
30 oct 2025
IEEE. Dos Estados, una misma cultura
María Herrero Martínez
Una identidad disputada en un tablero global
En el corazón de Asia Oriental se juega una partida con implicaciones que trascienden a nivel internacional. En un mundo donde la soberanía, la autodeterminación y la influencia estratégica se entremezclan, Taiwán se encuentra atrapada en una paradoja fascinante: comparte con China historia, cultura y lazos comerciales profundos, pero a la vez lucha por diferenciarse de su vecino y consolidar una identidad propia1. Taiwán se mueve entre la afirmación de su identidad propia y la sombra de su vínculo con China, mientras el resto del mundo observa con atención, consciente de que no es solo un conflicto lejano, sino una pieza fundamental en el tablero global. Al fin y al cabo, la isla es, además de un punto estratégico en la pugna entre China y Occidente, el epicentro de una industria tecnológica de la que depende el funcionamiento de sectores clave en todo el mundo.
Es así que el estrecho de Formosa no es solo una frontera física, sino que compone un escenario donde la identidad y la ideología se entrelazan en una escalada y desescalada continua de tensiones. Lo que en un inicio fue un gobierno en el exilio que soñaba con la reunificación bajo su mando legítimo, hoy se ha transformado en un Estado que se percibe a sí mismo como autónomo y cada vez más alejado de Pekín. Por su parte, la República Popular de China jamás ha abandonado su determinación de recuperar la isla; una posición que, con el auge de su poder global, resuena con más fuerza que nunca.
En este contexto, cuando la ONU reconoció a Pekín como la única China en los años setenta, Taiwán se vio forzada a redefinir su estrategia. Despojado del respaldo internacional, volcó sus esfuerzos en lo que aún podía controlar: su desarrollo económico, su democracia y su presencia en el comercio global. Este proceso no solo alimentó un sentido de identidad propio, marcando el comienzo de una nueva conciencia nacional, sino que dio razones a la comunidad internacional para ver en la isla un actor clave a nivel tanto comercial como político.
Dicho proceso de redefinición identitaria, derivado tanto del rechazo a la influencia política de Pekín como del fortalecimiento de los valores democráticos en la isla, ha marcado una divergencia en la percepción de lo que supone ser taiwanés en contraposición a lo que significa ser chino. Así, las generaciones más jóvenes crecieron con una percepción de lo "taiwanés" que se aleja de las raíces que alguna vez los unieron al continente, formando un pueblo que hoy defiende su autonomía en un clima de creciente tensión.
Además de compleja, la relación Taiwán-China es una de las más importantes desde el punto de vista estratégico del siglo XXI2. Comprender la postura de Taiwán es una cuestión de importancia mundial, ya que la estabilidad del estrecho de Taiwán repercute directamente en el comercio internacional, las alianzas de seguridad y el equilibrio de poder en la región Indo-Pacífica. En el centro de esta dinámica se encuentra una tensión fundamental: mientras Taiwán ha ido afirmando cada vez más una identidad nacional diferenciada y separada de China, las limitaciones impuestas por la interdependencia económica, los lazos históricos y los intereses estratégicos globales han impedido que la isla alcance plenamente el reconocimiento internacional formal. Esta paradoja plantea cuestiones cruciales sobre la capacidad de Taiwán para actuar de forma independiente en la escena internacional3.
Es por ello que este artículo tiene como objetivo estudiar la interacción entre la formación de la identidad y las limitaciones estructurales en la configuración de la agencia de Taiwán. La investigación emplea un enfoque de métodos mixtos que combina análisis cualitativos y cuantitativos. Por un lado, el marco histórico permite trazar la evolución de la identidad taiwanesa, basándose en la literatura académica existente, las políticas gubernamentales y el discurso de los medios de comunicación. Por otro lado, la perspectiva empírica se compone de informes económicos y estadísticas comerciales. Además, se incorporan perspectivas cualitativas a través de entrevistas realizadas durante una estancia de investigación de un año en Taiwán. De esta manera, se analiza la identidad taiwanesa en tres niveles: el discurso gubernamental que la construye, los actores no estatales que interactúan con ella y los factores estructurales que la condicionan.
