IEEE. La OTAN de los equilibrios en Ankara

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14 jul 2026

IEEE. La OTAN de los equilibrios en Ankara

Juan Luis Manfredi Sánchez. Catedrático de Estudios Internacionales e investigador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Castilla-La Mancha

La doctrina de la disuasión creíble, agregado de la voluntad política y la capacidad efectiva y visible, ha transitado en la Cumbre de Ankara de los compromisos a la ejecución efectiva. Los 32 aliados han rebasado el 2% del PIB en materia de inversión en defensa, un eje de crecimiento significativo.

En materia de financiación, el objetivo del 3,5% del PIB en capacidades de defensa en 2035 (más el 1,5% en otras partidas relacionadas) es una cifra a la que solo Polonia y los países bálticos pueden llegar en este momento. Medir la transformación de la OTAN tan solo por ese indicador resulta insuficiente. El cambio sustancial consiste en definir cómo ese esfuerzo financiero colectivo se convierte en capacidad militar operativa. No se trata, pues, de gastar más, sino de crear en Europa un ecosistema industrial que permita alcanzar la autonomía por la vía de la producción, las infraestructuras, las cadenas de suministro, la innovación, la mano de obra cualificada y la readiness. De otro modo, el crecimiento sin orden de la inversión conduce de manera inexorable hacia cuellos de botella, retrasos en las entregas, dependencia de los Estados Unidos y, sobre todo, frustración política.

La industria europea es parte fundamental de una estrategia renovada. Las iniciativas de industria de la defensa en la UE, abiertas a otros aliados, podrían ser el miembro 33 de la Alianza. La capacidad industrial es la variable propia que los europeos deben aportar al debate. Las fábricas en suelo europeo, las ingenierías, la formación especializada, la logística y las cadenas de suministro son tan importantes como los presupuestos. La reindustrialización es estratégica en tanto que representan la condición previa que otorga al gasto su valor real. Porque el esfuerzo compartido, con distintas métricas de evaluación del 3,5+1,5% del PIB, no recoge bien el burden-shifting de una OTAN de carácter genuino europea. El ritmo de inversión marca la velocidad y permite una conversación de altura con los nuevos Estados Unidos, más allá de la Administración Trump. La posición de liderazgo, entre iguales, será creíble mediante un esfuerzo sostenido de financiación.

Desde la agresión rusa de 2022, la disuasión hacia el Este regeneró el sentido y misión de la Alianza. La guerra ha obligado a renovar la doctrina sobre drones e inteligencia artificial, así como agilizar la incorporación de prototipos y otras innovaciones. En Ankara se ha institucionalizado el compromiso de apoyar a Ucrania en los próximos años, los 70.000 millones de euros para 2026 no solo sostendrán su defensa territorial, sino que son la mejor inversión aliada en I+D para anticipar el futuro tecnológico de posibles conflictos.

En la fotografía final, algunos aspectos han quedado opacados, aunque son sustanciales al futuro de la OTAN. La seguridad marítima del Atlántico Norte, empezando por Groenlandia, hubiera merecido un aterrizaje más detallado. De igual modo, la disuasión y la defensa colectiva se sostienen sobre una cultura estratégica compartida, una atención especial a las infraestructuras críticas, la profundización de y en la ciberdefensa, la promoción de una sociedad democrática y resiliente, así como la lucha contra la desinformación. Amerita más reflexión el dominio cognitivo y la irrupción de «cognitive warfare» como amenaza. La combinación de desinformación, manipulación, inteligencia artificial generativa y polarización genera nuevas formas de agresión híbrida. En la práctica, la estrategia rusa pone a prueba las democracias cada día con este compendio de tácticas por debajo del radar del artículo 5 del Tratado de Washington. No habrá invasión territorial, pero estas amenazas ponen en peligro la cohesión política que sostienen las democracias.

La gestión política del trumpismo

La Cumbre anota cuatro logros. Se ha gestionado al propio presidente Trump, a la Turquía de Erdogan, lo relativo a Irán y al rol de los aliados europeos.

Primero, y aunque sea contraintuitivo, hay que reconocer la capacidad del secretario general, Mark Rutte, para apaciguar el carácter del presidente Trump, no así su retórica. No es un éxito menor: Trump no se ha ausentado en el tramo final, los líderes han aprobado una declaración, se han sustanciado acuerdos. Se puede discrepar de los estilos y los silencios de Rutte, pero la Alianza no se ha deshilachado en un momento de creciente unilateralidad diplomática.

