
16 dic 2025
IEEE. India y su vecindario musulmán occidental
Ana Ballesteros Peiró. Investigadora sénior asociada del Real Instituto Elcano
Introducción: bases de la política exterior india
India se ha percibido tradicionalmente como un líder global, visión que no siempre ha sido reconocida por otros países. En un momento de transición del orden internacional, en el que el poder está girando hacia Asia y la posición de India está adquiriendo mayor protagonismo, las oportunidades de alcanzar un estatus superior están más cerca. Para ello, India no solo ha conseguido escalar al quinto puesto económico global, sino que su potencial como tercer gran poder de Asia está trascendiendo los límites del sur del continente, donde ha dominado tradicionalmente y desde el que proyecta su poder más allá de los patrones de amistad/enemistad que ha manejado en el pasado.
Igualmente, el escenario internacional favorece este giro hacia un mayor estatus, dado que la asertividad de China en otras regiones asiáticas está aumentando el interés en lo que India puede aportar como contrapeso. Así, gradualmente, mientras el gobierno de Nueva Delhi está adquiriendo las capacidades materiales para llegar a ser el actor global que tanto ha ansiado, el reconocimiento como tal se refleja en su mayor interacción internacional. En consecuencia, India está presente en los cálculos estratégicos de Estados Unidos y de otras potencias globales, como la Unión Europea, Japón, China y Rusia (Kapur, 2023: 19).
La política exterior de India ha reflejado, como en el caso de otros países, un proceso de adaptación a los cambios internos del país, del Asia meridional y del mundo. La prioridad se establece en basar las relaciones con otros países en el desarrollo. Así, la economía es el factor central en la formulación de las relaciones exteriores.
La evolución de las doctrinas de política exterior ha mostrado dos fases desiguales, fuertemente marcadas por el periodo de descolonización y la caída de la Unión Soviética. En una fase inicial, la política exterior estaba guiada por el primer ministro Jawaharlal Nehru, líder del Partido del Congreso de India (INC por sus siglas en inglés) y el más longevo en el cargo (1947‑1964). Nehru abanderó el **no alineamiento** como forma de navegar en un mundo bipolar, con la estrategia de evitar servir a cualquiera de los dos líderes globales. El trauma de la descolonización, las necesidades de construir el Estado, sentar las bases de la India poscolonial, dividida en dos tras la partición de Pakistán y salir del subdesarrollo, guiaron al país en los primeros años.
Sin embargo, Nehru salió de su sueño panasiático y de solidaridad de países poscoloniales cuando perdió la guerra de 1962 contra China. En la década de 1970, con el alineamiento de Estados Unidos y China, el gobierno indio se acercó más a los soviéticos, manteniendo, no obstante, su posición no alineada con el bloque. Sin embargo, el acercamiento entre Pakistán, Estados Unidos y China llevó a India a alinearse más con la Unión Soviética, posición que se materializó con la firma del Tratado de Paz, Amistad y Cooperación en agosto de 1971. De esta forma, la política exterior empezó a adquirir una tónica más realista y menos idealista. La intervención en la guerra de liberación de Pakistán Oriental (Bangladés) de Pakistán Occidental en diciembre de 1971, para la que contó con el respaldo soviético, mostró la capacidad de India de intervenir en el vecindario si su seguridad se veía seriamente afectada.
A partir de la disolución de la Unión Soviética, India inició una nueva etapa que acababa con el aislamiento. La política exterior se puso al servicio del desarrollo económico y se comenzó a insertar el país en la economía de mercado. El proceso ha sido gradual, de la mano de varios dirigentes, empezando por Narasimha Rao (1991‑1996), siguiendo por el primer líder del Partido Nacionalista de India (Bharatiya Janata Party, BJP) en ganar las elecciones generales, Atal Bihari Vajpayee (1996 y 1998‑2004), Manmohan Singh (INC, 2004‑2014) y Narendra Modi desde 2014. Estos líderes continuaron la labor de integrar a India en el mundo y alejarla del aislacionismo económico (Menon, 2021: 301) más común en sus primeros años.
La política exterior india mantiene la voluntad de preservar la autonomía en la toma de decisiones y existe en función de sus intereses de desarrollo económico. Con el BJP en el gobierno, la hindutva ha dejado de ser una ideología únicamente interna, aunque las ideas que puede exportar sean más propias de un poder blando y una imagen amable que del chovinismo más explícito que se despliega a nivel doméstico.
La hindutva, a priori, puede considerarse un obstáculo para las relaciones de India con los países de mayoría musulmana, pero no parece ser así. Las relaciones con estos países se basan únicamente en los intereses comunes comerciales. India sigue el mismo patrón para relacionarse con diversos países, independientemente de la naturaleza de los gobiernos. Así, en lugar de crear alianzas con países afines ideológicamente, India prefiere establecer asociaciones o partenariados bilaterales, multilaterales y plurilaterales en torno a un interés o tema concreto. Lo que Samir Saran llama «clubes de coincidencia» (Saran, 2015: 624), agrupamientos en los que haya margen de maniobra y flexibilidad en la toma de decisiones.
La política exterior india tampoco carece de ideas o valores, aunque no guían sistemáticamente su actuación. Las preferencias tienden a establecerse con países que hayan pasado una experiencia histórica similar, como los países que formaron parte del Movimiento de los No Alineados y los del G‑77 (Menon, 2021: 301), con lo que mantiene el interés y necesidad de fomentar un orden multilateral. Los gobiernos de Nueva Delhi han mostrado preferencia por un sistema con múltiples actores, en un orden igualitario, sin jerarquías ni hegemonías, basado en normas (inspiradas en el derecho internacional), democrático y plural y con una política multidireccional.
