IEEE. La guerra ha vuelto con fuerza a la geopolítica

Evolución del número de conflictos armados desde 1946 a 2023. Fuente: elaboración propia con datos de UCDP Charts, Graphs and Maps (UU.SE)

03 jun 2025

IEEE. La guerra ha vuelto con fuerza a la geopolítica

José Pardo de Santayana. Coronel de Artillería del Ejército de Tierra (DEM). Analista del IEEE (CESEDEN).

«Las perspectivas de paz en el mundo siguen siendo sombrías, con un aumento de los conflictos insolubles impulsados por la proliferación de partes, la superposición y diversidad de causas, la escalada de las tensiones geopolíticas y la creciente fragmentación. Así, la intensidad y el número de víctimas mortales de los conflictos armados siguen aumentando, con un incremento interanual del 37%».
(Armed Conflict Survey 2024)1

Introducción

Con el declinar de la Guerra Fría, en las sociedades occidentales se generalizó la idea de que la guerra como fenómeno que enfrenta a las principales potencias y a las sociedades más avanzadas había quedado superado por el progreso de la historia.

El triunfo del modelo liberal-democrático sobre su alternativa marxista-leninista se interpretó como el preámbulo de un momento histórico donde el resto del mundo terminaría convergiendo hacia el modelo de sociedad —tanto en lo político como en el ámbito económico e ideológico— consolidado en los países occidentales bajo la bandera de la libertad individual y la autonomía moral.

Francis Fukuyama se convirtió en el gran profeta de lo que se interpretaba como un momento axial de la historia humana. Así, en su famoso artículo «¿El fin de la historia?», escrito en 1989, en el que hace una lectura hegeliana —según la interpretación de Alexander Kojève— de lo que habría de llegar a ser un «momento absoluto», se puede leer:

«Al observar el flujo de acontecimientos de la última década, es difícil evitar la sensación de que algo fundamental ha sucedido en la historia del mundo. [...] El triunfo de Occidente, de la idea occidental, es evidente, en primer lugar, en el agotamiento total de alternativas viables al liberalismo occidental. [...] Lo que podemos estar presenciando no es solo el final de la Guerra Fría, o el paso de un periodo concreto de la historia de posguerra, sino el final de la historia como tal: es decir, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno humano. [...]

Esto no implica el fin de los conflictos internacionales per se. El mundo quedaría dividido entre una parte histórica y otra posthistórica. El conflicto entre los Estados que aún están en la historia, y entre dichos Estados y los del final de la historia seguiría siendo posible. [...] Pero los conflictos a gran escala deben implicar a grandes Estados que siguen atrapados en las garras de la historia, que son los que parecen estar desapareciendo de la escena. [...]

El final de la historia será muy triste. La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la vida por un objetivo puramente abstracto, la lucha ideológica mundial que exigía audacia, valor, imaginación e idealismo, serán sustituidas por el cálculo económico, la resolución interminable de problemas técnicos, las preocupaciones medioambientales y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores»2.

Sin embargo, el paso del tiempo ha venido a demostrar más bien lo contrario y aquel periodo que se inició «con visiones al alza de paz mundial, está terminando, tres décadas después, con crecientes riesgos de guerra mundial»3.

«Europa está experimentando el conflicto militar más devastador en generaciones. Una lucha brutal entre Israel y Hamás está sembrando la violencia y la inestabilidad en todo Oriente Próximo. Asia Oriental, afortunadamente, no está en guerra. Pero tampoco es precisamente pacífica, ya que China coacciona a sus vecinos y acumula poder militar a un ritmo histórico. Si muchos estadounidenses no se dan cuenta de lo cerca que está el mundo de ser asolado por feroces conflictos interrelacionados, quizá sea porque han olvidado cómo se produjo la última guerra global»4.

Estas guerras han reconfigurado la geopolítica al atraer a decenas de otros países y a una serie de temibles actores no estatales. De ese modo, el panorama internacional está dominado por una lógica confrontacional que, desde cosmovisiones antagónicas, ha puesto su confianza en la fuerza para conformar el futuro orden global según sus propios valores e intereses. Además, con los asombrosos progresos materiales de la humanidad, la guerra se ha vuelto más destructiva con perfiles potencialmente apocalípticos.

Innumerables son los titulares que alertan sobre la posibilidad de una tercera guerra mundial. La posibilidad de que se pueda producir ese escenario, más allá de que se llegue a materializar, condiciona las decisiones de los principales líderes mundiales. Del mismo modo, se corre el peligro de que las pasiones dominen sobre la razón en unas circunstancias donde se tiende a demonizar del contrario y donde algunos sectores defienden que solo queda espacio para la victoria5.

En EE.UU., el temor a que, en un contexto de distensión, el paso del tiempo favorezca a China y solo sirva para aplazar el choque entre ambas potencias debilita las voces que reclaman revertir estas dinámicas por medio de un dialogo estratégico similar al que conoció la Guerra Fría.

La segunda llegada de Donald Trump a la presidencia de EE.UU. probablemente suponga un cambio significativo, todavía difícil de evaluar, en la geopolítica global.

Los conflictos armados también están actuando como laboratorios de intensificación y aceleración de los procesos de transformación tecnológicos, geopolíticos y sociales que sacuden nuestro tiempo, abriendo nuevos escenarios de futuro condicionados por las grandes fracturas del sistema internacional.

Esta intensificación del fenómeno de la guerra es la consecuencia del desorden mundial que el embajador Dezcallar describe en el primer capítulo y en el que, parafraseando a Claudio Magris, afirma que cuando una época muere y otra no acaba de nacer nos encontramos en «la época de los monstruos».

No obstante, nada está escrito. Los múltiples intereses en juego en un mundo estrechamente interconectado y el temor a las catastróficas consecuencias de la guerra equilibran las fuerzas e inercias que empujan hacia la confrontación militar.

Este documento pretende reflexionar sobre el fenómeno de la guerra para comprender la gravedad de la situación actual y dar una oportunidad a un mundo más pacífico. Los conflictos bélicos siembran la semilla del odio, la revancha y la violencia y, por tanto, de nuevas guerras, aunque también hacen a las sociedades conscientes de la necesidad de sumar esfuerzos en favor de la paz. Tan malo es caer en el optimismo antropológico que presenta la paz como el estado natural y definitivo de la relación entre las naciones y dentro de ellas, como sostener el opuesto punto de vista hobesiano y maquiavélico que cierra la oportunidad a la conciencia humana para construir un mundo más justo y pacífico.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Como se puede ver en la figura 1, tras la Guerra Fría el número e intensidad de los conflictos armados se había ido reduciendo. Sin embargo, en el segundo decenio del siglo XXI, el proceso se invirtió, principalmente por el aumento de los conflictos internos internacionalizados, y la guerra volvió a ganar protagonismo sin que en Europa se le prestara la correspondiente atención porque afectaba a regiones periféricas y tenía un impacto reducido en el bienestar material de sus sociedades.

Además, algunas de aquellas guerras habían incubado movimientos e ideologías radicales que utilizan el terrorismo como modo de acción. Si al final de la Guerra Fría la victoria en la guerra afgano-soviética había impulsado el nacimiento de Al Qaeda —con su corolario del 11S— y las guerras en Oriente Medio habían propiciado la aparición de diversas milicias de carácter terrorista, la intervención estadounidense en Irak en 2003 desestabilizó Oriente Medio y sirvió de caldo de cultivo para la emergencia del Estado Islámico. Estas multinacionales del terrorismo lanzaron sus ondas de choque en todas las direcciones.


