IEEE. La geopolítica del gas natural ante un nuevo orden

Plantas de GNL en la UE

01 sept 2026

IEEE. La geopolítica del gas natural ante un nuevo orden

Ignacio Urbasos. Investigador del Real Instituto Elcano


Introducción

En el año 2026 es evidente que el sistema internacional se encuentra en plena transición del orden liberal que había caracterizado el periodo posterior a la Guerra Fría. El final del momento unipolar estadounidense viene acompañado de profundas transformaciones en las relaciones entre Estados con el retorno de la competición entre grandes potencias, la instrumentalización de la interdependencia, una revisión del proceso de globalización bajo la lógica de suma cero y, en definitiva, el retorno de un orden eminentemente realista (Mearsheimer, 2019).

La energía siempre ha estado en el centro de la pugna geopolítica. Sin embargo, el espejismo de un orden liberal hegemónico parecía ofrecer una vía cooperativa gracias a la consolidación de nuevos marcos de gobernanza energética y a los beneficios asociados a la interdependencia compleja (Keohane y Nye, 1973; 1987). Desde la caída de la Unión Soviética, la industria energética había experimentado un proceso de acelerada globalización, impulsado por la liberalización de los mercados, la privatización de empresas estatales y el avance tecnológico, con el Tratado de la Carta de la Energía como pináculo del multilateralismo (Westphal, 2006). La desregulación permitió la entrada de actores privados en sectores previamente controlados por monopolios estatales y con el fin de la Guerra Fría se abrió una nueva geografía de oportunidades para la inversión trasnacional. El comercio de hidrocarburos, realizado en su mayoría en dólares, se presentaba como la clave de bóveda de la hegemonía estadounidense, que, a cambio de garantizar el libre comercio y la seguridad marítima, gozaba del denominado privilegio exorbitante de emitir la moneda global (Priest, 2012). La financiarización de los mercados de las materias primas elevó el comercio de energía a un nuevo nivel de complejidad, proliferando los intermediarios (traders) y mercados de futuros. Con la aparición de nuevas economías emergentes, especialmente China, se produjo un rápido aumento del comercio internacional de petróleo, gas natural y carbón, que, junto con la construcción de nuevas infraestructuras, generó nuevos flujos energéticos que superaban los viejos patrones de un sur global exportador y un norte consumidor.

El gas natural representaba un caso paradigmático de esta inserción de la energía y su geopolítica en la globalización bajo el prisma liberal. Los grandes proyectos gasistas eran desarrollados por consorcios internacionales, se construyeron gasoductos de miles de kilómetros de longitud que cruzaban varios países y se creía en el potencial transformador de la integración energética a través del gas, desde el norte de África, el Cono Sur o las relaciones entre la Unión Europea (UE) y Rusia. El desarrollo tecnológico había logrado la proeza de generalizar el transporte de gas natural por barco, licuarlo a -162 ºC y regasificarlo en destino, permitiendo el consumo de gas natural en países como Japón o Corea del Sur, auténticas islas energéticas a miles de kilómetros de las reservas más cercanas de este hidrocarburo. A diferencia del petróleo, el gas natural se consideraba un combustible más seguro geopolíticamente sin la existencia de un gran cártel como la OPEP que manipulara los precios o episodios marcados por su instrumentalización con fines geopolíticos, como las crisis del petróleo de los años setenta (Goldthau y Witte, 2010). Además, en el contexto de la descarbonización, el gas natural venía a jugar un papel central como vector energético de transición, respaldo de las renovables y como el combustible fósil más limpio, tanto en términos de emisiones de gases de efecto invernadero como contaminación del aire (Gürsan y Gooyert, 2021).

Sin embargo, el 24 de febrero de 2022, cuando las tropas rusas invaden Ucrania, se desmorona la arquitectura de seguridad energética europea y, con ello, el gas natural se posiciona en el centro de la competición entre grandes potencias. La invasión rusa de Ucrania transforma para siempre la geopolítica del gas natural y su empleo como herramienta coercitiva por parte de Moscú, unida a la posterior respuesta occidental en forma de sanciones e incautaciones, dan paso a un nuevo orden gasista alineado con la realidad internacional.

Antecedentes: el espejismo liberal en un mercado en expansión

Antes de la invasión de Ucrania, el mercado del gas se presentaba como el paradigma energético de la hegemonía liberal. De ser un mercado fuertemente regulado y relativamente regionalizado, la tecnología y la liberalización lo habían insertado en la globalización. Se pueden identificar tres grandes catalizadores de este proceso: el desarrollo normativo de la UE, el efecto transformador de la expansión del mercado de GNL liderado por Estados Unidos y la inversión trasnacional a través de empresas multinacionales.

La UE como laboratorio del paradigma liberal

Desde la primera directiva del gas de 1998 se dieron los primeros pasos en la liberalización del mercado comunitario, integrando progresivamente a los proveedores externos en su órbita regulatoria e ilustrando el efecto Bruselas en la gobernanza energética global. Al desmantelar monopolios e imponer el acceso de terceros a las infraestructuras, el segundo y especialmente el tercer paquete energético demostraron la fuerza regulatoria de la UE, obligando a sus suministradores, como Rusia, Noruega, Argelia o Catar, a adaptarse a las exigencias normativas que imponía Bruselas a cambio de acceder al mayor y más lucrativo mercado de gas del mundo (Westphal, 2006). Un caso paradigmático es el de Gazprom, que, tras perder diversos arbitrajes, tuvo que ceder en cuestiones esenciales como la formación de precios o la estructura de sus filiales europeas, aceptando el acervo comunitario en materia de energía (Stern, 2015).

