IEEE. Los aranceles universales. Una nueva fase en la confrontación geopolítica entre China y Estados Unidos

10 sept 2025
IEEE. Los aranceles universales. Una nueva fase en la confrontación geopolítica entre China y Estados Unidos
Federico Aznar Fernández-Montesinos. Analista del IEEE (CESEDEN)
“Cuando China despierte, el mundo entero temblará”
Frase erróneamente atribuida a Napoleón1
La segunda década del siglo XXI parece cerrar la época que abrieron en los años 80 Reagan y Thatcher, sustituida por una especie de «neomercantilismo»2. Los referidos líderes dieron un gran impulso a la globalización, desregulando mercados y abriendo las economías. Pero, paradójicamente, cuarenta años después, el multilateralismo está perdiendo protagonismo y se están deconstruyendo muchas de las iniciativas internacionales impulsadas por Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. De hecho, son justamente también EE.UU. y Reino Unido quienes recurren al proteccionismo (el primero, a través de aranceles incluso arbitrarios) o se apartan de la gran experiencia integracionista (el segundo)3.
Liberalismo y neomercantilismo se encuentran en la globalización, como también lo hacen China y Estados Unidos. Estos países, en algún momento particular y hasta de forma alternativa, pueden ostentar el papel de potencias ideológicas y actuar como representantes indistintos de ambos movimientos en función de sus intereses coyunturales. La lógica de la optimización paretiana individual que ha caracterizado a Occidente se enfrenta con una cultura —el realismo moral chino— en la que prima lo colectivo y el sacrificio individual.
El proceso de simplificación que resulta de la globalización ha generado una lógica niveladora y, con ella, la convergencia entre las economías avanzadas y las emergentes. De este proceso forma parte también el resurgimiento de China —un país con 1.470 millones de habitantes, el 18,21 % de la población mundial y que, alcanzado el cénit demográfico, comienza a decrecer hasta el entorno de los 800 millones en 2100—, que es su exponente y promotor más avanzado.
Pero también, simultáneamente se observa el ascenso de algunas potencias medias y de actores no estatales; esto es fruto del cambio de contexto político y tecnológico, la falta de liderazgo, el fracaso de las instituciones; y, desde 2001, del equivocado intervencionismo estadounidense en Oriente Medio y Asia Central. Este factor ha dificultado la visibilización de un cambio geopolítico tan relevante y que se ha producido a su sombra4.
Es el «ascenso de los demás» de Fareed Zakaria5 con el que se pretende advertir de que no se puede hacer un enemigo de cada rival comercial o geopolítico que surge, pues eso está en la naturaleza de las cosas. El ascenso es un método, un camino. El problema de Occidente es su pérdida de poder relativo.
Una cuestión capital en la pugna es la relevancia que tiene para cada país su comercio exterior. La relación entre el comercio y el PIB mide la dependencia económica del comercio internacional, mostrando el grado de globalización del país. Así, la integración de la economía europea permite que la suma de importaciones y exportaciones alcance el 96% de su PIB y además que el balance entre ambos sea habitualmente deficitario, por lo que su nivel de exposición es alto6.
Esto hace a la UE muy sensible a los aranceles y por eso se ve abocada a consensuarlos con Estados Unidos prácticamente sin posibilidad de resistencia, toda vez que la alianza estratégica había servido para expandir el comercio entre ambos y a intensificar la dependencia/vulnerabilidad europea derivada o inducida.
El caso de China y EE.UU. es bien distinto. Y es que, en el primero, este balance representa el 37% de su PIB si bien en 2006 llegó a ser de un 64% pero, al multiplicar su economía por nueve y crecer su demanda interna a partir de 2013, China redujo su nivel de dependencia. Estados Unidos, por su parte, es el primer importador del mundo y la segunda potencia exportadora, pero el comercio internacional apenas representa el 25% de su PIB, menos aún que en China. Sin embargo, al contrario que el gigante asiático, las importaciones estadounidenses superan a las exportaciones, generando una balanza comercial negativa, al igual que sucede con la UE7.
Por eso, el enfrentamiento comercial entre China y EE.UU. es perjudicial para Estados Unidos, tanto por su nivel de dependencia como por poner en duda el marco normativo internacional y tensionar las relaciones con sus aliados. Pero, lo es aún más para China, debido a su mayor nivel de dependencia e integración comercial. Y Europa es el terreno de enfrentamiento, cuando no un arma, en tal contienda.
Por consiguiente, el diferendo, aunque se plantee en términos comerciales —y estos sean muy relevantes—, es sustancialmente político. La cuestión es que, siéndolo, se había derivado a lo tecnológico para evitar los costos económicos para las partes. Este es un plano distinto, que se formula en términos de futuro y cambio de paradigma, pero los aranceles suponen un paso adelante en el ascenso a los extremos que acompaña a toda contienda.
El retorno de la geopolítica. La idea de sharp power
El auge de China implica un cambio estructural del sistema internacional y puede considerarse un paso más hacia una «multipolaridad desequilibrada», es decir, una marcha hacia una condición inherentemente inestable y, también y como consecuencia, un estadio intermedio, hacia una nueva bipolaridad. En cualquier caso, el retorno de este país a la sociedad internacional ha traído la alteración del statu quo, tanto a nivel global como regional, con implicaciones de todo signo por la complejidad del entorno.
Así, México inicialmente vio reducirse progresivamente sus importaciones a Estados Unidos, especialmente en sectores con un gran componente de mano de obra; pero, tras la imposición de aranceles a China, se convirtió en líder exportador a Estados Unidos y, por ello, fue sometido a la ronda de aranceles del presidente Trump para reequilibrar las relaciones locales y evitar la entrada de productos chinos por esa vía.
El desplazamiento inicial de México fue posible por los precios bajos de los productos chinos, consecuencia de sus agresivas políticas comerciales; las alianzas productivas y comerciales chino-estadounidenses; la participación de China en organismos económicos internacionales; y el estrechamiento de los márgenes comerciales8. Su retorno, en cambio, fue el resultado de la corrección de la política exterior estadounidense y del friendshoring o nearshoring, como un paso previo para el retorno definitivo de la industria al país tras el postfriendshoring.
Pero es que la conversión de China en la «fábrica del mundo» ha tenido también consecuencias geopolíticas en clave interior. Así, la mayoría de las fábricas chinas se han situado en aquellas zonas más aptas para recibir materias primas importadas y para enviar los productos fabricados, es decir, en una franja costera con unos 400 millones de habitantes, históricamente la zona más pobre y políticamente marginada de las habitadas por la etnia han9.
El peso demográfico y político del interior —unos 900 millones— es mucho mayor que el de la periferia; sin embargo, paradójicamente, el auge económico chino actual se centra en las regiones periféricas, mientras las regiones interiores se empobrecieron comparativamente. El Gobierno chino trasvasa recursos para compensar este desequilibrio; por tanto, una disminución del crecimiento repercutiría en la cohesión nacional. Otra derivada es que China necesita mantener abiertas sus rutas marítimas y, en consecuencia, controlar las entradas al mar de China10.
En cualquier caso, la globalización ha puesto en contacto directo democracias y autocracias. Países con estándares democráticos por debajo de lo aceptable para Occidente y situados, otrora, en diferentes lados del Muro, mantienen relaciones económicas y comerciales directas, de modo que empresas alineadas con el poder político se instalan en Estados democráticos y se benefician del marco normativo aplicable a empresas ordinarias. Estas últimas modulan los mercados conforme a sus intereses nacionales, mientras niegan acceso a sus propios mercados, particularmente en el sector tecnológico, que es objeto de su atención preferente en el exterior. Así, obtienen ventaja de las reglas vigentes.
Así, la literatura anglosajona señala cómo grandes corporaciones como Facebook, Google [Alphabet] o YouTube no han penetrado en el mercado chino, mientras asimétricamente grandes empresas chinas, cuya existencia ha sido consentida, propiciada o controlada por el régimen —a cuya estrategia e instrucciones responden— y que pueden contar con miembros del aparato estatal en sus estructuras, proliferan por el mundo entero.
Tal situación ha provocado importantes controversias y no solo por el caso Huawei, por ejemplo, las inversiones chinas realizadas en las start-up de inteligencia artificial ubicadas en Silicon Valley. La propia Alemania ha blindado el acceso a sus empresas tecnológicas al someter a autorización previa las compras superiores al 15 por 100 del capital social a inversores de fuera de la Unión Europea, como es el caso tanto de China como de Estados Unidos11. Otro ejemplo negativo es que, ya en 2018, la Comisión Europea impuso a Google una multa de 2.700 millones de dólares por sesgar su motor de búsqueda a favor de sus propios servicios12.
No obstante, se ha avanzado en cuestiones como el robo de propiedad intelectual, una queja recurrente del proceder chino. En este sentido, Fareed Zakaria cita una encuesta de 2019 entre empresas estadounidenses, que consideraba el robo de tecnología como su sexta preocupación en sus relaciones con este país, cuando en 2014 era la segunda. La razón es que, en 2015, se crearon tribunales especializados en China y se han dictado fallos estimatorios13.
Con todo, Estados Unidos, por su parte, considera que la interdependencia favorece a los países asiáticos. Ha contemplado con impotencia la pérdida de su poder relativo: 38 por 100 del PIB mundial a precios constantes en 1970, 32 por 100 en 2000, 28 por 100 en 2008 y 26 por 100 en 2025.
Por eso, Estados Unidos trata de reequilibrar el marco de relaciones mediante la redistribución del beneficio y la modificación de las reglas de juego globales; por ejemplo, considera que compite con empresas relacionadas con el poder central chino y quiere disponer de un acceso a su mercado interior en condiciones equivalentes al que tienen las empresas chinas en Estados Unidos y no, como viene sucediendo, sometido a las condiciones draconianas que se permite imponer el gobierno chino, aprovechándose del tamaño con que cuenta su propio mercado interno y del control que ejerce sobre él.
Y es que, a su juicio, China obtiene beneficio del libre mercado sin cumplir sus normas. Así, los estadounidenses se quejan de que sus empresas en China son de facto obligadas a joint-ventures con empresas locales, viéndose presionadas a transferir su know-how en perjuicio de sus derechos de propiedad intelectual14.
A esto hay que añadir otras cuestiones, como los topes a las compras gubernamentales o la paridad fija del yuan frente al dólar que China mantuvo durante dos decenios15. Por tanto, considera que se precisa renovar las reglas de juego, perfeccionarlas, para integrar efectivamente a China en el entramado de la gobernanza comercial multilateral, con unas nuevas normas que sean consideradas legítimas por todos y que aseguren que las empresas chinas no juegan con ventaja ni se benefician del apoyo de su gobierno16. A ello se suman otros factores, como el control que ejercen sobre ciertos recursos mientras protegen su mercado interno.
También se atribuye a China la intención de tratar de dictar las normas y principios que gobiernan la economía digital a través de sus nuevas plataformas y tecnologías17. E incluso, doctrinalmente, se ha apuntado todo un concepto geopolítico, el Sharp Power —poder agudo o punzante—, para conceptualizar y explicar su proceder: una asimetría en las relaciones y la instrumentación de las reglas, valores y principios morales de Occidente en beneficio propio. El papel de los institutos Confucio en la difusión de la cultura china, pero también de su posición, no es menor en este contexto.
La naturaleza híbrida y compuesta de su forma política —una mezcla de socialismo autóctono y capitalismo— dota a su acción exterior de una naturaleza dual y ambivalente. Así, y de la mano de la Economía de Mercado en el exterior y el dirigismo económico en el interior, la tecnología se convierte en la piedra angular de otras infraestructuras, estableciendo una relación de largo plazo, pero también de dependencia con los países que las aceptan. Tal relación pasa a ser una cuestión de seguridad nacional.
La peripecia conceptual de convertir a un partido comunista en el rector de un país cuya política exterior es capitalista a ultranza —o pseudocapitalista— no está exenta de contradicciones y consecuencias. Esto se lleva a cabo sometiendo cualquier actividad económica a la autorización de funcionarios públicos y obligando a las empresas a asociarse con entidades locales autorizadas. Esta obligación legal, que existía inicialmente, tuvo que ser abolida cuando el país accedió a la Organización Mundial del Comercio, pero se mantiene de facto, así como una obligación implícita de efectuar transferencias de tecnología.
Esta convergencia de lo público y lo privado, de lo oficial y lo particular, de la ley y su práctica, ha provocado una corrupción a nivel sistémico y de largo alcance, cuyas consecuencias se hicieron sentir18. China pasó del puesto 40 en 1995 al 87 en 2018 en el Índice de Percepción de la Corrupción19. Sin embargo, la reacción correctiva del presidente Xi hizo que en 2023 se situara en el 65 y en el 70 en 2024.
Como subraya Xulio Ríos, los resultados de las políticas de XI son ambivalentes, puesto que, si por un lado le han permitido consolidar su liderazgo cívico, sanear instituciones y moralizar la vida pública, también es cierto que las causas estructurales persisten, generando una ambigüedad que se refleja en los índices internacionales.
Y es que la existencia de élites y la inequidad generan problemas visibles: ha habido jerarcas comunistas y gentes vinculadas al poder político enriquecidos ostensiblemente, con el mal efecto derivado. La corrupción de dichas élites —o la percepción de ella— desencadena una corrupción hacia abajo y coadyuva a su normalización en el contexto social, desvirtuando el sistema tanto para quienes están integrados como para los que no.
La inequidad es un elemento que potencia la corrupción, en la medida en que una gran desigualdad, a la postre, cuestiona la legitimidad del régimen vigente y debilita sus instituciones. Esto obliga a altas tasas de crecimiento que doten de credibilidad al sistema y lo legitimen. La legitimidad de un régimen autoritario, como es el caso, se encuentra en los resultados. Su única opción es un win-win general.
China y Estados Unidos: integración e interdependencia versus competencia
China y Estados Unidos mantienen una relación de interdependencia, complementariedad y beneficio mutuo que ha posibilitado su progresivo acoplamiento e integración a partir de 1972. Niall Ferguson bautizó al conjunto formado como Chimérica, representando la interpenetración entre ambos países y el beneficio sinérgico de esta suma de potencias desiguales, todo lo cual se sitúa en la más pura tradición china del yin y el yang. Por eso analizamos el conjunto como una región geopolítica.
