IEEE. Ideología y pragmatismo en la estrategia nacional de seguridad de Trump

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12 may 2026

IEEE. Ideología y pragmatismo en la estrategia nacional de seguridad de Trump

Fidel Sendagorta. Embajador de España

Kevin Roberts, presidente de la Fundación Heritage, responsable del «Proyecto 2025», que ha sido la guía programática de la segunda administración Trump, sostiene que estamos en medio de una «segunda Revolución Americana» (Astor, 2025) Una revolución conservadora es un oxímoron y Edmund Burke estará revolviéndose en su tumba al ver esas dos palabras juntas, pero lo cierto es que Estados Unidos está ahora gobernado por una nueva derecha dispuesta a romper cosas que hasta hace solo unos meses parecían intocables.

El presidente Trump, que ha contribuido de forma decisiva a crear este conservadurismo de nuevo cuño que domina ahora el partido republicano y lo ha llevado al poder por segunda vez, es un líder carismático, pero no necesariamente ideológico. Sus ideas más arraigadas son el nacionalismo de America First, una aversión a los déficits comerciales y la deportación de los inmigrantes irregulares. Pero en otros aspectos está demostrando ser más pragmático que doctrinario. Ahora bien, Trump quiere mantener el apoyo de las diversas tribus ideológicas del movimiento MAGA y ha reclutado a muchos de sus miembros para puestos directivos de su Administración. Otros no están en el Gobierno, pero tienen una influencia ideológica notable desde sus plataformas mediáticas y centros de pensamiento. En consecuencia, puede ser útil empezar por un análisis de las ideas del mundo MAGA y tratar de entender cómo influyen sobre la actual política exterior de Estados Unidos.

Todos estos planteamientos parten de un diagnóstico compartido: Estados Unidos ha caído en un declive que en parte es un fenómeno nacional y en parte es también la consecuencia de lo que se percibe como el agotamiento de la civilización occidental, cuyos síntomas comparten Europa y América del Norte. Como afirma muy gráficamente Curtis Yarvin, un agitador de la nueva derecha, «este país se ha perdido en la Historia» (Rufo y Yarvin, 2023).

Lo cierto es que en el núcleo de esta «segunda Revolución americana» hay un sentimiento de ansiedad que procede de unos cambios demográficos profundos con hondas consecuencias culturales. De ahí que el nacionalismo populista que prevalece en el conservadurismo actual tenga una indudable connotación racial. En efecto, en 1970, los blancos no hispánicos eran el 83% de la población, una cifra que hoy en día está en torno al 53%. Y esta menguante mayoría blanca se convertiría en minoría en los años 2040, de acuerdo con las proyecciones demográficas. El profesor Samuel P. Huntington en su obra Who are we? (Huntington, 2004) dedicada a la crisis de la identidad norteamericana, considera que este cambio en el equilibrio racial, en perjuicio de los blancos, crea la percepción de una pérdida de la centralidad de la cultura anglo-protestante, puesto que estos tres ingredientes estuvieron presentes desde el primer momento en los orígenes de la nación. Como dice Huntington, en contra de lo que se suele pensar, Estados Unidos no es un país de inmigrantes, sino de colonos. Los inmigrantes que lleguen después se encuentran con una sociedad creada por los colonos a la que deben adaptarse. Este argumento ha sido utilizado por un líder de la nueva derecha como Charlie Kirk en algunos de sus encuentros universitarios, antes de su trágica muerte en 2025 (Kirk, 2024). Huntington era un profesor liberal de Harvard fallecido en 2008, pero parece evidente que los actuales activistas del nacionalismo blanco han leído sus obras.

La idea de los nacionalistas populistas es, por tanto, que para que Estados Unidos siga siendo Estados Unidos, es necesario que el país siga siendo blanco. El declive del país se debe esencialmente a que se están socavando los fundamentos de la identidad nacional. La causa de estos cambios en el equilibrio racial que, a su vez, provocan una mutación de la identidad cultural del país, es una inmigración masiva favorecida por unas élites liberales que han perdido el sentido patriótico. Pero la nueva derecha tiene una larga lista de reproches hacia los progresistas que van más allá de la mencionada disolución de la identidad nacional: el fin de un sistema que deja de estar basado en el mérito con las cuotas para las minorías; el debilitamiento de la familia tradicional con las políticas de promoción LGTBI y la doctrina queer, que, a su vez, han influido en el descenso de la tasa de natalidad; la secularización forzada de la sociedad en perjuicio del cristianismo; la apuesta por una globalización asociada a la deslocalización que ha generado la pérdida de millones de empleos en la industria; el lanzamiento de guerras interminables en Irak y Afganistán, que no han logrado ningún beneficio para el país y sí una considerable pérdida de vidas humanas y una merma billonaria para el tesoro.

La revolución conservadora en marcha pretende revertir estas tendencias negativas y galvanizar las mejores energías del país para superar el declive y revitalizar la sociedad, la cultura y la economía promoviendo el engrandecimiento de Estados Unidos.

Ahora bien, la coalición de fuerzas que dieron la victoria a Trump primero en 2016 y luego en 2024 no es homogénea ni coincide siempre en sus objetivos. Los magnates de Silicon Valley (conocidos popularmente como tecnoligarcas) no están de acuerdo con una política restrictiva de visados defendida por los populistas, ya que les impide contar con el mejor talento mundial. A su vez, los nacionalpopulistas como Steve Bannon defienden una política gradual y prudente en el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) que aleje el peligro de una eliminación masiva de puestos de trabajo de la clase media. Silicon Valley, por el contrario, apuesta por inversiones masivas en IA para asegurar a las empresas norteamericanas una posición de ventaja, en la competencia entre ellas y con las de China.

