
12 mar 2026
IEEE. Europa ante la hegemonía depredadora y el poder duro
Luis Francisco Rey Arroyo. Coronel del Ejército de Tierra (Artillería), DEM. (Ret.)
Introducción
Nos hallamos ante el umbral de una era posliberal1 donde la gobernanza multilateral cede ante un realismo2 descarnado. En este nuevo escenario, la soberanía westfaliana, la robustez industrial y la capacidad de proyección militar se reafirman como los únicos factores determinantes para la supervivencia del Estado.
«Las instituciones que fueron diseñadas en las cenizas de la Segunda Guerra Mundial están siendo desafiadas»3 ante el surgimiento de bloques de poder con identidades estratégicas propias que vuelven a imponer la lógica de las esferas de influencia4 y las hegemonías regionales. Así, el espacio geográfico inmediato se redefine como un teatro de competición perpetua, donde la presencia del adversario se percibe como un desafío directo a la integridad soberana.
La Europa actual se proyecta como un gigante económico carente de una arquitectura de seguridad autónoma. Esta carencia institucionalizada de poder duro condena al continente a una vulnerabilidad sistémica, donde la prosperidad interna queda supeditada a garantías de seguridad ajenas.
Bajo este punto de vista, se analiza la dicotomía que define la posición europea: su centralidad normativa frente al riesgo inminente de un «vasallaje» estructural. En este contexto, resulta imperativo revaluar la naturaleza del vínculo transatlántico. El estudio cuestiona si la praxis actual de los EE. UU. se desplaza desde el liderazgo benevolente hacia la figura de un «aliado depredador».
Hace apenas un bienio, el debate estratégico en el espacio euroatlántico giraba en torno a la conveniencia —y viabilidad— de que la OTAN adoptara una denominada «visión global». Aquella discusión, aún enmarcada en una lógica de adaptación gradual del orden liberal internacional, ha quedado abruptamente superada por los acontecimientos. La supuesta «muerte cerebral»5 de la Alianza ha sido revertida no por un consenso normativo, sino por la irrupción de una crisis existencial que ha despojado a los aliados de sus ambigüedades estratégicas, obligándolos a reconocer, sin ambages, la existencia de una crisis existencial profunda que sacude los fundamentos de la arquitectura de seguridad que ha sostenido el orden transatlántico desde la firma del Tratado de Washington en 19496.
La Italia del cinquecento como espejo de la impotencia estratégica
Para describir con claridad la magnitud del desafío estratégico al que se enfrenta Europa, su analogía histórica más rigurosa no debe buscarse en la parálisis bipolar de la Guerra Fría, sino en la vulnerabilidad de los Estados italianos del siglo XV y XVI. Al igual que Florencia, Milán o Nápoles, la UE contemporánea representa el cénit de la sofisticación económica, cultural y administrativa. Sin embargo, comparte con aquellas potencias regionales una soberanía parcialmente delegada y una fragmentación en materia de defensa que la invalida frente a actores con una disposición explícita a emplear el poder militar.
Esta analogía histórica permite identificar, en primer lugar, una dependencia estructural de la seguridad estadounidense comparable con el modo en que los estados italianos oscilaron entre las órbitas de poder de los Valois y los Habsburgo. En ambos casos, el protector puede actuar, según el imperativo de sus propios intereses, como un aliado indispensable o como un aliado depredador, capaz de imponer sus prioridades industriales, energéticas y estratégicas, en detrimento de las necesidades soberanas de sus protegidos.
En segundo lugar, la UE reproduce la paradoja fundamental de la Italia del cinquecento: una extraordinaria riqueza comercial no respaldada por una capacidad militar proporcional. En un sistema internacional que regresa a las concepciones de la geopolítica territorial —manifestada no solo en el revisionismo ruso o la expansión sistémica china, sino también en las ambiciones estadounidenses sobre Groenlandia y Canadá, que no constituyen meros caprichos territoriales, sino movimientos estratégicos orientados a asegurar el control de recursos árticos incluso a costa de la integridad soberana de aliados como Canadá y Dinamarca—, el poder blando europeo se revela tan ineficaz como lo fueron las diplomacias humanistas frente a los ejércitos profesionales del siglo XVI.