Estados Unidos, por su parte, lleva años tratando de reducir el gasto de política exterior para evitar lo que Paul Kennedy bautizó como Imperial overstretch («sobrecarga del Imperio»). Una sobreextensión podría provocar su colapso, como en otros momentos históricos. Esta tendencia no se inició en el primer mandato de Trump, con su America First, y tampoco parece que vaya a revertirse en el futuro20. El giro hacia Asia-Pacífico es una necesidad geopolítica derivada de la falta de recursos para una política global efectiva, pero las políticas del presidente Trump parecen más de repliegue que otra cosa. El eventual y ambiguo sorpasso económico chino, eso sí, no se ha traducido aún a términos diplomáticos, políticos o militares. Estamos, a lo más, en una fase de transición. Estados Unidos sigue siendo el poder imprescindible.
Ciertamente, quien más se ha beneficiado de esta asociación ha sido China, por la sencilla razón de que era la parte menos desarrollada y, por ende, más susceptible de mejorar en términos de impacto y comparativos. Medida en términos de paridad de poder de compra, y según datos del Banco Mundial de 2023, China ya era la economía más grande del mundo (18,76% del PIB mundial), seguida de EE.UU. (14,8%) y de la zona euro (14,68%), aunque no así en PIB a precios constantes. Esto nos habla, de partida, de una situación de impasse.
Conviene recordar llegados a este punto y por no perder la referencia que, hace tres décadas, la economía estadounidense era el 28% de la economía mundial y la china solo el 2%. En 1988 la renta per cápita de los estadounidenses era veinticinco veces la china, mientras que hoy solo lo es cuatro veces; o lo que es lo mismo, la economía china era más de trece veces inferior a la americana. Piénsese que la economía española superaba a la economía china en términos de PIB global hasta, al menos, 1994.
Este incremento —que estuvo precedido por el de los llamados cuatro tigres o dragones asiáticos (Taiwán, Corea del Sur, Singapur y Hong Kong) hoy casi olvidado y que puede considerarse hasta como una experiencia piloto para un modelo a gran escala— se hizo en términos muy dramáticos.
Así, China incrementó su cuota sobre las exportaciones mundiales de un 3,6%, en 2000, hasta el 12,4%, en 2014, multiplicando las ventas al exterior 9,4 veces en dicho período. En el caso de las importaciones, estas se incrementaron desde el 3,3% en 2000 hasta el 10,3% en 2014, aumentando en 8,7 puntos porcentuales21. Estados Unidos censura ahora que tal incremento se consintiese sin nada a cambio. En 2023, China exportó 3,41 billones de dólares e importó 2,13 billones siendo el primer exportador y el segundo importador mundial, según la OEC.
Cabe reseñar, en el caso de China e India, principales actores económicos de Asia- Pacífico, que ambos presentan características de potencias mundiales, a la vez que las fragilidades propias del subdesarrollo. Pero eso no resulta extraño: el Reino Unido, por ejemplo, se convirtió en imperio mientras grandes hambrunas asolaban el país.
En sentido contrario, el fuerte crecimiento chino ha permitido que la desigualdad se reduzca. Según un informe del Banco Mundial de 2019, la pobreza relativa descendió cerca del 66% al 0,7% en tres décadas, sacando a 880 millones de personas de la pobreza. El PIB per cápita ajustado por paridad de poder adquisitivo se sitúa en los 18.000 dólares. Esto, sin duda, hace el mercado chino mucho más atractivo. Además, la desigualdad ha crecido. El 1% más rico en China pasó de acaparar el 6% de los ingresos al 14%22, y en 2020, el ingreso per cápita en las ciudades era de 2.617 euros, mientras en el campo solo de 1.358 euros. Esto es particularmente relevante si se considera que la ideología comunista incorpora un sesgo igualitarista. Pero lo más importante es que se ha creado un poderoso mercado interno23.
El problema radica en que el país puede quedar atrapado en lo que se denomina «trampa de ingresos medios», el destino común de no pocos Estados que escapan de la pobreza para chocar con un muro instalado en torno a los 10.000-12.000 dólares de PIB per cápita. Ello se produce al no proseguir con la necesaria modernización de la economía ni del resto de sistemas regulatorios y legales; y es que, con el crecimiento se pierden incentivos por la menor proporcionalidad del beneficio24. La clave para superarlo se sitúa en la educación y en la inversión en empresas de alta tecnología, pero también en evitar una excesiva devaluación de su moneda, aunque de ello se beneficien las exportaciones.
En cualquier caso, la relación entre estos dos gigantes de la economía ha propiciado el «ascenso pacífico» chino, esto es, un incremento de su poder relativo. Tal cosa se ha realizado mayormente sin cuestionar el orden establecido y con discreción, lo cual ha implicado una actitud pasiva en el ámbito internacional. Es la conocida como «estrategia de los 24 caracteres». En palabras de Deng Xiaoping: «Observa con calma, asegura tu posición, afronta los asuntos con calma, esconde tus capacidades y aguarda el momento oportuno, mantén un perfil bajo y nunca reivindiques el liderazgo».
La idea de «ascenso pacífico» o «desarrollo pacífico» que ha recibido esta estrategia es la traducción del término heping jueqi —el verbo qi tiene múltiples usos y acepciones en chino, lo que le da un carácter intencionadamente difuso al concepto— trata de expresar la voluntad de llegar a ser una potencia central de modo armónico, esto es, sin poner en peligro el sistema de equilibrios establecidos. Tal proceso se efectúa tratando de evitar cualquier apariencia de agresión, con humildad y sin ostentación, siguiendo la citada máxima de Deng Xiaoping de esconder el poder y esperar el momento.
Esto entra en contradicción, por ejemplo, con la Defensa Nacional, cuya mejora fue pospuesta —al menos hasta 2015— por discreción; esto es, para no visibilizar el cambio en los modelos de relaciones de poder. China ha postergado la cobertura de sus necesidades de Defensa para no generar desconfianza y no hacer visible la alteración del statu quo. Tal decisión se ha tomado al coste de mantener una fuerza militar que no se corresponde con el incremento de su poder político y que, claramente, no lo refleja. Al mismo tiempo, los recursos obtenidos se invertían en reducir las contradicciones internas que el modelo de crecimiento provoca y en ganar aún más legitimidad.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda u OBOR (siglas del inglés One Belt, One Road) es un proyecto ambicioso lanzado en 2013 y auspiciado por China como una suerte de reedición del Plan Marshall que, recordémoslo, modeló las relaciones de EE.UU. con sus aliados y posibilitó la creación de la UE. Es una estrategia de influencia y encarna un desafío al orden geopolítico vigente. Este se ha calificado como «el proyecto del siglo» y sirve a la vertebración de la política exterior China. Su objetivo sería construir una comunidad de destino compartido para la humanidad, en la cual la conectividad (en sus distintas dimensiones) juega un rol clave. Pero también su desarrollo sitúa a China en el centro geopolítico del mundo.
Y es que los proyectos a los que obedecen incorporan contraprestaciones políticas, y las dificultades de su devolución han llevado a que se denominen como «trampa de la deuda». Esta permite a China, mediante préstamos difíciles de devolver debidamente, hacerse al mismo tiempo con las infraestructuras y los recursos, y generar dependencia política en los Estados.
El diseño original incorporaba seis corredores terrestres (estos unían China con Asia Central, el Sudeste Asiático, Pakistán, Mongolia-Rusia y Europa Occidental) y una Ruta Marítima que conectaba más de veinticinco puertos por el mundo. El proyecto ha evolucionado geográfica y conceptualmente para articularse en una Ruta de la Seda de la Salud, una Ruta de la Seda Digital, una la Ruta Polar de la Seda, una Ruta de la Seda del Espacio y una Ruta de la Seda Verde. Su convergencia supone centrar el orden global en China y atender, también, las consecuencias de su desacoplamiento con Estados Unidos y, con ello, la exclusión de algunas tecnologías clave25.
La Ruta de la Seda de la Salud se centra en la salud pública y la cooperación internacional en atención sanitaria. La Ruta de la Seda Digital alude principalmente a aquellas tecnologías digitales que aumentan la conectividad, fijan estándares o apoyan las economías digitales, tratando así de dominar o reducir la dependencia del ecosistema digital internacional. La Ruta de la Seda Polar pretende hacer de China un país casi ártico, con presencia permanente en la región y acceso a sus rutas, y colateralmente en el Antártico. La Ruta de la Seda Espacial es un conjunto de alianzas políticas e infraestructuras terrestres y espaciales interconectadas. Por último, la Ruta de la Seda Verde pretende proyectos más ecológicos y sostenibles.
Con ello, se trata de acercar los dos extremos de la masa continental euroasiática por mar y tierra. El proyecto puede afectar al 75% de las reservas energéticas, el 70% de la población del mundo y además liga el 55% del PIB mundial. Alrededor del 83% de los aliados diplomáticos de China y casi el 80% de los 193 Estados miembros de la ONU se han involucrado. Entre ellos había, en 2023, 29 europeos, 42 asiáticos, 45 africanos, 10 de Oceanía y 20 de América Latina y Caribe.
China ha firmado más de 200 acuerdos de cooperación con 152 países y 32 organizaciones internacionales en el marco del plan. Así, facilita la deslocalización de la capacidad de producción, ofrece una poderosa herramienta diplomática y también es clave en el marco geoestratégico de Pekín26. Sin embargo, esta iniciativa no está exenta de resistencias y rechazo. De hecho, siete de las diez economías más grandes del mundo (Estados Unidos, Japón, India, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia —entró en OBOR en 2019 y salió en 2023— y Canadá) se niegan a sumarse.
China, además, ha lanzado tres iniciativas de carácter global: la Iniciativa de Desarrollo Global, la Iniciativa de Seguridad Global y la Iniciativa de Civilización Global, que guardan relación con su objetivo de convertirse en una potencia global y suponen un paso más en la concertación política para tal fin, elevando la apuesta en este sentido. Cabe resaltar las adhesiones por parte de la comunidad internacional.
En cualquier caso, la visibilidad de un proyecto de tal magnitud colisiona con la política estadounidense y rompe con la práctica de lo que, hasta ese momento, había sido el carácter silencioso del llamado «ascenso pacífico» y, con ello, también la actitud pasiva en el ámbito de las relaciones internacionales, preconizada hasta el advenimiento de Xi. Por ello, se encuentra en la raíz misma del conflicto chino-estadounidense, con cuyos intereses en la región, además, colisiona abiertamente.
Una empresa de tal magnitud genera dudas económicas y políticas. Y es que no está claro si China va a ser capaz de desarrollar la diplomacia monetaria y reunir los recursos necesarios para una iniciativa cuyo coste, en los próximos diez años y solo en infraestructuras, es de unos 5 billones de dólares, lo mismo que el PIB de Japón. Es más, en 2018 el Banco Asiático de Desarrollo estimaba que, hasta el año 2030 y solo en Asia, se podrían necesitar 26 billones de dólares en infraestructuras. La iniciativa también genera incertidumbre política por sus repercusiones estratégicas y geopolíticas27.
El objetivo último de este proyecto es liberar al país de su dependencia de los mercados exteriores una vez alcanzado un nivel de desarrollo adecuado. Por ello, y garantizados los materiales y recursos foráneos, la clave es activar el consumo interno para generar un crecimiento autosostenido. Esto explica el endeudamiento —público y privado—, que es un talón de Aquiles del régimen.
En este sentido, cabe referir que, en 2024, la deuda pública china fue de 15.303.837 millones de euros, el 88,33% de su PIB, lo que supone una subida de 6,32 puntos respecto a 2023. Y eso cuando en 2014, con el lanzamiento de la OBOR, era de 3.165.533 millones de euros, un 39,31% del PIB. Como consecuencia, la deuda per cápita ha evolucionado desde 2.300 euros en 2014 hasta 10.856 euros en 202428.
Pero es que la deuda total china alcanzó un récord en 2023 al ascender al 287,8% del PIB, 13,5 puntos porcentuales más que en 2022. Además, tiene un problema de deuda oculta (pasivos no registrados, como consecuencia de prácticas consentidas por el poder central) en las administraciones locales, que puede suponer en torno a 9 billones de euros, esto es, el doble del PIB de Alemania. Esto ha motivado una rebaja en la calificación de su deuda por parte de agencias como Moody´s o Fitch, pues suponen una amenaza para la estabilidad y sostenibilidad fiscal y financiera del país, y obligan a su consolidación fiscal29.
Este problema de deuda es similar al estadounidense. La deuda pública de EE.UU. ha pasado de un 40% del PIB en los años 80 al 122% en 2024, lo que también le ha hecho al país perder la máxima calificación crediticia. Mientras tanto, el déficit federal de 2024 asciende a 1,8 billones de dólares, lo que supone un 6,4% del PIB, y los pagos de intereses sobre la deuda han aumentado a más de 1 billón de dólares anuales, lo que explica las presiones del presidente Trump a la FED para que bajara los tipos de interés y obtener una refinanciación con mejores condiciones. Y la deuda privada respecto al PIB fue del 142%, aunque su máximo histórico en 2020 fue un 158.3%.
Es más, podemos y debemos hacer notar que el núcleo de la controvertida política del presidente Trump está en relación directa con la financiación del país. Esto alcanza desde los aranceles hasta los requerimientos a los países miembros de la OTAN de un mayor nivel de gasto militar, materializado en la compra de material estadounidense; los compromisos de inversión en EE.UU. negociados en paralelo a los aranceles; y la reestructuración del despliegue militar estadounidense.
Volviendo a nuestro binomio, podemos ver en esto el modelo clausewitziano de lógica de guerra llevado a lo comercial, esto es, el isomorfismo de las estrategias —la tendencia de las partes a desarrollar estrategias similares— y el alzamiento de los extremos, la tendencia al empleo de toda la fuerza disponible en la pugna.
En este contexto, el arancel universal estadounidense tiene un doble efecto contradictorio. Por un lado, desvía el comercio y puede provocar que determinados países apuesten más decididamente por China, mientras que otros rompan definitivamente con ella. Por otro lado, aporta los recursos precisos para que Estados Unidos continúe ejerciendo el liderazgo mundial.
