IEEE. Sobre la figura intelectual de Andrés González Martín. Una teoría del todo. Recensión del libro “Líder, poder y guerra. Escritos de geoestrategia”

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08 jul 2025

IEEE. Sobre la figura intelectual de Andrés González Martín. Una teoría del todo. Recensión del libro “Líder, poder y guerra. Escritos de geoestrategia”

Federico Aznar Fernández-Montesinos. Analista del IEEE (CESEDEN)

Andrés González Martín era mi amigo. Pero lo que nos ocupa no obedece a esa figura personal y contingente. Teniente coronel del Ejército de Tierra, del arma de Artillería y de la 43 promoción de la Academia General Militar. Su prolijidad no se quedaba en cuestiones familiares no menores. Diplomado de Estado Mayor, era también diplomado superior en Estadística Militar y máster en Matemática General y Estadística por la Universidad Complutense de Madrid. Además, era académico correspondiente de la Academia de las Ciencias y Artes Militares.

Estamos ante una mente humanista pero construida con los andamios y la solidez de la matemática avanzada. La capacidad de proyección, de desarrollo lógico y despliegue de ideas fruto de tal convergencia resulta más que notable, como atestiguan tanto su obra escrita como su discurso público. Y ello asociado a una creatividad no menor.

Una influencia fundamental en su trabajo es la doctrina de la iglesia católica, particularmente, el pensamiento de Su Santidad el Papa Benedicto XVI del que era un ferviente seguidor tanto en términos espirituales como también intelectuales. La clave del producto es que su capacidad, consistencia y potencial filosófico le permitían tanto una aguda comprensión de la realidad como su proyección y despliegue, lo cual explica su vigencia y actualidad.

Para generar un discurso unificado integraremos sus principales ideas. Tal cosa la haremos hilvanando sus palabras. Se trata de crear, trabando ideas de variadas procedencias y con la sutura de sus palabras y estilo, lo que podríamos denominar una “teoría del todo”, esto es, una aproximación doctrinaria.

Estamos ante una suerte de teoría hipotética que explicaría y conectaría en un esquema teórico y unificado las interacciones ideológicas fundamentales del trabajo de Andrés. Se busca una exegesis que sirva para embragarlas, darles velocidad y proyectarlas mostrando, de paso, una capacidad de comprensión admirable, aunque no sea este el propósito pretendido.

La ausencia de pensamiento estratégico en España y su necesidad

Andrés refería como el interés por los asuntos militares, estratégicos o geopolíticos ha sido, hasta hace poco, muy reducido. Y eso aun dentro de las propias Fuerzas Armadas que, delegando tal cosa en quienes tampoco atendían a ella, se han sentido ajenas a cualquier debate conceptual cifrando su misión en lo exclusivamente operativo, por más que hayan etiquetado algunos departamentos o áreas como “estratégicos”. La razón es que la cultura militar es fundamentalmente táctica, factual, orientada a lo tangible e inmediato.

A resultas, hasta hace bien poco, ni militares ni civiles se inclinaban a publicar sobre cuestiones referentes a pensamiento estratégico, operacional o táctico. Y cuando hicieron tal cosa, tampoco supieron construir un relato con fundamento doctrinal o con proyección estratégica o geopolítica suficiente. Por eso no disponemos de una escuela propia de pensamiento estratégico y geopolítico. Y sin escuelas no hay maestros. Sin escuelas y maestros no hay continuidad. Por tanto, a lo más, lo que ha habido son acciones discontinuas, esporádicas y aisladas. Estamos ante un pensamiento descuidado.

Pero, en ese juego de espejos que es la vida, a resultas, también ante una oportunidad. Y es que tales carencias son la razón de que exista Instituto Español de Estudios Estratégicos al que tanto Andrés como yo nos debemos. Este contribuye a llenar un vacío tan inmenso. Pero también, y más importante aún, sirve para estimular a que otros lo hagan. A un pensamiento estratégico nacional, a una escuela.

A ello se suman factores adicionales. Así, en Estados Unidos, las publicaciones de libros traducidos son un 3% del total; y menor aún es el número que se da en el Reino Unido. Y solo los autores de renombre tienen alguna posibilidad de que sus publicaciones lleguen al gran público.

Al mismo tiempo, más de la mitad de los libros que se traducen fuera del mundo que habla inglesa se hacen precisamente de libros escritos en inglés. Existe, por lo tanto, un desajuste entre los libros traducidos del inglés, la gran mayoría, y los libros traducidos al inglés, los menos. El resultado es que el ritmo al que crecen los lectores que, no hablando la lengua inglesa, leen obras escritas originariamente en inglés es mucho mayor que el de lectores que, con la lengua inglesa como lengua propia, leen obras no escritas en inglés. Este pensamiento monolítico y autoreferente, curiosamente, abre opciones a quien ponga empeño para ello, si se le dota de un altavoz para poder hacerlo en una esfera cultural intelectualmente copada y en la que, por ello, no existe suficiente debate de ideas y referencias. Un espacio al que también responde el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Además, y por si la falta de ambición intelectual en este campo fuese una cuestión menor, el español se inclina, de forma natural, a dar mayor crédito a un historiador norteamericano, doctorado en Harvard, cuando escribe una historia de México. Y mientras menosprecia lo propio, naturalmente, sino se es el autor, que, como hemos visto, no suele serlo. Y eso cuando, precisamente, lo más sensato sería poner en cuestión esa historia mexicana por estar escrita por un estadounidense, formado en una universidad de su país y con acceso fundamentalmente a fuentes estadounidenses o escritas en inglés. Afortunadamente con la alimentación y el calzado su proceder es otro.