En última instancia, la analogía entre el Mediterráneo del cinquecento y los actuales escenarios euroatlántico e indopacífico arroja una lección nítida: aquellas organizaciones políticas incapaces de consolidar un poder centralizado y una capacidad militar autónoma acaban convirtiéndose en objeto, y no en sujeto, de la política internacional.
La Unión Europea: irrelevancia y vasallaje
A la vista de lo anterior, la respuesta a este desafío no es unívoca, pero sí reveladora: Europa ya no es el centro normativo del sistema internacional, sino una zona de disputa entre grandes potencias, obligada —por no haberlo hecho antes— a redefinir su autonomía estratégica en condiciones estructuralmente desfavorables.
A nivel supranacional, la UE se encuentra atrapada en una pinza geoeconómica. Mientras que la Rusia de Putin emplea el revisionismo territorial como una herramienta de choque constante en el flanco este —amenazando directamente la existencia de Estados soberanos—, la China de Xi Jinping ejerce una competencia sistémica que erosiona la base industrial del continente.
Por otro lado, el desprecio manifestado por las continuas declaraciones de Washington hacia la seguridad colectiva de la OTAN sitúa a los Estados de la UE en una posición de vulnerabilidad asimétrica. El intento de mercantilizar la defensa —condicionando la asistencia militar al cumplimiento de cuotas o a la cesión de intereses económicos y territoriales (como el caso de Groenlandia)— rompe el principio de indivisibilidad de la seguridad. Los Estados europeos, individualmente, carecen de la masa crítica para negociar con Rusia (en cierta medida) y con Washington que ya no busca aliados, sino clientes o Estados tapón.
Como actor colectivo, la UE se enfrenta a una paradoja estructural. Posee una masa económica, regulatoria y demográfica que la sitúa entre los principales polos de poder global, pero carece de los instrumentos militares y de cohesión política necesarios para traducir esa capacidad en influencia estratégica autónoma. Esta disociación nos remite a la experiencia de las potencias comerciales del siglo XIX7 que, pese a su peso económico, dependían de otros actores para la provisión de su seguridad. En términos conceptuales, esta situación encajaba en un sistema westfaliano clásico, en el que las distintas dimensiones del poder —económica y militar— no estaban necesariamente integradas en los mismos actores. En el contexto actual, la diferencia fundamental es que dicha disociación ha dejado de ser estructuralmente estable y constituye un factor que limita la capacidad de la UE para actuar como un polo de poder plenamente autónomo.
Desde una óptica comparativa, la UE se asemeja a un imperio sin ejército o a una confederación en proceso de consolidación incompleta, comparable a la Alemania previa a la unificación o a la Europa de la Sociedad de Naciones: rica en normas, pobre en coerción. Por ello, en un entorno dominado por el retorno de la política de poder, esta asimetría limita severamente su margen de maniobra.
Los Estados miembros individualmente
Si la UE como bloque sufre una disonancia entre capacidades económicas y estratégicas, los Estados miembros, considerados individualmente, enfrentan una situación aún más compleja, puesto que carecen de la masa crítica y la profundidad estratégica necesarias para entablar negociaciones simétricas con actores como la Federación Rusa o Estados Unidos. Mientras que frente a Moscú la carencia de una defensa integrada limita la capacidad de disuasión, frente a Washington la falta de una voz única condena a los Estados europeos a una relación de asimetría donde la seguridad se negocia a cambio de concesiones económicas y subordinación tecnológica. En consecuencia, sin una autonomía estratégica que aglutine su peso demográfico, económico y militar, los países de Europa se ven abocados a una irrelevancia sistémica, operando no como interlocutores con voluntad propia, sino como espacios de contención o mercados cautivos, dentro de una arquitectura de seguridad diseñada y dirigida desde centros de poder extracomunitarios.
Parece que los Estados miembros prefieren esta situación de vasallaje a ceder espacios de soberanía al conjunto de la Unión.
La comparación histórica resulta particularmente ilustrativa para comprender las actuales divergencias estratégicas dentro de Europa, donde la fragmentación actual de intereses evoca las fracturas más críticas del siglo XX. Los Estados del flanco oriental —Polonia, los Estados bálticos, Rumanía— viven una situación comparable a la de los Estados fronterizos durante la Guerra Fría temprana. Dada su contigüidad geográfica con una Rusia revisionista, estos actores se hallan en una situación de exposición máxima, lo que deriva en una dependencia existencial del paraguas de seguridad estadounidense. Para ellos, cualquier ambigüedad de Washington equivale a un riesgo existencial.