La relación de India con Pakistán y Afganistán entra dentro de la política del vecindario inmediato (Neighbourhood first policy), mientras que Irán y los países del golfo pérsico, se consideran el vecindario extenso (extended neighbourhood). Con Pakistán, no obstante, apenas queda relación bilateral. El trauma de la partición, las guerras libradas entre ambos países y el uso del yihadismo para atacar India por parte de grupos apoyados por Pakistán, bajo su estrategia de reclamo del territorio de Cachemira, ha acabado agotando la vía del diálogo. El comportamiento de Pakistán, de hecho, ha contribuido a la mala imagen de los musulmanes de India, que, sin haber sido partícipes de sus actos, son condenados en virtud de la religión que profesan.
India y el islam: siglos de historia fuertemente politizados
El debate sobre la relación entre India y el islam es muy complejo. Siglos de historia entre la primera llegada de los comerciantes árabes en el siglo VIII en la costa occidental de Malabar, hasta las invasiones desde el oeste y Asia central, introdujeron la religión de mano del comercio y la conquista, respectivamente.
Los mitos sobre el islam y su papel en la historia india son múltiples. El mensaje más común es el de la violencia de la conquista, el pillaje, las conversiones por la fuerza y el poder de la espada. Buena parte de este relato obvia otras realidades, como la introducción de la religión de forma paulatina en la población nativa, integrándose en el tejido social a lo largo del tiempo (Ballesteros Peiró, 2013: 120). Pero como afirma Amartya Sen, esta apropiación de la historia sirve a unos intereses del grupo del Sangh Parivar1 para describir India como inherentemente hindú, ignorando la historia. Además de querer prevalecer en lo político, en lo social, esta ideología provee respaldo popular a través de diversos programas de socialización y reclutamiento de ciudadanos en la hindutva, elemento especialmente relevante entre la diáspora india (Sen, 2005: 43).
Esta ideología ve en India no solo un país de mayoría hindú, sino de identidad exclusiva y son los musulmanes quienes son objetivo de un señalamiento que los marca como foráneos. Estas ideas ya circulaban en el siglo XIX, pero con la llegada del BJP al poder, se han normalizado. El hinduismo, no obstante, no tiene una estructura unificada o una serie de libros sagrados aceptados universalmente (Andersen y Damle, 2019: 77). Hay múltiples prácticas y entendimientos de la religión. El término se hizo popular con la publicación del libro de Vinayak Damodar Savarkar de 1923 Hindutva. ¿Quién es hindú? La idea hace énfasis en la unidad de los hindúes y su cohesión, según la cual, en India, como patria y tierra sagrada, junto a los hindúes, caben los budistas, jainistas y sijs, dado que sus religiones nacieron en la tierra, mientras que cristianos y musulmanes no, puesto que sus religiones tienen origen en otros países.
El legado de la división de India en la independencia ha castigado a los musulmanes. Por una parte, la creación de Pakistán en base al nacionalismo musulmán que lideró Muhammad Alí Yinnah al frente de la Liga Musulmana, dejó un poso de sospecha respecto a su lealtad. Sin embargo, se obvia el hecho de que, para muchos musulmanes de India, la separación del país supuso una traición (Ahmed, 2019: 14). Yinnah es presentado como el villano artífice de la división territorial de India y de su debilitamiento estratégico. En palabras de Savarkar,
«los nuevos enemigos islámicos no solo aspiraban a aplastar al poder político hindú… tenían también una ambición religiosa feroz… millones de invasores musulmanes de toda Asia cayeron sobre India, siglo tras siglo, con toda la ferocidad de su mandato para destruir el hinduismo, que era el alma de la nación…» (Savarkar citado por Sarkar, 2001: 156).
Sin embargo, no hay evidencias que demuestren que fueran fanáticos y se ignora que las dinastías se indianizaron, existiendo patronazgo a instituciones religiosas hindúes y con miembros de esta religión dentro de las cortes mogolas.
Igualmente, la visión promovida es que los musulmanes son separatistas irremediablemente condicionados por los dictados de una religión estática e inflexible. Empero, esto ignora el papel de figuras como Sir Syed Ahmad Khan o Abdul Kalam Azad, que trabajaron por una India unida y rechazaron su división en base a comunidades religiosas. De 1947 en adelante, a los musulmanes se les va a presuponer un apoyo a Pakistán que contrasta con la realidad, que es una aceptación de India y una serie de identidades múltiples que no tienen necesariamente al islam como única fuente. Es más, creer que los musulmanes de India se identifican más con el vecino o con los países de Oriente Medio ignora la multiplicidad de factores identitarios, como la clase social, la casta (que determina ocupación y estratificación social), la región de residencia, la lengua, el género o la ideología política.
El devenir del siglo XX, la erupción del islamismo y el impacto de los atentados del 11 de septiembre añadieron mayor tensión a la convivencia. Con cada atentado terrorista a manos de grupos respaldados por Pakistán, como el Lashkar‑e Taiba (LeT) o el Jaish‑e Mohammad (JeM), la responsabilidad recayó en los musulmanes indios, a los que se hace partícipe o cómplices involuntarios de los designios del vecino. Atentados como los del Parlamento indio en diciembre de 2001 o en Mumbai (2008), polarizaron cada vez más a la población contra los musulmanes, facilitando la popularidad del discurso de la hindutva.
Pakistán: el mundo bajo el prisma identitario y la entrada vetada a Afganistán
La creación de la República Islámica de Pakistán en 1947 dividió el territorio indio, según muestra el mapa 1 y la reclamación territorial en torno a Cachemira marcó la relación bilateral desde una postura de confrontación. Al contrario de India, Pakistán se ubicó bajo la esfera occidental durante la Guerra Fría. Su objetivo era conseguir un patrón lo suficientemente fuerte para que le ayudara a contrarrestar el poder convencional indio.
A nivel regional, la oposición de Pakistán a la hegemonía de India en Asia meridional tiene raíces ideacionales que han hecho del juego suma‑cero un impedimento para la cooperación, no solo entre el vecindario sino también en otras regiones asiáticas, como Asia occidental u Oriente Medio. En el caso de los países del golfo, tradicionalmente, Pakistán ha intentado aislar a India sobre la base de la pertenencia a la religión islámica. Asimismo, la cercanía a otros aliados de Estados Unidos ha mantenido a Pakistán conectado con patrones generosos que han financiado una economía inestable, muy lastrada por la mala gestión y la centralidad del elemento ideológico (anti‑indio) en la política exterior pakistaní.