Esta liberalización aceleró la creación de una profunda red de interdependencia entre la UE y sus suministradores que supuestamente se fundamentaba en los principios del libre mercado y del imperio de la ley. Durante este proceso, empresas extranjeras adquirieron participaciones en activos europeos del mercado del gas, como almacenamientos y actividades de comercialización, integrándolos en el mercado interior y dándoles acceso a los beneficios económicos de toda la cadena de valor. Gazprom, por ejemplo, antes de 2022, además de ser el primer proveedor de gas en la UE, era el primer operador de almacenes subterráneos de gas en suelo europeo, operaba una de las principales comercializadoras de gas y era accionista de algunos de los gasoductos más importantes del continente (Jirušek y Kuchyňková, 2018). La aproximación de la UE a la seguridad energética trataba de garantizar el funcionamiento eficiente de los mercados internacionales (Chester, 2010) frente al enfoque geopolítico tradicional centrado en el acceso físico a los recursos. Mediante mercados eficientes operados por empresas privadas y reglas claras, se esperaba despolitizar los flujos energéticos en favor de la eficiencia, desincentivando la instrumentalización de la interdependencia bajo una lógica ganar-ganar (Escribano, 2011).

La globalización del gas a través del GNL

Tradicionalmente, el gas natural se ha comercializado sobre todo a escala regional, con mercados concentrados en torno a las zonas productoras o a regiones próximas, debido en gran medida a los elevados costes de transporte. Durante décadas, la forma más eficiente y preferida de transportar gas a largas distancias fue el gasoducto, una opción sujeta a importantes limitaciones geográficas, económicas y geopolíticas. Aunque desde la década de 1960 el desarrollo de tecnologías para enfriar el gas natural y transformarlo en gas natural licuado permitió su transporte por vía marítima de manera comparable al del petróleo crudo, el proceso de licuefacción, transporte y regasificación ha sido significativamente más costoso, intensivo en energía y capital. Como consecuencia, no ha existido un único mercado global del gas natural, sino que los intercambios han permanecido en gran medida regionalizados, dando lugar a marcadas diferencias de precios entre regiones en función de sus condiciones específicas de oferta y demanda.

Sin embargo, en los últimos veinticinco años el mercado del GNL ha experimentado un proceso de crecimiento y transformación sin precedentes, impulsado por el mismo paradigma liberal de competencia empresarial y desregulación. El sector ha pasado de ser un espacio de exportación limitado —dominado por tres países: Argelia, Indonesia y Malasia— a configurarse como un sistema mucho más diversificado, con dos grandes exportadores consolidados: Catar y Australia, y, de manera especialmente significativa, con la incorporación de Estados Unidos desde 2016 (Mañé-Estrada y Albinyana, 2023).

Principales exportadores de GNL del mundo (2000-2024)
Figura 1. Principales exportadores de GNL del mundo (2000-2024)
Fuente: The Energy Institute (2025). Bcm = mil millones de metros cúbicos de gas natural

A diferencia del mercado petrolero, donde desde hace décadas el transporte marítimo se consolida como la modalidad dominante y en 2024 concentraba cerca del 77 % del comercio internacional (EIA, 2024), en el caso del gas natural el comercio de GNL representaba en el año 2000 apenas el 27 % del mercado mundial y, antes de la invasión de Ucrania, no superaba el 47 %. De aquí al final de la década, la entrada en funcionamiento de nueva capacidad de exportación de GNL, principalmente en Estados Unidos, Catar y Canadá, consolidará esta tendencia al incrementar en más de un 50 % la capacidad disponible, sin que se espere un crecimiento sustancial del comercio por gasoductos (IEA, 2025).

Comercio internacional de gas natural 2000-2024 y proyecciones para 2025-2030
Figura 2. Comercio internacional de gas natural 2000-2024 y proyecciones para 2025-2030
Fuente: The Energy Institute (2025), IEA (2025)

En paralelo, la propia operativa del GNL ha evolucionado hacia un modelo de mayor flexibilidad tanto para compradores como para vendedores, lo que refuerza el proceso de interdependencia de los mercados gasistas en un proceso de desregionalización del mercado de gas (Mañé-Estrada, 2022). El negocio del GNL se había desarrollado tradicionalmente sobre la base de contratos de largo plazo, generalmente de entre veinte y veinticinco años, que resultaban necesarios para poder financiar las inversiones en plantas de licuefacción y terminales de regasificación, tanto desde la perspectiva del vendedor como del comprador. Estos contratos solían incluir estrictas cláusulas de destino, en virtud de las cuales el vendedor garantizaba un volumen de gas por contrato que el comprador estaba obligado a recibir en una o varias terminales específicas. De esta manera, los contratos replicaban la lógica contractual de los gasoductos, configurando auténticos corredores marítimos que, debido a sus características, operaban como tuberías virtuales.

La irrupción de Estados Unidos como superpotencia gasista gracias a la revolución del fracking (Bros, 2012) ha tenido un efecto transformador en la operativa del mercado internacional del gas. Los contratos de GNL firmados hace una década con terminales estadounidenses introdujeron innovaciones disruptivas en un mercado tradicionalmente rígido y dominado por acuerdos de largo plazo. De acuerdo con Tagliapietra (2022), esta flexibilidad contractual se ha sustentado en dos factores principales. En primer lugar, la eliminación de las cláusulas de destino, que permite a los compradores decidir el mercado final del gas adquirido. En segundo lugar, el ascenso de los denominados agregadores o portfolio players, compañías energéticas que combinan volúmenes de GNL procedentes de múltiples orígenes y los redistribuyen entre sus clientes según sus necesidades, ya sea mediante contratos a plazo o en el mercado spot.

El porcentaje de contratos con cláusulas de destino flexible pasó de una media del 34 % en el periodo de 2015 a 2017 a un 64 % en el de 2018 a 2020, impulsado principalmente por la irrupción de los proyectos estadounidenses de GNL, que también dominan los nuevos acuerdos firmados en esta década (Tagliapietra, 2022). Este marco contractual ha favorecido la creciente «petrolización» (Mañé-Estrada, 2022) del mercado del gas: los flujos se orientan con mayor arbitraje y oportunismo en función de la evolución de los distintos índices de precios globales, integrando a nuevos intermediarios, con un peso creciente de las transacciones en el mercado spot, que ya supone cerca de un 40 % de las operaciones (IGU, 2024), frente a la tradicional preferencia por el largo plazo.