Figura 1: evolución del número de conflictos armados desde 1946 a 2023. Fuente: elaboración propia con datos de UCDP Charts, Graphs and Maps (UU.SE)

De este modo, las estrategias de seguridad nacional de las potencias occidentales se focalizaron en la lucha contra el terrorismo radical islámico de carácter transnacional, que se entendía como un fenómeno muy grave pero enraizado en una periferia resistente al progreso. La tesis de Fukuyama no quedaba, por lo tanto, refutada.

Todo ello distrajo la atención de Washington, aunque, ya en 2012, Graham Allison había advertido en un primer artículo —al que luego seguirían otro en 2015 y su renombrado libro en 2017— de que el ascenso de China terminaría generando una peligrosa lógica belicista:

«La postura cada vez más agresiva de China en el mar de China Meridional y en las islas Senkaku en el mar de China Oriental es menos importante en sí misma que como señal de lo que está por venir. Durante las seis décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la pax pacifica estadounidense ha proporcionado el marco económico y de seguridad en el que los países asiáticos han producido el crecimiento económico más rápido de la historia. Sin embargo, tras emerger como una gran potencia que superará a Estados Unidos en la próxima década para convertirse en la mayor economía del mundo, no es de extrañar que China exija revisiones de las reglas establecidas por otros. La pregunta que definirá el orden mundial en las próximas décadas será: ¿podrán China y Estados Unidos escapar de la trampa de Tucídides?»6.

No obstante, no fue hasta la estrategia nacional de seguridad (ENS) de EE.UU. de 2017 cuando las potencias occidentales se volvieron conscientes del cambio de marea en las tendencias globalizadoras y democratizadoras que sostenían la ilusión de avanzar hacia la paz perpetua pronosticada por Kant. Por primera vez desde el final de la Guerra Fría, la rivalidad entre las grandes potencias se presentó como la prioridad estratégica:

«China y Rusia desafían el poder, la influencia y los intereses estadounidenses, y tratan de erosionar la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos […] China y Rusia son poderes revisionistas que quieren configurar un mundo antitético a los valores e intereses de EE.UU.»7.

Así, en 2020, Robert C. O’Brien, asesor de Seguridad de EE.UU., afirmaba:

«Durante décadas, la opinión generalizada en EE.UU. fue que era solo cuestión de tiempo que China se volviera más liberal, primero económica y luego políticamente. No podíamos haber estado más equivocados: un error de cálculo que constituye el mayor fracaso de la política exterior estadounidense desde la década de 1930. ¿Cómo pudimos cometer semejante error? Principalmente por ignorar la ideología del Partido Comunista Chino. En lugar de escuchar a los dirigentes del PCCh y leer sus documentos clave, creímos lo que queríamos creer»8.

Sin embargo, como se explica en el Panorama Estratégico anterior9, en 1996 Pekín y Moscú habían firmado una asociación estratégica que tenía como objetivo oponerse al orden internacional unipolar y a que fuera la potencia norteamericana la que configura el orden global a su imagen y semejanza sin contar con el concierto de las otras potencias, por entonces todavía bastante debilitadas.

A pesar de la intensa rivalidad y desconfianza que reinaba entre ambos Estados vecinos, se fue produciendo una notable y progresiva aproximación entre estos en la medida en que se distanciaban del gran hegemón.

Mientras en China y en Rusia se iba vislumbrando la posibilidad de un choque de voluntades con EE.UU. y sus aliados, se fueron también desarrollando estrategias de acercamiento hacia los países no occidentales con el propósito de debilitar el liderazgo y dominio de Washington sobre el sistema internacional. El resentimiento todavía vigente en gran parte del mundo hacia el imperialismo y colonialismo de las potencias occidentales fue aprovechado y potenciado con fines geopolíticos.

Respuesta inadecuada

Tal como se ha expuesto, se prestó poca atención a la realidad objetiva que se estaba desarrollando fuera del mundo occidental y se puso toda la confianza en la propia visión subjetiva, a la que se daba alcance universal. Como Kissinger destaca en su último libro:

«Los líderes piensan y actúan en la intersección de dos ejes: el primero, entre el pasado y el futuro; el segundo, entre los valores permanentes y las aspiraciones de aquellos a quienes dirigen. [...] Deben equilibrar lo que saben, que se extrae necesariamente del pasado, con lo que intuyen sobre el futuro, que es intrínsecamente conjetural e incierto. Esta percepción intuitiva de la dirección es lo que permite a los líderes fijar objetivos y establecer una estrategia»10.

De ese modo, las decisiones que los líderes toman en relación con las políticas de seguridad nacional están condicionadas tanto por lo que esperan del futuro como por su propio sistema de valores, sus aspiraciones y su correspondiente forma de interpretar la realidad.

De este modo, el exceso de optimismo había llevado a que se desmontaran casi todos los mecanismos que se habían creado durante la Guerra Fría para la gestión de las rivalidades entre Moscú y las capitales occidentales. Se apostó por la capacidad de seducción del modo de vida occidental y de sus valores asociados ignorando la sana prudencia que aconseja la experiencia histórica.

Asimismo, en la última ESN de EE.UU., de octubre de 2022, se declara que: «la necesidad de liderazgo estadounidense es mayor que nunca. Nos encontramos en medio de una competición estratégica para configurar el futuro del orden internacional. [...] En respuesta, Estados Unidos liderará con nuestros valores»11.

Sin embargo, se puede comprobar que esta estrategia no está encontrando una buena acogida fuera del ámbito occidental: el resto del mundo cuestiona el liderazgo estadounidense y se resiste a los valores que Occidente representa, teiendo en cuenta que, además, la gran potencia norteamericana está profundamente dividida por una cuestión de valores.

Por otra parte, las Fuerzas Armadas de los países occidentales no se estaban preparando de manera adecuada para los conflictos armados venideros. En el caso de las capitales europeas, su seguridad descansaba en el hermano mayor norteamericano; en el de Washington, se pensaba que, aunque la superioridad tecnológica mostraba muchas lagunas en las guerras limitadas de carácter asimétrico, el enfrentamiento bélico con otras grandes potencias tendría un carácter eminentemente convencional, donde la supremacía militar y tecnológica le había de ser muy favorable.

«Tras la conmoción del 11S en 2001, la atención pasó a centrarse en las organizaciones terroristas, los insurgentes y otros grupos no estatales. La consiguiente “guerra contra el terror” relegó a un segundo plano la reflexión sobre los conflictos entre Estados. Por supuesto, la guerra fue una característica importante del periodo posterior al 11S. Pero fue un fenómeno muy circunscrito, a menudo de escala limitada y librado en lugares remotos contra adversarios oscuros. Durante la mayor parte de este siglo, la perspectiva de una guerra de gran envergadura entre Estados fue una prioridad menor para los pensadores y planificadores militares norteamericanos»12.

Por otra parte, el deslúmbrate éxito militar de la invasión de Irak en 2003 apuntaba hacia guerras convencionales muy ágiles y de corta duración con fuerzas relativamente pequeñas bajo el paraguas de una inteligencia militar muy avanzada y el empleo de medios y procedimientos de última generación. Con posterioridad se puso gran confianza en que la cuarta revolución industrial, la digital, no dejaría de jugar a favor de quien la estaba liderando: EE. UU.

«Hace poco menos de una década, existía un consenso cada vez mayor entre muchos expertos sobre cómo se reconfigurarían los conflictos en los próximos años. Serían más rápidos, se librarían mediante la cooperación entre personas y máquinas inteligentes, y dependerían en gran medida de herramientas autónomas como los drones. El espacio y el ciberespacio serían cada vez más importantes. [...] Las amenazas nucleares persistirían, pero serían limitadas en comparación con los peligros existenciales del pasado»13.

