
06 nov 2024
Japón camina en la senda de la autonomía estratégica
Javier Fernández Aparicio
Introducción
Las elecciones del pasado 27 de octubre han dejado a Japón en una complicada situación política. El gobernante Partido Democrático Liberal (PLD en sus siglas en inglés) ganó y sigue siendo el partido con más representación de la Dieta, con 191 escaños, pero junto a su actual socio, el Komeito, la coalición del gobierno quedó muy por debajo de los 233 necesarios para alcanzar la mayoría. No obstante, el actual primer ministro, Shigeru Ishida, puede continuar ejerciendo el cargo y el castigo al PLD parece leerse en clave interior y no por un disenso en cuanto a la seguridad y la proyección exterior del país. La estabilidad de Japón es clave para la región, por lo que parece poco probable que cualquier gobierno que se forme afecte a las principales líneas en la política de defensa, ya que la preocupación sigue siendo una China cada vez más asertiva y la actitud de otros actores como Rusia y Corea del Norte. El principal partido de la oposición, el Partido Democrático Constitucional, obtuvo 148 escaños, 52 más que en los últimos comicios, pero si analizamos su programa electoral, en política exterior opta por alinearse con el concepto estratégico de un Indopacífico seguro y abierto, mientras en defensa la cuestión estriba en seguir apostando por la alianza con Estados Unidos, que tiene aproximadamente a 50.000 efectivos en el país, o que Japón sea capaz de tener unas capacidades disuasorias propias y suficientes1.
El pasado 1 de octubre, Shigeru Ishiba sustituía como primer ministro a su compañero de partido y primer ministro desde 2021, Fumio Kishida, desgastado por varios casos de corrupción. El 4, Ishiba anunció algunas de sus prioridades políticas en materia de política exterior: el diseño de una organización de seguridad mutua, una «OTAN asiática», con varios países del Indopacífico y mayor reciprocidad en la alianza con Estados Unidos, aunque esto no signifique un cuestionamiento de esta2. Todo ello en un contexto regional donde Japón ampliaba su percepción de ver amenazada su seguridad, ya que pocos días antes un portaaviones chino pasó por las aguas entre las islas japonesas de Yonaguni e Iriomote, acercándose a solo 24 millas de territorio nipón.
Desde hace décadas, Japón es quizás el principal aliado en el Pacífico de su antiguo enemigo de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, lo que sumado a su propia posición geopolítica se traduce en una remilitarización, una dinámica de confrontación con China y la búsqueda de aliados, aparte de los estadounidenses, ya sea en la propia región como más allá, en Europa, por ejemplo. Con Ishida parece que habrá cierta continuidad con la política de Kishida, no obstante, ambos pertenecen al mismo partido, el Partido Liberal Democrático (PLD en sus siglas), que lleva una década gobernando Japón, aunque sus sensibilidades y recorridos políticos son diferentes, mientras se abren algunas incógnitas en el futuro inmediato, tales son la posición de la propia China con el discurso cada vez más beligerante desde Japón o el futuro de la alianza estrecha con Estados Unidos en función del inquilino en la Casa Blanca a partir del año que viene, tras las elecciones del 1 de noviembre: ¿continuidad o ruptura si desde Estados Unidos se exige un cambio en la política de defensa de Japón, empujándole a un mayor desembolso y, por ende, a una creciente autonomía estratégica?
Turbulencias socioeconómicas y políticas del Japón
Sigheru Ishida fue nombrado primer ministro debido a los casos de corrupción del gobierno de Fushida, incluyendo algunas relaciones en torno a diversos contratos dentro de la industria de la Defensa. Desde 2017 se han endurecido las leyes que persiguen los sobornos a funcionarios, algo que influye en la adjudicación de contratos y licitaciones en obras públicas. Desde 2021, año de su nombramiento como primer ministro, la trayectoria de Fumio Kishida fue jalonada de diversos escándalos, empezando por el escenario que rodeó al asesinato del ex primer ministro Shinzo Abe en el verano de 2022, lo que hizo que salieran a la luz los vínculos del partido con la controvertida organización religiosa de la Iglesia de la Unificación, también conocida como la Secta Moon, a la que pertenecía su asesino. Ya en 2023, el caso de los cobros en negro de altos cargos del partido, entre ellos el propio Kishida, hizo que cayese su índice de aprobación popular a menos del 15% y tras apartar a altos cargos y ministros, en agosto pasado decidió dimitir y dar paso a otro candidato, que acabaría siendo Ishida3.