En fin, Ding Ke, excepto en lo que a alta tecnología se refiere, subrayaba que China dispone de cadenas de suministro completas y de un enorme mercado de consumo. Frases como «producción local para el consumo local» o «en China para China», subrayan que puede crearse un sistema de producción y distribución separado de los mercados de ultramar.
Por eso, una vez se constató el citado lanzamiento del consumo interno —el PIB chino cerró ya en 2017, confirmando la tendencia hacia una economía de consumo (62,19 por 100 del mismo)—, se ha buscado la concordancia de poder en términos militares, escalándose además en el conflicto tecnológico. Este momento, no por casualidad, ha venido a coincidir con la supresión de la limitación a dos mandatos de los presidentes, lo que fortalece la autoridad del presidente Xi y dota de continuidad su acción política. Así, se fortalece el régimen y se prepara para las turbulencias que implica el cambio de estatus al convertirse en potencia global. Y eso ocurre en el contexto de un incipiente mercado interno que se planteaba como definitivamente consolidado en 2025, a través de estrategias diseñadas específicamente para tales efectos.
El modelo económico chino ha estado basado en una mano de obra abundante, poco cualificada y barata. A ello se sumaba su capacidad para desarrollar «economías de escala». Con todo, su mayor ventaja está también en relación con su gran tamaño, ya sea en términos de producción o de consumo. Los datos, por ejemplo, constituyen una fuente de poder en la sociedad de la información.
Pero además, dota al país de una importante capacidad de respuesta ante las demandas del mercado en el corto plazo y sus fluctuaciones en un espectro de sectores que va desde el textil (con la capacidad de respuesta industrial a las demandas de la moda) a la construcción (como acredita, por ejemplo, la rapidez en la construcción de hospitales ante los retos planteados en su momento por el coronavirus). En este sentido, Fareed Zakaria apuntaba que «una manera de concebir a China e India es como dos máquinas de deflación globales que bombean bienes (China) o servicios (India), por una fracción de lo que costaría producirlos en Occidente…»30.
Sin embargo, ambos factores tienen un recorrido limitado. El ascenso económico, por un lado, se traduce necesariamente en una mejora de las condiciones laborales que reduce este factor de ventaja; además, el incremento en los precios de las energías y materias primas, provocado por el lanzamiento de una economía de semejante tamaño, disminuye los beneficios de una mano de obra barata, sin que un eventual subsidio a ambos factores pueda ir más allá de poder hacerse durante un período transitorio. En cuanto a la «economía de escala», van apareciendo progresivamente rivales con capacidad suficiente para poder actuar de un modo equivalente, como es el caso de la India, Indonesia, Malasia o Vietnam, entre otros31.
Además, la crisis del coronavirus y otros factores pusieron de manifiesto la necesidad de que los países cuenten con un cierto nivel de industrialización que les dote de autonomía en sus decisiones y garantice la seguridad de sus sociedades; la guerra de Ucrania lo ha reiterado en clave militar. Occidente precisa recuperar su industria y no basar su economía únicamente en los servicios.
Esto es, los parámetros de eficiencia no son suficientes, generándose un espacio de eficacia y compartimentación. En el caso del COVID, por las dimensiones de la crisis generada, China no pudo atender los compromisos adquiridos sobre suministros. Por ello, países como Japón concedieron subvenciones para apoyar el retorno de las cadenas de suministro y la diversificación en terceros países. Volvemos así a la función niveladora de la globalización y al consumo interno como nuevo motor de progreso, iniciándose así una nueva etapa de proyección que, en el caso de China, la liberaría progresivamente de su dependencia del exterior, en contraste con la fase de proyección anterior, y la fortalecería frente a políticas arancelarias. Retornaría a su condición primigenia de imperio inmóvil y de «En Medio».
La tecnología se constituyó como un factor clave para el desacople, en la medida en que alteraba los equilibrios y permitía escapar a las dinámicas vigentes, por lo demás de mutuo beneficio y firmemente consolidadas. China cuenta ahora, para afrontarlo, con la ventaja de haber desarrollado ya su mercado interno, lo que le dota de una mayor autonomía estratégica; y eso, aun con su dependencia externa. Por ello, el auténtico enfrentamiento no era económico ni comercial, sino tecnológico. Este surgió cuando China comenzó a disputar el liderazgo en materia de innovación productiva y tecnológica. No en vano, la tecnología determina el futuro.
El valor añadido que China aportaba al producto final era escaso como consecuencia de los bajos niveles de tecnología que se le demandaban. La cuestión es que la fabricación —asociada al mismo tiempo a un vasto esfuerzo en inteligencia industrial—, además de dar una mayor accesibilidad a la tecnología, supone una escuela en la que se potencia el aprendizaje y la innovación.
El resultado de este proceso exponencial es que China, tras un largo ciclo de crecimiento, ha visibilizado su posición y está desafiando a Estados Unidos no solo en el plano económico, sino también en el militar (con su rearme y sus reclamaciones de aguas territoriales), en el diplomático (con su propuesta de Ruta de la Seda) y en el tecnológico (ha sido capaz de crear un ciberespacio propio y de potenciar las industrias de este ámbito, que pueden competir en áreas críticas como la inteligencia artificial, los semiconductores y el Big data).
El proceso de integración de China y Estados Unidos
La relación de China con Occidente ha experimentado grandes vaivenes en los dos últimos siglos. La idea de la Ruta de la Seda es un concepto definido en el siglo XIX por el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen para describir el entramado comercial y caravanero que unía China con el Mediterráneo. Hugh Thomas considera a China «el Imperio benigno», dado que no aparenta estar interesado en la dominación de otros territorios no contiguos a los suyos, ni pretende que sus instituciones, valores y propuestas tengan validez universal. Esta ideación sirve a su política de «no injerencia en los asuntos internos», que le permite hacer negocios en cualquier parte del mundo.
El comercio con Occidente hasta el siglo XIX tenía un alcance limitado, estando habilitado únicamente el puerto de Cantón. La ruta del Galeón de Manila, que unía, de la mano de los españoles, ambas costas del Pacífico —y con la que, desde el siglo XVI, se cerraba el mundo— obedecía a esta lógica.
China nunca quiso una relación de paridad con Occidente; de hecho, ni siquiera pretendía comerciar. Al bárbaro, si acaso, pagarle coyunturalmente —como un soborno o rescate— para evitar problemas aún mayores, pero nunca establecer con él una relación basada en la continuidad y en la confianza, tal y como se requiere en el comercio habitual. Existe un claro sentimiento de superioridad cultural. No en vano, el «Imperio de en medio» era una monarquía central que veía a la periferia como bárbara y a los reyes de la tierra como naturales tributarios suyos. En este sentido, es interesante la respuesta del emperador Quian Long a una embajada del rey Jorge III a finales del siglo XVIII:
«Usted, Rey, vive más allá de los confines de muchos mares; sin embargo, impulsado por su humilde deseo de participar de los beneficios de nuestra civilización, ha despachado una misión para que respetuosamente trajera su memorial… Nuestra Dinastía Celeste posee vastos territorios, y las misiones de tributo desde sus dependencias son previstas por el Departamento de Estados Tributarios, que atiende sus pedidos y ejerce un control estricto sobre sus movimientos. Sería imposible dejarlas a su propio arbitrio. Suponiendo que vuestro enviado viniera a nuestra Corte, su lenguaje y vestimenta diferiría de la de nuestro pueblo, y no habría lugar en el que recibirlo. Se podría sugerir que él puede imitar a los europeos que residen permanentemente en Pekín y adoptar las vestimentas y costumbres de China, pero no ha sido nunca el deseo de nuestra Dinastía forzar a la gente a hacer cosas inconvenientes y desusadas. Además, suponiendo que yo enviara a un embajador a residir en vuestro país, ¿cómo podría usted hacer posible para él los arreglos requeridos? Europa consiste en muchas otras naciones además de la vuestra: si cada una de ellas demandara ser representada en nuestra Corte, ¿cómo nos sería posible consentir? La cuestión es completamente impracticable; ¿cómo podría nuestra Dinastía alterar su entero proceder y sistema de etiqueta, establecido desde hace más de un siglo, en orden a coincidir con vuestras opiniones individuales?…
Usted sostiene que su reverencia por nuestra Celeste Dinastía lo llena de deseo de adquirir nuestra civilización, pero nuestras ceremonias y código legal difieren tan completamente de los vuestros que, aun si vuestro enviado fuera apto para adquirir los rudimentos de nuestra civilización, no podría usted trasplantar nuestras maneras y costumbres a vuestro suelo extranjero. Por lo tanto, aun cuando viniera vuestro enviado, nada se ganaría con ello. Conociendo el vasto mundo, yo tengo solamente un objetivo específico en vista: mantener un gobierno perfecto y cumplir las tareas del Estado. Los objetos extraños y costosos no me interesan. Si he ordenado que se acepte el tributo enviado por usted, Rey, fue solamente en consideración al espíritu que lo incitó a despacharlo desde tan lejos.
La majestuosa virtud de nuestra dinastía ha penetrado en todos los países bajo el Cielo, y los reyes de todas las naciones han ofrendado sus valiosos tributos transportándolos por tierra y por mar. Como vuestro embajador puede apreciar por sí mismo, nosotros poseemos de todo. Yo no doy valor a los objetos extraños o ingeniosos, y no tengo uso para los productos de vuestro país. Esta es entonces mi respuesta a vuestro pedido de instalar un representante en mi Corte, pedido contrario a nuestras costumbres dinásticas, que únicamente puede resultar en inconvenientes para usted. He expuesto mis opiniones en detalle y ordenado a vuestra embajada de tributo partir en paz de regreso a su país.
Si desea, Rey, respetar mis sentimientos y exhibir aún mayor devoción y lealtad en el futuro, hágalo por medio de una sumisión perpetua a nuestro Trono; de allí en más podrá asegurar paz y prosperidad a su país… Reciba estos presentes reverentemente y tome nota de mi benigna bondad hacia usted. Un especial mandato».
El país, en siglo XIX, tenía orientado todo su sistema defensivo hacia el norte cuando sufrió el acoso del Reino Unido por el sur. Ostentó, hasta las guerras del opio —la primera entre 1839 y 1842 y la segunda entre 1856 y 1860, que acabaron con la firma de los Tratados Desiguales y la apertura del país al exterior— el liderazgo del PIB mundial, hasta cifras cercanas e incluso superiores a las de Estados Unidos. Estas guerras estuvieron motivadas por el deseo británico de conseguir —como ahora— un reequilibrio en la balanza comercial con China, para lo cual no dudó en abrir los mercados de este país a un producto cuyo comercio, para más inri, estaba también prohibido en la metrópoli.
La intervención británica en Asia provocó una abrupta caída del PIB chino. A ello siguieron múltiples rebeliones (las más significativas, las taiping y bóxer) en los estertores de la dinastía Qing, la derrota de la guerra chino-japonesa en 1895, la proclamación de la República en 1912, una guerra civil que se inició en 1927 y se reanudó tras finalizar la ocupación japonesa en 1945. Como recuerdan los bellos versos del poeta Du Fu: «Hermoso paisaje, país desbaratado».
Los chinos denominan a este período «el siglo de la humillación» y consideran que solo finalizó en 1949, con el triunfo de la Revolución y la instauración de la República Popular China. Eso sí, era una sociedad agraria y con una alfabetización inferior al 20%, pero que se encuentra en las raíces de su actual prosperidad. Henry Kissinger se maravillaba de la naturalidad con la que el país se había sobrepuesto siempre al caos: «Después de cada desmoronamiento, el Estado chino se reconstituía como si siguiera una inmutable ley de la naturaleza». Tal singularidad procede de que «no parece poseer principio. En la historia aparece más como fenómeno natural permanente que como Estado nación convencional»32.
La relación entre China y Estados Unidos es antigua y tuvo, en lo que cabe, unos comienzos esperanzadores. Así, los estadounidenses, con la compensación por los daños derivados de la Rebelión bóxer que recibieron del Gobierno chino, fundaron una universidad en China, contribuyendo a la modernización del país. El propio Mao llegó a afirmar ya en 1948: «Solo Estados Unidos puede ayudarnos a industrializar China».
Kissinger fue el adalid de mantener una relación con China para propiciar su separación de Rusia. En 1972, propició la visita del presidente Nixon en lo que vino a denominarse la diplomacia del ping-pong. Dicha visita puso las bases ideológicas para la ampliación de las relaciones entre los dos países más tarde. Él, personalmente, se erigió en el principal defensor del modelo, interviniendo para modularlas aun en los períodos de crisis, como fue la masacre de la plaza de Tiananmén en 1989.
En fin, tras la muerte de Mao y, sobre todo, a partir de 1978, se inició un período de reformas que trajeron inversiones exteriores, la descolectivización agraria y permitió la creación de empresas. Esta desnacionalización de servicios, unida al fin de la Guerra Fría y al auge del comercio internacional, permitió un rápido crecimiento que se complementó con la entrada de China en 2001 en la Organización Mundial del Comercio (OMC), a la que accedió tras quince años de negociaciones.
El ingreso de China en la multilateralidad de la OMC creó las condiciones para el aumento de sus exportaciones a Estados Unidos y el desbordamiento del marco de relaciones. A partir de ese momento, ha ido reforzando su posición en la división internacional de la producción en Asia-Pacífico. Hasta entonces, China no había sido proactiva en las relaciones internacionales.
Las reglas de operación de esta organización, así como los acuerdos previos firmados entre ambos países, abrieron el mercado estadounidense en condiciones favorables. Y es que, el éxito chino no se debe solo a la disponibilidad de una mano de obra barata, sino también a la transformación del modelo normativo necesario para implementar las reformas. Esto se ha traducido en una política centralizada, orientada al largo plazo y pragmática. A ello se suma una alta tasa de ahorro que permite grandes inversiones de capital y el aumento de la productividad.
El país también se abrió sustancialmente a la inversión extranjera; de hecho, más que muchos otros grandes mercados emergentes. China es uno de los dos únicos países en desarrollo que se ha clasificado siempre entre los veinticinco principales mercados para inversión extranjera directa desde 1998. De hecho, se la ha clasificado constantemente como la economía más abierta y competitiva de los BRICS33.
