IEEE. Ni enemigo ni vasallo: reflexiones sobre la visión estratégica de España frente a la rivalidad entre los Estados Unidos y China. Marcos teóricos para su comprensión

10 dic 2025
IEEE. Ni enemigo ni vasallo: reflexiones sobre la visión estratégica de España frente a la rivalidad entre los Estados Unidos y China. Marcos teóricos para su comprensión
Víctor Bados Nieto. General de Brigada. Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos
Consideraciones previas
Plantearse si China debiera constituir un rival geopolítico para España exige comprender cómo se concibe a sí misma la propia China, qué traumas históricos arrastra, cómo interpreta su ascenso contemporáneo y en qué términos se relaciona hoy con Estados Unidos y con el orden internacional liberal liderado por Washington desde 1945. Para huir de un estudio basado menos en la opinión y más que en el rigor académico, este análisis se sitúa en un marco conceptual informado por la literatura académica sobre rivalidades estratégicas y transiciones de poder, fundamentado en autores como Graham Allison, Joseph Nye o Robert Keohane, cuyas aportaciones nos permiten contextualizar la lógica competitiva emergente.
Solo a partir de esta comprensión estructural tiene sentido interrogarse sobre el lugar que ocupa China en el gran tablero mundial del que nos habla Brzezinski1, y sobre la posibilidad de vernos arrastrados o no a las dinámicas de competencia geopolítica entre EE. UU. y China. Pero, sobre todo, si nuestros intereses nacionales aconsejan percibir a China como una amenaza, como un adversario directo, como un competidor sistémico al que tratar con cautela o como un socio complejo, pero necesario, en los que puedan confluir dinámicas gananciales mutuas.
La historia de China y sus secuelas. Del Reino del Centro al Siglo de la Humillación: raíces históricas de la cultura estratégica china
Desde muy temprano, China se ha considerado el
Es en esta cosmovisión en la que la geopolítica china consolidó ese instinto defensivo sin curiosidad, ni apetito expansionista. Así, a lo largo de los siglos, China sufrió repetidas incursiones y conquistas desde las estepas del norte y del oeste, donde los mongoles, manchúes y otros pueblos nómadas cruzaban una y otra vez las fronteras. La respuesta estratégica de la dinastía Qin, bajo el mandato del emperador Qin Shi Huang en el siglo III a. C. fue la Gran Muralla, una obra concebida no para proyectar poder hacia el exterior, sino para impedir que la inestabilidad penetrara en el corazón del imperio3. Una política que se expandió en el devenir de los siglos. De este modo, mientras España, Portugal o Inglaterra construían flotas para explorar, comerciar y colonizar, China levantaba murallas para no ser invadida. Buena parte de su energía militar se orientó a asegurar fronteras terrestres y a integrar a pueblos considerados «bárbaros», más que a instaurar dominios coloniales en otros continentes.
Excepcional, en ese sentido, fue el episodio de las grandes expediciones marítimas del almirante Zheng He, entre 1405 y 1433. Las enormes «flotas del tesoro» recorrieron el sudeste asiático, el océano Índico, el golfo Pérsico e incluso la costa oriental de África, estableciendo relaciones diplomáticas y comerciales con numerosos reinos4. Si bien no se documentan encuentros directos con barcos españoles o portugueses, cuyo patrón de exploración comenzó un poco después, sí existen cuando el navegante portugués Jorge Álvares en 1513 llegó a la costa sur de China, específicamente a la isla de Lintin, en el estuario del río Zhujiang (río de las Perlas), marcando el inicio de la relación marítima entre Portugal y China bajo la dinastía Ming5.
Es importante subrayar que, incluso en ese momento de extraordinaria capacidad marítima china, su lógica no fue colonizadora pues las expediciones de Zheng He no fundaron factorías permanentes, ni redes de bases militares al estilo europeo. Funcionaban como grandes embajadas flotantes que repartían regalos, exigían tributos y escenificaban el prestigio del Imperio del Centro. Tras la muerte del emperador Yongle, promotor de estos viajes, China volvió la vista hacia dentro, a su geografía inmensa y a sus problemas internos. La vocación de larga duración fue la contención, no la exploración.
Todo este universo se quebró con violencia en el siglo XIX. El llamado «Siglo de la Humillación» suele situarse entre 1839 y 1949 y constituye el núcleo traumático de la memoria histórica china contemporánea. La primera guerra del Opio (1839–1842) marca el inicio. El Imperio británico, decidido a corregir su déficit comercial con China, impuso el tráfico masivo de opio en el sur del país. Cuando las autoridades Qing trataron de frenarlo, Londres respondió militarmente, derrotó a China y forzó el Tratado de Nankín (1842), primer «tratado desigual» por el que China cedía Hong Kong, abría varios puertos al comercio exterior, aceptaba fuertes indemnizaciones y, sobre todo, introducía un régimen jurídico que minaba su soberanía6.
La segunda guerra del Opio (1856–1860), esta vez con Reino Unido y Francia como actores principales, profundizó la humillación. El episodio más simbólico fue el saqueo y la quema del Antiguo Palacio de Verano (Yuanmingyuan) en 1860, uno de los centros culturales y artísticos más significativos del imperio que fue destruido deliberadamente por tropas europeas. En la pedagogía histórica china, la imagen del palacio ardiendo resume el desprecio con que las potencias occidentales trataron a una civilización que se percibía a sí misma como superior7. Paralelamente, el Imperio ruso se aprovechó de la debilidad china para arrancar grandes concesiones territoriales en el norte: tratados como el de Aigún (1858) y el de Pekín (1860) cedieron a Rusia amplias zonas al norte del Amur y en el extremo oriental, que pasarían a formar parte del actual Lejano Oriente ruso8.
