IEEE. La ONU ante el eclipse del multilateralismo: entre la irrelevancia y la reinvención

Contribuyentes presupuesto ONU

12 nov 2025

IEEE. La ONU ante el eclipse del multilateralismo: entre la irrelevancia y la reinvención

Francisco Márquez y de la Rubia. Analista Principal del IEEE (CESEDEN)

Introducción

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) llega a su octava década de existencia en un contexto de agotamiento sistémico. El ideal de la cooperación multilateral, que constituyó el núcleo de su legitimidad desde 1945, se encuentra hoy cuestionado por la reaparición de liderazgos nacionalistas y la erosión del consenso liberal. En 2019, The Economist publicaba un análisis premonitorio —The UN’s grim future1— que planteaba tres posibles trayectorias: la marginalización de la ONU bajo el unilateralismo de Donald Trump, su supervivencia inercial o una improbable renovación2. Seis años después, la combinación de esas tres tendencias perfila el presente. El abandono del multilateralismo, la revalorización de la soberanía absoluta y el repliegue estadounidense han desestabilizado el andamiaje institucional que sustentaba la gobernanza global. La ONU ya no es el foro donde se arbitran los conflictos, sino el espejo donde se reflejan las fracturas del poder mundial.

El multilateralismo en crisis: causas y síntomas

Durante la Guerra Fría, la ONU fue un espacio de equilibrio: más que resolver conflictos, los gestionaba dentro de los límites impuestos por la disuasión nuclear y la lógica de los bloques. La parálisis del Consejo de Seguridad era funcional, no patológica; evitaba la confrontación directa entre las superpotencias. Tras el colapso soviético, el multilateralismo experimentó una expansión inédita. La década de 1990, marcada por la hegemonía estadounidense y la confianza liberal, permitió hablar de un “momento unipolar” donde las instituciones internacionales se percibían como extensiones benignas de un orden basado en normas. La aprobación de intervenciones tipo mantenimiento de la paz bajo mandato de la ONU (Kuwait, Somalia, Bosnia, Timor Oriental) simbolizaban esa convergencia.

Sin embargo, el optimismo fue efímero. Los atentados del 11-S y la guerra de Irak en 2003 revelaron la fragilidad del consenso multilateral: el Consejo de Seguridad quedó dividido, la legitimidad del uso de la fuerza se reinterpretó unilateralmente, y el principio de “seguridad colectiva” comenzó a erosionarse. A partir de entonces, el multilateralismo entró en una crisis prolongada de legitimidad, eficacia y representación, que creo que puede explicarse a través de tres vectores principales.

Parálisis institucional y declive de la autoridad política.

La parálisis del Consejo de Seguridad es el síntoma más visible. Los vetos de Estados Unidos, Rusia y China han bloqueado resoluciones esenciales sobre Siria (2011-2022), Ucrania (desde 2014) o Gaza (2023-2025)3. Esta dinámica ha vaciado de contenido la noción de “responsabilidad de proteger” y ha reforzado la percepción de que la ONU solo actúa donde no existen intereses vitales de las grandes potencias4. Además, el Consejo refleja un desequilibrio geopolítico anacrónico. Ninguna de las potencias emergentes —India, Brasil, Sudáfrica o Nigeria— ocupa un asiento permanente, pese a representar gran parte de la población mundial. Las sucesivas propuestas de reforma han naufragado por falta de consenso, perpetuando una arquitectura congelada en 1945.

