ESFAS. El despertar de Anatolia: el camino de Turquía hacia la autonomía estratégica

Decorativa

04 sept 2026

ESFAS. El despertar de Anatolia: el camino de Turquía hacia la autonomía estratégica

Carlos del Río Gómez. Comandante de Artillería, Cuerpo General del Ejército de Tierra

Introducción. El tablero geopolítico turco

Para comprender el lugar que ocupa Turquía actualmente en el tablero internacional actual, es imprescindible dejar a un lado la visión de su papel internacional en la segunda mitad del siglo XX. Desde su adhesión a la OTAN en febrero de 1952, la joven república fundada por Mustafa Kemal Atatürk operó durante 50 años como una potencia media cuya política exterior estaba subordinada casi por completo a los intereses de Occidente. Durante la Guerra Fría, su principal activo residía en su posición geografía, ya que facilitaba el uso de bases militares estratégicas, garantizaba el acceso al Mar Negro y al Cáucaso, controlaba los estrechos del Bósforo y los Dardanelos mediante la Convención de Montreux, y actuaba como escudo de contención frente a la Unión Soviética. Sin embargo, su capacidad para dictar la agenda política de Oriente Medio era prácticamente nula. Se trataba de un aliado geográficamente irremplazable, militarmente útil, pero estratégicamente pasivo.

Hoy, el panorama es radicalmente distinto. La Turquía contemporánea cuenta con casi tres mil kilómetros de fronteras terrestres compartidas con ocho países, actúa como el corredor energético más importante entre el mar Caspio y los mercados europeos, y alberga en su territorio a cerca de cuatro millones de refugiados sirios, lo que le otorga un control casi exclusivo sobre uno de los mayores desafíos humanitarios de nuestro tiempo. Este Estado ha pasado de ser el alumno aplicado de la Alianza Atlántica a convertirse en un actor regional proactivo, capaz de proyectar influencia y coerción en escenarios tan complejos como Siria, Libia o Iraq. Las fricciones diplomáticas que hoy mantiene con sus socios europeos y estadounidenses, combinadas con sus sorprendentes acercamientos a potencias rivales de Occidente como Rusia o Catar, no son producto de la improvisación o la simple rebeldía, sino el resultado de una estrategia calculada para aumentar su nivel de autonomía.

En este artículo se propone rastrear las causas y las etapas de esta profunda metamorfosis entre los años 2002 y 2023. Para ello, el análisis se apoya en los fundamentos teóricos del realismo neoclásico (Rose, 1998; Lobell et al., 2009), escuela de pensamiento de las Relaciones Internacionales que postula que la política exterior de una nación no está dictada de forma automática por las presiones del sistema internacional, sino que estas presiones globales son filtradas e interpretadas por las instituciones internas del Estado y por las percepciones de sus líderes. Aplicado en nuestro caso de estudio, el realismo neoclásico explica que, frente a las crisis de Oriente Medio, el cambio de mentalidad en los gobernantes turcos fue lo que impulsó a la nación a dejar de defenderse bajo el paraguas occidental y atreverse a reclamar una posición de mayor relevancia en el tablero geopolítico mundial.

Para dotar de rigor empírico a esta afirmación, el progreso de Turquía puede medirse a través de cinco indicadores clave que componen su autonomía estratégica. Estos indicadores son la independencia militar, la autosuficiencia tecnológica, la diversificación de sus alianzas defensivas, la autonomía diplomática y el control de sus recursos estratégicos. Mediante la ponderación de estas cinco dimensiones a lo largo de tres períodos históricos minuciosamente seleccionados, siguiendo los principios del Soft Cluster-Rectangle (SCR) method1, podremos observar cómo el Estado turco ha escalado hacia una libertad de movimiento estratégica inédita en su historia moderna.

2002. El punto de inflexión

El inicio del siglo XXI se encontró a una Turquía castigada por una severa crisis económica y un profundo desgaste institucional. La crisis financiera del año 2001 dinamitó el monopolio político del gobierno kemalista secular, lo que abrió las puertas a una victoria arrolladora del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en las elecciones generales de noviembre de 2002. El AKP, apoyado por una burguesía conservadora emergente y por una clase media que se sentía marginada por el viejo orden laico, llegó al poder con un discurso que combinaba los valores islámicos con la promesa de una modernidad democrática. A la cabeza de este movimiento se encontraba Recep Tayyip Erdoğan, exalcalde de Estambul, cuya visión nacionalista y pragmática terminaría por moldear el destino de la república (Yavuz, 2009).

