IEEE. Ponencia sobre la figura intelectual de Andrés González Martín.

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09 oct 2025

IEEE. Ponencia sobre la figura intelectual de Andrés González Martín. Reflexiones sobre el libro “Líder, poder y guerra. Escritos de geoestrategia”

Federico Aznar Fernández-Montesinos. Analista del IEEE (CESEDEN)

Andrés González Martín era mi amigo, pero hoy vengo a hablar de su pensamiento y a celebrarlo. Y verdaderamente lo conozco bien pues durante 17 años y, con permiso de María del Mar, su mujer, y de la mía, fue mi pareja académica estable. Andrés jamás me hizo consumir una ración de lo de siempre y tres cuartos de lo mismo, ni tampoco discursos que, envueltos en una vibrante oratoria, realmente estaban vacíos o eran un refrito de terceros.

Mereció la pena. Fuimos editores de 3 libros y de tres monográficos de revistas académicas, 2 para Claves por encargo personal de Fernando Savater y una para Araucaria con Antonio Hermosa. Y colaboramos en juntos en un sinnúmero de actividades como esta. No hubo proyecto en que, de poder hacerlo, no contara con él.

Una influencia fundamental en su trabajo es la doctrina de la iglesia católica, particularmente, el pensamiento de Su Santidad el Papa Benedicto XVI del que era un ferviente seguidor tanto en términos espirituales como intelectuales. De hecho, en los momentos en que, reverberaba intelectualmente, decíamos que tenía un “Benedicto 16”.

La ausencia de pensamiento estratégico en España y su necesidad

Andrés refería como el interés por los asuntos militares, estratégicos o geopolíticos ha sido, hasta hace bien poco, escaso. Y eso aun dentro de las propias Fuerzas Armadas. Estas, tradicionalmente, se han sentido ajenas a cualquier debate conceptual cifrando su misión en lo exclusivamente operativo”. La razón es que la cultura militar es fundamentalmente táctica, práctica u operativa, está orientada a lo tangible e inmediato.

A resultas, hasta hace bien poco, ni militares ni civiles publicaban sobre pensamiento estratégico, operacional o táctico. Por eso no disponemos de escuelas propias en estos campos. Y sin escuelas no hay maestros. Sin escuelas ni maestros no hay continuidad. Por tanto lo que ha habido hasta ahora son acciones discontinuas, esporádicas y aisladas. Estamos ante un pensamiento descuidado.

Además, y por si la falta de ambición intelectual referida fuese un desdén menor, el español se inclina, por los autores de fuera antes que por los de casa. Afortunadamente, con la alimentación y el calzado no sucede lo mismo.

Pero, el juego de espejos de la vida, lo hace una oportunidad. Y es que tales carencias son la razón de que exista un Instituto Español de Estudios Estratégicos. Este contribuye a llenar un vacío tan inmenso. Pero también sirve para estimular un pensamiento estratégico nacional, una escuela. No puede ser que en materia tan relevante consumamos acríticamente y a granel lo que producen otros para sí mismos. El pensamiento es una necesidad estratégica y militar.

La posmodernidad

El crepúsculo del pensamiento y la reflexión es el anuncio de un fin de ciclo. Andrés consideraba que, en la posmodernidad, el lenguaje es el que crea la realidad y el que puede destruirla y crear otra. Por eso el verbo deconstruir se conjuga con facilidad.

La posmodernidad rechaza los dualismos de lo verdadero o falso, bueno o malo, ético o no, ortodoxo o heterodoxo... Y defiende la pluralidad como sistema; y lo hace cuestionando toda autoridad. Y es que la opinión de los expertos es un peligro para el individuo común. Esto implica, en nombre de la igualdad, la muerte del saber. Todas las opiniones son respetables y valen lo mismo. La clave es el envoltorio.

Esto lleva al relativismo y a un mundo de conceptos débiles y adaptativos y que tiene como contexto una permanente confusión entre verdad, realidad y emoción. No hay tiempo para la idea. Solo lo hay para un sentimiento breve un me gusta o me lo compro.

Ya no hay tampoco atalayas ideológicas con las que atisbar al futuro. El hombre se hace unidimensional. Para el ciudadano conforme -nombre de un trabajo de Justo Zambrana- el único tiempo social es el presente. Vive de espaldas a un pasado que no le compromete y un futuro que no le importa, en un permanente disfrute del presente.

Esto le impide cualquier compromiso material. Por eso puede decir una cosa y, al poco, contraria porque, simplemente, es después y no hay compromiso con el antes. Obvia así todo trascendencia. Llegar a fin de mes o al fin de semana es lo que le ocupa.

Con todo y pese a eludir el compromiso no ha eliminado la crítica pero la ha convertido en parte del sistema y eso porque detrás de ella hay desafección, pero nunca un proyecto. Por eso la crítica del hombre unidimensional no tiene dientes. 