A finales del siglo XIX, la irrupción de Japón como potencia industrial y militar fue, si cabe, aún más dolorosa. La derrota china en la guerra sino-japonesa de 1894–1895 y el Tratado de Shimonoseki, con la cesión de Taiwán y la consolidación de la influencia japonesa en Corea, revelaron el atraso militar y tecnológico de China frente a un vecino asiático que había abrazado la modernización occidental9. Pocos años después, la rebelión de los bóxers (1899–1901) terminó con una incursión de ocho potencias extranjeras que ocuparon Pekín, exigieron nuevas indemnizaciones y reforzaron sus privilegios en territorio chino. El país quedó sembrado de concesiones extranjeras, zonas de influencia y barrios enteros bajo administración europea, estadounidense o japonesa10.
El punto más bajo del Siglo de la Humillación llegó con la expansión japonesa desde 1931. La ocupación de Manchuria, la creación del Estado títere de Manchukuo y, sobre todo, la invasión a gran escala iniciada en 1937 desembocaron en episodios como la masacre de Nankín, donde cientos de miles de civiles murieron y se cometieron atrocidades sistemáticas, incluidos crímenes sexuales y experimentos biológicos con la tristemente célebre Unidad 73111. Esa década larga de guerra, destrucción y ocupación extranjera se injertó en una memoria histórica que mezclaba la sensación de vulnerabilidad extrema, con la idea de haber sido traicionados por un orden internacional que no protegía a China, sino que la repartía como botín.
Durante la Segunda Guerra Mundial, China combatió activamente junto a los aliados frente a la agresión japonesa, sosteniendo una prolongada y devastadora guerra de resistencia que contribuyó de manera determinante al desgaste estratégico de Japón y, en última instancia, a su derrota. Pekín reivindica este esfuerzo militar como una de las grandes pruebas de su compromiso histórico con la seguridad internacional, subrayando que su sacrificio humano, económico y político no siempre ha sido reconocido en la medida que merece. China suele recordar que fue una de las potencias vencedoras del conflicto, condición que influyó de forma decisiva en la obtención de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, hecho del que se muestra especialmente orgullosa. Esta narrativa histórica ha cobrado especial relevancia este año con motivo del 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, conmemoración a la que asistieron veintiséis jefes de Estado y de Gobierno en el desfile celebrado en Pekín, reflejo del peso simbólico y político que China atribuye a su papel en la victoria aliada12.
Durante los años que siguieron a la derrota japonesa, China quedó inmersa en la reanudación de la guerra civil entre el Partido Comunista de Mao Zedong y el Kuomintang de Chiang Kai Shek, un conflicto que había comenzado en 1927 y que solo quedó temporalmente suspendido durante la Segunda Guerra Mundial ante la necesidad de formar un frente común contra Japón. Aunque ambas partes cooperaron de manera forzada en esa etapa, la desconfianza mutua nunca desapareció y el frágil entendimiento se quebró en cuanto terminó la guerra. La victoria final de Mao en 1949 no solo redefinió el equilibrio interno del país, sino que marcó el inicio de un nuevo proyecto político que pretendía romper con la fragmentación, la debilidad y la injerencia externa que habían caracterizado el llamado «siglo de humillaciones» y que se presentó como la clausura de ese ignominioso siglo XIX. «El pueblo chino se ha levantado» sintetizaba la idea de que, bajo el liderazgo del Partido Comunista, China nunca volvería a ser sometida por potencias externas13. Desde entonces, la narrativa oficial ha insistido en que solo un Estado fuerte, unificado y vigilante puede impedir la repetición de aquel desastre. Además, ese nacimiento de la RPC se produjo en contra de la apuesta de Estados Unidos y otras potencias occidentales por el Kuomintang, mientras que Formosa —la actual Taiwán— siguió siendo durante décadas la «China oficial» en el sistema internacional.
Esta circunstancia cambiaría en 1971, cuando la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 2758, por la cual se reconoció oficialmente a la República Popular China como el único representante legítimo de China y se le otorgó el asiento permanente en el Consejo de Seguridad, expulsando al Gobierno nacionalista de Chiang Kai Shek, que hasta entonces había mantenido dicha representación desde Taipéi. La decisión reflejó la aceptación internacional del hecho territorial —el control del continente por la RPC— y la nueva correlación geopolítica marcada por la ruptura sino-soviética y el giro estratégico de Estados Unidos. Para Pekín, esta restitución supuso una reparación histórica y confirmó su retorno como potencia legítima y central en la arquitectura internacional.
Fue a instancias de su consejero de Seguridad Henry Kissinger, que Washington decidió aprovechar la división sino-soviética para atraerse estratégicamente a Pekín y separarlo de Moscú con la famosa visita de Nixon a China en 197214. Aquella maniobra dejó una huella profunda en la élite china, que también tomó nota de la implosión de la URSS como advertencia de lo que nunca debe permitir que ocurra al Partido Comunista Chino.
Vemos en este breve recorrido histórico que el recuerdo de los tratados desiguales, concesiones injustas, invasiones y masacres forman parte del ADN de la cultura estratégica china contemporánea. Por ello, cualquier muestra de injerencia o cuestionamiento de su integridad territorial —ya se trate de Taiwán, el Tíbet, Xinjiang o el mar de China Meridional— se interpretará a través de la humillación histórica y deseo de revancha simbólica.