Si analizamos las capacidades soberanas del país en ese año 2002, los datos muestran a un estado con las manos atadas. Desde 1990, todas las operaciones militares turcas relevantes, como por ejemplo las incursiones transfronterizas contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en el norte de Irak, habían requerido autorización o coordinación estadounidense, lo cual era un claro reflejo de su inexistente independencia militar. En el ámbito tecnológico, la subordinación era también casi total, con cerca de un 95% de sus sistemas de armas principales importados desde Estados Unidos y Alemania, limitándose la industria nacional únicamente al ensamblaje, lo cual implicaba que cualquier desavenencia diplomática podía ser castigada de inmediato mediante un embargo de repuestos occidentales.

Por otro lado, la diversificación de alianzas brillaba por su ausencia. Turquía carecía de unas relaciones defensivas sólidas fuera del seno de la OTAN. Además, su política exterior en la Asamblea General de las Naciones Unidas consistía en un alineamiento casi completo con el voto de la Alianza Atlántica. Finalmente, en lo relativo al control de recursos estratégicos, el gobierno acataba las leyes marítimas y evitaba cualquier tipo de instrumentalización política, sobre todo en relación con flujos migratorios o tránsito de energía. Evaluando todas estas dimensiones, el índice cuantitativo de autonomía de Turquía en el año 2002 era de un más que modesto 0,07 sobre 10. El país carecía totalmente de músculo para imponer sus propias condiciones en el panorama geopolítico mundial.

Periodo 2002-2010: el espejismo iraquí y la diplomacia expansiva

En 2003, la invasión estadounidense de Iraq abrió una nueva etapa de inestabilidad que afectó de lleno a Turquía. Desde la perspectiva geopolítica tradicional, la destrucción del Estado iraquí representaba una amenaza de primer nivel para Ankara. Iraq había funcionado históricamente como un escudo que impedía la expansión de Irán hacia el Levante, además de mantener bajo control las aspiraciones territoriales del nacionalismo kurdo. Por tanto, un Iraq fragmentado auguraba una inestabilidad fronteriza en Oriente Medio.

Estados Unidos contaba con el respaldo de Ankara para desplegar 62.000 efectivos norteamericanos en territorio turco y abrir un frente de asalto por el norte. Sin embargo, el rotundo rechazo de la sociedad empujó al parlamento turco a rechazar esta solicitud. Aquel día se rompió una lealtad ciega de cincuenta años. Aunque el gobierno de Erdoğan terminaría permitiendo algunas operaciones aéreas desde la base de Incirlik, el veto parlamentario supuso el primer indicador visible de que Turquía ya no acataría órdenes sin evaluar los costes y beneficios.

Lejos de aislarse frente a la guerra, la nueva cúpula turca decidió interpretar el caos iraquí no como una tragedia paralizante, sino como una ventana de oportunidad. Esta reinterpretación se nutrió de la teoría formulada por el académico y posterior ministro de Exteriores Ahmet Davutoğlu en su influyente obra del año 2001, Stratejik Derinlik (Profundidad Estratégica). Davutoğlu argumentaba que Turquía, debido a su herencia imperial otomana y a su inigualable posición pivote entre Europa, los Balcanes y Oriente Medio, tenía el deber moral y geopolítico de liderar la región. En lugar de actuar como un apéndice asustado de Occidente, Turquía debía proyectarse como un centro de poder autónomo.

Para alcanzar este fin, Ankara materializó la doctrina de “cero problemas con los vecinos”, emprendiendo una maniobra de seducción diplomática. Normalizó sus tensiones históricas con la Siria de Bashar al-Ásad, estableció canales de cooperación económica con Irán, expandió frenéticamente su tejido comercial y se ofreció como mediador imparcial en los contenciosos regionales, llegando a arbitrar conversaciones de paz entre Siria e Israel entre 2007 y 2008. El objetivo era presentarse ante el mundo árabe como una democracia islámica en auge y capaz de exportar estabilidad, y ante Occidente como un agente pacificador insustituible.

