27 oct 2025
IEEE. Una nueva dimensión de la asimetría del conflicto armado
Jesús De Miguel Sebastián, Coronel (Retirado) DEM
Introducción
Comienzo con una aserción que parece difícilmente rebatible y que representa la línea argumental de este artículo, afirmando que la guerra, a pesar de la evolución de la sociedad, continúa siendo uno de los fenómenos que sigue condicionando el sistema internacional y que resulta necesario adaptarnos a su nueva dimensión. Basta dar una rápida “vuelta al horizonte” -Ucrania, Oriente Medio, Yemen, etc.- para identificar conflictos armados que, aunque con diferentes características, siguen respondiendo a los elementos constitutivos de las guerras a los que hace referencia Bouthoul:1 su carácter político, en la medida que enfrenta grupos con objetivos diferentes y opuestos; sus condicionantes jurídicos que regulan su necesidad (ius ad bellum) y sus limitaciones (ius in bello); y el hecho de ser la manifestación más espectacular de la violencia. En esta reflexión inicial hay que hacer mención también a otras manifestaciones de la lucha armada, como es la violencia asociada al terrorismo internacional o incluso la criminalidad organizada transnacional, lo que Mary Kaldor denomina las “nuevas guerras”.2
Por otra parte, considero oportuno llamar la atención del lector sobre la incertidumbre que domina un contexto internacional que podría ser definido como el “paradigma de la complejidad”, en el que las soluciones a los problemas de seguridad deben ir más allá de lo racional, en palabras de Freedman,3 queriendo significar la necesidad de superar las opciones binarias -soluciones de suma cero- para ahondar en un enfoque adaptativo en base a lo que se conoce como lógica difusa. De acuerdo con ello, guerra y paz no debieran ser consideradas como dos situaciones adversativas, sino un continuum que respondería al modelo de Gray de “paz con seguridad”4. Es precisamente la situación de no-guerra, pero sin seguridad lo que define lo que se conoce como “conflictos de zona gris” que tanto está condicionando la seguridad internacional de nuestros días.5
Así pues, se plantea como pregunta orientadora de este estudio si el innovador concepto de asimetría de los años noventa del pasado siglo, el que fuera el catalizador del modelo estratégico de la “revolución de los asuntos militares”, sigue estando vigente en esta tercera década del Siglo XXI o, por el contrario, necesita ser redefinido. Para ello propongo, tras unas breves consideraciones sobre la naturaleza del conflicto armado, analizar el modelo de las guerras en el entorno del caos, que caracterizan el modelo de la conflictividad mundial de nuestros días, para desde su comprensión llegar a identificar los elementos fundamentales que condicionan el combate asimétrico hoy en día.
Naturaleza y evolución de la guerra.
Cuando nos referimos a la guerra lo primero que debería abordarse es su propia naturaleza para determinar si se trata de un fenómeno continuo o discontinuo. La guerra como manifestación político social tiene un claro atributo de continuidad, que ya señalaba el propio Clausewitz en su obra “De la Guerra”, definiéndola como “acto político, acto de voluntad y acto de violencia”. En todos los conflictos armados presentes y pretéritos concurren estas tres circunstancias, pero sería un análisis ciertamente limitado si no se tomaran en cuenta otros factores que son los que precisamente le aportan su dimensión discontinua, en este caso nos estamos refiriendo a los aspectos técnicos-militares que conforman las características de los conflictos armados: actores, escenarios, armamento, capacidades, procedimientos, etc.