En este contexto, el Title Transfer Facility (TTF), índice de referencia en Países Bajos, se ha consolidado como el valor clave para Europa y el Henry Hub para Estados Unidos, del mismo modo que el barril de Brent lo es para el petróleo europeo o el West Texas Intermediate (WTI) para el petróleo en Norteamérica. El TTF ofrece una señal de precios líquida y transparente, que compite con su contraparte asiática, el índice JKM, emulando para el gas la operatividad del mercado a corto plazo del petróleo crudo (Heather, 2021). Los índices gasistas han permitido desindexar el precio del gas natural del del petróleo crudo, la práctica dominante en la industria hasta la liberalización del mercado europeo y la llegada del GNL estadounidense. La consecuencia es un mercado mucho más interconectado que en el pasado. Así, un repunte de la demanda de GNL en Asia provocado por una ola de frío puede atraer hacia esa región los cargamentos que los traders o portfolio players tienen por todo el mundo, lo que obliga a los operadores europeos a ofrecer precios más altos para asegurar su suministro. El resultado es una reconfiguración del mercado del gas, que transita de la fragmentación a la interconexión, con mayores niveles de volatilidad y exposición a los eventos geopolíticos, pero también con un incremento notable de su liquidez y flexibilidad.

La capacidad transformadora de las inversiones trasnacionales

Las grandes transformaciones del mercado internacional del gas se han producido de la mano de las grandes compañías multinacionales, tanto públicas como privadas, y de sus inversiones trasnacionales. A diferencia del sector petrolero, más marcado por el nacionalismo de los recursos, los grandes exportadores de GNL en el siglo XXI, Catar, Australia, Rusia y Estados Unidos, han desarrollado sus capacidades, cada uno con sus propias particularidades, bajo esquemas relativamente abiertos a la participación de capital internacional. Existen ejemplos paradigmáticos de estos flujos de inversión: la francesa TotalEnergies mantiene participaciones accionariales en los cuatro grandes exportadores de GNL, la estadounidense ExxonMobil está presente en Estados Unidos, Australia y Catar, y CatarEnergy, pese a su naturaleza estatal, combina inversiones en Catar y Estados Unidos con acuerdos de suministro a largo plazo con empresas australianas. La mayor complejidad tecnológica de la cadena de valor del gas natural incentivó a que los Estados con reservas de gas natural abrieran sus mercados a la inversión extranjera y la menor renta asociada a este hidrocarburo previno del nacionalismo de los recursos que ha dominado la política petrolera en el último siglo (Xu et al., 2024).

Los grandes gasoductos desarrollados en las últimas décadas también se impulsaron mediante consorcios internacionales orientados a equilibrar intereses y mitigar el riesgo geopolítico. El gasoducto Magreb-Europa, que atraviesa Argelia, Marruecos, España y Portugal, fue promovido por un accionariado que incluía, en sus distintos tramos, al menos una entidad de cada uno de los Estados implicados. De forma similar, Nord Stream integró a Gazprom con grandes empresas europeas consumidoras de gas. Aunque hoy ambas infraestructuras se han visto afectadas por la nueva realidad internacional y la integración de intereses empresariales resultó insuficiente para evitar su instrumentalización con fines geopolíticos, en el momento de su construcción se concibieron como proyectos destinados a generar espacios de prosperidad compartida, emulando el espíritu de cooperación económica que inspiró la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (Hernando de Larramendi y Thieux, 2025).

El gas natural se convierte en herramienta geoeconómica

La invasión rusa de Ucrania destruyó el principal flujo comercial de esta materia prima, obligando a una reconfiguración sin precedentes del mercado gasista que ha desatado una crisis de precios que continúa, aunque mitigada, hasta la actualidad. Esta ruptura del mercado ruso-europeo del gas natural por gasoducto ha tenido como resultado el advenimiento de nuevos corredores gasistas, tanto marítimos como terrestres, y la aparición de nuevas vulnerabilidades, dependencias y posibles puntos de ahogamiento. El enfrentamiento entre Rusia y Occidente no se ha producido exclusivamente en la dimensión militar y el espacio geoeconómico, en concreto el energético, ha sido un elemento central de esta confrontación.

La UE y Estados Unidos han tratado de dañar la economía rusa por medio de incautaciones de activos y sanciones sobre las principales compañías y entidades de la Federación Rusa, mientras Rusia respondió con medidas equivalentes con los activos occidentales bajo su control soberano (Urbasos, 2025). Las sanciones han fragmentado un mercado gasista que había experimentado en las últimas décadas un rápido proceso de convergencia, tanto de intercambios comerciales como tecnológicos, regulatorios y de inversión.

En concreto, los gasoductos que unían a Rusia con Europa constituían el símbolo más claro del estatus de Moscú como superpotencia energética fósil y de su capacidad de proyección sobre la UE (Bros, 2012). La gestión de su dimensión geopolítica había sido históricamente compleja para los Estados miembros y la cohesión europea, dado que cada uno de ellos mantenía intereses y perspectivas divergentes (Urbasos, 2024). A través de una diplomacia comercial efectiva, Gazprom había logrado impulsar nuevas infraestructuras, como TurkStream y Nord Stream, que permitían sortear a los países de tránsito considerados poco amistosos, principalmente Ucrania y Polonia. De esta manera, construyó una red de transporte con una capacidad muy superior a las necesidades y al potencial real de intercambio entre Europa y Rusia.

La instrumentalización de esta dependencia por parte de Rusia puso en cuestión uno de los pilares de la teoría económica liberal: la premisa de que la interdependencia económica contribuye a la paz. Las principales potencias europeas, con Alemania a la cabeza, habían apostado por la interdependencia gasística con Rusia como un mecanismo para generar un «colchón de intereses» capaz de contener una eventual escalada geopolítica. La idea promovida por Berlín desde la caída de la Unión Soviética, según la cual la interdependencia económica y energética entre la UE y Rusia favorecería una aproximación de esta última hacia los postulados de la democracia liberal, quedó desacreditada definitivamente el 22 de febrero de 2022 (Steimberg, Urbasos y Escribano, 2025). En términos energéticos, la principal víctima de esta «ilusión liberal» (Barbieri, 2009) fue el flujo bilateral de gas natural entre Rusia y la UE, un mercado milmillonario que se extendía a través de una profunda red de gasoductos, empresas intermediarias, infraestructuras de almacenamiento y contratos a largo plazo.