A lo largo de la segunda década, el incremento global en el déficit comercial sinoestadounidense se modificó a la baja —de un 24,5 por 100 en el 2005 pasó a un 8,1 por 100 en el 2017—, lo que no quita que se haya producido su incremento nominal34. Sus exportaciones a EE.UU. se habían incrementado un 414 por 100 entre 2001 y 2020, pero el friendshoring iniciado por la primera Administración Trump logró decelerar este crecimiento en beneficio de países como México.
Desde entonces, el déficit comercial de EE.UU. aumentó de 411.000 a 891.000 millones de dólares en 2018 y a 945.000 en 2022, aunque, como puede verse, su velocidad ascensional disminuyó sensiblemente desde 2018. De ese desequilibrio, 355.300 millones corresponden a China, siendo el mínimo de los últimos diez años, 310.300 millones en 2020, tras el esfuerzo en este sentido del presidente Trump. Alcanzó los 383.000 millones de dólares en 2022.
En 2023, tanto las ventas de EE.UU. a China como sus compras cayeron. Las importaciones descendieron 6.200 millones de dólares hasta 147.800 millones de dólares. Pero las compras desde China disminuyeron en 109.100 millones de dólares hasta 427.200 millones. El déficit con China se situó así en 279.400 millones, lo que supuso una reducción de 102.900 millones ese año. El efecto de la guerra comercial durante su segundo mandato está aún por ver.
Imagen. 1. Déficit comercial estadounidense. Fuente. «El déficit comercial de bienes de Estados Unidos alcanzó un récord en 2024», Le Grant Continent. 6/2/2025. https://legrandcontinent.eu/es/2025/02/06/el-deficit-comercial-de-bienes-de-estados-unidos-alcanzo-un-record-en-2024/
Imagen 2. Déficit comercial estadounidense con China. Fuente. LÓPEZ, Denisse y GALÁN, Javier. «Cinco gráficos que explican la relación comercial entre China y EE. UU.», Diario El País. 11/4/2025. https://elpais.com/economia/2025-04-11/cuatro-graficos-que-explican-la-relacion-comercial-entre-china-y-ee-uu.html
En paralelo, el sistema económico socialista, que impuso Mao, se ha transformado poco a poco en una suerte de «capitalismo de Estado», esto es, un sistema económico capitalista dentro de un sistema político de partido único, con un tejido económico fuertemente intervenido —y protegido— por el Estado. Este, además, se ha transformado gradualmente, mutando desde una economía esencialmente agrícola hacia una decididamente industrial, orientada a la exportación, sin modificar por ello las fuentes de su legitimidad, que quedan consignadas en la eficacia35.
Así, el profesor Zhang Weiwei apunta a que «el actual régimen de partido único puede parecer ilegítimo a los ojos de muchos occidentales y, sin embargo, para la mayoría de los chinos no tiene nada de extraordinario, ya que, en los dos últimos milenios, China ha estado regida por una suerte de partido único o una élite unificada confuciana seleccionada a través de exámenes públicos, que aseguraba representar —o que genuinamente representaba— a la mayoría bajo el cielo»36. Es el realismo moral chino.
Si Mao había apostado por una política exterior tradicional, esto es y cómo hemos visto, por una China aislada del mundo, con una economía cuasi autárquica y había restablecido el dominio de las regiones centrales sobre las periféricas —aunque al precio de una pobreza generalizada—, Deng Xiaoping cambió el modelo político-económico y abrió China al comercio mundial, asumiendo el riesgo de un enriquecimiento de las regiones periféricas. Para controlar este riesgo, Deng confiaba en una estructura de poder basada en un sistema comunista apoyado en las Fuerzas Armadas37.
Así, en 1997, en la declaración de la cumbre entre Bill Clinton y Jiang Zemin, se puso de manifiesto que «mientras China y Estados Unidos tienen áreas de acuerdo y desacuerdo, tienen un interés común significativo y una firme voluntad común de aprovechar las oportunidades y enfrentar los desafíos de manera cooperativa, con sinceridad y una determinación para lograr un progreso concreto», y que «los dos presidentes están decididos a construir una asociación estratégica constructiva entre China y los Estados Unidos a través de una mayor cooperación para enfrentar los desafíos internacionales y promover la paz y el desarrollo en el mundo». En la misma línea, en una conferencia de prensa conjunta de 2001 con Jiang Zemin, George W. Bush dijo que «las reuniones de hoy me convencieron de que podemos construir sobre nuestros intereses comunes» y añadió: «Buscamos una relación que sea sincera, constructiva y cooperativa»38.
Este proceso de apertura transmitió una buena imagen internacional y amplió la capacidad del régimen en el ámbito global, generando expectativas de convergencia con dicho orden. La llegada al poder de Hu Jintao en 2002 trajo consigo el progresivo abandono de la «estrategia de los 24 caracteres» y China se hizo presente en el escenario internacional. En 2008, se celebraron unas exitosas olimpiadas en Pekín que actuaron como expositor internacional. En 2010, el PIB chino superó al de Japón, transformando la jerarquía asiática de los últimos cien años y situando a la República Popular como segunda economía del mundo. Como resultado, en 2011 China ya disponía del segundo presupuesto militar del mundo y se había posicionado para iniciar la siguiente fase.
Pero, como subraya Ding Ke, también entonces el mercado laboral en China había superado el punto de inflexión de Lewis; esto es, el punto en que el excedente de mano de obra rural había sido absorbido por el sector manufacturero, lo que motivó un incremento salarial, tanto en China como en los países de la red productiva de Asia Oriental.
Llegados a este punto de desarrollo, la tendencia histórica de las economías ha sido orientarse hacia los servicios, lo que no parece ser el caso de China. A ello se han sumado una fuerza laboral en disminución por falta de natalidad y el aumento de la edad media, conflictos laborales, escasez de electricidad, una crisis inmobiliaria que ha dañado la confianza de los consumidores y serios problemas medioambientales. No obstante, ha habido mejoras: así entre 2013 y 2020 se redujo un 40% la cantidad de partículas dañinas en el aire y la desigualdad —que había alcanzado máximos hacia el 2000— también se ha reducido.
En 2012 se produjo la llegada de Xi Jinping. Este escenificó un nuevo cambio de actitud geopolítica, materializado en el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y Ruta de la Seda, en la medida en que suponía una alteración visible del statu quo. Ello supone, por la vía de los hechos, considerar que la etapa del desarrollo y perfil bajo —con su prioridad puesta en la economía— estaba llegando a su fin. Lo cual resultaba lógico, pues un PIB equivalente al 15 por 100 del PIB mundial resulta muy difícil de esconder. Y es que el crecimiento de China explica entre 30 y 35 por 100 del incremento anual del PIB mundial de los últimos años. Contaba, además y ya entonces, con el mercado interno como elemento propulsor.
Lo anterior se tradujo, a su vez, en una apuesta por la tecnología y la innovación como forma de propiciar el definitivo cambio de paradigma. Y vino acompañado, asimismo, por un redoblado esfuerzo de control de la población y de los medios de comunicación. El objetivo estratégico nacional se denominó como el «sueño chino para lograr el rejuvenecimiento de la nación china»39.
Esto se tradujo en un progresivo enfriamiento de las relaciones con Occidente, y también acercó China a Rusia buscando ganar profundidad estratégica y evitar un eventual cerco. Sucesos como la crisis de Ucrania aproximarían más a ambos países que no mantenían una intensa relación comercial. China siente que necesita un colchón con Occidente. Y es que, como dice un célebre proverbio chino: «Sin labios, los dientes se enfrían»40.
China y Rusia son, además, potencias revisionistas que apuestan por una multipolaridad concurrente con sus intereses y previa a su natural primacía. Henry Kissinger defendía que Estados Unidos debía relacionarse con ambos Estados e impedir que estos sumaran fuerzas. Y esa relación debía ser mejor que la que aquellos mantenían entre sí, para lo cual, también, debían fomentarse sus mutuas desavenencias. Y es que ambos países comparten 4.195 kilómetros de frontera, un pasado conflictivo e intereses geopolíticos divergentes, lo que confiere a su asociación actual una perspectiva coyuntural y forzada. Siberia es el hinterland natural chino, y su asimetría de poder crece con fuerza.
En esta lógica, el presidente Trump quiere una buena relación con Rusia para separarla de China. Con ello lograría apartarla de las materias primas mientras la presiona política y económicamente a través de los aranceles. Pero, en esto le perjudica la política divisiva seguida con sus aliados: los aranceles a la UE, su apoyo al Brexit o su apuesta por negociaciones bilaterales entre países, obviando a las organizaciones internacionales. Y ello, por más que en su estrategia hubiera primado el repliegue antes que el giro hacia Asia-Pacífico.
La transformación de esa relación de cooperación entre Estados Unidos y China en enfrentamiento comercial tiene como contexto actividades económicas altamente globalizadas. Y es que, tras la entrada de China en la OMC, se formó en Asia Oriental una estructura de división del trabajo, en la que, desde esta zona, se exportan bienes intermedios a China, que los ensambla y vende como productos finales. Así, el déficit de EE.UU. se debe a los esfuerzos conjuntos de las empresas de Asia Oriental que participan en esta división del trabajo de producción41. Con ello, China controla en torno a un tercio del PIB mundial.
Para que entendamos el grado de interpenetración económico-industrial alcanzado entre China y Estados Unidos, en 2020, aunque el 65% de los ordenadores personales y tabletas, así como el 85% de los teléfonos móviles, estaban fabricados en China, también lo es que estos se basaban en chips de semiconductores diseñados en Estados Unidos, manufacturados en Taiwán o Corea y dotados del software de firmas estadounidenses, hasta el punto que algunos estudios cifran en solo el 2% del coste total del móvil el aportado por este país.
Más aún, hasta un 29,4% del valor de sus exportaciones brutas totales correspondían al valor añadido extranjero, lo que convierte a China en un hub tecnológico mundial. Es decir, sus ventas al exterior dependen de sus proveedores extranjeros, lo que supone un grado de integración en el comercio mundial impensable, sobre todo teniendo en cuenta que, como ya se ha dicho, hasta 2001 no ingresó en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y da buena cuenta del esfuerzo de adaptación del país42.
Asia-Pacífico se ha beneficiado de encontrarse en una fase de desarrollo económico diferente de la de Occidente. De hecho, es lo que le permitía disfrutar de relevantes ventajas comparativas. Sin embargo, a partir de 2010 estas dejaron de tener efecto. En cualquier caso, el resultado de estas políticas fue que Asia-Pacífico logró convertir en realidad el sueño al que aspiraba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte: formar un centro manufacturero regional que aprovechara las ventajas productivas de cada una de las economías participantes43.
Ello explica que China haya mantenido tasas de crecimiento del 15 por 100, por más que se hayan reducido en los últimos años al 5 por 100 (5,4% en 2025). Y que este también haya acabado beneficiando a su entorno por desbordamiento. Así, Malasia y Bangladés se han convertido en centros de producción de prendas de vestir otrora en manos chinas.
China y Estados Unidos han desarrollado todo un proceso de interdependencia estratégica partiendo prácticamente de cero. Como resultado, en la segunda década del milenio, Estados Unidos era el mayor mercado exportador de China, hasta su sustitución por México en 2022, mientras que China es el mayor mercado importador de Estados Unidos. EE.UU., por su parte, es su mercado más grande, pues representa el 19% de exportaciones de bienes chinos44.
El déficit puede entenderse como el resultado inevitable de la división internacional del trabajo y de la asignación óptima de recursos como parte de la globalización45. La compra de deuda estadounidense por parte de China compensa la falta de ahorro privado estadounidense y equilibra el sistema. De esta manera, Estados Unidos se convierte en socio comercial de China y cierra el circuito.
Con todo, estamos ante un lazo abierto. China, a su vez, es el principal mercado para las exportaciones de la UE, de Japón, de Corea del Sur, de Brasil y del conjunto del G20. Por lo tanto, un menor crecimiento en China afecta directamente a estas economías. Del mismo modo, compra el 60 por 100 de las exportaciones estadounidenses de soja, es el principal mercado automotriz, de PC y de teléfonos celulares a nivel global —el mercado chino de iPhone es de 40 billones de dólares, el mayor en el mundo— y concentra la mayor demanda de aviones del planeta46.
Las quinientas primeras empresas del mundo —la denominada lista Fortune, que, lógicamente, incluye a las principales empresas europeas y estadounidenses— están radicadas en China. Para muestra, la emblemática General Motors vendía cada año 3 millones de vehículos en EE.UU. y 4 millones en China47.
El desacoplamiento entre China y Estados Unidos iniciado en la primera era Trump se materializó con el friendshoring. Este término sintetiza la práctica de diversificar las cadenas de suministro de Estados Unidos, preferentemente, entre aliados y socios. La segunda Administración Trump, trata de llevarlos de esos mercados a la casa madre en una nueva fase de este desarrollo. De ahí también algo tan antitético como los aranceles a los aliados.
Así, como resultado del proceso de ascenso, las grandes firmas están desplazando buena parte de sus actividades desde China a países de aún menores costes, como México —a pesar de la dialéctica del muro en la frontera, el presidente López Obrador se lo agradeció públicamente al presidente Trump—, India o Vietnam; y tras los productos electrónicos vienen los textiles. Esto ha provocado, a su vez, que China trate de abaratar sus productos fomentando la robótica y automatización de las manufacturas, así como realizando un exitoso esfuerzo en la fabricación y diseño de semiconductores48. Además, dirige su comercio a los países del friendshoring para llegar, a través de ellos, a los mercados. Sin embargo, estos se ven sometidos por ello a aranceles en el postfriendshoring. Por eso, los aranceles impuestos por Trump, para ser efectivos, deben ser globales y, además, evolutivos.
Paralelamente, México era en 2022 su principal socio comercial, y Vietnam estaba entre los diez principales exportadores a EE. UU. El mismo año, el déficit de bienes de Estados Unidos con México aumentó a 152.400 millones de dólares. Las importaciones desde México aumentaron en 20.800 millones, hasta 475.600 millones de dólares. Piénsese que el 83 % de las exportaciones del país tenían como destino a su vecino del norte.