Figura 1. Evolución de las guerras. Elaboración propia
De una manera esquemática se podrían establecer las cinco revoluciones socio militares que se citan a continuación, las que han dado origen a diferentes modelos de guerra e incluso a una reconfiguración del propio sistema internacional. La primera de ellas la aparición del Estado moderno, tras la Paz de Westfalia; la segunda la Revolución Francesa y posterior Revolución Industrial, que abrió el paso a la Primera Guerra Mundial y su corolario materializado en la segunda gran guerra; en tercer lugar las generadas por el orden mundial durante de la Guerra Fría; su desaparición tras la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética abre el paso a la cuarta revolución de los asuntos militares; siendo la quinta el nuevo orden mundial que se configura a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Así, en este proceso evolutivo descrito han ido apareciendo distintos modelos de guerra, que más allá de la diferente semántica utilizada, es habitual referirse a ellas como guerras de primera, segunda, tercera, cuarta y quinta generación, cada una con sus respectivas particularidades y características en relación con el entorno o contexto en el que tienen lugar, los niveles de conducción de las operaciones, los procedimientos y los ámbitos en los que se desarrollan. Es precisamente en las guerras de cuarta generación en las que las capacidades como medio para alcanzar una ventaja estratégica comienzan a tomar carta de naturaleza, recurriendo al uso del término asimétrico para las guerras y conflictos, las estrategias y las amenazas.
Sea como fuere, lo que resulta indiscutible que las guerras han cambiado profundamente, más allá de que sean libradas entre diferentes Estados o bien se produzca en el interior de ellos entre grupos armados de diferentes naturaleza. Las guerras de la época industrial -el tradicional enfrentamiento entre Estados- es cada vez más excepcional e incluso en el caso de que se materialice, como es el caso del conflicto que enfrenta a Rusia y Ucrania, sus características y procedimientos empleados se apartan radicalmente de ese modelo tradicional. Mucho más palmario resulta en el caso de conflictos de mayor complejidad en el que los Estados se enfrentan a grupos armados no estatales, como es el caso de Israel en su lucha contra las organizaciones terroristas Hamas o Hezbollah, amparadas por Irán. En este nuevo e incierto contexto, algunos autores se refieren a las “nuevas guerras”, para indicar que en ellas se difumina la distinción entre guerra -entendida como la violencia entre Estados o grupos armados organizados por motivos políticos-, el crimen organizado -violencia llevada a cabo por grupos privados con objetivos normalmente económicos-, y las violaciones a gran escala de los derechos humanos -violencia de los propios Estados o grupos armados contra las personas-6.
Además, en esta preocupante manifestación de la guerra, se transforman radicalmente aspectos otrora incuestionables como el empleo de la fuerza, poniendo el énfasis en su utilidad en lugar de la legitimidad, como hace Rupert Smith en su libro The Utility of Force. O la importancia del terreno humano, en detrimento del tradicional físico, y su consecuencia sobre la importancia adquirida por la dimensión cognitiva en los conflictos.
“La guerra ya no existe. Hay, sin duda, confrontaciones, conflictos y combates en todo el mundo (…) y los Estados aún tienen fuerzas armadas que utilizan como símbolos de poder. (…) la guerra como contienda en el campo de batalla entre hombres y maquinaria, la guerra como gran acontecimiento decisivo en una disputa de asuntos internacionales, esa guerra ya no existe”7
Si bien esa guerra ya no existe, como refiere el citado general británico, este fenómeno violento sigue presente en nuestros días y con una complejidad aún mayor si cabe. De hecho, es cada vez más difícil acotar los conflictos internos o localizados en un mundo cada vez más globalizado e interconectado. Las guerras en esta tercera década del siglo generan miles de conexiones transnacionales de manera que se dificulta cada vez más la distinción entre lo interno y lo externo, entre agresión (ataques desde el exterior) y represión (ataques desde el interior del país), o incluso entre lo local y lo global.
A la transnacionalización del conflicto armado, arriba citada, hay que añadir los efectos de la privatización, irrupción de las compañías militares privadas en actividades antes exclusivas de las fuerzas armadas, el uso del ciberespacio como la quinta dimensión de las guerras o la robotización, aparición de ingenios semiautónomos en el campo de batalla.
Estas nuevas guerras requieren adoptar estrategias integrales para enfrentarlas, estrategias que van más allá del uso de la fuerza, que comportan un empleo integrado de acciones políticas, diplomáticas, policiales, judiciales, etc., llevadas a cabo más allá de los campos de batalla y zonas en conflicto.
