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- 21 septiembre 2026
- Alumni AD TIC
Lo que estaba dormido

Resumen ejecutivo
Hay formaciones que aportan conocimientos y otras que, además, consiguen cambiar la forma en que una persona contempla su propia trayectoria. Para mí, el Curso de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones para la Alta Dirección del CESTIC perteneció a esta segunda categoría. Llegué al curso después de décadas de actividad profesional vinculada a la tecnología, la industria y el ámbito marítimo. Sin embargo, aquellas semanas provocaron algo que no esperaba: recuperé la curiosidad de mis primeros años frente a un ordenador, las ganas de aprender por el simple placer de comprender y, sobre todo, la libertad intelectual para volver a crear. Desde entonces he comenzado a desarrollar iniciativas relacionadas con inteligencia artificial, ciberseguridad, seguridad, tecnología marítima y proyectos de utilidad social. Este texto no pretende describirlas una por una. Pretende algo más sencillo y más personal: dar las gracias al CESTIC por haber contribuido a despertar algo que siempre estuvo ahí.
Introducción
No siempre somos conscientes de los momentos que acabarán dividiendo nuestra vida en un antes y un después. A veces llegan discretamente. Una conversación. Una persona. Un libro. Un viaje. O un curso.
Cuando fui admitido en el Curso de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones para la Alta Dirección del CESTIC esperaba aprender. Esperaba escuchar a buenos profesionales, actualizar conocimientos y conocer otras perspectivas sobre inteligencia artificial, ciberseguridad, transformación digital, liderazgo y tecnología.
Todo eso ocurrió. Lo que no esperaba era encontrarme de nuevo conmigo mismo.
Había pasado gran parte de mi vida profesional trabajando alrededor de la tecnología. Durante décadas tuve la oportunidad de conocer empresas, barcos, organismos, universidades, administraciones y profesionales de numerosos países. Trabajé representando durante muchos años a una multinacional noruega y aprendí enormemente de aquella experiencia.
Y, sin embargo, con el paso del tiempo uno puede acostumbrarse sin darse cuenta a trabajar dentro de estructuras, procedimientos, responsabilidades y fronteras previamente definidas. No se deja de pensar. Pero quizá se empieza a pensar únicamente dentro del espacio disponible.
El CESTIC rompió ese espacio.
Volver al principio
Cuando intento comprender qué ocurrió durante aquellas semanas, inevitablemente termino mirando hacia atrás. Mucho atrás. Hacia aquel adolescente fascinado por los primeros ordenadores, por descubrir qué había detrás de una pantalla y por comprobar que escribiendo unas instrucciones era posible hacer que una máquina realizara algo que unos minutos antes no existía.
Recuerdo aquella sensación. No era solamente informática. Era creación. Era la posibilidad de imaginar algo y construirlo.
Muchos años después, sentado nuevamente en un aula, escuchando hablar de inteligencia artificial, ciberseguridad, transformación digital y de los desafíos tecnológicos que afrontan nuestras organizaciones, reapareció aquella sensación. El conocimiento nuevo se encontró con décadas de experiencia. Y ocurrió algo extraordinariamente sencillo: volví a tener ganas de construir.
No porque alguien me dijera qué debía construir. Precisamente por lo contrario. Porque descubrí de nuevo que podía hacerme preguntas. ¿Y si esto pudiera hacerse de otra manera?
¿Por qué seguimos resolviendo así este problema? ¿Podría esta tecnología utilizarse para ayudar a alguien? ¿Podemos hacerlo más sencillo? ¿Podemos hacerlo nosotros?
Esa última pregunta quizá sea la más importante.
Tecnología con propósito
Desde entonces he comenzado a trabajar en ideas y proyectos muy diferentes. Algunos relacionados con el mar y la seguridad. Otros con sensores, inteligencia artificial, sistemas autónomos o digitalización. Otros nacieron alrededor de problemas cotidianos que probablemente nunca habrían aparecido en una hoja de ruta corporativa.
Y alguno tiene una motivación todavía más sencilla: intentar que la tecnología proteja a personas que quizá nunca sepan quién la desarrolló.
TeLaCuelan, por ejemplo, nació con una aspiración social: ayudar a prevenir fraudes y estafas mediante divulgación, tecnología y formación. En otros proyectos exploro cómo aplicar sensores, sistemas inteligentes y tecnologías digitales al entorno litoral, a la seguridad o a nuevos conceptos de servicios.
No sé cuáles llegarán más lejos. La innovación también consiste en aceptar que muchas ideas morirán por el camino. Pero hay una diferencia fundamental respecto a hace unos años: ahora las desarrollo.
Ya no dejo determinadas ideas viviendo únicamente dentro de mi cabeza. Las dibujo. Las programo. Las pruebo. Las discuto. Las rompo. Las vuelvo a construir. Y, sobre todo, vuelvo a disfrutar aprendiendo.
