IEEE. Latinoamérica y el Caribe en el tablero demográfico: envejecimiento, migración y poder regional

Fuente: Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos/Migración Colombia/Statista

10 feb 2026

IEEE. Latinoamérica y el Caribe en el tablero demográfico: envejecimiento, migración y poder regional

Rocío de los Reyes Ramírez, Analista del IEEE (CESEDEN)

«Cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas»
Mario Benedetti

Introducción

A lo largo de la historia, los movimientos de población han moldeado las sociedades, reconfigurado territorios y definido el curso de los acontecimientos políticos y económicos. Sin embargo, en ningún otro momento como en el siglo XXI los patrones demográficos han adquirido una dimensión tan estratégica para el desarrollo y la estabilidad de los países.

En el vasto y diverso territorio de América Latina y el Caribe, donde conviven antiguos ritmos rurales con el vértigo de las megaciudades, las transformaciones demográficas avanzan con una intensidad que desafía viejos paradigmas. El paso del tiempo no se mide ya solo en décadas de crecimiento o desarrollo, sino en los silenciosos cambios de la estructura poblacional: quiénes nacen, quiénes migran, quiénes envejecen…, y cómo estos flujos, cada vez más interdependientes, reconfiguran la región.

Hoy, más que nunca, los asuntos demográficos están dejando de ser simples indicadores estadísticos para convertirse en piezas clave de la agenda política, económica y social. Entender la evolución de la población —su tamaño, su distribución, su composición por edad y su movilidad— es indispensable para proyectar el futuro del trabajo, el diseño de políticas públicas, las relaciones entre Estados e incluso las nuevas formas de poder en el sistema internacional.

Lejos de ser un proceso uniforme, la región atraviesa una transición demográfica marcada por la coexistencia de etapas diferenciadas. Mientras algunas naciones han alcanzado niveles avanzados de envejecimiento, otras mantienen estructuras poblacionales jóvenes y dinámicas. Según el Observatorio Demográfico de la CEPAL (2024), la natalidad y la mortalidad han disminuido de forma más acelerada que lo proyectado a inicios del siglo, salvo durante la pandemia de covid-19, que provocó un aumento transitorio en la mortalidad (CEPAL, 2022). Estos cambios han alterado las proyecciones de crecimiento poblacional y han dado lugar a escenarios nuevos y complejos. Como novedad destacada, el saldo migratorio ha sido también más negativo de lo esperado, revelando el peso creciente de las migraciones en las dinámicas poblacionales regionales.

Este cambio es profundo: en 2023, el 13,8 % de la población latinoamericana tenía sesenta años o más, y se estima que para 2030 ese porcentaje ascenderá al 16,5 % (CEPAL, 2023). El envejecimiento poblacional deja de ser un horizonte lejano y empieza a sentirse en las agendas de salud, de pensiones y de cuidados, todo ello en un contexto de alta desigualdad, informalidad laboral y debilidad institucional. Es, en muchos sentidos, un desafío anticipado, pero aún no resuelto.

A la par, persiste un bono demográfico en varias partes del continente, una ventana de oportunidad donde la mayoría de la población se encuentra en edad laboral activa. Pero ese potencial no se activa por sí solo: requiere políticas educativas robustas, inversión en juventud, empleo formal y estrategias de cohesión social. Sin estas condiciones, el bono puede convertirse en un detonante de frustración y conflicto, más que en una palanca de desarrollo.

Las migraciones, tanto internas como transfronterizas, atraviesan todo este proceso. América Latina ha pasado de ser una región predominantemente emisora a convertirse también en un espacio de tránsito y, en ciertos casos, de destino, sobre todo en los últimos años. Las crisis humanitarias y políticas en países como Venezuela, Haití y Nicaragua han generado flujos migratorios intrarregionales cada vez más complejos y numerosos, mientras que la presión migratoria hacia Estados Unidos, México y algunos países europeos continúa siendo estructural. Estas migraciones responden a factores económicos, de seguridad y, en muchos casos, también demográficos, al estar protagonizadas por jóvenes y adultos en edad laboral que buscan oportunidades ante la falta de perspectivas en sus países de origen.

En este contexto, las nuevas políticas migratorias impulsadas por Donald Trump desde su regreso al poder en 2025 —más restrictivas, securitizadas y con un énfasis renovado en la disuasión— están comenzando a redefinir tanto los flujos como las narrativas migratorias en el hemisferio occidental. Estas acciones han despertado fuertes críticas desde organizaciones de derechos humanos y reflejan un giro geopolítico en la gestión migratoria desde Washington. Es importante advertir que la respuesta política al fenómeno migratorio en el norte global tiene un impacto directo en la estructura y movilidad poblacional del sur, y que estas decisiones no son solo administrativas, sino también profundamente estratégicas y geopolíticas.

Las dinámicas poblacionales no solo afectan la gobernabilidad interna, sino que inciden en la inserción internacional de los países, en los flujos económicos, en la seguridad y en las relaciones interestatales. La población se convierte, así, en una variable estructural del poder contemporáneo: una fuente de oportunidad o de vulnerabilidad, según cómo se gestione.

Estamos obligados a abrir la mirada a un fenómeno que desborda lo estadístico para instalarse en el corazón mismo de las tensiones y posibilidades del siglo XXI latinoamericano, porque hablar de demografía hoy es hablar también de futuro, de estrategia y de poder.

Demografía y estrategia: La reconfiguración poblacional de América Latina en el siglo XXI

A comienzos del siglo XXI, América Latina y el Caribe dejaron de ser una región definida por su rápido crecimiento poblacional y su elevada tasa de natalidad. En tan solo unas décadas, el rostro demográfico del continente ha mutado de forma acelerada. Este viraje ha transformado la región en un mosaico de transiciones demográficas múltiples, superpuestas y muchas veces contradictorias. Lo que en el pasado se interpretó como una evolución natural de la población, hoy debe analizarse como un factor de peso en la definición del poder nacional, el desarrollo sostenible y la estabilidad política.

Estimaciones y proyecciones de la población total, por decenios, 1950-2050 (En miles de personas, a mitad de cada año)
Figura 1: América Latina y el Caribe: estimaciones y proyecciones de la población total, por decenios, 1950-2050 (En miles de personas, a mitad de cada año). Fuente: CEPAL, Base de datos de población. Revisión 2024, y DPNU, Panorama de la población mundial. Revisión 2024 [en línea] https://population.un.org/wpp/.

La región alcanzó 663 millones de habitantes en 2024, representando un 8,1 % de la población mundial. Sin embargo, esta cifra es un 3,8 % menor que la proyección inicial realizada en el año 2000, que estimaba 689 millones para el mismo periodo.

La tasa global de fecundidad ha descendido de forma drástica, desde 5,9 hijos por mujer en 1950 hasta 1,85 en 2023, por debajo del nivel de reemplazo en la mayoría de los países latinoamericanos, aunque existe heterogeneidad dentro de la región, como Argentina y Chile que experimentan tasas de fecundidad significativamente bajas (1,5 hijos por mujer), mientras que Bolivia aún mantiene cifras superiores al nivel de reemplazo (2,5 hijos por mujer). Estas diferencias reflejan desigualdades en el acceso a servicios de salud, educación y oportunidades laborales (CEPAL, 2024).

Este descenso se acompaña de un aumento en la esperanza de vida —que ya supera los 75 años en promedio regional— y de una ralentización del crecimiento poblacional. Según las World Population Prospects 2022 de Naciones Unidas, América Latina experimentará su punto de inflexión hacia el crecimiento negativo antes de 2070, aunque algunos países como Cuba y Uruguay podrían llegar a ese umbral mucho antes (UN DESA, 2022).

Según estimaciones de la División de Población de las Naciones Unidas (2022), Cuba ya presenta tasas de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo desde hace más de dos décadas, combinadas con una alta esperanza de vida y una emigración persistente, lo que ha producido un envejecimiento acelerado y una contracción paulatina de su población total.