“La guerra ya no está confinada al ámbito militar, el curso de la guerra puede ser cambiado por factores políticos económicos, diplomáticos culturales y tecnológicos”.8
Así pues, al hablar de guerras de quinta generación parece claro su carácter híbrido, entendiendo que este término contempla atinadamente como se difumina lo público y lo privado, lo estatal y lo no-estatal, lo formal y lo informal, lo local y lo global, etc. Si recordamos que el concepto de asimetría surgía en los años 90,s., cabría preguntarse si éste sigue siendo de aplicación en el conflicto armado del Siglo XXI, lo que se trata a continuación.
El concepto de asimetría en los entornos del caos.
Al revisar el concepto de asimetría habría que comenzar diciendo que es un término que cuando menos presenta cierta falta de claridad. Para su mejor compresión se podrían tratar de responder las siguientes preguntas: ¿se limita a un enfrentamiento entre fuerzas con diferentes capacidades y tecnología? ¿estamos ante un concepto nuevo o, por el contrario, es algo que ha sido una constante histórica? ¿sigue siendo hoy en día vigente esta aproximación y, de ser así, como se manifiesta?
Las dos primeras no entrañan mayor dificultad ni controversia para responderlas, en la medida que se puede afirmarse que el conflicto asimétrico va más allá del mero enfrentamiento de fuerzas de distinto tamaño y capacidades, de lo contrario, se podrían incluir en él, la práctica totalidad de las guerras acaecidas a lo largo de la Historia: el pueblo español contra el invasor napoleónico, los independentistas americanos que llevaron a cabo una guerra irregular contra la infantería inglesa, o más recientemente, los comunistas vietnamitas contra la gran potencia norteamericana y las guerras de los seis días o la del Yom Kippur, por citar algunas de las más conocidas. En todas ellas se puede identificar la existencia de “un David y un Golliat” y que, al igual que el relato bíblico, no siempre fue este último el vencedor, al menos en términos absolutos.
La respuesta a la tercera cuestión podría tener una mayor dificultad y para su adecuada contestación se debería tener en cuenta al menos estos tres parámetros: el modo en el que ha evolucionado la guerra, el entorno en el que se manifiestan los conflictos armados y los principales multiplicadores/condicionantes de la asimetría.
El primero de ellos -evolución de la guerra- ya ha sido tratado en el punto anterior, estableciendo como el punto de arranque de la asimetría el marco de las guerras de cuarta generación, en particular durante la Primera Guerra del Golfo en 1991 en la que una coalición de países liderada por Estados Unidos derrotaba al ejército iraquí y obligaba a Sadam Hussein a retirarse de Kuwait, país que había ocupado por la fuerza. La guerra asimétrica se explicaba entonces, de la mano de los vencedores como “un conjunto de prácticas operacionales que tienen por objeto negar las ventajas y explotar las vulnerabilidades del adversario antes que buscar enfrentamientos directos”9. En esos momentos el factor fundamental que condicionaba la asimetría era sin duda la inmensa superioridad tecnológica estadounidense frente a cualquiera de sus potenciales adversarios. Esta cosmovisión estadounidense se manifiesta de una forma clara en las palabras pronunciadas por Ronald F. Fogelman10:
“América no tiene solo la oportunidad sino la obligación de transitar de las guerras de aniquilación y desgaste que ponen en riesgo a miles de jóvenes americanos (…) a un concepto que se apoye en nuestras sofisticadas capacidades militares para alcanzar los objetivos de USA aplicando lo que me gusta referir como una estrategia de fuerza asimétrica”
Sin embargo, este modelo asimétrico, asentado casi exclusivamente en el poder tecnológico, pronto iba a levantar algunas señales de alerta entre los estrategas de las potencias occidentales, al señalar los riesgos de que actores hostiles pudieran utilizar medios asimétricos para atacar intereses vitales propios. Vemos pues que en poco tiempo el concepto de asimetría iba ampliándose. Tal es así que, en los umbrales de este nuevo siglo, Colin S. Gray consideraba el combate asimétrico como “un método difícil de definir pero que se basa en lo inusual, lo inesperado y en procedimientos ante los que no resulta fácil una respuesta mediante fuerzas y métodos convencionales”.
