
25 jun 2026
IEEE. Lord Palmerston: dos siglos después, los intereses nacionales vuelven a mandar
José Ignacio Álvarez Chaigneau. Capitán de navío IM (R), PhD(c) Geografía e Historia. Profesor de la Academia de Guerra Naval, Chile
Introducción
El sistema internacional contemporáneo atraviesa una fase de alta densidad conflictiva que ha reabierto debates clásicos de la teoría de las relaciones internacionales.
La guerra ruso-ucraniana, la persistencia de la crisis de Gaza, la centralidad estratégica de Taiwán, la rivalidad sistémica entre Estados Unidos y China, y la creciente inestabilidad en torno al estrecho de Ormuz —agravada por la confrontación entre Estados Unidos e Israel contra Irán y por el tránsito hacia medidas de coerción marítima directa— han erosionado la confianza en la premisa de que la interdependencia económica y la institucionalidad multilateral serían suficientes, por sí solas, para atenuar la competencia entre los Estados.
En este contexto, la actual política exterior de Trump ha sido calificada recurrentemente como unilateralista, transaccional, soberanista, antiglobalista y profundamente disruptiva del orden liberal internacional.
Con todo, esa lectura, frecuentemente permeada por sesgos políticos y, aunque parcialmente plausible, resulta analíticamente insuficiente y conceptualmente incompleta.
Desde una perspectiva teórica, resulta más pertinente indagar si dicha orientación de la política exterior se inscribe en una racionalidad de interés nacional análoga a la formulada por lord Palmerston1, quien declaró ante la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña no tenía «aliados eternos ni enemigos perpetuos, sino intereses eternos y perpetuos», cuyo resguardo constituía el deber primordial del Estado (Palmerston, 1848).
Las palabras del parlamentario, pronunciadas el 1 de marzo de 1848, no fueron emitidas en un contexto menor, sino en medio de un debate parlamentario de alta intensidad sobre la política exterior británica, en un momento en que la opinión pública y la prensa seguían con atención estas controversias.
Por ello, más que una fórmula retrospectivamente célebre, la expresión condensó una posición diplomática que ya entonces se hallaba inserta en una discusión política de amplia resonancia.
La hipótesis de este artículo sostiene que la política exterior de Trump puede interpretarse como selectivamente palmerstoniana2: privilegia intereses nacionales considerados vitales, concibe las alianzas como instrumentos condicionales y articula seguridad, comercio, tecnología e industria dentro de una misma lógica estratégica.
Sin embargo, esta analogía debe manejarse con cautela. En este punto, la alusión a Palmerston cumple una función analítica antes que histórica: no pretende establecer una equivalencia estricta entre ambos contextos, sino destacar una afinidad de racionalidad estratégica, en la que las alianzas aparecen subordinadas a la preservación del interés nacional.
Lord Palmerston.
Imagen: https://www.museumofpm.org/prime-ministers/the-viscount-palmerston/
En consecuencia, el realismo ofrece una clave interpretativa poderosa, aunque no exhaustiva; el liberalismo institucional conserva capacidad explicativa allí donde intervienen la interdependencia y el papel de las instituciones, mientras que el constructivismo resulta útil para comprender la incidencia de la legitimidad, las normas y las representaciones en la conducta internacional (Keohane & Nye, 2011; Wendt, 1992)3.
Palmerston como clave interpretativa del presente
La utilidad analítica de Palmerston no radica en convertirlo en un profeta del siglo XXI, sino en emplearlo como una referencia conceptual para pensar una diplomacia centrada en la primacía del interés nacional.
Su formulación de 1848 condensó una visión de política exterior según la cual las alianzas no son compromisos ontológicos ni vínculos permanentes de lealtad, sino arreglos contingentes subordinados a la conveniencia estratégica (Hansard, 1848)4.
Aplicada al presente, esta clave interpretativa resulta sugerente porque la Administración Trump no abolió alianzas ni instituciones, sino que ha procurado reordenarlas conforme a criterios de utilidad, carga compartida, ventaja económica y prioridad geoestratégica. En ese sentido, la noción de política exterior palmerstoniana resulta más precisa que la acusación genérica de aislacionismo: Trump no se retiró del mundo, sino que ha intentado renegociar los términos de la presencia estadounidense en él.
Con todo, debe evitarse la caricatura. Palmerston operó en un sistema internacional radicalmente distinto del actual, carente del nivel de institucionalización, interdependencia económica, densidad normativa y disuasión nuclear que caracterizan al siglo XXI. Por eso, hablar de una racionalidad palmerstoniana solo es válido en términos analógicos: sirve para explicar la centralidad del interés nacional y la relativización de las alianzas, pero no reemplaza el análisis empírico ni la mediación teórica.