De esta forma, si en 2021 los gasoductos rusos suministraban el 38,5 % de las importaciones de gas de la UE, consolidando una posición dominante en numerosos mercados cautivos (Henderson y Chyong, 2023), después de la invasión, como resultado del sabotaje del Nord Stream y el cierre de los corredores ucraniano y polaco, el gas ruso por gasoducto tan solo representaba, en 2025, un 5 % de las importaciones de la UE. En términos económicos, esta relación comercial ha pasado de estar valorada en más de 50.000 millones de dólares en 2021 a menos de 3000 millones en 2025 (Raghunandan, 2025). A finales de 2025, la UE acordó la hoja de ruta definitiva para el cese de estas importaciones y se espera que para finales de 2027 ya no entre ninguna molécula de gas ruso al mercado europeo.

La ruptura de este mercado ha tenido un efecto transformador en toda la economía global. Ante la pérdida del gas ruso, especialmente después del cierre y posterior sabotaje de Nord Stream, las empresas de la UE se vieron obligadas a buscar nuevos suministradores de gas, encontrando en el GNL una alternativa que, aunque más cara, era mucho más rápida y modular que la tradicional vía de suministro del continente: el gasoducto. La transición hacia un mercado europeo mixto de gasoductos y GNL se ha materializado en cuestión de meses: en 2021 el gas licuado representaba el 21 % de las importaciones, en el segundo trimestre de 2025 alcanzó el 44 %. Esta transformación ha convertido a la UE en el principal importador del mundo de GNL, absorbiendo toda la nueva oferta disponible del mercado internacional, en ocasiones desplazando a países en desarrollo, y generando nuevos corredores energéticos que han reconfigurado la geografía del gas natural. En el nuevo mapa gasista de la UE, Rusia ha sido sustituida por mayores volúmenes desde Noruega por gasoducto, pero especialmente por el GNL proveniente de Estados Unidos.

Importaciones trimestrales de gas natural en la UE por origen (2019-2025)
Figura 3. Importaciones trimestrales de gas natural en la UE por origen (2019-2025)
Fuente: Bruegel (2026)

La guerra en Ucrania no solo ha desarticulado el comercio internacional de gas, sino que también ha desmantelado el sistema de arbitraje que durante décadas reguló las disputas energéticas entre empresas europeas y rusas. Los laudos recientes relativos al corte de suministro de gas a través de Nord Stream o a la imposición del pago del gas en rublos han ofrecido decisiones dispares, aunque con consecuencias especialmente gravosas para Gazprom, que se enfrenta a indemnizaciones millonarias. Para evitar nuevos fallos adversos y la ejecución de estas sentencias, Rusia ha recurrido a sus tribunales nacionales con el fin de impedir que sus empresas acaten decisiones arbitrales extranjeras, al tiempo que ha impuesto sanciones a compañías europeas que tratan de utilizar estos mecanismos para obtener compensaciones (Urbasos, 2024).

Paralelamente, tanto Rusia como varios Estados europeos han procedido a la nacionalización de activos energéticos por razones estratégicas, erosionando décadas de confianza e inversión cruzada. Este proceso ha contribuido al colapso del entramado institucional que sustentaba el comercio internacional de gas sobre la base de los principios del libre mercado. Esta evolución, en la que la soberanía estatal parece imponerse sobre las normas compartidas y los intereses de actores no estatales, como las empresas, encaja con lo que la literatura identifica como un retorno a una lógica neowestfaliana (Esteban, 2025). Desde esta perspectiva neowestfaliana, el sistema energético tendería a estructurarse en torno a los Estados, con primacía de la soberanía estatal sobre los derechos individuales, incluidas las personas jurídicas, y sobre las instituciones supranacionales. Además de la erosión del sistema de arbitraje, otra manifestación de esta deriva es la retirada de la propia UE del Tratado de la Carta de la Energía en 2024, tras constatar que se trataba de un instrumento de gobernanza propio de un orden energético liberal y basado en los combustibles fósiles que ha quedado desfasado. Igualmente, el rechazo frontal de Estados Unidos y Catar al reglamento sobre metano o la directiva sobre la diligencia debida en materia de sostenibilidad empresarial (CS3D) de la UE es una prueba de las crecientes reticencias de los Estados a ceder soberanía en materia de gobernanza energética.

Realineamiento geopolítico

El fin del orden liberal gasista construido bajo la lógica de la interdependencia ha dado paso a una nueva fórmula en las relaciones comerciales que prioriza el alineamiento geopolítico y la seguridad de suministro frente a la eficiencia económica o la diversificación. Este nuevo modelo tiende a reforzar el papel de las grandes potencias, en particular Estados Unidos y China, que cuentan con la capacidad de proyectar sus preferencias energéticas sobre sus respectivas áreas de influencia.

El ejemplo más claro de este paradigma emergente es la convergencia transatlántica de los flujos de gas natural hacia la UE, que tras la invasión rusa de Ucrania ha llegado a absorber más del 60 % de las exportaciones estadounidenses de gas natural licuado (EIA, 2025). Para Estados Unidos, ha sido una prioridad desde el inicio de sus exportaciones de GNL en 2016 garantizar que el mercado europeo del gas natural se mantuviera abierto. Washington ha observado tradicionalmente con escepticismo la relación gasista entre la UE y Rusia y, ya en la década de 1980, la Administración Reagan trató de impedir, mediante sanciones, la construcción de una red de gasoductos destinada a abastecer por primera vez el mercado de Europa occidental, en lo que constituía la prolongación energética de la Ostpolitik impulsada por Willy Brandt (Forsberg, 2016).