Premonitoria afirmación que quedaría materializada por Al Qaeda con sus ataques terroristas en el corazón de Estados Unidos, la gran potencia mundial, en septiembre de 2001. A partir de ese momento se abriría la que se denominó “guerra global contra el terror” y que ha sido causa y consecuencia de diversos conflictos (Afganistán, Irak, Líbano, Siria, etc.), en los que se ha demostrado que la asimetría tal y como estaba conceptualizada no respondía a las características de estas guerras.
En relación con el entorno en el que se desarrolla el conflicto, segundo de los parámetros citados para analizar la evolución de la asimetría, se debe resaltar que el desorden y el caos son dos de las principales señas de identidad de las guerras actuales (Figura 1), lo que posiciona al contexto como el principal factor diferenciador del modelo asimétrico de nuestros días, en la medida de que ninguno de los contendientes dispone de las condiciones necesarias para ejercer el control de manera dominante.
Es importante, antes de seguir avanzando entender el caos en su relación con el conflicto armado. En el ámbito de la teoría de sistemas, el caos no implica desorden absoluto, sino la existencia de un orden subyacente no lineal, caracterizado por la sensibilidad a las condiciones iniciales y por la imposibilidad de predecir con exactitud el comportamiento a largo plazo (Lorenz, 1993)11. Los sistemas complejos adaptativos -como es el caso de la seguridad internacional- están formados por múltiples actores interdependientes cuyas interacciones generan dinámicas emergentes, no siempre controlables, y en las que pequeños estímulos pueden producir respuestas desproporcionadas.
Figura 2. Esquema del caos. Elaboración propia
En las guerras actuales, especialmente en los conflictos asimétricos, este entorno caótico se manifiesta en la multiplicidad de actores (estatales y no estatales), la superposición de dimensiones (militar, económica, informacional, cibernética) y la volatilidad de las alianzas. Así, el modelo “estímulo-respuesta”, en el que se sustenta el equilibrio en un entorno de caos, se distorsiona, por cuanto la respuesta del sistema no es proporcional ni lineal, sino que puede amplificarse o mutar en direcciones inesperadas debido a la retroalimentación positiva y a la interacción con otras variables del entorno. La Figura 2 muestra esquemáticamente los componentes, mecanismos y factores que influyen en un sistema de caos y como los primeros lo condicionan, mientras que los mediadores permiten su modulación.
Volviendo al referido modelo “estímulo-respuesta”, es necesario conceptualizarlo en el marco de la gestión del campo de batalla, es decir establecer dónde y cómo aplicamos un determinado esfuerzo para obtener una situación de ventaja sobre el adversario, negándole la necesaria libertad de acción y exigiéndole combatir en condiciones muy desfavorables. El conflicto asimétrico se centraba casi de manera exclusiva, como ya ha quedado expuesto, en la superioridad tecnológica que permitía operar en red de una forma eficaz, explotando las ventajas estratégicas -dominio- en campo de batalla.
Figura 3. El orden y el caos. Elaboración propia
La clave para entender este modelo de relación entre los contendientes se encuentra en establecer la diferencia entre el orden y el desorden es lo que se podría identificar como la “frontera del caos”. En la Figura 3 se muestra como dos de los elementos nodales de las operaciones militares, el ritmo12 y el alcance13, si no están adecuadamente evaluados y controlados puede conducir al desorden. De este modo, la frontera del caos surge de la interacción entre ambas variables, un ritmo alto y un alcance controlado contribuye a obtener una ventaja operacional o estratégica, mientras que si ambos o algunos de ellos se encuentran desajustados conducen a una pérdida de iniciativa, provocando una condición de desorden. En la imagen se puede apreciar esta relación entre el orden y el desorden, entendiendo que la mejora de capacidades (organización, doctrina, medios y tecnología) permite el desplazamiento de la frontera del caos.