Sigheru Ishiba es un veterano político conocido por su locuacidad que ha pasado por etapas de ostracismo en el propio PLD por sus críticas a sus dirigentes, por ejemplo, en 2014 contra Shinzo Abe por su reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa que prohibía al país rearmarse. Tras varios intentos frustrados de liderar al PLD, Ishida era un parlamentario secundario, pero, lo que ha sido capital en su ascenso a primer ministro era que encarnaba la imagen de luchador contra la corrupción, considerada también un lastre en la compleja situación económica actual japonesa. Aunque es la cuarta potencia económica, en 2023 Alemania superó a Japón como la tercera economía del mundo y además registra un déficit comercial de alrededor de los 2.000 millones de euros, pues el país es totalmente dependiente de recursos como el petróleo y el gas, sufriendo los embates del alza de precios y los obstáculos en las cadenas de suministros en el Indopacífico, por ejemplo, con la amenaza hutí en el mar Rojo4.
Otra materia delicada es la demografía. Japón tiene una sociedad envejecida, donde el 30 % de sus 125 millones de habitantes tienen más de 65 años, la mayor tasa del mundo, mientras la tasa de natalidad es muy baja, con una media de 1,3 hijos por cada mujer, según cifras del Banco Mundial5. Esto tiene consecuencias como un mercado interior decreciente, pues la gente mayor es reacia a poner en juego sus ahorros, más el peligro de no poder satisfacer las necesidades laborales en algunos sectores, incluyendo también las necesidades de la defensa, precisamente ahora que se quiere aumentar los efectivos. La tecnología y la robotización han ido paliando esta situación de necesidad de renovación demográfica, pero las dudas acechan en un futuro muy próximo, máxime en uno de los países con la legislación sobre inmigración más restrictiva del mundo.
Redoble de las amenazas a la seguridad: China, Rusia y Corea del Norte
A las históricas disputas territoriales de Japón con China sobre las islas Senkaku/Diaoyu, en el mar del Sur de China, y con Rusia respecto de las islas Kuriles/Chishima, se ha redoblado la percepción de la amenaza de estos dos formidables gigantes, mientras se ha sumado la escalada de tensión con las pruebas de misiles balísticos norcoreanos. Como el Libro Blanco de la Defensa de 2024 ha evidenciado, los aproximadamente 16.000 kilómetros de costa japonesa a lo largo de sus cuatro islas principales, lo que hace que ningún punto del país se encuentre a más de 150 kilómetros del mar, hacen que la doctrina militar japonesa considere a sus defensas como lugares definitivos de batalla. Por otra parte, los estrechos que separan estas islas restringen en gran medida un posible trasvase rápido de fuerzas, lo que se ve agravado por las barreras montañosas que impiden, de igual forma, un despliegue veloz de tropas6.
El documento incide en que China está modernizando y ampliando su ejército a marchas forzadas, mientras las maniobras rusas en las Kuriles no solo han implicado ejercicios navales, sino también el despliegue de sistemas de misiles costeros y de defensa aérea. El 18 de septiembre, el portaaviones chino Liaoningpasó por las aguas entre las islas de Yonaguni y la de Iriomote, el primer buque de esta clase, mientras que es común que aviones de combate y otro tipo de buques invadan el espacio aéreo o aguas territoriales del Japón7.
De igual manera, en China empieza a aflorar un sentimiento antijaponés que entronca con elementos culturales e históricos y se incardinan en lo diplomático. A los recordatorios de Beijing de que tanto las exportaciones como las importaciones entre ambos países son claves para sus respectivas economías, pudiendo alterarlas cualquier prohibición o regulación más severa, se le suman las protestas diplomáticas chinas por asuntos como el envío de un buque de guerra japonés al estrecho de Taiwán el pasado 25 de septiembre, una acción sin precedentes, aunque en el marco de colaboración con otros países como Australia y Nueva Zelanda, que participaron en maniobras conjuntas en la zona, bautizados como «ejercicios de libertad de navegación»8.