Gestión de una identidad en crecimiento
La historia de Taiwán es la de una isla atrapada entre la nostalgia de un pasado compartido con China y la afirmación de un presente cada vez más autónomo. En el centro de esta pugna se encuentra el discurso de las instituciones taiwanesas, cuyo papel en la conformación de la identidad es elemental. Los discursos oficiales, las políticas gubernamentales y las narrativas de los medios de comunicación no se limitan a describir la realidad, sino que configuran activamente la manera en que la población se percibe a sí misma. En Taiwán concretamente este fenómeno es muy marcado, ya que el discurso político ha ido evolucionando con el tiempo. En un inicio el marco oficial se inclinaba claramente hacia la primera parte de la balanza: el deseo de preservar la herencia conjunta con China. Según pasaban los años, se ha ido haciendo cada vez más hincapié en la necesidad de forjar un futuro propio diferenciado del continente. Analizar el paso de un lado al otro de la balanza permite observar el papel de las políticas en la evolución de la identidad taiwanesa.
Durante los primeros años después de la guerra civil, la esperanza de volver a la que consideraban su tierra natal seguía muy presente en aquellos soldados que habían dejado todo atrás para seguir a Chiang Kai-Shek. Para estos militares, la isla era un refugio temporal, una pausa en la historia antes de la inevitable recuperación del territorio perdido. La narrativa del Kuo Ming Tang (KMT) no dejaba espacio para dudas: China y Taiwán eran una misma nación, y la reunificación era solo cuestión de tiempo. Chiang Kai Shek hizo grandes esfuerzos por mantener viva esa llama de esperanza y no fue hasta muchos años después que abandonó la batalla militar por el territorio al otro lado del estrecho de Formosa4.
No obstante, dar por perdido el territorio no implicaba dar por perdida la identidad china. El KMT emprendió entonces una campaña cultural para afianzar ese vínculo, invirtiendo en la construcción de templos, la conservación de piezas de arte milenario y la enseñanza de la escritura tradicional. Uno de los ejemplos más significativos de esta política se dio ya en 1948 cuando, anticipándose a la victoria comunista en la Guerra Civil China, Chiang Kai-shek orquestó el traslado de unas 2.972 cajas con los objetos más preciados del Museo del Palacio de Pekín y del Museo Nacional Central de Nanjing. Esta colección incluía bronces antiguos, caligrafía, pinturas y libros raros que se guardaron inicialmente en el almacén de un ingenio azucarero de Taichung y en 1965 se convirtieron en la base del Museo Nacional del Palacio de Taipei. En la actualidad, el museo alberga cerca de 700.000 objetos, que abarcan más de 8.000 años de historia china, y sirven como testimonio del compromiso de la República de China de afirmar la continuidad de la civilización china5.
Sin embargo, las iniciativas del KMT fueron mucho más allá del fomento cultural y artístico. Simultáneamente y como parte de una estrategia para fortalecer su control político, reprimieron cualquier sentido emergente de identidad taiwanesa. Para el KMT, el proyecto de reunificación con el continente era un imperativo ideológico que justificaba la imposición de la cultura china en todos los aspectos de la vida cotidiana.
El sistema educativo fue una de las herramientas más poderosas para este propósito de asimilación forzosa bajo el manto chino. Por ejemplo, el "Movimiento para Hablar Chino"(說國語運動) se creó con la intención de erradicar el uso de dialectos locales como el taiwanés, el hakka y las lenguas aborígenes, obligando a toda la población a utilizar el mandarín como idioma oficial. En las escuelas, los materiales educativos llevaban inscritos lemas como “Sé un buen y feliz estudiante; sé un honesto y auténtico chino”, reflejando el mensaje que se quería inculcar en las mentes de los jóvenes desde una temprana edad6.
A esta asimilación forzada se sumó una política de segregación social que distinguía entre los "waishengren" (外省人), es decir, los inmigrantes que habían llegado desde el continente después de la guerra, y los "benshengren" (本省人), aquellos cuyos antepasados ya habitaban la isla desde antes de la llegada del KMT. Aunque los waishengren constituían solo alrededor del 13% de la población, el KMT los colocó en las posiciones más altas del aparato gubernamental y militar, relegando a los benshengren a un estatus de inferioridad7.