Figura 4. Zona de ventaja. Elaboración propia
Aceptada la relación directa del orden con las capacidades, parece claro que la frontera del caos no puede ser la misma para los distintos oponentes. En la siguiente ilustración (Figura 4) se puede apreciar como el contendiente A tiene una zona de orden que es más amplia, en consecuencia, la situación de ventaja la obtendrá obligando al adversario a combatir en la zona sombreada. Esta situación se podría asimilar a conflictos como la ya mencionada Primera Guerra del Golfo en la que la superioridad aliada era tan manifiesta que en el modelo de estímulo-respuesta permitía alcanzar los efectos deseados. El problema de aplicar este modelo a las nuevas guerras es que no es fácil establecer una frontera definida entre el orden y el caos para los diferentes adversarios. Las fuerzas de defensa de Israel (IDF, por sus siglas en inglés) eran claramente superiores a los grupos armados de Hezbollah en la guerra del Líbano de 2006 o de Hamas en el actual conflicto en Gaza; aparentemente las capacidades de las fuerzas armadas rusas les permitían una rápida ocupación y control de Ucrania en febrero de 2022; la retirada de Estados Unidos de Afganistán en 2021 devolvió el control del país al régimen Talibán después de casi 20 años de guerra y uno de los mayores esfuerzos bélicos para su reconstrucción. En todos ellos los contendientes supuestamente más débiles alcanzaron una victoria estratégica.
Cabe preguntarse, en consecuencia, cuáles pueden ser las razones por las que la frontera del caos no es uniforme en las nuevas guerras. Gray en su obra “Strategy for Chaos” nos aporta algunas consideraciones a este tenor. Una de ellas se corresponde con los efectos no lineales que las caracterizan, en las que acciones no decisivas tienen unos efectos estratégicos desproporcionados, lo que contribuye a una mayor relevancia del caos. Otro aspecto digno de mención es el hecho de que las guerras siempre se libran por y para sociedades, siendo el factor humano irremplazable. En este sentido se expresa también Smith cuando se refiere a la “guerra entre la gente”, para afirmar que en ellas se combate entre las personas, contra las personas y para defender a las personas.
“La guerra entre la gente es aquella en la que las operaciones se desarrollan en medio de la población, entremezclándose combatientes y no combatientes, y en la que la clave del resultado reside en ganarse el apoyo de esa misma población, más que en la derrota militar del adversario.”14
Figura 5. Asimetría y caos. Elaboración propia
En este nuevo escenario, más complejo, las fuerzas oponentes son radicalmente diferentes en su propia naturaleza, en consecuencia, sus líneas de acción y estrategias son muy distantes entre sí. Volviendo a recurrir al modelo cartesiano de tiempo y alcance se aprecia como estos factores generan diferentes oscilaciones entre el orden y el caos, en consecuencia, las “zonas de ventaja” no son uniformes. Es poco probable que las líneas que marcan los límites entre el orden y el caos no se lleguen a cruzar como era la descrita para la situación anterior. En la situación descrita para este modelo de conflicto asimétrico, una fuerza militar adecuadamente dimensionada podría ser capaz de conducir una operación de gran alcance, a la que un adversario potencialmente más débil, una fuerza insurgente, por ejemplo, no podría responder adecuadamente con ciertas garantías de éxito, y, por el contrario, estos grupos tienen la capacidad para desarrollar acciones de corto alcance en un tiempo muy reducido. Esto nos sugiere que en un entorno asimétrico los “límites del caos” para los dos contendientes se pueden cruzar, creando dos zonas en las que en cada una de ellas una de las partes tiene una posición de ventaja. En este escenario el contendiente mejor equipado y adiestrado no siempre ganará la batalla y mucho menos la guerra.