Vetos Consejo Seguridad Gaza, Siria, Ucrania
Conflicto Fecha Proyecto Proponentes Vetado por Descripción
Gaza 2023-10-18 S/2023/773 Brasil Estados Unidos Llamaba a pausas humanitarias y acceso de ayuda; condenaba ataques a civiles.
Gaza 2023-10-25 S/2023/792 EE. UU. Rusia y China Proyecto alternativo estadounidense sobre situación en Gaza.
Gaza 2023-12-08 S/2023/970 EAU Estados Unidos Alto el fuego humanitario inmediato y acceso sin trabas.
Gaza 2024-02-20 S/2024/173 Argelia Estados Unidos Alto el fuego humanitario inmediato en Gaza.
Gaza 2024-03-22 S/2024/239 Rusia y China (borrador) Rusia y China (contra el texto rival) Borrador rival al de EE. UU.; veto al texto rival en sesión.
Gaza 2024-11-20 S/2024/835 (varios) Estados Unidos Demandaba alto el fuego en Gaza.
Gaza 2025-06-04 S/2025/353 (varios) Estados Unidos Alto el fuego inmediato, incondicional y permanente en Gaza.
Gaza 2025-09-18 S/2025/583 (varios) Estados Unidos Demandaba alto el fuego y acceso pleno de ayuda; liberación de rehenes.
Siria 2011-10-04 S/2011/612 Francia, Alemania, Portugal, Reino Unido Rusia y China Condenaba la represión del régimen sirio y abría la puerta a sanciones bajo el Art. 41.
Siria 2014-05-22 S/2014/348 Francia (y copatrocinadores) Rusia y China Remisión de la situación de Siria a la Corte Penal Internacional.
Siria 2017-11-16 S/2017/962 Francia, Italia, Japón, Suecia, Ucrania, Reino Unido y EE. UU. Rusia Prórroga del Mecanismo Conjunto de Investigación (JIM) sobre armas químicas.
Siria 2017-11-17 S/2017/970 Japón Rusia Otra propuesta de prórroga técnica del JIM sobre armas químicas.
Siria 2018-04-10 S/2018/321 Amplio grupo liderado por EE. UU. y aliados Rusia Mecanismo independiente para investigar uso de armas químicas tras Duma.
Siria 2019-09-19 S/2019/756 Bélgica, Alemania y Kuwait Rusia y China Alto el fuego en Idlib y protección de civiles.
Siria 2019-12-20 S/2019/961 Bélgica, Alemania y Kuwait Rusia y China Renovación del mecanismo transfronterizo de ayuda humanitaria.
Siria 2020-07-07 S/2020/654 Bélgica y Alemania Rusia y China Prórroga del acceso humanitario transfronterizo (dos pasos).
Siria 2020-07-10 S/2020/667 Bélgica y Alemania Rusia y China Nueva versión para prórroga de ayuda transfronteriza.
Siria 2022-07-08 S/2022/538 Irlanda y Noruega Rusia Prórroga de 12 meses del mecanismo de ayuda transfronteriza.
Ucrania 2014-03-15 S/2014/189 EE. UU. (42 copatrocinadores) Rusia Declaraba inválido el referéndum de Crimea y pedía abstenerse de reconocerlo.
Ucrania 2022-02-25 S/2022/155 EE. UU. y Albania Rusia Condenaba la invasión rusa y exigía retirada de fuerzas.
Ucrania 2022-09-30 S/2022/720 EE. UU. y Albania Rusia Condenaba los "referéndums" y la anexión de territorios ucranianos.

 

Erosión financiera y dependencia de donantes selectivos.

El deterioro financiero constituye otro factor crítico. Estados Unidos, principal contribuyente histórico, ha reducido su aportación efectiva desde 2017, generando déficits estructurales que obligan a priorizar programas de corto plazo. Paralelamente, la creciente dependencia de contribuciones voluntarias —a menudo con destino específico o motivaciones políticas— debilita la autonomía de las agencias. Gran parte del presupuesto operativo de Naciones Unidas proviene de aportes condicionados. China, Arabia Saudí o los Emiratos Árabes han incrementado su financiación, buscando proyectar influencia, lo que ha provocado un cambio silencioso en los equilibrios internos y un mayor peso de los donantes no occidentales. Un informe del sistema de la ONU5 muestra que la financiación de la ONU está cada vez más dominada por contribuciones “earmarked” (o sea, condicionadas/dirigidas a programas específicos) más que por aportes “core” (o principales). En 2022, las aportaciones condicionadas representaban aproximadamente el 67 % del total de ingresos del sistema de la ONU; los aportes “core” se habían reducido hasta el 29 % del total6.

Evolución de la financiación condicionada
Fig 1. Evolución de la financiación condicionada.

Fatiga normativa y pérdida de credibilidad.