La cruda realidad

Con todo ello, desde 2017 la rivalidad entre las grandes potencias no ha dejado de intensificarse año tras año. A partir de 2022, el panorama se ha oscurecido aún más con la invasión rusa de Ucrania, la sombra del arma nuclear proyectándose sobre Europa y el posterior desencadenamiento de una serie de conflictos armados en Oriente Medio, región que, tras décadas de conflicto por poderes de baja intensidad, ofrecía razonables perspectivas de estabilización y desarrollo.

En la actualidad, cuatro grandes frentes, cada vez más interrelacionados, tienen el potencial de seguir deteriorando el panorama internacional y, en el peor de los casos, arrastrar al mundo sonámbulo hacia el abismo14:

  • En la guerra de Ucrania, Kiev y sus aliados se enfrentan al dilema de asumir un elevado riesgo nuclear o prolongar una guerra devastadora sin un claro horizonte de victoria mientras Moscú encuentra oxígeno en el sur global15. En 2025, la llegada de Trump abre un gran interrogante.
  • En Oriente Medio, el botón donde se abrocha la geopolítica mundial, el estallido de la guerra entre Israel y Hamás ha desestabilizado la región y más allá, amenazando con el inicio de diversos conflictos interestatales entre los que destaca una guerra a gran escala entre Irán e Israel16. El alto el fuego acordado en enero de este año permite una cierta esperanza.
  • La posibilidad de una guerra por Taiwán o por los múltiples puntos en disputa cercanos es un volcán contenido que focaliza la atención estratégica de los dos gigantes de la geopolítica mundial, obsesiona a muchos de los vecinos y puede afectar al resto del mundo.
  • Corea del Norte escenifica un espectáculo surrealista de actitudes cada vez más amenazantes. Su régimen está saliendo del aislamiento y se está reforzando gracias a la guerra de Ucrania y al desencuentro entre las grandes potencias. En Washington se teme que, si estos dos últimos teatros se inflamaran con los otros dos todavía activos, la situación se podría volver inabordable.

Otros dos conflictos ajenos a las potencias occidentales y asociados a fronteras no reconocidas como tales, entre la India y Pakistán y entre la India y China, tienen el potencial de convertirse en grandes guerras convencionales con implicaciones nucleares.

África, nuestro vecino del sur, a pesar de la poca atención que se le presta desde Europa, es el continente que más víctimas mortales ha tenido este último año a causa de la guerra.

«Allí las fricciones entre la República Democrática del Congo (RDC) y Ruanda y entre Etiopía y Somalia, así como el enfrentamiento entre Níger (junto con Mali y Burkina Faso) y la Comunidad Económica de los Estados de África occidental, en particular Nigeria, plantean riesgos significativos de escalada hacia conflictos interestatales»17.

Con Donald Trump de nuevo en la presidencia de EE.UU. algo cambiará, sin duda, en el panorama bélico mundial. En el momento de cerrar este documento (enero de 2025), su alcance resulta todavía difícil evaluar. En la guerra de Ucrania se abre un nuevo capítulo con el reto muy complejo e incierto de un proceso de paz con potenciales escenarios en un sentido y en el contrario según ese proceso afecte a la unidad en el seno de la UE. Oriente Medio pondrá a prueba el liderazgo de Trump. Sus estridentes declaraciones en relación con Canadá, Groenlandia y Panamá dan a entender que su foco geoestratégico va a ser claramente China y que ese reto requiere redimensionar el poder y la influencia de EE.UU.

«Vivimos tiempos de cambio y esta nueva Administración se va a formar partiendo de esta idea. No vienen a continuar ni a rectificar algunas políticas. Su ánimo es más radical y su voluntad firme, tanto por las características del personaje como porque solo va a tener cuatro años para desarrollar una política que busca provocar grandes cambios. Las prisas son evidentes»18.

El sur global toma la palabra

Mientras tanto, se estaba produciendo un fenómeno en la sombra que ahora está emergiendo a la superficie. Las naciones a las que ahora se designa con el término bastante ambiguo de sur global, venían observando como «el macho alfa» de la geopolítica mundial estaba siendo retado, podía perder su posición de privilegio y se acercaba la hora del relevo. Tras mucho tiempo en una jerarquía subordinada y molestos por el paternalismo occidental, ahora perciben la oportunidad de sacudirse la tutela de Occidente y de reivindicar el papel y la dignidad que creen que les corresponde.

Sin embargo, en las sociedades europeas apenas se prestaba atención a las guerras que asolaban algunos lugares de este nuevo sur. Bastaría con recordar la actitud de los Estados europeos durante el genocidio de Ruanda. Por lo tanto, no es de extrañar que, cuando se desencadenó la guerra de Ucrania, los países del sur global se resistieran a alinearse con las potencias occidentales para sancionar al Estado ruso agresor.

El ministro de Asuntos Exteriores de la India, S. Jaishankar, lo expresó de la siguiente manera: «Europa tiene que dejar de pensar que los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero que los problemas del mundo no son los problemas de Europa»19.

La guerra de Gaza ha distanciado aún más a las naciones de Occidente de la sensibilidad de los países en desarrollo por lo que perciben como un doble rasero en relación con la guerra de Ucrania.

La ampliación de los BRICS y su potencial desarrollo como foro alternativo al G7 está favoreciendo a las potencias revisionistas, ya que reduce significativamente la capacidad de EE.UU. y sus aliados para utilizar las sanciones y su domino económico por medio del dólar con fines estratégicos. La resiliencia económica mostrada hasta ahora por Rusia en la guerra de Ucrania es buena prueba de ello.

No obstante, todavía no está claro cómo van a evolucionar los BRICS en el futuro y cómo afectará esto a los equilibrios geopolíticos.

«Algunos de sus miembros, entre los que destacan China y Rusia, quieren situar a la agrupación en contra de Occidente y del orden mundial diseñado por EE.UU. La incorporación de Irán, adversario empedernido de EE.UU., no hace sino acentuar la sensación de que el grupo se alinea ahora en uno de los bandos de una batalla geopolítica de mayor envergadura. Otros miembros, en particular Brasil e India, no comparten esta ambición. Por el contrario, quieren utilizar el BRICS para democratizar y fomentar la reforma del orden existente, ayudando a guiar al mundo desde la desvanecida unipolaridad de la era posterior a la Guerra Fría hacia una multipolaridad más genuina en la que los países puedan moverse entre los bloques liderados por EE.UU. y China»20.

Quizá lo más preocupante sea cómo las ultimas guerras están favoreciendo un alineamiento tóxico y de gran impacto global de las potencias revisionistas con Irán y Corea del Norte, sacándolas del aislamiento al que estaban sometidas y reforzando su perfil de potencias medias.

La asociación militar de Rusia e Irán se forjó en 2015, cuando Rusia intervino en la guerra de Siria para respaldar al régimen de Basar al-Asad. Teherán concedió a Rusia acceso a una base militar en Irán desde la que podía lanzar ataques aéreos.

«Ambos países también establecieron una comisión militar conjunta para facilitar el compromiso de alto nivel entre sus generales, la formación de personal y la adquisición de armas. […] Pero desde 2022, Moscú y Teherán han llevado su cooperación en materia de defensa a un nivel completamente nuevo. Irán suministra ahora a Rusia drones de combate, misiles balísticos, proyectiles de artillería, munición para armas pequeñas, misiles antitanque, bombas de mortero y bombas planeadoras. Irán también ayudó a Rusia a construir una fábrica de drones en la región rusa de Tartaristán. A cambio, Rusia ha accedido a enviar a Teherán aviones de combate, helicópteros de ataque, aviones de entrenamiento y sistemas de radar. También ha compartido capacidades cibernéticas y de inteligencia». [...]