Ahora posiblemente parece más sencillo entender que lo que realmente cambia no es la guerra en sí misma sino el contexto en el que se desarrolla y por ello resultará de particular importancia analizar cuáles son los factores que lo conforman. El control de esa frontera del caos no depende únicamente del ritmo militar ni del alcance de las operaciones convencionales, sino de la interacción constante de diversos factores que alteran las zonas de ventaja entre los oponentes, generándose una alternancia continua entre el caos y el orden. El conflicto asimétrico no se aparta de su lógica esencial, que no es otra que explotar las ventajas sobre el adversario, pero sí es necesario entender que actualmente requiere una nueva aproximación al fenómeno de la guerra, asumiendo de un enfoque más flexible, la definición clara del objetivo político, la adaptación de capacidades y procedimientos a sus nuevas características, y prestar una atención preeminente al factor humano, evitando sobrevalorar la tecnología.
Los condicionantes del nuevo modelo de asimetría
Abordemos ahora el tercero de los parámetros propuestos en el epígrafe anterior sobre la necesidad de revisar el concepto de asimetría, es decir los condicionantes y multiplicadores, y con ello dar respuesta a la pregunta de cómo se manifiesta en las guerras actuales. Se podría afirmar que el modelo se ha transformado radicalmente, al menos esa es la tesis que propongo, hasta el punto de que me atrevería a introducir el término de “asimetría inversa” para expresar que con él se supera con creces el gap tecnológico, para incorporar otros elementos que contribuyen a moldear las fronteras del caos entre los contendientes de las guerras en la tercera década del Siglo XXI. Se podrían identificar muchos factores que podrían ser considerados como multiplicadores del entorno de caos que caracteriza a la conflictividad mundial de nuestros días, pero al objeto de la síntesis debida a este texto se resaltan los siguientes: terreno, actores, limitaciones, alianzas y procedimientos.
- Terreno. Las operaciones militares han estado tradicionalmente asociadas a la conquista del terreno ya sea para controlar recursos ya para aumentar su poder. Sin embargo, hoy las conquistas territoriales han perdido importancia, además de ser de muy baja rentabilidad en relación con el esfuerzo que exigen. Por el contrario, y como consecuencia de que las guerras se desarrollan, en palabras de Rupert Smith, “entre la gente”, ha cobrado una importancia capital la lucha por los corazones y las mentes, lo que se podría denominar el terreno humano.
La lucha en el terreno humano tiene como una de sus principales consecuencias la extensión del campo de batalla, es decir, los efectos de las acciones tácticas y operacionales tienen en muchas ocasiones un valor estratégico, lo que a su vez se ve favorecido por el exponencial desarrollo de las nuevas tecnologías sociales. Ejemplo de ello, lo tenemos en la ocupación de la Franja de Gaza por Israel que está generando una importante reacción antisemita a nivel mundial.
Este factor puede ser considerado un multiplicador del desorden en la medida que amplía la frontera del caos, por cuanto su control pasa a ser dominado por dinámicas sociales y cognitivas más difíciles de medir y más aún de intervenir. En este contexto ritmo y el alcance de las operaciones pierden su capacidad de influir en la frontera del caos, un alto ritmo de operaciones militares puede volverse contraproducente si erosiona legitimidad, por ejemplo, o el alcance deja de ser territorial dominando su componente humano, con efectos mucho más imprevisibles. - Actores. Tradicionalmente, como consecuencia de su naturaleza política, las guerras han quedado limitadas al ámbito exclusivo de los Estados y en el ámbito operacional al estamento militar. Sin embargo, hoy en día es frecuente encontrar organizaciones no estatales compitiendo con el Estado y grupos criminales de diferente naturaleza llevando a cabo acciones armadas. Por otra parte, los Estados para evitar el desgaste que producen en sus sociedades los conflictos prologados y en ocasiones emocionalmente distantes recurren a contratar lo que se conoce como compañías militares de seguridad privada (CMSP).