También en política exterior se producen no pocas contradicciones entre las diversas tribus ideológicas que componen el movimiento MAGA, que habrá ocasión de examinar en estas páginas. El liderazgo de Trump ha podido hasta ahora encontrar compromisos aceptables para unos y otros y, en último término, ha sabido imponer su criterio aún contra actores poderosos dentro del movimiento. La Estrategia de Seguridad Nacional 2025, publicada el 5 de diciembre, pretende recoger en una sola doctrina los diferentes acentos de las corrientes ideológicas de MAGA, ya sean nacionalistas, populistas, cristianos o tecnoligarcas. Sin embargo, el nacionalismo del presidente Trump, resumido en el lema America First, está siempre presente en el documento y marca la línea central. A partir de este principio, el estilo de Trump se basa en alcanzar objetivos sin sujetarse a ningún criterio previo y sin que le importe cambiar de enfoque de un día para otro. No es, por tanto, un estilo de liderazgo basado en la visión estratégica. Por eso, este documento tiene un interés especial para tratar de encontrar una cierta coherencia en la política exterior y de seguridad de este segundo mandato de Trump.

Es relevante subrayar que se trata de la Estrategia del segundo mandato, ya que las diferencias con el documento equivalente del primer mandato son muy considerables. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 fue coordinada por el entonces consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, con un enfoque inspirado en la escuela realista de relaciones internacionales. Su mayor novedad es haber declarado el retorno a la competencia entre las grandes potencias como gran argumento de la geopolítica. China y Rusia eran ambas potencias revisionistas, que querían remodelar el orden internacional en función de sus intereses. Pero China se convertía en el gran competidor estratégico de Estados Unidos (Sanger, 2025).

La Estrategia de 2025, por el contrario, ha querido marcar el fin del orden liberal promovido por las Administraciones anteriores y diseñar una política que sea la traducción al exterior de la revolución de la nueva derecha representada por MAGA y el propio Trump (The White House, 2025). Los principios inspiradores de este documento son, por tanto:

  • La defensa y promoción del interés nacional como única guía de actuación de Estados Unidos. Se hace, además, una definición restrictiva del interés nacional, que se concentra en lo prioritario y no es expansiva (lo que había llevado a las anteriores Administraciones a sobrecargarse de responsabilidades y obligaciones por todo el mundo).
  • Se invita a los demás países a promover igualmente sus intereses nacionales. Se sobrentiende que, cuando entran en colisión con los norteamericanos, prevalecen estos basándose en su mayor fuerza. Para ello, tiene que utilizar sin inhibición aquellos elementos de su poder (económicos, tecnológicos, de seguridad) que le proporcionen la palanca necesaria para resolver a su favor cualquier negociación. También tiene que evitar las dependencias de cadenas de valor que puedan crear vulnerabilidades a favor de un adversario. (Fishman, 2025).
  • Aunque en el mundo en el que opera esta Estrategia rige la ley del más fuerte, se quieren evitar a toda costa los conflictos interminables como los de Afganistán e Irak. La consigna del documento es la paz a través de la fortaleza. Cuando hay uso de la fuerza, como en la operación conjunta con Israel contra las instalaciones nucleares de Irán o en la captura de Nicolás Maduro en Caracas, Washington se asegura de que el conflicto sea limitado y que no haya escalada o prolongación en el tiempo.
  • La soberanía es un principio fundamental y, por lo tanto, el multilateralismo no puede prevalecer en ningún caso sobre aquella. Hay en todo el documento una hostilidad explícita contra las organizaciones transnacionales y, de manera muy especial, contra la Unión Europea, como se verá más adelante.
  • Se excluye la influencia para imponer la democracia a países con sistemas diferentes al de Estados Unidos, desviándose así de una línea muy constante en la política exterior norteamericana, que alcanzó su clímax con la política neoconservadora en el Gran Oriente Medio. Sin embargo, sí caben las presiones sobre los países afines (Europa, la angloesfera y otras naciones democráticas) para que mantengan los derechos y las libertades fundamentales tal y como se interpretan actualmente en Washington (es decir, para no recortar el espacio político a la nueva derecha en ascenso).
  • Las alianzas se consideran un activo internacional de Estados Unidos, pero debe haber un reparto equitativo de las cargas. Los aliados deben asumir la responsabilidad principal por sus regiones, deben gastar más en defensa y deben compensar a Estados Unidos por décadas de superávits comerciales, invirtiendo allí. De hecho, dos de estas tres condiciones se han acordado ya con los aliados. En la cumbre de la OTAN en La Haya de 2025, se decidió el aumento del gasto de defensa hasta un 5% (3,5% en gastos militares y 1,5% en infraestructuras de seguridad). En cuanto a las inversiones masivas en Estados Unidos, se incluyeron en los acuerdos comerciales suscritos en 2025 con la UE, Japón y Corea del Sur, entre otros. Queda por ver cómo se va a aplicar la responsabilidad principal de los aliados en la seguridad de sus regiones. La Estrategia Nacional de Defensa y la Revisión de la Postura Nacional, que el Pentágono publica tradicionalmente a continuación de la Estrategia de Seguridad Nacional, darán las claves sobre este punto, incluyendo el redespliegue de unidades militares norteamericanas.
  • La inmigración masiva ya no es solo un problema social o político, sino que asciende a la condición de principal desafío de seguridad nacional. De ahí que el control de la frontera y la aplicación estricta de las leyes migratorias no sean ya un asunto más de orden público sino la preocupación política principal. En este sentido, cabe interpretar el ascenso de América Latina al rango número uno de las prioridades de la Estrategia como que se amplía el perímetro de seguridad de Estados Unidos para abordar con estos países (con o sin su colaboración), cuestiones internas como la inmigración y el narcotráfico (Landgraf, 2025).
  • La Estrategia incluye también como prioridades algunos objetivos económicos que se llevarán a cabo «a favor del trabajador estadounidense», en un guiño de lenguaje para los sectores más populistas de MAGA, como los que representa Steve Bannon, frente a los «plutócratas» de Silicon Valley que, al decir de Bannon, solo les interesa el dinero y no son patriotas. Hay otra referencia que habrá complacido a este sector, cuando dice que la búsqueda de «talento global» no puede hacerse a costa de los trabajadores norteamericanos (Douthat, 2025).
    En todo caso, las prioridades económicas son las siguientes:
    • La reindustrialización del país, un leitmotiv de Trump y MAGA, que reprochaban a los liberales globalistas la pérdida de empleos industriales a causa de la deslocalización. En este caso, se añade una preocupación adicional en materia de seguridad como es evitar las dependencias de Estados Unidos respecto a adversarios actuales o potenciales, por lo que respecta a productos críticos.
    • La seguridad económica, que incluye tanto la promoción de un comercio equilibrado y justo como asegurarse el acceso a cadenas de suministro de materiales críticos «enfrentándose con prácticas depredadoras». Esta referencia va dirigida a China (sin citarla explícitamente) y se repite en diversas partes de la Estrategia. Esta insistencia se explica por el trauma sufrido por esta Administración y por el propio presidente, a causa de las restricciones impuestas por China a Estados Unidos (y también a Europa) para la exportación de tierras raras y los magnetos producidos con ellas, que son esenciales para la fabricación de automóviles eléctricos y otros equipos de alta tecnología incluyendo los misiles. Esta medida de fuerza fue tomada por Pekín como represalia por el aumento en un 140% de los aranceles de Estados Unidos para los productos chinos en febrero de 2025. Finalmente, en octubre de ese mismo año, ambas partes llegaron a un acuerdo provisional por el que Estados Unidos recortaba los aranceles y China disminuía las restricciones a la exportación de tierras raras. Este episodio se interpretó generalmente como una victoria china (Doshi, 2025) y de ahí la obsesión que rezuma la Estrategia con este asunto, como un episodio que no debe repetirse en el futuro.
    • Revitalizar la base industrial de la defensa. Una de las lecciones de la guerra de Ucrania ha sido la rapidez con la que se agotaban los stocks de misiles y municiones y las dificultades en Estados Unidos y Europa para reponerlos por falta de capacidad industrial. También hizo sonar las alarmas el acuerdo AUKUS entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia, para proporcionar a esta última submarinos nucleares, por la incapacidad de los astilleros norteamericanos para construir en plazo su propio programa de submarinos y, además, entregar los prometidos a Australia.
    • Restaurar el dominio en el sector energético. Este punto es una verdadera declaración de principios MAGA, ya que solo incluye el petróleo, el gas, el carbón y la energía nuclear y ni menciona a las renovables. Rechaza, además, la ideología del «cambio climático» y «cero emisiones». Esta posición está basada en fundamentos ideológicos muy queridos por Trump, pero algún analista como Simon Nixon añade que Estados Unidos se había quedado atrás en la competición tecnológica con China en energías renovables, y en lugar de intentar recuperar la ventaja perdida, Trump ha preferido apostar por las energías tradicionales con las que el país cuenta en abundancia y a precios bajos, lo que le proporciona una ventaja de productividad, le permite aumentar la producción para los centros de datos necesarios para la IA y además puede exportar a países amigos, evitando que dependan de otros (Nixon, 2025).
    • Preservar y acrecentar el dominio en el sector financiero, manteniendo el papel del dólar como moneda internacional de reserva. Los países BRICS, en su cumbre de Sudáfrica de 2023, señalaron su voluntad de disminuir su dependencia del dólar, moneda en la que se fija el 80 % de los intercambios en el comercio mundial. Para ello, propusieron crear una nueva moneda y minimizar así los riesgos de su exposición a la divisa norteamericana. Trump amenazó entonces (aunque no había sido aún elegido presidente) con aranceles punitivos si esta iniciativa se llegara a llevar a cabo. Sin embargo, no ha habido avances en este campo desde entonces.