En contraste, las potencias tradicionales de la Europa noroccidental, singularmente Francia y Alemania, se comportan como actores de un sistema posimperial, que aspiran a preservar su influencia global sin haber asumido plenamente, hasta la fecha, los costes y sacrificios que exige la proyección de un poder duro efectivo. Francia mantiene una aspiración a la autonomía estratégica, respaldada por capacidades militares significativas, mientras que Alemania continúa atrapada entre su peso económico y su reticencia histórica al liderazgo militar.
Los Estados más pequeños y del sur de Europa, por su parte, enfrentan una vulnerabilidad estructural adicional: dependencia energética, presión económica y exposición a dinámicas de competencia entre grandes potencias sin capacidad real de influir en ellas. Esta fragmentación recuerda a la Europa de entreguerras, donde la carencia de una estrategia compartida redujo a los Estados de mediano y pequeño tamaño a la condición de objetos pasivos, privándolos de su papel como actores soberanos en la política internacional.
¿Estados Unidos es un aliado depredador?
Para entender la situación actual resulta imperativo examinar la evolución de la proyección de poder de los Estados Unidos.
Desde el ocaso de la Segunda Guerra Mundial, el ordenamiento global ha gravitado sobre el eje de Washington, estableciendo una relación simbiótica con sus aliados de Europa y el Asia-Pacífico. No obstante, la lógica de la política exterior estadounidense ha experimentado una transición crítica. Hemos transitado de una «hegemonía benévola» —fundamentada en la provisión de estabilidad como bien público y el consenso multilateral— hacia una configuración de «hegemonía depredadora» que contrasta significativamente con la imagen que los EE. UU. proyectó tras 1945 (Plan Marshall). Hoy, la percepción se desplaza hacia un actor que ve en la prosperidad ajena una amenaza a su propia competitividad económica e industrial.
Bajo una óptica realista, el hilo conductor de la política exterior estadounidense ha mantenido una continuidad indeleble que no ha sido otra que la preservación de su primacía global. Si bien el periodo de posguerra se articuló mediante instituciones multilaterales (Bretton Woods: FMI, Banco Mundial, GATT) y regímenes de seguridad (OTAN), que ofrecían incentivos de reconstrucción a cambio de alineamiento, la actual ausencia de un contrapeso sistémico paritario ha exacerbado las asimetrías inherentes al pacto atlántico y transpacífico. Por esta razón, el concepto de «aliado depredador» adquiere validez analítica para describir a una potencia que, sin incurrir en la hostilidad formal (por el momento), instrumentaliza su posición dominante para subordinar las agendas nacionales de sus socios a los imperativos de su propia seguridad nacional.
Esta dinámica se manifiesta a través de tres vectores de coerción: primero, el uso del dólar y el sistema de pagos como herramientas de sanción unilateral. Al imponer marcos legales internos sobre terceros, Washington fuerza a las potencias europeas a acatar objetivos geopolíticos estadounidenses bajo amenaza de exclusión financiera. Segundo, en el marco de la OTAN, Washington exige un mayor gasto militar a sus aliados, pero al mismo tiempo orienta dicho gasto hacia sistemas y plataformas de origen estadounidense, reforzando su complejo militar-industrial. Tercero, bajo las iniciativas legislativas recientes, tales como la Inflation Reduction Act8, que contraviene los principios de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y opera como un mecanismo de succión de capitales y capacidades industriales desde el continente europeo hacia suelo estadounidense.
La UE representa el caso paradigmático de esta subordinación. Pese a la revitalización de la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania, la dependencia estructural en inteligencia, disuasión nuclear y, de forma creciente, en el suministro de GNL (gas natural licuado) ha relegado a Europa al papel de cliente estratégico. El alineamiento forzoso en la competición sistémica contra China —un mercado crítico para la industria europea— evidencia que Washington prioriza el cerco geoeconómico a Pekín sobre los intereses comerciales de sus aliados.
El giro explícito en la postura estratégica de Washington, formalizado en la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de noviembre de 20259, no introduce un «realismo10 flexible11» ex novo, sino que consolida doctrinalmente una evolución iniciada tras el cierre del ciclo de las guerras contrainsurgentes y el fin del intervencionismo liberal12.