Además, es muy sensato reconocer que pocas cosas son más difíciles de conocer que un país extranjero. Siendo siempre difícil, el grado de dificultad es creciente con la distancia cultural y tecnológica. La acumulación de datos no suple nunca la impresión directa, la vivencia. Un pueblo es un sistema también de secretos que no pueden ser descubiertos sin más desde fuera. El secreto y el misterio de repente se convierten en la clave que abre el entendimiento, posibilitando la relación sobre una acertada interpretación de las percepciones y de sus significados. De hecho, una nación es un sistema de secretos.

Andrés era fiel a la propuesta de Clausewitz, que relacionaba las distintas épocas con su particular teoría de la guerra y la necesidad de explorar el tiempo cultural vivido para poder entender todo lo relacionado con la guerra. Y es que esta impone una aproximación integral al contexto y al ambiente de una realidad social concreta para comprender su forma de entender y hacer la guerra. La ética militar hoy solo puede entenderse analizando nuestro mundo de ideas, pensamientos y creencias y cómo estas afectan al concepto de guerra. Por esto es imprescindible, para entender la guerra, dedicar tiempo a analizar el desarrollo y evolución actual de nuestra civilización, que, a pesar de perder peso en el mundo, sigue siendo una referencia.

El germano pudo experimentar esta necesidad de evaluar el contexto porque vivió un cambio de era. Nació y se educó en la modernidad para madurar en la época contemporánea. Como soldado contempló con asombro y admiración la transformación de los ejércitos reales en ejércitos nacionales, fruto de un profundo replanteamiento del papel de los agentes políticos y de los mecanismos e instituciones encargadas de estructurar su relación.

A diferencia de Clausewitz, nosotros no estamos viviendo a caballo de dos eras en nuestra civilización. Pero nos enfrentamos a un cambio más profundo y que está provocado por un avance sin antecedentes de la tecnología y de la capacidad humana de transformar la realidad con su intervención. Un nuevo Prometeo nos lleva de la mano en este momento histórico en el que la civilización occidental ha sido puesta en cuestión por el propio Occidente.

Así, al afirmar que cada guerra es única, producto de un tiempo y un espacio, donde se produce un encuentro dialéctico de dos identidades políticas concretas, estamos negando a la guerra a su condición de fenómeno y por supuesto de institución.

En esta lógica una de las referencias insustituibles es la posmodernidad. En los años 50, los estudios sociológicos del comportamiento anticipaban la transformación del hombre viejo, hasta entonces guiado desde dentro por la conciencia, en un hombre nuevo guiado desde fuera. Este sustituye el giróscopo interior, equilibrado por los principios, por un radar social que le guía en función de los ecos que emiten otros. El desarrollo de las nuevas tecnologías potencia esta tendencia anunciada hace ya 70 años.

La posmodernidad

El posmodernismo critica la capacidad de la razón para alcanzar la verdad. Esta se convierte en un horizonte difuso del contexto y en una consecuencia de la perspectiva. El resultado es el relativismo. El lenguaje es el que crea la realidad y por la tanto el que puede destruirla y crear otra. El verbo deconstruir se conjuga con facilidad. Al fin y al cabo, la realidad tiene más que ver con la gramática que con la lógica.

Y comienzan a aparecer las dificultades conceptuales. Todo modelo parte de una verdad única, de la cual se deduce, desde una perspectiva cartesiana, el resto. Sin embargo, esto no es así en la democracia en la que no existe una verdad que pueda afirmarse sobre otras, lo que realmente existe son acuerdos básicos sobre diferentes verdades que hacen posible la existencia de una comunidad política y obligan a mantener un diálogo vivo y constante, para su mantenimiento y actualización.

Además, el poder que resulta atribuido al pueblo, en realidad reside en sus vanguardias, sean estas económicas o de cualquier otro tipo, internas o externas. Y existen poderes informales que promueven muy eficazmente actos en su propio interés. La igualdad de todos es una ficción necesaria para la construcción de una democracia. El mayor riesgo para la verdad subyace en lo que resulta asumido, incuestionable y transparente.

La crítica que desde el nuevo estadio conceptual se hace a la modernidad se fundamenta en el rechazo al dualismo, verdadero o falso, bueno o malo, valioso o no valioso, ético o no ético, sabio o ignorante, ortodoxo o heterodoxo. El posmodemismo defiende la pluralidad como sistema, cuestionando toda autoridad, por estar necesariamente asociada a una cultura y a unos prejuicios. El resultado de lo expuesto es que la opinión de los más preparados, de los expertos, de los especialistas, de la élite se presenta como un peligro para la propia autonomía del individuo común. La Autoridad del saber es una amenaza a la independencia de juicio y las élites del conocimiento acaban siendo un peligro. Es la muerte del mérito del saber.

Nos encontramos como resultado en un mundo de conceptos débiles y adaptativos. Y es que el escepticismo, el individualismo y la diversidad están culturalmente inscritos. Esta, sin complejos, se manifiesta narcisista, hedonista y reivindicativa. Como resultado, la transcendental ecología de valores en la que arraiga la comunidad, la solidaridad, la confianza, la justicia y la democracia participativa están indefensas frente a las propuestas utópicas de la cultura predominante, que, sin pretenderlo, está socavando sus prerrequisitos morales. Cuando en un barco, en medio de una tormenta, todos gritan primero yo, la navegación se complica.

El hombre se hace unidimensional. Vive simultáneamente de espaldas al pasado y al futuro en un disfrute del presente que le impide el compromiso. Es producto de una sociedad líquida donde el único factor compacto de interrelación social y política es económico. Frente a las sociedades de memoria y de proyecto surgen las sociedades de consumo.