La ONU enfrenta además una inflación normativa sin capacidad de ejecución. El número de resoluciones, cumbres y marcos declarativos se ha multiplicado, pero su cumplimiento es mínimo.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible son el caso paradigmático: a cinco años de 2030, menos del 20 % de las metas muestran avances sustanciales, y las más críticas retroceden. Con apenas una de cada seis metas de la Agenda 2030 en senda de cumplimiento, la señal es alarmante: el reloj de la sostenibilidad corre sin que el motor global acelere. Mientras que aproximadamente la mitad de las metas avanzan a paso lento, más de un tercio están estancadas o retrocediendo, en sectores clave como hambre, ciudades, océanos e instituciones. Según el informe de la ONU, el mundo ya ha entrado en una “emergencia de desarrollo”7. Esta brecha entre discurso y acción genera una fatiga normativa que socava la credibilidad institucional8. La opinión pública percibe la ONU como un foro retórico, incapaz de influir en la realidad.

El trasfondo político: desconfianza y soberanismo.

En última instancia, la crisis del multilateralismo no es solo institucional o financiera, sino ideológica. La globalización ha generado ganadores y perdedores, y muchos gobiernos perciben las normas internacionales como un obstáculo a su soberanía o a sus proyectos nacionales. El discurso “anti-ONU” —que asocia las agendas globales con la intromisión moral o económica— se ha vuelto políticamente rentable. El caso de Donald Trump es paradigmático, pero no único: el auge del soberanismo en Europa, América Latina y Asia refuerza el repliegue nacional y erosiona el soporte político del sistema multilateral.

El legado de Trump y el retorno del nacionalismo estratégico

El primer mandato de Donald Trump (2017-2021) marcó un punto de inflexión en la política exterior estadounidense y en la historia del multilateralismo. Bajo la consigna “America First”, la Casa Blanca sustituyó la diplomacia cooperativa por una estrategia transaccional, basada en el cálculo de beneficios inmediatos. Trump no solo redujo las aportaciones a las agencias de Naciones Unidas, sino que redefinió el papel de EE. UU. como potencia internacional, pasando de garante del orden liberal a actor que lo considera una carga.

Erosión del liderazgo moral estadounidense.

Desde 1945, el liderazgo de Estados Unidos en la ONU había sido ambiguo pero constante: alternaba entre el pragmatismo y la defensa del ideal de gobernanza global. Trump rompió esa tradición al cuestionar abiertamente los fundamentos del orden liberal. Denunció los tratados comerciales multilaterales, se retiró del Acuerdo de París, abandonó el Consejo de Derechos Humanos y la UNESCO, y recortó fondos a la OMS en plena pandemia. Este comportamiento representó la cristalización de un malestar estructural dentro de la política estadounidense: la percepción de que el multilateralismo beneficia a rivales y no a contribuyentes. En su discurso ante la Asamblea General de 2018, Trump sintetizó esa visión con una frase emblemática: “We reject the ideology of globalism and embrace the doctrine of patriotism”. Detrás de esa retórica, se escondía la convicción de que la hegemonía debía ejercerse de manera selectiva, no institucional9.

Contribuyentes presupuesto ONU
Fig 3. Contribuyentes presupuesto ONU. Fuente ONU Multipartner Trustfund

La internacionalización del trumpismo.

El impacto del trumpismo trascendió las fronteras de Estados Unidos. En el hemisferio occidental, gobiernos como el de Jair Bolsonaro en Brasil o Nayib Bukele en El Salvador adoptaron una narrativa de soberanía radical, replicando la crítica a los “burócratas internacionales”. En Europa, Viktor Orbán y Matteo Salvini promovieron visiones similares, debilitando el consenso interno de la Unión Europea sobre política exterior. Trump contribuyó así a la legitimación global del nacionalismo estratégico, entendido como una doctrina que prioriza la autonomía frente a las reglas comunes.

El regreso del trumpismo y la desoccidentalización del orden.

El retorno del trumpismo en 2025 —ya sea bajo su líder original o bajo una administración ideológicamente afín— consolida esa tendencia. La política exterior estadounidense actual combina pragmatismo económico con desconfianza hacia la diplomacia colectiva. Washington promueve alianzas ad hoc (AUKUS, QUAD, acuerdos bilaterales energéticos) en detrimento de los foros universales. Mientras tanto, China y Rusia aprovechan el vacío de liderazgo para proyectar una visión alternativa de la soberanía, centrada en la no injerencia y el control tecnológico. Esta “desoccidentalización” del orden global10 refuerza la marginalización de la ONU: sin el compromiso político ni financiero de EE. UU., la organización carece del motor histórico que sostuvo su legitimidad durante ocho décadas11.