Rivalidad tradicional: una estrategia a tres bandas
Pakistán e India se han enfrentado al menos en cuatro ocasiones (1947‑48, 1965, 1971 y 1999) en guerras, todas a instigación del establishment militar de Rawalpindi y saldadas con derrotas. Según la definición de Zionts, un Estado revisionista irracional es aquel que es incapaz de revisar su política contra el statu quo, a pesar de haber sufrido una derrota significativa (Zionts, 2006). En la búsqueda de medios para contrarrestar el poder militar de India sobre sí, este establishment buscó primero, como se ha mencionado previamente, el respaldo de un aliado fuerte y, posteriormente, la creación de fuerzas no convencionales que libren una oposición de tipo híbrido contra India. La primera experiencia tuvo lugar poco después de la independencia, cuando Pakistán infiltró a miles de insurgentes a través de la frontera para tomar Cachemira por la fuerza en octubre de 1947, denominando la operación como yihad bajo mando de un oficial, Akbar Khan, que tomó el nombre de guerra de Tariq (por Tariq bin Ziyad), liderando las «fuerzas de liberación» (Haqqani, 2005: 29).
La obsesión de este establishment con India y su monopolio de la defensa y política exterior ha impedido mantener una relación bilateral funcional, aunque haya habido episodios de concordia. Buena parte de la cultura estratégica de Pakistán está basada en la percepción de amenaza. A lo largo de la historia, el Ejército pakistaní ha desplegado cinco narrativas principales India‑céntricas que prevalecen en la cultura estratégica:
- La presunción de que la India no acepta la teoría de las dos naciones
- La certidumbre de que Pakistán es el único país capaz de frenar a la India en sus pretensiones hegemónicas
- La creencia de que India empezó todas las guerras con Pakistán
- La convicción de que la India no es esa superpotencia que cree ser, minimizando su poder porque «es hindú»
- El principio de que India es la raíz de los problemas de seguridad de Pakistán (Fair, 2014: 136‑137)
Parte de los principios que formaron Pakistán contenidos en la teoría de las dos naciones (hindúes una, musulmanes otra) se denomina la «ideología de Pakistán». Esta ideología es monopolizada por el Ejército, que se ha atribuido la defensa de las fronteras físicas e ideológicas del país. El primer líder militar que añadió las fronteras ideológicas como factor a defender fue el General Yahya Khan (1969‑1971), bajo cuyo gobierno se perdió la mitad oriental, lo que pasó a ser Bangladés.
Es así como, bajo esta idea, se consideró el islam como elemento vertebrador del país. El uso instrumental de la religión por parte de los militares tiene al menos tres objetivos:
- como forma de unificar el país proveyendo una ideología que esté por encima de las afiliaciones étnicas o provinciales;
- para movilizar y preparar a la población para la guerra y justificar su elevado presupuesto; y
- para motivar a los soldados extendiendo la idea de que el islam les confiere ventajas sobrenaturales (Fair, 2014: 86).
Mientras Pakistán ha ligado tradicionalmente la relación bilateral a la resolución del conflicto de Cachemira, tratando de internacionalizarlo y llamando a la convocatoria de un referéndum bajo la resolución 47 de la ONU, para India la postura tradicional ha sido la de considerar el conflicto negociable de forma bilateral y, más recientemente, como un asunto exclusivamente interno. Este giro se hizo definitivo tras la revocación en agosto de 2019 del estatus especial con el que contaba la parte del territorio administrado por India, el cual venía recogido en el artículo 370 de la Constitución.
Dada la mala relación con Afganistán e India, Pakistán necesitaba apaciguar una de sus fronteras para poder centrarse en conseguir el territorio cachemir. La idea de la profundidad estratégica consistía en cultivar un gobierno afín en Kabul, que neutralizara las demandas de independencia de minorías nacionales como los pastunes y baluchíes y mantuviera alejada a India de su retaguardia, dado que sucesivos gobiernos afganos han rechazado la frontera conocida como línea Durand y reclaman las áreas pobladas mayoritariamente por pastunes en territorio pakistaní.
Para Pakistán, el objetivo seguía siendo Cachemira, centrando la estrategia en cultivar las fuerzas irregulares y promover el islamismo. En las décadas de 1950 y 1960, para neutralizar la reclamación del Pastunistán desde Kabul, el gobierno de Ayub Khan y las agencias de inteligencia pakistaníes albergaron en su territorio los líderes y grupos islamistas perseguidos por el gobierno afgano. Estos grupos encontraron refugio en Pakistán y establecieron alianzas con partidos afines (Yama’at‑e Islami y Yamiat‑e Ulema‑e Islam), con el objetivo de tomar algún día el poder en Kabul. Por su parte, India veía en estas alianzas una intromisión en la soberanía afgana.
Zulfiqar Alí Bhutto (1971‑1977) fomentó las alianzas de los islamistas a través de los servicios de inteligencia para ganar mayor influencia en Afganistán en 1973, a través de la Oficina de Asuntos Exteriores de Pakistán, a través de la cual se creó una célula afgana que organizara a diversos grupos islamistas bajo el liderazgo de Gulbuddin Hekmatyar y Burhanuddin Rabbani (Haqqani, 2005: 104). Bhutto utilizaba la idea del efecto dominó sobre Asia, al exagerar la percepción del peligro que suponía para Pakistán la URSS antes de que invadiera Afganistán y conseguir así ayudar militar estadounidense. De esta forma, en 1973 se establecieron campos de entrenamiento en las dos agencias tribales de Waziristán, donde unidades paramilitares del Cuerpo de Fronteras de las Agencias Federalmente Administradas, comandadas por oficiales del ejército pakistaní, se dedicaron a entrenar a los afganos que habían escapado de la represión anti‑islamista de Daoud Khan tras su golpe de Estado en 1973 (Fair, 2014: 121). A partir de 1975, Pakistán respaldó una serie de insurrecciones en Kabul, lo que fomentó mayor represión y mayor éxodo del islamismo afgano. Se estima que entre 1973 y 1977, se entrenó en territorio pakistaní a cerca de cinco mil militantes (ibid.: 122).