A pesar de estos éxitos, el avance hacia la independencia real fue modesto. A finales de 2010 el indicador ponderado se situaba en un 1,16 sobre 10. No obstante, el Estado turco seguía careciendo de una industria militar que sustentase sus ambiciones y sus fricciones con Washington seguían siendo esporádicas y cautelosas. Turquía había aprendido a sonreír y a tender la mano, pero aún no sabía cómo apretar el puño.

Periodo 2011-2016: la trampa del poder blando

La estrategia de “cero problemas con los vecinos” se desvaneció en el año 2011 con las oleadas de protestas de la Primavera Árabe. La doctrina de evitar conflictos perdió todo su sentido cuando las fronteras de los estados árabes comenzaron a desmoronarse. Una vez más, el gobierno de Erdoğan filtró estos eventos externos a través de su lente ideológica nacionalista. En Ankara se percibió la caída de los regímenes autocráticos árabes como el advenimiento de un nuevo orden regional, en el cual Turquía ejercería de «hermano mayor» y de ejemplo para los demás (Yavuz, 2016).

El gobierno turco apostó sus cartas al respaldo de formaciones políticas afines a los Hermanos Musulmanes a lo largo y ancho del arco mediterráneo, convencido de que la democracia islámica turca era un sistema perfectamente exportable. Pero Siria se convirtió en la tumba de estas esperanzas idealistas. La negativa de Al-Ásad a ceder el poder y la feroz internacionalización de la guerra civil convirtieron la frontera sur de Turquía en un polvorín incontrolable. De repente, las prioridades de Ankara tuvieron que mutar de intentar exportar su modelo político, a lidiar desesperadamente con amenazas a su propia seguridad territorial.

Pese al fracaso estratégico en Siria, Turquía logró consolidar e institucionalizar otras facetas de su recién descubierta autonomía. Durante el lustro comprendido entre 2011 y 2016, Ankara maximizó la explotación de su «poder blando» a través de tres vectores esenciales. En primer lugar, una activa diplomacia energética centrada en las reservas del Mediterráneo Oriental, intentando posicionar al país como distribuidor esencial del hidrocarburo asiático hacia Europa. En segundo lugar, una intensa proyección cultural a través de ayudas gubernamentales para la expansión de agencias estatales como TIKA y los institutos Yunus Emre. Y por último, Ankara comprendió la importancia de la batalla narrativa y lanzó cadenas internacionales como TRT World para proyectar su propia visión de los acontecimientos internacionales.

Sin embargo, el hito más trascendental y coercitivo de este periodo fue la instrumentalización de la demografía. Al verse obligada a acoger a una marea de refugiados sirios procedentes de la guerra civil, Turquía convirtió una crisis con una amplia repercusión global en su principal arma de negociación frente a Europa. Consciente del pánico que generaba en los gobiernos de la Unión Europea la posibilidad de una avalancha de refugiados hacia sus territorios, Erdoğan utilizó el control de sus fronteras como herramienta de presión. Esta estrategia de «diplomacia migratoria» se cristalizó en el acuerdo con Bruselas en el año 2016, mediante el cual la UE se comprometió a inyectar miles de millones de euros y a reactivar el estancado proceso de adhesión, a cambio de que Turquía sellara la ruta del mar Egeo (Kutlay y Öniş, 2021).

Para el año 2016, la métrica de autonomía turca había escalado hasta un 3,09 sobre 10. La República había aumentado su influencia, apoyándose en la economía, la diplomacia humanitaria y en el chantaje fronterizo. Por el contrario, sus capacidades militares nacionales no eran aún determinantes. Turquía podía ganar prestigio reteniendo refugiados, pero carecía de la musculatura necesaria para asegurar sus intereses frente al intervencionismo armado de potencias ajenas en el teatro sirio.

El agotamiento del poder blando preparó el terreno para un cambio de paradigma, pero fue un acontecimiento interno lo que terminó por redefinir por completo la naturaleza del estado turco.