El despertar del Dragón: el ascenso global de China en el siglo XXI
Tras las convulsiones del maoísmo, la hambruna derivada del «Gran Salto Adelante» y el caos de «la Revolución Cultural», Deng Xiaoping lanzó la política de «reforma y apertura» en 1978, al liberalizar partes de su economía planificada, crear zonas económicas especiales y acoger la inversión extranjera que permitió el funcionamiento de mecanismos de mercado, siempre bajo el control último del partido15.
Deng articuló el principio de «ocultar tus capacidades y esperar el momento» para crecer, modernizarse, integrarse en la economía global y evitar el enfrentamiento directo con Estados Unidos. El objetivo no era subvertir de inmediato el orden internacional, sino aprovecharlo en beneficio de China.
La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 marcó un punto de no retorno en la inserción del país en la globalización y la economía capitalista. Como señalan Breslin y Lardy, la adhesión a la OMC aceleró de forma extraordinaria la capacidad exportadora del país y consolidó su integración en las cadenas globales de valor dominadas por empresas occidentales16. Durante la década siguiente, su economía creció a tasas cercanas o superiores al 10 % anual, transformando el paisaje urbano, social y productivo de la nación. Millones de trabajadores migraron desde zonas rurales hacia los grandes polos industriales de la costa —Shenzhen, Guangzhou, Shanghái— para incorporarse a una economía orientada a la manufactura intensiva y a la exportación17. En ese proceso, China se convirtió en la famosa «fábrica del mundo», símbolo de una globalización asimétrica que reforzó una profunda interdependencia con Estados Unidos y Europa. Pero también proporcionó a China la base material y tecnológica necesaria para comenzar a imaginar un papel global más ambicioso, apoyado en la acumulación de divisas, el desarrollo industrial y la mejora del poder estatal18.
El año 2008 marcó el hito en el que China transitará de forma simbólica de potencia emergente a potencia con aspiraciones globales. Los Juegos Olímpicos de Pekín mostraron al mundo una China moderna, segura de sí misma y tecnológicamente avanzada, articulando un potente discurso de éxito nacional. Sin duda, simbolizaron la irrupción definitiva de China como potencia moderna y confiada, un acontecimiento detrás del cual estuvo la creciente influencia de Xi Jinping, entonces líder ascendente y encargado de coordinar aspectos clave del evento. Para muchos analistas, aquellos Juegos marcaron el inicio de la proyección internacional más ambiciosa que Xi consolidaría años después como líder máximo del país. Apenas unos meses después, la crisis financiera internacional golpeó con dureza a Estados Unidos y la Unión Europea, mientras China lograba sostener un crecimiento robusto gracias a un plan de estímulo sin precedentes, valorado en más de 586.000 millones de dólares19. Además, Pekín se convirtió en uno de los principales tenedores de la deuda pública estadounidense, aumentando su influencia estructural sobre la economía global. Para las élites chinas, el mensaje era claro: el modelo económico occidental había perdido su aura de infalibilidad, mientras que el «socialismo con características chinas» demostraba eficacia en la gestión macroeconómica y en la estabilidad social20.
Con la llegada de Xi Jinping al poder en 2012, esta autoconfianza se transformó en una agenda explícita de liderazgo. Xi proclamó el objetivo del «gran rejuvenecimiento de la nación china» y, en 2013, lanzó la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI en inglés), concebida como una red global de infraestructuras terrestres y marítimas, físicas y digitales, que conectan China con Asia Central, Oriente Medio, África, Europa y, de forma creciente, América Latina21. Carreteras, ferrocarriles, puertos, zonas industriales y corredores energéticos financiados por bancos chinos y ejecutados por empresas chinas se multiplicaron en decenas de países del llamado sur global. Se trataba de algo más que de logística: la BRI construye dependencias financieras y políticas, genera influencia y consolida una posición de China como proveedor de bienes públicos (infraestructuras) en regiones tradicionalmente más vinculadas a Occidente. Un éxito para la omnipresencia China en África, Asia y otros espacios del llamado sur global, atribuible a un relato en la que China se presenta como alternativa al pasado colonial occidental, con una manera de operar que estos países perciben como menos intrusiva y más respetuosa con su soberanía. Esa narrativa, con gran fuerza, les ha permitido una enorme penetración y receptividad en buena parte del sur global.
Este impulso se complementó con el papel de China en los BRICS, plataforma que Pekín ha utilizado para cuestionar la arquitectura financiera internacional dominada por el FMI y el Banco Mundial surgidos tras Bretton Woods, para impulsar instrumentos alternativos como el Nuevo Banco de Desarrollo. La ampliación de los BRICS a nuevos miembros del sur global reforzaba esa ambición de articular un «club de potencias emergentes» capaz de disputar influencia al G7. De manera paralela, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), en la que participan China, Rusia, India, Pakistán, Irán y varios países de Asia Central, se ha consolidado como foro de seguridad euroasiático que excluye deliberadamente a Estados Unidos y a sus aliados.
China y su cosmovisión del mundo: percepciones estratégicas e influencia de su geografía. Taiwán, la piedra en el zapato
La visión estratégica de China parte de una combinación singular de conciencia histórica, sensación de vulnerabilidad por condicionamientos geográfico-estratégicos y ambición de restauración nacional. Por un lado, el país se percibe a sí mismo como un Estado-civilización, con un papel natural en Asia Oriental y un destino histórico de centralidad global, siguiendo el retorno a la gran revitalización de la nación china proclamada por Xi Jinping. Por otro, la élite del Partido Comunista sostiene que el sistema internacional sigue dominado por potencias marítimas que, desde el siglo XIX, han tratado de contener y humillar a China mediante bloqueos, desigualdades estructurales y superioridad naval. Esta doble mirada —orgullo civilizatorio y memoria de vulnerabilidad y victimismo— alimenta la idea de que China debe «protegerse del cerco» para así garantizar la seguridad de sus rutas marítimas y con ello, romper las limitaciones impuestas por un entorno geopolítico percibido como adverso.
