
13 feb 2026
IEEE. Un proyecto político insurgente-terrorista: Un análisis del caso de Al-Shabaab en Somalia
Daniel Maldonado Rodríguez. Analista de seguridad y conflictos en África
Estado, insurgencia y terrorismo
La solidez del Estado y la liquidez terrorista
El Estado tal y como lo conocemos, es el resultado del constante interés humano por organizarnos social y políticamente. Es una organización política de carácter institucional y continuado, en la que su aparato administrativo reclama con éxito el monopolio de la fuerza legítima para la realización del ordenamiento vigente1. Es el administrador de su paz, y utilizará, incluso, la guerra para mantenerla. Para ello ejercerá la gobernabilidad, entendida como “el conjunto de instituciones tácticas y reflexiones que toman como objeto esencial a la población, como forma de saber a la economía política y como instrumento técnico esencial a los dispositivos de seguridad”2. La integridad del proyecto estatal, dependerá de su capacidad de ejercer la fuerza, a pesar de las resistencias y sobre todo de su capacidad de legitimarla, y por tanto, de hacerla aceptable.
A medida que maduran los Estados, la gobernabilidad sustituye la fuerza bruta por la disciplina, una forma menos visible de control, adiestramiento y normalización social. Esto nos invita a “dejar de describir el poder en términos negativos, excluye, reprime, rechaza, censura, abstrae, disimula, oculta […] el poder produce: produce realidad, produce ámbitos de objetos y rituales de verdad3”. Para ello se nutrirá de los discursos, lugar donde el poder descansa y es fuente de su legitimación. La legitimación de un Estado, dependerá de su capacidad de generar discursos sociales creíbles, en favor de su naturaleza, forma y mantenimiento. De lo contrario, se abrirá la puerta a nuevos actores, que pretenden hacer de su violencia política una herramienta legítima, generando una relación pendular, en la que la legitimación del rebelde provoca la deslegitimación del Estado.
En este escenario, el arma es el relato y la verdad la bala, lo que reubica el nido del poder, desplazando la batalla al campo de la cognición humana. Este es el centro de gravedad del comportamiento humano, y un objetivo bajo constantes ataques4. A medida que se desregulariza la violencia, actores como la insurgencia y el terrorismo cuestionan al Estado, el primero desafiando su estructura y el segundo, rompiendo su legitimación social. La legitimación política es el objetivo final del conflicto, puesto que quien pueda convencer, tendrá la capacidad de legitimar su fuerza o violencia, e imponer los parámetros políticos que definan la organización social y forma o no, del Estado.
La construcción de la amenaza: La teoría de la securitización
Los Estados tienen que lidiar con la diferencia, puesto que allí donde hay poder, hay resistencia. El poder es un mercado, más o menos cerrado, muy atractivo tanto para individuos como grupos. La era de la globalización, la modernidad radicalizada, y sus avances tecnológicos, han provocado retos más complejos e interconectados, que escapan cada vez más del control de los Estados, especialmente de los débiles. En esta nueva sociedad del riesgo, la preocupación por la seguridad ha invadido la vida social y personal, posicionándola como un eje fundamental de la política estatal. Cuando existe riesgo, pero no peligro, hablamos de seguridad, comprendida esta como una situación libre de amenazas a los valores nobles5.
La teoría de la securitización (1983) de Barry Buzan y sucesores, profundiza en la noción de seguridad, y reconoce que una amenaza además es, un consenso entre líderes políticos. Esto nos advierte de la subjetividad de la seguridad, y de su proceso de construcción, puesto que para que un problema social sea securitizado, debe ser presentado en sociedad, de manera convincente por las élites y responsables de las políticas públicas, como una amenaza significativa o existencial6. De forma, solo cuando el etiquetamiento es exitoso entre todos los actores de una sociedad, la movilización defensiva de recursos, es legítima. De nuevo, esta capacidad dependerá de la fuerza discursiva del Estado y sobre todo, de la confianza Estado-sociedad.
La interpretación de la seguridad, y sobre todo de quien atenta contra ella, es un ámbito en disputa. Los grupos insurgentes, esas células sociales que mutan en Estados con sistemas inmunológicos débiles, utilizan el terrorismo y sus aparatos propagandísticos, para convencer a unos pocos que viven enfadados y tienen miedo, de que el verdadero enemigo, quien provoca su miseria, es el Estado. Estos costureros, capaces de remendar cualquier descosido social en su favor, utilizan una narrativa del enemigo, utilizando lenguaje bélico, instrumentalizando la religión y apelando a conflictos históricos y figuras heroicas como reclamo ideológico7. Este activo es y será aprovechado tanto por quien quiera emprender el terrorismo como por quien quiera contrarrestarlo.