Con la invasión soviética y la llegada de ayuda económica, militar y armamentística por parte norteamericana y saudí, Pakistán canalizó parte de esa ayuda hacia las fuerzas irregulares orientadas a luchas contra India en Cachemira, que formaron vínculos con la yihad afgana. Los grupos como el Lashkar‑e Taiba (LeT) y Jaish‑e Mohammad (JeM) son legado de esta política. Sin embargo, ante la imposibilidad de los grupos muyahidines de compartir el poder en Kabul tras la retirada soviética y la consiguiente guerra civil, Pakistán vio en los talibanes una nueva baza para mantener a India alejada de su patio trasero.
La ascendencia de Al‑Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre, inspiró a LeT y JeM a ampliar sus ataques también en el resto del territorio indio, lo que deterioró aún más las relaciones hasta el punto de cortarlas. El impacto de los atentados generó un creciente rechazo en la población india hacia los acercamientos a Pakistán. Si bien Modi, tras ganar su primera legislatura en 2014, estimó la posibilidad de acercarse al gobierno de Nawaz Sharif, en quien encontró un aliado para la paz. Su visita sorpresa a Lahore en diciembre de 2015 fue clave, dado que llegaba desde Afganistán, país con el que India estaba estrechando lazos. La buena sintonía Sharif‑Modi acabó unos días después, cuando un grupo terrorista cachemir (con la sospecha del respaldo del JeM) mató a ocho soldados indios en la base aérea de Pathankot. Desde entonces, Modi no ha vuelto a tender la mano.
¿Talibán 2.0? Posición india
Se tiende a subestimar la importancia de Afganistán y verlo únicamente bajo el prisma del conflicto. A pesar de que no tenga acceso al mar, es un Estado bisagra entre tres subregiones asiáticas: Asia central, meridional y occidental. Su importancia estratégica, por tanto, es clave para el continente asiático (Kugelman, 2022: 232) y la conectividad entre estas subregiones.
La enemistad de India y Pakistán ha sido evidente en sus relaciones con Afganistán. Mientras que India apoyó a los soviéticos durante la invasión, Pakistán y Estados Unidos se emplearon en respaldar a los muyahidines. India era cercana al gobierno de Mohammed Nayibulá tras la retirada de los soviéticos en 1989. No obstante, dada la gran influencia pakistaní, el gobierno de Narasimha Rao decidió acercarse a diversas facciones, independientemente de su ideología o cercanía a Pakistán (Choudhury, 2019). De forma similar, India está realizando un acercamiento a los talibanes. Para estos, India es una opción para equilibrar la sobredependencia de Pakistán.
El pasado, en este sentido, no define las relaciones presentes. Entre 1996 y 2000, India respaldó a las fuerzas anti‑talibán de la Alianza del Norte o del Frente Unido, especialmente, las fuerzas de Ahmad Sah Masud, sin otorgar reconocimiento al movimiento, como sí hizo Pakistán. Tras la disolución del Emirato Islámico talibán y el ascenso de la República afgana en 2001, la rivalidad con Pakistán acercó a Nueva Delhi, que invirtió en ayuda al desarrollo e infraestructuras, especialmente en las áreas de mayoría pastún del país, como forma de ganarse a la población y sus líderes y para mantener a Pakistán en vilo sobre su papel en territorio afgano (ibid.). Asimismo, gracias al gobierno indio, Afganistán entró en la asociación regional del sur de Asia en 2007 (Kugelman, 2022: 234).
India y Afganistán firmaron un Acuerdo de Partenariado Estratégico y otro Acuerdo Comercial Preferencial en 2011, por el que India se convertía en el mayor inversor de la región y el quinto a escala global (Brookings, 2017). India se encargó de la construcción de la autopista Zaranj‑Dilaram, la presa Salma o el edificio del Parlamento, además de una generosa inversión en educación (construcción de escuelas y donación de becas). India, además, se convirtió en un país admirado y respetado en Afganistán durante esos veinte años, muy a diferencia de Pakistán, que era rechazado por sus injerencias y su respaldo a los talibanes (D’Souza, 2011). El gobierno indio también ofreció entrenamiento militar a las Fuerzas Armadas y a la Policía afganas, además de armamento, aunque en una capacidad limitada. Si Nueva Delhi y Kabul no han fortalecido su relación bilateral, ha sido debido a la falta de una vía de comunicación directa, dado que el gobierno pakistaní ha rechazado consistentemente otorgar derechos de tránsito.
A la luz de la hostilidad de los gobiernos de la República afgana hacia Islamabad, Pakistán siguió cultivando el regreso de los talibanes al poder y, desde 2014, comenzó la construcción de un vallado a lo largo de la frontera con Afganistán. Empero, mientras Pakistán apoyaba a los talibanes afganos, perseguía a los suyos propios. El Movimiento Talibán de Pakistán (Tehrik‑e Taliban Pakistan, TTP) surgió alrededor de 2007, como resultado del descontento con el gobierno militar de Pervez Musharraf, tanto por su alianza con Estados Unidos como por el ataque a la mezquita Roja de Islamabad, cuyos líderes habían desafiado al gobierno para imponer la sharía como ley estatal. El bombardeo de la mezquita y la consiguiente muerte de centenares de insurgentes y estudiantes generaron una ola de rechazo que se materializó en la fundación del TTP.
Precisamente, el TTP envenena la relación de Pakistán con Afganistán tras la retoma de Kabul por los talibanes en agosto de 2021, una vez retiradas las tropas internacionales y tras los Acuerdos de Doha. Los ataques son constantes y el gobierno de facto afgano no parece tener interés por acabar con sus actividades en suelo afgano. La violencia en Pakistán ha aumentado un 56% en 2023 (Ballesteros Peiró, 2025), cuyo gobierno, cada vez más frustrado con Kabul, está procediendo a expulsar a los refugiados afganos en su territorio, incluidos aquellos con un estatus regularizado y décadas de residencia.