El caso cubano representa el ejemplo más extremo de una tendencia generalizada en América Latina. En 2020, la población de la isla mayor de las Antillas rondaba los 11 millones de habitantes. Hoy, tras un éxodo masivo que ha vaciado al país de parte de su fuerza laboral, apenas quedan unos nueve millones, de los cuales cerca de un tercio son mayores de sesenta años. Entre esa población se incluyen alrededor de un millón de dirigentes políticos, funcionarios y militares, y aproximadamente 1,5 millones de menores de quince años. Como resultado, la población económicamente activa de Cuba no supera los tres millones de personas.

Uruguay, por su parte, refleja patrones demográficos similares a los de países europeos en términos de fecundidad y estructura etaria, proyectándose también hacia una reducción poblacional en el corto y mediano plazo (CEPAL, 2023). Además, la pérdida relativa de peso poblacional de estos países dentro del conjunto latinoamericano podría reducir su influencia regional, al tiempo que los obliga a redefinir sus estrategias de inserción internacional frente a una región cada vez más demográficamente dispar (Rosero-Bixby, 2021; López y Lustig, 2020).

Estimaciones y proyecciones de la población mundial (revisión 2024)
Figura 2: Fuente: Estimaciones y proyecciones de la población mundial (revisión 2024) Fondo de Población de las Naciones Unidas/AFP

Estas transformaciones no pueden analizarse al margen del contexto global. El envejecimiento de la población y la reducción del crecimiento natural tienen efectos directos sobre la fuerza laboral, sostenibilidad fiscal y la estructura del consumo. Más allá de las estadísticas, se trata de procesos que impactan la proyección de poder de los Estados. Tal como lo sugiere Emmanuel Todd (2011), la estructura poblacional es un indicador clave para comprender tanto la evolución de las mentalidades sociales como las tensiones geopolíticas emergentes. En regiones donde el bono demográfico se ha agotado sin traducirse en mejoras sustantivas en productividad o equidad, como ocurre en varios países latinoamericanos, se configura un terreno fértil para el malestar social y el debilitamiento institucional.

Desde una perspectiva estratégica, América Latina corre el riesgo de entrar en lo que algunos analistas llaman la «trampa del envejecimiento prematuro»: una fase en la que la estructura poblacional comienza a envejecer antes de que las economías hayan consolidado sistemas de protección social robustos o niveles adecuados de formalidad laboral (OCDE, 2019; Banco Mundial, 2020). La región está envejeciendo más rápido que Europa en su momento, pero sin haber resuelto las grandes brechas de informalidad laboral, desigualdad en el acceso a pensiones ni cobertura sanitaria universal. Más del 55 % de los trabajadores aún están empleados en el sector informal (OIT, 2023), lo que compromete seriamente los ingresos futuros del sistema previsional y la sostenibilidad fiscal de los Estados.

Por otro lado, el bono demográfico, entendido como la ventana de oportunidad derivada de una mayor proporción de población en edad productiva, sigue presente en algunos países, como Bolivia, Guatemala y Honduras. Sin embargo, su aprovechamiento requiere inversiones masivas en educación, empleo y salud, sin las cuales la juventud se convierte en un factor de presión migratoria o en una potencial fuente de inestabilidad. En este punto, la conexión entre demografía y migración es ineludible: la falta de horizontes para los jóvenes en sus países de origen explica buena parte de los movimientos migratorios hacia Estados Unidos y otras zonas receptoras. Los flujos migratorios, tanto intrarregionales como hacia el exterior, han comenzado a incidir directamente en la composición etaria, en la redistribución poblacional y en las dinámicas urbanas de la región, cuestión que abordaremos más adelante.

Además, el envejecimiento poblacional y la transformación de las estructuras familiares están reconfigurando las demandas sociales. Se prevé que, para 2050, más del 25 % de la población en países como Chile o Costa Rica será mayor de sesenta años, lo que implica una creciente necesidad de sistemas de cuidado, adecuación de ciudades y nuevas políticas intergeneracionales (HelpAge International, 2023).

La reducción del tamaño promedio de los hogares, el incremento de personas mayores viviendo solas y la feminización del envejecimiento —es decir, la mayor esperanza de vida de las mujeres— están generando nuevas formas de vulnerabilidad que requieren políticas específicas de atención, inclusión y protección social (Aranco et al., 2020). En Chile, por ejemplo, la proporción de hogares unipersonales ha crecido significativamente en la última década, mientras que en Costa Rica se observa una expansión sostenida de la cobertura sanitaria para adultos mayores, pero con marcadas diferencias territoriales y socioeconómicas (OCDE, 2021).

Además, la transformación del rol de las familias como red principal de cuidados está generando una creciente presión sobre el Estado y el mercado laboral. A medida que la población activa se reduce proporcionalmente, se amplía la llamada «carga de dependencia», lo que obliga a repensar modelos de productividad, empleo y cohesión social en entornos cada vez más envejecidos.

Esta situación no es neutra desde el punto de vista político: el peso electoral de los adultos mayores aumenta y empieza a alterar las prioridades de los partidos, los presupuestos y las políticas públicas.

En Chile, donde se desarrollaron votaciones para la Convención Constitucional y el plebiscito de 2023, el voto de los adultos mayores fue determinante en rechazar propuestas percibidas como demasiado disruptivas o inciertas. Diversos análisis señalaron que el electorado mayor mostró preferencia por opciones que ofrecieran estabilidad institucional y sostenibilidad de los sistemas de pensiones, frente a los sectores más jóvenes, que reclamaban reformas estructurales más audaces (Barozet y Espinoza, 2023). Esta fractura generacional evidencia el peso político creciente de las personas mayores en los procesos electorales.

En Argentina, que celebró elecciones presidenciales en 2023, el electorado mayor fue un foco estratégico para todas las candidaturas. Javier Milei, pese a representar una ruptura con el orden económico tradicional, moderó su discurso en torno a las jubilaciones durante la segunda vuelta, consciente del impacto que cualquier ajuste tendría sobre un electorado envejecido y muy sensible a los recortes en seguridad social (Clarín, 2023). De hecho, durante el debate electoral, las propuestas sobre movilidad jubilatoria, medicamentos gratuitos y sostenibilidad del sistema previsional ocuparon un lugar central.

En Costa Rica, en las elecciones de 2022, el envejecimiento también ha impactado el debate político. El presidente Rodrigo Chaves centró parte de su campaña en reformar la gestión de la seguridad social, en particular la Caja Costarricense de Seguro Social, en un contexto donde el envejecimiento presiona los recursos del sistema y eleva la demanda de servicios especializados. El propio Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM) advirtió sobre la necesidad de priorizar políticas públicas ante el crecimiento de este grupo etario (CONAPAM, 2023).

En Uruguay, donde se celebraron elecciones generales en 2024, el envejecimiento poblacional fue uno de los temas centrales del debate electoral. Con más del 20 % de su población mayor de sesenta años, el país había aprobado una reforma del sistema de jubilaciones en 2023, lo que generó intensas discusiones tanto en el Parlamento como entre la ciudadanía. Durante la campaña, varios candidatos se vieron obligados a posicionarse claramente respecto a la sostenibilidad del sistema previsional, los derechos de los jubilados y la ampliación de servicios para personas mayores. El desenlace electoral reflejó, en parte, la sensibilidad del electorado hacia estos temas, con una marcada movilización de los votantes de mayor edad, que históricamente presentan altas tasas de participación (SER, 2023).

Este nuevo perfil demográfico también incide en la proyección internacional de los países, comenzando a actuar como una variable estratégica de inserción de los Estados. América Latina y el Caribe, con sus contrastes entre países aún jóvenes y otros envejecidos, constituyen un caso ilustrativo de cómo la estructura poblacional repercute directamente en el posicionamiento económico, diplomático y geopolítico de una nación.

Los países con poblaciones jóvenes tienden a tener una capacidad renovada de inserción económica a través de fuerza laboral abundante, migraciones productivas y mercados internos dinámicos, como ocurre en Guatemala, Bolivia y Honduras que todavía cuentan con una alta proporción de población menor de 30 años, siempre que existan políticas adecuadas para canalizar ese bono demográfico hacia el desarrollo productivo y la cohesión social. En el caso de Guatemala, por ejemplo, el 33 % de la población tiene menos de quince años, y casi el 60 % está por debajo de los treinta años (UNFPA, 2023)

Los que tienen poblaciones envejecidas como Uruguay, Cuba o Chile, en cambio, requieren políticas de innovación, atracción de capital humano y reformas estructurales para mantener su competitividad. Chile, por ejemplo, ha comenzado a explorar políticas de atracción de talento extranjero y de innovación tecnológica como parte de su estrategia para mantener competitividad regional (OCDE, 2023). El país ha firmado acuerdos con centros de innovación de Asia y Europa para fomentar la transferencia tecnológica, entendiendo que el capital humano puede ser sustituido —al menos en parte— por mecanismos de innovación adaptativa.