Paradójicamente, lejos de consolidar la unidad con China, estas políticas represivas terminaron sembrando las bases de una identidad diferenciada. La consolidación del régimen comunista en Pekín hizo evidente que la reunificación no era más que una ilusión y, consecuentemente, el discurso oficial del KMT comenzó a perder credibilidad. El cambio definitivo en Taiwán llegó tras la muerte de Chiang Kai-Shek en 1975. Su hijo, Chiang Ching-kuo, asumió el liderazgo y, aunque en un principio mantuvo la línea autoritaria de su padre, con el tiempo comprendió que la apertura política era inevitable. En 1987, levantó la ley marcial tras cuatro décadas de control absoluto, permitiendo un debate abierto sobre la identidad taiwanesa8. Ese despertar encontró su expresión más simbólica en 1990, con el Movimiento de los Lirios Silvestres. Más de 22.000 estudiantes exigieron elecciones directas, llevando en sus manos lirios blancos, una flor autóctona de Taiwán y símbolo de una generación que se reconocía, por primera vez, como un pueblo con identidad propia9.
Adicionalmente, la apertura política permitió la creación de nuevos partidos que pudiesen reflejar esta revalorización identitaria, lo que rompió con el monopolio del KMT. En este contexto, en 1986 surgió el Partido Progresista Democrático (DPP), abogando por una independencia formal de la isla que reflejase el cambio de narrativa. Aunque el KMT apelaba a una base de seguidores temerosos de un enfrentamiento directo con Pekín, el punto de inflexión llegó en el año 2000, cuando el DPP ganó las elecciones y puso fin a medio siglo de dominio ininterrumpido del KMT. Desde entonces, el panorama político en Taiwán se ha definido por la tensión entre las posturas más conciliadoras del KMT, que abogan por mantener lazos económicos y diplomáticos con China, y la del DPP que insiste en la consolidación de la autonomía taiwanesa y rechaza categóricamente la idea de reunificación10.
Uno de los ámbitos donde esta transformación tuvo mayor impacto fue el sistema educativo. Durante décadas, los libros de texto fueron diseñados para inculcar una visión pan-china, minimizando la historia y la cultura propias de Taiwán11. Pero con la llegada de la democracia surgió un debate inevitable: ¿cómo debía enseñarse la historia de la isla? Finalmente, bajo el liderazgo de Lee Teng-hui, primer presidente democráticamente elegido, se impulsaron reformas para “taiwanizar” la educación. En 1999, los libros de texto incluyeron por primera vez un capítulo independiente dedicado exclusivamente a la historia de Taiwán, marcando una diferenciación con la historia china12. Lo que podría parecer un simple ajuste curricular tuvo implicaciones profundas en la auto percepción a de las nuevas generaciones, que ya no crecieron bajo la idea de que su identidad era una mera extensión del continente.
En paralelo, el gobierno taiwanés lanzó iniciativas para revitalizar las lenguas y tradiciones locales, desafiando la hegemonía del mandarín que había sido impuesta durante décadas. En esta línea, cabe resaltar que la "Ley de Igualdad Lingüística" reconoció en 2003 catorce idiomas como lenguas nacionales, en un esfuerzo por proteger y promover las lenguas aborígenes y dialectos locales. La Ley de Desarrollo de las Lenguas Nacionales -que entró en vigor en 2019- creó un marco integral de cooperación interministerial para garantizar a los ciudadanos el derecho a utilizar cualquier lengua nacional -con interpretación proporcionada por el Gobierno- en los ámbitos administrativo, legislativo y judicial13.
Estos cambios en la educación y la promoción de la diversidad cultural no solo desafiaron la narrativa impuesta por el KMT, sino que también ayudaron a sanar las divisiones internas que habían marcado a la sociedad taiwanesa. Las reformas educativas, por ejemplo, incluyeron una sección denominada "Conocer Taiwán" que reconocía los abusos cometidos durante la era de la ley marcial y valoraba los procesos de justicia transicional14.
En otro nivel, las alianzas estratégicas en la esfera diplomática y militar también podrían considerarse parte del esfuerzo de Taiwán por reforzar su identidad nacional y diferenciarse de China. Estas alianzas no sólo pretenden garantizar su seguridad, sino también proyectar la imagen de Taiwán como país independiente en la escena internacional. Aunque sólo 14 países, en su mayoría pequeños estados de América Latina y Oceanía, reconocen oficialmente a Taiwán como "República de China", la isla ha conseguido establecer una red de 60 oficinas de representación que funcionan como alternativa a las embajadas tradicionales, fomentando los lazos comerciales y culturales15.