Esta oposición se intensificó tras la anexión ilegal de Crimea por parte de Rusia en 2014 y volvió a reforzarse ante la decisión de construir Nord Stream 2 en 2015. En este contexto, el Congreso de Estados Unidos aprobó la Protecting Europe’s Energy Security Act, introduciendo sanciones contra las empresas implicadas en la construcción del gasoducto. De forma paralela, la primera Administración Trump promovió activamente las exportaciones estadounidenses de GNL a Europa bajo la etiqueta de «gas de la libertad» (Jong, 2023).

Con la invasión rusa de Ucrania en 2022 y la consiguiente crisis europea del gas, se produjo un fuerte incremento de las compras de GNL estadounidense. Estas respondieron en gran medida a dinámicas de mercado, pero fueron también incentivadas políticamente bajo la Administración Biden a través de la creación de la EU–US Task Force on Energy Security, que contribuyó a coordinar suministros y a estabilizar el mercado europeo (Steimberg, Urbasos y Escribano, 2025).

Desde la llegada de Trump, el GNL también se ha integrado en la agenda neomercantilista que impone Washington al resto del mundo. En el último acuerdo comercial entre la UE y Estados Unidos, uno de los compromisos más llamativos fue la adquisición por parte de Bruselas de hasta 750.000 millones de dólares en productos energéticos estadounidenses, incluidos GNL, petróleo y combustibles nucleares, entre 2026 y 2028. Aunque estas cifras resultan difícilmente realizables por su magnitud, ilustran con claridad hasta qué punto la geopolítica está moldeando la configuración de los nuevos flujos energéticos. Otro ejemplo similar es el de los compromisos de inversión y compra de gas natural estadounidense por parte de Japón, Corea del Sur y Taiwán para apaciguar las exigencias comerciales y mantener los compromisos en defensa de Washington.

En este contexto, las exportaciones de gas natural se han consolidado como una palanca central de la política exterior estadounidense. Las distintas administraciones han utilizado esta capacidad de manera diferente, oscilando entre el énfasis en la flexibilidad contractual y la seguridad de suministro con Biden o la integración del gas en las negociaciones comerciales con Trump. Sin embargo, la lógica subyacente se mantiene: Estados Unidos busca consolidarse como un suministrador clave para sus aliados, convirtiendo sus recursos fósiles en un instrumento de influencia internacional que refuerce su estatus como superpotencia. Siguiendo esta lógica, la estrategia de seguridad de Estados Unidos de 2025 es clara en su definición de la nueva doctrina de dominancia energética (energy dominance): «Ampliar nuestras exportaciones netas de energía también profundizará las relaciones con nuestros aliados, al tiempo que reducirá la influencia de nuestros adversarios, protegerá nuestra capacidad para defender nuestras costas y, cuando y donde sea necesario, nos permitirá proyectar nuestro poder» (White House, 2025).

Exportaciones de gas de EEUU por destino (2015-2025)
Figura 4. Exportaciones de gas de EEUU por destino (2015-2025)
Fuente: US EIA (2025)

De esta forma, Estados Unidos se ha convertido en el mayor exportador de gas natural del mundo, tanto por gasoducto, cuyo destino principal son México y Canadá, como en forma de GNL. Esta nueva proyección de poder energético se concentra en sus aliados: la UE, Reino Unido, Japón, Corea del Sur y Taiwán, que desde 2022 han absorbido alrededor del 80 % de las exportaciones estadounidenses de GNL. Como consecuencia, estas economías han desarrollado una nueva dependencia estratégica respecto de Estados Unidos que se suma a la tradicional dependencia en materia de seguridad y defensa.

Al otro lado del Pacífico se observa un fenómeno similar de realineamiento geopolítico. Atraídas por la flexibilidad contractual del GNL estadounidense y por el rápido crecimiento de la demanda de gas en el país, las empresas energéticas chinas comenzaron a interesarse por este suministro a partir de 2016. Sin embargo, la guerra comercial impulsada por la primera Administración Trump en 2019 interrumpió por completo las importaciones, ya que Pekín identificó el petróleo y el gas de Estados Unidos como bienes políticamente sensibles e impuso aranceles como medida de presión (Corbeau y Downs, 2025).

Las negociaciones comerciales de 2020 y 2021 incentivaron la firma de numerosos contratos de suministro a largo plazo por parte de empresas chinas, lo que contribuyó a un repunte de las compras. No obstante, el deterioro progresivo de las relaciones bilaterales bajo la Administración Biden y, sobre todo, con el retorno de Trump y su ofensiva arancelaria, llevó a Pekín a reactivar los aranceles sobre el GNL estadounidense, reduciendo de nuevo a cero las importaciones. Pese a ello, China afronta un dilema estratégico: los contratos firmados entre 2021 y 2023, que han comenzado a entrar en vigor en 2025, equivalen a seis veces los volúmenes importados desde Estados Unidos en 2024 o un tercio de las importaciones de GNL de China ese mismo año. Esto, unido a la creciente instrumentalización geopolítica de los flujos de gas, ha despertado preocupación entre las élites políticas chinas por una eventual dependencia del GNL estadounidense, con posibles implicaciones para su seguridad energética. Todo apunta a que la tensión económica entre ambas potencias persistirá y a que China seguirá recurriendo a los aranceles sobre los hidrocarburos estadounidenses como instrumento de presión, profundizando la fragmentación del mercado mundial del gas.

Contratos de GNL entre compradores chinos y proyectos estadounidenses
Año Vendedor Comprador Volumen anual (bcm) Duración (años)
2018 Cheniere PetroChina 1,7 25
2021 Cheniere Energy ENN 1,2 13
Sinochem 2,5 18
Foran 0,4 20
Venture Global Sinopec 5,6 20
UNIPEC 1,4 3
CNOOC 2,8 20
CNOOC 0,7 3
2022 Energy Transfer LNG ENN NG 2,5 20
ENN Energy 1,3 20
China Gas 1 25
NextDecade ENN 2,1 20
China Gas 1,4 20
Guangdong Energy 2,1 20
Cheniere Energy PetroChina 2,5 25
2023 Venture Global China Gas Holdings 1,4 20
China Gas Holdings 1,4 20
Cheniere ENN 2,5 20
Foran 1,2 20
Total 35,8  
Fuente: Adaptación1 de Corbeau y Downs (2025).