Irán y Rusia cooperan en mucho más que asuntos militares convencionales. [...] El Kremlin ha compartido información y tecnología secretas para ayudar a Teherán a desarrollar armas nucleares. Rusia ha aprovechado su puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a Irán de la rendición de cuentas por sus acciones desestabilizadoras y sus violaciones del derecho internacional. Moscú ha compartido información de inteligencia y ha proporcionado armas a grupos respaldados por Irán, como Hamás, Hezbolá y los hutíes»21.

En el caso de Corea del Norte, la colaboración, además de importantes cantidades de munición para Moscú, ha llegado incluso al despliegue de tropas norcoreanas en territorio ruso para combatir a las ucranianas en la región de Kursk. Esto ha desestabilizado la política interna en Corea del Sur y ha elevado también las alarmas en Japón.

Los alineamientos estratégicos y geopolíticos en torno a las guerras en curso están afectando gravemente a la pugna por la reconfiguración del futuro orden mundial entre las potencias occidentales y el bloque revisionista. La reciente caída del régimen sirio después de más de cincuenta años en el poder es un golpe serio para Rusia e Irán en Oriente Medio, pero lleva el peligro asociado de fortalecer al terrorismo yihadista a nivel regional y global. Moscú y Teherán han respondido firmando una asociación estratégica integral el 17 de enero.

Con todo ello, a pesar de que Washington todavía disfruta de la primacía militar mundial, el prestigio y la influencia de Occidente están siendo erosionados y cuestionados.

Panorama bélico global en cifras

El número, la intensidad y la duración de los conflictos en el mundo están en su nivel más alto desde antes del final de la Guerra Fría. Las guerras son cada vez más difíciles de abordar y presentan una mayor violencia armada en medio de una proliferación de actores, motivos complejos y superpuestos e influencias globales, entre los que destaca la progresiva internalización de los conflictos internos.

Esta tendencia se debe a la creciente competición entre las grandes potencias y a las posturas más asertivas en política exterior de muchas potencias emergentes en un contexto de gradual fragmentación geopolítica. Los recientes shocks provocados por la pandemia de coronavirus y la guerra en Ucrania se han sumado a los males de los Estados y regiones frágiles reforzando las causas de los conflictos al tiempo que se reducen los recursos para resolverlos o, al menos, mitigarlos22.


Figura 2: número de conflictos armados estatales por regiones de 1946 a 2023. Fuente: elaboración propia con datos de UCDP Charts, Graphs and Maps (uu.se)

En 2022 había 55 conflictos activos con una duración media de entre ocho y once años. Una década antes había 33 conflictos activos con una media de siete años23. Además de las dos guerras de Ucrania y Oriente Próximo, en 2023 había conflictos armados activos en otros cincuenta Estados. Como se puede ver en la figura 2, el mayor número de conflictos se está dando en África, seguido de Asia y Oriente Medio.

A escala global, la intensidad de los conflictos armados ha aumentado en el periodo que va del 1 de julio de 2023 al 30 de junio de 2024 con un 17% más de víctimas mortales de media por conflicto. Las muertes por sucesos violentos aumentaron un 37% interanual y alcanzaron casi las 200.000 en todo el mundo. Esto apunta a una situación cada vez más problemática en términos de necesidades humanitarias, de estabilización y de reconstrucción.

El mayor número víctimas mortales se dio en África subsahariana, con 62.631 muertos y un aumento del 28% respecto al año anterior, seguido de Oriente Medio y Norte de África, con 52.164 casos y un crecimiento del 315%; en Europa y Eurasia los muertos se elevaron a 38.789, lo que supuso un incremento del 2%; en Asia las cifras cayeron un 3% y alcanzaron los 21.347, así como en América, donde 17.845 víctimas mortales supusieron una reducción del 9%24.

La guerra como laboratorio tecnológico y acelerador de cambio

Las grandes guerras siempre han servido tanto de laboratorios de innovación militar como de aceleradoras y de instigadoras de profundos cambios geopolíticos. En este caso, con un mundo en plena revolución heraclitiana, el fenómeno se ha vuelto aún más incisivo.

Además, las potencias observan con atención el fenómeno bélico para sacar enseñanzas militares y evaluar la eficacia de la guerra como instrumento geoestratégico. Las conclusiones que obtengan, como es el caso de China en relación con Taiwán, pueden determinar los comportamientos futuros.

Con todas las partes en conflicto sometidas a amenazas existenciales tanto en Ucrania como Oriente Medio, estas guerras han tomado un carácter total y se desarrollan en todo el multidominio —terrestre, marítimo, aéreo, cibernético, espacial y cognitivo—, convirtiendo la teoría en realidad. No obstante, el temor a una escalada nuclear impone ciertos límites.

Al prolongarse las guerras, su carácter total ha obligado a consumir enormes cantidades de munición y otros recursos militares, con la consiguiente necesidad de recurrir a la economía de guerra.

«La era de la guerra limitada ha terminado; ha comenzado la era del conflicto total. De hecho, lo que el mundo está presenciando hoy en día se asemeja a lo que los teóricos del pasado han denominado “guerra total”, en la que los combatientes recurren a ingentes recursos, movilizan a sus sociedades, dan prioridad a la guerra sobre todas las demás actividades estatales, atacan una amplia variedad de objetivos y remodelan sus economías y las de otros países. Pero debido a las nuevas tecnologías y a los profundos vínculos de la economía globalizada, las guerras actuales no son una mera repetición de antiguos conflictos»25.

La interacción de un fenómeno de tal magnitud con las nuevas tecnologías, ya en pleno desarrollo antes de 2022 —y que encuentran ahora la oportunidad de experimentar— crea enormes sinergias. Así, por ejemplo, la IA está disponiendo de un inmenso volumen de datos reales, sin los cuales el avance sería muy difícil, que solo un conflicto armado de gran intensidad podía ofrecer.

«La inteligencia artificial (IA) ha permitido la proliferación y utilidad de sistemas no tripulados tanto en el aire como bajo el agua. Los drones han transformado los campos de batalla y se ha disparado la necesidad de contar con capacidades para contrarrestarlos. La importancia estratégica del espacio, incluido el sector espacial comercial, ha quedado patente más recientemente por la dependencia de Ucrania de la red de satélites Starlink para conectarse a Internet»26.

Sin embargo, estamos volviendo a ver amplios frentes atrincherados combinados con martilleos de artillería, lo que recuerda escenarios del pasado que se creían superados. Los satélites y los drones, utilizados de forma masiva, han hecho el campo de batalla trasparente, lo que dificulta la concentración de fuerzas necesarias para la ofensiva e induce el estancamiento.

Otra sorpresa ha sido el empleo en masa de drones y misiles de menor coste y desarrollo tecnológico con la finalidad de saturar las defensas, que se han impuesto sobre medios más sofisticados.

«Los avances en IA y sistemas autónomos, combinados con una nueva generación de tecnologías disponibles en el mercado y la reducción de los costes de fabricación, están permitiendo a los ejércitos y grupos armados devolver la “masa” al campo de batalla»27.

Además, resulta mucho más caro defenderse de un ataque masivo con medios menos avanzados que ejecutarlo.

