
09 dic 2025
IEEE. La política de vecindad en Asia meridional: un flanco débil de la política exterior india
Mario López Areu. Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas.
Introducción
El objetivo de este capítulo es analizar la política de vecindad de India en Asia meridional (subcontinente y océano Índico), la cual se ha centrado en preservar la posición de India como potencia hegemónica, primero frente al desafío pakistaní y ahora, ante China. La política de vecindad india presenta una paradoja: mientras India ha defendido una política de no‑alineamiento, ahora multialineamiento y no‑injerencia en la política doméstica para sí misma, en el caso de sus vecinos ella misma ha buscado el alineamiento, entrometiéndose en sus políticas domésticas. Esta actitud no solo ha supuesto un obstáculo a la integración regional en Asia meridional, sino que ha dado lugar a una reacción nacionalista en sus vecinos que ha abierto las puertas a la influencia china.
El capítulo sigue la siguiente estructura: primero, se analizará la evolución histórica de la política de vecindad india, centrándonos en tres períodos con sus propias doctrinas: el periodo desde la independencia hasta 1965, caracterizado por el liderazgo de Jawaharlal Nehru como primer ministro y su doctrina idealista; el periodo de 1965 a 1990, dominado por la doctrina Indira de la propia Indira Gandhi y su sucesor, Rajiv Gandhi. Por último, el periodo de 1990 hasta hoy, caracterizado por la liberalización de la economía india y su integración en la economía global. En la segunda sección, se ahondará en la actual política de vecindad india, analizando el Neighbourhood first del primer ministro Narendra Modi (2014‑presente). Tras esas dos primeras secciones generales, pasaremos a presentar las principales claves de las relaciones indias con sus vecinos: Nepal, Bangladés, Sri Lanka y Myanmar. Concluiremos el capítulo presentando algunas de las claves de la política de vecindad india a futuro en el cambiante orden regional del Indo‑Pacífico, con un particular énfasis en la integración regional y el futuro de la Asociación para la Cooperación Regional en el Sur de Asia (SAARC), la seguridad en el océano Índico y cómo afecta dicha política a la proyección del país como superpotencia.
La evolución histórica de la política de vecindad india
La base doctrinal de la política exterior de India no se puede comprender sin tener en cuenta su priorización de la preservación de su soberanía, entendida esta de manera amplia y multifocal —territorial, política, económica y militar— a través del principio de autonomía estratégica (Jaishankar, 2020).
La preservación de la autonomía estratégica es el pilar fundamental e innegociable de la política exterior india. En el caso de su vecindario, Asia meridional y el océano Índico, India está obligada a liderar la región para garantizar dicha autonomía estratégica. Las razones de esa obligación son varias. Primero, su posición geográfica, compartiendo frontera y actuando de nodo entre el resto de los países de la región (China, Pakistán, Nepal, Bangladés, Bután, Myanmar, Sri Lanka y Afganistán). Segundo, el ser la cuna histórica y cultural de la región. Tercero, su tamaño económico la hace ser la locomotora y el factor clave, comercial y logístico, del éxito o fracaso del desarrollo regional. La obligación de liderar presenta oportunidades, pero también desafíos para India y más en el fluido presente del Indo‑Pacífico, donde China busca expandir su esfera de influencia también hacia el sur.
En este primer apartado se va a examinar la evolución de la doctrina exterior india en sus tres fases históricas, con especial referencia a su política de vecindad.
Primera fase (1947‑1971): el idealismo de la doctrina Nehru
La primera fase (1947‑1971) de la política exterior india está marcada por la figura e ideas de Jawaharlal Nehru, el primer ministro que guio al país hacia la independencia del Imperio británico y lo lideró durante sus dos primeras décadas, dando forma a sus principales políticas de Estado. La doctrina Nehru en política exterior está caracterizada por conjugar el idealismo internacionalista con la preservación de la autonomía estratégica del país en un contexto de tensiones territoriales con sus vecinos China y Pakistán y entre los dos bloques ideológicos de la Guerra Fría.
El internacionalismo en la doctrina Nehru se explica en base a dos factores. El primero es la experiencia de las dos guerras mundiales, las cuales Nehru argumentaba tenían su origen en la confrontación entre nacionalismos excluyentes. Y la segunda es la causa anticolonial en Asia y África. Con Nehru, India ejerció un importante liderazgo en el proceso descolonizador posterior a la Segunda Guerra Mundial, promoviendo el acercamiento y hermanamiento entre los países de Asia y África con el objetivo de establecer una coalición poscolonial que hiciese frente al dominio occidental sobre el sistema internacional y reclamar su reforma.
El idealismo internacionalista en la doctrina Nehru, sin embargo, fue siempre de la mano de la preservación de la autonomía estratégica del país, la cual él veía condicionada por dos factores: su compleja realidad territorial y la polarización entre bloques de la Guerra Fría. En el primer caso, India se enfrentaba y enfrenta, a la necesidad de defender su integridad territorial en sus fronteras occidental, con Pakistán en Cachemira y norte, en los casi cuatro mil kilómetros de frontera no consensuada con China. En el segundo, la polarización entre los bloques estadounidense y soviético presentaba el desafío de que el alineamiento con cualquiera de los dos bloques implicaría de facto volver a una sumisión a una potencia extranjera que limitaría la autonomía de juicio y acción del país tanto en su política doméstica como exterior:
«No hemos abandonado nuestro derecho a decidir por nosotros mismos lo que debemos y no debemos hacer en cualquier tipo de circunstancias. El abandono de nuestro derecho a decidir implicaría ceder tanto nuestra autonomía de juicio como nuestra autonomía de acción» (Nehru, 2014: 275).
La defensa de la autonomía estratégica se plasmó en el desarrollo de los dos pilares normativos que informan la política exterior india: la doctrina Panchsheel, conocida también como los Cinco principios de coexistencia pacífica y la doctrina del No‑Alineamiento.
La doctrina de Panchsheel fueron unos principios normativos acordados entre India y la República Popular China en 1954 para regular su convivencia. Esta doctrina está compuesta por cinco puntos:
- Respeto mutuo a la integridad territorial y la soberanía de cada uno
- Acuerdo mutuo de no agresión
- Acuerdo mutuo de no interferencia en los asuntos internos de cada uno
- Igualdad y cooperación para beneficio mutuo
- Coexistencia pacífica
Panchsheel representa una apuesta por una interpretación poscolonial de las relaciones internacionales, cuya base fundamental es la inviolabilidad de la soberanía nacional y la autonomía de acción de los Estados, libre de injerencias externas.
El segundo gran pilar de la política exterior india ha sido la doctrina del no‑alineamiento. El no‑alineamiento emerge directamente del objetivo de preservar la autonomía de acción de India frente a las presiones de los dos bloques ideológicos de la Guerra Fría y así poder maximizar las oportunidades de cooperación internacional con cualquier país en beneficio propio.
La talla intelectual de Nehru hace que sus principios mantengan una importante influencia normativa en la política exterior india contemporánea (Mehta, 2009). Sin embargo, en la última década se ha extendido una línea de argumentación que achaca al idealismo de la doctrina Nehru el poco peso de India en la escena internacional vis‑à‑vis con otros países de tamaño similar. Esta corriente de pensamiento se apoya especialmente en la falta de contundencia india a la hora de preservar su espacio estratégico tras la reconfiguración geográfica en la Asia meridional poscolonial de los años 1950. Un primer ejemplo de esa falta de contundencia en relación con su vecindario sería el haber subestimado la importancia geoestratégica de la anexión china del Tíbet, que abría la frontera norte del subcontinente a la influencia china, pero también exponía a India militarmente, como se vio en la guerra de 1962 (Quanyu, 2005). Y otro ejemplo sería el haber derivado la disputa con Pakistán sobre Cachemira al Consejo de Seguridad de la ONU en 1948, en lugar de haber hecho uso de la superioridad militar india en ese momento —como sí ocurriría con Hyderabad en 1948 o con Goa en 1961— dando pie al enquistamiento de la rivalidad entre ambos Estados y a sus derivadas de seguridad, como son la carrera armamentística, la cuestión nuclear o el terrorismo.