India está acercándose a Kabul con cautela, aunque genere rechazo, dada la naturaleza ideológica del régimen talibán. Aun así, en enero de 2025, el secretario de Exteriores indio, Vikram Misri y el ministro de Exteriores afgano en funciones, Amir Khan Muttaqi se reunieron en Dubái, aprovechando la buena relación de ambos países con los Emiratos Árabes Unidos (EAU), para tratar diversos temas. Es una llamada de atención sobre las diversas dinámicas cambiantes en la región (ibid.). Especialmente, la importancia para India de Afganistán como vía de acceso a Asia central y la utilidad de la relación de Delhi con Asia occidental, en especial, la importancia de la conectividad con Irán y la geoeconómica de los países árabes del golfo.
La importancia del golfo pérsico
La política de Delhi, como ya se ha mencionado, cambió tras la disolución de la Unión Soviética, con la que India no estaba alineada formalmente, pero con quien tenía el citado tratado de 1971 (como respuesta también al alineamiento de Estados Unidos y China, principal rival de India y frente a la que perdió una guerra en 1962).2 A partir de la década de 1990, India se centrará en su desarrollo económico, para lo cual era prioritario acceder a los mercados energéticos del golfo, región próxima y a la que tiene fácil acceso por vía marítima.
A medida que India ha ido adquiriendo seguridad en sus interacciones internacionales, su capacidad para acercarse a países con los que previamente apenas tenía contacto ha ido en aumento. En el caso de los países del golfo pérsico, la tradicional cercanía de Pakistán mantuvo a India relativamente alejada en el pasado. Sin embargo, los gobiernos en Nueva Delhi han pasado de ver a estos países como un conjunto de petro‑Estados semifeudales, promotores de inestabilidad e islamismos varios (Mohan, 2020), a potenciales aliados.
Asimismo, a las necesidades económicas hay que sumar las presiones regionales. El conflicto que India y China mantienen a lo largo de la frontera acentúa la competición en el océano Índico (Baruah, 2023: 89). Igualmente, ante la necesidad de evitar los efectos negativos de la Gran Competición Global entre Estados Unidos y China, India busca una tercera vía, aunque todavía no se haya definido un sistema alternativo a la creciente bipolaridad (Menon, 2023).
Es precisamente en este escenario donde India desarrolla su política de orientación a Asia occidental (look west), bajo la que los países del golfo se definen como parte del vecindario extenso. Esta visión fue iniciada durante la legislatura de Singh, acelerada por Vajpayee en función de la necesidad de garantizar acceso a otros mercados y fuentes de energía (Tandon, 2016: 353; Menon, 2021: 227). El acceso reciente a este espacio marítimo de China, en el que otrora India prevalecía debido a su posición privilegiada, ha incrementado la competición entre ambos países por el acceso a los recursos del golfo y para garantizar la protección de las líneas marítimas de comunicación (SLOC por sus siglas en inglés).
La formulación de esta política que «mira al oeste» alinea necesidad económica y expansión comercial, bajo conceptos del papel nacional que Holsti define como líder de un subsistema (Asia meridional), independiente activo y partidario‑liberador (Ashwarya, 2023: 584). Además, India se ve como mediador pacífico, que evita la formación de alianzas y compromisos hacia grandes poderes (Holsti, 1970: 280). A este papel inspirado en el legado nehruviano, se la añade la reformulación que desde la década de 1990 viene transformando las visiones geopolíticas indias. Como rearticulación de sus representaciones geográficas, India ha pasado de ser un país no alineado a uno que, como se ha mencionado, presenta características de liderazgo, aunque mantenga rasgos del discurso tradicional estratégico más nehruviano (Mohan, 2019: 306).
Este viraje indio se adapta a otros cambios globales. Por una parte, un giro en las prioridades estadounidenses que, a su vez, ha generado una reacción en la región del Indo‑Pacífico. El pivote hacia Asia abanderado por el presidente Barack Obama fue de la mano de una reticencia de los Estados Unidos de seguir actuando como garante de la seguridad de los países socios del golfo. La caída de aliados de largo recorrido, como Hosni Mubarak en Egipto o Zine El Abidine Ben Ali en Túnez, generó inseguridades en otros líderes de la región a raíz de las protestas de los Levantamientos Árabes (2010‑2011). La fatiga de las guerras en Iraq y Afganistán generó rechazo para intervenir en Siria, a pesar de que el presidente Bashar al Assad cruzara la línea roja que Obama había señalado como desencadenante de una reacción3. La percibida como retirada de Oriente Medio, junto a la firma del Plan de Acción Integral (Joint Comprehensive Plan of Action, JCPOA) del P5+1 con Irán, anunciaba la intención de cerrar el capítulo iraní para pasar a centrarse en otras prioridades.
Aunque con el presidente Donald Trump se aplacaron los temores del liderazgo saudí, ante la falta de reacción tras los ataques huzíes sobre las instalaciones petroleras de Aramco en Abqaiq y Khurais en plena península arábiga, los países del Consejo de Cooperación del golfo (CCG) adoptaron una actitud más proactiva en aras de su propia defensa. Quedó, por tanto, patente el cambio de la doctrina de seguridad y protección de las instalaciones energéticas que Estados Unidos había garantizado durante décadas a sus socios árabes del golfo (Al‑Saif, 2024). De la necesidad de autosuficiencia de los países del golfo, a la doctrina de autonomía estratégica india, la convergencia de intereses quedó establecida.