Tres lentes explicativas como marco teórico
Hans J. Morgenthau (1904-1980)5, desde el realismo clásico, interpretó la política internacional como una lucha por el poder, vinculada a la condición humana y a la prudencia del estadista; Kenneth N. Waltz (1924-2013)6, en cambio, desde el neorrealismo, trasladó la explicación hacia la estructura anárquica del sistema internacional, especialmente hacia la anarquía y la distribución de capacidades entre los Estados.
En ambas formulaciones, sin embargo, el interés nacional, la seguridad y la autoayuda aparecen como categorías fundamentales para comprender la conducta estatal (Morgenthau, 1948; Waltz, 1979).
Este marco permite comprender por qué las grandes potencias condicionan apoyos, redistribuyen cargas entre aliados, emplean coerción diplomática, económica o militar y subordinan principios normativos a cálculos estratégicos. Desde esta perspectiva, el orden internacional no es un fin moral autónomo, sino una configuración siempre dependiente de la distribución del poder (Waltz, 1979).
El liberalismo institucional introduce una corrección decisiva. Robert O. Keohane y Joseph S. Nye Jr. (2011)7 no niegan la persistencia del poder ni del conflicto; sostienen, más bien, que, en un mundo interdependiente, la competencia entre los Estados coexiste con instituciones, costos compartidos y formas de influencia que no se reducen al uso de la fuerza.
En ese marco, la densificación de los vínculos económicos, tecnológicos e institucionales modifica los mecanismos mediante los cuales se manifiesta la rivalidad internacional.
Incluso una gran potencia de orientación nacionalista debe desenvolverse dentro de cadenas de suministro, regímenes regulatorios y marcos de coordinación que limitan el unilateralismo puro.
La interdependencia no garantiza una armonía automática, pero tampoco deja de ser una variable central para explicar la política internacional.
Desde el constructivismo, Alexander Wendt (1992)8 sostuvo que la anarquía no impone por sí sola una lógica invariable de autoayuda, puesto que los intereses, las identidades y las percepciones de los Estados se construyen socialmente a través de la interacción.
En consecuencia, la política internacional no puede explicarse únicamente por la distribución material del poder, sino también por las ideas, normas y significados que median la conducta estatal.
Desde esta óptica, el lenguaje de America First, la desconfianza hacia los compromisos permanentes y la redefinición de los aliados bajo criterios utilitarios generan efectos reales sobre la confianza, la legitimidad y la cohesión política.
En conjunto, estos tres enfoques ofrecen un marco analítico complementario para interpretar la política exterior de Trump.
El realismo permite captar la primacía del interés nacional, el peso de la competencia entre potencias y el carácter instrumental de las alianzas; el liberalismo institucional ayuda a identificar los límites que la interdependencia y las instituciones imponen incluso a estrategias exteriormente nacionalistas; y el constructivismo permite advertir cómo los discursos, las identidades y los marcos de legitimidad inciden en la conducta internacional.
Desde esta base, resulta posible examinar con mayor precisión la relación entre la Administración Trump, el multilateralismo y las instituciones internacionales.
Trump: interés nacional, geoeconomía y alianzas condicionales
La visión estratégica de la Administración Trump quedó codificada con especial claridad en la National Security Strategy de 2025, en continuidad con la America First Policy Directive to the Secretary of State y con la America First Trade Policy emitidas en enero de ese mismo año.
En este conjunto documental se afirma que la política exterior de Estados Unidos debe concentrarse en la defensa de intereses nacionales fundamentales, abandonando pretensiones universalistas y privilegiando soberanía, seguridad, prosperidad, primacía tecnológica y libertad de acción estratégica bajo la lógica de America First (The White House, 2025a, 2025b, 2025c)9.
En su dimensión hemisférica, la National Security Strategy de 2025 incorpora además un «Trump Corollary» a la Doctrina Monroe, con lo que reafirma al hemisferio occidental como espacio prioritario de resguardo estratégico frente a la penetración económica, tecnológica y política de potencias rivales, en particular China.
De este modo, la estrategia articula una visión en la que seguridad, comercio, tecnología, geografía estratégica y alianzas quedan subordinados a una lógica jerarquizada e instrumental.
Esta orientación no permaneció en el plano doctrinario. La Casa Blanca promovió las America First Priorities, impulsó la America First Investment Policy, justificó aranceles recíprocos y medidas comerciales extraordinarias en nombre de la seguridad nacional y avanzó en la securitización de semiconductores, minerales críticos y cadenas industriales estratégicas.
En el mismo sentido, la America First Arms Transfer Strategy subordinó las transferencias de armas, la base industrial de defensa y parte de la relación con aliados y socios a criterios de utilidad estratégica y fortalecimiento de la capacidad productiva nacional (The White House, 2025a, 2025b, 2025c).