«Así, cuando en abril de 2024, Irán lanzó contra Israel más de 300 armas, incluidos drones de ataque unidireccional, misiles de crucero y misiles balísticos con el apoyo de EE.UU. y de un puñado de países de Oriente Próximo, Israel repelió casi todas las armas. ¿Pero a qué precio? Un informe sugiere que el lanzamiento del ataque costó unos 80 millones de dólares, pero su defensa costó 1000 millones»28.

Tanto en Ucrania como en Oriente Medio se observa también la importancia que están adquiriendo los combates en los espacios marítimos. La vulnerabilidad que los buques de guerra están mostrando frente a drones aéreos y marítimos obliga a repensar el empleo del poder naval y, en particular, el de las grandes flotas.

«Salvaguardar la libertad de navegación ha sido históricamente una de las principales misiones de la Marina estadounidense. Pero su incapacidad para garantizar la seguridad del mar Rojo ha puesto en duda que pueda cumplir esa misión en un Indo-Pacífico cada vez más turbulento»29.

Es curioso observar cómo Turquía e Irán, países con los que no se contaba en el ámbito de la innovación militar, se han adelantado tanto a Rusia como a los otros países europeos en el desarrollo de drones. Esto, junto con el valor operativo que están adquiriendo estos medios baratos y fáciles de producir, eleva el número de Estados y actores de relevancia estratégica.

Además, el empleo de estas nuevas tecnologías se está generalizando también en conflictos armados de naciones menos desarrollas. En Sudán, por ejemplo, tanto los insurgentes como el Gobierno utilizan vehículos no tripulados y algoritmos en sus combates30.

En un contexto con tantas armas guiadas a distancia, la guerra electrónica gana enorme importancia. Rusia la está utilizando con mucha eficacia, lo que, por ejemplo, ha reducido el acierto de la artillería de largo alcance, como los HIMARS, contra sus objetivos en más de un 90%.

Una tecnología que está siendo probada por americanos y británicos en Oriente Medio contra drones aéreos y que podría reducir el coste por disparo de la defensa contra enjambres de drones son las armas de energía dirigida: armas que utilizan energía muy concentrada, como láseres o haces de partículas, en lugar de un proyectil sólido31.

La tecnología cuántica amenaza también con revolucionar el arte de la guerra. Aunque todavía tiene por delante grandes desafíos técnicos, será capaz de hacer indescifrable cualquier comunicación. En un teatro bélico donde se producen todo tipo de trasmisiones de orden e información a grandes distancias y donde el intento de interferirlas por medio de la guerra electrónica es vital, quien se adelante en este ámbito puede anular gran parte de la capacidad de combate de su oponente32.

El ritmo al que se producen los cambios y avances en las guerras está siendo frenético. En el caso de la IA, cada dos semanas aproximadamente se introducen innovaciones. De este modo, disponer de investigación y desarrollo, así como de una industria militar propia, resulta determinante en este contexto de permanente adaptación, ya que permite reaccionar de forma más rápida y adecuada a nuevas armas y tecnologías creando las contramedidas pertinentes33.

Si antes de 2022 la guerra en la zona gris y la guerra hibrida se veían como el modo con el que las potencias revisionistas retaban a sus rivales, ahora es un medio complementario de hostigamiento fuera del espacio propiamente bélico. Los ciberataques son el medio más utilizado para este fin, lo que obliga a proteger las infraestructuras críticas. Los Estados tendrán que reforzar sus ciberdefensas mediante una combinación de medidas regulatorias, nueva legislación y novedosos esfuerzos técnicos que puedan complicar la capacidad de los agresores para penetrar en las redes.

«A medida que la tecnología digital se va integrando cada vez más en todos los aspectos de nuestras vidas, la importancia de la ciberseguridad no puede dejar de recalcarse. Los estudios sugieren que los daños causados por la ciberdelincuencia podrían alcanzar los 10,5 billones de dólares anuales en 2025, por lo que la necesidad de contar con defensas sólidas debería ser bastante evidente»34.

Cuanto más duren estas guerras en curso, más radical será la transformación. El conocimiento y la experiencia adquirida dan una gran ventaja a los actores implicados en estas contiendas. Así, por ejemplo, aunque resulte antiintuitivo, Rusia, si no colapsa, saldrá reforzada porque dispone de un conocimiento y de una experiencia en el empleo de las nuevas tecnologías del ámbito bélico de enorme valor estratégico. Para Pekín, que aspira a disponer de unas fuerzas armadas de última generación, esta circunstancia aumenta el valor del vínculo que la une a Moscú.

De nuevo la amenaza de mutua destrucción asegurada

Quizá el factor que mayor influencia pueda llegar a tener en la reconfiguración geoestratégica del mundo sea el renovado protagonismo del arma nuclear. A la amenaza de su empleo por parte de Putin en la guerra de Ucrania hay que sumar el ritmo al que China está aumentando su arsenal nuclear. Según el informe anual al Congreso de EE.UU.:

«A mediados de 2024, la República Popular China (RPCh) superó las 600 cabezas nucleares operativas en su arsenal y tendrá más de 1000 en 2030, gran parte de las cuales se desplegarán en niveles de preparación más elevados. La RPCh continuará aumentando sus fuerzas al menos hasta 203535».

Hacia 2033, China podría alcanzar las 1500 cabezas nucleares desplegadas, igualando las que tienen EE.UU. y Rusia, y transformando por completo el equilibrio nuclear global. ¿Permitirá Washington que Moscú y Pekín combinadas puedan llegar a superar claramente su propia capacidad nuclear? ¿Qué terminarán haciendo la India y, en consecuencia, Pakistán? ¿Cómo reaccionará Israel si Irán cruza el umbral nuclear? ¿Qué harán las otras potencias regionales como Arabia Saudí y Turquía? Y en el lejano Oriente asiático, ¿cómo actuarán Japón y Corea del Sur frente a las constantes provocaciones de Corea del Norte?

Bob Woodward en War36, su último libro, describe un hecho que ya había sido publicado por Jim Sciutto37 en la CNN en marzo de 2024. Según ambos periodistas, a finales de 2022, los servicios de inteligencia estadounidenses, basados en información procedente de dentro del Kremlin, cifraron en un 50% las probabilidades de que Putin utilizara el arma nuclear táctica cuando los 30.000 efectivos desplegados y aislados al norte del río Dniéper corrían el riesgo de ser aniquilados.

Tampoco se puede olvidar la posibilidad de un accidente o error humano. En un reciente artículo de Foreign Affairs se puede leer:

«Desde que Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, ha puesto aproximadamente el 30 % de sus 5580 cabezas nucleares estimadas en una situación insosteniblemente precaria. Al principio de la guerra, las preocupaciones de que la invasión aumentara el peligro de una detonación nuclear o explosión accidental se centraron en el riesgo para las cuatro centrales nucleares de Ucrania y las amenazas de Rusia de escalar intencionadamente el conflicto más allá del umbral nuclear. Pero cuanto más intenta Ucrania atacar objetivos dentro de Rusia, más claro queda que la falta de voluntad de Rusia para proteger adecuadamente los arsenales nucleares que ha almacenado en su oeste —que ahora están a distancia de alcance de los misiles y aviones no tripulados ucranianos e incluso de las tropas ucranianas— supone un grave riesgo»38.

De todo ello se deriva la importancia creciente de la disuasión, lo que recuerda a los tiempos de la Guerra Fría, donde esta se constituyó como el componente principal de la dialéctica estratégica que enfrentaba a ambos bloques.

«Hoy en día, casi todos los debates sobre la política exterior y la seguridad nacional de EE.UU. se reducen al reto de la disuasión, que es una de las claves para gestionar la escalada: una tarea que, aunque no sea ni glamurosa ni gratificante, determina en gran medida la política de Washington tanto en Ucrania como en Oriente Medio»39.