Por ello, las decisiones que se tomen hoy en materia demográfica influirán en la posición regional frente a potencias emergentes como India o Nigeria, que están capitalizando su dinamismo poblacional para proyectar influencia global. La «India joven» ha integrado su masa poblacional al discurso diplomático y económico global: el país se promociona como el «taller del mundo» frente al envejecimiento de China, y ha incrementado sus inversiones en África, Asia central y América Latina precisamente con esa narrativa demográfica (Goldstone et al., 2022). Nigeria, por su parte, se presenta como el país más poblado de África con un crecimiento sostenido, lo que le otorga una voz creciente en foros internacionales como la Unión Africana o la OMC (Naciones Unidas, 2023).

América Latina, por tanto, enfrenta una disyuntiva estratégica. Si bien no cuenta con el peso demográfico de esos países, sí puede tomar decisiones que potencien sus ventajas relativas: países con juventud abundante pueden apostar por una integración productiva regional con lógica de cadenas de valor, mientras que los países envejecidos deben reforzar sus vínculos con potencias tecnológicas e invertir en reentrenamiento laboral, inteligencia artificial y migración calificada.

El futuro posicionamiento internacional de la región, su influencia en las negociaciones comerciales o su capacidad para atraer inversión extranjera directa dependerán, en gran medida, de la lectura que se haga hoy del mapa demográfico regional.

De igual modo, en términos de poder blando, las dinámicas demográficas pueden funcionar como palancas de influencia cultural, científica y tecnológica. La juventud urbana, conectada digitalmente y con aspiraciones transnacionales, representa un activo que puede ser canalizado mediante políticas de formación, emprendimiento y cooperación internacional. Sin embargo, si esta juventud se ve atrapada en ciclos de exclusión, desempleo o violencia, puede convertirse en un factor de desestabilización interna y migración forzada. El potencial estratégico de la estructura poblacional está, por tanto, directamente ligado a las políticas públicas que acompañen estas transformaciones.

En este contexto, varios gobiernos latinoamericanos han comenzado a reconocer la dimensión estratégica de la planificación demográfica. La inversión en capital humano joven se está convirtiendo en un eje articulador de políticas públicas que buscan integrar crecimiento económico, cohesión social y competitividad global.

México, por ejemplo, ha incluido en su Plan Nacional de Desarrollo 2019—2024 una serie de objetivos enfocados en fortalecer la educación, reducir la desigualdad y fomentar la inclusión de los jóvenes en el mercado laboral y en la vida pública. Uno de los programas más destacados es Jóvenes Construyendo el Futuro, que busca capacitar a jóvenes que no estudian ni trabajan (los llamados ninis) a través de pasantías en empresas, organizaciones sociales y entidades gubernamentales. Hasta 2023, más de 2,5 millones de jóvenes habían participado en el programa, con resultados mixtos en cuanto a empleabilidad, pero con un impacto claro en la reducción del desempleo juvenil (Secretaría del Trabajo y Previsión Social, 2023). Este enfoque ha sido interpretado como un intento de reducir la vulnerabilidad social y también como una medida de prevención frente al reclutamiento de jóvenes por parte del crimen organizado (Bargent, 2021).

En Uruguay, el Plan Ceibal ha sido una referencia continental en el uso de tecnología educativa desde su implementación en 2007. Originalmente concebido como una política de inclusión digital mediante la entrega de ordenadores portátiles a estudiantes y docentes, el plan ha evolucionado hacia una estrategia integral que vincula tecnología, pedagogía e innovación social. Hoy, Ceibal incluye plataformas de aprendizaje adaptativo, programación desde edades tempranas, herramientas de inteligencia artificial y formación docente continua. Su éxito ha llevado a que Uruguay sea invitado recurrentemente a foros internacionales sobre educación digital, y ha reforzado su imagen como país innovador en la región (Cobo, 2021; Unesco, 2022).

Colombia, por su parte, lanzó en 2022 la Estrategia Nacional de Juventud como parte de un esfuerzo por coordinar interinstitucionalmente políticas orientadas a la población entre catorce y veintiocho años. Esta estrategia busca integrar dimensiones educativas, de empleo, salud mental, participación política y cultura, y coloca a los jóvenes como actores clave del desarrollo. Además, Colombia ha fortalecido su Sistema Nacional de Innovación mediante alianzas con universidades, centros de investigación y el sector privado, con programas como Jóvenes Investigadores de Colciencias, que promueven el liderazgo científico y tecnológico en la juventud. Según un informe del Banco Mundial (2023), Colombia ha mejorado notablemente en la retención de talento joven en áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), lo cual incide positivamente en su inserción internacional.

Aunque las nuevas realidades demográficas también abren oportunidades. La disminución del número de alumnos en los colegios permitirá mejorar la ratio entre educadores y estudiantes, ampliar las horas lectivas y fortalecer la formación docente, en lugar de destinar el presupuesto educativo a la construcción de nuevas escuelas. En Costa Rica, por ejemplo, donde el gasto en educación alcanza el 6 % del PIB, se estima que en 2075 habrá apenas 320.000 estudiantes en primaria y secundaria, frente al millón registrado en 2002 (Política Exterior, 2025).

Estas iniciativas, aunque diversas en escala y ambición, comparten un horizonte estratégico común: preparar a las nuevas generaciones para un entorno globalizado y competitivo, donde el conocimiento, la innovación y la capacidad de adaptación serán determinantes. En este contexto, la juventud no solo es vista como un grupo etario vulnerable, sino como un recurso estratégico nacional, cuyo potencial puede marcar la diferencia en términos de desarrollo sostenible, estabilidad democrática y posicionamiento geopolítico.

A su vez, el interés creciente de potencias extranjeras como China o Estados Unidos en los mercados laborales y recursos humanos de América Latina muestra que la región no es solo un espacio de flujos, sino también un terreno de competencia geoestratégica vinculada a lo poblacional (CEPAL, 2023; Brookings Institution, 2022).

En suma, lo que en décadas pasadas se entendía como una evolución natural de las dinámicas demográficas, hoy constituye un componente central del análisis estratégico en América Latina y el Caribe. La transformación de su estructura poblacional está reconfigurando el escenario político, económico y geopolítico del continente, y requiere ser abordada con una mirada multidimensional que trascienda el enfoque meramente estadístico o asistencialista.

Desde una perspectiva estratégica, lo que se observa en América Latina y el Caribe no es simplemente una evolución natural de la estructura poblacional, sino un proceso que plantea tensiones crecientes entre potencial y vulnerabilidad. La coexistencia de países con envejecimiento acelerado y otros aún marcados por juventudes amplias revela no solo una heterogeneidad regional, sino también una falta de articulación de políticas comunes. En muchos casos, los Estados no han logrado transformar sus ventajas demográficas en capacidades efectivas para proyectarse internacionalmente, ni anticiparse a los desafíos de sostenibilidad social que el envejecimiento plantea. Esta disonancia entre los ritmos demográficos y los ritmos políticos condiciona el margen de maniobra estratégico de la región, particularmente en un escenario global donde los equilibrios de poder se están reconfigurando también en clave poblacional.

Desplazamientos que transforman: la otra cara del cambio regional

Las migraciones en América Latina y el Caribe constituyen hoy uno de los fenómenos más complejos y determinantes del panorama regional. Lejos de representar un movimiento periférico o marginal, los desplazamientos humanos han adquirido un papel central en la transformación de los países del continente, no solo como respuesta a crisis locales o regionales, sino como parte de un proceso de reorganización más amplio de los territorios, las economías y las sociedades. La movilidad humana ha pasado a ocupar un lugar estratégico en la agenda pública, interpelando tanto a los Estados como a los organismos regionales e internacionales.