Los conflictos en África: La estrategia insurgente y la herramienta terrorista
Para comprender la conflictividad en el continente africano, debemos remontarnos al nacimiento de sus Estados. A partir del final de la década de 1950 y principios de 1960, una oleada de independencias barrió África, y los nuevos Estados, empezaron a desarrollar sus ejércitos como símbolo de soberanía, estatus y honor en el sistema internacional8. Sin embargo, precisamente debido a la naturaleza del surgimiento de la mayoría de Estados africanos, que se produjo a través de la descolonización y no mediante un proceso de guerra […], los ejércitos africanos estaban por naturaleza mucho menos desarrollados9. La oleada de independencias, “otorgó de facto a los Estados descolonizados fronteras internacionales legítimas, incluso cuando estos Estados no ejercían un monopolio weberiano de la violencia sobre sus territorios”10. La debilidad de sus Estados, la falta de control y la crisis de identidad, provocó la proliferación de amenazas internas en búsqueda de colonizar el poder.
Durante 1970 y 1980, en plena Guerra Fría, las instaladas dictaduras militares tomaron bando, y defendían su soberanía a través de ejércitos informales, que desdibujaron las líneas entre lo civil y lo militar. Estos ejércitos eran o bien leales al régimen o bien competentes, pero rara vez ambas cosas11. En cuanto “el orden mundial bipolar se derrumbó con la desaparición de la Unión Soviética en 1991, el retiro de las dos superpotencias del continente creó un vacío de seguridad”12, evidenciando la relación de dependencia que tenían aquellos ejércitos con sus donantes. Esta década de anarquía y abandono del continente africano, liberó la violencia y se instaló en los ejércitos de los jóvenes Estados ahora “en declive, debilitados por la reducción de los presupuestos, las presiones internacionales para disminuir los efectivos y desmovilizar, y la ausencia de la asistencia militar13. La vulnerabilidad estatal y el vacío de seguridad confeccionaron un ecosistema político desregularizado y mediado por la violencia.
La insurgencia y el terrorismo, forman parte del amplio catálogo de amenazas asimétricas institucionalizadas en la región. La insurgencia, se emplea principalmente en zonas rurales, aisladas y empobrecidas, a través del enfrentamiento directo y el hostigamiento, hasta adueñarse parte del territorio, en cambio, el terrorismo se despliega en ciudades, donde la violencia en más visible y por tanto más eficaz en términos de propaganda14. Mientras que la primera pretende alcanzar el control político y territorial, la segunda, busca forzar cambios políticos. En Estados débiles, el control político y territorial es más probable, lo que facilita optar por una estrategia general de insurgencia, que incluya al terrorismo como una herramienta más de su escaleta. Para ello, tendrán que convencer a una parte de la población de que atentar contra su propia sociedad y Estado, es la única y legítima solución de su sufrimiento.
Radicalización y sociedad
Los descosidos del tejido social: La profesionalización de la rebeldía
El ser humano es un ser social, que requiere de la colectividad para su desarrollo y a medida que se desarrolla, se colectiviza. Lo que hace posible este entendimiento, se llama proceso socialización. Es un mecanismo de modelado cultural, a través del cual se aprenden las conductas adecuadas y las normas y valores que las rigen, que empieza en la infancia, pero que se prolonga a lo largo de toda la vida, en un proceso constante de adaptación. Como no vivimos en una sociedad con tal simetría, la interrupción de esta armonía social, y la ruptura de las normas, forma parte inseparable de la sociedad misma.
El interés por comprender este desgarro social, impulsó el nacimiento de la criminología, una ciencia estereotipada y por ende, desconocida. Las teorías de la anomia, consideraron que la conducta antisocial tiene su origen en la debilidad de las normas sociales. En los recovecos de la sociedad, donde no se ha solidificado la confianza estatal y las condiciones sociopolíticas son desfavorables, impera la violencia, y esta es “un espacio de anomia ya que tiende a escapar a cuantas limitaciones y constreñimientos se le impongan a su desarrollo”15. Entre sus consecuencias observamos la fragmentación de las relaciones sociales, la disipación de la confianza pública y la pérdida del sentido colectivo. Son escenarios fértiles para el florecimiento de ideas radicales, puesto que las posiciones extremistas resultan reconfortantes porque, al menos, su visión de futuro está claramente articulada16.
