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- 13 octubre 2026
- Alumni AD TIC
Hay lugares de los que uno no termina de irse

Hay cursos que terminan el día en que te entregan un diploma.
Y hay otros que, casi sin darte cuenta, se quedan contigo.
Para mí, el CESTIC pertenece a los segundos.
Cuando llegué como alumna al Curso de Alta Dirección TIC sabía que iba a encontrar conocimiento, tecnología, estrategia, defensa, transformación digital y personas con una enorme experiencia profesional.
Lo que no esperaba era encontrar algo que me resultaba profundamente familiar.
Una determinada forma de estar.
De trabajar. De exigirse. De bromear. De discutir apasionadamente y, cinco minutos después, estar todos alrededor de la misma mesa. De saber que procedemos de mundos diferentes y que, sin embargo, cuando existe un propósito común, esas diferencias importan bastante poco.
Y entonces entendí por qué me sentía tan cómoda allí.
Porque aquello yo ya lo había visto antes.
Me he criado muy cerca de la vida militar. De la mano de mi padre aprendí desde pequeña que las Fuerzas Armadas no se explican únicamente por sus uniformes, sus empleos o sus unidades. Hay algo mucho más difícil de describir y muchísimo más fácil de reconocer cuando se ha vivido cerca: el compañerismo y la hermandad.
También aprendí que cada unidad tiene su carácter, sus tradiciones, sus historias y ese pequeño detalle tan nuestro de estar absolutamente convencida de que la propia es la mejor.
Que se lo pregunten a un legionario, a un paracaidista o a un boina verde.
Probablemente ninguno esté dispuesto a negociar demasiado ese punto.
Y ahí está precisamente parte de su encanto.
Porque pueden bromear entre ellos, defender sus colores, sus boinas, sus emblemas y sus historias con pasión; pero cuando las cosas importan de verdad, las diferencias desaparecen.
Queda el compañero.
Lo vi durante toda mi infancia. En mi padre y en quienes le rodeaban. En encuentros después de años sin verse, en historias contadas alrededor de una mesa, en bromas que parecían continuar exactamente donde se habían quedado veinte años atrás. En esa peculiar mezcla de respeto, afecto y lealtad que no necesita grandes declaraciones.
La confraternización no se proclama. Se practica.
Y muchos años después volví a reconocerla en el CESTIC.
Militares y civiles. Diferentes empleos, trayectorias, organismos, empresas y responsabilidades. Personas que probablemente jamás habríamos coincidido de otra manera y que, durante unos meses, compartimos conocimiento, conversaciones, carreras contra el reloj, debates, alguna que otra discrepancia y muchísimas risas.
Hasta que ocurrió algo muy sencillo y, a la vez, muy especial:
Dejamos de ser personas que hacíamos juntas un curso para convertirnos en compañeros.
Y no es lo mismo.
Porque ser alumni del CESTIC, al menos para mí, no consiste únicamente en poder decir que pasé por sus aulas.
Es pertenecer.
Es seguir alegrándote de los éxitos de quienes estuvieron contigo. Es reencontrarte tiempo después y recuperar la conversación como si hubiese sido ayer. Es llamar a alguien porque necesitas su criterio. Es discutir, reírse, aprender unos de otros y descubrir que aquella promoción sigue teniendo vida mucho después de haber terminado el curso.
Y es también comprender algo que hoy intento trasladar a mi vida profesional y a mi trabajo en cooperación: que las mejores capacidades sirven de poco si somos incapaces de conectarlas.
Quizá por eso creo tanto en unir mundos que demasiadas veces trabajan en paralelo: Fuerzas Armadas, Administración, universidad, industria, tecnología y sociedad civil.
El CESTIC me confirmó que la cooperación no es una bonita palabra para colocar en una presentación.
Es una forma de trabajar. Y, sobre todo, una forma de confiar.
Hay además algo deliciosamente castrense que permanece intacto: esa capacidad de meterse unos con otros sin demasiada piedad… hasta que alguien de fuera se mete con uno de los tuyos.
Entonces se acabaron las bromas.
Legionarios, paracaidistas, boinas verdes; Tierra, Armada, Aire y Espacio; militares y civiles. Cada cual con su historia, sus tradiciones y su legítimo orgullo.
Pero, al final, una misma casa.
Mi padre me enseñó esos valores sin sentarme jamás delante de una pizarra para explicármelos. Los aprendí observando.
Y el CESTIC me ha regalado algo que no esperaba cuando crucé por primera vez sus puertas: volver a encontrarlos siendo adulta y descubrir que también podía formar parte de ellos.
Por eso, cuando me preguntan qué significa para mí ser alumni del CESTIC, podría hablar de formación, tecnología, estrategia, defensa o conocimiento.
Y todo sería cierto.
Pero me faltaría lo más importante.
Las personas.
Las que estaban allí. Las que siguen estando. Las que llaman, aparecen, ayudan, celebran contigo y consiguen que un curso termine convirtiéndose en algo bastante más difícil de definir.
Una pequeña hermandad.
Así que me temo que no tengo remedio.
Sigo siendo alumna del CESTIC.
Pero, sobre todo, sigo sintiéndome compañera.
Gracias Cestic
Eva Álvarez del Manzano