Ningún análisis de la geopolítica turca reciente puede prescindir del trauma colectivo que supuso el intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016. Este levantamiento militar, orquestado supuestamente por seguidores leales al clérigo Fethullah Gülen (movimiento FETÖ), no solo fracasó a la hora de derrocar a Erdoğan, sino que le brindó la justificación política perfecta para acometer una purga sin precedentes en las estructuras del Estado.

Las consecuencias del golpe en el entramado institucional fueron inmediatas y demoledoras. El poder ejecutivo ordenó el arresto de decenas de miles de personas, expulsó a miles de jueces, despidió a más de cien mil funcionarios públicos y purgó severamente el alto mando de las fuerzas armadas. La culminación de este proceso autoritario fue el referéndum constitucional de abril de 2017, aprobado por un estrecho margen, que suprimió la figura del primer ministro y consagró un modelo presidencialista puro (BBC, 2017; Brookings Institution, 2022).

La centralización del poder en la figura exclusiva de Erdoğan fue un punto de inflexión indispensable para la política exterior. Hasta ese momento, las decisiones internacionales de Turquía debían tener el consentimiento de una burocracia profesional y una cadena de mando militar tradicionalmente laica y alineada con los estándares de la OTAN. Tras las purgas, ese equilibrio institucional se esfumó. Erdoğan pasó a dirigir la diplomacia de manera personalista, deshaciéndose de los contrapesos institucionales. Se apartó de las doctrinas cooperativistas de Davutoğlu y fraguó una férrea alianza con el Partido del Movimiento Nacionalista (MHP), de marcado carácter ultraconservador. De este modo, el país dejó atrás el idealismo integrador para adoptar una visión estrictamente realista, donde la seguridad nacional y el músculo militar pasarían a dictar su rumbo internacional.

Periodo 2016-2023: el imperio del poder duro

Liberado de las ataduras institucionales internas, el gobierno turco se enfrentó a un entorno internacional que se movía cada vez más en el umbral de la multipolaridad. El período comprendido entre 2016 y 2023 estuvo marcado por presiones estructurales acuciantes que exigían el uso directo de la fuerza.

La primera gran amenaza provenía de Siria. Tras la derrota territorial de la insurgencia del Estado Islámico (DAESH), el territorio del noreste sirio quedó bajo el control de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), cuyo núcleo operativo eran las milicias kurdas de las YPG. Habida cuenta de los lazos ideológicos que unían a las YPG y el PKK, considerado un grupo terrorista por Ankara, la existencia de un grupo kurdo con un alto grado de autonomía en su frontera representaba para Turquía un problema existencial inasumible.

La segunda presión radicaba en la irrupción militar de la Federación Rusa en Siria. El despliegue aéreo y naval ruso en las bases de Hmeimim y Tartus desde septiembre de 2015 rescató al régimen de Al-Ásad e impuso a Moscú como el árbitro indiscutible de la contienda. Si Turquía deseaba proteger sus intereses, ya no podía ampararse en el paraguas estadounidense, sino que debía actuar sobre el terreno y sentarse a pactar con Putin desde una posición de potencia fuerte.

La respuesta de Erdoğan no se hizo esperar. Haciendo gala de su recién adquirida capacidad ejecutiva, autorizó el inicio de grandes incursiones militares unilaterales en territorio sirio, sin la aprobación de la OTAN ni de las grandes potencias occidentales. Con operaciones transfronterizas de envergadura como «Escudo del Éufrates» en agosto de 2016, seguida de «Rama de Olivo» y, posteriormente, «Fuente de Paz», unidades turcas penetraron en Siria para acabar con el control territorial de las milicias kurdas. Por primera vez en su historia contemporánea, Ankara proyectaba en solitario su influencia para modificar el mapa geopolítico de Oriente Medio.

La audacia de estas proyecciones militares no habría prosperado si Turquía hubiese seguido atada a la importación de armamento occidental. La verdadera piedra angular de la autonomía conseguida en este tercer período reside en la acelerada y asombrosa nacionalización de la industria de defensa. Conscientes de que el poder coercitivo requería una autosuficiencia material, la Presidencia de las Industrias de Defensa (SSB) inyectó ingentes cantidades de capital para potenciar la base industrial y tecnológica de la defensa.