Para comprender por qué alguien rompe las normas sociales, e incluso actúa contra su propia sociedad, debemos analizar cómo el individuo social percibe. Las teorías de la identidad social proponen que la sociedad se organiza a través de relaciones basadas en identidades sociales, que ayudan a las personas a definir quiénes son, quiénes son los demás y cómo distinguirse de ellos y de los otros17. Un individuo que “se siente agraviado porque sus expectativas sobre cómo debería ser su vida no se están cumpliendo, puede sentirse atraído por grupos que buscan cambiar el orden social”18. Este desajuste entre las normas sociales y las metas culturales, es considerado por Robert K. Merton, la explicación de la conducta anti social19. Cuando esto ocurre, los individuos buscan alternativas como: innovación, ritualismo, retreatismo y rebeldía. La insurgencia y el terrorismo, serán la expresión máxima de la rebelión, pues buscan la imposición de nuevos objetivos políticos a través de medios no legítimos: la violencia. Las personas que habitan este agravio, se sentirá atraídas por las identidades sociales que expliquen su miseria.
Ilustración 1. Patrones culturales. Fuente Robert K. Merton, 1938 y elaboración propia.
Los grupos terroristas e insurgentes proyectarán como gancho, una agenda que inspira ira y agravio, vinculando al individuo con el grupo, y que con el tiempo se convertirá en la esencia misma de la vida de la persona20. Proporcionarán incluso empleo, medios de subsistencia, apoyo moral, espiritual y física y provocarán que la persona se case con el grupo y viva dentro de él21. El individuo adoptará esa identidad de grupo, como parte de su propio autoconcepto, lo que deriva en la construcción de una identidad colectiva22. A través de las redes sociales, físicas o no, se emprende un viaje migratorio identitario de la normalidad al extremismo, en el que la frustración, la humillación, la indignación, la ira y la culpa, causan el movimiento. A este proceso de explotación, que hibrida las condiciones ambientales y personales, lo he bautizado como la profesionalización de la rebeldía.
Ilustración 2. La profesionalización de la rebeldía. Fuente y elaboración propia.
El caso de Al-Shabaab en Somalia
El nacimiento de Al-Shabaab: La fragilidad del Estado somalí
En el año 1960 Somalia, alcanza su independencia, tras un controvertido proceso de unificación del antiguo protectorado de la Somalilandia británica y la Somalia italiana, dejando un agridulce sabor en boca. En este nuevo reparto del mapa, parte de los antiguos territorios de la histórica Gran Somalia, donde habita mayoritariamente la etnia somalí, quedaron bajo las fronteras de Etiopía, Kenia y la actual Yibuti. El nuevo Estado comenzaba sus andaduras con un picor en la espalda que no alcanzaba a rascar. Sin embargo, este nuevo Estado iniciaba su soberanía, “con las mejores condiciones sociales para convertirse en un Estado fuerte y unificado: una sola etnia (somalí), una sola lengua (somalí) y una sola religión (musulmana)”23. Un primer periodo democrático duró hasta 1969, y fue remplazado por un golpe de Estado liderado por Mohamed Siad Barre, que acabaría con el intento democrático y marcaría el inicio del desmoronamiento nacional. A finales de los años 80, los conflictos clánicos, provocaron la desintegración del gobierno central en 1991, dejando una herida abierta y una escisión, la independencia de Somalilandia. Unas primeras células islamistas, despertaban en el territorio dando lugar al movimiento extremista al-Ittihad al-Islami (IAIA), vinculado a Al-Qaeda, que empezaba a tejer redes en suelo somalí.
Este espacio anómico de poder, dio paso a la guerra, y comprometió la inmunidad de un joven Estado como Somalia, conformando el inicio de un largo periodo de anemia estatal. Esta guerra albergó una pugna sangrienta por implantar una nueva paz fratricida, enfrentando a distintos clanes somalíes, lo que “hundió a Somalia en el caos total y en el más absoluto desgobierno, con los “señores de la guerra” de los distintos clanes detentando el poder en un “territorio no país” totalmente fragmentado y violento”24. Esta desarticulación del Estado provocó que emergiera, a través de las grietas, un complejo ecosistema de actores interesados en ocupar la vacante del poder. Concretamente su capital, Mogadiscio, fue una de las zonas más afectadas debido a la feroz pugna entre señores de la guerra por el control de sus barrios. La generalizada ausencia de ley, durante más de una década, fue aprovechada por tribunales islámicos locales que utilizaron la ley islámica (sharía) para imponer el orden. Aunque la mayoría de los somalíes, se reconocían en la rama moderada del Islam: el sufismo, aceptaron a estos tribunales, pues rellenaban el vacío que había dejado la desaparición de la policía y del sistema judicial25.
