Intervención en el acto de presentación del libro 'Geopolítica del español' en la Real Academia Española

04 mar 2026

Intervención en el acto de presentación del libro 'Geopolítica del español' en la Real Academia Española

4 de marzo de 2026

Excmo. Sr. Teniente General D. Miguel Ballenilla y García de Gamarra Director del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional

No son tiempos aparentemente propicios para escribir sobre poder blando. Vivimos una etapa en la que el poder duro –militar, tecnológico, financiero– ocupa de nuevo el centro del escenario. La erosión del atractivo internacional de Estados Unidos, las dificultades de Europa para estabilizar su vecindad estratégica o la proliferación de conflictos abiertos podrían inducirnos a pensar que la capacidad de atracción cultural es secundaria frente a la coerción o la disuasión.

Pero esa conclusión sería un error.

El poder duro carece de legitimidad en sus fines si no es capaz de generar adhesión. Y, del mismo modo, el poder blando, por sí solo, no construye estabilidad ni garantiza esa paz kantiana que sigue siendo horizonte normativo de la comunidad internacional.

La clave no está en elegir entre uno u otro, sino en comprender su complementariedad. Despreciar el poder blando sería desalojar el humanismo de la geopolítica.

Permítanme introducir aquí una referencia histórica que considero reveladora. En 1518, las instrucciones otorgadas a Fernando de Magallanes para su expedición hacia las Molucas establecían que el contacto con los pueblos hallados debía fundarse en el trato pacífico, el comercio voluntario y la búsqueda de alianzas. La fuerza quedaba reservada como último recurso, en defensa propia o ante impedimento injusto del tránsito y el intercambio.

Una década después, la Escuela de Salamanca sistematizaría doctrinalmente esos principios, afirmando que los pueblos del Nuevo Mundo eran sujetos dotados de razón, titulares de dominio político y merecedores de respeto jurídico. Aquella tradición no fue ingenua ni idealista; fue profundamente estratégica. Comprendía que la estabilidad duradera no se impone únicamente por la fuerza, sino que se construye sobre la legitimidad.

Esa lógica de respeto es la que, en mi opinión, ha presidido las casi cinco décadas de despliegues internacionales de las Fuerzas Armadas españolas. Más de doscientos mil militares han servido en setenta misiones en cinco continentes. Lo han hecho con profesionalidad, disciplina y una sensibilidad cultural que ha preservado intacta la reputación de España como actor fiable y respetuoso.

He tenido el honor de desplegar con mis legionarios en Bosnia, en Irak, en Líbano y en Afganistán. En todos los escenarios –incluso en Afganistán, donde la distancia cultural era abismal– no percibimos un rechazo estructural hacia nuestra presencia. Percibimos, más bien, una actitud de prudente apertura.

Personalmente, lo atribuyo a varios factores: a nuestra forma respetuosa y empática de aproximarnos a la población local, al legado histórico de mestizaje cultural que forma parte de nuestra identidad y, también, al atractivo que proyecta el mundo hispano en su conjunto.

Y es aquí donde enlazo con el capítulo que he escrito para el libro que hoy presentamos.

El español es, a mi juicio, un gigante silencioso del poder blando global. No es un instrumento de imposición; es un espacio de encuentro. No es solo un vehículo de comunicación; es un ecosistema cultural compartido por cientos de millones de personas.

La música, el deporte, el cine, la literatura o las plataformas digitales han convertido al español en una lengua de consumo cultural global, más allá de sus fronteras demográficas tradicionales. Cuando millones de espectadores en Estados Unidos escuchan canciones en español sin necesidad de traducción; cuando jóvenes de todo el mundo incorporan expresiones hispanas a su vocabulario cotidiano; cuando competiciones deportivas proyectan referentes hispanohablantes a escala planetaria, estamos ante una forma contemporánea de proyección geopolítica.

No se trata de nostalgia imperial ni de romanticismo lingüístico. Se trata de comprender que, en un mundo fragmentado, donde la competencia estratégica se intensifica, la capacidad de atraer, de conectar y de generar afinidad cultural es un activo estratégico de primer orden.

  • El poder duro disuade.
  • El poder blando persuade.
  • Y solo la combinación inteligente de ambos produce estabilidad legítima.

Nuestro idioma no es únicamente patrimonio cultural: es infraestructura estratégica que multiplica nuestra capacidad de interlocución global.

Permítanme terminar con una convicción personal: las naciones que olvidan la dimensión cultural de su poder terminan dependiendo exclusivamente de la coerción. Y la coerción, sin legitimidad, genera resistencia.

En un mundo que vuelve a hablar el lenguaje de la fuerza, defender el poder blando no es ingenuidad. Es inteligencia estratégica.

Porque al final, lo que decide la influencia duradera de una cultura, de unos valores, no es solo su capacidad de imponerse, sino su capacidad de ser elegida.