A resultas, el individualismo como autoafirmación que excluye el compromiso no ha eliminado la crítica, sino que ha convertido a la crítica en un elemento del sistema porque detrás de ella solo hay desafección, pero nunca un proyecto. Por eso la crítica del hombre unidimensional no tiene dientes. Y la ruptura con el pasado y el futuro del hombre unidimensional le impide mirar más allá del hoy. Llegar a fin de mes o al fin de semana es el objetivo que ocupa toda su actividad, su ambición y creatividad, atrapándole en una rutina cotidiana que le impide pensar que las cosas podrían o deberían ser de otra forma. Obvia la trascendencia.

En esta situación la conciencia crítica sólo puede surgir del viejo y austero hombre multidimensional que se siente capaz de asentarse en la continuidad del tiempo, vinculando el pasado y el futuro con el presente, dándole un sentido que va más allá del ahora mismo.

En fin, el rechazo al hombre multidimensional se asienta en el rechazo al deber.  La sociedad pos moralista repudia la retórica del deber austero, del sacrificio, de la obediencia, de la abnegación, de la renuncia, del servicio, del trabajo duro y constante, del compromiso y de la palabra, incluso de la lógica asociada a cualquier orden de valores estables. El pos moralismo, que se presenta como un caos organizado, entroniza los derechos individuales y la autonomía, el deseo y la felicidad personal. El deber se transforma en un prejuicio que impide el desarrollo de una racionalidad reflexiva y adaptativa. El deber supone una rigidez que no permite la fluidez personal. No es negociable ni ofrece opciones consensuadas que no supongan la aceptación de un mal menor gestionado.

La sociedad líquida exige la superación del deber como categoría ética porque impone una resistencia al cambio, implica propuestas maximalistas y no otorga crédito a las normas indoloras de un modelo que se distancia de cualquier sacrificio mayor y de cualquier arranque y renuncia de sí mismo. El individuo es el nuevo valor absoluto de los tiempos modernos, desligado de toda deuda social, política, cultural, histórica, económica, familiar.

Un elemento añadido y perturbador es la consideración universal de la nueva ética indolora, su carácter misionero. Este se encuentra inevitablemente asociado al conflicto con todos los modelos sólidos de pensamiento y de sociedad. El profundo antagonismo del pos moralismo con cualquier credo religioso, político, comunitario, o construido alrededor de imperativos de razón y valor categóricos generará tensiones.

Con todo, lo más peligroso es la imposibilidad de establecer canales de encuentro donde sea posible un diálogo que permita comprender y aceptar a la otra parte. Cualquier intento de restablecer un orden de deberes será reprobado por una sociedad mayoritariamente pos moralista, provocando una indignación colectiva que se materializará en el rechazo de cualquier enfoque revisionista. Este será asociado a un oscuro pasado inhumano.

Estamos también ante el imperio de lo efímero La evanescencia de la propuesta del pensamiento dominante que se manifiesta en una sociedad líquida y se potencia con un sistema de producción orientado al consumo de masas. La obsolescencia programada y la moda fijan una fecha de caducidad a los productos, también a los generados por la industria cultural. La moda se halla al mando de nuestras sociedades. La seducción y lo efímero son así los principios organizativos de la vida colectiva. Las nuevas tecnologías, su rápido desarrollo y su potencial de generar espacios virtuales contribuyen a consolidar esta tendencia.

Todo es breve, las empresas y sus organizaciones, las culturas corporativas, los modelos de negocio, las estrategias políticas, militares, empresariales, los conceptos, la estética y la ética, los modelos de liderazgo, el perfil de los líderes, los contratos de trabajo, la estructura social, todo fluye muy rápido. La publicidad y los medios de comunicación promueven una sociedad del espectáculo y una cultura de la novedad.

El resultado es la frivolidad social, la descomposición de la autoridad y la infantilización de la cultura, lo que resulta en un desarraigo que favorece la aparición de un hombre unidimensional. Todo tiende a exaltar la imagen por encima de la realidad que se pretende representar con peligro de que perdamos la capacidad para distinguir lo real de lo que no lo es. El modelo favorece la manipulación siempre que sea sostenida por una continua acción publicitaria con capacidad persuasiva para modelar las aspiraciones, percepciones, los juicios y los posicionamientos.

Para el ciudadano conforme -nombre de un trabajo de Justo Zambrana de 2006 que produjo profundo impacto en Andrés- el único tiempo social es el presente. No es posible ninguna estrategia porque esta es el arte de la distancia y la distancia está fundamentalmente referida al tiempo. La trágica realidad se observa como un espectáculo en el que el espectador no siente que pueda actuar por serle ajeno y distante.

En las sociedades más desarrolladas política y económicamente la respuesta es automáticamente complaciente y adormece cualquier planteamiento crítico que tenga en cuenta los desafíos. La posmodernidad expresaría no sólo un desmoronamiento de la idea de futuro, sino de la historia misma. El desencanto con el futuro es fundamentalmente una pérdida de fe en una determinada concepción del progreso: el futuro como redención.

El hombre posmoderno no reconoce, obviamente, ni la existencia de la culpa ni, consecuentemente, del mal. Así, puede liberarse del bien, y, por lo tanto, de la transcendencia, sin pagar ningún precio, sin sufrir ningún castigo. El «seréis como Dios», adquirido con la desobediencia, otorga al hombre el privilegio de negar la posibilidad de actuar mal y el regalo de reconocerse solo como virtud indomable porque elige sin restricciones. Esto no es nuevo. Ya Chesterton la identificaba en el comienzo de su obra Ortodoxia cuando manifestaba su asombro porque algunos teólogos discutiesen el dogma del Pecado Original. Para Chesterton era tan evidente que lo consideraba el único dogma que podía demostrarse solo con mirar la realidad del mundo y del hombre.