En el año 2004, los principales señores de la guerra y líderes políticos, impulsaron la decimocuarta iniciativa desde 1991 para establecer un gobierno y un sistema parlamentario destinados a procurar la reconciliación nacional26. Como consecuencia, desde Kenia, con el apoyo de Etiopía y mediante la infusión de representantes clánicos, nace el Gobierno Federal de Transición (GFT). Al mismo tiempo, once tribunales islámicos se fundieron en la Unión de Tribunales Islámicos (UTI), incrementando notablemente su fuerza en Mogadiscio. Las facciones del UTI más radicales aprovecharon el control parcial para imponer una visión aún más estricta de la sharía. En los barrios bajo su dominio, las mujeres eran obligadas a taparse de cabeza a pies, el futbol estaba prohibido y aquellos percibidos como no islámicos eran brutalmente castigados27. Una de esas facciones era Al-Shabaab “Los jóvenes”, que nace de forma independiente en los años 2000 y que sucede a la antigua organización islamista, AIAI.
En 2006, la UTI reunió la suficiente fuerza como para afianzarse en la capital y expandirse por la ruralidad. El incremento de poder del grupo alarmó a su vecino etíope y como reacción ante la aproximación de este a Baidoa, donde el GFT tenía su sede, lanzó una potente intervención militar (2006-2009) en suelo somalí, con el amparo de las Naciones Unidas (RES 1757) y la Unión Africana (UA), devolviendo rápidamente el control de Mogadiscio al GFT28. Como resultado, la UTI fue derrotada pero no disuelta, solo fragmentada en dos vertientes: La Alianza para la Re-liberación de Somalia (ARS) y otra más beligerante y radical, liderada por la facción guerrillera Al-Shabaab. Durante la invasión, Al-Shabaab, señaló como máxima prioridad, la expulsión de todo invasor extranjero y la vertebración de Somalia bajo un Estado unificado, lo que funcionó como un reclamo eficaz para engrosar sus filas y ganar apoyos locales29.
La transformación de Al-Shabaab: La anarquía del camaleón
Al-Shabaab, vivió sus años de máximo esplendor, entre los años 2008-2011, convirtiéndose en un núcleo de poder relevante. Las tropas etíopes se retiraron en el año 2009, cuando aún las fuerzas de oposición eran débiles y descoordinadas. Durante el año 2010, eran una fuerza insurgente dominante, y llegaron “a controlar la práctica totalidad del sur de Somalia y una parte importante del centro, con Kismayo como su primer enclave urbano”30. Se nutrían de la ausencia de gobernanza, utilizando el caos como su combustible. A partir del año 2011, una grave sequía y hambruna asoló Somalia y junto a las ofensivas de AMISON (UA, respaldada por Naciones Unidas), GFT, y otras milicias, marcaron el inicio de su declive insurgente, y la pérdida progresiva de territorio. Las derrotas militares forzaron la mutación del grupo, lo que les obligó a ser menos insurgentes y más asimétricos, incrementando la intensidad de los atentados terroristas y consolidándose en las zonas rurales del sur, allí donde el Estado gobierna solo sobre el papel.
Este giro forma parte de la cualidad intrínseca de los actores asimétricos, la anarquía del camaleón31, que les asegura una adaptación estratégica y una innovación táctica casi constantes. Esto produjo tensiones internas, de las que emergió Ahmed Abdi Godane, y quien propició un giro en Al-Shabaab, adoptando una agenda yihadista global, que culminaría con la jura de lealtad a Al-Qaeda, el día 9 de febrero del año 2012. Esta mutación le convirtió en un actor híbrido, actuando a la vez como grupo insurgente nacional como un grupo terrorista internacional afiliado a AlQaeda. El grupo empezó a utilizar estrategias como suicidios bomba, explosivos improvisados, ataques hit-and-run, asesinatos, amenazas y ataques con granada, lo que les permitiría usar menos combatientes y crear más caos, destrucción y terror32.