Por último, varias empresas japonesas instaladas en China están dispuestas a reubicar su personal tras ataques xenófobos, incluyendo el apuñalamiento mortal de un niño en Shenzhen el 18 de septiembre9. En redes sociales, muchas publicaciones desde China afirman que las escuelas japonesas crean espías y las etiquetan como «nuevas colonias» en referencia a la ocupación japonesa de Manchuria en 1932-1945. En estas fricciones entre China y Japón, también se observan acciones de desestabilización dentro de la llamada zona gris. Un informe ha identificado una red de desinformación en China que promueve un supuesto movimiento independentista en Okinawa, donde además se reclama el fin de la presencia estadounidense en la isla, pues esta acoge a más de 25.000 efectivos en la mayor base en territorio nipón.
Las violaciones de la soberanía aérea o marítima japonesa también proviene en los últimos tiempos de Rusia. El 23 de septiembre se produjo un incidente grave cuando un avión militar ruso violó el espacio aéreo japonés al norte de la isla de Rebun, en la prefectura de Hokkaido, y un aparato japonés lo interceptó, llegando a tirarle unas bengalas que impactaron en su fuselaje10. También es reseñable que desde el verano de 2019 y con carácter anual, una flota conjunta de buques de guerra chinos y rusos realizan maniobras conjuntas en el espacio entre los mares de Japón y Ojotsk, mientras desde Rusia también se anuncia la instalación de nuevas plataformas de misiles en las Kuriles, algo visto como un aumento de la amenaza para Japón11.
Por su parte, Corea del Norte y sus pruebas de lanzamientos de misiles balísticos, siguen siendo un riesgo para Japón, puesto que parece haberse configurado como uno de los principales objetivos de los mismos, ya que dichos proyectiles suelen ir a parar a aguas de soberanía japonesa. Recientemente, el primer ministro Ishida ha impulsado la opción diplomática trasladando al régimen de Pionyang una propuesta de crear oficinas de enlace en ambos países para dirimir cualquier diferencia, incluyendo el destino de los ciudadanos japoneses secuestrados en los años setenta y ochenta. Esta propuesta incluye el fin de las pruebas de misiles a cambio de la inversión de Japón en proyectos norcoreanos, otro indicio de que desde Tokio se empieza a apostar por buscar soluciones propias a problemas anteriormente dirimidos dentro del marco amplio de la alianza con Estados Unidos12.
¿Repensando la alianza con Estados Unidos?
Hay que recordar que toda actividad y capacidad militar de Japón están estrictamente limitadas a un carácter defensivo, restringiendo los despliegues y la misión de las Fuerzas de Autodefensa japonesas en el extranjero a la cobertura de labores humanitarias. Sin embargo, la dependencia respecto a Estados Unidos en esta proyección exterior se hace bastante evidente y va más allá de las limitaciones legales. El artículo 9 de la Constitución de 1946 regula el uso de la fuerza en Japón a la legítima defensa. Antes de las reformas durante el mandato de Shinzo Abe (2012-2020), el Acuerdo sobre el Estatuto de las Fuerzas entre Japón y Estados Unidos (SOFA en sus siglas en inglés) que data de 1951 y que sigue en vigor, aún con revisiones, permite en sus artículos V y VI la presencia estadounidense en territorio japonés, lo que ampara a los 50.000 militares estadounidenses acantonados en bases por todo el país, en especial en la isla de Okinawa, puede haber un máximo de 100.00013. Pero en las directrices firmadas en 1978, también en vigor, se estipulaba la posibilidad de una participación japonesa en operaciones militares exteriores si las rutas marítimas vitales para el país estaban bajo ataque, como protección a buques bajo bandera estadounidense de guerra o que transportasen a ciudadanos japoneses, así como una ayuda directa a Estados Unidos en caso de ataque a su territorio continental, por ejemplo, con la interceptación de misiles que sobrevolasen Japón14.