En un contexto global marcado por la incertidumbre, los conflictos, la desigualdad y el cambio climático, la región se ha convertido en punto de origen, tránsito, destino y retorno de múltiples flujos migratorios que ya no responden exclusivamente a patrones lineales (ACNUR y R4V, 2024). Las trayectorias migratorias son cada vez más complejas, multicausales y prolongadas en el tiempo, con una creciente feminización y diversificación de los perfiles sociodemográficos (IOM, 2022; UN Women, 2021). Esta nueva realidad impone retos inéditos en términos de gobernanza, integración e incluso de cooperación internacional, lo cual ha sido reconocido en iniciativas como en el año 2022 la Declaración de Los Ángeles sobre Migración y Protección1, impulsada por múltiples gobiernos del hemisferio.

La movilidad se entrelaza con otros procesos estructurales en marcha, como el agotamiento de ciertos modelos de desarrollo, la erosión de la cohesión social o la transformación del empleo, según advierte la CEPAL en su análisis sobre tendencias postpandemia (CEPAL, 2023). En muchos países, las migraciones internas desde zonas rurales hacia ciudades intermedias o capitales nacionales están modificando los patrones de ocupación del territorio, acelerando la urbanización y generando presiones sobre infraestructuras ya saturadas (ONU-Hábitat, 2022). Al mismo tiempo, los flujos transfronterizos, ya sean voluntarios o forzados, desafían las capacidades instituciones y obligan a repensar las políticas públicas desde una perspectiva regional e intersectorial.

No se trata únicamente de flujos que atraviesan fronteras, sino de un fenómeno que redefine pertenencias, reactiva viejos vínculos históricos entre países y comunidades, y plantea nuevas formas de entender la ciudadanía, los derechos y la identidad en el siglo XXI (Castles, Haas y Miller, 2020). La migración ha pasado de ser una variable social, a convertirse en un factor geoestratégico que impacta en la estabilidad política, en los mercados laborales y en los procesos de integración y cooperación continental (Goldstone et al., 2022; BID, 2023).

Entender las migraciones como un componente estructural y no simplemente reactivo permite situarlas en el centro de la discusión sobre el futuro regional. Más allá de sus efectos inmediatos, los desplazamientos humanos están incidiendo de forma decisiva en las configuraciones poblacionales, en la relación entre Estado y sociedad, y en la forma en que América Latina se posiciona en el tablero internacional. Pretendemos abordar esa dimensión transformadora desde una óptica demográfica y estratégica, con el objetivo de comprender mejor cómo los movimientos de población están moldeando —y seguirán moldeando— la región en las próximas décadas.

Hoy en día, América Latina vive una fase de intensificación migratoria sin precedentes, que trasciende la narrativa clásica de migrantes económicos hacia Estados Unidos y configura un entramado mucho más complejo y regionalizado. El caso del éxodo venezolano sigue siendo paradigmático: con más de 7,7 millones de personas desplazadas hasta 2024 según la Plataforma R4V, se trata del mayor movimiento forzado en la historia reciente de la región. Cerca del 80 % permanece en América Latina, con Colombia, Perú y Ecuador como principales países receptores (R4V, 2024). Este fenómeno ha tenido un impacto profundo en los perfiles demográficos de las ciudades receptoras, modificando la pirámide poblacional, aumentando la proporción de población joven en contextos de envejecimiento y forzando una reorganización de servicios sociales.

Colombia, con cerca de 2,9 millones de venezolanos, es el principal país receptor. Según datos de Migración Colombia, la población migrante venezolana en el país está compuesta mayoritariamente por personas en edad laboral, con un 51 % de mujeres y un 49 % de hombres. Este grupo contribuye positivamente al bono demográfico, al ser en su mayoría personas entre 18 y 39 años (IOM, 2024).

Económicamente, en 2022, los venezolanos generaron 529 millones de dólares en impuestos, contribuyendo en gran medida a las finanzas públicas. La mayoría se dedica a sectores como alimentos, comercio y construcción, contrarrestando el déficit laboral en trabajos operativos y estacionales (Vanegas, 2024).

Situación similar ocurre en Perú, con aproximadamente 1,5 millones de venezolanos, y en Ecuador, con más de medio millón. La mayoría de los migrantes son jóvenes en edad productiva, lo que ha llevado a un rejuvenecimiento de la fuerza laboral en estos países. Sin embargo, también ha generado desafíos en términos de integración, acceso a servicios y cohesión social.

A pesar de los beneficios demográficos y económicos, los migrantes venezolanos enfrentan desafíos significativos. Según el Análisis de Necesidades de Refugiados y Migrantes (RMNA) 2024, muchas personas migrantes y refugiadas en situación irregular, recién llegadas o en tránsito, no pueden acceder a derechos y servicios básicos necesarios para llevar una vida digna. Esto subraya la necesidad de un apoyo coordinado e integral para garantizar su seguridad, bienestar y oportunidades de un futuro estable.

En paralelo al éxodo venezolano, la migración originada en el llamado Triángulo Norte de Centroamérica —Guatemala, Honduras y El Salvador— continúa configurando una de las dinámicas transfronterizas más complejas del continente. Este fenómeno, alimentado por factores estructurales como la violencia criminal, la pobreza persistente, los efectos del cambio climático y la fragilidad institucional, constituye un patrón sostenido de desplazamientos que ha generado profundas implicaciones demográficas tanto en los países de origen como en los de destino.

A ello se suma una creciente diversificación en los perfiles migratorios que atraviesan el istmo centroamericano. Cubanos, haitianos, ecuatorianos, venezolanos y un número creciente de personas provenientes de África y Asia recorren las rutas más peligrosas del continente —incluida la arriesgada selva del Darién, frontera natural entre Colombia y Panamá— en su tránsito hacia América del Norte. Este cruce de flujos no solo tensiona las capacidades estatales de los países de tránsito y destino, sino que también redefine los patrones demográficos locales, creando nuevos desafíos en términos de planificación y respuesta institucional.

Durante 2023, las cifras alcanzaron niveles récord: solo en la frontera suroeste de Estados Unidos, la Patrulla Fronteriza reportó más de 562 000 detenciones de migrantes procedentes del Triángulo Norte, de las cuales más de 250 000 correspondieron a personas originarias de Honduras y Guatemala (The Washington Post, 2024).

En México, por su parte, se registraron más de 224 000 aprehensiones de centroamericanos en tránsito hacia el norte, lo que reflejó la magnitud de la presión migratoria sobre ambos países receptores (Mera, 2023).

Este corredor migratorio se ha transformado en un espacio geopolítico clave, donde se cruzan intereses humanitarios, de seguridad y de política exterior.

Sin embargo, los datos más recientes muestran una evolución significativa: en 2024, las aprehensiones totales de migrantes del Triángulo Norte disminuyeron un 38 % respecto al año anterior, con un total de 486 343 registros entre Estados Unidos y México. Las detenciones en la frontera estadounidense bajaron a 288 337 (un descenso del 48,7 %), mientras que en México la reducción fue más leve, con 198 006 aprehensiones (11,78 % menos que en el año anterior) (Infobae, 2025). A pesar de este retroceso, las deportaciones de ciudadanos de estos países aumentaron, superando las 102 000 en 2024, con El Salvador encabezando el incremento (35,8 %), seguido por Guatemala (12,8 %), mientras Honduras experimentó una caída del 13,2 % (Infobae. 2025b).

Desde el punto de vista demográfico, este flujo se caracteriza por un perfil marcadamente juvenil. La mayoría de los migrantes tiene entre 15 y 35 años (ICCA, 2021), lo que convierte a este grupo en un componente estratégico de fuerza laboral, sobre todo en economías con tasas de envejecimiento crecientes. El aumento de niños, adolescentes y menores no acompañados —más de 13 000 deportados en 2024 (Sagastume, 2025)— plantea retos específicos en términos de protección y capacidad institucional en los países receptores.