En esta situación, la auténtica conciencia crítica sólo puede surgir del viejo y austero hombre multidimensional que se siente cómodo en la continuidad del tiempo, vinculando el pasado y el futuro con el presente y dándole un sentido a todo. A este se le rechaza. Tal rechazo se asienta en el rechazo al deber, al compromiso y a la palabra, y a cualquier orden de valores estables. El posmoralismo entroniza los derechos individuales, la autonomía y felicidad personal como absolutos. 

El deber supone una rigidez, contraria a la fluidez personal. La sociedad líquida exige la superación del deber porque es contraria a cualquier sacrificio. Sus normas son confortables e indoloras . El individuo es el nuevo valor absoluto y está desligado de toda deuda social, política o cultural…. Su ética es indolora.

Pero es que además esta ética indolora se crece y hasta se nos hace misionera, para confrontar con todos los modelos sólidos de pensamiento y de sociedad. Hay un profundo antagonismo del posmoralismo con cualquier credo religioso o político.

Opuesto a todo absoluto, estamos también ante el imperio de lo efímero y lo evanescente, de la moda. Una obsolescencia programada fija la fecha de caducidad de todo, hasta de la cultura. La seducción y lo efímero son principios organizativos de la vida. Y las nuevas tecnologías generan espacios virtuales que consolidan el conjunto.

La realidad es un espectáculo televisado, ajeno y distante, que puede, a lo sumo, invitar a un like o un dislike.. De hecho, la imagen está por encima de la realidad. Todo es breve, fluye y rápido. La consecuencia es la frivolidad social, la descomposición de la autoridad y la infantilización de la cultura.

Distinguir entre el bien y el mal tampoco interesa para no interferir en la libertad personal. Y el hombre posmoderno no reconoce la culpa. Así, se libera de la transcendencia. La ausencia de referencias le otorga una libertad de elección absoluta. Un lujo antaño solo de emperadores y sátrapas. Es la bíblica promesa a Eva: «Seréis como Dios».

Pero como decía Chesterton «¿Por qué todos los tontos del mundo se imaginan que el alma solo es libre cuando desobedece?» Una pregunta así tiene muchas respuestas. De hecho, las palabras de Chesterton permiten descubrir que vivimos atrapados en la autoindulgencia de una cultura desquiciada por el sentimentalismo y el victimismo.

Otro tema en la obra de Andrés es el del dolor y el héroe

Para Andrés, el hombre fuerte y que es capaz de soportar el dolor no es moderno. Este, además está convencido de que no todas las opciones son iguales. Y es que el empate entre el bien y el mal, el relativismo posmoderno, no ayuda a resistir, sino lo contrario.

Con todo, el discurso de los valores es necesario, pero no suficiente, necesita vida. Solo cuando los valores se identifican con personas que los viven son creíbles. Sin rostro humano los valores son solo retórica, moralinas. Los héroes cumplen una función por lo que hacen, pero también por lo que inspiran. Sin héroes, la indiferencia gana.

Así, como respuesta a la posmodernidad, se está produciendo una revalorización del testimonio y del testigo como fuente primaria de conocimiento. El auge de la cultura digital permite una relación más directa e inmediata. En ella el impacto emocional de la imagen es más fuerte que la reflexión.

Por eso la pedagogía de la celebración, como esta que nos trae aquí hoy, supera a la del simple recuerdo. Las víctimas merecen ser celebradas porque su dolor tiene sentido y los héroes también. No hacerlo, además de injusto, debilita la legitimidad del Estado.

El relato tiene una función social: inspirar la acción. Si además concedemos algo de valor al sentimiento entonces nos ocuparemos de incorporarle la lírica, y también la música. Las letras humanizan. Frente al saber de los libros, el compromiso personal, el testimonio y el testigo ganan. El peso de la memoria viva de víctimas y héroes se multiplica.

El lenguaje político moderno ha conseguido arrinconar la palabra deber. Y sin deber no puede entenderse el sufrimiento; y sin aceptar el sufrimiento no puede resistirse la embestida. Para la posmodernidad la negociación no es una opción, es un imperativo.

Así, la paz como acontecimiento ofrece muchas posibilidades. Realmente, ninguna paz es igual. Muchas paces son posibles y no todas valen lo mismo: algunas son más simpáticas que otras y, desgraciadamente, las hay verdaderamente monstruosas.

En fin, la clave de un mundo complejo e interconectado son los aspectos irracionales, los sentimientos. Y es que lo emocional prima sobre lo racional y un buen discurso es mejor que uno verdadero. Y, además, resulta más manejable que la razón.