El salto tecnológico fue vertiginoso. Turquía pasó de ensamblar piezas fabricadas por otros países a diseñar, desarrollar y fabricar algunos de los sistemas militares asimétricos más demandados del planeta. El emblema indiscutible de este logro fue el desarrollo de vehículos aéreos no tripulados (UAV) con capacidad de ataque de precisión, como el Bayraktar TB2. Este sistema ha alterado las condiciones tácticas en conflictos como las guerras civiles de Siria y Libia, y de manera muy notoria, en los combates entre Azerbaiyán y Armenia en la región de Nagorno-Karabaj (Isachenko, 2024; SIPRI, 2023).

Pero el empuje armamentístico fue más allá de la aviación no tripulada. Otra clara seña de identidad de esta revolución fue el ambicioso programa naval MILGEM, responsable de la botadura de modernas corbetas y fragatas que sustentaron el esfuerzo disuasorio de la doctrina Patria Azul. Y también son dignos de mención el blindado ALTAY, y las plataformas aeroespaciales de quinta generación. Gracias a estos avances, el grado de equipamiento extranjero se redujo a unos valores entre el 30% y el 40%, eliminando la vulnerabilidad material que históricamente había frenado sus ambiciones geopolíticas.

A la tensión en la frontera sur se sumó la escalada en el mar. El descubrimiento de yacimientos de gas natural en el Mediterráneo Oriental desató un tenso conflicto de delimitación de zonas económicas exclusivas (ZEE) con Grecia y la República de Chipre. En contraposición a la interpretación helena del derecho marítimo internacional, las autoridades turcas materializaron la doctrina denominada Mavi Vatan o Patria Azul (CFR, 2025), la cual reivindica su soberanía innegociable sobre cientos de miles de kilómetros cuadrados de aguas marinas. Lejos de limitarse a la retórica, Ankara respaldó sus exigencias enviando buques de perforación sísmica escoltados por buques de guerra, desafiando directamente los intereses europeos y tensando la convivencia en el Mediterráneo hasta el límite del enfrentamiento armado.

A medida que Turquía ganaba en capacidades coercitivas, aumentaba también su apetito por la diversificación de sus alianzas estratégicas. En su nueva cosmovisión nacionalista, los vínculos occidentales no debían dictar sentencias fijas, sino servir como opciones intercambiables. El indicador más evidente de esta ruptura fue la firma del contrato para la adquisición del sistema de defensa antiaérea ruso S-400 (Kutlay y Öniş, 2021).

A pesar de las insistentes presiones y las advertencias formales del Departamento de Estado norteamericano, y de las sanciones impuestas por Estados Unidos —que supusieron la expulsión de Turquía del programa de cazas de quinta generación F- 35—, Erdoğan siguió adelante con la compra del escudo antimisil ruso. Esta decisión evidenció ante el mundo que la nación turca se creía con la entereza y firmeza política necesarias para desafiar los cimientos de la solidaridad con la Alianza Atlántica a cambio de proteger y asegurar sus propios cálculos defensivos.

Con el cierre del arco temporal de este estudio en el año 2023, la matriz que mide la autonomía de Turquía refleja un incremento formidable, ascendiendo la puntuación global a un sólido 5,14 sobre 10. Esta cifra es elocuente. Demuestra la transición exitosa de un vasallo geopolítico a una potencia regional robusta, capaz de discrepar sin rubor de los postulados de Washington y de la UE en las votaciones de Naciones Unidas, que no duda en usar el peso de los flujos migratorios para obtener fondos internacionales, y que ejecuta maniobras militares en su estricto beneficio propio.

Conclusiones

El profundo cambio experimentado por la diplomacia de Ankara en las dos últimas décadas demuestra hasta qué punto las potencias regionales son capaces de modificar el orden geopolítico contemporáneo.