Además, la adopción por parte de Taiwán de medidas como la Ley contra la infiltración (2019) y diversas iniciativas de alfabetización mediática (TFC) refuerzan su capacidad para defenderse de las amenazas chinas a su identidad. Al capacitar a los ciudadanos para identificar y contrarrestar los intentos de desinformación, Taiwán fomenta una narrativa propia que rechaza la influencia autoritaria de China y afirma su posición como nación soberana. De hecho, el Taiwan FactCheck Center ha revisado más de 12.000 afirmaciones desde su fundación en 2018, testimonio de una sociedad civil comprometida con la búsqueda de la verdad16.
En cuanto al poder blando, la sustitución del término "República de China" por "Taiwán" ha dado lugar a la necesidad de crear una nueva imagen internacional separada de su pasado común con China continental. Por ello, Taiwán ha adoptado una serie de estrategias que subrayan su singularidad cultural. Desde 2010, el gobierno ha invertido significativamente en campañas para promover su identidad a través de la cocina, utilizando más de 32 millones de dólares para iniciativas que incluyen eventos en grandes ciudades como Nueva York y Los Ángeles. La expansión internacional de cadenas de restaurantes emblemáticas, como Din Tai Fung, los mercados nocturnos y el té de burbujas los ha convertido en símbolos de su identidad cultural distintiva. De hecho, este último incluso celebra eventos, como el festival anual del té de burbujas en Maryland (EE.UU.), en un contexto de lazos no oficiales con el país17.
Por último, cabe señalar que ningún otro país del mundo realiza encuestas sobre la identidad de sus ciudadanos con la misma frecuencia e intensidad que Taiwán. Desde 1992, el Centro de Estudios Electorales de la Universidad Nacional Chengchi realiza un seguimiento anual de cómo se identifica la población: como "taiwaneses", "chinos" o una combinación de ambos. Esta herramienta refleja e influye en la dirección de la identidad nacional de la isla, ya que los medios de comunicación, los legisladores y las ONG citan regularmente estas cifras para validar propuestas políticas y campañas públicas. En un escenario en el que la legitimidad de su soberanía es continuamente cuestionada por China, las encuestas pueden interpretarse como un esfuerzo deliberado por destacar la existencia y el crecimiento de una identidad taiwanesa independiente. De este modo, el escrutinio constante de la identidad nacional se convierte en un discurso político en sí mismo18.
Pero no todas las medidas que fortalecieron la identidad taiwanesa fueron diseñadas con ese propósito. En muchos casos, ciertas políticas han contribuido de una manera indirecta al fortalecimiento de la identidad taiwanesa. Es decir, aunque no sean diseñadas e implementadas con el objetivo de crear una memoria colectiva que incrementase el sentimiento nacional en contraposición a China, de una manera no intencionada, han contribuido a ello.
Este sería el caso de las políticas para la gestión del Covid-19, puesto que, aunque no fuese el objetivo inicial, se pueden apreciar ciertos efectos secundarios sobre la concepción taiwanesa: Durante los primeros dieciséis meses de la pandemia, Taiwán registró sólo 1.057 casos totales y 11 muertes, manteniendo una de las tasas de letalidad más bajas del mundo19. El exitoso manejo de la pandemia por parte del gobierno demostró su capacidad para actuar de manera independiente, proyectando una imagen de eficiencia ante la comunidad internacional en un momento en que China enfrentaba críticas por su respuesta inicial al brote.
De igual manera, la avanzada legislación de Taiwán en favor de los derechos de la comunidad LGTBIQ+ ha destacado a la isla como un modelo en la región, ya que en 2019 Taiwán se convirtió en el primer país asiático en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo20. La isla también ha implementado políticas de protección legal contra la discriminación laboral, promovido programas de educación inclusiva en las escuelas y apoyado la visibilidad a través de eventos como el Taipei Pride, uno de los mayores desfiles del orgullo en Asia. Aunque estas políticas no fueron concebidas con un objetivo nacionalista, su implementación ha reforzado la imagen de un Taiwán progresista y contrastando con las restricciones impuestas por el gobierno chino.
Por último, cabe comentar que Taiwán ha convertido la protección y promoción de sus pueblos indígenas en una estrategia clave para consolidar su identidad nacional y diferenciarse de China. Destaca la creación del Consejo de Asuntos Indígenas (CIP) en 1996 y la promulgación de la Ley de Derechos Básicos de los Pueblos Indígenas en 200521 en línea a su narrativa de nación democrática y respetuosa de los derechos humanos, en marcado contraste con las denuncias de represión étnica contra minorías como los uigures y tibetanos en China.