En suma, el idealismo nehruviano fue capaz de armar una innovadora política exterior que buscó, ante todo, la autonomía política de India como Estado soberano en un contexto internacional de fuerte polarización y de inestabilidad regional, con los conflictos de Corea y Vietnam y de desafíos territoriales, con Pakistán y China. Y a su vez, fue un faro de optimismo en un mundo polarizado y de demanda de una democratización de la gobernanza global acorde con la nueva realidad poscolonial.
Segunda fase (1971‑1989): el giro realista de la doctrina Indira
La segunda fase (1972‑1989) en la evolución de la política exterior india se caracterizó por el abandono real, que no formal, de los aspectos más idealistas de la doctrina Nehru y el fortalecimiento de los más pragmáticos en relación con la protección de la soberanía nacional y la autonomía estratégica del país bajo la llamada doctrina Indira.
El factor clave en esta segunda fase aparece en la convergencia de intereses que tiene lugar entre EE.UU., China y Pakistán. Pakistán ya era, por separado, un aliado de China y EE.UU. con antelación. En el caso del primero, ambos países compartían disputas territoriales con India. Y en el caso del segundo, el alineamiento de Pakistán con el bloque capitalista, formando parte de SEATO y CENTO, supuso el apoyo estadounidense a sus posiciones en la cuestión de Cachemira y en las guerras indo‑pakistaníes de 1965 y 1971. La convergencia de las posiciones antisoviéticas de EE.UU. y China, sin embargo, daba lugar a un desafío geoestratégico mucho más importante. Dicha situación llevó a India a pivotar hacia la otra gran superpotencia, la Unión Soviética, dando lugar al que será el acuerdo internacional más significativo firmado por India hasta hoy: el Tratado Indo‑Soviético de Paz, Amistad y Cooperación de 1971. La firma del tratado impulsó una relación especial traducida en una intensa cooperación económica y militar y en el apoyo soviético a las posiciones indias en relación con la disputa territorial con Pakistán, pero también de apoyo diplomático indio a la URSS, como por ejemplo durante la invasión soviética de Afganistán (1979‑1989).
El alineamiento EE.UU.‑China‑Pakistán y el posicionamiento del Consejo de Seguridad de la ONU, salvado por los vetos soviéticos, a favor de este último en el conflicto de Cachemira, unido a un modelo económico autárquico a nivel doméstico condicionaron la estrategia exterior de India en este periodo. India se convierte entonces en lo que C. Raja Mohan (2003) ha definido como «un halcón de la soberanía». Una posición caracterizada por un sentimiento de agravio, que fomenta la desconfianza hacia la arquitectura de gobernanza global, que se considera opera en contra de los intereses indios.
Con esa interpretación del contexto internacional, la doctrina Indira vira la política exterior india hacia la realpolitik y la protección de los intereses nacionales por encima del cumplimiento de las normas internacionales. Esto conlleva un alejamiento de India de los acuerdos multilaterales, basada en posiciones maximalistas de rechazo a cualquier injerencia externa en las decisiones políticas indias. Siendo un ejemplo ilustrativo de ello el rechazo a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear o la actitud de bloqueo ante los tratados comerciales que empezaban a negociarse a través de las rondas internacionales primero bajo el paraguas del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) y más adelante de la Organización Mundial del Comercio (OMC). La posición de India y su capacidad para coordinar a un gran número de países, a través de sus alianzas tercermundistas del NAM y el G77, fueron clave para el fracaso, o al menos el lento progreso, de los tratados durante el periodo anterior a los años dos mil. Más recientemente, también hemos visto una posición similar de India en las rondas de negociación dentro de los acuerdos internacionales en la lucha contra el cambio climático.
A nivel regional, la doctrina Indira se tradujo en una mayor proyección del poder indio en Asia meridional y su aserción como potencia hegemónica regional a través de una suerte de doctrina Monroe (Hagerty, 1991: 352). Dicha doctrina Monroe india se basaba en tres ejes: 1) que ninguna potencia extranjera debe involucrarse en los asuntos regionales de Asia meridional; 2) que cualquier intromisión extranjera en Asia meridional que no reconociese la preeminencia india será considerada como contraria a sus intereses, y 3) que cualquier asistencia externa requerida por un Estado de la región debe ser siempre dirigida primero a India.
La influencia de la doctrina Indira en Asia meridional es fundamental porque supone un fuerte cambio de estrategia hacia el vecindario. Si bajo la doctrina Nehru, India siguió una estrategia de generosidad, amistad y no‑intromisión en los asuntos domésticos de sus vecinos, con Indira se adopta una posición de realismo ofensivo en el que las intromisiones se vuelven la norma. Así, India participa activamente en la guerra de independencia bangladesí contra Pakistán en 1971, de nuevo actúa en Bangladés en 1975 tras el asesinato de Mujibur Rahman e interviene para favorecer el sí en el referéndum de 1975 a favor de la abolición de la monarquía en Sikkim y su incorporación a la república india.
La aserción proactiva india en Asia meridional establecida por la doctrina Indira continuó tras la muerte de su proponente, bajo el liderazgo de Rajiv Gandhi quien heredó un vecindario inestable y una compleja situación doméstica, tras el asesinato de Indira por parte del separatismo sikh. A nivel macro, la derrota de Pakistán en la guerra de 1971 y la pérdida de sus territorios en el este, por un lado y el test nuclear indio de 1974, consolidaron la alianza sino‑pakistaní que tanto preocupaba a India desde un punto de vista de envolvimiento geoestratégico. A nivel micro, varias crisis empujaron a India a un mayor intervencionismo en el vecindario. Primero fue el estallido de la guerra civil esrilanquesa en 1983 que dio lugar al pogromo antitamil del Julio Negro ese mismo año y la llegada de miles de refugiados a India. En Maldivas, el intento de golpe de Estado de 1988 obligó a la rápida intervención india para preservar el gobierno democrático de Abdul Gayoom. Y, por último, la estrategia del rey Mahendra en Nepal, buscando la equidistancia entre China e India, acabó con el embargo indio al país en 1989 que daría lugar al fin del régimen feudal del Panchayat Raj y la transición democrática en el país.
En suma, durante esta fase de realismo ofensivo de la doctrina Indira entre 1971 y 1989, India participó en una gran guerra y en tres conflictos regionales, además de varias intervenciones de menor calado en Asia meridional, una intensidad de actividad mayor que en cualquier otro momento en la historia moderna del país.
Tercera fase (1990‑presente): liberalización económica y ambiciones globales
La tercera fase en la evolución de la política exterior india comienza tras el colapso de la Unión Soviética. Esta fase está determinada por el ímpetu al libre comercio y la globalización neoliberal derivadas de la hegemonía estadounidense, que hizo que el modelo económico indio de autarquía también cayese en descrédito y el fin de la política de bloques de la Guerra Fría, que volvió obsoleta la concepción existente de no‑alineamiento.
El descrédito del anterior modelo económico condujo a la liberalización de la economía india, iniciada con las reformas lanzadas por el Gobierno de Narasimha Rao en 1991 y consolidada por sus sucesores hasta hoy. Desde la apertura económica, la tasa de crecimiento del PIB ha pasado del perenne 3 % anterior a una media del 6‑7 % anual desde comienzos de siglo; asentada sobre una sólida base, la exportación de bienes, servicios, capital y mano de obra cualificada (Kochhar et al., 2006). De hecho, India es la economía del G20 que más crece en el periodo post‑pandemia. La fortaleza de la economía india tras la liberalización ha disipado las dudas sobre el aperturismo del país, dándole una mayor confianza en su capacidad para competir en la economía global. Esa mayor confianza y el incremento en los flujos de inversión extranjera en India y de inversión india en el extranjero han dado lugar a una convergencia de intereses comerciales y a la integración en la economía global, reactivando el interés indio por influir en los foros de decisión económicos multilaterales. En comparación con su gran rival regional, China, el capital indio invirtió en el extranjero 14 000 millones de dólares en 2007, frente a los 18 000 millones chinos (Mattoo y Subramanian, 2008: 64). Y lo que es más importante, las compañías indias tienden a invertir en industrias de alta tecnología y mano de obra cualificada y, a menudo, dentro de las grandes economías globales, como EE.UU. y la UE (Ramamurti y Singh, 2008: 53).