La nueva rebeldía solo permite reconocer una culpa. La única culpa es la de quienes mantienen el propósito de obedecer. Este dibujo de fractura entre los sabios del mundo y los pobres de Yahvé la proyecta también Chesterton en una frase ingeniosa: «¿Por qué todos los tontos del mundo se imaginan que el alma solo es libre cuando desobedece?»

Una pregunta así puede tener muchas respuestas. De hecho, las palabras de Chesterton nos permiten descubrir que vivimos atrapados por un relato omnipresente y fundado en la autoindulgencia. Un relato peligroso que niega la culpa y el pecado para permitir subsistir en una cultura desquiciada de sentimentalismo y victimismo. Hace tiempo que dejó de interesar distinguir entre el bien y el mal porque lo exige la autodeterminación del individuo. Ahora, a este lujo solo propio de emperadores y sátrapas, se unen nuevas licencias.

El dolor y el héroe

Así, el estado de la cuestión se complica. Especialmente peligroso en este ambiente es el desarrollo tecnológico y la trampa de las redes sociales, que dificultan diferenciar lo virtual de lo real. El ámbito virtual nos otorga mucha holgura, nos permite cometer errores por los que no es necesario pagar, al menos inmediatamente. No obstante, lo real juega con márgenes más estrechos.

El hombre fuerte y que es capaz de soportar el dolor no es moderno. Vislumbrar lo eterno requiere salir de la modernidad y de la posmodernidad. Entonces el sufrimiento empezaría a ser sereno. Cuando el hombre descubre que el tiempo es solo una criatura, una nueva luz permite entender que el auténtico mal no es el dolor sino el miedo a padecerlo. La contingencia del tiempo nos descubre la transcendencia del dolor: donde hay dolor algo importante está en juego. Las espadas están en alto y podemos ganar, aunque no lo veamos hoy ni sea pronto. La luz de lo permanente desvanece el desaliento y la inquietud. Nuestro deseo no pierde de vista su meta, sea cual sea el pronóstico para mañana. Entonces, la esperanza se renueva porque el deseo de ser dignos se percibe como posible.

No se puede desear nada de forma eficaz si psicológicamente tenemos la sensación de ser incapaces de alcanzarlo. Cuando la voluntad desfallece, es necesario, para volverla a despertar, una labor de remodelación de nuestras representaciones que nos permita percibir de nuevo lo que queremos como accesible y deseable. Reavivar la voluntad nos impone la obligación de cambiar de paradigma y una buena forma de empezar es cambiar de lecturas. Antes que cualquier otra cosa es necesario recobrar la esperanza en lo que creemos y en nuestra capacidad para vivir según los principios que supone nuestra creencia.

Una reconfiguración de nuestras percepciones permitirá a la sociedad llegar a aceptar el precio. Frente a la simple resignación, se impondrá la verdadera aceptación. El resultado es que no nos limitaremos a sufrir hasta las consecuencias de su eventualidad, sino que de alguna forma seremos capaces de elegirlos, significando elegir realizar un acto de libertad que supone el rechazo del miedo, cuando este se manifiesta en fórmulas como el terror. Entonces, el valor del dolor sería infinito para las víctimas y nulo para los victimarios. La víctima que asume su papel se convierte de esta manera en el héroe más indómito y la resiliencia de la sociedad se fortalece.

Llegar tan lejos exige estar convencido de que no todas las opciones son iguales. El empate entre el bien y el mal, el relativismo, no puede alimentar la resistencia. Solo los héroes merecen ser recordados, solo los buenos merecen ser considerados, solo los buenos pueden ser la referencia, solo los buenos son un modelo de vida. Y los buenos son los que hacen el bien, dejemos que la belleza salve al mundo.

Pero los héroes necesitan nombre de hombre o de mujer, necesitan tener origen e historia personal, necesitan tener pasiones, virtudes y, por supuesto, algún pecado del que arrepentirse. La condición humana del héroe es la que le otorga la condición de modelo. Este aspecto es clave porque resulta movilizador. El verdadero estímulo es saber que la gesta está al alcance de todos y eso a pesar de todas las dificultades. El héroe alimenta nuestra esperanza porque nos demuestra que nuestras aspiraciones pueden alcanzarse.

Saber que la gesta está al alcance de la mano de un hombre con nombre y con historia es un auténtico estímulo para todos los hombres, para los capaces de admirar la aventura de vivir con sentido e intentan emular a los que así lo hicieron. Nombre para conocer, condición humana para estimular, hazaña para admirar son los elementos básicos con los que debe jugar el poeta para sostener la esperanza en los días más grises. El hombre, el nombre y la gesta son la materia prima, y la palabra su proceso de transformación.

Es posible que muchos lleguen pensar que es la palabra la que concede el valor añadido al producto, pero cada detalle tiene su importancia. La palabra es la encargada de unir al héroe con su público. Si borramos las palabras, aunque tengamos nombre, hombre y hazaña nos quedaremos sin relevo. El relato tiene una función social que no es otra que inspirar la acción de los que escuchan. Si además concedemos algo de valor al sentimiento, como palanca capaz de movilizar la adhesión, entonces nos ocuparemos de incorporar la poesía y también la música, y el poeta se convierte de esta manera en parte de la hazaña.

Esta actitud es posible cuando personal y socialmente se ensalza el valor de los valores sobre los que se fundamenta la vida social. El discurso de los valores es necesario, pero no suficiente si no está hecho vida. Solo cuando los valores se identifican con personas que intentan vivirlos son creíbles. Sin rostro humano los valores son solo retórica. Cuando descubrimos la tensión que en otros genera la lucha por vivir según unos principios, es cuando aceptamos la legitimidad de su palabra para impulsarnos más allá de lo que nos interesa. Para poder resistir el dolor que otros nos imponen necesitamos un crucificado al que mirar con respeto, esperanza y admiración. Los héroes cumplen una función por lo que hacen, pero también por lo que enseñan a hacer. Sin héroes, la indiferencia gana.