En ese mismo año 2012 con el objetivo de estabilizar la situación, se celebraron elecciones presidenciales. Hassan Sheikh Mohamud, líder del Partido Paz y Desarrollo (PDP) fue elegido por votación interna en el Parlamento Federal. Los intentos de institucionalidad, las agregadas intervenciones militares de Estados Unidos, Kenia y la UE, y la pérdida en 2014 de su carismático e implacable líder, Godane, pusieron al grupo a la defensiva33. En el año 2017 y en 2022, se volvieron a realizar elecciones indirectas. Estos esfuerzos aunque lejos de acabar con Al-Shabaab, han sido suficientes para securitizar y presentarle como una amenaza para la estabilidad regional, justificando respuestas excepcionales como operaciones militares y sanciones financieras34. Aun así, en el año, 2024, Somalia ocupó el séptimo puesto de países más afectados por el terrorismo35.
Ilustración 3. Áreas de influencia Al-Shabaab. Fuente y elaboración, Critical Threats Project, 2025.
Al-Shabaab, durante todo este proceso de construcción nacional, siguió formando parte de la vida política de Somalia, jugando un papel importante como mecanismo de poder paralelo36. A pesar de los avances en el proyecto nacional, una estructura sólida de gobierno estatal no arraiga, puesto que Somalia, “carece de canales institucionales para satisfacer las demandas de una sociedad estructuralmente descentralizada y, por tanto, es percibida como una entidad impuesta desde el exterior e ineficaz en la provisión de servicios básicos”37. El suelo político somalí labrado por una sociedad clánica, es un suelo en barbecho, incapaz de llevar a cabo un gobierno que hibride la gobernanza moderna centralizada y la tradicional clánica. Otros factores estructurales, como las contradicciones partidistas clánicas y la actividad terrorista de Al-Shabaab, impiden su florecimiento.
Unirse a Al-Shabaab: El lado de los marginados
Un Estado puede crear realidades y cuando no lo hace, la sociedad entra en pánico puesto que la naturaleza aborrece el vacío. Somalia ha sufrido durante años la anomia, provocada por la ausencia de un gobierno central sólido y un sistema legal funcional, lo que ha derivado en caos. Allí donde impera la violencia, lo hace también la desviación, es decir, el descontento y el atractivo por la conducta antisocial. Esto ha sido una ventana de oportunidad para Al-Shabaab, pues ha impulsado desde su afiliación a AlQaeda, una narrativa particular, que tiene como pieza central la victimización y la idea de que el Islam y los musulmanes son víctimas de una campaña occidental que oprime a la umma y a los pobres38. En otras palabras, Al-Shabaab, se ha aprovechado y se aprovecha de la ira, la alienación y las crisis de identidad de los jóvenes somalíes, que buscan explicaciones y respuestas.
Cuando un Estado es incapaz de securitizar a los competidores por el poder, estos tienen la oportunidad de presentarse como una alternativa política, culminando un proceso de privatización del legítimo uso de la violencia. Al-Shabaab, ha desarrollado una estrategia de securitización inversa, posicionándose como garante frente a la intervención extranjera y a la autoridad política apóstata, y así retratando al Estado y a sus patrocinadores en un modo existencial39. La estructura de reclutamiento de Al-Shabaab se encarga de cosechar los frutos de su parcial legitimación social. Esta, se despliega en dos esferas: una centrada en el Cuerno de África, y la otra, en lo global, a través del ciber espacio, con el objetivo de llegar a los somalíes que viven en Occidente40. Un sistema refinado con ingentes cantidades de capital, que oscilan entre los 70-100$ millones, que obtienen a través de la recaudación de impuestos, extorsión, azúcar, contrabando y carbón41.
La efectividad del sistema, dependerá de los factores de empuje y atracción. Mientras que los primeros, explican las condiciones vitales que arrastran a la ideología radical, los segundos, son los incentivos personales que conducen al reclutamiento. Por un lado, los de empuje son: pobreza y privación económica, débil gobernanza, marginación social, conflictos e inseguridad, abusos a los derechos humanos y violaciones sistemáticas42. Por otro lado, los de atracción, son: atractivo ideológico, sentimiento de pertenencia, incentivos económicos, propaganda efectiva y control del territorio43.
Ilustración 4. Factores de empuje y atracción. Fuente Appiah, 2025 y elaboración propia.
Esta estructura de reclutamiento, tiene como objetivo hacer brotar la semilla de la radicalización. Entre los días 14 y 28 de abril de 2014, se llevaron a cabo una serie de entrevistas en Mogadiscio a 88 miembros de Al-Shabaab, con el objetivo de generar datos sobre las causas de la radicalización y reclutamiento. Los resultados publicados44, reflejan el perfil de los reclutados, y evidencian la radicalización como un proceso de explotación de la vulnerabilidad humana.