Una vez enumerados sus objetivos y principios, la Estrategia pasa a examinar las diferentes regiones por orden de prioridad en función de los intereses vitales de Estados Unidos:

  1. El hemisferio occidental. Puede sorprender que el vecindario inmediato de Estados Unidos reciba una atención estratégica que no había tenido en más de un siglo. Un motivo de esta consideración es que, para esta Administración los intereses vitales son los de carácter interno (fin de la inmigración masiva y del tráfico de drogas) y los que, por tanto, afectan en primer término a los ciudadanos. La región de las Américas se trata aquí como una extensión de la nación, con el fin de afrontar los problemas que aquejan al país, pero que tienen en parte su origen en el vecindario sur. Un ejemplo que recibió una gran atención mediática al principio del mandato de Trump se basó en su buena relación con el presidente salvadoreño Nayib Bukele y permitió llevar a cabo la deportación a las prisiones de alta seguridad de El Salvador de un cierto número de narcotraficantes y pandilleros que residían en Estados Unidos. Igual de expeditivos han sido los ataques norteamericanos contra lanchas de narcotraficantes procedentes de Venezuela. Pero el ejemplo máximo de esta nueva política hemisférica ha sido la operación militar para la captura de Nicolás Maduro y su mujer y su traslado a Nueva York para ser juzgados por narcotráfico. Dada la oposición de las bases MAGA a repetir los errores de las «guerras interminables», esta se hizo a partir de tres premisas: que no hubiera bajas norteamericanas; que no hubiera coste para el Tesoro de Estados Unidos (y de ahí la insistencia en el beneficio del petróleo) y que no hubiera la intención de comprometerse en un ejercicio de construcción democrática, como los que habían fracasado en Irak y Afganistán. Estos objetivos se han cumplido hasta la fecha, aunque a costa de crear no pocas contradicciones por el mantenimiento de los dirigentes del régimen a cargo del Gobierno. La militarización de la política norteamericana en la región pretende tener también un efecto intimidatorio con aquellos países cuya política es contraria a los intereses de Washington. Pero el objetivo de controlar Venezuela y su petróleo descabezando al régimen tiene también un propósito geopolítico: empezar a denegar a China su presencia e influencia crecientes en la zona. Venezuela, con una deuda hacia China de sesenta mil millones de dólares, respaldada por petróleo, constituye para la Administración norteamericana un buen lugar para empezar. Aunque puede haber otros en la lista como la propia Cuba, país de origen del secretario de Estado Marco Rubio, cuya mano han visto no pocos analistas en la redacción de este capítulo del documento.
    En realidad, además de los motivos de carácter interno para que el hemisferio occidental sea la principal prioridad de esta Estrategia, la exclusión de China de lo que se considera el patio trasero de Estados Unidos, es un objetivo estratégico. «Estados Unidos debe ser preeminente en el Hemisferio», dice el documento de forma explícita, que bautiza esta política como «El corolario de Trump de la doctrina Monroe». En esta ocasión, no se trata de expulsar a los europeos, como en el siglo XIX, sino a China (que no se cita por su nombre). El propósito es impedir que estos «competidores extra-hemisféricos» puedan posicionar en el subcontinente fuerzas militares o adquieran infraestructuras críticas y activos estratégicos.
    Con este fin, la Estrategia propone movilizar a los campeones regionales, tanto por lo que se refiere a los países afines como Argentina, a la que Washington ha dado en 2025 un préstamo swap de veinte mil millones de dólares, pero también a los no tan afines, aunque con los que existen intereses compartidos (como sería el caso de México y Brasil). El objetivo, además del de impedir que China aumente su influencia en la región, sería desarrollar conjuntamente los recursos estratégicos (como los minerales críticos) en los que es rica América Latina.
    No va a ser una tarea fácil para Washington. Es cierto que algunos países de la región, como Brasil y México, resienten que China les imponga una relación comercial en la que prevalece la importación de materias primas y productos agroalimentarios y la exportación de manufacturas, retrasando así sus planes de industrialización. Sin embargo, la mayoría de los estados del subcontinente han apostado por una estrategia de diversificación comercial y de inversiones que pasa por tener a China y a Europa como socios, con el fin de no depender exclusivamente de Estados Unidos. En este sentido, no parece factible convencer a Perú de que renuncie al megapuerto de Chancay, construido y operado por la empresa china COSCO, que es un proyecto estratégico para el país. Tampoco será sencillo persuadir a Chile para renunciar a la alianza entre la empresa estatal chilena Codelco y la china SQM para explotar y exportar el litio del Salar de Atacama cuando China supone el 70 % de las exportaciones de litio chileno. Son solo dos ejemplos que muestran las dificultades que tiene por delante esta nueva política norteamericana. Otra cosa es un país como Panamá, cuyo canal ha estado bajo soberanía norteamericana hasta el tratado Torrijos-Carter. En este caso, las presiones de Washington han logrado con relativa facilidad que la empresa hongkonesa CK Hutchison accediera a vender todas las instalaciones portuarias del canal a un consorcio liderado por Blackrock.
  2. Asia es la segunda región prioritaria para Estados Unidos, aunque ya se ha visto que la preocupación por la creciente penetración china en América Latina y el objetivo de resistirla es uno de los motivos fundamentales por los que el hemisferio occidental se convierte en la principal prioridad.