Desde esta perspectiva, el mundo a sus ojos aparece dividido entre quienes aceptan el ascenso pacífico de China (
En la narrativa estratégica china, la geografía marítima se percibe como un espacio de restricción estructural. La llamada primera cadena de islas —desde Japón y las Ryūkyū hasta Taiwán, Filipinas y Borneo— y la segunda cadena —Guam, Marianas, Micronesia— se encuentran bajo influencia militar de Estados Unidos y sus aliados. Esta disposición es entendida por Pekín como un doble cinturón de contención diseñado para impedir su salida al Pacífico occidental. Como han señalado diversos estudios, los estrechos que rompen la primera cadena (Miyako, Bashi, Luzón) son pasos estrechos fácilmente controlables y bloqueables, lo que convierte su tránsito en una vulnerabilidad constante22.
La sensación de fragilidad se amplifica por el llamado «dilema de Malaca». Aproximadamente el 80 % de las importaciones de petróleo de China y buena parte de su comercio marítimo pasan por este estrecho, uno de los cuellos de botella más congestionados del planeta23. El propio Hu Jintao24 advirtió que ese paso podría ser explotado por «ciertas potencias» —en referencia velada a Estados Unidos y, en menor medida, India— para presionar o incluso dejar sin suministro energético al país25. Este «cordón umbilical» que une Oriente Medio con la costa china constituye el centro de gravedad logístico de la economía de Pekín, por lo que la libertad de navegación por el estrecho es tratada como un asunto de seguridad nacional.
Como respuesta al riesgo de estrangulamiento, China ha impulsado lo que en Occidente se denomina el «collar de perlas», una red de puertos, instalaciones duales y nodos logísticos a lo largo del océano Índico —Gwadar (Pakistán), Hambantota (Sri Lanka), Kyaukphyu (Myanmar), Chittagong (Bangladés), Port Klang (Malasia) y la base naval de Yibuti, entre otros26. Estas infraestructuras, aunque presentadas como proyectos puramente comerciales dentro de la Franja y la Ruta, poseen un claro potencial de uso militar y refuerzan la capacidad china para sostener operaciones navales, proyectar poder y garantizar la seguridad de sus SLOC (Sea Lines of Communication).
Junto a este despliegue marítimo, China complementa su estrategia con corredores energéticos terrestres —oleoductos desde el Índico y gasoductos desde Asia Central— destinados a reducir la dependencia del paso por Malaca, sin dejar de expandir su presencia naval en el Índico.
En paralelo, Pekín ha buscado «traer hacia dentro» parte de su seguridad marítima mediante la consolidación de su presencia en el mar de China Meridional. La controvertida «línea de los nueve trazos» formulada por China delimita una reclamación histórica que abarca cerca del 80 % de ese espacio marítimo, superponiéndose a zonas económicas exclusivas de Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunéi e Indonesia. En 2016, el Tribunal Permanente de Arbitraje de la Haya declaró sin fundamento jurídico las reclamaciones históricas chinas y rechazó la línea de los nueve trazos27. Una asertividad que Pekín ignoró el laudo y continuó su política de hechos consumados.
El instrumento principal ha sido la construcción de islas artificiales mediante dragado masivo: más de 3.000 hectáreas de nueva tierra han transformado arrecifes como Fiery Cross, Subi y Mischief en bases fortificadas con pistas de 3.000 metros, sistemas de defensa aérea, radares y puertos de aguas profundas28. Estos puestos avanzados permiten a la Armada china extender su radio de acción, crear una red de vigilancia permanente y controlar
Esta práctica estratégica revisionista de claro hard power contradice el relato diplomático chino de respeto mutuo, estabilidad y armonía, lo que evidencia una brecha entre la autoimagen que China quiere proyectar y la percepción que generan sus acciones sobre el terreno.
A ello se añade Taiwán, que es pieza fundamental en su geopolítica y elemento crítico en la reunificación nacional. Desde Pekín, la isla no es solo un contencioso territorial heredado de la guerra civil, sino un «interés central» cuya «reunificación completa» se presenta como condición necesaria para culminar la grandeza nacional en 204930. No obstante, conviene subrayar que Taiwán no es un Estado reconocido por Naciones Unidas. Este hecho condiciona profundamente la posición internacional china y un asunto que el PCC considera estrictamente interno ligado a la soberanía, la integridad territorial, el rejuvenecimiento de la nación china postulado por Xi Jinping y la legitimidad del Partido.