Como respuesta, China y Rusia han profundizado en sus relaciones energéticas, con el gas natural como un elemento central de esta simbiosis. En 2025, ambos países firmaron un acuerdo histórico para aumentar el comercio de gas natural a través de los gasoductos existentes y para construir el gasoducto Poder de Siberia 2. Este gasoducto tendrá una capacidad equivalente a la de Nord Stream y conectará por primera vez las reservas de gas de Siberia Occidental con el mercado chino a partir de 2030. Dichas reservas eran las que tradicionalmente abastecían al mercado europeo y que, desde 2022, Gazprom no había podido comercializar internacionalmente (Meidan y Yermakov, 2025). Según el consejero delegado de Gazprom, Alexéi Miller, las exportaciones se estructurarán mediante un contrato de treinta años, denominado en rublos y yenes, y con un precio inferior al que pagaba tradicionalmente Europa2, lo que demuestra que, una vez más, la geopolítica se impone sobre los intereses comerciales (Meidan y Yermakov, 2025).

China ve en la construcción de este gasoducto un paso decisivo para reducir sus importaciones de GNL estadounidense y la dependencia de una arquitectura financiera y comercial dominada por Washington, apoyándose en Rusia como socio alternativo. Para Rusia, China ya se convirtió en 2025 por primera vez en el principal destino de sus exportaciones de gas, sustituyendo al tradicional mercado de la UE. A ello se suma que, tras el cese de las importaciones de GNL ruso en la UE en 2027, se espera que China pase a ser también el principal mercado receptor, lo que reforzará la creciente dependencia rusa del mercado chino para monetizar sus reservas de gas natural. Este proceso confirma la ruptura del mercado euroasiático en dos, redirigiendo las reservas de gas de Rusia hacia China en la configuración de un nuevo espacio geoenergético dominado por la geopolítica más que por los intereses comerciales.

Fragmentación de las cadenas de valor

Desde 2014, pero especialmente desde 2022, los países del G7 han aplicado sucesivas rondas de sanciones contra el sector del gas natural ruso con el propósito de reducir los ingresos derivados de sus exportaciones y restringir el acceso a tecnología y financiación que pudieran sostener su desarrollo.

En el ámbito financiero, las medidas más relevantes han sido la incautación de activos rusos en el extranjero, en particular los de Gazprom en la UE, y la congelación de las reservas internacionales del Banco Central de Rusia. En paralelo, empresas energéticas como Gazprom Neft, Surgutneftegas, Novatek y Rosneft, así como bancos especializados en operaciones del sector como Sberbank y Gazprombank, han sido designadas como entidades sancionadas por Estados Unidos, la UE o el Reino Unido. Aunque estas compañías están sujetas a distintos regímenes, en la práctica todas han quedado excluidas de los mercados financieros occidentales, incluidos los sistemas de pago internacionales como SWIFT3, lo que limita su acceso al dólar estadounidense y al euro en sus transacciones internacionales.

Estas medidas han roto una dinámica dominante desde la desintegración de la Unión Soviética y un elemento central en la consolidación del orden liberal, en la que prácticamente todas las transacciones internacionales en el mercado del gas natural se realizaban a través del sistema SWIFT y en dólares o, para los intercambios entre Gazprom y las empresas europeas, el euro. Las sanciones impuestas tras la invasión de Ucrania han alterado de raíz este sistema y han empujado a Rusia y sus clientes a buscar mecanismos alternativos de pago. En concreto, Moscú y Pekín han intensificado la «cooperación monetaria bilateral», bajo el discurso de la «democratización del sistema financiero internacional», estableciendo un esquema de transacciones mixto en rublos y yuanes que excluye el uso del dólar y el euro como monedas de intercambio (Kluge, 2024).

Desde 2022, Rusia ha eliminado ambas divisas de sus exportaciones de hidrocarburos a India, China y Turquía, mientras que los préstamos concedidos por bancos chinos a desarrolladores de proyectos energéticos rusos se formalizan principalmente en yuanes. En el caso del gas, tras las primeras sanciones financieras de marzo de 2022, Moscú comenzó a exigir el pago en rublos a sus clientes europeos y asiáticos. Varias compañías europeas accedieron y las empresas asiáticas vinculadas al proyecto de GNL Sajalín-2 adoptaron progresivamente un modelo mixto que combina rublos, yuanes, yenes o wones, según la moneda nacional de cada comprador. Más allá de Rusia, y como efecto colateral de las sanciones, esta tendencia se ha extendido también al mercado del GNL, que había operado tradicionalmente en dólares. En 2023, la Compañía Nacional de Petróleo de Abu Dabi (ADNOC) y la china CNOOC completaron una transacción de GNL suministrado por TotalEnergies y liquidada en yuanes (LNG Prime, 2023), marcando una de las primeras operaciones internacionales de GNL fuera del sistema financiero estadounidense.

Otro efecto relevante de las sanciones ha sido la ruptura de la cadena de valor tecnológica del sector del gas natural. Hasta 2022, se trataba de un mercado con pocos actores, muy globalizado y con cadenas de valor de alta especialización. Un caso paradigmático son los dos proyectos en el Ártico desarrollados por la empresa rusa Novatek, primero Yamal LNG y posteriormente Arctic LNG 2, junto con un consorcio de compañías internacionales. Ambos proyectos se convirtieron en símbolos de la innovación en ingeniería ártica, resultado del trabajo conjunto de empresas como la francesa Technip, las japonesas JGC y Chiyoda o la alemana Linde, que desarrollaron soluciones pioneras para la licuefacción en condiciones de frío extremo y sobre terreno de permafrost. También se construyeron buques metaneros rompehielos de última generación, construidos por Daewoo Shipbuilding en Corea del Sur y equipados con cascos diseñados en Finlandia.