    El capítulo empieza por describir la importancia económica de la región (50% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo) y el ascenso de China hasta casi situarse a la par con Estados Unidos. Los aranceles aplicados por Trump en 2017 (y mantenidos después por la administración Biden), tuvieron como efecto una diversificación del comercio chino hacia mercados emergentes, desde algunos de los cuales China siguió exportando a Estados Unidos. Aun así, las exportaciones chinas a Estados Unidos bajaron de un 4% de su PIB cuando Trump empezó su primer mandato hasta el 2% actual. El objetivo norteamericano es que las relaciones económicas con China estén presididas por la reciprocidad y la justicia, con un comercio mutuamente equilibrado y dirigido a sectores no sensibles. Esta última frase apunta a la desconexión entre ambas economías en tecnologías de punta. Lo cierto es que China con su economía de doble circulación pretende también obtener la máxima autonomía tecnológica y no depender de Estados Unidos en sectores críticos en los que se puedan crear vulnerabilidades.
    Para proteger su economía, Estados Unidos se propone acabar con prácticas depredadoras, subsidios estatales y estrategias industriales (no dice explícitamente de quién, pero por el contexto solo puede ser de China); robo de la propiedad intelectual; impedir el acceso de Estados Unidos a materiales y minerales críticos (una vez más aparece el rencor ante la toma de conciencia de la dependencia existente en este campo respecto de China) y la exportación de precursores de fentanilo que causan la crisis de opioides en Estados Unidos.
    Para ello, Estados Unidos deberá trabajar conjuntamente con sus aliados y socios con el fin de impedir estas prácticas económicas. En este contexto, se citan las relaciones comerciales con la India y su contribución a la seguridad en el Indo-Pacífico, también a través del Quad (Estados Unidos, Japón, Australia e India).
    Estados Unidos espera de estas coaliciones de países, a los que se añaden otros, caso por caso, como Canadá, México, Europa y Corea, que sirvan también para persuadir a China con sus políticas comerciales que tiene que concentrar sus energías en el mercado interno, ya que ni el Sudeste Asiático ni América Latina ni Oriente Medio van a ser capaces de absorber el exceso de capacidad que China está exportando en estos momentos. De los aliados más ricos, incluyendo Europa, Japón y Corea, se espera que contribuyan con su financiación a construir infraestructuras físicas y digitales en los países del sur global. Sin citarla, la Estrategia se está refiriendo a la «Nueva Ruta de la seda china» y a la necesidad de no dejar el campo libre a China y a competir con ella en terceros países. En concreto, Estados Unidos invita a sus aliados europeos y asiáticos a fortalecer sus posiciones comunes en América Latina y en Africa (en este caso, por lo que se refiere a los minerales críticos).
    Una vez más sin citar explícitamente a China, pero en el contexto de la competición entre ambas superpotencias, la Estrategia subraya la necesidad de redoblar el esfuerzo en investigación y en desarrollo para mantener y ampliar la ventaja de Estados Unidos en tecnologías militares y de doble uso, así como en aquellas que van a determinar en el futuro el poder militar como la IA, la computación cuántica y los sistemas autónomos. A largo plazo, dice el documento, «mantener la preeminencia económica y tecnológica es la mejor manera de prevenir un conflicto de larga escala».
    En este marco, la Estrategia se refiere a la atención recibida por Taiwán, no solo por su capacidad en semiconductores sino por ser la vía que abre el acceso a la segunda cadena de islas (Guam, Yap, Palau). De ahí que disuadir un conflicto en Taiwán sea una prioridad. Al mismo tiempo, se mantiene la línea declarativa tradicional sobre el mantenimiento del statu quo para la isla.
    Estas pocas frases habrán tenido sin duda un efecto tranquilizador no solo en el propio Taiwán, sino en países afines en la región como Japón, Corea y Australia. A pesar de ser una estrategia para una política revolucionaria, no hay cambio de posición respecto a Taiwán. Y eso que desde la investidura de Trump se habían producido una serie de gestos que parecían anticipar que Estados Unidos podía dejar caer Taiwán como parte de un gran acuerdo comercial con China. En efecto, hace algunos meses y con motivo de su confirmación en el Senado, Elbridge Colby, el número tres del Pentágono y responsable ahora de la elaboración de la Estrategia de Defensa Nacional (que sigue tradicionalmente a la Estrategia de Seguridad Nacional) afirmó que Taiwán no era un interés existencial para Estados Unidos (Moriyasu, 2025). También fue significativo que Washington no haya autorizado el verano de 2025 una escala en Nueva York del presidente taiwanés Lai Ching-te. Y ya en noviembre de 2025, se abrió una crisis entre Pekín y Tokio cuando la nueva primera ministra Sanae Takaichi afirmó que un ataque a Taiwán sería considerado como una amenaza existencial que permitiría a Japón utilizar a sus Fuerzas de Autodefensa para apoyar a la isla. Además de las advertencias vertidas por un funcionario chino amenazando a la primera ministra con cortarle el cuello, Pekín aplicó diversas medidas retaliatorias, entre las que se incluyó un boicot del turismo chino con destino a Japón. Según se ha filtrado, en la conversación entre Takaichi y Trump, este le habría recomendado prudencia, creando una notable frustración en el Gobierno japonés por la falta de una reacción más firme de Washington con su aliado. Añádase a esto el informe publicado por el think tank Defense Priorities, elaborado por dos expertos muy cercanos a la actual Administración (Kavanagh y Caldwell, 2025) que argumentan que Estados Unidos debía renunciar a defender Taiwán, en el supuesto de un ataque de China, y asegurar que Japón y Filipinas se mantendrían fuera de la órbita china.