Es importante llamar la atención el carácter híbrido de estos grupos armados no estatales que adaptan roles diferentes, político y criminal, según sus intereses. Situación típica de los grupos terroristas como Hamas, Al Qaeda, Hezbollah, Estado Islámico, etc. Es fácil encontrar este tipo de manifestaciones en los conflictos actuales; en referencia a los dos más mediáticos, Gaza y Ucrania, es frecuente ver a los líderes de Hamas aparecer como los legítimos líderes políticos de su población y víctimas de la violencia israelí. Por su parte, la guerra en Ucrania tampoco es ajena al difuso discurso de sus actores, líderes de grupos armados de uno y otro bando enarbolando su papel político o la influencia manifiesta de las CMSP, como es el caso del conocido grupo Wagner, del lado ruso, o el grupo paramilitar ucraniano conocido como Batallón Azov. Además, los líderes de las partes en conflicto olvidan en no pocas ocasiones su compromiso con el derecho internacional, tanto Putin como Netanyahu han sido reprobados por las instancias jurídicas internacionales por sus violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
Así pues, la diversidad de actores en las nuevas guerras es un factor clave que multiplica la complejidad del sistema, reduciendo la capacidad de prever respuestas. Su proliferación no sólo en su número, sino en la diferente naturaleza de ellos (estatales, irregulares, privados) crea múltiples ritmos operativos en paralelo, resultando como consecuencia directa su desajuste, favoreciendo el desorden y el caos. - Limitaciones. Derivado de la profusión de actores no estatales en el conflicto, así como del hecho de que las nuevas guerras convierten a la población en las principales víctimas del conflicto, se produce un notable desequilibrio en detrimento de los ejércitos convencionales, los cuales tienen unas limitaciones al amparo del derecho internacional que no tienen el resto de ellos.
Esta condición genera un auténtico dilema para las sociedades occidentales la necesaria limitación moral y jurídica frente a la ausencia de sujeción a la Ley y unos condicionantes morales radicalmente opuestos. Se podrían poner ejemplos en los diferentes teatros de operaciones en los que se ven implicadas los ejércitos de las democracias occidentales, pero quizás el más palmario sea el de Afganistán, donde se demostró la relatividad del tiempo para los contendientes, mientras que las fuerzas aliadas necesitaban poner fin al conflicto, para la insurgencia talibán el tiempo corría a su favor.
Estas limitaciones introducen rigidez en el ritmo de operaciones de los ejércitos regulares, que pueden quedar bloqueados mientras el adversario actúa con flexibilidad. Este desfase acelera la pérdida de iniciativa y empuja hacia el desorden. Cabe en este punto una breve reflexión para señalar el riesgo de que los ejércitos convencionales caigan en la trampa de utilizar procedimientos similares a los de sus oponentes irregulares, como está sucediendo con las IDF con la ayuda humanitaria en la Franja de Gaza, donde, entre otras consecuencias está perdiendo el relato y la propia legitimidad. - Alianzas. La pérdida de liderazgo de las organizaciones internacionales de seguridad y defensa, unido a la volatilidad de las alianzas, en la mayoría de las ocasiones apoyadas en intereses particulares y cortoplacistas, dificulta la acción coordinada contra agresiones que alteran el statu quo en el sistema internacional y con ello una mayor debilidad en las capacidades.
Es un hecho innegable de que, en las últimas décadas, como consecuencia de la falta de liderazgo global se está produciendo una preocupante erosión de la confianza mutua, lo que abunda en la geometría variable de las coaliciones, incrementando aún más si cabe la incertidumbre. Desde que se iniciara la invasión rusa de Ucrania se ha puesto de manifiesto el débil compromiso de la comunidad internacional, ante una violencia de la soberanía de un país. Incluso en el seno de la propia Unión Europea no se han conseguido la necesaria unidad de acción. Por otra parte, la cohesión de la OTAN también se encuentra en uno de sus momentos más delicados que ponen en riesgo el vínculo atlántico que ha sido el paradigma de la seguridad en Europa durante décadas. Por la otra parte, aparecen nuevas alianzas entre regímenes contrarios al sistema de libertades de la sociedad occidental.