En conjunto, esta migración juvenil del Triángulo Norte no solo implica una pérdida de capital humano para los países de origen —muchos de los cuales ya enfrentan estancamiento demográfico o tasas de natalidad en descenso—, sino que también altera los equilibrios poblacionales en ciudades intermedias y zonas fronterizas de México y Estados Unidos, donde estas comunidades tienden a asentarse. Su integración, por tanto, se convierte en una variable crítica dentro del tablero demográfico continental.

Demográficamente, el efecto de estos movimientos no es homogéneo. En República Dominicana, el sostenido incremento de población haitiana —que representa cerca del 5 % del total nacional— ha tenido un doble efecto: por un lado, ha contribuido al rejuvenecimiento de sectores laborales clave como la construcción, la agricultura y el trabajo doméstico; por otro, ha generado tensiones acumuladas en servicios sociales básicos como salud, educación y vivienda, sobre todo en provincias fronterizas como Dajabón y Elías Piña (El País, 2024c). La discriminación estructural, las restricciones al acceso a derechos fundamentales y las dificultades para el registro civil de hijos nacidos en territorio dominicano amplifican estas tensiones, con implicaciones de largo plazo sobre la cohesión social y la estructura poblacional. Unicef (2022), ha alertado, además, sobre la creciente presencia de niñas, niños y adolescentes haitianos en situación de vulnerabilidad, muchos de ellos en condiciones irregulares o sin escolarización.

En el caso de Chile, la transformación ha sido notoria, el ingreso de más de un millón de migrantes en menos de una década no solo ha alterado el peso de los extranjeros en el total poblacional, sino que ha tenido efectos sobre la composición por edad y sexo en regiones específicas.

Entre 2017 y 2020, el país experimentó un aumento explosivo de población migrante, en especial desde Haití y Venezuela. Este flujo elevó el porcentaje de extranjeros del 2,7 % en 2014 a cerca del 10 % en 2023, con más de 1,9 millones de personas registradas oficialmente (Instituto Nacional de Estadísticas de Chile, 2024). La concentración geográfica en comunas urbanas con bajo crecimiento vegetativo —como Santiago Centro, Estación Central o Antofagasta— ha modificado la composición demográfica local, introduciendo nuevas dinámicas lingüísticas, culturales y etarias. En zonas con altas tasas de envejecimiento, los migrantes —mayoritariamente jóvenes— suplen déficits laborales en sectores como la construcción, el comercio informal y los servicios de cuidados, pero también enfrentan barreras institucionales de integración: la validación de títulos, la atención sanitaria y el acceso a arriendos seguros. Estos desafíos, si no son abordados con políticas públicas robustas, podrían cristalizar en segmentaciones sociales de tipo etnodemográfico.

Ambos casos muestran cómo los flujos migratorios recientes están reconfigurando la estructura poblacional de los Estados receptores, no como una amenaza, sino como una variable estratégica que requiere marcos normativos actualizados y respuestas institucionales ágiles. En lugar de concebir la migración como un shock demográfico puntual, se impone una visión de largo plazo que la integre como factor estructural del desarrollo regional.

Además, la migración interna en América Latina, —con frecuencia eclipsada por los grandes desplazamientos internacionales— representa una dinámica demográfica de gran calado. En países andinos como Perú y Bolivia, los movimientos desde áreas rurales del altiplano hacia los valles interandinos y las capitales departamentales han adquirido un carácter estructural. Este fenómeno no solo responde a la búsqueda de empleo o acceso a servicios, sino también al deterioro de las condiciones climáticas y agrícolas en regiones de altura, donde la variabilidad climática ha afectado severamente los cultivos de subsistencia.

Desplazamientos en América Latina y el Caribe
Figura 3: Desplazamientos en América Latina y el Caribe. Elaboración propia

Desde el punto de vista demográfico, el impacto de esta migración es doble. Por un lado, produce un vaciamiento progresivo de jóvenes en las zonas rurales, con consecuencias directas en la pirámide poblacional de estos territorios. En varias provincias del altiplano boliviano, como Potosí y Oruro, más del 40 % de la población rural supera ya los cuarenta años, y la fecundidad ha descendido notablemente en las últimas dos décadas (INE Bolivia, 2023). Esta dinámica acelera el envejecimiento y reduce la base activa que sostiene la economía local, poniendo en riesgo la sostenibilidad de servicios educativos y sanitarios que aún permanecen en esas áreas.

Por otro lado, los centros de destino reciben un influjo demográfico juvenil que modifica su estructura interna. Aunque esta renovación etaria puede representar una ventaja en términos de dinamismo económico, también introduce tensiones regionales: los censos recientes muestran una creciente desigualdad en la distribución de la población joven entre departamentos rurales y urbanos, lo que profundiza las brechas regionales en acceso a oportunidades, servicios y representación política (INEI, 2024). En regiones como la Sierra Central peruana, departamentos como Huancavelica y Apurímac han perdido entre el 10 % y el 15 % de su población joven en la última década, mientras que Lima concentra ya a más del 35 % de los jóvenes del país (INEI, 2022).

Así, estos desplazamientos internos, lejos de ser meros ajustes territoriales, están reconfigurando silenciosamente el perfil demográfico del mundo andino. La planificación pública sigue rezagada respecto a esta realidad, y pocas estrategias territoriales abordan de forma coordinada el envejecimiento de las áreas expulsoras y la presión sobre los sistemas sociales en las zonas receptoras.

No queremos dejar de mencionar el caso de México, ya que constituye un nodo demográfico en el sistema migratorio regional, desempeñando un rol simultáneo como país de origen, tránsito, destino y retorno. Esta condición lo convierte en un verdadero «sistema migratorio completo», cuyas implicaciones demográficas son múltiples y complejas.

Desde el punto de vista de la emigración internacional, el perfil demográfico más afectado continúa siendo el de adultos jóvenes, principalmente entre 20 y 39 años, con niveles de escolaridad media y alta. Según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID), entre 2018 y 2023 emigraron cerca de 1,2 millones de personas, un 87,9 % hacia Estados Unidos, y un 6 % hacia Canadá (Paz, 2024). Esta pérdida de población en edad productiva afecta en particular a regiones tradicionalmente expulsoras como Guerrero, Oaxaca, Zacatecas y Michoacán, donde el vacío generacional agrava los procesos de envejecimiento rural y reduce el dinamismo económico local.

A nivel interno, México presenta una migración interregional sostenida, con desplazamientos desde estados con alta fecundidad y baja oferta laboral (Chiapas, Veracruz, Hidalgo) hacia zonas de mayor industrialización, como Nuevo León, Querétaro o la Ciudad de México. Este proceso produce un reequilibrio parcial de la pirámide poblacional en zonas receptoras, rejuveneciendo su base etaria, mientras deja a los estados de origen con una proporción creciente de personas mayores y dependientes. A mediano plazo, esta redistribución demográfica puede tensionar los sistemas de salud y pensiones en regiones rurales que pierden su fuerza laboral joven y activa.

Por otro lado, la migración de tránsito hacia Estados Unidos también ha producido efectos inesperados. Durante 2023, se registraron más de 782 000 eventos de personas en situación migratoria irregular en México (OIM, 2024). Aunque muchas buscan continuar hacia el norte, un número creciente de ellas ha quedado varado o ha optado por asentarse en el país, especialmente en ciudades fronterizas del sur y del norte. Esta población migrante —jóvenes en su mayoría, procedentes de Centroamérica, el Caribe, Sudamérica e incluso África— está alterando de forma significativa la composición etaria y cultural de ciudades como Tapachula, Ciudad Juárez, Tijuana o Monterrey.

Además, los procesos de retorno —y en especial las deportaciones desde Estados Unidos— también tienen un efecto demográfico notable. Solo en 2023, el Gobierno mexicano contabilizó más de 190 000 personas retornadas, muchas de ellas menores no acompañados (Gobierno de México, 2024). La reintegración de estos retornados representa un reto en términos de escolarización, inserción laboral y acceso a servicios, sobre todo en municipios pobres que ya enfrentan sobrecarga institucional.

México, por tanto, ilustra cómo los flujos migratorios no solo afectan la movilidad humana, sino que transforman de manera profunda los equilibrios demográficos regionales y nacionales: desde la estructura por edades hasta la distribución espacial de la población. La gestión de este proceso exige políticas públicas intersectoriales que reconozcan el peso de la dimensión demográfica en la toma de decisiones estratégicas.