Y no son estas las únicas consideraciones. Hay otras, como la acumulación del capital necesario para estas actividades. La tasa de ahorro estadounidense de las personas con relación al ingreso disponible era del 10 al 13 % entre 1960 y 1980. En la primera década del 2000, era menos de la mitad, solo un 5,5 por 100, y en 2017 fue de apenas 3 a 4 por 100 del ingreso disponible. Si a esto agregamos un déficit fiscal cercano al 4 por 100 en 2018 y que creció hasta 7,07 % en 2023, entonces queda claro que un talón de Aquiles de la economía estadounidense es su baja tasa de ahorro, motivo por el cual necesita acudir al ahorro externo para financiarse49.
China ha sido, sobre esta base y lógica, también su socio natural. En 2019, era el principal tenedor de la deuda de aquel país, con 1,17 billones de dólares en bonos estadounidenses, en torno al 17% del total de la deuda estadounidense —el 55% estaba en manos nacionales—, cubriendo de este modo las necesidades de ahorro del país y convirtiéndose, también, en el principal financiador de sus desequilibrios fiscales y externos.
Pero en 2025 esta cantidad cayó a 784.000 millones de dólares, lo que hizo que China descendiera al puesto de tercer tenedor de deuda estadounidense. La razón no es tanto la represalia como el temor a eventuales sanciones estadounidenses —las sanciones a Rusia le recuerdan a China la hegemonía de Estados Unidos en el sistema financiero—. Y es que, un castigo que implicase una venta masiva de la deuda en manos chinas habría provocado un daño también a China y, además, habría depreciado el dólar, haciendo más competitivos los productos estadounidenses. No se pierda de vista que las compañías tecnológicas chinas cotizan en los mercados internacionales, con lo que asumirían también las pérdidas50.
Lo que sí podemos inferir de este movimiento es que el conflicto arancelario y los intentos de intervenir en la política monetaria de la Reserva Federal, están haciendo que los mercados empiecen a dudar de la condición de refugio del bono estadounidense. Y lo que es más importante, forma parte del proceso de desacople entre las economías china y estadounidense. El progreso es estructural.
Imagen. Deuda estadounidense en manos chinas. Fuente. BLANCO MORO, Víctor. «El gráfico que muestra cómo China mata en silencio su cartera de deuda americana», El Economista. 9/5/2025. https://www.eleconomista.es/mercados-cotizaciones/noticias/13356919/05/25/el-grafico-que-muestra-como-china-mata-en-silencio-su-cartera-de-deuda-americana.html
El mismo proceso de interdependencia y conectividad característico de la globalización es el que dificulta las eventuales medidas de represalia, toda vez que estas, en el corto plazo, revierten hacia el mercado de modo cuasi especular. El sistema se encuentra en equilibrio, en homeostasis.
Y esta asimetría también se reproduce en Norteamérica. Así, en aquellas regiones estadounidenses que importaban más productos chinos durante la primera Administración Trump vieron especialmente perjudicadas sus industrias. Ello se tradujo en la generación de bolsas de desempleados que, lejos de reorientar su actividad hacia otros sectores, quedaron excluidos permanentemente del mercado laboral, lo cual generó una importante contestación social. Esto explica por qué en esas zonas se tiende a votar a políticos más radicales y con propuestas más proteccionistas51.
El mercado chino es también un gran reto para Estados Unidos y una oportunidad para reequilibrar las relaciones. Una mayor presencia estadounidense en este mercado —forzada o no— contribuiría sin duda al afianzamiento y rebalanceo del sistema, si bien implica el aplazamiento de un conflicto que algunos consideran inevitable.
Además, Estados Unidos obtiene beneficios adicionales de esta relación. La gran cantidad de bienes de calidad importados a bajo precio desde China no solo contribuye a mantener baja la inflación, sino que también incrementa el poder adquisitivo real del ciudadano estadounidense, en especial en el segmento de aquellos de ingresos medios y bajos.
De hecho, según un estudio realizado por la Comisión de Comercio Estados Unidos-China, el comercio estadounidense con China daba lugar en 2020 a un ahorro medio de 850 dólares por hogar y año, mientras que las exportaciones estadounidenses contribuyeron a la creación de un gran número de puestos de trabajo. Un informe del Ministerio de Comercio chino señalaba que, en 2015, las exportaciones estadounidenses a China supusieron la creación de 1,8 millones de empleos nuevos en Estados Unidos. Sumadas a la inversión en ambos países, supusieron la creación de unos 2,6 millones de empleos ese año52.
El riesgo geopolítico que encarna la Nueva Ruta de la Seda aproxima de un modo similar a la India, Estados Unidos y Japón. En este sentido, algunos autores consideran inadecuada y contraproducente la retirada estadounidense, en 2017, del Acuerdo de Cooperación Transpacífico (TPP), en la medida en que este acuerdo —integrado entonces por doce naciones: Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Vietnam y los Estados Unidos— era geopolítica y geoeconómicamente beneficioso para la Administración estadounidense. Tras el abandono de Estados Unidos, los restantes países ratificaron el Tratado Integral y Progresivo de Asociación Transpacífica, o TPP-11, que aúna, en términos de PIB, 13,5 billones de dólares.
El fallido tratado, al reducir las barreras arancelarias y no arancelarias a las exportaciones estadounidenses a los mercados asiáticos, ofrecía a las naciones de la región alternativas comerciales a su dependencia de China, lo que en el pasado a menudo se tradujo en presiones geopolíticas por parte este país53. De hecho, la exclusión de China de este tratado se encuentra entre las razones de la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda.
La guerra comercial
Henry Kissinger refiere el caso del memorándum Crowe en su libro China. Este documento, elaborado en 1907 por un diplomático británico, consideraba inevitable el enfrentamiento entre Alemania y el Reino Unido, prejuzgando de este modo las intenciones de aquel país tras una etapa de competencia financiera, industrial y comercial —en 1896, se publica en Reino Unido el libro Made in Germany de Ernest E. Williams, considerado una primera señal de alerta— y que pasó a convertirse en un enfrentamiento entre proteccionismo y librecambismo en clave colonial, además de en una carrera armamentística…
Esto suponía una reedición de lo que Graham Allison reutilizando una idea de sir Michael Howard denominaba «la Trampa de Tucídides»: el ascenso de un país (Atenas) generaba la desconfianza de la potencia dominante entonces (Esparta) y, con ello, el conflicto (guerra del Peloponeso). Esto es, se trataba de una profecía autocumplida. Como recuerda el conocido como teorema de Thomas: «Si las personas definen las situaciones como reales, estas son reales en sus consecuencias».
Kissinger, trascendiendo y superando ese modelo fatídico, iba más lejos y abogaba por que las relaciones entre ambos países fuesen más allá de un juego de suma cero o de una mera asociación, llegando a hablar de coevolución y reclamando una suerte de complementariedad en la pura aplicación de una lógica ganar-ganar. Su labor como apóstol y facilitador de esta asociación estratégica es más que reconocida y puede considerarse su legado político.
Hoy, de modo similar a lo que sucedió con la rivalidad anglo-germana, existe un consenso en las élites estadounidenses en considerar a China no como un competidor o rival, sino como una suerte de enemigo, lo cual se traduce en una retórica pública populista dotada de una notable radicalidad que, además, viene de la mano de los principales rectores políticos. Supone de facto una llamada a la acción propia de Maquiavelo. Este escribiría al respecto: «No se debe jamás permitir que se continúe con problemas para evitar una guerra, porque no se evita, sino que se retrasa con desventaja tuya»54, sintetizando con esta frase uno de los principales factores políticos de los conflictos: la percepción que se tenga de ellos.
En este sentido, y como resultado de tal discurso, el 60 por 100 de los estadounidenses tenían en 2020 una visión desfavorable de aquel país, porcentaje que se elevaba al 83% en 2023. Asimismo, consideraban que la política estadounidense había sido inoperante al permitir que se alcanzase tal situación. Se precisa, desde esta perspectiva, recurrir a las políticas de contención propias de la Guerra Fría y que sirvan al aislamiento de la amenaza55.
Tal política tendría un coste muy notable para ambos. Paradójicamente, el presidente Obama hizo más que el presidente Trump en su primer mandato por pivotar hacia Asia-Pacífico. La cuestión es que no es un conflicto ordinario, pues incorpora parámetros diferentes y contradicciones inusitadas. Así, las analogías son difíciles, dada la naturaleza de la contienda, pues a veces resultan propias del mercantilismo de List, pero lo excede la complejidad de la globalización. Ya no valen fórmulas de antaño y, además, existen reglas e instituciones internacionales consolidadas.
Esto resulta novedoso, ya que forma parte de una estrecha relación de interdependencia forjada durante treinta años. Esto se traduce en densos vínculos entre los dos actores del conflicto que, por si fuera poco, cuentan con intereses híbridos y hasta contradictorios, particularmente en Estados Unidos; lo propio de un escenario complejo. En cualquier caso, el pragmatismo con el que se conducen ambos determina que la ideología no sea una cuestión relevante ni imprime mayor asimetría al enfrentamiento.
Es más, desborda el marco bilateral para afectar al mundo entero, permitiendo a China fortalecer su presencia en regiones como África, pero también, particularmente, en Asia-Pacífico, toda vez que pretende la transformación forzada por los aranceles de un modelo de producción regional que tenía a Estados Unidos como mercado y a China como centro de producción, circunstancia a la que se suma el auge del mercado chino. De hecho, cabría deducir de los aranceles impuestos a países de Asia-Pacífico que Estados Unidos ha declinado, por inviable, un giro o un mayor posicionamiento en la región, en beneficio de la retirada o el puro repliegue hemisférico.
En este contexto, China ha hecho una cerrada defensa del orden multilateral basado en reglas, por más que no siempre las cumpliera, aunque, bien es cierto, tampoco las quebrantó abiertamente. De hecho, busca en ellas su amparo, así como una vía para la emergencia y el recambio legítimo del orden internacional vigente, «de la ley a la ley».
En Estados Unidos, la cuestión china no es únicamente, ni tampoco, una cuestión de política exterior, toda vez que, para empezar, afecta a su política interior al tiempo que, simultáneamente, pretende modificar el orden internacional al considerar que ha habido países que han abusado de las reglas vigentes en perjuicio de este país.
La crítica que los estadounidenses hacen a China, nos recuerda Zakaria, no dista de las razones que condujeron en su día al enfrentamiento comercial con Japón en la década de los 80: transferencias tecnológicas forzadas, prácticas comerciales desleales, acceso limitado para empresas extranjeras y favoritismo regulatorio para los locales56.
No viene mal recordar la película Sol naciente, protagonizada por Sean Connery, que sirvió para su escenificación. Sin embargo, el enfrentamiento con China, a diferencia del modelo japonés, incorpora un elemento de competencia intersistémica. En 1985, en el contexto del G-5 (Estados Unidos, Alemania Occidental, Francia, Reino Unido y Japón) firmaron el denominado «Acuerdo del hotel Plaza», un compromiso «voluntario» de devaluación del dólar estadounidense frente al yen japonés y al marco alemán; a finales de 1987, el dólar se devaluó entre un 50 y un 55 por 100. Esto favoreció el aumento de las exportaciones de Estados Unidos, pero no ayudó a reducir su déficit con Japón. Por ello, en 1987, Washington impuso aranceles del 100 por 100 sobre las importaciones japonesas, cerrando así las puertas al mercado estadounidense.
En fin, la guerra comercial, larvada desde antes, se declaró «formalmente» en marzo de 2018, después de que el presidente de los Estados Unidos anunciase la intención de imponer aranceles por valor de 50.000 millones de dólares a productos chinos en aplicación del artículo 301 de la Ley de Comercio de 1974, argumentando «prácticas desleales de comercio» y el robo de propiedad intelectual. China respondió con sanciones a más de 128 productos estadounidenses, así como con la devaluación del yuan, contrarrestando en parte los efectos de los aranceles impuestos. A estas rondas de sanciones siguieron otras, lo que ha involucrado bienes por valor de 500.000 millones de dólares.
En enero de 2020 se alcanzó un preacuerdo y los aranceles se redujeron parcialmente. Sin embargo, la situación empeoró a raíz de la COVID-19 y, en noviembre de 2021, las importaciones procedentes de Estados Unidos se mantenían en torno al 60% de su objetivo. Por ello, la Administración Biden anunció una nueva estrategia comercial para China y no redujo más los aranceles, lo que penalizó y obligó al desplazamiento de las empresas radicadas en China.
Europa ha impuesto aranceles a productos chinos si bien de modo muy limitado. Así, en 2024, impuso aranceles a los coches eléctricos sumándose así a EE.UU.; y como respuesta, las correspondientes represalias chinas selectivas en otros ámbitos y que se extendieron a los licores en 2025.
Cabe señalar que la agencia Fitch ha cifrado los aranceles de EE.UU. en 2024 en un promedio del 10,8%, cantidad que se elevó al 31,8% en el primer semestre de 2025. Los aranceles recíprocos entre China y Estados Unidos generaron una dinámica que los llevó a unos niveles que impedían el comercio. Finalmente, China acordó reducir los aranceles sobre los productos estadounidenses del 125% al 10%, mientras que Estados Unidos los hizo pasar del 145% al 30% aunque con múltiples matices, y seguir negociando.
La actitud estadounidense con respecto a la OMC —ya durante la primera era Trump— cuestiona el marco regulatorio al forzar las normas, amparándose en cuestiones como la «seguridad nacional» a la hora de abordar problemas comerciales relacionados con el acero y el aluminio. Y es que la propia OMC —cuyo funcionamiento requiere consenso—se vio bloqueada por la oposición del presidente Trump al nombramiento y renovación de los jueces de apelación, con lo que bloqueó el mecanismo de resolución de disputas, y amenazó su capacidad de policía del comercio57. Trump aún no había tomado posesión tras su reelección cuando ya amagaba con incumplir el acuerdo suscrito por él mismo con México y Canadá. También, la política de visados y las medidas contra el narcotráfico se han utilizado con ánimo legitimador y sancionador.