En última instancia, todas estas medidas componen un discurso global que, en lugar de enunciarse explícitamente en un único documento, se encuentra en políticas y acciones públicas que revelan la intención del gobierno. Desde los primeros esfuerzos por mantener una identidad china bajo Chiang Kai-shek hasta las políticas actuales encaminadas a promover una identidad claramente taiwanesa, el discurso ha evolucionado y, con él, la autopercepción de la sociedad.
Agentes que interactúan con dicha identidad
Aunque no ostentan el poder político formal, las acciones, percepciones e influencia de la población y las empresas como agentes también contribuyen significativamente a la construcción de una identidad taiwanesa diferenciada.
Las empresas interactúan con la identidad taiwanesa a través de sus resultados económicos, su reputación internacional y su percepción social. Entre las empresas taiwanesas, una destaca tanto por su escala como por su impacto: Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC). Fundada en 1987, TSMC es el principal fabricante de chips del mundo, con más del 92% de la fabricación de chips más avanzados22. En este contexto, la percepción de la sociedad taiwanesa es que TSMC representa la cúspide del desarrollo tecnológico del país y una validación de que puede liderar la escena internacional. Además, los taiwaneses son conscientes de la dependencia de su país de la empresa tecnológica como garantía de su seguridad frente a la amenaza china, lo que ha dado lugar al concepto de "Escudo de Silicio"23. Sin embargo, no existen pruebas empíricas de este sentimiento colectivo en relación a TSMC y es por ello que se han llevado a cabo una serie de entrevistas24 para comprobarlo:
Gráfico 1: Pregunta de la entrevista sobre la popularidad de la industria.
Fuente: Elaboración propia con datos recogidos a través de una encuesta
En primer lugar, se observa que la aspiración a conseguir un empleo en TSMC es común entre la población taiwanesa, ya que el 82,4% de los encuestados cree que el sector tecnológico es el más popular (Gráfico 1) y, de ellos, el 88% considera a TSMC líder en ese sector (Gráfico 2). Además, el 75% califica la importancia de la empresa para la economía taiwanesa entre 8 y 10. Esta percepción popular de la empresa podría derivarse, por un lado, del prestigio profesional que ofrece y, por otro, de la estrecha relación con su orgullo nacional. Para poner a prueba esta teoría, pregunté cuál creían que era el motivo de esta asociación, a lo que el 88,2% de los entrevistados respondió que TSMC no sólo era una fuente de empleo, sino un símbolo de resistencia y autonomía frente a la presión china (Gráfico 3).
Gráfico 2: Pregunta de la entrevista sobre liderazgo sectorial.
Fuente: Elaboración propia con datos recogidos a través de una encuesta
Gráfico 3: Pregunta de la entrevista sobre la percepción social de TSMC.
Fuente: Elaboración propia con datos recogidos a través de una encuesta.
Esta serie de testimonios adquiere especial relevancia al situarse en el contexto de las recientes iniciativas de Estados Unidos: amenazas de aranceles sobre los semiconductores taiwaneses e incentivos del CHIPS Act25. En las entrevistas realizadas, un 76,5 % de los participantes subrayó que la presencia de TSMC contribuye a la seguridad de la isla (Gráfico 4). De hecho, como advirtió uno de los entrevistados, “sin TSMC, Taiwán no es nada” , dado que es el principal argumento para que la comunidad internacional y, en particular, Estados Unidos mantengan su compromiso de defensa de la isla. Asimismo, muchos señalaron que el *onshoring* de capacidad en EE. UU. con el CHIPS Act podría desviar talento y recursos, reduciendo gradualmente el peso estratégico de Taiwán y erosionando las razones que justifican su protección frente a posibles agresiones26.
Gráfico 4 : Pregunta de la entrevista sobre el papel de TSMC en la seguridad nacional
Fuente: Elaboración propia con datos recogidos a través de una encuesta.