Si la integración de India en el orden económico liberal comenzó en la década de 1990, su acercamiento político y militar a Occidente, en particular EE.UU., se inicia tras el lanzamiento de la guerra contra el terror de la administración estadounidense de George W. Bush (2000‑2008) y se ha consolidado con la llegada al poder de Xi Jinping en China (2013‑presente).
Como ya se ha apuntado, históricamente las potencias occidentales habían priorizado la relación con Pakistán, visto como un país alineado con el bloque capitalista. Esta situación, unida a la fuerte ascendencia anticolonialista, había instaurado dentro del cuerpo diplomático indio una actitud instintivamente hostil hacia las posiciones estadounidenses y occidentales (Datta‑Ray, 2013: 246).
Sin embargo, la constatación de la conexión islamista en Pakistán tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 produjo un cambio de postura en EE.UU. hacia su aliado tradicional. Esto, unido a los ataques perpetrados por grupos armados pakistaníes en India, como el de Mumbai en 2008, creó un primer acercamiento entre India y EE.UU. en el ámbito de la inteligencia antiterrorista. A su vez, la promoción de la democracia en el mundo, parte del andamiaje ideológico más amplio de la guerra contra el terror, encontró en India, la mayor democracia del mundo por población, un símbolo en una región dominada por regímenes autoritarios.
Si la experiencia compartida del terrorismo islamista abrió la puerta a la superación de las suspicacias en las relaciones indo‑estadounidenses, la consolidación de China como superpotencia revisionista, bajo el liderazgo de Xi Jinping, ha estrechado aún más los lazos entre los primeros. EE.UU. ve a India como un actor de peso en la coalición de países que pueden actuar como contrapeso a las ambiciones hegemónicas de China en el Indo‑Pacífico.
A nivel regional, esta tercera fase se caracteriza por la creciente influencia de China en Asia meridional. La intromisión china se puede explicar por dos factores. El primero es un natural intento por parte de China por liderar el orden en el Indo‑Pacífico, a través de proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta. El segundo, es la presuposición india de que, a través de un incremento de su influencia en el subcontinente, China busca contener la proyección india, al obligarla a gastar esfuerzos y recursos en retener su posición hegemónica, dejando vía libre a China en el resto de Asia. Ante la creciente amenaza china, India está manteniendo su estrategia de realismo ofensivo en Asia meridional, con actuaciones militares como en el alto del Doklam en Bután en 2017 o las más recientes acciones contra Pakistán tras la crisis de Pulwama en 2019 o contra China en Galwan en 2020‑2021, pero reforzándola con una mayor integración en la coalición liberal en el Indo‑Pacífico, a través de iniciativas como el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD) o el Corredor India‑Oriente Medio‑Europa; al igual que reforzando su proyección económica a través de la Act East Policy con el Sudeste Asiático.
La política de vecindad hoy: el Neighbourhood first de Narendra Modi
La llegada al poder en 2014 de Narendra Modi supuso un punto de inflexión en la política india y para su política exterior. Esta afirmación se fundamenta en que la popularidad de Modi ha servido para consolidar a lo largo de la última década un cambio de paradigma ideológico en India, pasando de la hegemonía de las ideas y políticas del Congreso Nacional Indio a las del Bharatiya Janata Party (BJP en sus siglas en inglés) (López Areu, 2018: 114).
El BJP, como partido hinduista, aboga por una reconceptualización de la idea fundacional de la nación india, desarrollada durante los años de hegemonía política del Congreso Nacional Indio, que concibe la esencia de la indianidad en su carácter multiidentitario y el valor compartido del respeto a la diversidad (Khilnani, 1997). Por su parte, el BJP aboga por una concepción de la nación india equivalente al hindu rashtra o nación hindú.
Desde la óptica de la política exterior, este cambio implica el desplazamiento del idealismo nehruviano por un realismo nacionalista, asentado sobre el análisis que el Gobierno hace del orden internacional actual, el cual percibe en un proceso de cambio, en el que la normatividad liberal derivada de la hegemonía occidental post-Guerra Fría ha dado paso a una competición abierta entre potencias, en la que el interés nacional es supremo. Desde esa óptica, la política exterior india ha tomado impulso bajo la década en el gobierno de Modi y de su influyente ministro de exteriores, Subhramanyam Jaishankar. En el contexto regional ese impulso se ve reflejado en la iniciativa del Neighbourhood first.
Al inicio de su primer mandato, en abril de 2014, Modi buscó un golpe de efecto y simbolizar la importancia de Asia meridional en su lista de prioridades en política exterior invitando a su toma de posesión a los líderes de todos los países miembros de la Asociación para la Cooperación Regional del Sur de Asia (SAARC) - Pakistán, Nepal, Bangladés, Bután, Sri Lanka, Maldivas y Afganistán. Unos meses más tarde, en la XVIII cumbre de la SAARC, celebrada en noviembre de 2014 en Katmandú (Nepal), India promovió una declaración conjunta que abogaba por una revitalización de la organización regional para acelerar el paso en la integración económica en el vecindario. Dicha declaración, conocida como la Declaración de Katmandú, suponía un primer paso de la iniciativa Neighbourhood first.
La política de Neighbourhood first se articula en base a tres ejes de acción y dos enfoques de trabajo. Los tres ejes son la promoción del comercio intrarregional, la profundización de la conectividad interestatal y la cooperación en seguridad. Mientras que los dos enfoques de trabajo son el desarrollo de la confianza mutua entre India y sus vecinos a través del contacto y diálogo directo y pasar de las promesas a los hechos, reduciendo el déficit histórico en el cumplimiento por parte de India de los acuerdos bilaterales y regionales (Muni, 2017: 122).
En los dos primeros años del Neighbourhood first, varias iniciativas dieron pie al optimismo en relación con la nueva política de vecindad india. En el ámbito del comercio y la conectividad, en 2015 se impulsó la Comisión Bangladés‑Bután‑India‑Nepal (conocida como BBIN) para promover iniciativas conjuntas entre estos países en áreas como la interconexión energética, el transporte de mercancías o la gestión de los recursos hídricos, todas ellas de relevancia para los países más pequeños en su búsqueda de mejor acceso al mar y, por tanto, a los mercados globales (Das, 2023: 32). En el ámbito de la seguridad, India promovió la iniciativa Security and Growth for All in the Region (SAGAR) en el océano Índico, junto a países como Sri Lanka, Maldivas, Mauricio o Seychelles; y la Lokh Sabha ratificó en 2015 el acuerdo indo‑bangladesí que consensuaba los límites fronterizos de ambos países y que llevaba paralizado desde 2011. Además, Modi llevó a cabo una intensa agenda de visitas bilaterales a los países de la región, donde buscó entablar relaciones de confianza con los respectivos jefes de gobierno y ciudadanía, destacando los lazos culturales e históricos, pero también ofreciendo ayuda al desarrollo, en forma de préstamos blandos y ayudas a fondo perdido, además de colaboraciones en ámbitos de poder blando como la cultura o la educación superior.
Sin embargo, tras ese impulso inicial, pronto la nueva política de vecindad comenzó a torcerse por dos razones. La primera, fue la intensificación de la continua rivalidad con Pakistán y China, obstáculo histórico a la integración regional. Y la segunda, la propia torpeza india a la hora de lidiar con las desavenencias con el resto de los vecinos más pequeños.
La rivalidad histórica con Pakistán y China presenta dos desafíos. En el caso del primero, cómo lidiar con el auge del terrorismo y el extremismo religioso en Pakistán y Afganistán, particularmente tras la retirada occidental y el retorno de los talibanes al poder en Kabul y también cómo prevenir que la polarización indo‑pakistaní obstaculice las iniciativas en SAARC a favor de la integración regional. En el caso de China, el principal desafío es cómo contener la cada vez mayor presencia e influencia del vecino del norte en Asia meridional. La realidad es que Beijing es ya un actor clave en el subcontinente, tanto en el ámbito económico como de seguridad y además los países más pequeños de la región ven en la presencia de China una oportunidad para escapar de la dependencia india y pivotar así entre ambas potencias en beneficio propio.