Ilustración 5. Reclutamiento Al-Shabaab. Fuente Botha, 2014 y elaboración propia.
En definitiva, el éxito de Al-Shabaab reside en su capacidad de impulsar una campaña de formación, a través de la cual profesionaliza la rebeldía de una parte de la sociedad somalí y más allá, que sangra. A medida que se debilite la gobernanza, aumentará la velocidad de la profesionalización y la fuerza con la que los grupos radicales empujan y atraen a los individuos. El descontento de los jóvenes, la falta de vínculo con la comunidad y el Estado y la existencia de un grupo terrorista político y vitalmente atractivo, culminan un proceso cruel, causando a una hemorragia incesante en uno de los costados del Estado somalí, astillando las costillas del Cuerno de África.
Ilustración 6. Rebeldía Al-Shabaab. Fuente y elaboración propia.
Las consecuencias de Al-Shabaab: Una sanguijuela de la gobernanza
Al-Shabaab, tiene tal capacidad destructiva que ramifica el daño en cascada. Otras consecuencias menos visibles son: inestabilidad geopolítica, afectación económica, destrucción socio-comunitaria y erosión del sector sanitario y la educación. Primero, la inestabilidad geopolítica, Al-Shabaab, ha formado alianzas con el grupo Ansar Allah, utilizando puertos somalíes para el tráfico de armas y comprometiendo la seguridad naval tanto en el golfo de Adén como en el Mar Rojo45. Además, ha desplazado a 2.9 millones de personas, impactando en los países vecinos, Kenia y Etiopía, que han acogido miles de refugiados somalíes46. En el ámbito económico, el sistema de gobierno paralelo de Al-Shabaab, financiado mediante la explotación económica, erosiona al gobierno y su capacidad para prestar servicios47, así como la estabilidad económica familiar y nacional.
El impacto socio-comunitario reside en los ataques indiscriminados y masacres, que tienen como objetivo, activistas políticos, oficiales, periodistas, civiles, con un impacto particular en mujeres y niñas, que son doblemente victimizadas por la violencia de género. Otros sectores como el de la salud ha sido afectado, impidiendo el acceso de la sociedad somalí a servicios médicos vitales48. La educación también ha sido atacada sistemáticamente, imponiendo en ciertas escuelas, sistemas educativos restrictivos y en ocasiones, funcionando como parte de la maquinaria del reclutamiento. Todos estos efectos constrictivos, aprietan pero no ahogan, y se proyectan como un grito sordo, sonoro pero ignorado, en un mundo con orejas pero sin oído.
Conclusiones
Entre las grietas de un Estado fragmentado, emergen competidores por la gobernanza. La insurgencia y el terrorismo son amenazas asimétricas, que brotan de la sociedad, y que la carcomen. Una mala hierba que se nutre de la vulnerabilidad social y que capitaliza cuerpos frágiles, como parte de una estrategia de búsqueda del poder y la imposición de unos objetivos políticos. Estas amenazas arraigan cuando convergen ciertas condiciones ambientales, dando lugar a una especie de efecto invernadero. La guerra es un camaleón que se adapta y muta, garantizando su propia subsistencia, a costa de quien se alimenta, de quienes un día creyeron en el mismo proyecto que les abandonaría. El centro de gravedad, de quienes usan la fuerza y no la violencia, reside en la voluntad de millones de personas orientada a un proyecto político conjunto, y que bajo ciertas circunstancias, tiene capacidad de sobra para gestionar la victoria.
El caso de Al-Shabaab es paradigmático, primero porque demuestra que la insurgencia y el terrorismo se nutren de los Estados marchitos, contribuyendo así a su propia inestabilidad y segundo, porque la violencia parece ser atractiva como medio político para aquellos que sufren. El éxito del grupo evidencia una relación de doble dirección con el Estado: la debilidad de gobernanza de Somalia explica la resiliencia del grupo y esta última explica su incapacidad de gobernanza. El futuro de Somalia es incierto, pero sin duda tendrá trabajar en la construcción de un proyecto nacional, primero capaz de conciliar Estado y cultura clánica somalí, y segundo, capaz de mitigar las condiciones sociopolíticas que arrastran al extremismo.
Daniel Maldonado Rodríguez
Analista de seguridad y conflictos en África
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Un proyecto político insurgente-terrorista: Un análisis del caso de Al-Shabaab en Somalia (1,1 MB)
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A political insurgent terrorist project: An analysis of the Al-Shabaab case in Somalia (1,3 MB)
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