Lo que unió la economía, no lo separa la ideología
India es la quinta economía mundial, llamada a ser la tercera a finales de la década de 2030, poniéndose por delante de Japón y Alemania y justo detrás de Estados Unidos y China (García Herrero y Ketels, 2023). India ha mejorado considerablemente el dinamismo y la apertura de su economía respecto a años anteriores. Como muestra el gráfico 1, es uno de los pocos países que mantiene un elevado crecimiento económico, que, a pesar de haber descendido en el último año, ha permanecido en un 7% anual (según el FMI para 2024). En cambio, Pakistán ha crecido un 2,4%. El país que menor crecimiento mostró en 2024 fue Arabia Saudí (1,5%), pero si tenemos en cuenta su PIB per cápita (gráfico 2), el impacto es menor que en Pakistán ($50188 en el caso saudí y $5377 en el pakistaní). El crecimiento de China se ha desacelerado (4,8%), EAU (4%) le sigue con un ritmo similar e Irán, a pesar de las sanciones, mantiene un crecimiento del 3,7%.
Las relaciones entre India, Arabia Saudí y EAU están orientadas hacia lo que denominan una visión pragmática, libre de ideologías e injerencias de tipo normativo en los asuntos propios. Es en este escenario donde la política india encaja y donde la pakistaní desentona. En los países del golfo, India encuentra socios con los que pueden diversificar sus mercados y proveer alternativas para garantizar la seguridad de las SLOC por las que circulan su energía y comercio. En la otra dirección, los saudíes y emiratíes consiguen diversificar sus exportaciones energéticas hacia la quinta economía del mundo, a la vez que consiguen mano de obra barata, colaboración para la construcción de infraestructuras de conectividad y diversificación de sus economías. El interés nacional y la estabilidad son las condiciones para su desarrollo, según reflejan sus respectivas visiones 2030 (2035 en el caso de Kuwait), que hacen énfasis en temas trasnacionales como el cambio climático, la inteligencia artificial y la tecnología.
India ha firmado un acuerdo marco y otro de cooperación con el Consejo de Cooperación del golfo y mantiene negociaciones para un acuerdo de libre comercio. Con EAU, India firmó un Acuerdo Integral de Asociación Económica en 2022, además de un partenariado estratégico de seguridad, un diálogo trilateral al que se les suma Francia (UFI) y el I2U2 (India, Israel, Estados Unidos y EAU), asociación precursora de lo que luego pasó a ser el Corredor Económico India‑Oriente Medio‑Europa (conocido por sus siglas en inglés, IMEC). Mantiene igualmente un memorando de entendimiento en cooperación nuclear con EAU firmado en septiembre de 2024 para cooperación en energía nuclear civil.
| Exportaciones | Importaciones | |||
|---|---|---|---|---|
| Cantidad en millones de dólares | Porcentaje total | Cantidad en millones de dólares | Porcentaje total | |
| Afganistán | 355,45 | 0,08 | 642,29 | 0,09 |
| Pakistán | 1188,85 | 0,27 | 2,88 | 0,00 |
| Irán | 1222,20 | 0,28 | 625,14 | 0,09 |
| EAU | 35.625,02 | 8,15 | 48.025,58 | 7,08 |
| Arabia Saudí | 11.558,57 | 2,64 | 31.416,37 | 4,6 |
| Qatar | 1700 | 0,39 | 12.342,5 | 1,81 |
| Kuwait | 2103,22 | 0,48 | 8.362,82 | 1,23 |
| Omán | 4426,47 | 1,01 | 4.502,89 | 0,12 |
| Bahréin | 9094 | 0,20 | 829,4 | 0,12 |
Tabla 1. Comercio de India (2023‑2024). Fuente: Ministerio de Comercio de India
La disonancia con Pakistán queda patente. Mientras sigue anclado en el revisionismo y su competencia con India, ideología y transaccionalidad han acabado afectando sus relaciones con el golfo y otros aliados, especialmente, bajo el gobierno de Imran Khan (2018‑2022). La inestabilidad política daña la economía de Pakistán, con la consecuente pérdida de socios y la cada vez mayor dependencia de las inversiones de China (Haqqani, 2022).
La transición ideológica de estos Estados también se refleja en la minimización del impacto de los conflictos regionales, como demuestra la firma de los Acuerdos de Abraham. Mientras que la retórica de los gobiernos de Riad y Abu Dabi enfatiza la necesidad de «reconciliación» y desescalada, Pakistán sigue sin reconocer a Israel, algo que India hizo en 1950, aunque no estableció lazos diplomáticos plenos hasta 1992. Tanto saudíes como emiratíes, a pesar de ser aliados tradicionales, se han alejado de Pakistán, tanto por sus intereses como consecuencia del agotamiento de las dinámicas que el gobierno de Islamabad impone en sus relaciones internacionales. India ha entrado de lleno en esta región y a Pakistán le va a costar mantenerla alejada.
La importancia de Delhi para los mercados del golfo y su peso económico y político es evidente. Además del aspecto normativo (respeto por la soberanía y no injerencia en asuntos internos), la relación con la región también supone un imperativo geopolítico caracterizado porque «la ausencia de determinados recursos lleva a que se establezcan alianzas con países que tienen estos a su disposición» (Dijkink, 1998: 294). La geoeconomía, por tanto, es la principal motivación que lleva a India a estos países.
Estas interacciones también se hacen a través de símbolos culturales e históricos, como lo demuestra un ejemplo revelador: la participación de la ministra de Exteriores, Sushma Swaraj, en la 46.ª cumbre de la Organización para la Cooperación Islámica (OCI) en Abu Dabi en marzo de 2019. La invitación provino directamente del jeque Abdulá bin Zayed al Nahyan, quien, a su vez, fue invitado de honor al desfile del Día de la República india en Nueva Delhi dos años atrás.
La última invitación al encuentro anual de la OCI a India fue extendida por Marruecos en 1969. Sin embargo, a pesar de contener la tercera población musulmana más grande del mundo, por detrás de Indonesia y Pakistán, la delegación no pudo asistir por la oposición del gobierno de Islamabad. En efecto, el país vecino se ha negado en repetidas ocasiones a la entrada de India en este foro, a pesar de que cuenta con el respaldo de países como Arabia Saudí, que propuso en 2006 que India formara parte de la organización como observador, o Bangladés en 2018, que también reclamó reformas para incluir a India como observadora (Khatu, 2019).