Esta percepción revela hasta qué punto la propia existencia de la empresa se entiende como un escudo protector, un elemento que obliga al mundo a preocuparse por el futuro de Taiwán. Por eso, a la siguiente pregunta, el 78,6% respondió que el gobierno debería priorizar y proteger a la empresa. En otras palabras, la población es consciente del papel de TSMC como pieza insustituible en la cadena de suministro mundial que refuerza la posición de Taiwán en el tablero geopolítico y le proporciona poderosos aliados, como Estados Unidos. Así, la protección gubernamental de TSMC, como las inversiones en infraestructuras, los incentivos fiscales y el apoyo a proyectos de I+D, se interpreta no sólo como una estrategia económica, sino también como una reafirmación de la identidad taiwanesa y de la necesidad de protegerla como nación independiente en la escena mundial. En este sentido, la empresa deja de ser un mero actor económico y se convierte en un pilar fundamental de la estrategia de supervivencia nacional.
El segundo agente que interactúa con la identidad taiwanesa es la propia población, dado que con ellos reflejan este cambio en la conciencia popular. Por ejemplo, después de que el equipo de béisbol de Taiwán ganara el título de la Premier12 de la WBSC en 2024, el capitán del equipo, Chen Chieh-hsien, celebró un *home run* decisivo señalando el espacio en blanco de su camiseta "Chinese Taipei", donde debería aparecer "Taiwan". A pesar de competir bajo el nombre de "Chinese Taipei" por presiones externas, estos gestos subrayan que la identidad taiwanesa ya no es sólo una construcción impuesta por medidas políticas, sino una realidad profundamente arraigada en la conciencia colectiva del pueblo.
El fenómeno analizado se refleja también en las estadísticas. Según datos recientes del Centro de Estudios Electorales de Taiwán, que muestran un aumento significativo del porcentaje de personas que se identifican exclusivamente como taiwanesas: del 17,6% en 1992 al 64,3% en la actualidad. En contraste, los que se consideran exclusivamente chinos han disminuido drásticamente, del 25,5% al 3,6%. Esta trayectoria -ilustrada en el Gráfico 5- demuestra que la consolidación de la identidad taiwanesa ha sido rápida y decisiva.
Gráfico 5: Cambios en la identidad taiwanesa/china de los taiwaneses
Fuente: Centro de Estudios Electorales NCCU, 2024.
La transformación de la identidad taiwanesa también resuena en la escena internacional a través de la solidaridad digital. Es el caso, por ejemplo, de la Milk Tea Alliance, un movimiento que surgió originalmente como un simple *meme* en respuesta a la presencia de comentaristas nacionalistas chinos en las redes sociales. Lo que en un principio fue una "pelea" en Internet, acabó convirtiéndose en una coalición de resistencia informal. Así, la Milk Tea Alliance no solo fomenta una unidad colectiva en oposición a China, sino que también consolida la identidad taiwanesa como una realidad de base y no como una construcción política27.
Por último, aunque el periodo analizado pueda parecer corto para definir una identidad colectiva consolidada, es crucial reconocer que la sociedad taiwanesa ha experimentado una transformación radical durante este tiempo. Esto se debe a que Taiwán experimenta una profunda división generacional entre los nacidos antes y después de 1978. Los primeros vivieron bajo un régimen autoritario y a menudo consideran la democracia un valor secundario, como reconoce un hombre entrevistado para el estudio: "Creo que la generación más joven ha tomado la democracia como una religión. Al fin y al cabo, la democracia no es más que un sistema para elegir a un idiota entre muchos idiotas.... Puede que pierda un poco de libertad viviendo bajo el régimen dictatorial, pero aún puedo vivir bien". Mientras que los llamados "Jieh Yan Shih Dai" (la generación posterior al fin de la ley marcial) han crecido en un contexto democrático. En contraste, un estudiante de 18 años dijo: "Creo que gracias a nuestra educación, mi generación ha considerado los derechos humanos como un valor universal"28. En definitiva, aunque para las generaciones de más edad la relación con China no se percibe de forma tan enfrentada, son las nuevas generaciones las que desempeñarán un papel central en el futuro discurso político y, por tanto, serán las impulsoras del cambio de identidad.
Gestión de la interdependencia en el estrecho
La realidad de la posición geográfica, histórica y económica de Taiwán plantea desafíos y limitaciones a las aspiraciones identitarias de Taiwán. A nivel económico, Taiwán y China mantienen una relación compleja: aunque políticamente son rivales, sus economías están profundamente entrelazadas, provocando una dependencia mutua que dificulta una ruptura tajante.
Por una parte, China resulta un destino ideal para las inversiones taiwanesas, aprovechando las ventajas de producción y acceso a un vasto mercado con productos similares. Taiwán, a su vez, en un socio estratégico clave para el desarrollo económico chino por sus semiconductores. Además, Taiwán ofrece a China una mano de obra altamente cualificada, con experiencia internacional en sectores clave como la tecnología y la innovación, respaldada por una sólida inversión estatal en investigación y desarrollo29.