Por otro lado, se valida la tesis de Barry Posen, quien ya en 2014 sostenía que «la ganancia neta que los EE. UU. obtiene de sus relaciones con la Alianza es considerablemente menor que durante la Guerra Fría y no se corresponde con su coste»13. Es decir, el beneficio estratégico ya no compensa el gasto operativo y, por ello, Washington pone fin a la provisión asimétrica de seguridad, transformando la protección aliada en una servidumbre supeditada a una reciprocidad económica tangible.
La Cumbre de La Haya de junio de 202514 marcó el punto de ruptura. Lo que comenzó como una demanda para corregir desequilibrios financieros ha derivado en una reinterpretación del papel internacional de los EE. UU., ya no como garante del orden europeo, sino como un actor transaccional dispuesto a utilizar aranceles y seguridad como herramientas de negociación. Europa ha dejado de ser un socio privilegiado para convertirse en un activo cuyo valor depende de su contribución directa a los objetivos nacionales estadounidenses.
El síntoma más alarmante de esta deriva estratégica es la ambición explícita de los EE. UU. sobre Canadá y, de forma señalada, sobre Groenlandia. El hecho de que un líder de la OTAN cuestione la soberanía de sus propios aliados —justificándolo como una necesidad vital de seguridad nacional— quiebra un tabú histórico en la Alianza y resucita la lógica de las esferas de influencia15 imperiales.
¿La Alianza Atlántica transaccional?
La Alianza Atlántica atraviesa una fase de ajuste estratégico profundamente condicionada por la evolución de la política exterior de los Estados Unidos. Mientras Washington impulsa una recentralización hemisférica del poder orientada hacia su vecindario inmediato ampliado, bajo el influjo del «corolario Trump»16 a la doctrina Monroe17 y articula de forma fehaciente su política de seguridad en torno a la protección de su territorio nacional, la estabilidad del hemisferio occidental18 y la competencia sistémica con China en el Indopacífico, la OTAN, con el paso cambiado, se encuentra en una fase de ajuste estratégico.
Aunque las nuevas políticas de Washington no cuestionan formalmente su pertenencia a la Alianza, obligan a redefinir su lógica operativa al introducir una condicionalidad política más estricta en materia de gasto, contribución militar y alineamiento estratégico.
El énfasis estadounidense en el reparto de cargas y en la rentabilidad estratégica de la OTAN incorpora un prisma abiertamente transaccional de la seguridad, en el que la protección del aliado deja de considerarse un interés vital en sí mismo y pasa a depender de su contribución directa a la seguridad estadounidense19. Este enfoque transforma la lógica de la defensa colectiva en una red de relaciones condicionadas, donde la supremacía militar de los EE. UU. opera como un instrumento de protección selectiva, estrechamente vinculado a la solidez de su base industrial y económica que erosiona la credibilidad de la disuasión extendida —pilar central de la seguridad euroatlántica— y condiciona decisiones de fuerza, estructuras de mando, interoperabilidad, planeamiento de defensa y credibilidad estratégica colectiva. Lo que nos plantea interrogantes críticos sobre la viabilidad futura del consenso aliado, la solidez práctica del Tratado de Washington, el equilibrio de cargas y, en última instancia, su propia naturaleza como alianza político-militar en un entorno de competencia sistémica.
En estas circunstancias, en el ámbito de la disuasión, la OTAN intenta compensar estas incertidumbres mediante un refuerzo de capacidades convencionales europeas, especialmente en el flanco oriental, aunque de forma desigual y con limitaciones estructurales que afectan a la credibilidad de la disuasión.
Su cohesión interna se ve tensionada por una diferenciación creciente entre aliados, según su nivel de compromiso y alineamiento con las prioridades de Washington20. Lo que refuerza dinámicas de fragmentación y debilita el carácter integrador de la Alianza, condicionado a una planificación estratégica que contempla escenarios geoestratégicos que van más allá de Europa continental, con un énfasis creciente en el Ártico y en Groenlandia como espacios clave de competencia estratégica de los EE. UU. frente a Rusia y China, lo que redefine el área de la seguridad euroatlántica.
Su futuro no parece que sea su desaparición o su irrelevancia, sino de transformación, puesto que, por el momento, sigue siendo útil21 para los EE. UU. como instrumento de gestión de riesgos en Europa; sin embargo, ya no constituye el eje exclusivo de su estrategia global. Para los aliados europeos, continúa siendo indispensable, aunque su dependencia estructural de un liderazgo estadounidense cada vez más condicionado plantea dilemas estratégicos a futuro.