Una dimensión complementaria, a tener en cuenta, son las migraciones climáticas, que ya se perfilan como una realidad creciente, comenzando a modificar los patrones poblacionales en zonas vulnerables del Caribe, América Central y el sur de México. La CEPAL y la OIM han advertido que fenómenos como el aumento del nivel del mar, las sequías o los huracanes pueden generar millones de nuevos desplazados en las próximas décadas (OIM, 2023; CEPAL, 2024). La anticipación de estas dinámicas es crucial para planificar políticas públicas de adaptación que no solo aborden el desplazamiento, sino que lo integren en estrategias demográficas y territoriales.

Por último, resulta pertinente mencionar brevemente el aumento sostenido de las migraciones hacia destinos no tradicionales como Europa del Sur (España, Italia, Portugal) y ciertas economías asiáticas emergentes, como Japón y Corea del Sur. A diferencia de los movimientos forzados o precarios que caracterizan buena parte de las migraciones regionales, estos flujos están compuestos en gran parte por profesionales cualificados, jóvenes con educación superior, competencias digitales, y dominio de idiomas, lo cual imprime un perfil demográfico específico: altamente capacitado, de entre 25 y 45 años, y con baja propensión al retorno.

Según datos recientes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el número de latinoamericanos con títulos universitarios residiendo en Europa ha crecido más del 30 % desde 2015, con especial aumento en los sectores de salud, tecnología, y servicios educativos (OCDE, 2023). En países como España, los venezolanos, colombianos y argentinos han ingresado masivamente al mercado laboral cualificado, reconfigurando el equilibrio en ciertos sectores profesionales y revitalizando demográficamente zonas urbanas en declive poblacional, especialmente en regiones con baja natalidad y envejecimiento acelerado (El País, 2024a).

El caso asiático presenta una dinámica más incipiente pero significativa. Japón, por ejemplo, ha facilitado desde 2019 la entrada de trabajadores latinoamericanos descendientes de nikkei2 (especialmente peruanos y brasileños), lo que ha permitido paliar en parte su déficit demográfico, pero también ha planteado desafíos de integración cultural y social, dada la distinta experiencia migratoria de esta nueva generación (Nippon.com, 2024).

Para los países de origen, sin embargo, este fenómeno también implica costos demográficos relevantes: la «fuga de cerebros» afecta a sectores estratégicos como la salud pública, la educación y la innovación tecnológica, donde la demanda interna supera ampliamente la oferta. Aunque las remesas representan una fuente clave de ingresos —solo en 2023, los países latinoamericanos recibieron más de 150 mil millones de dólares en remesas, liderados por México, Guatemala y República Dominicana (BBC, 2024)—, estas no siempre compensan el impacto de largo plazo que implica la pérdida de capital humano cualificado.

Demográficamente, esta tendencia amplía el mapa migratorio latinoamericano, revelando una fractura estructural entre quienes pueden movilizarse por recursos y habilidades, y quienes lo hacen por necesidad o desesperación. Así, el tablero demográfico de América Latina no solo se redefine desde dentro, sino también a través de sus diásporas, dispersas en circuitos cada vez más diversos y competitivos.

Así, los flujos migratorios actuales no solo deben ser entendidos como fenómenos sociales, sino como motores de cambio demográfico que inciden en la reconfiguración de la fuerza laboral, en la estructura por edades de la población y en el equilibrio entre regiones emisoras y receptoras. En un escenario de envejecimiento progresivo, estas migraciones pueden representar —si se gestionan adecuadamente— una oportunidad para dinamizar economías, diversificar perfiles demográficos y repensar el posicionamiento estratégico de América Latina y el Caribe en el contexto global.

El rostro urbano del cambio demográfico: megaciudades y nuevas fronteras sociales

La dinámica demográfica de América Latina y el Caribe no puede comprenderse sin observar su creciente urbanización. Si los anteriores epígrafes han mostrado cómo el envejecimiento poblacional, las migraciones y los desplazamientos internos reconfiguran los equilibrios demográficos, es en las ciudades —y en particular en las megaciudades— donde estos procesos adquieren forma visible y consecuencias tangibles. La concentración poblacional en entornos urbanos no solo responde a la búsqueda de oportunidades económicas o de servicios, sino que también refleja patrones históricos de desigualdad, abandono rural y cambios estructurales en la composición social. Este nuevo rostro urbano plantea desafíos inéditos para la cohesión social, el diseño de políticas públicas y la sostenibilidad de los territorios, haciendo de las megaciudades verdaderos laboratorios del cambio demográfico regional.

El siglo XXI ha consolidado a América Latina y el Caribe como una de las regiones más urbanizadas del mundo. Más del 80 % de su población reside hoy en ciudades, y un número creciente lo hace en grandes aglomeraciones urbanas que superan los cinco millones de habitantes. Estas megaciudades —como Ciudad de México, São Paulo, Buenos Aires, Lima y Bogotá— no son únicamente centros económicos y políticos; se han convertido en escenarios privilegiados donde confluyen los principales vectores del cambio demográfico: envejecimiento, migración, crecimiento desigual y movilidad interna (ONU-Hábitat, 2022).

La expansión de estas urbes no ha sido homogénea ni exenta de tensiones. En muchas de ellas, el crecimiento demográfico ha sido impulsado tanto por la migración interna —en particular desde regiones rurales en declive— como por la llegada de población extranjera, en particular jóvenes en edad laboral procedentes de países como Venezuela, Haití o del Triángulo Norte centroamericano (CELADE, 2023). Esta incorporación ha modificado de forma significativa la estructura por edades de las ciudades receptoras, rejuveneciendo sectores urbanos marcados por la baja natalidad o por el envejecimiento progresivo de la población local. Así, las megaciudades latinoamericanas se convierten no solo en polos de atracción, sino en espacios de transformación demográfica acelerada.

Sin embargo, esta concentración poblacional plantea también desafíos estructurales. La presión sobre las infraestructuras urbanas, los sistemas de salud y educación, la vivienda y el transporte ha puesto a prueba la capacidad de los gobiernos locales. Además, el crecimiento de cinturones periféricos y asentamientos informales, muchas veces vinculados a la llegada de migrantes o desplazados internos, ha dado lugar a nuevas fronteras sociales donde se expresa la desigualdad urbana de forma aguda. La distribución demográfica dentro de las propias ciudades refleja crivajes territoriales: mientras algunas zonas muestran indicadores similares a países envejecidos, otras conservan una composición marcadamente joven y dinámica (Rodríguez, 2021).

Estas transformaciones no solo afectan la planificación urbana, sino también la proyección de poder y representación dentro de los estados. En sistemas políticos que aún arrastran déficits en descentralización y equidad territorial, las megaciudades concentran no solo población, sino influencia política y económica. Esta realidad obliga a repensar el vínculo entre territorio, ciudadanía y Estado desde una perspectiva demográfica y estratégica (Bello, 2022).

Lima, por ejemplo, se ha consolidado como una de las metrópolis más grandes de Sudamérica, con más de once millones de habitantes y un crecimiento marcado por la migración desde el altiplano andino y, más recientemente, por la llegada masiva de población venezolana. En 2024, se estima que más de un millón de personas de esta nacionalidad residen en la capital peruana (El Comercio, 2024). Este flujo ha rejuvenecido la composición demográfica de distritos periféricos, donde predominan los jóvenes en edad laboral, al tiempo que ha intensificado la presión sobre servicios públicos y ha acentuado la expansión informal del espacio urbano. Según estudios recientes, más del 60 % del crecimiento urbano de Lima se ha producido fuera de esquemas de planificación formal (Revilla y Ramírez, 2021), generando una ciudad fragmentada tanto en lo físico como en lo social.

Una dinámica similar se observa en Bogotá, que ha experimentado una transformación demográfica significativa desde 2017 con la llegada de más de quinientos mil migrantes venezolanos, muchos de ellos menores de treinta años (Migración Colombia, 2024). Esta incorporación ha reconfigurado ciertos sectores de la ciudad, especialmente en localidades del sur y suroccidente, donde la demanda por vivienda, educación y empleo informal se ha disparado. A la vez, persisten profundas desigualdades territoriales: según el DANE (2023), las brechas en indicadores como esperanza de vida, acceso a salud y nivel educativo entre el norte y el sur de la ciudad se han acentuado, generando una polarización demográfica que refuerza los patrones históricos de segregación urbana.