En el plano militar, el Libro Blanco de Defensa de 2023 insiste en que el Ejército Popular Chino debe estar preparado para «derrotar resolutivamente a cualquiera que intente separar Taiwán de China» y «salvaguardar la unidad nacional a cualquier coste», integrando el escenario del Estrecho en la modernización de fuerzas, las capacidades A2/AD y la planificación operativa31. En el mismo marco teórico y narrativo, el nuevo Libro Blanco de Seguridad Nacional de mayo de 2025 profundiza en esta lógica al adoptar un enfoque integral de la seguridad, que incluye los intereses centrales la soberanía, la unidad y los derechos e intereses marítimos, e identifica explícitamente la cuestión de Taiwán —y la presencia de fuerzas externas en el Estrecho— como un ámbito donde cualquier intento de secesión o injerencia extranjera se considera una amenaza existencial. Se trata de un documento en el que Pekín no renuncia al empleo de la fuerza para impedir la independencia formal de la isla, de modo que una intervención militar o política de terceros en apoyo de dicha secesión, se interpretaría en la práctica como un
La lectura estadounidense: de Mahan al Rimland de Spykman
La arquitectura estratégica estadounidense que rodea a China responde, desde una perspectiva doctrinal, a una combinación de
Por otro lado, Nicholas Spykman subrayaba que la clave geopolítica del mundo no estaba en el
Así las cosas, China ve el mundo desde una mezcla de resurgimiento histórico y vulnerabilidad estratégica. Considera que las potencias marítimas intentan limitar su ascenso mediante un cinturón de contención que abarca desde las cadenas de islas del Pacífico occidental hasta los estrechos del Índico. En consecuencia, ha desarrollado una estrategia integral para romper ese cerco: asegurar Malaca, construir un collar de perlas, consolidar su dominio en el mar de China Meridional y modernizar su presencia naval. Frente a ello, Estados Unidos articula una estrategia anclada en Mahan y Spykman que busca mantener el control de los mares y evitar que China domine el Rimland asiático. La interacción entre ambas lógicas —seguridad para unos, contención para otros— constituye el núcleo más peligroso de su competencia geopolítica. De hecho, la actual convergencia estratégica entre Moscú y Pekín refuerza justamente aquello que las doctrinas de Mackinder a Spykman siempre trataron de evitar, una sólida alianza en el corazón euroasiático capaz de desafiar el equilibrio global.
Entre la interdependencia compleja y la trampa de Tucídides
Autores como G. John Ikenberry han descrito el entramado institucional posterior a 1945 como un «orden liberal internacional» basado en reglas, instituciones multilaterales y en la centralidad del dólar, pero también en la hegemonía estadounidense37. China no se limita ya a participar en ese orden: lo cuestiona parcialmente al proponer un lenguaje alternativo muy acorde a su tradición confuciana y de no alineamiento —multipolaridad, no injerencia, respeto absoluto a la soberanía (si bien como se ha expresado anteriormente se contradice con su política en la línea de los nueve trazos), cooperación sin condicionalidad política38— que resulta atractivo para numerosos Estados que se sienten incómodos con el discurso occidental de democracia y derechos humanos. Con la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI en inglés), los BRICS, la OCS y, más recientemente, las iniciativas globales de Xi (
Pero la relación entre China y Estados Unidos no se explica solo desde la confrontación. Desde la visita de Nixon a Pekín en los años setenta, y con especial intensidad desde los noventa, ambos han tejido una densa red de relaciones comerciales, financieras y productivas. Robert Keohane y Joseph Nye conceptualizaron este tipo de relaciones bajo la idea de «interdependencia compleja»39: Según esta perspectiva, las grandes potencias se relacionan a través de múltiples canales transnacionales —económicos, tecnológicos, financieros, diplomáticos y sociales—. Manejan agendas muy amplias, que van mucho más allá de lo militar; y afrontan costes extraordinariamente altos si recurren a la guerra. En este contexto, la coerción militar pierde eficacia relativa, mientras que la vulnerabilidad mutua derivada de la interdependencia económica y tecnológica se convierte en un factor clave para entender su comportamiento.
En el caso sino-estadounidense, esta interdependencia se manifiesta en la integración de cadenas de suministro, en los flujos de inversión, en la posesión de deuda, y de manera muy destacada, hoy, en el intercambio —y el bloqueo— de insumos estratégicos como las tierras raras y los semiconductores avanzados. China domina buena parte del procesamiento de tierras raras, indispensables para la industria tecnológica, militar y energética; Estados Unidos y sus aliados, controlan los chips de alta gama, principalmente Taiwán y la maquinaria necesaria para fabricarlos, Holanda40. Esta realidad crea un equilibrio precario: el conflicto abierto o un desacoplamiento radical sería devastador para ambos, de modo que existe un fuerte incentivo para evitar que la rivalidad derive en guerra frontal.
Sin embargo, como ha popularizado Graham Allison con la metáfora de la «trampa de Tucídides»41, la historia ofrece numerosos ejemplos de potencias establecidas y emergentes que acaban en guerra a pesar de su interdependencia económica y de sus vínculos institucionales. La comparación se basa en las guerras del Peloponeso de Tucídides, según el cual la causa profunda del conflicto entre Esparta (potencia establecida en declive) y Atenas (potencia emergente) se debió al temor que la hegemonía de Atenas inspiró en los espartanos. En esto, Alison tras estudiar 17 casos de potencias establecidas o en declive confrontando a potencias emergentes, 12 de ellos finalizaron en conflicto armado42. En este paradigma, según el autor nos encontramos actualmente, con unos EE. UU. como hegemón establecido, pero en declive y una China como potencia emergente además de revisionista claramente en ascenso, que amenaza con desplazar a la potencia dominante. Esta situación geopolítica genera dinámicas de inseguridad, dilemas de compromiso y presión doméstica que pueden desembocar en una espiral de confrontación difícil de controlar.
