
14 jul 2026
IEEE. Por qué la cumbre de la OTAN en Ankara importa: valores, defensa y vínculo transatlántico
Ana Botella Gómez. Presidenta de la Asociación Atlántica Española
Las cumbres de la OTAN rara vez se recuerdan por sus comunicados. La de Ankara, celebrada los días 7 y 8 de julio de 2026, no será una excepción. Mientras los focos seguían las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en los despachos se cerraba una declaración sobria que, leída con calma, dice más sobre el porvenir de la Alianza que cualquier titular. Conviene separar el ruido ambiental del tono exacto de la señal que emite esta cumbre.
Un cambio de época, no una crisis pasajera
Estados Unidos es, y seguirá siendo, el aliado indispensable: ningún socio aporta tantas capacidades ni proyecta tanta fuerza. Washington lleva años desplazando su mirada hacia el Indopacífico y la competencia con China, es una tendencia anterior al presidente Trump y de raíz estructural. El anuncio de una revisión a fondo de su despliegue en Europa y el recorte anticipado de capacidades de ataque de largo alcance confirman que asistimos a un reajuste profundo por necesidades propias, no para castigar a nadie. Y aun hablando de crisis, la Alianza ha sobrevivido a crisis mayores — Suez, la retirada francesa de la estructura militar integrada, la crisis de los euromisiles, Irak—, pero cierto es que esta cumbre coincide con la mayor guerra en suelo europeo desde 1945, con una ofensiva híbrida de Rusia contra los aliados, con la competencia estratégica de China y con un conflicto reavivado en Oriente Medio que agrava el contexto geopolítico y geoeconómico.
Ceder a la fuerza de las tensiones coyunturales nunca ha sido norma de la casa. La OTAN tiene setenta y siete años de vida y suficiente experiencia y recorrido para comprender que sería un error histórico para todos sus miembros decidir por impulso: sin aliados ni reglas, a Estados Unidos solo le quedaría la fuerza para sostener una hegemonía que la última guerra con Irán ha probado insuficiente; y Europa, tras décadas de descuidar su poder militar, ni siquiera sería invitada a las mesas donde se negocia su futuro. La conclusión es evidente: ambas orillas están condenadas a entenderse, porque ninguna tiene mejor alternativa. Y lo que las une —la democracia, el Estado de derecho y las libertades consagradas en el Tratado de Washington de 1949— es demasiado valioso como para debilitarlo, en ningún formato posible, ni interno ni externo. Con todas las imperfecciones y autocrítica que queramos aplicarnos, la Alianza Atlántica sigue siendo la mayor alianza defensiva de democracias del mundo.
Lo que distingue a Ankara: industria y pilar europeo
Dos factores distinguen a Ankara de las cumbres anteriores. El primero es la irrupción de la industria de defensa como foco central. La guerra de Ucrania demostró que la disuasión no se mide solo en soldados, sino en la capacidad de producir con rapidez municiones y drones, sistemas y repuestos. La cumbre acogió en paralelo, y por primera vez, un gran foro de industrias de defensa y nuevos mecanismos de coordinación de la producción. El secretario general, Mark Rutte, insistió en que la industria debe estar a la altura del formidable esfuerzo inversor y modernizador de la defensa aliada. La advertencia es pertinente: no basta con gastar más si el dinero no se traduce en capacidades reales. Europa destina a defensa presupuestos que triplican los de Rusia y, aun así, la fragmentación de la producción y del mercado los devalúan. Aunque esto es sólo una parte del problema y, aún con todo, no el mayor. Los principales problemas vienen de la falta de mano de obra especializada y de la baja inversión en I+D.
El segundo factor es el reequilibrio de responsabilidades. La llamada Alianza 3.0 aspira a que los europeos asuman de forma progresiva la defensa convencional del continente y su liderazgo político, mientras Estados Unidos conserva las capacidades estratégicas de disuasión nuclear, inteligencia y transporte que, hoy por hoy, solo él aporta. El giro es justo y necesario, pero exige resolver una antigua carencia: el pilar europeo sigue siendo una abstracción, sin el teléfono único que reclamaba Kissinger. Ni un ejército europeo improvisado, ni la duplicación de estructuras que la OTAN ya ofrece resolverán el problema; sí lo hará una Europa que adquiera capacidades propias y mayor integración.
El comunicado y la hoja de ruta
La declaración de Ankara fue, como la de La Haya, deliberadamente breve. En una organización que decide por consenso, la concisión es una forma de unidad: se dice lo imprescindible para que nadie disienta. Cinco ideas la vertebran. Se reafirma el artículo 5 y el vínculo transatlántico, con un enfoque de 360 grados tanto en el este, como en el norte con el deshielo del Ártico, como con las amenazas de seguridad por el flanco sur, algo de especial interés para España. Se ha constatado el cumplimiento de los compromisos de gasto de La Haya —los aliados europeos y Canadá elevaron su inversión en 2025 y 2026 y firmaron nuevos contratos en la propia cumbre— y se reclama suprimir barreras y ampliar los programas conjuntos. Se asume en voz alta que una Europa más fuerte hace una OTAN más fuerte, con una disuasión que combina lo nuclear, lo convencional, la defensa antimisiles, el espacio y el ciberespacio. Se renueva el apoyo a Ucrania —que financian ya mayoritariamente los europeos— y se pide que sea equitativo, predecible y sostenible. Y se fija la mirada en las amenazas con amplia perspectiva, con la exigencia de que Irán no acceda al arma nuclear y respete la libertad de navegación en Ormuz.
La hoja de ruta es, en definitiva, una transición gestionada hacia un lugar fijado: continuidad de los compromisos, con revisión intermedia en 2029 y horizonte en 2035; consolidación del pilar europeo; aceleración industrial y firmeza ante las amenazas comunes, esperamos que con catarsis asumida de los protocolos de consulta entre aliados de la OTAN.
El mérito de Ankara no reside tanto en lo que se proclama —en nuestros debates de la AAE, uno de nuestros compañeros de la junta lo calificó de «statement of the obvious» — sino en lo que evita: la fractura. Hay que reconocer al secretario general Rutte que se ha empleado a fondo, con peculiares formas eso sí, para preservar la unidad y limitar daños, salidas de tono, contradicciones, disgustos y demás sustos propios de estas cumbres de tan alto nivel. Hay que reconocer también que somos democracias, lo vivimos e informamos casi todo en riguroso directo, ante las cámaras y enfrente siempre de las miradas de nuestros adversarios. El rumbo es el correcto. La OTAN del mañana no debería ser un apéndice militar de Estados Unidos, sino una Alianza de treinta y dos países sostenida por pilares capaces de resistir en cualquier circunstancia y que eligen caminar juntos en favor de la seguridad de sus ciudadanos. Porque, como dice el antiguo adagio, saben que, acompañados, llegarán más lejos.
Ana Botella Gómez
Presidenta de la Asociación Atlántica Española
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Por qué la cumbre de la OTAN en Ankara importa: valores, defensa y vínculo transatlántico (0,17 MB)
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Why the NATO summit in Ankara matters: values, defence and the transatlantic bond (0,17 MB)
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