En relación con este segundo punto, cabe destacar que los países de la región se han vuelto mucho más nacionalistas en la última década, reflejando la tendencia a nivel global. Los liderazgos nacionales, con frecuencia, adoptan posiciones nacional‑populistas en relación con India como forma de reforzar su popularidad doméstica. A menudo, la relación con Nueva Delhi se ve determinada en base a si esta apoya al partido en el gobierno; si no, se le acusa de intrusismo en la soberanía nacional (Das, 2023: 28). Dentro de esta dinámica nacional‑populista, India no ha sabido reaccionar inteligentemente, lanzando ataques retóricos y haciendo uso de su posición económica dominante como formas de presión. Un ejemplo ilustrativo de esta situación fue el embargo extraoficial que sufrió Nepal en 2015 por parte de India, percibido por la opinión pública nepalí como un intento por influir en el proceso constituyente que estaba teniendo lugar en el país y que supuso un punto de inflexión para la consolidación de un sentimiento anti‑indio entre la opinión pública nepalí (López Areu, 2015).
Estos errores no forzados en la política de vecindad no solo han dado al traste con los éxitos iniciales de la iniciativa Neighbourhood first de consolidación de una relación de confianza mutua, sino que han supuesto abrir un flanco de debilidad en la posición geopolítica india, en particular en relación con China. La crisis de Galwan en 2020 consolidó una tendencia de intensificación de la disputa territorial en el Himalaya entre India y China. Como se mencionó anteriormente, Nueva Delhi percibe dicha intensificación como parte de una estrategia más amplia por parte de Xi Jinping de reconfiguración del orden regional en Asia a través de una expansión de sus demandas territoriales apoyadas en una mayor implicación militar. Dicha estrategia visible también en Taiwán y los mares de China oriental y meridional, incumbe a India tanto en la frontera norte como en el océano Índico, donde Beijing ha aumentado su capacidad de acción, tanto a través de ejercicios navales, como con el desarrollo de infraestructuras como los puertos de Gwadar en Pakistán y Hambantota en Sri Lanka o su primera base militar permanente en el extranjero en Yibuti.
Las relaciones indo‑nepalíes
La relación histórica entre India y Nepal es, probablemente, la más estrecha que tienen ambos con cualquier otro país. A nivel geográfico, ambos países comparten una amplia frontera con libertad de movimiento y que abarca cinco Estados Indios. En el ámbito poblacional, de los treinta millones de habitantes que tiene Nepal, seis de ellos viven y trabajan en India. Y, por último, a nivel cultural, comparten lenguas —el nepalí es la lengua oficial en Sikkim y el hindi, bhojpuri y maithili son ampliamente hablados en el sur de Nepal—, creencias y prácticas religiosas y lazos familiares. A nivel económico, las relaciones son también estratégicas: 72 % de las exportaciones nepalíes fueron a India y el 63 % de las importaciones provenían de su vecino sureño y 35 % de la inversión extranjera directa en Nepal es india1. Desde el punto de vista de la seguridad, Nepal actúa como una zona búfer en la inestable frontera indo‑china, pero también la frontera abierta entre ambos países requiere de monitorización debido al riesgo de tráfico ilegal de armas, drogas y dinero falso, pero también del uso de grupos terroristas del territorio nepalí como base para lanzar operaciones en India (Prasant, 2016: 97).
«Nepal es como un boniato entre dos rocas». Esta es una de las citas más conocidas y repetidas del rey Prithvi Narayan Shah (1723‑1775), unificador de Nepal como Estado en el siglo XVIII y que se volvió aún más relevante tras la anexión china del Tíbet en 1951, que convirtió a Nepal en un Estado de alto valor estratégico (Poudyal, 2022: 19). La posición geoestratégica de Nepal ha hecho del país un importante foco de atención de las grandes potencias regionales y globales. Ya durante el periodo colonial, Nepal firmó tratados internacionales con distintas potencias, primero con la Compañía de las Indias Orientales británica —el Tratado de Sugauli de 1816— y posteriormente con el Raj, el Tratado nepalí‑británico de 1923. Igualmente, EE.UU. y Nepal firmaron en 1947 el Acuerdo de Comercio y Amistad, el cual abriría la puerta a la entrada de ayuda al desarrollo estadounidense en el país a partir de 1949 como parte de la estrategia de Truman de contención del comunismo en Asia (Onta et al., 2024: 5).
Tras el establecimiento de India como república independiente, ambos países firmaron el Tratado de Paz y Amistad indo‑nepalí en 1950. Para Nehru, el acuerdo bilateral era importante para preservar la hegemonía india en el subcontinente frente a China y EE.UU. (Dabhade & Pant, 2004: 163). El tratado, todavía vigente, establecía una alianza de seguridad en la que India y Nepal acordaban informarse mutuamente de posibles conflictos con vecinos y consultarse y ofrecerse apoyo mutuo a través de envío de suministros y armamento en caso de conflicto armado. El tratado también abarca cuestiones de desarrollo económico, estabilidad política y social en Nepal, garantizando por ejemplo la libertad de comercio, inversión y movimiento de personas y capitales entre ambos Estados (Thapliyal, 2012: 120).
El Tratado de Paz y Amistad ha sido fundamental a la hora de moldear las estrechas relaciones indo‑nepalíes, pero también ha sido objeto de crítica por parte de las facciones más nacionalistas de la clase política nepalí por establecer una relación de subordinación económica y de seguridad del país hacia India. De hecho, tras la caída del gobierno democrático de Bishweshwar Prasad Koirala (1959‑1960), cuyo partido, el Congreso Nepalí estaba inspirado en el Congreso Nacional Indio y había sido apoyado explícitamente por Nehru y la imposición del régimen autocrático del rey Mahendra (1961‑1990) se produjo un viraje importante en la política exterior nepalí. Mahendra estableció como objetivo principal de la política exterior de Nepal el pívot con India y China y la neutralidad basada en el no‑alineamiento, doctrina a la que el país estaba adscrito oficialmente desde la Conferencia de Bandung. Así, Mahendra trató de aprovechar la posición estratégica de Nepal para reducir su dependencia de India, fomentando una relación más estrecha también con China en base al Tratado de Paz y Amistad sino‑nepalí de 1960 y el Tratado Fronterizo sino‑nepalí de 1961. La firma de ambos tratados permitió a Nepal consolidar su estatus de neutralidad entre ambos vecinos, como, por ejemplo, ocurrió cuando se resistió a apoyar militarmente a India, como requería el tratado de 1950, en la guerra sino‑india de 1962. Tras su derrota en la guerra, una debilitada India no quiso poner en riesgo su relación con Nepal y ampliar el frente norte, lo que consolidó la posición de Mahendra (Mage, 2007: 834).
A pesar de los intentos nepalíes por jugar a dos bandas, la fuerte dependencia económica del país de India fue un importante as en la manga de Nueva Delhi a la hora de gestionar la relación con el escéptico Mahendra en las décadas de 1970 y 1980. La relación, sin embargo, acabó por romperse totalmente en 1989, tras una serie de desacuerdos económicos y de seguridad, en especial el intento nepalí de comprar armamento chino en 1988 y que Nueva Delhi consideraba una violación del Tratado de Paz y Amistad. El entonces primer ministro, Rajiv Gandhi, en coherencia con la doctrina Indira de realismo ofensivo, consideró las diversas disputas en conjunto como un cuestionamiento de la posición dominante india en las relaciones indo‑nepalíes y apostó por un cambio de régimen en su vecino. Así Gandhi inició una serie de acciones de presión, incluyendo el apoyo a la oposición democrática nepalí exiliada en India, que acabarían con un embargo comercial de facto que acarreó una fuerte crisis económica en Nepal, contribuyendo al derrocamiento del régimen autocrático en 1990. El nuevo régimen democrático, liderado por el pro‑indio Congreso Nepalí, restauró la relación especial con India. Por su parte, Nueva Delhi se esforzó en apoyar el nuevo régimen realizando concesiones económicas y abriéndose a la revisión del Tratado de Paz y Amistad para adaptarlo al nuevo contexto post‑Guerra Fría (Bhattarai, 2018: 3).