    Todos estos signos parecían confirmar la supuesta visión de Trump de un orden internacional basado en un concierto de hombres fuertes, Putin, Xi Jinping y él mismo, a cargo de potencias dotadas de zonas de influencia exclusivas (Goddard, 2025).
    Estos temores no se han visto reflejados en el texto. Por el contrario, además de la mención a Taiwán, se dice que Estados Unidos tendrá la capacidad militar necesaria para prevenir una agresión a la primera cadena de islas (Japón, Taiwán, Filipinas), aunque se exige a los aliados de la región que gasten más en defensa y hagan un mayor esfuerzo para asumir su responsabilidad en la seguridad regional.
    El documento menciona también el objetivo de mantener la libertad de navegación en el mar de China Meridional, por donde pasan algunas de las vías de comercio más importantes del mundo.
    Los críticos de la Estrategia como el columnista del New York Times David Sanger han señalado que, a diferencia de la Estrategia de 2017, durante el primer mandato de Trump, este texto se concentra más en la competencia económica con China, dejando al margen asuntos estratégicos como la expansión nuclear china de los últimos años y los reiterados ciberataques sobre centros gubernamentales y empresas. Tampoco se menciona ni siquiera una vez a Corea del Norte, como si hubiera desaparecido la amenaza balística y nuclear que supone este país.
    El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha explicado que el enfoque norteamericano hacia China está dirigido no hacia el dominio, sino a un equilibrio de poder. Para ello, Estados Unidos quiere que China tome nota de la fortaleza militar de Estados Unidos y que respete los intereses norteamericanos en el Indo-Pacífico, pero evitando las confrontaciones innecesarias. A cambio, Estados Unidos respeta el rearme de proporciones históricas que China está llevando a cabo (Chávez, 2025).
    En definitiva, esta Estrategia no cambia en lo fundamental la política seguida hacia China en los últimos años en términos de seguridad. Se diría que los principales objetivos hacia su gran competidor son económicos y que Trump ha querido evitar un lenguaje hostil hacia Pekín cuando tiene programada una visita a China en abril en la que espera cerrar un gran acuerdo comercial.
  3. Europa. La Estrategia aborda tres grandes cuestiones en las relaciones con Europa, pero la primera es la que ha llamado más la atención a la opinión pública porque describe un factor de naturaleza cultural que nunca había estado presente en anteriores documentos consagrados a la seguridad nacional: la decadencia de la civilización europea. Este declive se atribuye a una conjunción de causas que se retroalimentan: tasas de natalidad en caída libre acompañadas por el envejecimiento acelerado de la población; pérdida de identidad causada por una inmigración masiva de un perfil cultural no siempre compatible con sociedades libres y abiertas; actividades de la Unión Europea que ahogan el crecimiento con su exceso de regulación y erosionan la libertad política y la soberanía. El resultado es una pérdida de confianza de Europa en sí misma y una debilidad que en un plazo de veinte años se puede traducir en que muchos de los países del continente dejen de tener mayorías europeas y, por tanto, no sean ya aliados fiables en la OTAN, presumiblemente porque sus valores hayan dejado de ser en su mayoría occidentales para teñirse de diferentes matices de islamismo que, en sus versiones más extremas, lindan con el terrorismo yijadista.
    La estrategia contempla, por tanto, sin llamarla así, la noción de seguridad civilizacional. Su antecedente es el discurso del vicepresidente J.D. Vance en la conferencia de seguridad de Munich en febrero de 2025, en el que decía que la principal amenaza para Europa procedía de factores internos, como la erosión de las normas democráticas, a través de la censura y la supresión de la disidencia. En la Estrategia, se elabora con más profundidad este diagnóstico sobre una Europa en declive que constituye un peligro para Estados Unidos. Estas ideas proceden en buena parte de autores cristianos, que no suscriben necesariamente el programa de la nueva derecha, pero que han tenido y siguen teniendo una considerable influencia en círculos académicos e intelectuales conservadores. El más conocido es George Weigel que en su El cubo y la catedral (Weigel, 2005) abordaba esta cuestión y se preguntaba por qué tendría que importar a Estados Unidos que Europa hubiera caído en una deriva que él percibe como autodestructiva. Su tesis fundamental es que «unos Estados Unidos indiferentes al destino de Europa son unos Estados Unidos indiferentes a sus propias raíces». Es decir, que Estados Unidos no debe cometer el mismo error de Europa de caer en una amnesia histórica sobre sus orígenes como civilización, empezando por el cristianismo. Pero Weigel también menciona la amenaza que supone para Estados Unidos las consecuencias de un vacío demográfico que será colmado por un islam radicalizado y convencido de que se aproxima su revancha frente a la civilización europea. Weigel cita a menudo en su obra al profesor judío Joseph Weiler, muy crítico con que la Unión Europea, en su proyecto non nato de Constitución, pretendiera basar la identidad europea exclusivamente en la Ilustración, con olvido de la, a su juicio, imprescindible contribución del cristianismo a la creación de la civilización occidental. También Joseph Ratzinger, antes y después de convertirse en el papa Benedicto XVI, había dedicado una considerable atención a esta cuestión del declive europeo, especialmente en sus aspectos demográficos, que asocia con una falta de voluntad de futuro. «Es necesario, decía Ratzinger, hacer una comparación con el Imperio Romano en declive: seguía funcionando como un grandioso marco histórico, pero de hecho estaban viviendo de aquellos que lo iban a disolver, porque se había quedado sin energía vital» (Starcevic, 2025). En definitiva, como decía Weigel, «el problema europeo es también el nuestro». O por miedo a que Estados Unidos siga la misma senda que la europea o por la conciencia de que la debilidad del ala europea de la civilización occidental acabaría también minando a su ala americana. (Sendagorta, 2007).