Siendo Abe primer ministro en 2015, la Dieta aprobó dos proyectos de ley, una primera permitiendo a las fuerzas niponas operar en el extranjero por motivos humanitarios o en el caso de situaciones que «amenacen a la existencia de Japón», y una segunda eliminando las restricciones que impedían la acción en legítima defensa colectiva, es decir, puede utilizar sus fuerzas armadas para defender a un aliado bajo ataque y ya no solo a Estados Unidos. Esto abría la puerta a que Japón pudiera integrarse en alianzas de carácter militar. Dos años después, en 2017, fue miembro fundador del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD en sus siglas en inglés), aunque esta alianza entre Estados Unidos, India, Australia y Japón no sea, stricto sensu, una coalición con atribuciones militares, este mismo año han acordado una mayor implicación al respecto con patrullas marítimas conjuntas en las aguas del Indopacífico desde 202515. Algunos medios se refieren al QUAD como un germen de «la OTAN en el Indopacífico».
Respecto a la propia OTAN, Kishida participó como observador en la reunión de los jefes de Estado de los países miembros en Madrid en junio de 2022, el primer mandatario japonés en hacerlo en la historia. Recordemos que, en el concepto estratégico acordado durante aquella, China ya apareció como amenaza sistémica en el mismo, un asunto de vital importancia estratégica para Japón. Kishida también asistió a la cumbre de la OTAN de Vilnius en julio de 2023, siendo también el primer mandatario de la historia en pronunciar un discurso, siendo de un país no socio de la coalición: «Acogemos con agrado el aumento del interés y la participación en el Indopacífico de nuestros países afines de la zona euroatlántica»16. Japón es parte del AP4, el NATO Asia-Pacific Partners, es decir, los cuatro socios de la OTAN en el Indopacífico junto a Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.
En diciembre de 2022, el gobierno de Kishida actualizó tres importantes documentos en el ámbito de la defensa como era la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y el Programa de Fortalecimiento de la Defensa, lo que a la postre autorizaba al gobierno, por ejemplo, a adquirir plataformas de misiles de largo alcance, en una controvertida decisión, ya que, contradice por sí misma la premisa de no dotarse de armas ofensivas. Se justificaba en el nuevo concepto estratégico de disuasión y defensa anticipada de Japón de los documentos anteriores llamados «Tres Pilares de la Defensa» que incluyen la mejora de su arquitectura de seguridad con nuevos equipamientos como los citados misiles, el estrechamiento de la alianza con Estados Unidos y el aumento de la cooperación con socios internacionales17.
El bautizado como «Espíritu de Camp David»18, el encuentro en la residencia veraniega del presidente Biden en agosto de 2023 entre este, Kishida y el presidente surcoreano Yoon Suk-yeol, integró a Japón aún más en la arquitectura de defensa de Estados Unidos en el Pacífico, sumando un actor clave a la alianza como Corea del Sur, con quien hasta el momento Japón tenía una complicada relación devenida de una historia común traumática, e incluso se planteó el germen de una alianza trilateral militar efectivamente incluyendo el posible trasvase de cierta tecnología disuasoria respecto a China, Rusia y Corea del Norte, como el arma nuclear, algo que ya había salido a relucir en la reunión del G7, nada menos que en Hiroshima, en mayo de 2023, aunque Kishida negó esta posibilidad rotundamente. Sin embargo, en 2017 fue el entonces diputado de la Dieta y hoy primer ministro, Shigeru Ishida, quien planteó esta posibilidad como una opción real para Japón, aunque el entonces ministro de Defensa la rechazó de inmediato19. Ahora Ishiba y parte del espectro político japonés parecen abogar por un cierto distanciamiento de la dependencia con Estados Unidos, sin renegar de los acuerdos bilaterales, pero defendiendo iniciativas tales como que también haya fuerzas japonesas en suelo estadounidense, el uso conjunto de las bases militares de Okinawa y que la defensa del país no fuese tan dependiente de la política estadounidense para la región.