A esto se añaden los incentivos por parte de China para acercar a Taiwán sin necesidad del uso de la fuerza: beneficios fiscales, establecimiento de zonas económicas especiales y provisión de protecciones legales para los inversores30. Como resultado, China se ha convertido en el principal mercado de exportación de Taiwán, llegando a un pico de 43,9% en 2020. Además, un número significativo de taiwaneses trabaja en el continente, lo que ha fortalecido los lazos económicos y sociales entre ambas partes del estrecho. Ante esta situación, Taiwán mantiene políticas proteccionistas para preservar el superávit comercial y evitar una dependencia económica excesiva que ponga en jaque su autonomía (Gráfico 6). Consecuentemente, en 2024 la proporción de exportaciones taiwanesas a China descendió al 33.8%, desde el 43.9% registrado en 2020, reflejando una reducción significativa en su dependencia del mercado chino31.
Gráfico 6: Balanza comercial Taiwán-China
Fuente: Gráfico de elaboración propia con datos del Ministerio de Finanzas de Taiwán.
Gráfico 7 : Proporción del comercio de Taiwán con China
Fuente: Gráfico de elaboración propia con datos de la Administración de Comercio Internacional de Taiwán.
A su vez, opta por la diversificación de sus mercados de exportación ya que, durante años, China y Hong Kong representaron una parte dominante de las exportaciones taiwanesas, lo que hacía a Taiwán vulnerable a cambios en la política económica de Pekín. En mayo de 2025, las exportaciones taiwanesas a Estados Unidos alcanzaron un récord de 15.515 millones de dólares, lo que representa un incremento del 87,4% en comparación con el mismo mes del año anterior y supera por primera vez las exportaciones a China. También se dispararon las exportaciones hacia los países de la ASEAN (27,8%) y Corea del Sur (21,1%)32.
Gráfico 8 : Exportaciones de Taiwán a China y EE.UU
Fuente: Gráfico de elaboración propia con datos de la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos33
A pesar de esta intención de reducir la dependencia comercial, la relación sigue siendo crucial para ambas economías. Adicionalmente, aunque el gobierno taiwanés ha promovido una identidad diferenciada, la población de la isla mantiene tradiciones, valores y costumbres que reflejan su herencia histórica compartida con el continente. Estas similitudes no solo influyen en la percepción identitaria de los taiwaneses, sino que también actúan como un elemento que modera la separación política entre ambos actores. En primer lugar, el idioma es un vínculo esencial en la relación cultural entre Taiwán y China. El mandarín estándar es la lengua oficial en ambos territorios, facilitando la comunicación y el acceso mutuo a medios de comunicación, literatura y educación34. En segundo lugar, las festividades tradicionales reflejan una continuidad cultural significativa. Tanto en China como en Taiwán, el Año Nuevo Chino es la celebración más importante del año, con reuniones familiares, banquetes tradicionales y rituales que simbolizan la prosperidad y la continuidad generacional35. Otras festividades, como el Festival del Medio Otoño y el Festival de los Barcos Dragón, incluyen prácticas similares de veneración a los ancestros, intercambio de regalos y eventos comunitarios, lo que refuerza la identidad cultural compartida36. Asimismo, las corrientes filosóficas y religiosas en ambos territorios están profundamente arraigadas en el confucianismo, el budismo y el taoísmo. Estas doctrinas han moldeado la estructura social y ética tanto de Taiwán como de China, promoviendo valores como la piedad filial, la armonía social y la importancia del mérito académico. Otro elemento clave es la gastronomía, pues la cocina taiwanesa tiene una influencia directa de las provincias chinas de Fujian y Guangdong, con platos emblemáticos como los *dumplings*, el arroz frito y las sopas de fideos, que son consumidos de manera habitual en ambas regiones37. Finalmente, muchas familias taiwanesas tienen raíces en el continente y mantienen registros genealógicos que trazan su linaje a provincias chinas, especialmente las mencionadas Fujian y Guangdong. Esta continuidad genealógica y la importancia del culto a los ancestros crean un sentido de identidad compartida que trasciende las fronteras políticas38.