    Bien es verdad que esta aportación del llamado nacionalismo cristiano dentro de MAGA, muy presente en algunos de sus principales representantes, como el propio vicepresidente Vance, Charlie Kirk, Jonathan Keeperman y Steve Bannon, ha sido criticada en parte por el actual papa León XVII, quien expresó su malestar por la división que la actual Administración estaba creando entre Europa y Estados Unidos.
    En conclusión, el documento llama a «cultivar la resistencia» a estas tendencias negativas y, en este sentido, contempla con optimismo la creciente influencia de partidos patrióticos que pueden promover una revitalización del verdadero espíritu europeo.
    Estados Unidos apuesta, por tanto, por la Europa de las naciones frente a una Unión Europea a la que se reprocha una regulación sofocante para la economía, una política migratoria que contribuye a disolver las identidades nacionales y debilita las libertades políticas y la soberanía.
    La hostilidad de Trump hacia la UE siempre ha sido manifiesta y en alguna ocasión ha comentado que esta organización nació «para perjudicar» a Estados Unidos. Pero ahora esta inquina personal queda plasmada en toda una doctrina cuya aplicación se verá en los próximos meses y años. De hecho, la publicación de la Estrategia ha coincidido con la imposición por parte de la Comisión Europea a X (anteriormente Twiter) de una multa por valor de 142 millones de euros por problemas de falta de transparencia. La reacción de Elon Musk no se ha hecho esperar y ha creado un tag llamado #AbolishtheEU. El propio vicepresidente Vance y el secretario de Estado Rubio han apoyado de inmediato a Musk con duras críticas a la UE.
    Es cierto que el documento expresa su apoyo a una Europa «estratégica y culturalmente vital para Estados Unidos», pero no se refiere a la Europa unida, sino a la de las naciones que la forman. Sin embargo, con este argumento favorable a los partidos nacionalistas de la nueva derecha, afloran enseguida las contradicciones. En efecto, estos partidos pueden identificarse con este documento en el diagnóstico sobre el declive, en la necesidad de acabar con la inmigración masiva y de combatir el wokismo, que, a su juicio, ha abducido a las instituciones europeas. Sin embargo, el lema MAGA es «America First» y los partidos nacionalistas en Europa abogan por «Germany First», «France First» y así sucesivamente. Los intereses nacionales de los Estados europeos están llamados a chocar en no pocos asuntos con los norteamericanos y, por tanto, en este campo ajeno a las disputas culturales, se acaban las afinidades entre nacionalistas de ambos lados del Atlántico. Así se ha visto con las críticas de Le Pen a la operación norteamericana en Venezuela por debilitar el principio de la soberanía nacional. Y otro tanto sucedería si Trump lograra su propósito de quedarse con Groenlandia.
    En todo caso, en la visión sobre Europa que adopta esta Estrategia hay un claro efecto especular: «una proyección hacia la otra orilla del Atlántico de la política doméstica estadounidense, con sus guerras culturales y el choque de identidades, un asunto de familia» (Areilza, 2025)
    Por otra parte, el apartado dedicado a la guerra de Ucrania empieza reiterando que la pérdida de confianza de Europa en sí misma es la causa por la que los Gobiernos europeos se sienten débiles frente a Rusia y, por ello, la consideran una amenaza existencial. De ahí que no sean capaces de apoyar las inevitables concesiones que Kiev deberá hacer para acabar este conflicto a pesar de que el deseo de paz es mayoritario en los pueblos europeos.
    Por ello, negociar un rápido final de las hostilidades constituye un interés clave para Estados Unidos, afirma la Estrategia, con el fin de evitar el riesgo de escalada, restablecer la estabilidad estratégica con Rusia y permitir la reconstrucción de Ucrania.
    Algunos comentaristas critican este planteamiento, en el que no se condena a Rusia por su agresión y, además, Estados Unidos se presenta como un negociador neutral entre Rusia y Europa. En realidad, el texto es menos desequilibrado hacia Rusia que las posiciones mantenidas por esta Administración desde el principio de su mandato. El tenso encuentro entre Trump y Zelenski en la Casa Blanca en febrero de 2025 marcó un punto de crisis en la relación bilateral y personal, ya que se manifestó con toda crudeza el enfoque de Trump de que la parte más débil era la que tenía que hacer las concesiones necesarias, «porque sus cartas son malas». Por el contrario, de la cumbre Trump-Putin que tuvo lugar en Alaska unos meses después, se desprendió la cercanía entre ambos presidentes y la comprensión norteamericana de las posiciones rusas.
    Más allá de esta actitud del mediador, las afinidades culturales entre MAGA y Rusia han estado presentes desde antes del primer mandato de Trump y han tenido una influencia indudable en las percepciones del partido republicano sobre la guerra Rusia-Ucrania, alejando así aún más si cabe las posiciones de Europa y Estados Unidos. En efecto, para el mundo MAGA, empezando por sus líderes mediáticos como Tucker Carlson y Steve Bannon, la Rusia de Putin, blanca, cristiana, con valores tradicionales y basada en la autoridad de un líder fuerte, era más compatible con sus propios puntos de vista que la Europa débil y woke (Hayward, 2025).