Por eso estamos viviendo también un tiempo en el que se está produciendo una revalorización del testimonio y del testigo como fuente primaria de conocimiento. El auge de la cultura digital permite una relación más directa e inmediata, donde el impacto emocional de la imagen es más fuerte que las reflexiones más profundas.

Así, la pedagogía de la celebración supera a la del simple recuerdo. Las víctimas merecen ser celebradas porque, son héroes y, políticamente, su dolor tiene sentido. No hacerlo es, además de una injusticia, perder la oportunidad de reforzar la legitimidad del Estado frente a la violencia ilegitima.

El relato tiene una función social que no es otra que inspirar la acción de los que escuchan. Si además concedemos algo de valor al sentimiento como palanca capaz de movilizar la adhesión, entonces nos ocuparemos de incorporar la lírica, y también la música. El poeta se convierte de esta manera en parte de la hazaña. De alguna manera, el poeta, el escritor, es herido por la realidad y por ello tiene una perspectiva más clara sobre lo que está pasando. Es capaz de sentir el impacto de lo que está sucediendo y proyectarlo. Las letras humanizan los acontecimientos. Los hechos, sin más, dejan de ser solo noticia para convertirse en acción viva, donde la persona se enfrenta al drama de la vida dándole o no sentido.

Con todo, la literalidad del lenguaje pierde peso frente al lenguaje figurativo. Las relaciones son más personales y el poder del protagonista del mensaje es tan relevante como el mensaje mismo. Realmente, protagonista y mensaje son parte de lo mismo, ambos construyen una relación cada vez más interactiva. Frente al saber tradicional, encerrado en los libros, el testimonio y el testigo ganan terreno e influencia. Este aspecto es relevante y potencia la importancia que siempre ha tenido el compromiso personal. Con esta nueva perspectiva el peso del papel de la memoria viva de las víctimas se multiplica.

Poder, legitimidad y manipulación

Cuando el espesor del presente es insuficiente, la retórica del poder puede degradarlo todo. La superficialidad del conocimiento de lo humano permite una más fácil manipulación de las realidades y de las palabras y, todavía más, permite separar lo material de lo espiritual, lo real de lo conceptual, los hechos de los pensamientos, los actos de las palabras. El lenguaje político moderno ha conseguido arrinconar la palabra deber. Claro que esto es consecuencia de haberse olvidado antes del todo el valor de la palabra ser. Sin ser y sin deber no puede entenderse el sufrimiento y sin aceptar el sufrimiento no se puede resistir la embestida del enemigo asimétrico. La negociación, según el nuevo modelo, no es una opción, es un imperativo.

La paz como acontecimiento ofrece muchas posibilidades. Realmente, ninguna paz es igual a las demás. Muchas paces son posibles y no todas valen lo mismo: algunas son más simpáticas que otras y, desgraciadamente, las hay verdaderamente monstruosas.

En fin, la clave de un mundo complejo e interconectado son los aspectos irracionales, los sentimientos. Y es que lo emocional prima sobre lo racional y un buen discurso resulta mejor que un discurso verdadero. Y, además, resulta más manejable que la razón. Esto se agudiza con una globalización que propicia el cruce de agendas y facilita la injerencia en los asuntos internos por terceros. Las políticas de influencia son, dentro de lo que se conoce como Soft Power, discretas y efectivas. Y suplantan la confrontación. Los peligros para la democracia son evidentes.

Con todo, donde hay poder, hay resistencia. Si los objetivos deseados están al alcance de la mano, la potencia no necesita transformarse en acto. Sin resistencia no tiene sentido el poder, que solo se experimenta como libertad en tensión con otras libertades. La guerra hace evidente esta relación pues esta existe en la medida que alguien está dispuesto a resistir, a oponerse a un envite.

En la guerra es fácil identificar la reciprocidad de acción entre el que ataca y el que resiste. Por eso el ataque y la defensa, la ofensiva y la defensiva tienen un carácter necesariamente complementario. De la misma forma, también en paz existe reciprocidad entre la acción que ejerce quien domina y los dominados, que con mayor o menor intensidad resisten a la imposición que sobre ellos se ejerce. Si el dominado acepta la dominación, el poder no se desgasta.

En cualquier caso y por bien que vayan las cosas, no hay ninguna estructura que pueda garantizar la automática, unánime y permanente aceptación de una legalidad y de una legitimidad. Quien promete un mundo mejor que durara irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la naturaleza del hombre y su libertad. Todo poder está permanente puesto a prueba. El resentimiento, la reacción contraria puede aparecer en cualquier momento. Entonces, el poder frente a la resistencia puede o bien intentar destruirla o bien intentar limitarla para reconducirla. En el primer caso el poder sería directo o inmediato y en el segundo, indirecto o mediato.

Mientras que al poder directo le es indiferente la subjetividad del subordinado, el poder mediato quiere actuar sobre su conciencia, para que se convierta en sujeto obediente, incluso para alcanzar su colaboración. El poder mediato no anula la resistencia, la incorpora a la relación de las dos partes; por eso admite, dentro de unos márgenes, cierto rango de alternativas.

Las estrategias de poder exigen cambios continuos en sintonía con los resultados y los relatos en los que se fundamente la propia legitimidad del poder. Por eso tanto la propuesta del poder inteligente como la de la contrainsurgencia han tenido y pueden seguir teniendo valor, al margen de los costes.