La estabilidad del nuevo régimen democrático de Nepal duró poco, dando paso en el cambio de siglo a un convulso periodo. Primero, estalló la guerra civil entre el Estado y la guerrilla maoísta (1996‑2006). Segundo, en 2001 tuvo lugar el regicidio que aupó al autoritario Gyanendra Shah al trono. Y, por último, la combinación de ambas crisis acabó por dar lugar a la revolución popular que pondría fin a la monarquía en 2008.
El Nepal republicano post‑2008 es un país muy diferente y fuertemente dividido en dos posiciones. Por un lado, la comunidad pahadi, quien ha controlado a lo largo de la historia el poder político y económico en Nepal y por el otro, las minorías étnicas que habían sido discriminadas en la sociedad y excluidas económica y políticamente. Mientras que el primer grupo busca retener su posición dominante a través de un modelo centralizado de país, los segundos apelan por una descentralización que les otorgue mayor autonomía (Jha, 2014). A lo largo del proceso constituyente, Nueva Delhi mostró un apoyo decidido a las reivindicaciones de la comunidad madhesi, el grupo étnico nepalí con fuertes lazos culturales y familiares con India y que apoyaba un modelo constitucional federal y descentralizado. Tras la promulgación de la nueva constitución en 2015 se desataron fuertes protestas por parte de distintos grupos minoritarios, incluyendo a los madhesi, que criticaban un acuerdo entre los tres grandes partidos nacionales, controlados por la élite pahadi, para diluir el carácter federal del nuevo Estado (López Areu, 2015). Ya con Narendra Modi en el poder y presionada por las fuerzas políticas de Bihar y Uttar Pradesh, Estados Indios fronterizos con Nepal y con fuertes vínculos con la comunidad política madhesi, India buscó presionar a Katmandú para revisar el texto constitucional. Días antes de la promulgación, el ministro de Exteriores indio, Subrahmanyam Jaishankar voló a Katmandú para entrevistarse con el primer ministro nepalí, Sushil Koirala y convencerle de realizar cambios en la Carta Magna. Tras la negativa de este, India inició un bloqueo informal de la frontera, que dio lugar a un desabastecimiento de combustible durante meses.
La intervención india en la crisis constitucional nepalí supuso el primer paso del descarrilamiento de la política del Neighbourhood first de Narendra Modi. El desabastecimiento de gas para cocinar o gasolina para el transporte como consecuencia del embargo tuvieron un gran impacto en la vida diaria de los nepalíes y el nuevo primer ministro, Khadga Prasad Sharma Oli, hábilmente transformó dicho descontento en un arma política, acusando a India de querer violar la soberanía nacional nepalí. Oli llamó a consultas al embajador de Nepal en Nueva Delhi y visitó Beijing unos días más tarde para firmar varios acuerdos comerciales y de tránsito. La posición nacionalista y la retórica anti‑India de Oli le han granjeado una gran popularidad en el país y consolidado un giro estratégico en Nepal de India hacia China. Tampoco ha ayudado el hecho de que la Rashtriya Swayasemvak Sangh (RSS) y el Bharatiya Janata Party (BJP), parte de la galaxia nacionalista hindú india de la que forma parte Narendra Modi, hayan promovido política y financieramente movimientos políticos y sociales en Nepal que buscan reestablecer el hinduismo como la religión oficial del Estado, revirtiendo la secularización de 2015.
Las relaciones indo‑nepalíes han estado marcadas por un sentimiento de agravio por parte de Nepal que considera que la potencia regional ha utilizado su poderío económico para establecer una relación de subordinación política. La crisis de 2015 coincidió en el tiempo con la mayor proyección china en Asia meridional bajo la presidencia de Xi Jinping y ahora Nepal ve en China una oportunidad para escapar de su dependencia económica de India. En 2019, Nepal y China firmaron el Acuerdo de Tránsito y Transporte que facilitaba las exportaciones nepalíes a través de seis puestos fronterizos a China y también desde cuatro puertos marítimos chinos —Tianjin, Shenzhen, Lianyungang y Zhanjiang— a los mercados internacionales2. En 2024, tras el retorno de Oli al poder, por primera vez en su historia moderna, el primer ministro nepalí no hizo su primer viaje al extranjero a India, sino a China. En esa visita además se firmó la entrada de Nepal en la Iniciativa de la Franja y la Ruta china, a la que gobiernos anteriores se había resistido por la fuerte oposición india y también por el riesgo de perder su posición histórica de país no alineado. La entrada de Nepal en la iniciativa supondrá un importante aumento de las inversiones chinas en el país, incluyendo el desarrollo de la Trans‑Himalayan Multi‑Dimensional Connectivity Network, tres corredores económico‑industriales y el desarrollo de varios proyectos hidroeléctricos.
En conclusión, la crisis de 2015 y el auge del nacional‑populismo en Nepal, en particular de la mano de la figura de K. P. Oli, suponen un serio desafío para India en sus relaciones bilaterales con el Estado del Himalaya y para su seguridad en la cada vez más tensionada frontera norte. La entrada de Nepal en la Iniciativa de la Franja y la Ruta es un gran éxito para China y en parte también resultado de la subestimación india del distanciamiento político de Katmandú. Teniendo en cuenta el más que probable drástico recorte de la ayuda al desarrollo estadounidense con la llegada de Donald Trump a la presidencia y el desmantelamiento de USAID, que a Nepal le puede costar hasta setecientos millones de dólares en ayudas directas3, India corre el peligro de que si no actúa para remendar las relaciones con Nepal, este caiga inexorablemente en la esfera de influencia de Beijing y que una mayor conectividad entre ambos países implique a su vez un riesgo para la seguridad india.
Las relaciones indo‑bangladesíes
India y Bangladés comparten una cultura, historia e idioma comunes a través del bengalí. Además, la frontera entre ambos, que incluye el estratégico paso de Siliguri que conecta la región del noreste con el resto de India, es la más larga que tiene Nueva Delhi con otro país adyacente. Bangladés también juega un papel dominante en los cálculos de seguridad de India, en especial para garantizar la paz y estabilidad en el siempre inestable noreste. Económicamente, Bangladés es el principal socio comercial de India en Asia meridional, con un volumen bilateral de casi 16 000 millones de dólares en 20234.
La independencia de Bangladés de Pakistán en 1971, apoyada por Nueva Delhi, supuso un importante éxito geoestratégico para India, al reducir su exposición territorial a su principal rival regional y ayudando a consolidar la seguridad de su frontera oriental. Es por ello por lo que, desde entonces, India ha considerado la relación con Bangladés como estratégica para su seguridad.
Sin embargo, esa consideración estratégica de la relación no siempre se ha visto correspondida por Dhaka. Un factor determinante del termómetro de las relaciones entre ambos países es quién ostenta el poder político en Bangladés, mientras que resulta más irrelevante quién lo haga en Nueva Delhi. En particular, la relación bilateral ha tendido a ser más fuerte cuando está en el poder la Liga Awami, de corte secular y menos cuando lo han estado el Partido Nacionalista de Bangladés (BNP), conservador islámico. Esa dicotomía se explica bien comparando los gobiernos de las dos mujeres que han dominado ambos partidos y la política bangladesí en las dos últimas décadas, Sheikh Hasina de la Liga Awami y Khaleda Zia del BNP.
Si bajo el primer gobierno de Hasina (1996‑2001) se firmó el Tratado de Reparto del Agua del Ganges, que ponía fin a la estratégica disputa entre ambos países sobre el control de los recursos hídricos de dicho río, la cual había sido un factor de desestabilización clave en la relación, la llegada de Zia al poder en 2001 supuso un deterioro de la relación. En 2006 India acusó al gobierno de Zia de ofrecer refugio a fuerzas secesionistas del noreste indio. La crisis dio lugar a la cancelación de varios proyectos de interconexión entre ambos países, como el gaseoducto trilateral India‑Bangladés‑Myanmar.