Esta situación genera una preocupante volatilidad que hace que el ritmo colectivo sea irregular y el alcance coordinado se reduzca, detrayendo el control sobre el caos. Si los aliados no sincronizan operaciones, la frontera del caos se desplaza hacia el desorden, porque la cohesión estratégica se diluye. - Procedimientos. La irrupción del ciberespacio a los tradicionales ámbitos terrestre, marítimo y aeroespacial ha facilitado que actores estatales y no estatales puedan llevar a cabo acciones de alto impacto contra sus adversarios, comprometiendo muy pocos recursos. Por otro lado, el desarrollo de las nuevas tecnologías sociales condiciona la competición en el terreno humano, poniendo de manifiesto la importancia de la dimensión cognitiva en las nuevas guerras.
Esta nueva dimensión del conflicto ha facilitado la sustitución de la Paz por la No-Guerra, una suerte de paz sin seguridad en palabras de Colin S. Gray. Esta situación favorece la profusión de los conflictos en zona gris. Ejemplo de ello se pueden citar los ciberataques rusos en 2007 contra Estonia; las campañas de desinformación en redes en conflictos como el de Ucrania, o la injerencia en procesos electorales, por citar algunos de los más conocidos.
En el ámbito operacional estos procedimientos abren la puerta a lo que se conoce como guerras híbridas, las cuales suponen combinar bajo una unidad de mando, acciones de guerra irregular, incluidas ataques terroristas, con otras convencionales, empleando armamento de alto poder de destrucción, así como llevar el campo de batalla a las zonas urbanas, mezclándose con la población civil, utilizándola incluso como escudos humanos y todo ello apoyado en un amplio despliegue mediático, pero lo más relevante es llevar el esfuerzo al campo psicológico para potenciar la dimensión cognitiva del conflicto para convertir acciones tácticas en éxitos estratégicos, como demostró con gran acierto Hezbollah en la citada campaña de 2006 en suelo libanés.
Los procedimientos empleados alteran radicalmente la relación estímulo–respuesta, de manera que un ataque de pequeño alcance puede producir grandes efectos, disdisminuyendo con ello el umbral de la frontera del caos al entrar en la zona de desorden con estímulos menores y más rápidos.
Conclusiones
En síntesis, lo expuesto en estas líneas permite entender que los conflictos actuales se desarrollan en un entorno de desorden y caos en el que se manifiestan numerosas amenazas híbridas que aumentan su complejidad aún más si cabe. En ellas se funden los tradicionales niveles de conducción, táctico, operacional y estratégico, perdiendo importancia la superioridad tecnológica y reduciendo la eficacia de las capacidades convencionales para alcanzar efectos decisivos. En este modelo al que podrían responder las guerras de quinta generación, la asimetría ha sufrido una profunda mutación hasta el punto de que en muchas ocasiones las ventajas estratégicas son alcanzadas por los contendientes más débiles.
En el escenario del caos propio de las guerras actuales de poco sirven las estrategias tradicionales para la resolución de contiendas armadas; si bien este fenómeno mantiene su naturaleza política, su marco normativo y jurídico, y su manifestación violenta, sus características son radicalmente diferentes y requieren un enfoque más adaptativo e integral. La gestión del caos demanda resiliencia estratégica, flexibilidad operativa y una comprensión ampliada de la seguridad, capaz de integrar el factor humano, la dimensión tecnológica y la construcción de legitimidad. Solo así será posible superar el marco de la no-guerra y avanzar hacia una verdadera paz con seguridad.
Jesús De Miguel Sebastián
Coronel (Retirado) DEM
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Una nueva dimensión de la asimetría del conflicto armado
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A new dimension of asymmetry in armed conflict
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