La invitación emiratí surgió a partir de la oleada de solidaridad hacia India tras el atentado terrorista de febrero de 2019, en el que un convoy militar fue atacado por el JeM en el distrito cachemir de Pulwama, matando a 46 soldados indios. Mientras que India obtuvo el respaldo internacional, Pakistán obtuvo el oprobio. Consecuentemente, su ministro de exteriores, Shah Mahmood Qureshi, no acudió a la cumbre en protesta por la presencia de India. Otro signo del hartazgo internacional hacia el apoyo de estrategias irregulares se produjo cuando China levantó en mayo de ese mismo año el veto que había mantenido hasta en cuatro ocasiones en contra de la inclusión de Masood Azhar, líder del JeM, en la lista de sanciones del Comité de Seguridad relativas al EIIL, Al‑Qaeda y personas, grupos, empresas y entidades asociadas del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Irán frente al resto de la región
La relación de India con Irán ha estado marcada por el pasado islámico de los imperios safaví y mogol, cuyos intercambios mantuvieron la idea de cercanía, no solo geográfica, sino también cultural. La lengua de la corte mogola fue el persa, idioma que desapareció de la administración del norte del país cuando los británicos establecieron el inglés como medio oficial de comunicación. En el siglo XX, la posición de Irán en el eje occidental, con su alineamiento junto a Pakistán en la Organización del Tratado Central (CENTO por sus siglas en inglés), no casaba bien con el **no alineamiento** que seguía el gobierno de Nehru.
Aunque no hubo contacto tras la Revolución de 1979, los sucesivos gobiernos iraníes vieron en India una alternativa para paliar el impacto de las sanciones de Estados Unidos (Soltaninejad, 2023: 62). En 2001, el presidente Mohammad Jatamí y el primer ministro indio Atal Bihari Vajpayee en su visita a Irán firmaron un partenariado estratégico a través de la Declaración de Teherán. Dos años después, se firmó la Declaración de Nueva Delhi en la visita del presidente iraní a India. Las áreas principales de interés eran el acceso al mercado energético iraní, la importancia de desarrollar las infraestructuras de conectividad entre ambos países, además del interés en entrar en Asia central, aumentando la importancia de Afganistán (ibid.: 64).
| País de residencia | Ciudadanos indios* (2024) | Porcentaje del total de remesas recibidas (2020) |
|---|---|---|
| Bahréin | 327.807 | ‑‑ |
| Irán | 10.765 | ‑‑ |
| Kuwait | 995.528 | 2,4% |
| Omán | 686.635 | 1,6% |
| Qatar | 836.784 | 1,5% |
| Arabia Saudí | 2.463.509 | 5,1% |
| EAU | 3.568.848 | 18% |
Tabla 2. Población india en el golfo pérsico y remesas. Fuentes: Ministry of External Affairs of India (www.mea.gov.in) y Banco de la Reserva India (*Incluye no residentes y personas de origen indio)
Sin embargo, el peso de las sanciones impuestas en 2005 tras el descubrimiento del programa nuclear iraní ha frenado el acercamiento de India a Irán, con la merma del potencial para ambos países. Es necesario entender que el gobierno de Nueva Delhi puede o no aprobar la naturaleza del gobierno de Teherán, pero no por ello va a dejar de establecer relaciones con él. Mientras que Irán firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en julio de 1968 y lo ratificó en febrero de 1970 (Rassouli, 2015: 50), ni India ni Pakistán son signatarias, siendo ambas potencias nucleares de facto. Para India, el TNP es visto como un instrumento que divide al mundo entre quienes tenían el arma nuclear y quienes no, creando una élite nuclear (Sarkar y Ganguly, 2018), en referencia a los cinco miembros permanentes en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Para Estados Unidos ha sido necesario cultivar la lealtad de India y mantenerla alejada de Irán mediante incentivos que demostraran que su relación bilateral podría ser más beneficiosa que la de Teherán. El acuerdo nuclear con Estados Unidos de 2008 pretendía alejar a India de Irán, a pesar de no ser signataria del TNP. Mientras que después de la firma del JCPOA, el acercamiento de Delhi y Teherán fue en aumento, doblando la compra de hidrocarburos solo el primer año tras el levantamiento de sanciones (Soltaninejad, 2023: 68) y con la inversión en la terminal Shahid Behesti, en el puerto de Chabahar, como eje central de la relación. Tras el puerto, la construcción de un ferrocarril para conectar con Afganistán y Asia central se dirimió en la visita de 2016, aunque la llegada del presidente Donald Trump a la Casa Blanca truncó este acercamiento. A pesar de todo, Irán e India firmaron un acuerdo de diez años en mayo de 2024 para seguir desarrollando el puerto de mano de las autoridades portuarias india (Indian Ports Global Limited, IPGL) e iraní.
Al margen de las sanciones, una razón por la que Delhi otorga menor importancia a Irán, en comparación a otros países del golfo, está relacionada con la diáspora india. La creciente cantidad de ciudadanos indios en el extranjero se ha convertido en una prioridad de su política exterior. Según datos de la web del Ministerio de Asuntos Exteriores de India en noviembre de 2024, el número total de ciudadanos indios en el extranjero (209 países) asciende a 35.421.987 personas. Como muestra la tabla 1, EAU, Arabia Saudí y Kuwait tienen un número elevado de ciudadanos indios, por lo que India centra su interés en ellos de manera prioritaria. De hecho, EAU es el segundo país del mundo con mayor número de ciudadanos indios, después de Estados Unidos, con Arabia Saudí en cuarto lugar, detrás de Canadá.
En cuanto al valor económico de la diáspora, según datos del Banco Mundial, India es el mayor receptor de remesas del mundo, superando a China o México, recibiendo un total de 89.127 millones de dólares estadounidenses entre 2021 y 2022. El país del que procede el mayor número de ingresos es Estados Unidos (23,4% de las remesas totales), seguido por Canadá, Reino Unido y Sudáfrica, que en conjunto representan el 30% del total. La segunda región por importancia económica es la del golfo, con un 28% de las remesas, con EAU, Arabia Saudí y Kuwait a la cabeza (RBI, 2022).