    Además de estos aspectos culturales, Trump está convencido de que Rusia, con sus enormes recursos energéticos y minerales, sería un socio económico potencial más interesante que Ucrania. Y él mismo no ha desmentido, sino todo lo contrario, que en su relación con Rusia haya también claves estratégicas relacionadas con el interés norteamericano de alejar lo más posible a Rusia de China, por más que esa asociación entre ambas potencias sea hoy en día más estrecha que nunca.
    En todo caso, resulta significativo que el portavoz del Kremlin, Dimitry Peskov haya elogiado en público esta Estrategia diciendo que «sus planteamientos se corresponden de muchas maneras con la visión de Rusia» (Faulconbridge y Kelly, 2025).
    Para acabar este apartado, se debe destacar la contradicción de que esta Estrategia reproche a Europa su debilidad y al mismo tiempo quiera contribuir a ella socavando el proceso de integración europea. En efecto, Estados Unidos desea contar con la colaboración europea en algunos sectores que tienen que ver con la rivalidad con China, como la lucha contra las malas prácticas comerciales; la cooperación en América Latina y África para asegurarse el suministro de minerales críticos y los controles a la exportación de tecnologías sensibles de doble uso civil y militar. En todos estos campos, está presente la UE, en algunos casos con competencias propias y en otras con la capacidad de coordinar la actuación de los estados miembros. En este sentido, cabe concluir que en este documento han prevalecido consideraciones ideológicas sobre la defensa de los intereses compartidos entre Europa y Estados Unidos.
  4. Oriente Medio. A diferencia del apartado sobre Europa, intensamente ideológico, el de Oriente Medio es claramente pragmático. De hecho, quiere marcar la diferencia respecto a la pretensión de los neoconservadores en la Administración Bush de imponer la democracia y la construcción nacional por la fuerza de las armas. Pero a la hora de definir los intereses nacionales en la región da cuenta de un cambio fundamental: Estados Unidos ya no depende del petróleo y el gas del Golfo, ya que ahora tiene una cuantiosa producción propia. Su interés económico actual está, por tanto, centrado en la promoción de inversiones tecnológicas en asociación con los países dotados de capital procedente de los hidrocarburos.
    En cuanto a los conflictos que han desestabilizado periódicamente la región, el documento alaba el acuerdo logrado por Trump para poner fin a la guerra entre Israel y Hamás y la operación militar emprendida contra Irán en colaboración con Israel para debilitar al máximo su programa nuclear. En general, se aprecia una visión optimista de la región en la que estos éxitos diplomáticos y militares unidos a la colaboración con Israel y los socios árabes para ampliar eventualmente el alcance de los Acuerdos Abraham, pueden lograr avances hacia una mayor estabilidad. En este contexto, se menciona, por primera vez en la Estrategia, la lucha contra el terrorismo y la radicalización islamista, en cooperación con los países locales, pero sin el sentido de urgencia que ha tenido esta cuestión en el pasado reciente como prioridad de seguridad nacional.
    Ahora bien, este enfoque básicamente pragmático para Oriente Medio no debe ocultar el mar de fondo, con mucha carga ideológica, que agita las aguas del mundo MAGA y amenaza con crear divisiones profundas en el movimiento. Se trata del debate muy enconado en torno a las relaciones con Israel. Durante la guerra de Gaza empezó a hacerse perceptible para las encuestas que los contrarios a Israel no eran solo demócratas, sino también jóvenes republicanos. De hecho, la brecha en este partido es generacional y la divisoria está en torno a los cuarenta años: por debajo de esta edad hay, sobre todo, posiciones contrarias a Israel y por encima, sucede lo contrario.
    Pero el debate se encendió cuando Tucker Carlson entrevistó al activista ultraconservador Nick Fuentes, al que sus críticos acusan de ser pronazi y antisemita (Carlson, 2025). En la conversación, Fuentes dijo que a él le guiaba el principio de America First que no parecía compatible con Israel First. Cuando se puso a indagar en su programa de televisión a qué se dedicaba la cuantiosa ayuda norteamericana a Israel, que asciende a 3800 millones de dólares anuales sin contar con una ayuda militar específica para la guerra, las respuestas que recibía es que no convenía abrir un frente contra Israel cuando su seguridad estaba en peligro. Un influyente youtuber de la nueva derecha, Ben Saphiro, le llegó a amenazar con destruirlo políticamente si seguía por ese camino. Fuentes le contó a Carlson (que no rebatía sus argumentos, sino que parecía identificarse con ellos) que había leído el libro clásico de Walt y Mearsheimer sobre el lobby pro-Israel y que le había abierto los ojos sobre su poder para mover a Washington en direcciones que convenían a Israel, pero no necesariamente a Estados Unidos (Mearsheimer y Walt, 2007). De hecho, en los días previos al ataque aéreo a las instalaciones nucleares de Irán por parte de Israel y Estados Unidos, tanto Tucker Carlson como Steve Bannon y otros líderes MAGA se pronunciaron en contra de una operación que podría volver a involucrar a Estados Unidos en una de esas never ending wars que tanto detestaban. Y esta vez, a cuenta de los intereses particulares de Israel.
    Este debate amainó por la falta de escalada con Irán, pero las discusiones sobre la discrepancia de intereses entre Estados Unidos e Israel en política exterior se mezclaron en las redes sociales con teorías de la conspiración contra Israel por el asesinato de Charlie Kirk y por el caso Epstein. Estas divisiones en el campo conservador respecto a Israel, con los jóvenes posicionados en contra, constituye sin duda un aviso de la pérdida de apoyos políticos de Israel en Washington, lo que podría influir a medio plazo sobre la política de Estados Unidos en Oriente Medio.