Este tipo de actitudes unilateralistas y extraterritoriales, que se acentuaron en el caso de las sanciones a Irán y con la reactivación de la Ley Helms-Burton —que permite sancionar a quienes hagan negocios con Cuba y pretendan operar en Estados Unidos, enfatizada en el caso iraní—, estresa aún más la relación de Estados Unidos con sus aliados.
Además, la guerra comercial afecta negativamente al comercio en general, ya que provoca un desajuste artificial en la asignación de recursos, al tiempo que mina la confianza entre países, sustituyendo el marco regulatorio vigente —la cooperación internacional basada en normas y la OMC— por la ley del más fuerte. De esta manera, se socava la legitimidad del sistema al forzar las normas desde la excepcionalidad. Y al restar estabilidad al sistema se genera incertidumbre, algo negativo para los negocios.
Por eso, el mayor daño de la guerra comercial —iniciada por el presidente Trump y que el presidente Biden mantuvo, si bien con otras maneras e intensidad, para que un presidente Trump reelecto la retomara en toda su crudeza— recae, a corto y medio plazo, sobre el sistema multilateral de comercio.
Este pierde credibilidad por falta de seguridad jurídica. Estamos ante bienes tangibles y de alto valor que tardarán años en regenerarse, lo que tiene un impacto económico muy relevante en términos de costo de oportunidad. De hecho, los países más afectados son los más integrados en el marco normativo. Todo un ejercicio de deconstrucción.
No obstante, la visibilización de las consecuencias efectivas de tal enfrentamiento se dilatará. Según estimaciones como la de Paul Krugman, los aranceles podrían subir entre un 30y un 60% en todo el mundo, lo que podría reducir el comercio internacional un 70% y haría caer el PIB mundial entre el 2 y el 3%.
Desenmadejar esta situación tiene sus costos. Piénsese, por ejemplo, que las políticas seguidas han generado desconfianza entre sus propios aliados. Alemania —el gran exportador europeo y uno de los grandes perjudicados por las sanciones al aluminio, al acero y a los vehículos— llegó a considerar el retorno de las reservas de oro que tiene depositadas en Nueva York, estas constituyen un tercio de las 3.352 toneladas de oro de Alemania —la segunda mayor reserva nacional del mundo— y que fruto de un acuerdo durante la Guerra Fría se almacenan en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Este amago señala la posibilidad de un movimiento geopolítico tectónico.
De los 300.000 millones de dólares en aranceles que Estados Unidos había impuesto sobre sus importaciones durante el primer mandato de Trump hasta finales de 2019 —800 millones de dólares en el caso de España—, la gran mayoría recayó en productos chinos. China respondió con aranceles equivalentes, focalizándose en productos agrícolas provenientes de condados que más favorecieron electoralmente a Trump. En la primera respuesta china a los aranceles estadounidenses, se vieron afectados 2.783 condados; de ellos, 2.279 (82%) eran condados en los que Trump había vencido en las elecciones. Entre otros, Wisconsin —estado de Paul Ryan, entonces speaker de la Cámara— y Kentucky —estado de Mitch McConell, entonces líder republicano del Senado58.
Sin embargo, los aranceles no suponen la elevación automática de la demanda de productos estadounidenses, sino que, en aplicación de la racionalidad del mercado, la desvían hacia otros países acorde a su competitividad. También, las empresas estadounidenses que usan acero o aluminio perdieron competitividad como consecuencia de la elevación de los costos, lo que acabó trasladándose al empleo. En 2019, eran 385.000 empleos en los sectores del acero y el aluminio, frente a 6,5 millones de empleos que utilizan estos materiales como insumos59.
A resultas, China se había convertido en el mayor destino de las exportaciones de todos los países de Asia-Pacífico, excepto Vietnam, que además se ha aproximado a Estados Unidos. De hecho, en 2023, suscribió una asociación estratégica integral, recibiendo la visita del presidente Biden, aunque también la del presidente Putin en 2024, tras firmar este último una asociación estratégica integral con Corea del Norte. En 2025, Vietnam llegó a un acuerdo comercial aceptando unos aranceles del 20%.
Los aranceles afectan también a Taiwán, Japón, Corea, Hong Kong y Singapur, economías que proveen a China de buena parte de los bienes, insumos y servicios más sofisticados. Como se ha visto, estos productos son enviados a China, donde adquieren las partes menos complejas y de bajo costo para luego ensamblar los bienes finales que son enviados al mercado internacional. Así, en 2018 Huawei compró componentes por valor de 70.000 millones de dólares a 13.000 proveedores, de ellos 11.000 millones correspondieron a EE.UU.
Según Naciones Unidas (UNCTAD), en 2019 y con los aranceles de entonces, unos 21.000 millones, el 63% de los 35.000 millones en pérdidas de exportaciones chinas se desvió a terceros países, mientras los 14.000 millones restantes simplemente desaparecieron o fueron absorbidos por los productores estadounidenses. Entre los terceros países que suplían parte de la demanda de los 35.000 millones de pérdidas en exportaciones chinas, destaca, en sentido contrario, Taiwán, que aportó unos 4.200 millones en la primera mitad de 2019. México obtuvo 3.500 millones, la Unión Europea 2.700 y Vietnam 2.60060.
El caso de Vietnam es significativo, dada su participación en acuerdos comerciales de alto nivel, la mejora de sus infraestructuras y su estabilidad política. Estos factores, que tuvieron lugar antes de la guerra comercial, dotaron al país de capacidad para responder a corto a los cambios de las multinacionales en las ubicaciones de adquisición y producción61.
Se dan, en consecuencia, situaciones y balances contradictorios, esto es así por los altos grados de integración productiva. Por un lado, el castigo a las exportaciones chinas supone también un castigo a los países asiáticos que aportan partes, piezas, componentes y servicios en los que finalmente se ensamblan los productos enviados al exterior. Por otro, esos países se benefician de un nuevo acceso directo al mercado estadounidense, si bien este puede ser eventual, mientras crece su integración con un mercado interior chino en desarrollo.
Una estrategia empresarial adoptada para diversificar las fuentes de suministro y reducir la dependencia de China es la conocida como China Plus One, mediante la cual las empresas se expanden fuera de China trasladando algunas actividades a otros países del sudeste asiático, sin dejar por ello de mantener una presencia allí. Esta estrategia obedece a consideraciones de costos laborales y de gestión de riesgos. Como resultado, y conforme al Review of Maritime Transport 2023, las importaciones de contenedores en Estados Unidos desde Vietnam aumentaron del 4% en 2017 al 8% en 2022; en el caso de India, pasaron del 3% al 5%, mientras que las procedentes de China descendieron del 40% en 2017 al 31% en el mismo período.
Estamos, como puede verse, ante una situación con un alto componente dinámico y al mismo tiempo paradójico, razón por lo que genera un escenario evolutivo y evanescente. Por tanto y en esta lógica, la guerra comercial con China está provocando fragmentación, desintegración económica e incertidumbre en los mercados, con graves daños para el sistema global. Es más, dado el carácter limitado de esta guerra comercial, si no se quiere llevar a un extremo dañino, debe derivarse a otros ámbitos, como el tecnológico, el financiero o el monetario.
Además, como refiere Enrique Díaz-Álvarez se está produciendo un proceso de desdolarización, lo cual es lógico teniendo en cuenta que Estados Unidos supone un 14,8% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo y un 13% del comercio global. Así, el peso del dólar en las reservas globales ha caído del 71% en 1999 al 59% en 2024. Otro dato es que, en 2023, solo el 58% de las exportaciones chinas se facturaron en dólares, frente al 85% una década atrás; al mismo tiempo, el CIPS (sistema chino alternativo a SWIFT) se muestra muy activo.
Este privilegio supone para Estados Unidos una aportación directa a su PIB de entre 0,3 y el 0,5%, provenientes de menores costes de endeudamiento y de la capacidad de financiar su déficit a tasas de interés más bajas. De perder este estatus, el tipo de interés de su deuda se incrementaría, afectando a la capacidad del país para financiarse. Esa pérdida se produciría como una derivada de la existencia de políticas erráticas y de progresar en la pérdida de relevancia económica. Así, los aranceles de 2025 han fortalecido al yen y al franco suizo, que actúan como refugios frente a las convulsiones.
En cualquier caso, la lucha definitiva debería centrarse en la moneda de referencia. Así, Barry Eichengreen en su trabajo Exorbitant Privilege. The Rise and Fall of the Dollar refiere que para que una moneda se convierta en divisa de reserva, el país emisor debe reunir ciertas condiciones: tener suficiente tamaño económico, un mercado financiero libre y bien desarrollado, un banco central dispuesto a proporcionar liquidez en situaciones de emergencia y respaldarse en un Estado cuya moneda suscite confianza internacional. Hoy en día, está claro que nadie puede alcanzar semejantes condiciones salvo Estados Unidos62.
No obstante, y para salir de lo que el economista griego Yanis Varoufakis llamó una vez «el laberinto del Minotauro», en la cumbre de los BRICS Kazán en octubre de 2024, el presidente Putin recordó que casi el 95 % de las transacciones de Rusia con China se realizan ya en rublos y yuanes, mientras afirmaba que «el dólar está siendo usado como un arma», lo que consideraba un error ya que obligaba a reaccionar frente a su instrumentalización.
Geopolítica de la tecnología
Una guerra es un choque de poderes; no es una actividad necesariamente sangrienta, pero sí inherentemente política. Encarna una dialéctica de superación que hasta puede librarse virtualmente —en clave de potencia— e incluso simbólicamente antes que materialmente. Es claro que el grado de integración y complementariedad alcanzado entre China y EE.UU. hace muy difícil que se enfrenten en el plano económico sin herirse a sí mismos, de ahí las reticencias.
Por eso derivan su esfuerzo a otros ámbitos, como el tecnológico, buscando alterar el marco del enfrentamiento en clave de futuro. Y es que la tecnología se transforma en una fuente de poder; de ahí que se produzca una lectura geopolítica de sus efectos. Para empezar, puede alterar los balances del poder, y no solo económicos —a través de una mayor eficiencia—, sino también militares.
Se trata de modificar las relaciones geopolíticas y de hacer emerger un orden internacional multipolar, más acorde con sus intereses. El precedente de esto lo tenemos en el ascenso, a finales del siglo XIX, de Estados Unidos y Japón, esto supuso el paso de un «concierto europeo» a un «concierto mundial» de potencias, con la consiguiente transmutación del escenario considerado.
En este sentido, conviene recordar al ministro de Exteriores chino que, en los años noventa, ya sostenía: «El mundo todavía está en transición y aún no está formado completamente un nuevo modelo, pero los contornos de la estructura de las relaciones internacionales ya se pueden ver. En ella existen una superpotencia y varias grandes potencias en un estado de interdependencia y lucha… Este es el período inicial en la evolución del sistema hacia la multipolaridad»63.
Cualquier nueva tecnología cuenta, potencialmente, con un gran valor disruptivo y es un factor de cambio de alto impacto. A ello se suma que, en materia de ciencia, tecnología e innovación, la percepción de China es que la decadencia del país se inició cuando, a finales del siglo XVIII, dio la espalda a la Revolución Industrial. Este hecho, en sentido contrario, explica el progresivo éxito de Occidente y, por tanto, la clave de su superioridad. Tras esta lección histórica, y en presencia de lo que se ha denominado Cuarta Revolución Industrial, China pretende encabezar este proceso para 2049, es decir, cuando se cumpla un siglo de la instauración de la nueva República64.
Estas circunstancias vienen en la dirección que Spengler, en su concepción organicista y cíclica de las culturas (un ciclo vital compuesto de juventud, crecimiento, florecimiento y decadencia), atribuía a Occidente; es decir, la de una clara decadencia, como tituló en su célebre obra. Este pensamiento recoge la visión china para la que el declive de Occidente y el ascenso chino son producto de la historia. China considera que Occidente ha desarrollado su ciclo y prepara su retorno, y además está instalada en la desconfianza.
Su apuesta por la tecnología es clara, y quedó escenificada en 2019 en el alunizaje del robot chino Chang’e 4 en la cara oculta de la Luna. Por ello, «es inseparable del ascenso de China como superpotencia, de su entusiasmo con el programa espacial» y «tiene un gran valor geopolítico y astropolítico; no se trata solo de una misión científica»65.
Y es que no viene mal recordar que los enfrentamientos en la Guerra Fría ya se sustanciaron en clave de maniobras y desarrollos tecnológicos. La escenificación de la conquista de la Luna fue uno de esos momentos. Este proyecto, que no por casualidad ahora vuelve a la agenda política en términos prácticos, fue postergado con el progresivo deshielo de las relaciones. Esta rivalidad se ha llevado hasta el cine, donde se proyecta en películas nacionales (no solo chinas o estadounidenses, que por supuesto) con supersoldados tipo Rambo o G. I. Joe con las que se quiere escenificar simbólicamente el ascenso de los países productores o su relevancia y pujanza internacional, expresando simultáneamente y con ello su vocación de liderazgo.
La carrera por el liderazgo tecnológico se está produciendo, nolens volens, entre Estados Unidos y China, con la UE como testigo impotente. Se trata de controlar las cadenas de valor globales suministrando la tecnología en que estas se basan. En este terreno, China se sitúa por delante de Occidente, que aún no ofrece una tecnología comparable. Se trata de ganar tiempo.
Estados Unidos no logra imponer su criterio, pues no oferta alternativa ni otorga premio suficiente. De hecho, según Zakaria, la primera Administración Trump pidió a sesenta y un países que prohibiesen la compañía. Durante su primer mandato, solo tres accedieron, y los tres son aliados muy cercanos de EE.UU.66. Washington tampoco olvida que las potencias europeas, incluso R.U., se sumaron en su momento al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, pese a su oposición. Esta competencia corre el riesgo de fracturar Europa, tecnológica y políticamente, pues, como puede verse, la partida se juega en su terreno. Esta rivalidad en la materia impide acuerdos básicos y de mutuo beneficio, y tal carencia está provocando que este espacio se encuentre altamente desregulado.