Sin embargo, esta densa red de interdependencia tecnológica se deshizo con las sanciones occidentales impuestas a partir de 2022. La retirada de los socios europeos, japoneses y surcoreanos redujo el acceso de Novatek a su ingeniería y equipamiento, obligando a la empresa a recurrir tanto a soluciones nacionales como a proveedores chinos e iraníes para reanudar la construcción de estos proyectos. Por primera vez, Rusia ha desarrollado soluciones tecnológicas que controlaban históricamente, a través de patentes y conocimiento técnico, empresas occidentales, japonesas o coreanas. El resultado ha sido una profunda fragmentación de la cadena de valor mundial del GNL, que demuestra cómo las sanciones no solo han alterado los flujos comerciales, sino que también han desmantelado los ecosistemas tecnológicos transfronterizos que habían sostenido el rápido crecimiento del sector en las últimas décadas.

Una tercera transformación ha sido la aparición de una incipiente flota fantasma de buques de GNL (Urbasos, 2025). A diferencia del mercado del petróleo crudo, donde el contrabando y el transporte de cargamentos sometidos a sanciones mediante buques de propiedad opaca o sin garantías de aseguramiento es una práctica habitual desde hace décadas, el comercio del GNL nunca había experimentado un fenómeno similar. Los metaneros son buques mucho más valiosos y técnicamente complejos, cuya operación está restringida a un reducido número de compañías, generalmente multinacionales, especializadas. Además, el mercado del GNL es significativamente más pequeño: existen casi 8000 petroleros frente a tan solo 772 metaneros en servicio, construidos y mantenidos en una decena de astilleros y operados y asegurados por unas pocas compañías. A ello se suma que la mayoría de los astilleros, armadores, compañías aseguradoras y terminales de GNL están controlados por empresas occidentales o con una fuerte presencia internacional. Este hecho explica por qué Irán, pese a su larga experiencia en la evasión de sanciones y el contrabando de petróleo, no ha logrado desarrollar con éxito proyectos de exportación de GNL, a pesar de compartir el enorme yacimiento South Pars/North Dome con Catar, desde donde CatarEnergies exporta alrededor del 20 % del GNL mundial.

Cuando Estados Unidos y la UE decidieron sancionar en 2024 el proyecto Arctic LNG 2, prohibiendo cualquier transacción que pudiera contribuir a su desarrollo, la medida parecía especialmente contundente, ya que se esperaba que ningún operador del sector estuviera dispuesto a asumir el riesgo de sanciones secundarias que los excluyeran del sistema financiero internacional y de sus operaciones globales. Durante varios meses, la construcción de Arctic LNG 2 se detuvo por completo después de que el consorcio internacional de ingeniería responsable del proyecto se retirara. Solo las empresas rusas, con la asistencia técnica de ingenieros chinos, permanecieron en el lugar, tratando de finalizar el proyecto.

Sin embargo, los acontecimientos de 2025 evidenciaron los límites de esa estrategia. A finales de agosto, Rusia logró terminar parcialmente el proyecto y China recibió su primer cargamento procedente del Arctic LNG 2. La operación, repetida en las semanas siguientes, ha marcado un punto de inflexión en la efectividad del régimen sancionador: nunca antes un proyecto designado como entidad sancionada por Estados Unidos había conseguido realizar operaciones comerciales (Urbasos, 2025). Además, los propios metaneros utilizados para el transporte también estaban sujetos a sanciones occidentales, configurando los primeros casos de lo que podría convertirse en una flota fantasma del GNL, análoga a la ya consolidada en el mercado del petróleo crudo (Muñoz Abad, 2025). La flota fantasma de petroleros es una de las principales herramientas de Irán, Venezuela y Rusia para operar en el mercado petrolero pese a las sanciones. El destino final suele ser China, que ha desarrollado todo un complejo de refinerías independientes ubicadas en la provincia de Shandong, dedicadas a la compra con descuentos de petróleo sancionado (Velázquez, 2025). Esta estructura paralela de comercio de petróleo entraña importantes riesgos medioambientales, ya que los buques de la flota fantasma suelen carecer de seguros reconocidos en caso de accidente, estar peor mantenidos y llevar muchos años en operación. Por tanto, la aparición de una flota fantasma para el comercio del GNL rompería con la «excepcionalidad» del sector, acostumbrado a operar en un entorno muy legalista y bajo los máximos estándares operacionales.

En conjunto, esta triple transformación —la desdolarización del comercio del gas natural, la creación de una nueva cadena de valor tecnológica paralela al conocimiento occidental y la aparición de una flota fantasma de GNL— apunta hacia un futuro marcado por la fragmentación del mercado internacional del gas, provocada por, y al mismo tiempo a pesar de, las sanciones internacionales. En realidad, esta fragmentación de la cadena de valor del gas no es una excepción y se inscribe en el proceso de desglobalización y repliegue de las cadenas de valor que parecen imponerse en el nuevo espacio geoeconómico global. El nuevo orden gasista es un reflejo del orden realista que sustituye el orden liberal y es la geoeconomía la que se impone a la interdependencia y la integración (Mearsheimer, 2019; Farrell y Newmann, 2025).

Hacia un nuevo orden gasista

Este análisis ha tratado de presentar las transformaciones que se produjeron bajo el orden liberal internacional en el sector del gas natural, destacando su inserción en la globalización a través de la expansión del mercado de GNL, las inversiones trasnacionales y el proceso de desregulación impulsado por Bruselas, que terminó por extenderse a otros proveedores. Estos procesos, independientes entre sí pero unidos por sustentarse en los principios y valores del paradigma liberal, dieron lugar a un mercado interconectado y altamente eficiente. Las instituciones parecían haber sustituido a la geopolítica y eran las empresas quienes operaban el mercado en función de la maximización de sus beneficios económicos, en lugar de los Estados con base en cálculos de poder. El resultado fue una amplia comunidad de exportadores e importadores que compartían reglas, tecnología, conocimiento y, en definitiva, un colchón de intereses comunes que generaban una interdependencia compleja llamada a producir beneficios conjuntos y dinámicas cooperativas.