La principal deducción de este análisis es que Turquía ya no ostenta un rol subsidiario en la arquitectura de seguridad de Oriente Medio, sino que se ha labrado con pulso firme una posición como actor esencial, proactivo y autónomo. Esta metamorfosis confirma el axioma metodológico inicial sustentado por el realismo neoclásico, donde las grandes eventos externos, como el colapso del orden regional tras la invasión de Iraq y el incendio geopolítico de la guerra en Siria, sólo generan transformaciones estructurales en política exterior cuando son filtradas por unos líderes políticos dispuestos a asumir riesgos. El liderazgo de Recep Tayyip Erdoğan, el marco doctrinal que guio al AKP y la creciente centralización de los poderes estatales permitieron al país dejar de ser un objeto para erigirse en un sujeto, en el terreno de la política internacional.

A lo largo de este estudio, el rastreo empírico de las decisiones estatales ha demostrado la existencia de tres fases de crecimiento de la autonomía. Durante el primer tramo, Ankara empleó, bajo la doctrina de “cero problemas con los vecinos” las herramientas de una diplomacia hiperactiva y la expansión de mercados para forjar alianzas regionales, rompiendo con su política aislacionista previa. En la segunda fase, ante el caos sembrado por la Primavera Árabe, Turquía comprendió que podía negociar estratégicamente con su geografía y con la tragedia siria, dando origen a una férrea diplomacia migratoria capaz de condicionar las políticas de todo el bloque europeo. Finalmente, en la tercera etapa, catalizada por el fracaso del golpe de Estado de 2016 y por la hostilidad de la situación en Oriente Medio, la República abandonó la retórica pacífica y recurrió a la proyección frontal de su fuerza militar. La drástica modernización de la industria de la defensa proporcionó la musculatura necesaria para defender mediante intervenciones armadas unilaterales la integridad de la denominada «Patria Azul» y los intereses en Siria.

Los cálculos y las matrices cuantitativas que vertebran esta investigación arrojan una confirmación matemática indiscutible. El índice de autonomía estratégica turca se catapultó desde un modesto 0,07 sobre 10 en 2002 hasta alcanzar un 5,14 sobre 10 al término de 2023. Todos los parámetros analizados, desde el control de recursos críticos hasta la diversificación desafiante de las alianzas, pasando por una menor dependencia militar occidental, experimentaron un ascenso sostenido e indiscutible.

No obstante, sería un grave error intelectual confundir este grado de autonomía con una ruptura irremediable de los bloques preexistentes. La autonomía que ha “cocinado” Turquía debe adjetivarse como «negociadora» y «relativa». Ankara sigue incardinada en el seno de la OTAN y mantiene con Europa y con Estados Unidos profundas dependencias financieras y tecnológicas de alto nivel que aún le son indispensables. Su objetivo principal nunca ha consistido en dinamitar las relaciones con Occidente, sino en encarecer el coste de su cooperación. Turquía exige un reconocimiento entre iguales.

En definitiva, la historia de las últimas dos décadas de Turquía constituye una parábola soberana. Demuestra que en un mundo donde el viejo orden unipolar se difumina inexorablemente, una potencia con ambición, visión estratégica y fuerza militar propia no tiene por qué elegir entre arrodillarse ante sus aliados o aislarse. Puede, como ha hecho la nación turca, optar por el equilibrio inestable, la fricción constante y la reivindicación de sus intereses irrenunciables.

Bibliografía

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  • Yavuz, M.H., 2016. Nostalgia for the Empire: The Politics of Neo-Ottomanism. Oxford: Oxford University Press.
  • Zakeri, S., Konstantas, D., Chatterjee, P. y Zavadskas, E.K., 2023. Soft Cluster- Rectangle Method for Multi-Criteria Decision Making. European Journal of Operational Research.

Carlos del Río Gómez
Comandante de Artillería, Cuerpo General del Ejército de Tierra
España

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1]Modelo reciente de toma de decisiones multicriterio creado por Shervin Zakeri, Dimitri Konstantas, Prasenjit Chatterjee y Edmundas K. Zavadskas (2023). Este método permite evitar sesgos subjetivos mediante la agrupación de los criterios en clústeres matemáticamente homogéneos, en función de su nivel de importancia para el objetivo de la investigación.
    • ESFAS. El despertar de Anatolia: el camino de Turquía hacia la autonomía estratégica (0,2 MB)