No obstante, este constructo académico, la «trampa de Tucídides» no debe entenderse como una ley determinista, sino como una tendencia estructural en la transformación y distribución del poder que altera las expectativas, pero, sobre todo, las percepciones de riesgo en ambos lados. La potencia establecida teme perder su estatus, sus alianzas y los beneficios del orden que ha contribuido a construir mientras la potencia emergente considera injusta o restrictiva la arquitectura y orden internacional existente, y aspira a un reconocimiento acorde con su nuevo peso y estatus. Abundando en esta trampa, algún análisis estratégico ha señalado que Estados Unidos había concebido a India como un posible contrapeso regional frente al ascenso de China. Sin embargo, los acontecimientos recientes apuntan a una lógica distinta: la aproximación dicotómica de Trump —«o conmigo o contra mí»— limita la disposición de Washington a favorecer la consolidación de otra potencia asiática emergente, incluso si ello pudiera contribuir a equilibrar la influencia de Pekín43.
Aplicado a la rivalidad entre Estados Unidos y China, el marco analítico de la «trampa de Tucídides» y la «interdependencia compleja» como amortiguador estratégico en la fricción y el conflicto, conviene subrayar que la interdependencia comercial, financiera y tecnológica, aunque densa, no garantiza por sí sola la paz. La historia del siglo XX muestra cómo los fuertes vínculos económicos no impidieron el estallido de la Primera Guerra Mundial; de manera análoga, la relación sino-estadounidense combina profundos lazos de intercambio con una creciente competición estratégica en los planos geopolítico, tecnológico, económico y militar. El riesgo reside en que, ante percepciones de amenaza existencial, por ejemplo, Taiwán o el control de tecnologías críticas, ambos actores interpreten las medidas defensivas del otro como ofensivas, alimentando el clásico «dilema de seguridad»44. En este contexto, la analogía de Allison sirve menos como profecía autocumplida y más como advertencia analítica: sin mecanismos eficaces de gestión de crisis, canales de comunicación robustos y una cierta disposición a la acomodación mutua, la combinación de cambio estructural e inseguridad puede empujar incluso a potencias interdependientes hacia la confrontación abierta45. Estados Unidos y China corren el riesgo de reproducir ese patrón de choque entre potencia establecida y potencia emergente si la desconfianza, el miedo y las percepciones de amenaza se disparan46.
Una competición estratégica que se verifica en cuatro ámbitos interconectados: geopolítico-institucional, tecnológico, económico y militar. Geopolíticamente, China promueve alternativas como BRICS ampliado (con entradas en 2024-2025 de Egipto, Etiopía, Irán, EAU e Indonesia), la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS), BRI y el Banco de Infraestructuras e Inversiones Asiático (AIIB), todo para contrarrestar el orden liberal de EE. UU. materializado en la OTAN, G7, BM, FMI, OMC, posicionándose como voz del sur global pese a divisiones internas. EE. UU. responde reconfigurando el G20, QUAD, AUKUS y acuerdos con Japón, Corea del Sur, Filipinas e India, esta última con autonomía estratégica comprando armas de múltiples proveedores. Un giro al Indopacífico de la política exterior estadounidense y la reacción china que hay que interpretar como una competencia estructural que hay que interpretar como una competencia estructural por la primacía en el sistema internacional47.
Tecnológicamente, la «guerra de los chips» escaló desde 2019 con restricciones estadounidenses a Huawei y SMIC en semiconductores, litografía y EDA48, intensificadas en 2022-2023 y 2025 bajo Trump49. China replica con autosuficiencia en IA, supercomputación y ciberseguridad, restringiendo tierras raras, galio y germanio en 2025 como respuesta50. No obstante, el acuerdo Trump-Xi en Busan el pasado 30 de octubre ha pausado controles mutuos por un año, sin desmantelar sanciones previas51. Esta rivalidad afecta terceros en 5G/6G y estándares, identificada como «competencia de alta intensidad» en análisis del IEEE del Indopacífico52.
Económicamente, la interdependencia se ha vuelto hostil con aranceles medios del 20 % desde 2018, elevados al 145 % en 2025 por Trump contra el fentanilo y la industria doméstica53, pese a las tensiones inflacionarias. China redirige exportaciones y avanza en desdolarización, impulsando
Militarmente, EE. UU. prioriza negación de área en Indopacífico vía el Enhanced Defence Cooperation Agreement (EDCA)54 ampliado con Filipinas (nueve bases), AUKUS (submarinos nucleares australianos), ejercicios Balikatan y operaciones regulares de libertad de navegación (FONOP) y patrullas aéreas y navales en el mar de China Meridional y el estrecho de Taiwán, pese a dudas sobre QUAD/AUKUS. China continúa modernizando el EPL hacia «clase mundial» para 2050 tal y como ya anticipó Xi Jinping, con una mayor armada (alcanza 370 buques de superficie), A2/AD (misiles antibuque, defensa aérea) y expansión nuclear55. Taiwán es la línea roja, clave para legitimidad china y credibilidad estadounidense.
España, un socio útil para China y aliado firme de EE. UU.
En este contexto de rivalidad estructural entre los EE. UU. y China, ¿dónde queda España para China? Para comprender adecuadamente la posición española en la rivalidad entre Estados Unidos y China conviene recordar que las relaciones entre España y China poseen una larga trayectoria histórica que comienzan en el siglo XVI, cuando el Galeón de Manila crea, desde este puerto filipino bajo dominio español, un corredor transpacífico que conectó el mundo hispánico con Asia oriental. Una línea de comunicaciones marítima que dará lugar a una sólida relación de interdependencia comercial donde mercantes chinos y españoles comerciaron e intercambiaron plata americana, sedas, porcelanas y especias56 durante aproximadamente doscientos cincuenta años, sin ningún enfrentamiento, tensiones o conflictos57. Muchos historiadores consideran este flujo estable de bienes, personas e ideas como una de las primeras formas de globalización euroasiática58.