En este marco, la relación con la ONU y con otras instituciones multilaterales no aparece como una ruptura absoluta, sino como una vinculación selectiva, instrumental y jerarquizada.
Aunque la Carta asigna al Consejo de Seguridad la responsabilidad primordial en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, la Administración Trump tendió a valorar a las instituciones internacionales según su funcionalidad para los intereses estadounidenses, llegando incluso a revisar, retirar o restringir su apoyo a diversos organismos internacionales.
Más que un abandono íntegro del sistema multilateral, lo que se observa es una subordinación de su valor político e institucional a criterios estrictos de interés nacional.
La OTAN, Ucrania, Taiwán, Gaza y Ormuz como evidencia empírica
Los casos examinados permiten observar cómo esta racionalidad estratégica opera en planos distintos, pero convergentes.
En primer término, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Ucrania muestran el funcionamiento de alianzas condicionales; en segundo lugar, Taiwán revela la dimensión geoeconómica de la competencia; finalmente, Gaza y el estrecho de Ormuz introducen los límites prácticos del unilateralismo en un entorno de interdependencia intensa.
En la OTAN, la Administración Trump no procedió a una retirada formal, sino a una renegociación explícita del reparto de cargas.
La Cumbre de La Haya de 2025 culminó con un compromiso aliado para elevar el gasto en defensa y seguridad hasta el 5 % del PIB para 2035, lo que permite sostener que Trump no abandonó la Alianza atlántica, sino que procuró reconfigurarla desde una lógica de distribución de cargas y reciprocidad, impugnando un esquema que Washington consideraba desbalanceado en perjuicio propio.
En esa misma línea, Trump sostuvo reiteradamente que Estados Unidos no podía seguir asumiendo por sí solo el peso principal de la seguridad de la Alianza y advirtió que el compromiso aliado debía operar en ambos sentidos, no únicamente como una garantía unilateral estadounidense.
La crisis abierta a raíz de la guerra con Irán profundizó esa lógica: ante la negativa de varios socios europeos a contribuir a la reapertura del estrecho de Ormuz y, en algunos casos, a facilitar bases o espacio aéreo para operaciones estadounidenses, Trump y miembros de su Administración plantearon que Washington debía reexaminar el valor estratégico de la OTAN para los intereses de Estados Unidos.
Más que una ruptura consumada, ello revela una concepción de la Alianza como vínculo estrictamente condicional, subordinado a criterios de utilidad, reciprocidad y libertad de acción estratégica.
En este sentido, la conducta de la Administración Trump parece confirmar, en clave contemporánea, la lógica atribuida a lord Palmerston: ni los aliados ni los adversarios constituyen categorías permanentes, pues es el interés nacional —y no la estabilidad de los compromisos— el que termina ordenando la acción exterior del Estado (Reuters, 2025a; NATO, 2025)10.
El expediente ucraniano ofrece otro ejemplo más directo de alianza condicional. En marzo de 2025, Washington suspendió la ayuda militar y el intercambio de inteligencia con Ucrania y, pocos días después, tras las conversaciones celebradas en Yeda (Jeddah), ciudad saudí situada en la costa del mar Rojo, reanudó ambos apoyos en paralelo a una propuesta de alto el fuego y a nuevas negociaciones (Reuters, 2025b, 2025c).
Desde una lectura realista, ello evidencia el uso del respaldo estratégico como instrumento de presión y negociación; al mismo tiempo, muestra que la viabilidad de cualquier arreglo sigue dependiendo de aliados, socios de implementación y legitimidad política.
En el Indopacífico, Taiwán ocupa una posición doblemente central: por su valor geoestratégico y por su papel en la producción de semiconductores.
La National Security Strategy de 2025 subraya tanto la importancia de Taiwán como la relevancia del mar de China Meridional y del estrecho de Taiwán.
La política sobre semiconductores confirma, en este sentido, que la seguridad estadounidense se expresa también en términos de manufactura avanzada, nodos tecnológicos y resiliencia de cadenas de suministro (The White House, 2025; CSIS, 2024).
Las crisis de Gaza y del estrecho de Ormuz introducen, no obstante, un correctivo decisivo.
En Gaza, los reportes de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (United Nations Office for the Coordination of Humanitarian Affairs, OCHA)11 muestran que, incluso en medio de la lógica militar, el acceso humanitario, la protección de civiles y la legitimidad internacional continúan operando como variables estratégicas relevantes.
Comité Militar de la OTAN (MC) es la máxima autoridad militar de la Alianza y desempeña un papel fundamental en la definición de la política, la estrategia y las operaciones militares.