De representar tecnología a querer crearla
Durante muchos años tuve el privilegio de representar tecnología desarrollada fuera de España. Nunca consideré incompatible aquello con defender nuestra industria. Al contrario, siempre intenté que conocimiento, oportunidades y tecnología pudieran contribuir también al desarrollo de nuestro país.
Pero debo reconocer una sensación personal que durante mucho tiempo me acompañó. En determinados momentos me sentí casi extranjero en mi propio país. Mi tarjeta profesional pertenecía a una multinacional extranjera. Las tecnologías que defendía habían nacido fuera. Muchas decisiones se tomaban lejos.
Aunque trabajaba con un compromiso profundo con nuestros clientes, nuestra industria, nuestras instituciones y nuestros profesionales, seguía existiendo esa pequeña distancia.
Hoy la sensación es distinta. No porque haya dejado de valorar todo lo aprendido fuera. Sería absurdo. Buena parte de lo que soy profesionalmente procede precisamente de esas experiencias internacionales.
La diferencia es otra. Ahora siento que puedo utilizar todo ese conocimiento acumulado para intentar aportar algo aquí. Aunque sea pequeño. Aunque falle. Aunque alguno de los proyectos nunca llegue a ninguna parte.
Investigar cómo mejorar la seguridad en una playa, cómo emplear inteligencia artificial con responsabilidad, cómo proteger a una persona frente a una estafa o cómo simplificar mediante tecnología un problema real es también una manera de contribuir a la modernización de nuestro país.
Y esa idea ha cambiado profundamente mi manera de entender el trabajo.
Libertad para volver a equivocarse
Existe además algo que rara vez aparece en los programas académicos y que considero extraordinariamente valioso: la libertad de aprender.
Después de muchos años de carrera profesional puede aparecer una trampa peligrosa. Creemos que nuestra experiencia nos obliga a conocer las respuestas. Pero innovar exige exactamente lo contrario.
Exige recuperar el derecho a no saber. A preguntar. A probar. A equivocarse.
Durante estos meses he tenido que volver a estudiar programación, inteligencia artificial, electrónica, sensores, comunicaciones, diseño, ciberseguridad y materias que algunas veces apenas conocía.
Y he descubierto algo maravilloso: a estas alturas de mi vida sigo siendo capaz de aprender. Es más, tengo más ganas que nunca. Quizá porque ahora el conocimiento ya no es solamente una herramienta profesional. Es libertad.
Una comunidad que continúa después del aula
También comprendí durante el curso algo que trasciende cualquier temario. El enorme valor de juntar alrededor de una mesa a personas procedentes de mundos diferentes.
Militares y civiles. Administración y empresa. Tecnólogos y gestores. Personas con trayectorias que probablemente nunca se habrían cruzado de otro modo.
Cada conversación ampliaba un poco el mapa. Porque la transformación digital no pertenece exclusivamente a los tecnólogos. Ni la inteligencia artificial. Ni la ciberseguridad. Son cuestiones que afectan a la manera en que organizaremos nuestras empresas, nuestras instituciones y buena parte de nuestra sociedad durante los próximos años.
Por eso tiene tanto sentido que aquella experiencia continúe ahora mediante la Comunidad Alumni. El curso terminó. La conversación no debería hacerlo.
Conclusión: gracias por abrir la puerta
No sé qué ocurrirá con todas las ideas que han aparecido desde entonces. Algunas crecerán. Otras cambiarán completamente. Muchas probablemente desaparecerán.
Pero todas ellas han producido ya un resultado importante. Me han devuelto algo que creía perdido. La curiosidad. Las ganas de crear. La sensación de que todavía quedan muchas cosas por aprender y muchas otras por intentar.
Por eso quería escribir estas líneas. No para presentar un proyecto. No para hablar de tecnología. Ni siquiera para contar mi trayectoria. Quería simplemente dar las gracias.
Gracias a quienes hicieron posible el Curso de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones para la Alta Dirección. Gracias a quienes compartieron su conocimiento. Gracias a los profesores, ponentes, organizadores y compañeros. Y gracias al CESTIC por haberme acogido.
Porque algunas instituciones transmiten conocimiento. Pero, de vez en cuando, ocurre algo todavía más valioso: ayudan a una persona a recordar de qué era capaz.
Yo llegué al CESTIC pensando que iba a realizar un curso. Salí con muchas más preguntas que respuestas. Y hoy creo que ese fue precisamente su mayor regalo.
Porque después de tantos años trabajando alrededor de la tecnología, he vuelto a sentir algo que conocía desde aquel primer ordenador de mi adolescencia: la emoción de mirar algo que todavía no existe y pensar: «¿Y si intentamos hacerlo?».
Miguel Ángel Lleches Sempere