En época contemporánea, será tras el reconocimiento diplomático mutuo de 1973 entre España y la República Popular China cuando se abrió una nueva fase que se vio reforzada por la transición democrática española y la política de reforma y apertura china59. Ese proceso se consolidó en 2005 con el establecimiento de la Asociación Estratégica Integral60, categoría que Pekín reserva a un número limitado de Estados considerados socios preferentes. Este recorrido ha sido definido por algunos autores como el paso «de la desconfianza a la asociación estratégica», subrayando la estabilidad y la ausencia de una lógica de enemistad estructural en el vínculo sino-español61.
La perspectiva de Pekín sobre España es la de que nuestra nación no es ni un enemigo ni un adversario, sino un país europeo relevante con el que conviene mantener una relación estable, pragmática y de largo plazo. Pekín ve a España como «un importante país de la Unión Europea», con presencia en el Mediterráneo, vínculos históricos con América Latina y un peso político suficiente como para ser útil dentro del Consejo Europeo, aunque lejos del protagonismo de Alemania o Francia.
En los últimos años, esa percepción se ha reforzado con las visitas oficiales de Xi a España en 2018, del presidente del Gobierno y, sobre todo, con la visita de Estado de los Reyes a China en noviembre de 2025, la primera de un monarca español en casi dos décadas. El viaje del presidente Sánchez a Shanghái para reunirse con Xi le sirvió para participar en foros empresariales y defender una relación basada en la apertura y el pragmatismo, subrayando que la política exterior española «no va contra nadie», en alusión a Estados Unidos62. Durante la visita de Estado en noviembre 2025, el rey Felipe VI presidió encuentros empresariales, insistió en la necesidad de reducir el desequilibrio comercial —muy a favor de China— y defendió a la vez los derechos humanos y el derecho internacional, en línea con la política exterior española. Desde la óptica china, estos gestos confirman que España no se sitúa en el grupo de Estados europeos más hostiles, sino entre aquellos que, sin renunciar a sus principios, buscan mantener un diálogo económico y político intenso63.
China también valora a España por su función de puente hacia otras regiones. En América Latina, la presencia empresarial, cultural y lingüística española es percibida como un capital que puede facilitar proyectos chinos en sectores como infraestructuras, energía o telecomunicaciones. En el Mediterráneo y el Atlántico, los puertos españoles —Algeciras, Valencia, Barcelona— se integran en redes logísticas donde navieras chinas juegan un papel creciente, y donde las empresas chinas miran con interés las oportunidades en energías renovables, movilidad eléctrica y logística. Para China, España es, en suma, un socio occidental gestionable, alineado con la UE y la OTAN, pero menos proclive a la confrontación abierta y con una cultura política acostumbrada al multilateralismo y a la negociación64.
Desde el lado español, el cuadro es más ambivalente. Estados Unidos es nuestro aliado principal y socio estratégico en el marco de la OTAN. Nuestra seguridad, tanto en la dimensión convencional como en la nuclear, se apoya en el vínculo transatlántico. Pero al mismo tiempo, España —como el resto de la Unión Europea— está inserta en una economía mundial en la que China es a la vez mercado, proveedor y competidor, con clara dependencia comercial de la Unión Europea. Además, nuestra industria depende, en mayor o menor medida, de cadenas de suministro en las que China desempeña un rol central65; nuestro sector agroalimentario exporta a un mercado chino en expansión; y nuestras propias aspiraciones de autonomía energética y digital nos empujan a relacionarnos con empresas y tecnologías chinas, aunque sea bajo marcos de vigilancia y «reducción de riesgos» (
Entre Tucídides y la interdependencia compleja: la posición estratégica de España frente a China
¿Dónde queda España desde el prisma de esta competición entre las dos superpotencias? Aquí se cruzan dos lógicas contrapuestas: la tesis realista de la «trampa de Tucídides» que, para los Estados Unidos y China, puede representar la lógica casi «existencial» de la rivalidad que puede llevarlos a considerar inevitable el conflicto incluyendo la guerra, además de un desacoplamiento sistémico. Pero por el otro lado, existe la proposición en el campo del idealismo de la «interdependencia compleja», en la que una tupida red de intereses económicos y de otra índole sirve como vacuna y amortiguador para evitar la fricción máxima y el conflicto.
En este contexto dinámico se encuentra España, al igual que el resto de Europa y otros aliados de Estados Unidos, para quienes esta lógica estratégica convendría no asumir como una trampa propia, sino entenderla como una dinámica ajena que debe gestionarse con cautela. Nuestro interés nacional debería evitar tanto una confrontación directa con China como un desacoplamiento económico abrupto que podría perjudicar seriamente a nuestras empresas y a nuestra economía. Lo que resulta preferible es impedir que la rivalidad sino-estadounidense desemboque en un conflicto del que España no obtendría beneficio alguno y que no desea afrontar. Esta posición es mantenida por otros países de la región como Japón, cuyos principales centros de pensamiento como el NIDS o el Sasakawa Peace Foundation consideran que un enfrentamiento en el Indopacífico sería devastador para todos los actores involucrados, empezando por China y los EE. UU.67.
En este sentido, España debería seguir orientándose hacia el refuerzo de la autonomía estratégica europea —que permita a la UE ampliar capacidades y reducir vulnerabilidades críticas—, pero al tiempo gestionar su relación con China buscando su propio espacio geopolítico, en los márgenes que le permita sus obligaciones en la UE y de la Alianza Atlántica, mediante una combinación prudente de realismo, cautela y defensa de principios fundamentales.