Con el regreso de Hasina al poder en 2009, las relaciones entre India y Bangladés volvieron a la senda del progreso con avances significativos en los campos de la economía, la energía y la cooperación en seguridad. En el ámbito comercial, India acordó el acceso libre de aranceles a todos los productos bangladesíes a su mercado, una medida que tiene el potencial de aumentar la exportación de productos de Bangladés a India y reducir el déficit comercial. India extendió una línea de crédito de mil millones de dólares a Dhaka para el desarrollo de infraestructuras, de los cuales doscientos millones fueron otorgados a fondo perdido. En el ámbito energético, en 2013 India y Bangladés inauguraron una línea de transmisión eléctrica transfronteriza, que permitió el inicio del comercio de energía entre ambos países. Bangladés ahora importa 500 MW de electricidad desde India.
Tras los altibajos durante los gobiernos de Zia, la cooperación en seguridad entre ambos países se intensificó fuertemente, en especial en el área de lucha contra el terrorismo transfronterizo y la insurgencia tras la ratificación india, ya con Modi en el poder, del Acuerdo de Delineación Fronterizo (LBA) en 2014.
La coincidencia en el poder, desde 2014, de Modi y Hasina y la adopción de la política Neighbourhood first supusieron un impulso a las relaciones indo‑bangladesíes. En junio de 2015, Modi en visita oficial a Dhaka impulsó la firma de veintidós acuerdos bilaterales, fundamentalmente en el ámbito de la interconectividad, con nuevas líneas ferroviarias y carreteras propuestas, además de la mejora de los accesos a los puertos de Chittagong y Mongla. La implementación de los acuerdos está apoyada por una línea de crédito india de 2 000 millones de dólares5. La interconectividad con Bangladés es un elemento crucial para India por dos razones. Primero, permite una mayor integración del noreste con el resto del país, clave para su desarrollo económico, pero también en caso de conflicto con China. Segundo, Bangladés es clave para la proyección india hacia el Sudeste Asiático, como parte de su estrategia Act East. Los acuerdos bilaterales mencionados deben verse en consonancia con iniciativas institucionales regionales en las que ambos países juegan un papel de liderazgo como son la Bay of Bengal Inititiative for Multi‑Sectoral Technical and Economic Cooperation (BIMSTEC) y el ya mencionado Bangladesh, Bhutan, India and Nepal Multimodal Transport Agreement (BBIN).
La cooperación en seguridad también es una de las principales vías de colaboración desde 2014, en especial tras el atentado en Burdwan, en el Estado indio de Bengala Occidental, pero también por la intensificación de los flujos migratorios y la actividad armada rohingya tras la crisis política en Myanmar. Desde entonces, ambos países han trabajado para fortalecer las iniciativas existentes, como el intercambio de inteligencia, mientras exploran simultáneamente nuevas áreas de cooperación. Durante la visita de Modi en 2015, los dos países firmaron un acuerdo para abordar conjuntamente los crímenes transfronterizos, en especial el contrabando de moneda falsa y la trata de personas. Tras el acuerdo de delineación fronteriza, que incluía la frontera marítima también, la cooperación en seguridad se ha extendido al dominio marítimo, como, por ejemplo, a través de operaciones conjuntas de las guardias costeras de los dos países.
A pesar del impulso en las relaciones bilaterales indo‑bangladesíes durante la última década (2014‑2024), coincidiendo con las buenas relaciones personales entre Modi y Hasina, estas no han estado exentas de desafíos para India. La principal es la creciente presencia de intereses chinos en Bangladés. Dhaka se adhirió a la Iniciativa de la Franja y la Ruta en 2016 y desde entonces la relación se ha intensificado considerablemente. Es ilustrativa la comparación entre los 3 000 millones de dólares que India ha ofrecido a Bangladés para el desarrollo de infraestructuras con los casi 24 000 millones comprometidos por China para proyectos en los ámbitos comerciales, transporte y energía. El hecho de que China no esté entre los diez principales países importadores de productos bangladesíes ofrece un fuerte incentivo para el crecimiento de la relación bilateral. Igualmente, en el ámbito de la seguridad, Bangladés ha hecho de China su principal suministrador de armamento, con casi el 70 % de sus compras en 2020, por un valor de 546 millones de dólares; convirtiéndose así en el segundo comprador extranjero más importante para la industria armamentística china6.
Un segundo desafío para India ha sido su falta de habilidad para mantener relaciones estables con Dhaka independientemente del partido en el poder. Es cierto que el BNP está asentado en una retórica nacional‑populista, que incluye un tinte comunal pro‑islámico y anti‑hindú, pero también que la apuesta de Nueva Delhi por Sheikh Hasina ha sido muy controvertida. El gobierno de Hasina que había evolucionado hacia el autoritarismo y llevó a cabo claras violaciones de los derechos humanos y contra las libertades, acabó derrocado en 2024 por una revolución democrática. El apoyo que India ha dado a Hasina, incluyendo presiones a otras potencias extranjeras para obviar las violaciones de derechos fundamentales de su gobierno y acogiéndola después como exiliada tras su caída, han dañado su imagen tanto con el nuevo gobierno bangladesí, liderado por el Nobel de economía Muhammad Yunus, como con la opinión pública del país7.
La caída de Hasina ha dejado a India en una situación muy delicada en Bangladés. A pesar de que Yunus no ha alimentado la polémica, no cabe duda de que la relación con China ha tomado ahora prioridad. Igualmente, resulta notorio la reavivación de las relaciones Bangladés‑Pakistán tras la caída de Hasina, dos países cuyas relaciones eran mínimas tras la guerra de 1971 (Rizve, 2025). Una relación más estrecha entre Pakistán y Bangladés podría dar lugar a una cooperación anti‑india alrededor de una posición islamista común, en particular si el BNP en Bangladés y el Pakistan Tehreek‑e‑Insaf (PTI) regresan al poder en el futuro. Esto tendría implicaciones para India no solo a nivel de seguridad, sino también de liderazgo en los distintos foros regionales.
Las relaciones indo‑esrilanquesas
Sri Lanka es un país de gran importancia para India por dos razones fundamentales. La primera es su tamaño y posición estratégica en el océano Índico. Y la segunda, las relaciones históricas entre las comunidades tamil esrilanquesa e india. A menudo, ambos factores han dado lugar a un conflicto entre los intereses indios en relación con Sri Lanka, que serían, por un lado, garantizar la soberanía esrilanquesa, evitando la presencia de actores extranjeros en el país y por el otro, proteger a la comunidad tamil en el país frente a los ataques de la etnia políticamente dominante, los sinhaleses.
A pesar de su importancia geoestratégica, durante la segunda mitad del siglo XX, la política india hacia Sri Lanka estuvo dominada principalmente por el factor tamil. Especialmente desde la década de 1960, con el auge del regionalismo etnolingüístico en el sistema político indio, el sentimiento tamil‑dravídico se vio canalizado políticamente a través de los partidos Dravida Munnetra Kazhagam (DMK) y All India Anna Dravida Munnetra Kazhagam (AIADMK) en el Estado de Tamil Nadu (Subramanian, 2002). Estos partidos, claves en Tamil Nadu, pero también muy influyentes a nivel nacional, marcaron a menudo el paso a Nueva Delhi, priorizando la cuestión tamil en las relaciones con Sri Lanka; en particular tras el pogromo de 1983 conocido como Julio Negro, en el que más de 6 000 tamiles esrilanqueses fueron asesinados a manos de la mayoría sinhalesa. Sin embargo, el asesinato del antiguo primer ministro indio Rajiv Gandhi a manos de una miembro de los Tigres Tamiles (LTTE) en 1991 supuso un punto de inflexión en la influencia de la causa tamil, la cual perdió influencia en la opinión pública india, a pesar de los intentos del DMK y AIADMK por disociar la causa étnica del terrorismo del LTTE.