Rusia: la amenaza directa y el retorno de la geopolítica territorial
Frente a la ambigüedad estadounidense, Rusia representa una amenaza clara y convencionalmente geopolítica. Su estrategia hacia Europa se basa en la coerción militar, la guerra híbrida y la explotación de divisiones internas. Desde esta perspectiva, la situación europea recuerda a la de los Estados vecinos a potencias revisionistas en periodos de transición de poder, como Europa Central frente a Alemania en los años treinta del siglo XX.
La guerra en Ucrania ha demostrado que la disuasión europea, sin el respaldo estadounidense, es insuficiente. Al mismo tiempo, ha revelado la incapacidad de la UE para actuar como garante de seguridad en su propio vecindario, reforzando la percepción de dependencia estructural.
China: el competidor sistémico y la presión a largo plazo
A diferencia de Rusia, China no constituye una amenaza militar inmediata para Europa, pero sí un desafío estratégico a largo plazo. Su competencia económica, tecnológica y normativa erosiona la base industrial y la autonomía decisoria europea. En términos históricos, China desempeña un papel comparable al de una potencia ascendente en un sistema multipolar, obligando a Europa a elegir entre alineamiento, acomodación o autonomía.
Esta presión china se superpone a las tensiones transatlánticas, reduciendo el margen europeo para maniobrar entre grandes potencias sin convertirse en un actor subordinado.
Conclusiones
Europa se encuentra simultáneamente sometida a la presión directa de Rusia en su flanco oriental, la competencia sistémica de China como potencia global emergente, y la ambigüedad —cuando no a la coerción política abierta— de su aliado tradicional y garante último de su seguridad, los Estados Unidos. Esta triple presión sitúa al continente ante una disyuntiva histórica. La autonomía estratégica real —entendida como capacidad efectiva de decisión soberana respaldada por medios militares creíbles— deja de ser una aspiración política para convertirse en un requisito de supervivencia estratégica.
A diferencia de los Estados italianos del cinquecento, Europa dispone de los recursos económicos, tecnológicos e industriales necesarios para sostener su propia seguridad. Lo que falta no es capacidad material, sino voluntad política, claridad estratégica y disposición a asumir los costes y responsabilidades del poder. La alternativa es clara, bien consolidarse como actor estratégico con capacidad de disuasión autónoma o bien deslizarse hacia una irrelevancia en un sistema internacional crecientemente competitivo.
Sin más dilaciones, este momento constituye una prueba decisiva de madurez geopolítica para el proyecto europeo. Sin cohesión política y sin una asunción directa de responsabilidades en materia de defensa, la continuidad del statu quo implica la aceptación tácita de una soberanía estratégica menguante. La coerción política y la mutación del vínculo transatlántico refuerza esta urgencia.
La autonomía estratégica europea debe traducirse en decisiones concretas en el ámbito de la defensa: integración efectiva de capacidades militares, inversión sostenida en poder duro, desarrollo de una base industrial y tecnológica de defensa autónoma, clarificación doctrinal del papel europeo dentro —o, llegado el caso, más allá— de la OTAN, y consolidación de una cultura estratégica compartida. No se trata de sustituir a los EE. UU. ni de erosionar la Alianza Atlántica, sino de restablecer el equilibrio interno de una relación asimétrica y preservar la credibilidad de la disuasión colectiva.
La relación con los EE. UU. ha evolucionado desde una alianza basada en valores y compromisos estructurales hacia una asociación crecientemente transaccional. El riesgo principal no es una ruptura abrupta, sino el vaciamiento progresivo de las garantías de seguridad. En este contexto, la dependencia europea deja de ser un activo y se convierte en una vulnerabilidad estratégica.
La OTAN seguirá siendo un pilar central, pero su eficacia futura dependerá crecientemente de la capacidad europea para asumir un papel militar autónomo y creíble. En un sistema internacional marcado por la coerción, la disuasión vuelve a ser el lenguaje central del poder.
Si Europa no actúa, otros actores —incluido su aliado depredador— decidirán por ella.
Luis Francisco Rey Arroyo
Coronel del Ejército de Tierra (Artillería), DEM. (Ret.).
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Europa ante la hegemonía depredadora y el poder duro (0,22 MB)
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Europe in the face of predatory hegemony and hard power (0,21 MB)
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