Imagen https://www.nato.int/en/about-us/organization/nato-structure/nato-military-committee
En Ormuz, la Agencia Internacional de la Energía (International Energy Agency, IEA)12 documentó que las hostilidades de inicios de 2026 alteraron gravemente los flujos energéticos globales y obligaron a adoptar medidas coordinadas de emergencia, poniendo de relieve hasta qué punto la coerción militar sobre un nodo crítico del sistema internacional puede producir efectos económicos y geopolíticos inmediatos.
Ambos casos revelan que la política de poder se despliega hoy en un entorno de interdependencia densa, exposición reputacional y costos transnacionales compartidos.
¿Fin del multilateralismo o subordinación estratégica?
Afirmar que el multilateralismo ha caído resulta excesivo.
Los casos examinados no muestran la desaparición de las instituciones, sino la pérdida de su centralidad normativa autónoma.
La OTAN no ha colapsado: fue renegociada. La IEA no dejó de operar: coordinó una respuesta de emergencia. OCHA siguió siendo un actor indispensable en Gaza.
La propia ONU conserva una responsabilidad jurídica primordial en materia de paz y seguridad, aunque su eficacia continúa constreñida por la estructura del Consejo de Seguridad y por la colisión de intereses entre las grandes potencias. En este sentido, el problema no radica en la inexistencia de las instituciones, sino en su creciente subordinación a la lógica estratégica de los Estados más poderosos.
Desde esta perspectiva, la política exterior de Trump no equivale a una demolición total del orden liberal, sino a su rejerarquización desde la soberanía, la reciprocidad, la ventaja relativa y la primacía estratégica.
El realismo explica con fuerza esta operación. Sin embargo, el liberalismo institucional sigue siendo indispensable para comprender que la interdependencia no ha desaparecido, sino que ha dejado de interpretarse como garantía espontánea de armonía.
El constructivismo, por su parte, conserva utilidad para entender cómo los discursos, las identidades y las percepciones alteran la cohesión aliada, la legitimidad de las acciones internacionales y la forma misma en que el orden es comprendido y disputado.
La mejor lectura del fenómeno, en consecuencia, no es monocausal, sino combinada: un realismo predominante, aunque condicionado por la persistencia de la interdependencia, de las instituciones y de la legitimidad como variables aún decisivas.
Conclusiones
La evidencia examinada permite sostener que la política exterior de Donald J. Trump puede interpretarse, en términos analíticos, como selectivamente palmerstoniana y, por tanto, menos como una ruptura inédita que como la actualización contemporánea de una racionalidad estratégica persistente en la historia de las relaciones internacionales.
En efecto, privilegia intereses nacionales definidos como vitales, somete las alianzas a criterios de utilidad y reciprocidad, articula seguridad, comercio, industria y tecnología dentro de una misma lógica estratégica y redefine el multilateralismo en términos eminentemente instrumentales. En este marco, la referencia a Palmerston resulta útil no como equivalencia histórica estricta, sino como categoría interpretativa para comprender una política exterior en la que los compromisos externos quedan subordinados al interés nacional (Hansard, 1848).
No obstante, esta analogía no agota la complejidad del fenómeno.
La persistencia de la interdependencia, la necesidad de legitimidad, el peso de las instituciones y los costos sistémicos de la guerra indican que la política internacional del siglo XXI no puede explicarse desde un realismo excluyente.
El caso Trump muestra, más bien, una combinación de afirmaciones soberanistas, instrumentalización del multilateralismo y permanencia de estructuras de cooperación que, aunque tensionadas, continúan siendo relevantes para la gestión de crisis y para la estabilidad del sistema internacional.
En consecuencia, la principal utilidad de Palmerston no reside en su valor como simple paralelo histórico, sino en su capacidad para iluminar la persistencia de una racionalidad estratégica que reaparece, bajo condiciones nuevas, en contextos de competencia entre grandes potencias.
En ese sentido, su vigencia no radica en anticipar mecánicamente el presente, sino en recordar que, cuando la presión sistémica se intensifica, los Estados vuelven a ordenar su acción exterior no en función de lealtades permanentes, sino de intereses que consideran esenciales para su seguridad, su posición y su supervivencia.
Dos siglos después, la lección permanece: cuando el orden vacila, las naciones regresan, una y otra vez, a la dura gramática del interés.
José Ignacio Álvarez Chaigneau
Capitán de navío IM (R), PhD(c) Geografía e Historia
Profesor de la Academia de Guerra Naval, Chile
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Lord Palmerston: dos siglos después, los intereses nacionales vuelven a mandar (0,2 MB)
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Lord Palmerston: Two Centuries Later, National Interest Reasserts Its Primacy (0,2 MB)
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