La ONU en el nuevo orden fragmentado

El sistema internacional de 2025 se caracteriza por una fragmentación sin precedentes. Ya no existe un centro de gravedad único: el poder se distribuye entre múltiples polos, alianzas y coaliciones temáticas. En ese contexto, la ONU ha perdido su capacidad de coordinación estratégica, transformándose en un actor reactivo más que normativo.

Multiplicación de foros y erosión de centralidad.

El auge de plataformas como el G-20, los BRICS+, la Organización de Cooperación de Shanghái o la CELAC ha desplazado parte de la deliberación global fuera del marco onusiano. Estos espacios ofrecen una gobernanza más ágil y políticamente menos costosa para los Estados, aunque a menudo sin mecanismos de rendición de cuentas. Mientras tanto, la ONU mantiene su función técnica —agencias humanitarias, salud, desarrollo—, pero carece de relevancia política.

Crisis de legitimidad normativa.

La legitimidad de la ONU se ha visto comprometida por la doble moral de las potencias. La incapacidad del Consejo de Seguridad para detener la invasión rusa de Ucrania o para imponer un alto el fuego en Gaza demuestra el desajuste entre sus principios fundacionales y la realidad geopolítica. La norma del derecho internacional humanitario se erosiona ante la impunidad selectiva, y las sanciones multilaterales se aplican de modo fragmentado. Esta pérdida de autoridad simbólica alimenta la desafección del Sur Global, que percibe la estructura onusiana como un instrumento del Norte. A su vez, las potencias occidentales se frustran ante la inacción y optan por mecanismos paralelos, acelerando el círculo vicioso de la irrelevancia.

La dimensión tecnológica y los nuevos desafíos.

El orden global actual introduce problemáticas que la ONU apenas logra abordar: inteligencia artificial, ciberseguridad, cambio climático, militarización del espacio, bioseguridad12. Los intentos de crear regímenes multilaterales en estas áreas chocan con intereses nacionales y con la asimetría de capacidades tecnológicas. El sistema onusiano, diseñado para conflictos estatales clásicos, carece de herramientas jurídicas y financieras para administrar estos desafíos de naturaleza híbrida.

El papel residual pero indispensable13.

Pese a todo, la ONU conserva un valor simbólico y operativo innegable. Su red de agencias, sus misiones de paz y su capacidad logística siguen siendo esenciales para la gestión de crisis humanitarias y sanitarias. Sin embargo, esta función “residual” solo es sostenible si mantiene una mínima legitimidad política14. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una ONG planetaria de lujo, sin poder ni dirección.

Presupuesto en ayuda humanitaria
Fig 4: Presupuesto en ayuda humanitaria. Fuente UN Multipartner Trust Office

Escenarios para la próxima década

A partir de las tendencias descritas, pueden anticiparse tres trayectorias plausibles hacia las cuales podría evolucionar el sistema multilateral en un futuro próximo.

Irrelevancia funcional: la ONU como reliquia institucional.

En este escenario, el declive del multilateralismo se consolida. La ONU se mantiene como una estructura administrativa encargada de tareas humanitarias, sanitarias y de desarrollo, pero sin influencia política. El Consejo de Seguridad se convierte en un espacio de retórica y veto; la Asamblea General, en un foro simbólico. Este desenlace sería el resultado del aislacionismo estadounidense, el uso instrumental de la ONU por parte de potencias emergentes, y la ausencia de consenso sobre reformas estructurales.

Reequilibrio multipolar: la ONU como foro de potencias intermedias15.

Un segundo escenario plantea una revitalización parcial impulsada por potencias medias —la Unión Europea, India, Brasil, México, Sudáfrica o Indonesia— que comprendan la utilidad de la cooperación frente a la competencia desbocada. Estas naciones podrían promover reformas graduales: ampliación del Consejo de Seguridad, creación de fondos para bienes públicos globales y mecanismos de gobernanza compartida en materias críticas. Este escenario implicaría un multilateralismo pragmático y selectivo, donde la ONU actúe como paraguas de coordinación más que como autoridad jerárquica y una revitalización de estas potencias intermedias16.