El conocimiento y la tecnología como plano de enfrentamiento
En un mundo en transición, lleno de incertidumbres y vértigo ante la rapidez de los cambios que introduce la tecnología, China quiere situarse a la cabeza de la revolución tecnológica, declarando impulsar un desarrollo «más justo e inclusivo», con el que crear una «comunidad de destino compartido para la humanidad»67. El eje del conflicto entre China y Estados Unidos se sitúa, por ello, en este ámbito. Como resultado, se ha producido una importante concentración de empresas, dando cumplimiento a la admonición de Tim Berners-Lee, que desde un principio advirtió de que el vasto espacio virtual podría ser cercado y segmentado por un oligopolio de compañías digitales68.
El acrónimo GAFA designa a las compañías Google (Alphabet), Amazon, Facebook y Apple, los emporios dominantes de la era digital. El 80% de las búsquedas se hacen por Google. Amazon controla el 40% de las compras en línea. Una tercera parte de la humanidad está en Facebook. Estas compañías, además de vender productos, controlan las plataformas en las que otros venden los suyos. Por su parte, Microsoft, Amazon y Google son las mayores compañías del mundo por valor en bolsa69.
Por el lado chino está el conglomerado BAT (Baidu, Alibaba y Tencent). De este modo, por cada tecnológica estadounidense, existe una réplica en el mercado chino, en forma de entidades que han crecido de manera exponencial en los últimos cinco años, amparadas en el ecosistema nacional. Frente a Apple está Huawei; frente a Uber, Didi; frente a Amazon, Alibaba; y frente a Google, Baidu70.
Sin embargo, Europa, por el momento, no dispone de ningún gran conglomerado tecnológico que pueda servir de referencia, excepto la holandesa ASML. Esto es consecuencia del darwinismo en el ámbito de la tecnología, que no deja espacio para empresas de segundo nivel, de modo que actúa como un factor desincentivador de la inversión en innovación y perpetúa las situaciones de dependencia, obligando a recurrir a la protección política y, cuanto menos, a nichos de especialización. Así, Europa contaba con grandes empresas TIC (Ericsson, Nokia…) en los años 90, que se vieron desplazadas.
La inclusión de la empresa Huawei en una llamada «lista negra» del Departamento de Comercio de los Estados Unidos, atendiendo a razones de seguridad nacional ya en 2018, obligó a las empresas que se relacionaran con ella y participaran en el mercado estadounidense a disponer de una licencia específica, hecho que provocó la ruptura con Google, una compañía esencial para el negocio. De este modo, se dio tiempo a las empresas occidentales a reaccionar en el ámbito del 5G y 6G. Es, pues, una continuación de las políticas estadounidenses que ya excluían a compañías tecnológicas chinas de la contratación del gobierno.
Otro campo de enfrentamiento es el referido a los ordenadores cuánticos. Estos hacen cálculos a velocidades inconcebibles con la tecnología actual. Ese adelanto tecnológico podría tener consecuencias muy diversas que alcanzarían desde la seguridad nacional, la inteligencia artificial o la criptografía, hasta la apertura de camino a nuevos medicamentos. De modo acorde a este plan, China ha apostado por un laboratorio cuántico nacional y, en los últimos años, ha presentado casi el doble de patentes cuánticas que Estados Unidos71. La Administración estadounidense, por su parte, respondió a este reto de modo simétrico, esto es, lanzando una iniciativa cuántica nacional, y comprometiendo inversiones72.
Los semiconductores también son clave en el choque entre China y EE. UU. en términos económicos, tecnológicos y geopolíticos, en la medida en que los chips (recuérdese la película de los años 80, El chip prodigioso) están presentes en una gran cantidad de bienes y suponen una industria global; su desarrollo afecta a múltiples proveedores en todas partes del mundo, desde donde se recoge el silicio hasta donde se ensambla el chip. Es decir, supone un doble reto tecnológico y económico, pero además afecta a la seguridad nacional, condicionando el alineamiento de otros elementos tecnológicos y favoreciendo la política de bloques. El propio nombre de Silicon Valley, que ha albergado a las empresas de tecnología puntera, está en relación con este producto hecho de silicio.
Es notorio el caso de la empresa ASML (Advanced Semiconductor Materials Lithography) dedicada a la fotolitografía mediante la que fabrica máquinas para la producción de circuitos integrados y que tiene el 80% de la cuota de este mercado y es una de las pocas tecnológicas europeas entre las 50 primeras del mundo. Estamos ante una empresa estratégica. Esta, en 2023, vendió a China el 29% de su estratégica producción, a Taiwán el 30% y a Corea del Sur el 24%. Su comercio con China se sometió a restricciones como consecuencia de los acuerdos de 2024 entre la UE y Estados Unidos73 mientras sus exportaciones a Estados Unidos no las tienen.
Y es que los semiconductores son clave, pues determinan la velocidad de procesamiento y, con ello, la potencia y la eficacia del sistema. Una potencia creciente —según la conocida Ley de Moore postula que cada año se duplica la velocidad de procesamiento— convierte la innovación en un factor estratégico. La Ley de Neven, que ha sustituido a la de Moore desde el mundo cuántico, señala que el crecimiento del procesador cuántico es «doblemente exponencial». Esto es, tiene posibilidades infinitas. Por eso, el embargo de chips, ya ordenado en 2022 por el presidente Biden y posteriormente ampliado para incluir los de inteligencia artificial, impide que los semiconductores diseñados por fabricantes estadounidenses se vendan a China. Esta ha contestado con fuertes inversiones en la materia.
La tecnología, y más en concreto la inteligencia artificial, quedaba de este modo convertida en un plano de enfrentamiento geopolítico. De hecho, China y Estados Unidos han asumido ese reto, y numerosos países, al hilo de esta pugna, han lanzado una estrategia para su implementación, dada la centralidad de estos desarrollos tecnológicos por su combinabilidad con otras tecnologías. Fundamentalmente, no se trata solo de identificar las tecnologías del futuro, sino también de llevarlas al plano material, de trasladarlas con éxito a programas para propiciar su desarrollo.
Para entender su transcendencia, consideremos el éxito del modelo R1 de la star-up china DeepSeek. Esta se convirtió en la aplicación gratuita más descargada de EE.UU., habiéndose obtenido de un modo mucho más barato que su rival ChatGPT y con prestaciones asimilables. La IA generativa china se obtuvo a partir del aprendizaje de modelos preexistentes; esto acortó su entrenamiento que, además, se abarataba, pues tampoco precisaba de grandes cantidades de datos ni de aportar muchos más elementos de IA de última generación. Estamos ante una IA low cost, pero capaz de competir con GPT de OpenAI o con Llama de Meta. Esto provocó una caída de la cotización bursátil de Nvidia de hasta 600.000 millones de dólares, cantidad similar al PIB argentino74.
Con todo, la base del negocio se sitúa en la nube —una suerte de espacio de coworking o fábrica virtual para producir y consumir servicios digitales—, y esta se encuentra controlada por empresas como Amazon, Microsoft y Google, que, paradójicamente, se benefician de este progreso chino. Un progreso que, si bien sirve a particulares, difícilmente será adoptado por empresas y Estados occidentales, dado el nivel de desconfianza existente, ya que se requiere subir a la nube los datos propios75.
De hecho, y por esto mismo, en Occidente el espacio virtual se encuentra loteado entre estas tres grandes empresas. Estas ocupan una posición dominante, ya que han generado su propio ecosistema de empresas dependientes, cuyos distintos servicios que proporcionan encastran entre sí. Así, son, a su vez, las principales inversoras en capital riesgo de las star-ups de IA generativa y concentran buena parte de su demanda. De este modo, también se impide los desarrollos que tienen lugar al margen de ellas76.
Es previsible que EE.UU. acabe vetando que se comparta su tecnología con China. Pero esto dejará los desarrollos chinos, en tanto que más baratos, para los países del sur global, particularmente en lo que se requiere a IA, propiciando un ecosistema alternativo.
En 2021, cuando el Partido Comunista celebró su centenario, China había cumplido su objetivo de ser una sociedad «moderadamente próspera». Así, la estrategia tecnológica China para 2025 también coincidió con la estrategia Made in China 2025, cuyo propósito era reducir la diferencia con los países más avanzados mediante una política de fuertes inversiones en I+D+i. Esta estrategia reforzó diez sectores de alta tecnología con participación privada y dio lugar a un programa de industrialización con un especial énfasis en las tecnologías de la información, la robótica, el sector aeroespacial, los vehículos eléctricos, las biotecnologías y la inteligencia artificial.
Estas políticas forman parte de un proyecto a largo plazo que busca, para 2035, haber fortalecido la posición del país y alcanzar la paridad con Estados Unidos; para, en 2045, liderar la innovación mundial77; de modo que, en 2049, cuando la República Popular cumpla cien años, consolidarse como un país socialista moderno, próspero, fuerte, democrático, culturalmente avanzado y armonioso. No obstante, algunos gobiernos consideran que este proyecto promueve una competencia desleal, así como una regulación y una financiación discriminatorias78.
Desde Pekín también se está haciendo el esfuerzo necesario para equiparar el porcentaje del PIB dedicado a I+D+i, situado en el 2,07% en 2016 y que alcanzó el 2,8% en 2020, al de naciones como EE.UU. con un 2,79%, o Alemania con un 2,94%. Recordemos que España entonces situaba su esfuerzo en el 1,19% del PIB79. De 2018 a 2023, China incrementó el gasto en innovación un 70%, de 117.000 millones de dólares a 149.000. El presupuesto en ciencia y tecnología, solo en 2024, se incrementaba un 10%, para alcanzar unos 50.000 millones de euros.
Como resultado, en 2023 China produjo 921.000 patentes, un 15,3% más que el año anterior, y 24 agrupaciones científicas y tecnológicas chinas están entre las 100 principales del mundo. De las 64 tecnologías críticas identificadas, China lidera al menos 11.
Por su parte, un informe del BCE de 2024 cifraba entre 750.000 y 800.000 millones de euros las inversiones para apuntalar la economía europea y reducir la brecha con China, lo que supone entre el 4,4 y el 4,7% de su PIB. Y eso cuando el célebre Plan Marshall se situaba entre el 1% y un 2%. China compite con un 40% de las exportaciones de la UE, cuando en 2002 este porcentaje era de un 25%, y cuenta con solo 4 de las 50 principales empresas tecnológicas radicadas en el continente, razón por la que difícilmente puede seguir la política estadounidense y cerrarse a la tecnología china.
De ello se deduce que el centro de gravedad tecnológico y de la innovación se ha desplazado hacia Asia-Pacífico. Así, según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual80, de los 3,1 millones de solicitudes de patentes, la Oficina Estatal de Propiedad Intelectual (SIPO) de China recibió en 2016 el número total más alto de solicitudes, 1,3 millones. Le siguieron EE.UU. (605.571), Japón (318.381), Corea del Sur (208.830) y la UE (159.358). En 2021, China tenía el 47% de las patentes, EE.UU. el 17%, Corea del Sur 7% y Europa el 5,6%. Tanto en 2018 como en 2021, la empresa con mayor número de patentes inscritas fue Huawei.
Además, de los 11,8 millones de patentes en vigor en el mundo en 2016, 2,8 millones correspondían a EE.UU., 2 millones a Japón y 1.800.000 a China, con lo que el liderazgo occidental en este ámbito se está viendo claramente amenazado. Esta tendencia incluso se ha acentuado: en el año hasta noviembre de 2024 se superaron los 3,5 millones de patentes. Los países originadores estaban liderados por China con 1,64 millones de peticiones, seguida por Estados Unidos con 518.364, Japón 414.413, Corea del Sur 287.954 y Alemania 133.053.
Es más, en 2016 y por primera vez, China produjo más artículos académicos que el conjunto de la UE. De hecho, produjo ese año 1,6 millones de titulados en ciencia y tecnología y disponía de 730 millones de usuarios de Internet81. Pero, con todo y pese a lo expuesto, las patentes y los estudios más relevantes son estadounidenses. Y en el ranking de Universidades de 2025 (Sanghái), entre las cien mejores universidades hay 37 norteamericanas, 15 en China, 8 del Reino Unido, 5 suizas, 4 de Alemania y 4 francesas. De entre las 500 primeras hay 222 chinas para 183 norteamericanas.
China, además, ha optado por una fuerte inversión en formación. Esto hace que un tercio de las plazas de las universidades de EE.UU. se hayan adjudicado a estudiantes chinos; de hecho, el número de estos estudiantes se ha triplicado en el período 2010-2020. Son conocidos como «tortugas de mar», aludiendo con este nombre a que vuelven a su país a desovar lo aprendido.
En el ciclo 2022-2023, China envió 289.526 estudiantes a EE.UU., el 27% de los estudiantes internacionales, seguido de India con 268.923 estudiantes, el 25%. Añádanse a ellos, según la UNESCO, 128.500 en Australia, 89.300 en Reino Unido y 76.500 en Japón. En España, en 2024, había unos 13.000, lo que hacía de ellos el segundo grupo nacional. Son recurrentes las acusaciones de que actúan alineados con el gobierno chino.
Resulta obligado reseñar que el grupo de estadounidenses de origen chino supone la mayor comunidad china fuera de Asia. También es la tercera más grande de la diáspora china, tras Tailandia y Malasia , y supone el 25,9% de la población asiática-estadounidense. En 2010 era de 3,8 millones, el 1,2% de la población.
La estrategia de Estados Unidos ha sido crear una suerte de task force académica. Sigue un modelo fundamentalmente privado y de grandes compañías corregido por la acción del Estado. Así, a través de la agencia DARPA (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados en Defensa) e IARPA (Agencia Avanzada de Proyectos de Inteligencia), el Pentágono está marcando la pauta.
Europa, por su parte, ha aumentado su inversión. En 2017, esta llegó hasta los 11.200 millones de euros, cinco veces más que en 2011. No obstante, en el período 2013-2023, Europa pasó del 2,08% del PIB a 2,23%, lo que es insuficiente. Es más el acuerdo sobre aranceles alcanzado entre la UE y Estados Unidos en 2025 prevé fuerte inversiones de capital europeo y en tecnologías críticas en territorio norteamericano, lo que puede no solo ir contra la autonomía estratégica sino perpetuar la subordinación tecnológica de Europa en clave de futuro y suponer, de facto, una renuncia a esta.