Santiago de Chile, por su parte, presenta un caso particular de urbanización y envejecimiento simultáneo. Mientras comunas tradicionales como Providencia o Ñuñoa muestran signos avanzados de envejecimiento poblacional, otras como Quilicura, Independencia o Estación Central han experimentado un aumento notable de población extranjera joven. Entre 2016 y 2020, la inmigración procedente de Haití y Venezuela transformó la estructura etaria de estas zonas, llegando a representar hasta el 25 % de la población local (La Tercera, 2024). Esta redistribución demográfica ha planteado desafíos importantes en términos de acceso a servicios, transporte y vivienda, al tiempo que ha modificado el perfil sociocultural de los barrios. Aunque el Observatorio de Ciudades de la Universidad Católica ha documentado avances en integración institucional (Observatorio de Ciudades UC, 2023), la brecha entre comunidades ricas y vulnerables continúa siendo una de las más marcadas de la región.

En el caso de São Paulo, la ciudad más poblada del hemisferio sur, la dinámica demográfica reciente no se explica tanto por la llegada de migrantes internacionales como por un complejo entramado de flujos internos, crecimiento natural y movilidad regional. A diferencia de otras capitales latinoamericanas, donde los migrantes internacionales han alterado en profundidad la pirámide poblacional, en São Paulo el fenómeno dominante sigue siendo la urbanización ininterrumpida de poblaciones del interior de Brasil, sobre todo del Nordeste, que desde hace décadas alimentan la periferia urbana en busca de mejores oportunidades. No obstante, en los últimos años se ha sumado un número creciente de migrantes haitianos, bolivianos, venezolanos y senegaleses, muchos de los cuales se insertan en circuitos laborales precarizados —como la confección textil, el reparto o el trabajo doméstico— que acentúan la fragmentación socioespacial de la ciudad (Folha de S. Paulo, 2024). Esta heterogeneidad ha generado un paisaje demográfico donde conviven zonas de envejecimiento progresivo con distritos marcadamente jóvenes y multiculturales, como Brás o Pari, lo que supone un desafío adicional en términos de planificación urbana, políticas públicas diferenciadas y acceso equitativo a derechos.

Ciudad de México, por su parte, continúa funcionando como un imán demográfico de escala nacional y regional. Aunque ha visto una ligera desaceleración de su crecimiento en la última década, el dinamismo migratorio del centro del país, sumado al peso económico y administrativo de la capital, la mantiene como un nodo estratégico del sistema urbano latinoamericano. A diferencia de ciudades receptoras como Bogotá o Santiago, donde el influjo migratorio reciente ha tenido un peso proporcional más elevado, Ciudad de México presenta un patrón de concentración histórica de población que refleja tanto procesos de migración interna de largo plazo como asentamientos sostenidos de comunidades extranjeras —principalmente centroamericanas, sudamericanas y, en menor medida, asiáticas— integradas en estructuras urbanas complejas (El País, 2024b).

Más allá de sus especificidades locales, las grandes metrópolis de América Latina y el Caribe comparten una serie de rasgos estructurales que las vinculan como protagonistas demográficas del siglo XXI. En primer lugar, la mayoría de estas megaciudades presentan una marcada polarización territorial: las periferias —más jóvenes, vulnerables y de rápido crecimiento— contrastan con los núcleos urbanos consolidados, donde se concentra una población de mayor edad, con mejores condiciones de vida y acceso a servicios. Esta segmentación interna reproduce y amplifica desigualdades que no son solo económicas, sino también generacionales y territoriales (Cano, 2022).

En segundo lugar, la presión constante sobre los sistemas de salud, educación, vivienda y transporte representa uno de los principales retos para la gobernanza urbana. La capacidad de estos sistemas para adaptarse a una población cambiante —en edad, origen geográfico, estatus migratorio o estructura familiar— resulta clave para evitar fracturas sociales mayores. La presencia creciente de migrantes internacionales, desplazados internos o retornados no hace sino complejizar aún más este escenario, exigiendo respuestas coordinadas entre escalas de gobierno, niveles de planificación y políticas públicas.

Finalmente, estas megaciudades no son solo grandes concentraciones humanas: son, cada vez más, nodos de poder regional. Concentran población, producción, conocimiento y capacidad de decisión, convirtiéndose en escenarios donde se dirimen los modelos de desarrollo, las estrategias de sostenibilidad y las narrativas sobre el futuro demográfico del continente. Lo que ocurra en São Paulo, Bogotá o Ciudad de México tendrá repercusiones que trascienden las fronteras nacionales y condicionará las oportunidades vitales de millones de personas en las próximas décadas (PNUD, 2023).

De vuelta al origen: expulsiones, retornos y nuevos equilibrios poblacionales

Si bien este capítulo ha estado centrado en los procesos internos y regionales que configuran el panorama demográfico latinoamericano, resulta imposible cerrar el análisis sin atender a una dinámica cuya magnitud y urgencia se han intensificado desde comienzos de 2025: la de los retornos forzados y las deportaciones masivas. Este fenómeno, aunque no es nuevo, ha adquirido una nueva dimensión bajo la presidencia de Donald Trump, quien ha retomado el poder con una agenda migratoria aún más agresiva que en su primer mandato.

Desde su regreso a la presidencia en enero de 2025, Trump ha reinstaurado una agenda migratoria marcadamente restrictiva, reforzando el control fronterizo y acelerando las deportaciones de decenas de miles de personas, muchas de ellas jóvenes, laboralmente activas y con vínculos familiares consolidados en territorio estadounidense.

Entre las medidas que marcan esta nueva etapa se incluyen la suspensión de programas de admisión de refugiados y asilados, la expansión del poder del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) para realizar redadas y deportaciones masivas (The New York Times, 2024), y un recorte drástico en las vías legales para solicitar asilo. A esto se sumaron discursos abiertamente xenófobos desde la presidencia, que fomentaron un clima de hostilidad hacia los migrantes, sobre todo latinoamericanos.

Medidas como la reactivación del programa «Quédate en México»3 o el endurecimiento de los procesos de asilo han provocado un aumento significativo de los retornos forzados, especialmente hacia México, Centroamérica y el Caribe.

Entre las medidas más controvertidas destaca la utilización del Alien Enemies Act de 1798 para justificar la deportación de migrantes acusados de tener vínculos con pandillas, sin necesidad de pruebas judiciales concluyentes. Estas personas están siendo trasladadas a centros de reclusión en sus países de origen, como el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en El Salvador, la megacárcel impulsada por el presidente Nayib Bukele como símbolo de su política de mano dura (Villafranca, 2024). Aunque presentada como una estrategia de seguridad, esta práctica ha sido duramente criticada por organizaciones de derechos humanos, al considerar que fomenta detenciones arbitrarias y puede alterar profundamente el tejido social de las comunidades receptoras (HRW, 2024).

Simultáneamente, se han incrementado los vuelos de deportación hacia México, Centroamérica y el Caribe, operando desde Texas, Arizona y Florida con una frecuencia casi diaria. Según cifras del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), más de 120.000 personas fueron deportadas a la región solo en el primer trimestre de 2025 (DHS, 2025). Este volumen incluye tanto a adultos como a menores no acompañados, y refleja una política sistemática de vaciamiento de poblaciones migrantes consideradas «no deseadas».

En este contexto también se ha hecho visible —y ahora promovido activamente— el fenómeno de las autodeportaciones, un término que designa la salida voluntaria de migrantes presionados por el entorno institucional, las amenazas de encarcelamiento o la imposibilidad de renovación de permisos. Bajo la nueva Administración, esta práctica ha dejado de ser un fenómeno marginal y se ha convertido en una estrategia oficializada.

El Gobierno de Donald Trump ha empezado a ofrecer incentivos económicos, condonación de sanciones migratorias y acceso preferente a ciertos programas de repatriación asistida para aquellos migrantes que acepten abandonar el país por voluntad propia.