La legitimidad se fundamenta siempre en una teoría política, por no decir en una ficción política, que en la medida que sea convincente tiene sentido. Legitimidad es lo que se acepta como legítimo y siempre es la aspiración última de toda intervención del poder. El poder sin legitimidad tiene fecha de caducidad y busca consolidarse justificándose en unos principios y valores en los que se pueda creer. Por eso en las nuevas guerras, en la era de la información, el componente discursivo expositivo es más importante que el choque de fuerzas. Al final, el poder inteligente es el que diseña estrategias capaces de producir resultados óptimos, siendo la medida última de la condición óptima de una estrategia, su capacidad de generar legitimidad.

En la guerra es fácil identificar la reciprocidad de acción entre el que ataca y el que resiste. Por eso el ataque y la defensa, la ofensiva y la defensiva tienen un carácter necesariamente complementario. De la misma forma, también en paz existe reciprocidad entre la acción que ejerce quien domina y los dominados, que con mayor o menor intensidad resisten a la imposición que sobre ellos se ejerce. Si el dominado acepta la dominación, el poder no se desgasta.

Guerra, terrorismo y ética

La guerra es un choque de poderes y no de meras fuerzas. La batalla táctica es a la vez prueba de fuerza y prueba de sentido, pero no se resuelve por la comparación del valor de las razones sino por el choque de las fuerzas. La fuerza es la clave, por eso la guerra no tiene sentido solo tiene función. No tiene sentido porque no juzga el sentido de las partes en liza solo «traduce la fuerza de uno y la debilidad del otro, más aún, traduce la una a la otra y recíprocamente». Es un traductor preciso que fija la posición relativa de los contendientes, mientras hay batalla se vive una absoluta identidad dialéctica en la condición compartida de combatiente.

La batalla iguala a las dos partes mientras ofrece la oportunidad de expresar su genio táctico, pero su desenvolvimiento tiende a romper la igualdad de partida. El combate no busca resolver una ecuación sino destruir una equivalencia. La equivalencia que fija el enfrentamiento entre dos partes que se miran, se escuchan, interactúan, se necesitan una a otra para descubrirse y entonces decidir.

Mientras dura el contacto las dos partes pueden matar y la muerte es la base de todos los cálculos, el motor de todas las decisiones, el mensaje universal que uno y otro utilizan para entenderse. En esta situación, la muerte iguala a las dos partes en una identidad de riesgo que se convierte en la categoría definitiva. En la batalla la condición decisiva es la de combatiente, lo demás no importa. Ahora bien, la identidad que fija el intercambio de golpes no dura siempre.

Al final una parte gana y otra pierde, uno es el señor de la victoria y otro el esclavo de la derrota. En este momento, cuando se cierra el acontecimiento táctico, todo se pone en orden y el debate se acaba. El intercambio de muerte termina y por lo tanto se deja de tener la posibilidad de oír otro discurso distinto del vencedor. Mientras, nuevamente, las espadas están en alto los dos hablan, los dos cuentan; cuando termina la lucha solo habla uno, solo uno tiene potestad de matar. Pero si desaparece la batalla, si el campo táctico deja de ser determinante, si las intenciones y acciones dejan de contrastarse de un modo estrictamente físico, entonces la estrategia pierde su patrón de medida.

En estas circunstancias, la fuerza militar deja de ser decisiva por ser incapaz de traducir los mensajes políticos y estratégicos a su ámbito de actuación. La guerra descubre quien gana y quien pierde, sin embargo, no descubre quien tiene razón. No resuelve el debate de los valores, ni el de los intereses, la guerra se ajusta al veredicto de las armas.

La victoria no depende del valor de las causas enfrentadas. En el campo de batalla gana siempre el que tiene mejores cartas y las mejores cartas las tiene el más fuerte tácticamente, que es el que alcanza una superioridad técnica aplicada al desenvolvimiento operativo. Pero este discurso de la guerra parece haberse terminado, la batalla táctica ha muerto, el éxito táctico no importa. La inversión de los pesos la impone el cambio del contexto donde se hace la guerra, la fuerza sigue estando presente pero ahora lo definitivo es la prueba de sentido que cada parte encuentra en el enfrentamiento. Y eso cuando ahora se llega más lejos porque se ha descubierto la posibilidad de destruir el sentido del esfuerzo del enemigo sin combates decisivos.

Un poco de constancia puede ser suficiente para erosionar la voluntad de sostener cualquier esfuerzo en una lucha no vital. Y el centro de gravedad ha dejado de ser físico y de lo que se trata es de romper la relación entre el objetivo militar de la guerra y la finalidad política de la misma. En este contexto, cuando la prueba de fuerza no existe y hablamos de guerras que, en el fondo, no están sucediendo, aunque ocupen las páginas de todos los periódicos, en estas circunstancias nos encontramos ante una prueba de sentido.

En este nuevo escenario, cuando los componentes inmateriales pesan más que los materiales, es posible destruir el sentido del esfuerzo del enemigo sin combates decisivos. La batalla ha dejado de ser el rito fundamental de la guerra. El centro de gravedad ha dejado de ser físico y de lo que se trata es de romper la relación entre el objetivo militar de la guerra y su finalidad política.

En este contexto, cuando la prueba de fuerza no existe, la guerra se hace virtual y se convierte en un sucedáneo de sí misma; la clave es el peso de las apuestas y aparece la asimetría en el envite. De esta manera, los contendientes dejan de tener la misma condición básica, la igualdad que impone el combate se rompe, uno puede estar luchando a muerte y el otro solo por su utilidad. El que resiste más gana siempre. Las partes no luchan entre sí. Las partes luchan contra sí mismas para permanecer erguidas más tiempo que el adversario.

El combate cesa cuando ya no significa nada para uno de los adversarios, el combatiente esta vencido cuando está convencido. El convencimiento antes era consecuencia de la aceptación de la derrota, pero ahora se llega más lejos. Se ha descubierto la posibilidad de escapar de la prueba de fuerza decisiva resistiendo en otros dominios fuera del campo de batalla.