Y si es cierto que dispone de treinta y dos instituciones de investigación en el ranking de las cien primeras (frente a treinta estadounidenses y quince chinas) también lo es, que no cuenta con grandes compañías tecnológicas82. La Comisión Europea ha creado una estrategia para el desarrollo de la inteligencia artificial83. Alcanzar tal logro precisa disponer de grandes compañías, pero también de educación e investigación, pues se realimentan mutuamente constituyendo un círculo virtuoso.
Otra cuestión se refiere a las tierras raras (REE, en siglas inglesas). Este es el nombre de 17 elementos químicos. Se las califica de raras debido a que es muy poco común encontrarlas en forma pura, aunque hay depósitos de algunos por todo el mundo84. Para comprender su relevancia, cabe señalar que son imprescindibles para la producción de aparatos electrónicos y catalizadores, magnetos, turbinas, bombas… sus propiedades magnéticas permiten reducir el peso de los equipos. Las tierras raras son fundamentales para las energías renovables que, a su vez, lo son para la transformación de los sectores de la energía y el transporte, en definitiva, para la llamada economía «verde».
Estos bienes crecen exponencialmente. De hecho, se estima que, para 2040, representarán más de la mitad de las ventas de vehículos. Y es que, cada automóvil eléctrico utiliza alrededor de un kilo de REE solo para el motor, mientras que las turbinas eólicas marinas precisan unos 200 kilos por megavatio. Además, las REE son relevantes desde la perspectiva de la tecnología militar: según un informe de la OTAN, un submarino estadounidense clase Virginia requiere alrededor de 400 toneladas de REE, un destructor de la clase Arleigh Burke más de dos toneladas y un caza F-35, 400 kilos85.
El Servicio Geológico de los Estados Unidos cifraba, en 2019, la reserva mundial de tierras raras en unos 120 millones de toneladas y su demanda actual de unas 200.000 toneladas. Suponiendo que su consumo anual se duplicara hasta alcanzar las 500.000 toneladas anuales, las reservas serían suficientes para los próximos 250 años. Por lo tanto, la cuestión no se cifra tanto en las reservas como en el dominio chino del sector86.
Groenlandia acumula los mayores yacimientos sin explotar de tierras raras. Se cifran en el 10% del total mundial. Se estima que este territorio puede aportar unas 30.000 toneladas por año, en torno a un 20% de la demanda mundial87. A ello se sumaría el millón de toneladas descubierto en Suecia en 2023, lo que acerca a China al Ártico.
Figura. Las tierras raras en el mundo y el control chino. Fuente. «Cuando las tierras raras se convierten en un arma», Dw.com. https://www.dw.com/es/cuando-las-tierras-raras-se-convierten-en-un-arma/a-49109708
Merece referirse el control chino de las tierras raras: posee un 36% de las reservas conocidas de este sector, relevante para la cadena de suministro global, y son materiales críticos y de alta demanda. Tal control comenzó en 1980, cuando la Comisión Reguladora Nuclear de Estados Unidos endureció las restricciones a la minería y producción de REE, provocando el colapso de la industria estadounidense del sector. China aprovechó el vacío generado, adquirió la tecnología y los derechos de propiedad intelectual, y puso en marcha una estrategia para dominar la producción y el mercado. Como resultado, creó un monopolio de facto —controla entre el 80% y el 97% de las cadenas de producción globales88— estableciendo cuotas de exportación y control de precios que Occidente no ha podido romper, obteniendo importantes ventajas industriales y políticas89.
El planteamiento que subyace en el afán chino por dichos recursos es que, al porcentaje de su población le corresponde un porcentaje similar de los recursos de los dominios comunes: como tienen cerca del 17% de la población mundial, les corresponde el 17% de los recursos de los dominios. Para demostrar este poder, no ha dudado en amenazar a Alemania de privarla del germanio.
Es más, China90 dispone del control de materias primas estratégicas, como las precisas para la fabricación de baterías y, con ello, de vehículos eléctricos. Y es que el litio y el cobalto ejercen de cuellos de botella y pueden afectar el desarrollo innovativo de Occidente en el sector de la automoción, en el que siempre ha despuntado, al tiempo que le permite cosechar importantes beneficios. También, China es la refinería del mundo de estos materiales, controlando hasta un 40% y un 80% del refinado mundial del litio y del cobalto, respectivamente. Así, la República Democrática del Congo dispone del 72% de las reservas mundiales de cobalto, y la mayoría está en manos de corporaciones chinas. Y lo mismo sucede con el cobalto en Iberoamérica91.
Conclusiones
La globalización puso en contacto directo a los Estados democráticos con otros del antiguo telón de acero. Estos instrumentaron largo tiempo y en su beneficio las reglas vigentes, realizando prácticas incompatibles con el marco normativo y dificultando el acceso a su mercado interno, mientras, contradictoriamente, se posicionaban en sectores estratégicos de sus socios comerciales al amparo de sus propias reglas.
En este contexto se produjo el «desplazamiento del centro de gravedad mundial», desde las economías desarrolladas hacia las emergentes y, singularmente, hacia la china. Como resultado de la fragmentación igualadora que impulsa la globalización, el mundo marcha hacia una forma multipolar de equilibrio, probablemente previa a una nueva bipolaridad.
En 2007, el tamaño de la economía europea superaba en un 10% al de EE.UU., sin embargo, en 2022 era un 23% inferior. Una de las claves es el régimen de coevolución establecido con China. El PIB de la Unión Europea (incluido el Reino Unido antes del Brexit) ha crecido un 21% en este período (medido en dólares), frente al 72% de EE.UU. y el 290% de China92.
Según la OMC, en 2024, el comercio mundial aumentó un 4% y alcanzó los 32,2 billones de dólares, tras un descenso del 2% en 2023. El comercio de mercancías se incrementó un 2%, mientras que el de los servicios lo hizo un 10% respecto a 2023. La proporción de los servicios en el comercio mundial se elevó al 27,2%, el nivel más alto desde 2005. Según el Banco Mundial, en 2024 la suma agregada de las importaciones y exportaciones suponía un 57% del PIB global.
Como puede verse, la sociedad internacional ha alcanzado un gran nivel de integración, por lo que su perturbación genera una incertidumbre que, al menos en el corto plazo, resulta perjudicial para todos. Nada es ya ajeno al orden establecido, que reacciona buscando estabilidad. La alteración de los balances geopolíticos genera así efectos innegables.
El carácter etnocéntrico con que cuenta la cultura occidental choca así con la igualmente etnocéntrica concepción china del mundo, del que, por si fuera poco, se considera referencia: el Imperio del Centro e Inmóvil, la confluencia del Cielo y la Tierra, Tian Di, con un mandato para toda la humanidad como el de la carta del emperador Qian Long.
Además, como subraya Ding Ke, el déficit de EE.UU. con China se debe a los esfuerzos conjuntos de las empresas de Asia-Pacífico, que se han dividido la producción. Este proceso se ha visto favorecido por las diferencias en las fases de desarrollo económico y las ventajas comparativas derivadas, pero también por el desarrollo de las TIC y los acuerdos comerciales. Sobre todo, por la existencia de un enorme centro de consumo: Estados Unidos.
China, por más que se haya beneficiado de un orden liberal, pretende modificarlo. Su actitud revisionista es inequívoca. Tal situación solo se explica por las cuatro décadas de coevolución chino-estadounidense. Estados Unidos mantiene, aún hoy, con China, una relación de cooperación que explica bien el ascenso de este país y la alteración del orden internacional. Su éxito lo ha obtenido siendo, proporcionalmente, la más beneficiada.
Sin embargo, China afronta desafíos inmensos (políticos, sociales, de desarrollo humano…) que pueden llevar al colapso del actual régimen político y a una crisis interna sin precedentes. Por ejemplo, únicamente posee el 7% de las tierras cultivables y 6% de los recursos hídricos del mundo para alimentar el 17% de la población mundial93. En 2100, las previsiones indican que su demografía se reducirá a la mitad, 778 millones, lo que, por la pérdida de poder que comporta, dificultará su ascenso, en beneficio de la India,. En cualquier caso, las contradicciones que ha acumulado acabarán por manifestarse.
Estados Unidos también se ha beneficiado del desarrollo chino. Ahora, paradójicamente, se requiere a los socios y aliados, que se atrasaron en establecer tales lazos de cooperación, que se distancien de una China que ofrece, para infraestructuras básicas, unos recursos financieros que Estados Unidos no aporta. Ambos países desarrollan una competencia intersistémica. Pero China cubre los vacíos que Estados Unidos deja en su repliegue y, propiamente, no choca con él.
Con todo, un binomio económico construido durante años no podía romperse súbitamente sin grandes pérdidas para todos, por más que China fuese la parte más perjudicada. A los dos les convenía un desacople ordenado. Por eso su enfrentamiento no ha sido, hasta 2025, económico —EE.UU. supera a China en términos de PIB nominal, pero ya no en términos de paridad económica—, sino, fundamentalmente tecnológico, ya que la tecnología y la innovación determinan el futuro y permiten el cambio de paradigma. Esto, a su vez, permite preservar el presente.
Como decíamos, hasta 2025, la pugna era fundamentalmente industrial y tecnológica, y por el suministro de tecnologías: estas determinan estándares comunes y propician los grandes bloques. De este modo también se está volviendo a una reedición de la carrera de armamentos —que no fue otra cosa que competencia tecnológica— como la que dio pie al memorándum de Crowe, en ámbitos como el de la inteligencia artificial. Esta es la clave de la nueva Revolución Industrial y, por ello, un factor geopolítico de primer nivel.
El énfasis de la segunda Administración Trump en las políticas arancelarias es una nueva fase, que ha provocado que la pugna se traslade definitivamente al campo económico y siga con su ascenso a los extremos. La apuesta por políticas de contención en la era de la globalización ha hecho que los aranceles sean igualmente globales. China cuenta ya con su propio mercado interno. La pugna final se libraría con la sustitución del dólar por otra moneda de referencia, pero eso, hoy, ni siquiera se atisba.
Con todo, esta dinámica de confrontación ha dejado financieramente exhaustos a ambos. La segunda Administración Trump trata de prevalerse de las ventajas que aún conserva mediante aranceles y otras contraprestaciones económicas, que le sirvan a la vez para financiarse y polarizar al mundo en clave de alianzas. Para ello, obliga a socios y aliados a posicionarse. Además, escenifica tal requerimiento con las formas propias de un diktat, lo que provoca que sus relaciones se resientan y sitúa en su contra a la opinión pública internacional.
La tensión que la nueva situación somete a Europa es notable, pues una porción significativa de la pugna se desarrolla en su territorio. Esto provoca que la UE y cada país tengan que tomar sus decisiones, para hacerlas congruentes, en términos políticos, y no solo tecnológicos o industriales. Y somete a un importante estrés al conjunto de la Unión y a los países parte de ella. La UE no puede subsistir contra EE.UU., pues estos propiciaron su creación.
También las reglas y el marco normativo, que tanto tiempo y esfuerzo ha llevado construir, y que han sido fundamentales para el desarrollo del proceso, pese a sus insuficiencias, sufren a consecuencia de su cuestionamiento y la subsiguiente deslegitimación. Además, se ve sustituido por descarnadas políticas de poder.
El resultado es un proteccionismo tecnológico y económico que aún puede inscribirse como un movimiento de retorno en el proceso de la globalización, pues no es ajeno a la lógica hegeliana con la que esta se desarrolla (antítesis) y con la que va resolviendo sus contradicciones. Es más, podría plantearse no como resultado de un giro estadounidense hacia Asia-Pacífico, sino como parte de un proceso de repliegue sobre su propio hemisferio y de su renuncia a ser líder de Occidente.
Por consiguiente y como conclusión, no puede inferirse de este salto cualitativo en la dinámica de confrontación que la globalización se haya detenido, ni menos aún un proceso de desglobalización, más, si consideramos que el comercio estadounidense supone en torno a un 13% del comercio mundial.
Estamos ante un proceso tectónico que trasciende un eventual nuevo orden comercial mundial, compuesto por bloques construidos a escoplo y martillo en torno a una lógica forzada y arbitraria de aranceles. La línea recta, la pura congruencia, no pertenece a la naturaleza humana y, abandonada a sí misma, es insostenible. La vieja mano invisible de Adam Smith, que es la que siempre ha guiado la globalización, reaparecerá en algún momento para poner en orden las cosas.
Además, está escrito que todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena.
Federico Aznar Fernández-Montesinos
Analista del IEEE
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
La búsqueda de metales preciosos que trajo consigo la expansión comercial inherente al mercantilismo del siglo XVIII determinó el carácter agresivo del comercio exterior, ya que la cantidad de estos metales y de los medios de comercio resultan limitados. El intercambio no es igualmente favorable al comprador y al vendedor. El comercio así visto no es tanto la guerra como su sustituto.
Como dijo el general Monck al solicitar la reanudación de la guerra con los holandeses en 1662: «¿Qué importa esta o aquella razón? Lo que queremos es una parte aún mayor del comercio con los holandeses». Otro ejemplo era el que escribía un folletinista en 1745 respecto de la guerra que sostenía el Reino Unido con España y Francia: «Es más en interés de los reinos… que continuemos en estado de guerra… nuestro comercio, en general, florece más en una guerra naval vigorosa y bien llevada que con una paz que permitiera un libre intercambio con esas dos naciones».
Y es que las posiciones librecambistas (a las que, una vez consolidado económicamente, evolucionó desde el mercantilismo) del Reino Unido, y todo el desarrollo conceptual que conllevan, chocaron primero con la fisiocracia de Colbert y después con el proteccionismo alemán. Obviamente, estos conflictos entre filosofías económicas encontraron reflejo en los acuerdos de paz que saldaron las innumerables guerras que se libraron en Europa desde el siglo XVIII. Hamilton y List fueron figuras claves en la revitalización del mercantilismo en el mundo moderno; Hamilton, en desacuerdo con las teorías de los fisiócratas, consideraba en palabras de Montesquieu que «el resultado natural del comercio es promover la paz», se preguntaba «¿el comercio ha hecho hasta ahora algo más que intercambiar los objetos de guerra? [...] ¿No ha habido numerosas guerras por motivos comerciales desde que estos han pasado a ser los fundamentales para las naciones?».
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Los aranceles universales. Una nueva fase en la confrontación geopolítica entre China y Estados Unidos
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