Ante la duda, abrir el abanico y aumentar la fuerza
En enero pasado, Kishida y sus ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa viajaron a Washington para reunirse con sus homólogos estadounidenses. Allí, un nuevo escalón en el pensamiento estratégico de Japón se puso de manifiesto cuando se anunció la intención nipona de aumentar el gasto en defensa en casi un 60% en cinco años, abandonando el límite presupuestario del 1% del PIB. Más allá de una lectura en clave del sostenimiento de la alianza con Estados Unidos, lo cierto es que estamos ante una revisión de la estrategia de defensa del país sin precedentes desde la II Guerra Mundial: doblar el gasto en defensa supone dotar de autonomía propia en la materia a Japón, sin depender de terceros autores y con el acuerdo de Estados Unidos20.
Japón percibe que Estados Unidos seguirá siendo la potencia global en el futuro inmediato, pero quizás lo sea menos en un plazo medio o lejano, lo que supondría una amenaza para la credibilidad de la defensa del país, en especial frente a la asertividad china en los mares adyacentes. Para contrarrestar este riesgo, un camino podría ser la alianza en materia de seguridad con otros países de la región indopacífica, como Australia, India o los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN en sus siglas en inglés). De hecho, ya existen algunos acuerdos bilaterales que permiten las escalas de buques de guerra japoneses en varios puertos, la realización de maniobras comunes o el aumento de la capacidad de las agencias marítimas para mejorar el patrullaje, suministrándose desde Japón lanchas patrulleras, buques de guardacostas y aviones21. Pero no solo se incentivan estos acuerdos en seguridad con los Estados del área indopacífica, sino también con actores más alejados, pero con muchos intereses en la región, tales son los europeos, siendo también cada vez más comunes los intercambios en defensa, ejercicios conjuntos y sobre los contratos en la industria de defensa nipona bien bilateralmente con países como Reino Unido, Italia, Alemania o España, bien mediante recientes acuerdos con la Unión Europea22.
En materia de seguridad, Ishida también ha planteado la necesidad de crear una organización de defensa mutua para el área del Pacífico que fuese parecida a la OTAN para la atlántica, compartiendo ambos la referencia a China como un rival sistémico. Así, se especula con una nueva Ley Básica sobre Política de Seguridad del Japón que autorizase a participar en una alianza militar multinacional. El camino para ello podría ser aunar en una sola las alianzas ya existentes, como la bilateral de Japón y Estados Unidos, otras como las ya citadas con Corea del Sur y Estados Unidos, así como multinacionales como el ANZUS (Tratado de Seguridad de Australia, Nueva Zelandia y los Estados Unidos), el AUKUS (una asociación entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos) y sobre todo el QUAD, que pasaría a tener un principio de «legítima defensa colectiva» y ampliaría el número de sus socios23.
La narrativa que va cobrando importancia en Japón es que solo una alianza defensiva de este tipo puede disuadir a China, Rusia o Corea del Norte de emprender futuras acciones bélicas en la región. Evidentemente, una propuesta de este tipo incluiría un debate profundo que iría desde la posición de una potencia crucial que sería la clave del éxito o fracaso de una alianza de este tipo, como la India, pasando por el estatus y la posición de Taiwán, esto supondría compartir unidades, equipamientos y tecnología, como la nuclear, así como la proyección de la propia colaboración estadounidense, pues no hay que entender esta posible propuesta como un intento de alejarse de la esfera de Estados Unidos, todo lo contrario, pues sería parte esencial en esta nueva organización, desde el punto de vista japonés, un elemento de disuasión definitivo, pero en equilibrio e igualdad de atribuciones con el resto de socios, como el propio Japón24.