Guerra, terrorismo y ética

Todo poder está permanente puesto a prueba. Donde hay poder, hay resistencia. Es más, sin resistencia el poder no tiene sentido. La guerra, otro tema recurrente en la obra de Andrés, hace evidente esta relación pues existe en la medida que alguien está dispuesto a resistir, a oponerse a un envite. Esta es un choque de poderes y no de fuerzas. Descubre quien gana y quien pierde, pero no descubre quien tiene razón. La victoria no depende del valor de las causas enfrentadas sino de la fuerza y de la voluntad de las partes. Por eso la guerra no tiene sentido solo tiene función.

Y por eso el centro de gravedad de las partes muchas veces deja de ser físico. Y cuando los componentes inmateriales pesan más que los materiales, hasta es posible destruir al enemigo sin combates decisivos. La batalla deja de ser el rito fundamental de la guerra.

Esta se transforma en pura retórica. Así, cuando la prueba de fuerza no existe, la guerra se hace virtual y se convierte en un sucedáneo de sí misma; la clave del caso es el peso de las apuestas. Entonces el que resiste más gana. Realmente, las partes no luchan entre sí. Luchan contra sí mismas para permanecer erguidas más tiempo que el adversario. Y eso cuando solo unos pocos sostienen el pulso.

Con todo, de la misma forma que hay un uso legítimo de la violencia y otro ilegitimo, hay un uso político legítimo del dolor y otro ilegitimo. El dolor que fundamenta una política democrática es un dolor pacificador; el dolor que fundamenta la aniquilación del que discrepa es un dolor contrario al bien común. La equidistancia es entonces peor que un pecado: un pecador puede arrepentirse, un imbécil no.

Pero la violencia envejece rápidamente, y el atractivo que inicialmente provoca pronto se desvanece porque hace que el hombre deje de serlo. Por eso necesita mentir.

Desenmascarar el pacto entre la mentira y la violencia es clave. Ahí está la grandeza de quien elige la verdad, la justicia y el dolor frente a la mentira, la violencia o a la comodidad. El sufrimiento es inevitable al levantarse contra los dragones, sino se está dispuesto a convertirse en uno de ellos. La tibia indiferencia es una actitud posible aunque nunca es meritoria y menos cuando lo que está en juego es esencial. El más grave de los daños es la disolución de nuestras creencias.

Un atentado puede ser controvertido en muchos aspectos, pero nadie, ni siquiera los terroristas, ignora el valor del dolor de las víctimas. Es más, ellos son los más conscientes de su valor. Por eso, cuanto más sensible se es al valor de la vida y con más fuerza se rechaza el uso político de la violencia ,más vulnerable se es a las acciones terroristas.

En este entorno nuestro posmoderno, el terrorismo termina trazando una confusa función hiperbólica. La paradoja que se nos presenta no es fácil de asimilar: la única forma de defender la vida y la libertad es aceptando el riesgo de que nos la arrebaten sin perder ni la convicción ni la compostura. Responder al miedo exige estar dispuesto a pagar todos los días el más alto de los precios mientras nos esforzamos por llegar a fin de mes.

Desgraciadamente, en la sociedad del bienestar no aprecia a los héroes. El problema es de cosmovisión. El ejemplo conmina y ofende. Y, además, se piensa que el precio de la paz lo deben pagar otros. El propio Estado nos educa así. Pagamos impuestos para no sufrir, para no temer. No pagamos impuestos para que se nos exija ser héroes. Precisamente en eso consiste el contrato social moderno; el ciudadano renuncia a la dignidad de ser héroe y el Estado se encarga de garantizar su bienestar a cualquier precio. El ciudadano se declara conforme con el resultado político mientras le dejen en paz. Esa es una parte fundamental de una ética posmoderna e indolora.

Ser hoy moderno es no detenerse, y menos aún quedarse quieto. La insatisfacción va unida a esta nueva modernidad, que no encuentra nunca suficientemente gratificado el esfuerzo. Llegamos al infierno de lo igual, donde todo vale y todo vale lo mismo. La Biblia y el Corán valen lo mismo, la única diferencia es el precio de venta que fija la librería.

En fin, Andrés, se detenía, contemplaba el mundo y distinguía las esquinas del puzle de la realidad para adivinar su tendencia. No era un mero relator o compilador sino que era portador de su propio discurso. Fue testigo pero no se conformó con eso sino que también escogió sus bandos y militó por lo que consideraba bueno. Su trabajo, en cualquier caso, es valioso y merece ser reconocido y ensalzado por aquellos a los que nos ha inspirado para que sea fecundo y pueda, a su vez, servirle a otros.

Veni creator spiritus. Sea esta reunión que recuerda el valor su obra, un ejemplo de la pedagogía de la celebración que el mismo proponía para otros.

Federico Aznar Fernández-Montesinos
Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

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