sostenida.
Desde la lógica declarada por el propio Kremlin y según el análisis de los investigadores y de los centros de estudio que siguen de cerca la política exterior rusa, Moscú prioriza la construcción de relaciones que generen ventajas geoestratégicas, económicas y políticas sostenibles en África. Esta priorización se articula en varias dimensiones interconectadas. Por un lado, la expansión de vínculos con gobiernos receptivos a la cooperación con Rusia busca asegurar el acceso a infraestructuras críticas, bases y puertos marítimos que potencien la proyección del poder ruso más allá del continente europeo.
En el ámbito económico, este enfoque se vincula con la potenciación de contratos de reconstrucción, la explotación de recursos naturales estratégicos y proyectos de energía nuclear. Analistas rusos y foros de discusión académica resaltan que la presencia de empresas estatales como Rosatom y la firma de memorandos de cooperación para proyectos nucleares muestran una intención explícita de integrar a Rusia en sectores que van más allá de la simple venta de armas o de la provisión de servicios de seguridad. En este sentido, el Ministerio de Defensa de España explica, a través de un análisis publicado en febrero de 2023, que Rusia desarrolla proyectos de energía nuclear en Argelia, Túnez, Egipto, Sudán, Uganda, Ruanda, Angola, Zambia y Sudáfrica. En cuanto a los proyectos de infraestructuras y a los de industria minera, estos se concentran en Uganda, Guinea, Zimbabue y Sudáfrica, y no tanto en el Sahel.
Políticamente, Moscú articula alianzas diplomáticas en las que presenta su actuación como la defensa de la soberanía y de un orden multipolar frente a lo que el discurso oficial ruso denomina los intereses hegemónicos occidentales. Este componente no es accesorio, ya que la narrativa de cooperación «sin condicionamientos políticos» forma parte de la diplomacia pública rusa para justificar su implicación en regiones donde Occidente retrocede y en las que los gobiernos reciben con agrado una alternativa percibida como menos intrusiva.
La reconfiguración de Wagner en Africa Corps ha sido descrita por analistas especializados como un paso hacia una versión más institucionalizada y visible de la presencia rusa, en la que el Estado asume directamente roles que antes se externalizaban, lo que aumenta la transparencia (en términos de responsabilidad), pero también la exposición política del Kremlin. Este modelo tiene ventajas para Moscú, como un mayor control directo, la coordinación con diplomacia y el comercio estatal, y la posibilidad de negociar contratos y acuerdos con gobiernos locales en condiciones más favorables, pero también implica desafíos y riesgos. Al integrar estas fuerzas en una estructura estatal reconocida, Rusia pierde la negación plausible que caracterizaba el uso de contratistas privados, lo que incrementa la responsabilidad política y legal del propio Estado en caso de que surjan acusaciones de violaciones de derechos, incumplimientos de contratos o consecuencias imprevistas de su presencia.
Además, estudios de posicionamiento estratégico señalan que la sostenibilidad del modelo dependerá de la capacidad de Moscú para equilibrar sus intereses geoeconómicos con la legitimidad local y la estabilidad regional. La literatura que analiza la expansión de Africa Corps interpreta que, si bien el control estatal puede reducir los riesgos reputacionales asociados a actores privados, también puede aumentar la presión sobre Rusia en escenarios en los que sus acciones militares o económicas choquen con normas internacionales o con los intereses de otros actores externos.
En conjunto, este enfoque híbrido de relaciones multilaterales, proyección militar estatalizada, alianzas diplomáticas reafirmadas por discursos de soberanía y cooperación amplia, que incluye desde la defensa hasta la energía y la educación, señala una apuesta a largo plazo por el continente africano, en la que el Estado ruso intenta transformar oportunidades a corto plazo en una presencia estratégica sostenible, en un contexto de competencia geopolítica global cada vez más marcado.
Andriy Ilkiv Zlesnyi
Periodista
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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La proyección estratégica de Rusia en el Sahel y su entorno regional (0,5 MB)
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Russia’s strategic projection in the Sahel and its regional environment (0,5 MB)
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