Como consecuencia, la guerra se transforma en pura retórica, todo es discurso, todo es simulación y solo unos pocos sostienen el pulso. Estamos delante de una representación donde la acción militar solo sirve para captar la atención de las cámaras y de esta manera proyectar mensajes. Acción y mensaje buscan ser lo mismo. En el momento que se disocian, cuando la acción contradice el mensaje, se esfuman las posibilidades de ganar. Al perder la lucha significado su resultado queda al margen del balance de fuerzas. La respuesta en el espejo asimétrico de una guerra entre la gente y a la vista de la opinión pública provoca un intercambio de mensajes con muchos códigos; entre ellos el de los golpes, donde la violencia se encarga de amplificar el sonido y aumentar el alcance de las palabras e ideas, pero donde la forma de empleo de la fuerza puede desnudar cualquier causa de su sentido.

En este desenvolvimiento cualquier posición puede ser desequilibrada por los propios gestos. Desplazarse sin entender el valor de cada movimiento significa perder la capacidad de ser inteligibles por el enemigo, por el amigo y por el resto del mundo. «En el choque de ejércitos y culturas, la incapacidad para comprender los movimientos del adversario es la llave de toda derrota: el mejor traductor gana. Aquel que cesa, al fin de traducir, pronuncia su derrota».

Además, de la misma forma que hay un uso legítimo de la violencia y otro uso ilegitimo, hay un uso político legítimo del dolor y otro ilegitimo. El dolor que fundamenta una política democrática basada en la igual dignidad de todos los hombres y en el respeto a la ley es un dolor pacificador, es un dolor con una función valiosa que enseña a buscar el bien común; el dolor que fundamenta la aniquilación de los derechos políticos y sociales del que discrepa es un dolor que alimenta el odio, es un dolor con una función perversa que destruye la posibilidad de buscar el bien común. La equidistancia en estas cuestiones es peor que un pecado, es un error: un pecador puede arrepentirse, un imbécil no.

La espiral no podrá detenerse si a esta tendencia deshumanizadora le unimos el rugido de un coro fanático que, durante muchos años, ha repetido el estribillo estridente del himno que ensalza al que apretó el gatillo o colocó la bomba. Pero la violencia envejece rápidamente, y el atractivo que inicialmente puede provocar pronto se desvanece porque arrastra al hombre a dejar de serlo. La violencia pronto deja de estar segura de sí misma y para sostenerse con la cara limpia necesita invocar a la mentira.

Desenmascarar el pacto entre la mentira y la violencia es una responsabilidad personal. Ahí está la grandeza del hombre que elige la verdad, la justicia y el dolor frente a la mentira, la violencia y su comodidad. El sufrimiento es inevitable al levantarse contra los dragones sin estar dispuesto a convertirse en uno de ellos. La tibia indiferencia es una actitud posible cuando nada relevante está en litigio, pero cuando lo que está en juego es la esencia de la propia convivencia, la indiferencia es una forma de despreciarla.

Un atentado puede ser controvertido en muchos aspectos, pero nadie, ni siquiera los terroristas, puede ignorar el valor del dolor de las víctimas. Ellos precisamente son muchas veces los más conscientes del valor de ese dolor. Por eso, cuanto más sensible es una sociedad al valor de la vida humana y con más fuerza rechaza el uso político de la violencia más vulnerable es a las acciones terroristas.

En este entorno nuestro posmoderno, el terrorismo termina trazando una confusa función hiperbólica que solo puede desdibujarse con la determinación del que acepta el riesgo de convertirse en víctima, aunque para el pensamiento débil esto sea una imposibilidad. El más grave de los daños que nos puede imponer la violencia política es la disolución de nuestras creencias. Los terroristas pueden acabar robándonos todo aquello en lo que habíamos creído.

La paradoja que se nos presenta no es fácil de asimilar y desde luego rompe con la lógica de los que aspiran al paraíso en la tierra: la única forma de defender la vida y la libertad es aceptando el riesgo de que nos la arrebaten de un tiro sin perder la convicción y compostura. El panorama contradictorio que nos impone la lucha contra el miedo marca un camino tortuoso para el hombre que busca vivir la dignidad de lo humano.

Responder al miedo exige estar dispuesto a pagar todos los días el más alto de los precios mientras nos esforzamos por llegar a fin de mes. Desgraciadamente, en la sociedad del bienestar los héroes parecen tontos. El problema es de cosmovisión. Se piensa que el precio de la paz lo deben pagar otros; además, el propio Estado nos educa en este principio. Pagamos impuestos fundamentalmente para no sufrir, para no temer. No pagamos impuestos para que se nos exija ser héroes. Precisamente en eso en gran parte consiste el contrato social moderno; el ciudadano renuncia a la dignidad de ser héroe y el Estado se encarga de garantizar su bienestar a cualquier precio. El ciudadano se declara conforme con el resultado político mientras le dejen en paz. Esa es su ética.

Por el contrario, la ética militar es una función histórica continua, un soplo vital humano, que se fundamenta en una relación ordenada del binomio Eros-Pathos, de la bipolaridad que enlaza el amor y el sufrimiento. Es hija de un amor obediencial sufriente. La ética militar sería así un impulso civilizador destinado cuya función sería integrar tensiones y contrarios omnipresentes.

Por supuesto que tiene una dimensión cultural, pero no solo, porque en todas hay un aliento de superación de contradicciones indómitas que se aceptan mirando más allá, para ennoblecer lo más vil. El resultado obliga a renunciar, pagando el alto precio que exige la fatalidad de lo que pueda quedar de humano dispuesto a rehusar convertirse en bestia.