Del mismo modo, el desarrollo de la IA no solo está revolucionando el campo de batalla, sino que, si no se consigue regular, algo en lo que se está poniendo gran empeño —hasta ahora sin resultados—, podría, a modo de aprendiz de brujo, crear una dinámica fuera de control. Los avances están siendo exponenciales y su valor como instrumento descansa en la velocidad de respuesta e integración de innumerables factores, lo que hace la intervención humana cada vez más marginal. Kissinger llegó incluso a afirmar:

«Estamos en la clásica situación previa a la Primera Guerra Mundial en la que ninguna de las partes tiene mucho margen de concesión política y en la que cualquier alteración del equilibrio puede tener consecuencias catastróficas. […] El destino de la humanidad depende de si EE.UU. y China se pueden llevar bien. El rápido progreso de la IA, en particular, les deja solo entre cinco y diez años para encontrar un camino»40.

Diversidad de actores implicados

Otra característica importante de la nueva era de conflictos más integrales es que el número y la variedad de actores sigue creciendo. Si en las guerras previas proliferaban los grupos terroristas, las milicias de diversa índole y los ejércitos improvisados, ahora hay que añadir los ejércitos convencionales tradicionales y las empresas tecnológicas, además de los múltiples actores que pululan por las redes sociales. Algunas de estas fuerzas no estatales están sorprendiendo por sus logros militares y su repercusión estratégica, como es el caso de los huzíes del Yemen que, con la ayuda de Irán, están poniendo en apuros a la Marina de EE.UU. y afectando seriamente a la navegación por la ruta del canal de Suez.

También se puede observar la participación de muchos mercenarios y voluntarios, nacionales y extranjeros, combatiendo junto a las fuerzas regulares en ambos bandos de la guerra de Ucrania. Además, por medio de los teléfonos móviles y las múltiples aplicaciones, los ciudadanos anónimos pueden aportar una información militar muy valiosa en tiempo real, lo que, sin empuñar un arma, desdibuja aún más la línea que diferencia al combatiente del no combatiente.

El modo en que los ciudadanos siguen los acontecimientos bélicos ha cambiado por completo. En la guerra de Ucrania se ha llegado a hablar de la primera guerra en fuentes abiertas.

La guerra del relato que acompaña y forma parte de las mismas guerras se está viendo muy potenciada por las nuevas tecnologías de la comunicación. Esto ha llevado a que se hagan enormes esfuerzos, en gran parte baldíos, para combatir la desinformación. No obstante, conviene tener en cuenta que la primera baja en todas las guerras es la verdad, no solo en defensa de la legitimidad de la causa, sino también como medio para facilitar la sorpresa, imprescindible para la ventaja militar.

Una perspectiva desde España

La distancia que separa España de los campos de batalla de Ucrania y de Oriente Medio reduce también el impacto inmediato de estas guerras en su territorio. Las tropas españolas desplegadas en la frontera este de la OTAN lo hacen, en principio, por compromiso y solidaridad con sus aliados. No obstante, la resolución de la guerra de Ucrania podría tener una incidencia determinante en el futuro de la Unión Europea, de modo que no puede descartarse incluso que esta se pudiera llegar a romper.

Cuando la guerra de Ucrania termine, y según esto ocurra, los países europeos tendrán que dedicar mucho esfuerzo militar y político para la seguridad del flanco este. En cualquier caso, el Estado español se verá obligado a aumentar significativamente su gasto en defensa.

Una preocupación suplementaria y vinculada a lo anterior es la presencia y actitud de Rusia en África, donde parece haber llegado para quedarse. Esto se presenta como un obstáculo para las esenciales relaciones de España y la UE con el continente y, muy en particular, para las estrategias de seguridad dirigidas a la región. De igual modo, preocupante es la posibilidad de que el Kremlin pueda instigar la desestabilización de alguno de los vecinos del sur como medio para obligar a las potencias occidentales a desviar la atención y los recursos en esa dirección.

Los numerosos conflictos bélicos propiamente africanos y su intensificación son una seria dificultad para el desarrollo del continente, pueden incidir de manera directa en la seguridad de España y afectan y, sobre todo, afectarán a la presión demográfica en dirección a Europa. Es solo cuestión de dos a tres décadas que uno de cada cuatro habitantes de la tierra sea africano41. Todo ello supone una prioridad para España, que se enfrenta al reto de convencer al resto de los europeos de que el flanco sur, su estabilidad y desarrollo son determinantes para el futuro de todo el Viejo Continente.

En el caso de los conflictos de Oriente Medio, estos pueden tener muchas derivadas. A las potenciales consecuencias económicas y energéticas hay que añadir las diplomáticas por las diferencias con Tel Aviv. Si la tensión escalara y alcanzara de lleno a Irán, podría llegar a tener un impacto global muy grave.

Del mismo modo, no podemos dejar de preguntarnos qué consecuencias puede llegar a tener, tanto en Oriente Medio como fuera de allí, la desesperación y el dolor de la población palestina como consecuencia de la guerra de Gaza. ¿Inducirá la gestación de alguna nueva versión del terrorismo yihadista o intensificará el ya existente? ¿Lanzará sus ondas de choque a las sociedades europeas o al Sahel, región donde, hasta ahora, más crecía aquel terrorismo?

El clima bélico de tensiones crecientes afecta también de forma grave a la seguridad cibernética de España y de sus socios europeos. Es de esperar que siga siendo así e incluso que se intensifique aunque se alcance algún tipo de paz en Ucrania.

Reflexión sobre la naturaleza de la guerra

El filósofo y jesuita Carlos Valverde consideraba al ser humano una realidad desconcertante. No lo entendía en un sentido positivo o negativo, sino más bien como la incapacidad de interpretar, explicar y prever los comportamientos humanos hasta sus últimos detalles y consecuencias42. De este modo, no habría ninguna teoría capaz de abarcar en su totalidad los fenómenos humanos. Siempre quedaría, de alguna manera, la capacidad del hombre para sorprenderse a sí mismo.

Nada resulta hoy más desconcertante que la guerra, su extrema violencia y destrucción, y el peligro de que pueda arrastrar al planeta hacia un Armagedón. En el mundo anglosajón —y por extensión, en Occidente—, el fenómeno bélico se ha interpretado principalmente desde las teorías idealista y realista, ambas con fundamentos filosóficos contradictorios y maximalistas (el hombre bueno por naturaleza —el buen salvaje— de Rousseau, por una parte, y el hombre lobo para el hombre de Hobbes, por otra), lo que ha impedido o, al menos, ha dificultado el necesario diálogo entre ambas corrientes de pensamiento.

Caer en el optimismo antropológico desarma a las sociedades frente al hecho constatable de que la contradicción y, en consecuencia, el conflicto está en la naturaleza humana —y donde hay conflicto existe la potencialidad de que este degenere en guerra—, y también lo está la capacidad del ser humano para abordar los conflictos con mayor o menor acierto. En la historia existen ejemplos para todos los gustos.