En un contexto en el que las economías avanzadas se repliegan sobre sí mismas, las potencias intermedias emergen como los nuevos garantes de los bienes públicos globales. Su posición geopolítica y su experiencia en gestión de crisis las sitúan en condiciones favorables para impulsar iniciativas en materia de cambio climático, salud pública o sostenibilidad de la deuda. El ejemplo más reciente es la propuesta brasileña, durante su presidencia del G20, de establecer un impuesto global a las grandes fortunas con el fin de financiar la acción climática17. De prosperar, esta medida podría movilizar cientos de miles de millones de dólares y contribuir a cerrar la brecha de financiación que afecta a los países de renta baja18.

Sin embargo, es improbable que las potencias intermedias se conviertan en un bloque homogéneo o dotado de gran influencia internacional. Sus intereses estratégicos y económicos son demasiado dispares como para articular una agenda común en seguridad o desarrollo. Hasta ahora, su impacto colectivo ha sido limitado: los BRICS, creados en 2009 con vocación de contrapeso al G7, han ofrecido más gestos simbólicos que resultados tangibles19. La reciente ampliación del grupo —que incorpora a Egipto, Etiopía, Irán y los Emiratos Árabes Unidos— incrementa su peso demográfico y geoeconómico, pero también su heterogeneidad. La ausencia de una visión compartida hace difícil imaginar un accionar coordinado y sostenido en el tiempo.

Una corriente extendida entre economistas y politólogos sostiene que el equilibrio de la economía mundial requiere un hegemón dispuesto a asumir los costes del sistema. Según la teoría de la “estabilidad hegemónica”, solo una potencia dominante puede garantizar el libre comercio, proteger las rutas marítimas y hacer cumplir las normas internacionales, como ocurrió con el Reino Unido bajo el patrón oro o con Estados Unidos tras 1945. Desde esta óptica, la multipolaridad equivaldría a un retorno al desorden económico y la fragmentación.

Pero esa lectura resulta insuficiente para explicar la realidad contemporánea. Ningún Estado tiene hoy incentivos para desconectarse del sistema global: la interdependencia económica es demasiado profunda20. Cada país combina, con distinto grado, apertura y proteccionismo, en función de sus capacidades y de sus prioridades industriales. En la práctica, los gobiernos actúan como árbitros de su propia inserción en la economía mundial, equilibrando el interés nacional con la necesidad de cooperación.

Un escenario ideal supondría que Estados Unidos —eventualmente junto a China— asumiera de nuevo el liderazgo en la provisión de bienes públicos globales, desde la financiación climática hasta la transferencia tecnológica para la descarbonización21. Sin embargo, la disposición de las grandes potencias a desempeñar ese papel es escasa. Las economías avanzadas muestran una creciente fatiga de responsabilidad, reacias a sostener los costes de la gobernanza global, y nada indica que esa tendencia vaya a revertirse a corto plazo.

La experiencia reciente ha demostrado, además, que el poder hegemónico puede ser tanto benévolo como coercitivo. Las mismas estructuras que facilitan la cooperación pueden utilizarse para imponer normas que favorezcan intereses particulares o para sancionar a los Estados que se apartan de las directrices del hegemón. Las medidas punitivas extraterritoriales de Estados Unidos contra Irán o Rusia ilustran cómo la interdependencia económica puede transformarse en un instrumento de coerción política22.

En consecuencia, la principal aportación de las potencias intermedias podría consistir en ofrecer un modelo alternativo de gobernanza: demostrar que la multipolaridad puede ser viable y compatible con la estabilidad internacional. Su ejemplo puede servir para delinear un orden más equilibrado, donde el liderazgo se ejerza de forma distribuida y responsable. No obstante, para cumplir ese papel deberán consolidarse como actores previsibles y transparentes, comprometidos tanto con la cooperación regional como con una mayor rendición de cuentas interna23.

Reinvención estructural: la ONU como red de gobernanza global.