Ritualizar la guerra supone su transformación. Esta deja de ser un impulso biológico para convertirse en un acto social y político que puede ser, de alguna manera, disciplinado y ordenado por un entramado institucional.

Los ritos de declaración de guerra y de victoria no responden a un derecho reconocido al enemigo, sino, fundamentalmente, a una exigencia interna. La dimensión religiosa en todo lo relacionado con la guerra en los pueblos de la antigüedad era evidente. Ignorar los ritos exigidos convertía las acciones bélicas en actos impíos, y, por lo tanto, la victoria no merecía ser reconocido como meritoria. El carácter teológico de la guerra y la victoria ha sido y puede seguir siendo para algunos el fundamento más fuerte de su legitimidad. En cualquier caso, el rito, religiosos o cívico, es requisito necesario para la completa legitimidad de la guerra. El rito es imprescindible para vincular el uso de la fuerza con los mitos de cada cultura y, por lo tanto, con una dimensión transcendente.

En la guerra virtual, la ética militar, sus virtudes, sus ritos y mitos, su solidaridad con los caídos… son solo elementos folclóricos adecuados para el estudio de los antropólogos, arqueólogos y sociólogos. El mundo militar se convierte en un mundo indómito, pero sin interés. Este se observa desde la pantalla del televisor como un espectáculo que puede a lo sumo invitar a un like o un dislike. El frío cálculo de los deseos del público permite una conveniente deconstrucción y construcción continua, ordenada al sostenimiento de una coexistencia sin vínculos sólidos.

Conclusión

La historia nos enseña que en el pasado la religión fue la clave de todas las culturas y civilizaciones conocidas. La creencia sostuvo el ethos que les dio vida y sentido. Europa, siendo original por su condición de civilización de ideas, las configuró por la inspiración del cristianismo. Sin embargo, el nuevo experimento europeo es una experiencia insólita, que pretende no solo prescindir de la religión, sino hacer de su rechazo fuente esencial de identidad como nueva civilización. No se trata de negar o cuestionar la existencia de Dios. Se trata de expulsarle de lo social, de volverle completamente la espalda porque no importa, no cuenta, no está presente, no interpela, no genera tensión y no impone un camino de búsqueda.

Negar la existencia de Dios coloca al hombre solo frente e a lo desconocido. Crea una dinámica que lo arrastra al nihilismo o a los datos crudos. La realidad entonces es solo apariencia o es solo una acumulación de datos e información, que no precisa reflexión y esfuerzo. Nada tiene verdadero sentido porque todo es negación o todo es afirmación. No hay tiempo para la idea. Solo hay tiempo para una breve emoción, que busca satisfacción en el me gusta o en el me lo compro. Enemiga de cualquier narrativa, la posmodernidad pretende destruir todos los ritos menos uno, el del intercambio de bienes, servicios y activos. El único rito que se preserva es el que relaciona al consumidor con el vendedor. El militar y el héroe son sinsentidos.

Pero el nihilismo no es rentable para el mercado, por eso la mecánica afirmativa de una sociedad transparente se impone. Y es que la disposición de colocarse de espaldas a lo transcendente tiene sus consecuencias. El crepúsculo del pensamiento y la reflexión es el anuncio de un fin de ciclo.

El ser de Occidente está amenazado por la parálisis que impone el triunfo de la tecnología como destino, del medio como fin. La tecnología tiene su propia dinámica, en la que ni el hombre ni la historia cuentan, ni desde luego el sentido ético de su empleo. Una sociedad ordenada por la hipertecnificación y que aspira a alcanzar la ensoñación de la completa transparencia y estabilidad, según Byung-Chul Han, niega la reflexión, al negar la tensión propia del dualismo.

La sociedad posmoderna de la transparencia todo lo tiene presente, todo está al alcance de su vista. Todo fluye aceleradamente sin presión, sin problemas y sin diferencias, porque es capaz de procesar todos los datos, de integrarlos diluyendo su contraste.

La mirada compleja exige tiempo para poder ser contemplativa. Y la contemplación es incompatible con una hiperrealidad que, además, es puro espectáculo, que solo moviliza un me gusta. La diferencia no es solo de cantidad, también de cualidad, de profundidad y de transcendencia. Llegamos a un infierno de lo igual, donde todo vale y todo vale lo mismo. La Biblia y el Corán valen lo mismo, la única diferencia es el precio que marca la librería que los vende.

Las relaciones personales no se relacionan con el dolor, con el conflicto, con la tensión, sino con el placer y el disfrute. El culto al yo es demasiado exigente porque termina imponiendo una dictadura del logro personal. Emerge un narcisista absoluto que elige el espejo como amo sin descubrir que su elección le convierte en esclavo del más cruel de los dueños.

Ser hoy moderno es no ser capaz de detenerse, y menos de quedarse quieto. La insatisfacción va unida a esta nueva modernidad, que no encuentra nunca suficientemente gratificado el esfuerzo y el riesgo que demanda conquistar avances colectivos. Y es que para el individuo reunirse es perder libertad.

El orden social es así un vacío globalizado, que se estructura por la intervención del mercado, encargado de satisfacer el deseo continuo de consumo. Es un mundo sin nosotros, porque solo existe el yo. Y este se autodetermina en sus elecciones de gasto. Consumo luego existo.

El militar, en este contexto, es un personaje extemporáneo, digno pero desadaptado. Pero, como guardián de las esencias y sometido a una tremenda pulsión, es un héroe y una base para la necesaria refundación.

Federico Aznar Fernández-Montesinos
Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

    • Sobre la figura intelectual de Andrés González Martín. Una teoría del todo. Recensión del libro “Líder, poder y guerra. Escritos de geoestrategia”