Los argumentos más comúnmente empleados para defender que avanzábamos hacia un mundo cada vez más pacífico eran los siguientes:

  • La teoría de la paz democrática: las democracias no hacen la guerra entre sí. Esto solo sería aplicable si realmente se estuviera avanzando hacia un mundo cada vez más democrático, que ni parece ser el caso ni hay una garantía absoluta de que, si ocurriera, deje de haber guerras. Aunque pocas, sí ha habido guerras entre democracias, y en particular entre EE.UU. y Gran Bretaña. Sin embargo, han sido muy numerosas las que ambos Estados han iniciado contra países no democráticos.
  • Siendo EE.UU. el garante de la seguridad de todas las principales democracias cabe preguntarse si la paz democrática no será en realidad la paz que la gran potencia norteamericana proyecta en su propio imperio.
  • La teoría de la interdependencia económica. Aunque con los intereses así creados es razonable pensar que se reduce la probabilidad de la guerra, la historia demuestra que no se elimina.
  • La paz perpetua de Kant. El influyente filosofo prusiano escribió en 1795 un opúsculo que tituló Zum ewigen Frieden. Ein filosophiscer Entwurf, que podría traducirse por Hacia la paz perpetua. Una propuesta filosófica y resumió, parafraseando el evangelio: «Buscad ante todo acercaros al ideal de la razón práctica y a su justicia; el fin que os proponéis —la paz perpetua— se os dará por añadidura»43. Pues bien, desde entonces ha habido tres guerras totales en Europa e innumerables de carácter limitado. No hay razones objetivas para pensar que el imperativo moral de Kant vaya a ser acatado sin más por la humanidad. Los hechos prueban más bien lo contrario.

En el campo opuesto del pesimismo antropológico vemos como Mearsheimer, que ha sido capaz de predecir con mucho detalle lo ocurrido en la guerra de Ucrania44 y que se presenta a sí mismo como un nuevo Maquiavelo (Mearchiavelli), afirma que: «Soy realista, lo que significa que creo que las grandes potencias dominan el sistema internacional y compiten constantemente entre sí en materia de seguridad, lo que a veces conduce a la guerra»45.

El profesor norteamericano establece como premisa de su teoría que la preocupación por ampliar su propia seguridad es el factor determinante que rige la relación entre las grandes potencias y, en consecuencia, el sistema internacional. Es cierto que cuando la preocupación por la seguridad es muy alta, como ocurre en la actualidad, esta se convierte en una prioridad y domina el panorama internacional, pero no lo es que esto tenga que ser necesariamente siempre así. No lo fue, por ejemplo, durante el mandato de Yeltsin en la Federación Rusa o durante los de Deng Xiaoping y Jiang Zemin en la República Popular China.

No obstante, el problema principal reside en fundamentar una teoría de las relaciones internacionales en un pensador tan oscuro como Hobbes, que niega el libre albedrío,46 o amoral como Maquiavelo, que defiende que, en la persecución de sus objetivos políticos, el fin justifica los medios, borrando todo límite ético y refiriéndolo todo a los resultados conseguidos. Al final, todo gira en torno al poder porque el más poderoso termina imponiéndose y el relato o discurso de valores queda reducido a un medio más de dominación.

Cuando no se abre una ventaba a la esperanza, se termina creyendo que todo es oscuridad. Otra cuestión distinta es tener en cuenta que en el panorama internacional no se pueden descartar los comportamientos hobesianos y maquiavélicos, lo que obliga a la prudencia. El equilibrio de poder no solo facilita la gestión de tal eventualidad, sino que reduce la percepción de amenaza y facilita la creación de mecanismos de gestión de la confrontación. Esta sana medida de cautela quedó descartada tras la Guerra Fría por considerarse innecesaria en un mundo que parecía dejar atrás mentalidades decimonónicas y marchaba inexorablemente hacia el triunfo de la democracia liberal que eliminaría las contradicciones que empujan a la guerra47.

Además, la propia experiencia de la guerra deja una honda huella en la interpretación que los seres humanos hacen de la realidad que les rodea. Así, por ejemplo, el pensamiento del mismo Hobbes (1588-1679) se vería condicionado por las sangrientas guerras civiles inglesas (1642-51), que coincidieron con una época clave de madurez en su producción filosófica48. De esta manera, en momentos de guerra e intensa confrontación geoestratégica, como los que estamos viviendo, las teorías realistas ganan vigencia.

Del modo contrario, la experiencia devastadora de la guerra y la violencia también puede inducir una profunda vocación de paz y una necesidad de reconciliación. Ese fue el caso del nacimiento del proyecto europeo tras las dos guerras mundiales o del énfasis de Nelson Mandela en el perdón dentro del espíritu africano de UBUNTU49. Para el secretario general de la ONU, António Guterres, «Mandela es un ejemplo que nos inspira a mejorar el mundo. Un aspecto central de su batalla civil fue el perdón»50.

Ni idealistas ni realistas aciertan en captar toda la complejidad de la condición humana frente al fenómeno de la guerra. Claudio Sánchez Albornoz afirmaba que «la libertad hace la historia y la historia la libertad»51, lo que supone que las sociedades humanas y sus líderes tienen la facultad de elegir entre el camino que conduce a la paz y el que apuesta por la guerra. Ninguna de las dos opciones está determinada, si bien cada momento histórico encuentra unas circunstancias y condiciones más o menos favorables a una u otra.

En estos momentos, las guerras en curso y el temor a las potenciales —en especial en torno a Taiwán y al mar de la China Meridional— se presentan como un serio obstáculo para un sistema internacional razonablemente justo y pacífico.

En los últimos años, en los que la tendencia a más actividad bélica no ha dejado de intensificarse y la dinámica tecnológica podría tener efectos contraproducentes, el dialogo estratégico entre las grandes potencias es más necesario que nunca.

Si la actual situación se prolongara por varias décadas y, más aún, si la animadversión entre las potencias antagonistas se siguiera acentuando, antes o después el mundo terminará resbalando por la pendiente de una devastadora guerra mundial.

Por ello, la prioridad debería ser invertir esa tendencia confrontacional estableciendo medidas de confianza y mecanismos de coexistencia. Como Graham Allison lleva proponiendo desde hace tiempo, el énfasis no debe ponerse en ganar la contienda entre las grandes potencias, sino más bien en evitar la guerra entre ellas y, al mismo tiempo, procurar que la rivalidad que las atenaza no propague el fenómeno bélico a otros lugares.

También se puede afirmar que, si Occidente quiere tener una influencia positiva en el resto del mundo, debe empezar por resolver sus propias contradicciones internas. Unas sociedades tan fracturadas y polarizadas en torno a sus propios valores ni pueden imponerse en la disputa por el diseño del futuro orden internacional ni mucho menos pretender que su cosmovisión se acepte como referente universal.

Conclusión

Tras la Guerra Fría, la excesiva fe en que la paz se abriría camino de la mano de la globalización y de la progresiva democratización del mundo debilitó los mecanismos y las actitudes mentales para oponerse a las voluntades de signo contrario que, por mucho que se las despreciara, no habían dejado de existir. Esto facilitó «paradójicamente» el avance del fenómeno bélico.

Aquellas ideas prevalecieron en las sociedades occidentales al menos hasta el año 2017, en el que la ESN de los EE.UU. reconoció la rivalidad entre las grandes potencias como su prioridad estratégica.

De este modo, las potencias revisionistas, que en 1996 habían firmado una asociación estratégica cuyo objetivo principal era acabar con el orden unipolar presidido por Washington, encontraron el camino libre para ir reforzando su posición internacional.

Mientras Pekín y Moscú eran conscientes de la importancia de cultivar la relación con las naciones del actualmente denominado del sur global, en los países occidentales —que tienden a mirarse el ombligo— apenas se prestaba atención a los conflictos armados que se producían allí.

Ahora, en la pugna por la configuración del futuro orden global, la guerra ha vuelto a recobrar protagonismo: Europa vive bajo sus efectos, la sombra del arma nuclear vuelve a proyectarse sobre su territorio y los conflictos armados en curso amenazan con una escalada muy peligrosa.