El escenario más ambicioso supone una transformación conceptual del multilateralismo. En lugar de una organización piramidal y estatal-centrista, emergería una ONU en red, articuladora de plataformas temáticas y alianzas flexibles. Este modelo permitiría integrar a actores no estatales —empresas, universidades, ONGs, ciudades— en la formulación de normas globales. El Consejo de Seguridad podría transformarse en un Consejo Global de Estabilidad, con representación variable según la naturaleza de las crisis. Aunque visionario, este modelo responde a una realidad: los desafíos del siglo XXI —climáticos, tecnológicos, sanitarios— no pueden resolverse mediante estructuras concebidas para 194524.

Conclusiones

El abandono del multilateralismo constituye uno de los fenómenos más significativos del orden internacional contemporáneo25. No se trata de una crisis de eficiencia, sino de legitimidad y voluntad política. La renuncia al principio de cooperación implica aceptar un escenario dominado por la ley del poder.

La ONU sigue siendo el único foro universal para canalizar las diferencias dentro del derecho internacional. El trumpismo simboliza la deriva hacia la política exterior transaccional, pero también nos demuestra que la cooperación global no puede depender de una sola potencia.

El futuro de la ONU reflejará el equilibrio entre poder y norma. Si las potencias optan por el interés inmediato, el multilateralismo se convertirá en una reliquia; si reconocen la necesidad de la seguridad

Francisco Márquez y de la Rubia
Analista Principal del IEEE

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1]The Economist, “The UN’s grim future”, septiembre de 2019
[2]El artículo “The UN’s Grim Future”, publicado por The Economist en septiembre de 2019, planteaba tres escenarios sobre la evolución institucional de Naciones Unidas: la marginalización bajo el unilateralismo estadounidense, la continuidad inercial sin reformas profundas y una improbable renovación estructural. La presente interpretación retoma esa tipología como marco analítico, adaptándola a la coyuntura geopolítica de 2025 y a la evolución del multilateralismo tras el retorno del trumpismo. No se trata de una cita textual, sino de una reelaboración argumental inspirada en aquel planteamiento.
[6]Global Policy Forum (2023). UN Funding and Financial Crisis Briefing Paper.
[8]Fues, T. (2024). “Normative Fatigue in Global Governance.” Journal of Global Policy Studies, 16(2), 88–104.
[9]Nye, J. (2023). Do Morals Matter? Oxford University Press.
[10]Mahbubani, K. (2020). Has China Won? The Chinese Challenge to American Primacy. PublicAffairs.
[11]Walt, S. M. (2022). “The Death of Globalism.” Foreign Policy.
[12]United Nations University (UNU-CRIS, 2024). Technology and Global Governance Report.
[13]Acharya, A. (2021). Multilateralism in a Multipolar World: From Collective Security to Collective Responsibility. International Affairs, 97(3), 641–659.
[14]Weiss, T. G. & Daws, S. (2020). The Oxford Handbook on the United Nations. Oxford University Press.
[15]Instituto Español de Estudios Estratégicos IEEE. Potencias medias: transitando hacia un orden multipolar CE 225. Madrid 2024
[16]Hurrell, A. (2022). “Global Order and the Rise of the Rest.” Survival, 64(4), 7–24.
[17]The Economist, “Brazil’s G20 and the Global Wealth Tax Proposal,” The Economist, junio de 2024.
[18]United Nations Development Programme (UNDP), Closing the Climate Finance Gap, Informe 2024
[19]Stuenkel, O. (2022). The BRICS and the Future of Global Order. Lexington Books
[20]Baldwin, R. (2019). The Great Convergence: Information Technology and the New Globalization. Harvard University Press
[21]Nye, J. S. (2024). “Middle Powers and the Future of Global Governance.” Project Syndicate, enero 2024
[22]Tooze, A. (2023). “Sanctions and Power in the Post-Western Order.” Foreign Policy, 12 de abril de 2023
[23]Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), Cuaderno de Estrategia 225: Potencias medias. Transitando hacia un orden multipolar, Madrid, 2024.
[24]Amrita Narlikar, “Reimagining Multilateralism for a Fragmented World,” Global Policy Journal, vol. 15, no. 1, 2024.
[25]Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) (2024). Cuaderno de Estrategia 229: El orden liberal en crisis.
    • La ONU ante el eclipse del multilateralismo: entre la irrelevancia y la reinvención

    • The UN in the face of the eclipse of multilateralism: between irrelevance and reinvention