La importancia de estos países se refleja en los discursos de Narendra Modi en sus visitas oficiales. Según Henrikson: las visitas «representan la relación internacional que se dirime como más digna de atención» (citado en Flint, 2006: 56). Modi viajó a diez países de Oriente Medio en catorce ocasiones entre 2014 y 2023 (de un total de 133 viajes al extranjero según la web oficial PMIndia), de las que el golfo figura como principal destino. Del resto, 62 se hicieron a veintiséis países de Asia (Japón principal destino y otros países del vecindario próximo y el Sudeste Asiático).
El contraste con Irán, en comparación con los países del CCG, se evidencia en los conceptos presentes en los discursos del primer ministro indio. Según el Ministerio de Asuntos Exteriores de India, entre 2014 y 2022, Modi realizó dos visitas a Arabia Saudí (2016 y 2019), una a Irán (2016), otra a Catar (2016) y cuatro visitas a EAU (2015, 2018, 2019 y 2022). Según un análisis de los discursos en estos países (véase figura 1), se puede observar que India es una de las palabras más citadas, dado que estas visitas tienen como objetivo principal aumentar la reputación y transformar su imagen en esta región.
Modi se dirige a todos los países bajo términos como hermanos, amigos y vecinos, en los que hace énfasis en las conexiones marítimas que durante siglos les ha acercado. La centralidad de la seguridad es compartida con saudíes y emiratíes, especialmente en lo relativo al comercio marítimo. Las relaciones se definen bajo términos como comercio, desarrollo, mercados, crecimiento, inversión y la forma de llegar a estos acuerdos es la cooperación, partenariados, de forma bilateral, de mutuo acuerdo, inclusivamente y bajo acuerdos mutuamente beneficiosos.
Modi menciona seguridad y terrorismo en el caso saudí quince y catorce veces respectivamente, mientras que, en el caso emiratí, son trece y once respectivamente. En los memorandos de entendimiento firmados de forma bilateral con India, la lucha contra el terrorismo es una de las prioridades, pero en el caso de Modi, esta se presenta bajo términos benignos, a través de la cooperación, desarrollo y conectividad «para dar forma a nuevas rutas de paz y prosperidad» (Press Information Bureau, 2016). No se les escapa a los socios del golfo, que cuando India menciona terrorismo, suele pensar en Pakistán, referencia que fue refrendada por el presidente Trump en la visita de Modi a Washington de febrero de 2025.
India se presenta discursivamente como un gran poder emergente que «contribuye al progreso de la paz global y la estabilidad» (Press Information Bureau, 2015). Así, en sus discursos, Modi presenta India a través del lenguaje civilizacional, como el vishwaguru o líder/maestro del mundo, un país cuya sabiduría le confiere una misión única en el mundo (Hall, 2019: 83), que a su vez describe como una familia o vasudhaiva kutumbakam. En Irán, Modi hizo énfasis en el hecho de que «la naturaleza de las relaciones globales requiere una actitud más adaptada a este siglo y no a la mentalidad del siglo pasado» (Traducción del inglés de la autora. Press Information Bureau, 2016), sugiriendo que la era de las sanciones y la coerción han pasado. En mayo de 2024, India firmaba un contrato de diez años para seguir invirtiendo en Chabahar, a pesar de que el segundo mandato de Trump anuncia una nueva era de máxima presión sobre Irán. Sin embargo, India no renuncia a la importancia del corredor de transporte norte‑sur a través de Irán y Afganistán, hacia Asia central y Rusia.
Conclusiones
La ideología de la hindutva no ha frenado la proyección de India entre sus vecinos musulmanes. Mientras la idea de civilización permea en las relaciones exteriores a través del empleo de algunos términos como vishwaguru, el propio legado islámico es utilizado de forma instrumental y diferenciada en sus políticas interior y exterior. Aunque el énfasis en las relaciones con Asia occidental sea la economía y los intereses más pragmáticos, en ocasiones, India utiliza el islam como medio de conexión con los países del golfo.
En el caso del discurso de la ministra Swaraj en la OCI, donde no menciona ni una vez a Pakistán directamente, dijo «los 185 millones de musulmanes son un microcosmos de la diversidad de India… practican su fe en armonía entre sí y con sus hermanos no musulmanes... lo que ha impedido que los musulmanes en India hayan caído en la propaganda venenosa de ideologías radicales y extremistas»5.
También hay otras conexiones culturales concretas, como en la imagen 1, con la que Modi felicitó el cumpleaños de Muhammad Bin Salman haciendo referencia a la llegada del islam a India en el siglo VIII en Kerala. A través de la figura del rey Cheraman Perumal, el cual viajó a la Meca, uno de los primeros conversos indios que construyó la que se cree es la primera mezquita de India (Ballesteros Peiró, 2013: 124), se proyecta un poder blando que conecta con el golfo y neutraliza la acusación de islamofobia de Pakistán contra el gobierno indio. Citas de este estilo intentan lavar la cara menos amable de la hindutva y son especialmente útiles para acercarse a los socios del golfo, aunque sean más excepción que norma.
El momento de ascendencia india, además, se muestra en la cantidad de relaciones y contactos que se establecen con actores de diversa índole, cuya única excepción es Pakistán. Mientras que India ha agotado las vías políticas, aunque la diplomacia siga actuando, la naturaleza ideológica pakistaní dificulta la adopción de una relación más pragmática. La posibilidad de apertura de un frente doble Pakistán‑China, sigue afectando los cálculos de Nueva Delhi, que tiene que buscar otros actores que faciliten su acceso a los recursos necesarios para adquirir el estatus económico que le establezca como potencia global. Para ello, su acercamiento a Estados Unidos es clave, pero desde Delhi se seguirá buscando acuerdos con todo tipo de actores, incluidos aquellos que tradicionalmente han estado en el bando contrario.
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Ana Ballesteros Peiró
Investigadora sénior asociada del Real Instituto Elcano
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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India y su vecindario musulmán occidental
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India and its Western Muslim Neighbourhood
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