Deportaciones masivas en el segundo mandato de Trump
Figura 4. Fuente: Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos/Migración Colombia/Statista

A través del programa «Salida Segura», impulsado desde marzo de 2025, el Departamento de Seguridad Nacional ofrece a los migrantes indocumentados la posibilidad de salir del país sin ser detenidos, siempre que colaboren con su proceso de salida y renuncien a futuras solicitudes de residencia. Según cifras preliminares, más de 30 000 personas se habrían acogido al programa durante sus primeros dos meses de funcionamiento (U.S. CIS, 2025). Este mecanismo, aunque aparentemente voluntario, ha sido duramente criticado por organizaciones defensoras de los derechos humanos, que lo consideran una forma de coacción estructural, en la que la amenaza del castigo impulsa decisiones que técnicamente no son libres (AIC, 2025).

Si bien no se trata de deportaciones en sentido legal, estas salidas impactan del mismo modo en la estructura poblacional de los países emisores. Quienes se autodeportan suelen ser adultos jóvenes, en edad productiva, con experiencia laboral en sectores como la construcción, la agricultura o los servicios domésticos. Su regreso forzado, aunque voluntario en términos jurídicos, representa una ruptura personal, económica y comunitaria. Además, al no ser reconocidos como expulsados por el sistema legal, quedan fuera de los marcos tradicionales de asistencia y reinserción que ofrecen algunos países de origen.

Cabe señalar, además, que estas iniciativas han encontrado límites judiciales. En abril de 2025, el Tribunal Supremo de Estados Unidos suspendió temporalmente la implementación de ciertas medidas del programa de deportaciones masivas, al considerar que vulneraban garantías procesales y derechos fundamentales. Esta decisión, aunque provisional, abre un nuevo escenario legal que podría frenar —o al menos matizar— el impacto de las políticas más agresivas del nuevo gobierno (The New York Times, 2025).

En esta dinámica, la República Dominicana, desde octubre de 2024, bajo la presidencia de Luis Abinader, intensificó las deportaciones de migrantes haitianos en situación irregular, alcanzando ritmos de hasta diez mil expulsiones semanales. Según cifras oficiales, durante 2024 fueron deportados más de 276 000 extranjeros, en su gran mayoría ciudadanos haitianos, y solo en enero de 2025 se registraron más de 31 200 deportaciones (Hasbun, 2025). Esta política ha suscitado preocupaciones entre organizaciones de derechos humanos y agencias internacionales, debido a la falta de garantías en los procedimientos y al impacto humanitario sobre grupos vulnerables como mujeres embarazadas y menores de edad.

Más allá del terreno político o humanitario, estos desplazamientos tienen implicaciones duraderas en el mapa demográfico regional. Al alterar patrones de residencia, ciclos laborales y distribución etaria, están influyendo en el futuro mismo de países emisores: desde su mercado laboral y su sistema educativo hasta sus capacidades fiscales y su representación internacional. Lo que está en juego, en última instancia, es la construcción de nuevas formas de ciudadanía, arraigo y pertenencia en una región marcada por la movilidad, la desigualdad y el retorno no deseado.

Conclusión

Pensar la demografía en América Latina y el Caribe ya no puede limitarse a contar habitantes ni a observar curvas de natalidad o envejecimiento. La transformación poblacional que vive la región interpela estructuras de poder, modelos de desarrollo y pactos sociales que se creían estables. Lo que está en juego no es solo una transición cuantitativa, sino un reordenamiento profundo de las relaciones entre generaciones, territorios y Estados. Las cifras, por sí solas, no explican la fractura social que se abre cuando un país envejece antes de volverse rico, cuando una ciudad crece sin integración o cuando millones de personas son expulsadas o retornadas a contextos que ya no reconocen como propios.

Una de las grandes paradojas que este capítulo ha intentado señalar es que, en plena era de la movilidad, América Latina se enfrenta a múltiples formas de inmovilidad. La inmovilidad del Estado para diseñar políticas demográficas de largo plazo. La inmovilidad de sectores sociales atrapados entre la informalidad y la exclusión. La inmovilidad de los retornados que llegan a países sin mecanismos reales de reinserción. Esta tensión entre desplazamientos constantes y estructuras inmóviles es una de las principales fuentes de desajuste en el continente.

Las migraciones —que deberían ser vistas como oportunidad y no como amenaza— siguen siendo gestionadas, en gran medida, desde lógicas securitarias impuestas por potencias como Estados Unidos. La política migratoria se ha convertido en un instrumento de presión geopolítica, donde el control de fronteras se negocia como moneda de cambio y los cuerpos migrantes se convierten en herramientas de disputa electoral. El caso de las deportaciones masivas bajo el nuevo mandato de Donald Trump no solo ilustra esta lógica, sino que revela con crudeza cómo las decisiones de una potencia pueden modificar de forma abrupta las dinámicas demográficas de sus vecinos.

Otro de los aprendizajes fundamentales de este recorrido es que los procesos demográficos no son neutros. No afectan por igual a hombres y mujeres, a jóvenes y mayores, a ricos y pobres. Las brechas sociales tienden a cristalizarse en los márgenes: en las periferias urbanas donde se concentran los nacimientos, en las comunidades rurales que pierden población activa, en los barrios que reciben flujos de migrantes sin recursos. Allí donde la política pública no llega o llega tarde, la demografía se convierte en destino, y el territorio en trampa.

Pero el futuro no está escrito. América Latina y el Caribe disponen todavía de una ventana de oportunidad demográfica —aunque estrecha— para transformar su presente. No se trata solo de gestionar el envejecimiento o de contener las migraciones, sino de construir un nuevo pacto territorial y generacional que articule los derechos de quienes se quedan, los sueños de quienes se van y la dignidad de quienes regresan. Esto requiere un cambio de enfoque: dejar de tratar la demografía como un dato y empezar a entenderla como una herramienta para democratizar el desarrollo, redistribuir el poder y proyectar una visión estratégica de región.

En definitiva, el desafío no es solo adaptarse a las tendencias demográficas, sino disputar su sentido. ¿Queremos ciudades que concentren oportunidades o que reproduzcan desigualdades? ¿Queremos políticas migratorias que expulsen o que integren? ¿Queremos Estados reactivos o capaces de anticiparse? Las respuestas a estas preguntas no dependen de la demografía, sino de la política. Y es precisamente ahí donde América Latina y el Caribe enfrentan su prueba más compleja: la de construir una mirada estratégica que no se limite a gestionar crisis, sino que se atreva a pensar en el largo plazo, anticipando escenarios, articulando políticas públicas coherentes y entendiendo que cada decisión —en salud, vivienda, movilidad o educación— tiene efectos demográficos profundos.

La región no carece de recursos ni de talento, pero sí de voluntad política sostenida y de un proyecto común. Apostar por un desarrollo demográficamente consciente implica repensar el rol de los Estados, pero también fortalecer las capacidades locales, reconocer la centralidad de las ciudades, integrar a las diásporas como agentes de cambio y convertir los datos en brújulas de decisión. Solo así se podrá transformar una región marcada por la desigualdad y el desplazamiento en una región capaz de ofrecer futuro, porque la demografía no determina el destino de los pueblos, pero sí delimita el terreno en el que ese destino se juega.

Bibliografía

Rocío de los Reyes Ramírez
Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1]Declaración de Los Ángeles sobre Migración y Protección, firmada en junio de 2022 durante la IX Cumbre de las Américas. Disponible en: https://www.whitehouse.gov/briefing-room/statements-releases/2022/06/10/declaration-of-los-angeles-on-migration-and-protection/
[2]Personas que tienen ascendencia japonesa pero que nacieron o crecieron fuera de Japón.
[3]Este protocolo entró en vigor en enero de 2019, en el primer mandato de Trump (2017-2021). Consiste en que las personas migrantes y solicitantes de asilo tienen que esperar en México hasta que ese derecho les fuera autorizado, a fin de contener la inmigración ilegal.
    • Latinoamérica y el Caribe en el tablero demográfico: envejecimiento, migración y poder regional

    • Latin America and the Caribbean on the Demographic Chessboard: Ageing, Migration and Regional Power