Aunque es evidente que este orden gasista comenzó a erosionarse antes de 2022, fue en febrero de ese mismo año cuando se hizo patente que la geopolítica se impondría a los intereses comerciales y que el paradigma liberal de la interdependencia compleja había sido, en gran medida, un espejismo. La guerra geoeconómica que se ha librado en los márgenes del frente ucraniano entre la UE y Rusia ha tenido entre sus principales víctimas a las instituciones liberales y multilaterales que sostenían el mercado internacional del gas. En este trabajo se han mencionado algunas de ellas, como el uso del dólar y el euro como divisas, los pagos a través del sistema SWIFT, las inversiones trasnacionales, los flujos de tecnología o el sistema internacional de arbitraje.

El final de un orden liberal para el gas natural da paso a un escenario marcadamente fragmentado, en el que la geopolítica determina los flujos comerciales con mayor intensidad que la eficiencia económica. La consecuencia más evidente de esta nueva realidad es la ruptura del comercio gasista entre la UE y Rusia, sustituido por los crecientes flujos de GNL entre Europa y Estados Unidos. Washington no oculta la dimensión geopolítica de sus exportaciones de gas y las identifica en su última estrategia de seguridad nacional como un instrumento más de proyección de poder hacia rivales y aliados. Los flujos energéticos dejan de ser meras transacciones comerciales; ahora exigen alineamiento geopolítico y, llegado el caso, aquiescencia estratégica. El principal actor ya no son las empresas multinacionales, sino los Estados soberanos y sus intereses en una lógica neowestfaliana.

La otra gran transformación en la geopolítica del gas natural es la consolidación de la alianza energética entre Rusia y China. Tras la pérdida del mercado europeo, Rusia no ha tenido más opción que aceptar las duras condiciones que impone China para acceder a su mercado. Gazprom ha debido ajustarse a los plazos y términos fijados por Pekín para la construcción del gasoducto Poder de Siberia 2, un proyecto llamado a reconfigurar para siempre los flujos globales de gas, ya que redirigirá hacia China las reservas que hasta 2022 abastecían a la UE. China se presenta, junto con Estados Unidos, como uno de los principales ganadores de esta transformación. El gas ruso no solo es más económico que las alternativas, sino que se comercia en yuanes, lo que contribuye a la estrategia china de erosión del dólar y de la hegemonía occidental en los mercados financieros. Además, permite a Pekín recalibrar las decisiones adoptadas por sus empresas gasistas entre 2021 y 2022, cuando firmaron numerosos contratos de suministro a largo plazo con plantas exportadoras de GNL en Estados Unidos. Lo reciente de estos acuerdos ilustra la velocidad de los cambios en curso y muestra cómo un instrumento que podía servir para acercar a Pekín y Washington, el comercio de GNL, hoy se percibe en China como una potencial amenaza para la seguridad de suministro. Esta es la nueva realidad de la geopolítica del gas.

La UE, junto con Rusia, se perfila como una de las grandes perdedoras de este nuevo escenario y debe adaptarse a una realidad que no se ajusta a su naturaleza multilateral y normativa. Tanto la UE como sus Estados miembros deben recalibrar sus estrategias de seguridad de suministro, monitorizar la aparición de nuevas dependencias y mantener una estrategia de diversificación sólida y sostenida en el tiempo. La UE debe seguir apostando por la transición energética, pero no puede, como pretendió desde la publicación del Pacto Verde Europeo, ignorar que la diplomacia energética también pasa por garantizar el suministro de combustibles fósiles como el gas, que será un pilar central de su economía hasta, al menos, 2050.

Al igual que resulta difícil predecir con exactitud la naturaleza del sistema internacional que sucederá al orden liberal, ocurre algo similar con la geopolítica del gas natural. Sabemos con relativa claridad qué ha quedado atrás, pero persiste la incertidumbre respecto a lo que está por venir. Este trabajo ha tratado de esbozar algunas posibilidades4. La primera es que, en el futuro, la instrumentalización de la interdependencia se convertirá en la norma para los flujos comerciales, los servicios financieros y el acceso a la tecnología. La segunda es que la fragmentación, utilizada como mecanismo de protección frente a esta instrumentalización, revertirá parte del proceso de globalización e integración que ha definido las últimas décadas. La tercera es que, frente a la relativa estabilidad en precios y flujos que caracterizó al mercado del gas natural durante gran parte del orden liberal, se verán mayores episodios de volatilidad y disrupciones comerciales, dificultando la capacidad de los inversores para anticipar los equilibrios futuros de oferta y demanda.

Las nuevas reglas del juego son la instrumentalización de la interdependencia, la fragmentación y el alineamiento geopolítico. Los ganadores son las grandes potencias, que imponen sus intereses, y los perdedores, aquellos que apostaron por un sistema basado en reglas, cooperación e integración. El nuevo orden gasista es un reflejo del emergente orden realista que está sustituyendo al orden liberal: es ahora la geoeconomía la que se impone sobre los paradigmas de la interdependencia y la integración.

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Ignacio Urbasos
Investigador del Real Instituto Elcano

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] Nota metodológica: algunos volúmenes o fechas se han simplificado y están sujetos a actualizaciones en el futuro.
[2] En 2025, la estatal china CNPC pagó a Gazprom por el gas un precio medio de 6,5 dólares/mmbtu, un 45 % por debajo del precio medio de referencia de la UE, el TTF, durante ese periodo. Gazprom vendía en Europa bajo diferentes fórmulas que solían estar fuertemente indexadas al TTF.
[3] El sistema SWIFT (Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication) es una red global de mensajería segura que utilizan bancos e instituciones financieras para intercambiar información y órdenes de pago de forma estandarizada, facilitando las transferencias internacionales de dinero.
[4] Aunque este trabajo ha decidido no incorporarlo a su análisis, la transición energética ejercerá un efecto transformador sobre la geopolítica del gas natural. Reducirá parte de su demanda en los países desarrollados, pero podría generar nuevos consumidores en el mundo en desarrollo. La forma en que interactuarán la nueva geopolítica del gas y su papel como vector de transición es una cuestión que excede el objeto de este estudio.
    • La geopolítica del gas natural ante un nuevo orden (2,3 MB)

    • The geopolitics of natural gas facing a new order (0,8 MB)