Como conclusiones provisionales se pueden adelantar las siguientes:

  1. La coalición que apoya a Trump no es compacta y están empezando a surgir algunas contradicciones entre los diversos grupos. En la Estrategia de Seguridad Nacional y en la práctica, prevalecen los llamados tecnoligarcas, aliados con Trump en su designio de convertir la superioridad en inteligencia artificial en la gran baza de Estados Unidos para mantener su preeminencia económica y militar sobre China en los próximos años y décadas. Los más populistas solo consiguen prevalecer en los obstáculos impuestos a la inmigración.
  2. El nacionalismo es la cola que pega al movimiento y explica casi todas las posiciones en política exterior y económica. Ahora bien, su prosecución tan descarnada del interés económico propio con olvido de los demás, erosiona la confianza con aliados y socios y obstaculiza la cooperación que Estados Unidos pretende organizar contra las malas prácticas comerciales de China y su utilización de las tierras raras como arma geoeconómica.
  3. La prioridad concedida al hemisferio occidental es en realidad una ampliación del perímetro de seguridad de Estados Unidos a todos los países de la región para poder abordar con más eficacia las cuestiones de la inmigración y el narcotráfico. Asuntos de orden interno que importan más a la base MAGA que las de política exterior.
  4. A pesar del recurso de convertir en política exterior las prioridades internas, China aparece como la principal preocupación de Estados Unidos. En la Estrategia, se le quiere marcar territorio, literalmente en el caso de América Latina y, sobre todo, por lo que respecta a su modelo económico, que se pretende modificar con incentivos positivos y negativos. En todo caso, queda claro que Trump desea guardarse espacio para un gran deal económico con China y no ha querido que la Estrategia sea excesivamente agresiva hacia su rival.
  5. Europa es la que sale peor parada en la política exterior de Trump y, por ende, en la Estrategia. MAGA —y especialmente sus componentes nacionalistas y cristianos— se contemplan a sí mismos como un movimiento de revitalización nacional para superar un declive que se atribuye a factores culturales y de pérdida de identidad. A MAGA no le interesa la OTAN ni la agresividad de Rusia, sino el renacimiento de la civilización occidental y, por tanto, de Europa. Su recristianización, la recuperación del vigor de naciones soberanas y prevenir que la inmigración cree un futuro musulmán para Europa son las prioridades de los nuevos conservadores norteamericanos y de sus correligionarios europeos.
  6. La consideración del hemisferio occidental como principal prioridad de la Estrategia y la corroboración de este principio en la operación militar en Venezuela y en el propósito de Trump de incorporar Groenlandia al territorio norteamericano, han influido sobre los análisis que atribuyen a Washington una visión de un mundo dividido en esferas de influencia exclusivas correspondientes a las tres mayores potencias. Sin embargo, lo único que acredita la Estrategia y sus aplicaciones prácticas en Venezuela y Groenlandia es que esta Administración considera el hemisferio occidental como su esfera exclusiva. No hay de momento un reconocimiento a China de una esfera similar que incluya a Taiwán. Hay más ambigüedad por lo que se refiere a la posibilidad de reconocer una zona exclusiva a Rusia respecto de Ucrania, una cuestión que se deja a la relación de fuerzas sobre el terreno.

Bibliografía

Fidel Sendagorta
Embajador de España

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

    • Ideología y pragmatismo en la estrategia nacional de seguridad de Trump (0,26 MB)

    • Ideology and Pragmatism in Trump’s National Security Strategy (0,26 MB)