Otra prueba de esta nueva percepción japonesa es la adquisición de capacidades de disuasión propias, dentro de una serie de sofisticados equipos militares como misiles de contraataque de largo alcance, diseñados en principio para repeler a distancia el supuesto ataque de un adversario. El país parece que se está preparando no solo para defenderse en su propio territorio, sino anticipar su defensa al exterior. Otros cambios clave en este sentido incluyen la creación de un cuartel general operativo conjunto permanente de las Fuerzas de Autodefensa, la transferencia de la autoridad sobre la Guardia Costera de Japón al Ministerio de Defensa en caso de conflicto, el robustecimiento de la defensa cibernética y un nuevo compromiso de aumentar las capacidades de inteligencia, vitales para un hipotético enfrentamiento con China o Rusia en la zona gris25.
Conclusiones: otro incierto futuro proviene de Estados Unidos
La clave del proyecto de una «OTAN del Pacífico» japonés refleja también otra incertidumbre, la del futuro inmediato de la política exterior estadounidense para la región. Tras la buena sintonía con la Administración Biden, en Japón hay cierta incertidumbre y desasosiego si Donald Trump regresa a la Casa Blanca en 2025 y se ha popularizado un término, «Moshi-Tora», algo parecido a «¿Y si Donald Trump gana?» («Tora» es el comienzo del nombre de Trump traducido en japonés como «Torampu»)26. Esto podría suponer cambios en las relaciones entre ambos países en materia de economía —¿qué ocurrirá con los aranceles?— y la seguridad, además de los tratados de defensa bilaterales. Durante 2017-2021, la Administración Trump cuestionó el valor de algunos de estos tratados, en especial por los costos para la hacienda estadounidense, insistiendo en que los países partícipes de la OTAN y otros, como Corea del Sur o Japón, debían sufragarlos y amenazando con retirar a las fuerzas estadounidenses. Concretamente, en Japón, el entonces primer ministro Abe trató de mantener el statu quo a pesar de algunos desplantes y el trato arrogante de Trump hacia el país. De hecho, se puede considerar la época de gobierno de Trump como el descubrimiento para Japón de los riesgos de apostarlo a todo a la alianza con Estados Unidos y el inicio de un discurso, como el de Ishida, defendiendo una mayor autonomía en seguridad y defensa27. No obstante, en la campaña electoral, el propio Trump ha insinuado que seguirá la política de alianza estrecha con Japón y Corea del Sur en el Indopacífico, teniendo a China en el punto de mira28.
En las elecciones presidenciales estadounidenses también está en juego el futuro de la ayuda financiera y militar de Estados Unidos a Ucrania en su actual guerra con Rusia. En consonancia con el punto anterior y reducir los gastos en escenarios considerados onerosos y no vitales para la propia seguridad de Estados Unidos, una retirada de dicha asistencia a Ucrania se podría interpretar a nivel global como un indicio de lo que podría ocurrir en otras áreas como el Indopacífico, donde Japón podría vivir una situación peligrosa si se produjese una retirada, parcial o total, estadounidense, pues coincidiría en pleno proceso de remilitarización, sin alianzas regionales claras en materia de seguridad y con la posibilidad cierta de que tanto China como Rusia redoblasen sus amenazas sobre el país.
Hay dos cuestiones cercanas a Japón que pueden discernir qué camino tomará la nueva administración estadounidense en la región. La primera es Corea del Norte, pues hay que recordar que en 2019 Trump impulsó las conversaciones con Kim Jong-Un para llegar a un acuerdo sobre el control y freno de las capacidades nucleares del país asiático, aunque al final no se llegó a arreglo ninguno. Lo cierto es que lo hizo sin contar con Japón en las negociaciones, cuando es el principal país de la región afectado por esta amenaza y las pruebas balísticas norcoreanas. En segundo lugar, la situación de la vecina Taiwán, pues si desde Estados Unidos hubiera una relajación en la hasta ahora decidida ayuda a la isla ante una supuesta agresión china, ¿cómo podría ser interpretado esto desde Japón, máxime cuando está comprometido con esta visión? Por ello, parece florecer un cierto consenso en el país a nivel estratégico: alcanzar una total autonomía en materia de seguridad que demuestre tener unas capacidades de disuasión propias. Ese parece ser el camino a corto y medio plazo.
Javier Fernández Aparicio
Analista del IEEE
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Japón camina en la senda de la autonomía estratégica
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Japan on the path to strategic autonomy
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