En términos teóricos, la interdependencia compleja de Nye y Keohane nos recuerda que la densidad de vínculos económicos, tecnológicos y sociales entre China y Occidente hace extremadamente costosa la guerra, y en consecuencia poco probable el conflicto. La trampa de Tucídides nos advierte de que la historia, aun así, está llena de errores de cálculo fatales. Para España, país de tamaño medio, fuertemente abierto y dependiente del orden internacional, la prioridad debería ser contribuir a que la primera lógica se imponga sobre la segunda. Eso implica apoyar la defensa colectiva en el marco de la OTAN; reforzar el multilateralismo y las instituciones que canalizan la competición; diversificar dependencias en materias críticas (chips, tierras raras, tecnologías sensibles); y a la vez mantener una relación con China que no sea ni ingenua ni hostil.
En consecuencia, ¿es China nuestro rival geopolítico? Obviamente no lo es en el sentido clásico del término, pues ni plantea una amenaza militar directa a España, ni tiene reivindicaciones territoriales, ni busca, de manera explícita, minar nuestra seguridad nacional. Si bien es cierto que es un actor que erosiona el orden liberal en el que España se ha desarrollado durante décadas y una potencia cuyo modelo político resulta abiertamente incompatible con la democracia liberal, pues China es una autocracia y autoritarismo con arreglo a las métricas académicas68, incompatible con los valores que se consagran en nuestra Constitución. Pero es también un socio comercial clave, un interlocutor imprescindible en cuestiones globales (cambio climático, estabilidad financiera, seguridad sanitaria) y un actor con el que nuestra economía mantiene vínculos profundos.
Por todo ello, la posición española —y europea— debiera orientarse hacia la gestión constructiva de la relación con China, sin convertir a China en un enemigo, aprendiendo a convivir con una potencia que no va a desaparecer, que seguirá desafiando algunos elementos del orden internacional y con la que, nos guste o no, tendremos que negociar, cooperar, y, llegado el caso, disuadir. Este enfoque pragmático, alineado con la tradición multilateral española, privilegia la negociación sobre la confrontación, y permite una convivencia estratégica que apueste por el interés mutuo en un contexto de interdependencia inevitable.
Pero, por otro lado, nos encontramos con la conceptualización de la anterior Administración estadounidense de Joe Biden, que expuso la rivalidad con China en términos de un choque entre democracias y autocracias, una confrontación fundamental entre modelos políticos opuestos: democráticos, libres y basados en el Estado de derecho frente a regímenes autoritarios y autocráticos que reprimen derechos y libertades básicas. Una narrativa que enfatiza la defensa del orden liberal internacional frente a la creciente influencia china, que representa un desafío sistémico para los valores democráticos globales69.
Sin embargo, este razonamiento no debería arrastrar a España a entrar en esta pugna estratégica entre Estados Unidos y China, pues limitaría la autonomía estratégica española. De hecho, Estados Unidos mantiene relaciones complejas y a menudo pragmáticas con diversas autocracias y regímenes autoritarios que no se ajustan al ideal democrático proclamado en la opción limitativa dual de la Administración americana. Ahí están sus alianzas con países abiertamente autocráticos que conculcan los derechos y libertades, tal y como las entendemos en las democracias liberales. Caso paradigmático de este argumento fue el reciente episodio en la cumbre de Anchorage, Alaska, donde Trump aplaudía a Putin, dando legitimidad a cuanto representa en términos políticos, además de geopolíticos, por la violación del derecho internacional con la anexión ilegal de Crimea y la invasión de Ucrania. Por ello, resulta aconsejable que, dentro de los márgenes de las obligaciones y limites que impongan los compromisos internacionales adquiridos, España preserve su margen de maniobra estratégica sin quedar encasillada en una polarización obligada, que le limite e impida salvaguardar sus intereses nacionales.
En consecuencia, España como potencia media, no está condenada a la trampa de Tucídides, ni la obliga a replicar la lógica de enemistad de las dos grandes potencias. La literatura académica que advierte sobre este riesgo subraya precisamente la necesidad de diseñar marcos de gestión que eviten la guerra70. España, firmemente anclada en la OTAN y en el vínculo transatlántico, puede asumir la preocupación de su principal aliado por el auge chino, pero sin que ello debiera traducirse mecánicamente en una política de confrontación bilateral con Pekín. España estaría obligada a pensar estratégicamente para no quedar atrapada en ella, y paralelamente, interconectarse con China en una relación equilibrada que no de vasallaje como Rusia71. Una autonomía estratégica limitada pero real, que le permitiera situarse como socio europeo relevante, evitando igualmente cualquier posibilidad de trampas, como la denominada de la deuda, en la que ya ha caído algún país de los que conforman la Iniciativa de la Franja de la Ruta72.
A la par, España podría contribuir a que la rivalidad geopolítica entre Washington y Pekín no se convierta en un destino inevitable con rumbo de colisión, permitiendo un marco de cooperación bilateral que nos permita una relación sino-española simbiótica de generación de beneficios mutuos, con un claro enfoque de ganancia compartida.
Víctor Bados Nieto
General de Brigada
Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
Nota: Todos los hipervínculos de este artículo se encuentran activos con fecha de 3 de diciembre de 2025.
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Ni enemigo ni vasallo: reflexiones sobre la visión estratégica de España frente a la rivalidad entre los Estados Unidos y China. Marcos teóricos para su comprensión
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Neither enemy nor vassal: reflections on Spain’s strategic outlook in the context of U.S.–China rivalry. Theoretical frameworks for its understanding
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