La posición privilegiada de Sri Lanka en el océano Índico la ha hecho objeto de atención de las grandes potencias regionales y globales, incluyendo a China, EE.UU. y Reino Unido. La doctrina Indira y su suerte de doctrina Monroe hacia Asia meridional puso el foco en intentar evitar dichas influencias externas en su vecindario; un objetivo que se ha mantenido tras el aperturismo indio post‑1990. El gran factor de riesgo en ese sentido ha sido el auge de China y su creciente presencia en el océano Índico y Sri Lanka en particular. De hecho, Sri Lanka ha sido el Estado en Asia meridional, aparte de Pakistán, con el que China ha profundizado más sus relaciones económicas. Dicha relación sino‑esrilanquesa incluso precede a la entrada de Colombo en la Iniciativa de la Franja y la Ruta en 2013 y está muy unida a la familia Rajapaksa, cuyos miembros han gobernado Sri Lanka en dos ocasiones, bajo la presidencia de Mahinda Rajapaksa entre 2005 y 2015 y de Gotabaya Rajapaksa de 2019 a 2022. La familia Rajapaksa ha sido acusada de graves casos de corrupción, a menudo unidos a sobornos por parte de empresas chinas a cambio de la firma de grandes proyectos. Sri Lanka recibió alrededor de 4 800 millones de dólares en créditos blandos por parte de China durante el gobierno de Mahinda Rajapaksa8. El proyecto chino que mayor controversia ha levantado es la construcción del puerto marítimo de Hambantota. El puerto se inauguró en 2010, pero la falta de demanda y la ampliación del más importante puerto de Colombo lo hizo pronto económicamente inviable. En 2017, China Merchants Port, una compañía bajo control parcial del Estado chino, adquirió la mayoría accionarial del puerto y un arrendamiento de este durante 99 años (Hillman, 2018). El hecho de que Hambantota sea un puerto de aguas profundas es motivo de preocupación para India, ya que podría acoger barcos y submarinos de guerra chinos, como ya hiciera el de Colombo, con permiso del gobierno Rajapaksa que no informó a India, cuando submarinos nucleares chinos atracaron en ese puerto en 2014.
La llegada al poder en Sri Lanka de Maithripala Sirisena en 2015 abrió una puerta de oportunidad para India para reequilibrar la balanza de influencia en Sri Lanka vis‑à‑vis con China. Durante la campaña electoral, Sirisena acusó a Rajapaksa de corrupto y autoritario, centrando sus críticas en su relación con China. India actuó rápido, enviando a su ministro de exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, a visitar al nuevo presidente y este devolvió el gesto, haciendo de India su primera visita al extranjero. Sin embargo, más allá de las buenas palabras, hubo pocos avances en las relaciones bilaterales entre ambos países durante el mandato de Sirisena. En parte, porque su gobierno entró pronto en una espiral de crisis domésticas que no permitieron su estabilidad.
La crisis económica que azota a Sri Lanka desde 2019 y que dio lugar a las protestas de 2022 y la llegada al poder del ex‑revolucionario y socialista Anura Kumara Dissanayake en 2024, han consumido a la clase política esrilanquesa en los últimos años. Sin embargo, también han abierto un debate en la opinión pública acerca del rol que ha jugado China en la bancarrota del país. En particular se ha hablado mucho de la supuesta estrategia china denominada «trampa de la deuda» y cómo Sri Lanka fue una suerte de campo de pruebas de esta. Aunque la existencia de dicha estrategia se ha puesto en duda (Wignaraja et al., 2020), la búsqueda de un modelo económico más sostenible para el futuro abre una ventana de oportunidad para India en Sri Lanka.
India es el principal socio comercial de Sri Lanka, con un volumen de exportaciones de 4 627 millones de dólares y de importaciones de 913 millones en 2022. Esto hace a India el tercer mercado para los productos esrilanqueses y el primer exportador al país. En comparación, China no está ni entre los cinco principales importadores de productos esrilanqueses9. La relación económica de China con Sri Lanka se ha construido en la inversión directa en forma de créditos durante el periodo 2010‑2022. En gran parte esa relación, que convirtió a China en el principal inversor de Colombo, se basó en la negativa de India, EE.UU. y la Unión Europea de ofrecer líneas de crédito a Sri Lanka durante el último tramo de la guerra civil en el país, cuando el gobierno de Mahinda Rajapaksa fue acusado de crímenes de guerra contra la población tamil. Desde la bancarrota de 2022, China ha dejado de ofrecer nuevas líneas de crédito e inversiones a Sri Lanka10. India puede aprovecharse de esta coyuntura teniendo en cuenta el peso económico de las relaciones económicas bilaterales. Varios de los acuerdos propuestos en la visita de Modi al país en 2015 en el ámbito de la energía nuclear civil, poner fin a las tensiones pesqueras y terminando de desarrollar el acuerdo de libre comercio indo‑esrilanqués de 2000, podrían ser un buen punto de partida para consolidar una nueva relación preferencial que desplace a China y que luego pueda extenderse a las cuestiones de seguridad y defensa.
Las relaciones indo‑birmanas
Aunque estrictamente hablando Myanmar no forma parte del vecindario de Asia meridional, el país resulta de una gran importancia geoestratégica para India como puerta de entrada al Sudeste Asiático y, por tanto, para el éxito de la Act East Policy de Narendra Modi.
Los lazos históricos entre India y Myanmar, como con el resto de países en este capítulo, son intensos y antiguos. Además de las interconexiones culturales, en el periodo colonial la antigua Birmania e India formaban parte del Imperio británico y sus movimientos nacionalistas compartieron estrategias y apoyo mutuo, en particular a través de la fuerte relación personal entre Jawaharlal Nehru y Aung San. Tras la independencia de ambos países, India en 1947 y Myanmar en 1948, se firmó en 1951 el Tratado de Paz y Amistad que declaraba «la paz eterna y la amistad inalterable» entre ambas naciones. Esos inicios entre dos Estados poscoloniales e ideológicamente afines se torcieron con el golpe de Estado de 1962 por parte del general U Ne Win. La junta militar resultante no solo se cerró al exterior políticamente, sino que persiguió a las minorías étnicas dentro del país, incluyendo a la india, lo que creó tensiones con Nuev Delhi. Desde entonces y hasta la entrada del siglo XX, las relaciones indo‑birmanas estuvieron caracterizadas por una formalidad fría. Por un lado, Ne Win visitó India en 1968, 1970 y 1980 y, por el otro, India dio asilo al ex‑primer ministro U Un y dio apoyo financiero y político a Aung San Suu Kyi, líder de la oposición democrática e hija de Aung San.
Con el inicio del aperturismo de la economía india en la década de 1990, India anunció la denominada Look East Policy en 1991, una estrategia de proyección del país hacia el Sudeste Asiático y Asia oriental. En 2014, Narendra Modi imprimió un mayor peso a la iniciativa en la política exterior india renombrándola como Act East Policy, ya con el factor China dentro de la ecuación.
Las relaciones Myanmar‑China son muy intensas, en particular desde la llegada de la junta militar al poder y el deterioro de la relación del primero con India. China y Myanmar comparten una frontera de 2 000 kilómetros y China es el principal inversor, con un 26% del total y socio comercial de Naypydaw, con 2 000 millones de dólares en 2022. El comercio bilateral entre India y Myanmar fue de 1 000 millones ese mismo año, lo que la deja fuera del top cinco de socios comerciales11. Además, China ha sido junto con Rusia el principal proveedor de armamento a la junta militar, aunque en tiempos recientes India ha aumentado sus exportaciones significativamente hasta colocarse como tercer proveedor con 14% del total de las armas importadas por Myanmar en 2023, frente al 29% de China y el 42% de Rusia12.
Ante los históricos y fuertes lazos económicos y de seguridad entre Myanmar y China, el objetivo del gobierno de Modi bajo la Act East Policy ha sido no tanto intentar desplazar a China, como el asegurar la neutralidad birmana en la competición sino‑india. Para ello, Nueva Delhi ha buscado intensificar la relación económica y de conectividad. Ejemplo de ello son los proyectos de interconectividad marítima y terrestre de Kaladan Multimodal Transit Transport Project y la India‑Myanmar‑Thailand Trilateral Highway (Gil, 2025). En el ámbito económico, la relación bilateral se benefició de la entrada en vigor del acuerdo de libre comercio entre India y ASEAN en 2010, que ha supuesto un importante impulso para las relaciones comerciales, con un crecimiento del 14% entre 2010 y 201813.