La segunda clave consiste en la escenificación de Turquía como nodo geopolítico. Cuanto más europea sea la OTAN, más peso adquiere por su acceso al Mar Negro y el Cáucaso, el control sobre los flujos migratorios del Mediterráneo oriental, el vector energético y, en clave política, su narrativa sobre multipolaridad. Es un siwng-state por definición que mantiene una excelente interlocución con Washington, Bruselas, Moscú, las capitales del Golfo y Asia Central, así como frontera geográfica con Irán. Es una potencia regional autónoma, no la periferia. A la condición estratégica se le suma el neomonarquismo de Trump y Erdogan. Los dos presidentes convergen en la representación simbólica del hiperliderazgo con arabesco de desfiles y honores.

En tercer lugar, hay que subrayar las menciones expresas a Irán, el estrecho de Ormuz, la libertad de navegación y la proliferación nuclear (párrafo 5 de la Declaración). La guerra tiene ya consecuencias irreversibles en tres dimensiones: el radio de acción geográfica, la agenda geoeconómica y el vínculo con los aliados del Golfo Pérsico.

Tras Irán, está por ver el desarrollo institucional de la Alianza. Parece que el presidente Trump aspira a cambiar su naturaleza, creada con vocación de mecanismo de seguridad colectiva, y convertirla en instrumento ofensivo. Tal cambio tiene acomodo difícil, pero no insuperable, una vez revisado el concepto estratégico aprobado en la Cumbre de Madrid (2022). En la práctica, la nueva OTAN post-Irán ya presenta resultados tangibles.

El cuarto logro se sustenta sobre la unidad europea. Se ha incrementado la inversión en defensa a largo plazo, se ha gestionado el disenso sobre la respuesta a Irán y se ha avanzado en el diálogo transatlántico. Los socios europeos mantienen la métrica de la diplomacia, la gestión de crisis, la logística y la legitimidad política, aunque la acción militar decisiva sea estadounidense. Conviene plantearse si el interés por Irán no diluye la agenda del Flanco Sur, clave de bóveda del interés nacional de España.

Lo que está por venir

En último término, conviene valorar el paisaje electoral de 2026-2027. En otoño, Suecia tendrá elecciones generales e Israel, parlamentarias. Las mid-terms dirimen la capacidad real de Trump en la segunda parte de su mandato. Habrá legislativas en Rusia, que servirán de referendo sobre el desempeño en Ucrania. En la Comisión Europea, la negociación del Marco Financiero Plurianual revela el retorno de las preferencias nacionales sobre las federalizantes. En primavera, Francia y España tendrán nuevos ejecutivos, mientras que Finlandia elige nuevo Parlamento y Alemania, nueva presidencia (¿tomará Merkel ese papel institucional y mediador que podría pavimentar una conversación con Rusia?). En 2028, se cierra este ciclo: presidenciales en Turquía y Estados Unidos. No podemos anticipar resultados, pero sí que el cuerpo electoral tomará decisiones conscientes con arreglo a los nuevos valores de seguridad, energía, empleo, integridad territorial. Es un cambio importante. El futuro de la OTAN no depende solo del votante trumpista, sino que está en manos de los europeos. Ahora podemos decidir qué Alianza queremos ante la gran competición estratégica. En el medio plazo, los decisores políticos tendrán una legitimidad renovada y una propuesta política adaptada a la transformación de la OTAN.

Conclusión

Con estos elementos, podemos confirmar que la Cumbre de Ankara concluye con éxito. No se ha diluido el espacio transatlántico. Estados Unidos, imprevisible en su dinámica actual, mantiene el peso decisivo, pero los europeos comienzan a aceptar una cultura estratégica responsable, inversora e independiente. Solo mediante el esfuerzo sostenido se puede reducir la dependencia militar y de seguridad. Porque el entorno, marcado por la desglobalización y la geoeconomía, no cambiará en un futuro cercano y la propuesta política europea tendrá que adaptarse a un mundo hostil.

Juan Luis Manfredi Sánchez
Catedrático de Estudios Internacionales
e investigador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Castilla-La Mancha

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

    • La OTAN de los equilibrios en Ankara (0,17 MB)

    • NATO and the Balancing Act in Ankara (0,20 MB)