Además, existe el riesgo de que la ley del péndulo lleve a las sociedades occidentales del optimismo kantiano a un jingoísmo belicista. Ni el idealismo ni el realismo tienen la clave para abordar los retos a los que se enfrenta el mundo. No se debe perder la confianza en la libertad humana para encontrar el camino de la paz, ni descartar tampoco que esta pueda optar por el de la guerra. Hay que preparase para la guerra, al tiempo que se construye un contexto internacional propicio para la paz.

De momento, sería suficiente con conseguir que la tendencia de intensificación en la rivalidad entre las grandes potencias diera paso a una cierta distensión y se generara un dialogo estratégico al más alto nivel para evitar un desenlace no deseado y revertir la profunda desconfianza y hostilidad entre las partes enfrentadas.

José Pardo de Santayana
Coronel de Artillería del Ejército de Tierra (DEM).
Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

1Mia, Irene. (2024). Editor's Introduction [en línea]. Armed Conflict Survey 2024, IISS. [Consulta: 2025]. Disponible en: Armed Conflict Survey 2024: Editor's Introduction.
2Fukuyama, F. (1989). The end of History? [en línea]. The National Interest. [Consulta: 2025]. Disponible en: Fukuyama, Francis - The End of History | PDF | Georg Wilhelm Friedrich Hegel | Liberalism.
3Brands, H. (2024). The Next Global War: How Today’s Regional Conflicts Resemble the Ones That Produced World War II. Foreign Affairs.
4Ibidem.
5Pottinger, M. y Gallagher, M. (2024). No Substitute for Victory: America’s Competition With China Must Be Won, Not Managed. Foreign Affairs.
6Allison, G. (2012). Thucydides’s trap has been sprung in the Pacific. Financial Times.
7The White House. (2017). National Security Strategy of the United States of America. [Consulta: 2024]. Disponible en: NSS_BookLayout_FIN_121817.indd.
8O’Brien, R. (2020). How China Threatens American Democracy. Foreign Affairs.
9Pardo de Santayana, J. (2024). Las potencias revisionistas y el sur global. Panorama Estratégico 2024, IEEE. [Consulta: 2025]. Disponible en: Panorama estratégico 2024 - CESEDEN.
10Kissinger, H. (2022). Leadership: Six Studies in World Strategy. Nueva York, Penguin Press.
11The White House. (2022). National Securuty Strategy.
12Karlin, M. (2024). The Return of Total War: Understanding—and Preparing for—a New Era of Comprehensive Conflict. Foreign Affairs.
13Ibidem.
14Westad, O. A. (2024). Sleepwalking Toward War: Will America and China Heed the Warnings of Twentieth-Century Catastrophe?. Foreign Affairs.

Stavridis, J. y Ackerman, E. (2021). How the U.S. Could Sleepwalk into a War with China [en línea]. TIME. [Consulta: 2025]. Disponible en: How the U.S. Could Sleepwalk into a War with China | TIME.

15Pardo de Santayana, J. (2024). Rusia enrocada. Revista de Política Exterior.
16Mia, I. Op. cit.
17Ibidem.
18Portero, F. (2024). Qué Alianza [en línea]. El Debate. [Consulta: 2025]. Disponible en: Florentino Portero | Qué Alianza.
19Jaishankar, S. (2022). Declaraciones realizadas en el Foro GLOBSEC de Bratislava el 4 de junio. Youtube. [Consulta: 2025]. Disponible en: Russia-Ukraine War l Jaishankar Calls Out West Again, Questions 'Isn't Europe Funding The War?' (youtube.com).
20Gabuev, A. y Stuenkel, O. (2024). The Battle for the BRICS: Why the Future of the Bloc Will Shape Global Order. Foreign Affairs.
21Snegovaya, M. y Alterman, J. B. (2024). Iran and Russia’s Fragile Partnership: How America Can Divide Two of Its Main Adversaries. Foreign Affairs.
22Mia, I. Op. cit.
23Según el Uppsala Conflict data program disponible en: https://ucdp.uu.se/year/2022.
24Mia, I. Op. cit.
25Karlin, M. Op. cit.
26Ibidem.
27Horowitz, M. (2024). Battles of Precise Mass: Technology Is Remaking War—and America Must Adapt. Foreign Affairs.
28Ibidem.
29Ibidem.
30Milley, M. A. y Schmidt, E. (2024). America Isn’t Ready for the Wars of the Future: And They’re Already Here. Foreign Affairs.
31Horowitz, M. Op. cit.
32Giles, M. (2029). Cómo las armas cuánticas cambiarán las guerras del futuro [en línea]. MIT Technology Review. [Consulta: 2025]. Disponible en: Cómo las armas cuánticas cambiarán las guerras del futuro | MIT Technology Review en español.
33Horowitz, M. Op. cit.
34SentinelOne. (2024). What is Cyber Security? Types, Importance & Threats [en línea]. SentinelOne. [Consulta: 2025]. Disponible en: What is Cyber Security? Types, Importance & Threats.
35U.S. Department of Defense. (2024). Military and Security Developments Involving the People's Republic of China 2024, Annual Report to Congress [en línea]. U.S. Department of Defense. [Consulta: 2025]. Disponible en: Military and Security Developments Involving the People's Republic of China 2024.
36Woodward, B. (2024). War. Nueva York, Simon & Schuster.
37Sciutto, J. (2024). Exclusive: US prepared ‘rigorously’ for potential Russian nuclear strike in Ukraine in late 2022, officials say [en línea]. CNN. [Consulta: 2025]. Disponible en: Exclusive: US prepared ‘rigorously’ for potential Russian nuclear strike in Ukraine in late 2022, officials say | CNN Politics.
38Moon, W. (2024). How the War in Ukraine Could Go Nuclear—by Accident. Foreign Affairs.
39Ibidem.
40Kissinger, H. (2023). Henry Kissinger explains how to avoid world war three. The Economist.
41Robledo, R. (2024). Esperando a los bárbaros [en línea]. Panorama Estratégico 2024, IEEE. [Consulta: 2025]. Disponible en: Panorama estratégico 2024 - CESEDEN.
42Valverde, C. (1996). Génesis estructura y crisis de la modernidad. BAC.
43Kant, I. (1795). Hacia la paz perpetua. Un diseño filosófico. Alamanda.
44Mearsheimer, J. J. (2015). Why is Ukraine the West's Fault? Featuring John Mearsheimer [en línea]. Conferencia pronunciada en la Universidad de Chicago, 25 de septiembre. [Consulta: 2025]. Disponible en: Why is Ukraine the West's Fault? Featuring John Mearsheimer - YouTube
45Ver: Mearsheimer, J. J. en su propia página web: Mearsheimer | Home.
46Kreeft, P. (2023). Socrates Children, Volume III, flilósofos modernos. World on Fire.
47Fukuyama, F. Op. cit.
48Kreeft, P. Op. cit.
49Mthembi-Mahanyele, S. (2024). La política exterior de Sudáfrica [en línea]. [Documento de análisis del IEEE 49/2024, 10 de julio]. [Consulta: 2025]. Disponible en: Documentos de opinión - CESEDEN.
50Gisotti, A. (2022). El perdón los hará libres: La lección de Nelson Mandela [en línea]. Vatican News. [Consulta: 2025]. Disponible en: El perdón los hará libres: La lección de Nelson Mandela - Vatican News.
51Valverde, C. Op. cit.
    • La guerra ha vuelto con fuerza a la geopolítica

    • War has strongly returned to geopolitics