Otro aspecto importante para Nueva Delhi es la cooperación en seguridad y antiterrorismo. La porosa frontera compartida entre ambos países y la inestabilidad tanto en el noreste indio como en las regiones de Sagaing birmanas Kachin, Chin muy afectadas por la guerra civil en el país tras el golpe de Estado de 2021, ha dado lugar a que grupos armados indios se asienten en Myanmar y desde ahí lanzar ataques en India. En 2019 ambos países participaron en operaciones conjuntas contra estos grupos armados en ambos lados de la frontera14.
En suma, las relaciones indo‑birmanas han fluctuado en las últimas décadas debido al apoyo de Nueva Delhi al movimiento democrático de la Liga Nacional para la Democracia frente a la junta militar, quien se apoyó más en China. Sin embargo, tras la llegada de Modi al poder y el impulso a la Act East Policy, India ha adoptado una posición más pragmática. Tras la restauración de la dictadura militar en 2021, a diferencia de en el pasado, Nueva Delhi ha mantenido buenas relaciones con el gobierno de Min Aung Hlaing, incluyendo la venta de armas por un valor de más de 51 millones de dólares en 2023, según Naciones Unidas15. Ese apoyo al nuevo gobierno ha permitido mantener los proyectos de conectividad y cooperación de seguridad intactos, fortaleciendo la posición de India en el país con el objetivo de proyectarse hacia el Sudeste Asiático y estabilizar su región nororiental.
Reflexión global y conclusión
La creciente visibilidad de India a nivel global, cortejada por el bloque liberal por un lado y percibida cada vez más como un competidor estratégico por parte de China, proyecta una imagen de fortaleza e influencia que el propio Gobierno indio busca transmitir. Sin embargo, dicha imagen peca de cierto exceso de confianza. El paso de potencia media a gran potencia es siempre complejo porque requiere de una significativa expansión de capacidades y dispersión de recursos económicos, políticos y militares. En ese sentido, en este capítulo se ha querido apuntar al que se considera que es un flanco débil fundamental en la política exterior y de seguridad india: su vecindario de Asia meridional. Se ha enfocado a dos causas principales de esa debilidad. Primero, la creciente influencia de China en la región. Y segundo, el giro nacionalista en los Estados pequeños.
Como ya se ha visto, China percibe a India como un rival sistémico para sus ambiciones hegemónicas en Asia. Por tamaño territorial y poblacional, peso económico y potencial militar, India es el único país comparable a China en el continente. Además, su sistema político le abre la puerta a una red de potenciales apoyos, como el QUAD, que China no tiene y que supone una de sus principales debilidades estructurales (Kim, 2021). Ante ese desafío indio, China ha adoptado una estrategia de contención de su vecino que incluye aumentar la presión militar en la frontera compartida, incitando crisis como las del Doklam en 2017 y Galwan en 2020 y ofreciendo oportunidades de desarrollo económico, de infraestructuras y de seguridad al resto de Estados del subcontinente, en especial a través de su Iniciativa de la Franja y la Ruta. El objetivo de China es obligar a India a concentrar recursos y esfuerzos en su vecindario, desviándolos de otras iniciativas.
La creciente influencia china en Asia meridional es en parte resultado de la iniciativa de Beijing, pero por otro de los errores propios de Nueva Delhi. Como se ha analizado al inicio del capítulo, la influencia india en la política doméstica de sus vecinos ha sido una constante en la Asia meridional poscolonial. En la última década, sin embargo, la tendencia nacionalista‑populista global se ha asentado también en la región. Esto ha conllevado un cambio de actitud hacia presiones externas, particularmente la india. El embargo económico a Nepal en 2015 para influir en su proceso constituyente o el apoyo incondicional a Sheikh Hasina en Bangladés a pesar del carácter autoritario de su régimen, han producido fuertes reacciones nacionalistas y anti‑indias en estos países y abierto la puerta a una mayor influencia de otras potencias, particularmente China.
En el contexto actual, asentado sobre los dos ejes presentados, el enfoque indio hacia su vecindario requiere de cambios. La asimetría de poder, tanto económico como militar, entre India y sus vecinos es tan acusada que estos últimos ven con recelo la insistencia de Nueva Delhi en moldear el orden regional a través de las relaciones bilaterales con cada uno de ellos, en lugar de en foros multilaterales, como SAARC. Este enfoque paternalista, heredado del siglo XX, hoy es percibido como una forma de diplomacia coercitiva y no un genuino intento por parte de India por promover la estabilidad y prosperidad regionales.
Asia meridional es reconocida como la unidad regional menos integrada a nivel global16. Sin embargo, todos los indicadores apuntan a que debería ser al contrario. Primero, el subcontinente es una masa terrestre inmensa y continua con un legado histórico, cultural y lingüístico común que le da una identidad muy cohesionada entre sus poblaciones. Segundo, el legado colonial británico conlleva que los modelos institucionales y legales de los Estados miembros sean muy similares. Tercero, el legado de infraestructuras coloniales, como carreteras, ferrocarriles o gestión del agua, es pan‑regional y con inversión podrían recuperarse esas interconectividades. Y, por último, Asia meridional tiene una población de más de 2 000 millones de personas, el cuarto del total mundial y una creciente clase media17. Esas potenciales sinergias representan una oportunidad para el desarrollo y la estabilidad regionales, pero también para repensar y relegitimar el liderazgo indio en Asia meridional, a través de un refuerzo de SAARC como foro multilateral, del que además China no es un Estado miembro.
Como afirma Raja Mohan (2007), sin la primacía y la estabilidad regional, un Estado no puede convertirse en una potencia global creíble. Asia meridional, como parte integral del Indo‑Pacífico, se encuentra en un momento de cambio geopolítico y geoeconómico. A nivel del subcontinente, la polarización entre las potencias liberales y China se traduce en una creciente tensión de seguridad entre India y China. Por un lado, los choques fronterizos se han multiplicado recientemente. Por el otro, con la entrada de Nepal en la Iniciativa de la Franja y la Ruta en 2024, ya todos los países del subcontinente, menos India, son miembros de la iniciativa china. En el océano Índico, vía marítima fundamental para el comercio global, con el 80% del mercado mundial de petróleo y un tercio del comercio en general, la presencia de grandes potencias se ha incrementado significativamente en la última década. India que ha sido la potencia hegemónica en este espacio se enfrenta ahora a la presencia naval china en Sri Lanka (Hambantota), Pakistán (Gwadar) y Yibuti. Otras grandes potencias nucleares, como EE.UU., Reino Unido y Francia, también poseen territorios e intereses en la zona. Incluso Pakistán está aumentando su potencial naval; con el zarpado del primero de los ocho submarinos comprados a China, pruebas para el lanzamiento de misiles balísticos desde sus recursos marítimos y un plan de ampliación de su armada de veinte a cincuenta embarcaciones en las próximas décadas18. Esta superpoblación militar preocupa a Estados insulares pequeños como Maldivas, Mauricio o Seychelles.
Por último, hay que destacar la incógnita de la presidencia de Donald Trump (2025‑2029) y su impacto en dos ámbitos. Primero, qué estrategia adoptará con relación a China y, por ende, su compromiso con la consolidación del entramado liberal de iniciativas regionales como el QUAD, el Marco Económico Indo‑Pacífico (IPEF) o el Corredor India‑Oriente Medio‑Europa, entre otros. Y segundo, si EE.UU. abandona la alianza liberal en favor de un enfoque realista‑proteccionista, esto puede implicar una ruptura del orden internacional basado en normas que podría arrastrar a India y China a un enfoque similar en Asia meridional, con el evidente riesgo de confrontación que esto implica.
En suma, India tiene un importante frente abierto en su vecindario. La gestión de este nos dará indicaciones de la verdadera habilidad del país para convertirse en una superpotencia más allá de su tradicional esfera de influencia.
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Mario López Areu
Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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