Otra limitación a la consolidación de la identidad taiwanesa es precisamente la dependencia global de los semiconductores taiwaneses. El "dilema del silicio" es una paradoja que añade una capa de complejidad a la declaración formal de independencia: Por un lado, tal y como se comentaba en el epígrafe anterior, TSMC ofrece protección ante una posible invasión china. Por otra lado, su importancia estratégica evita que la comunidad internacional apoye su independencia formal ante la posibilidad de incrementar la inestabilidad en el estrecho. La Unión Europea, Japón, Corea del Sur y otros actores clave de la economía mundial dependen de los semiconductores taiwaneses para mantener la competitividad de sus industrias tecnológicas. La Ley de Chips de la UE señala que, en 2022, más del 60% de los chips utilizados por las empresas europeas procedían de Taiwán. Mientras tanto, Japón y Corea del Sur confían en la isla para abastecer a sus sectores de automoción y telecomunicaciones respectivamente39. Ante este escenario, la mayoría de las potencias internacionales tienen un fuerte incentivo para evitar una escalada del conflicto y preservar la estabilidad en el estrecho de Taiwán. La Unión Europea, aunque ha expresado su apoyo a la democracia taiwanesa, ha evitado adoptar una postura de confrontación con China. Por su parte, Pekín entiende que una invasión implicaría la destrucción de la infraestructura tecnológica taiwanesa, ya sea por daños colaterales o por una estrategia de "tierra quemada" ejecutada por Taipéi para evitar que sus fábricas caigan en manos chinas40. Esta paradoja refuerza el *statu quo* actual: si bien la identidad taiwanesa ha ganado autonomía y el papel indispensable de TSMC en el ecosistema mundial de semiconductores la protege, también limita que avance en su consolidación en cualquier giro hacia la independencia formal. Tal y como se analiza en el gráfico siguiente, cualquier paso en falso corre el riesgo de desencadenar una catástrofe económica paralizante en todo el mundo: en comparación con otros choques recientes, como la crisis financiera de 2009 o la pandemia COVID-19 de 2020, una guerra en Taiwán amenaza con un colapso mucho mayor del PIB mundial41. En consecuencia, ninguna gran potencia -ya sea Estados Unidos, China, la UE, Corea del Sur o Japón, entre otras- desea una guerra por la autodeterminación de Taiwán. Todas prefieren mantener el *statu quo* existente antes que arriesgarse a un conflicto impulsando cualquier cambio irreversible en el estatus político o la identidad de Taiwán.
Gráfico 9 : Impacto en el PIB de una posible guerra en Taiwán
Fuente: Gráfico de elaboración propia con datos de Bloomberg Economics, IMF.
En este contexto, no solo los actores internacionales han optado por la prudencia, sino que la propia población taiwanesa también se inclina mayoritariamente por la preservación del *statu quo*. Esta preferencia responde a una combinación de factores, entre los que destaca la conciencia de los riesgos asociados a una declaración formal de independencia. Los datos del gráfico 10 expuesto a continuación muestran que una parte significativa de los ciudadanos de la isla prefiere evitar decisiones drásticas que puedan desatar una crisis de gran escala. La opción de "mantener el statu quo indefinidamente" ha sido la que mayor crecimiento ha experimentado en las encuestas de opinión, con un porcentaje que oscila entre el 18% y el 34.1% en las últimas dos décadas, alcanzando este último máximo en 2024. De manera complementaria, la postura de "mantener el statu quo y decidir más adelante", que solía ser la más popular, ha ido decreciendo en los últimos años hasta representar el 26,4% en 2024. Por último, la opción de “mantener el status quo, pero en camino a la independencia”, aunque se ha mantenido como tercera opción a lo largo de los años analizados, cabe resaltar que ha experimentado un pico en los últimos 6 años llegando al 22,5% actual. En conjunto, estas cifras indican que actualmente más del 80% de los taiwaneses optan por una estrategia de espera y estabilidad, conscientes de los riesgos que implicaría un cambio abrupto en su estatus político. En contraste, el apoyo a posiciones más extremas sigue siendo minoritario: la opción de "independencia lo antes posible" apenas alcanza el 4% en 2024.
Gráfico 10 : Cambios en las posturas de unificación-independencia de los taiwaneses.
Fuente: Chengchi University – Election Study Center.
Otro aspecto relevante que refuerza esta tendencia es la disminución sostenida del porcentaje de encuestados que optaban por no responder. Mientras que en 1994 esta opción representaba un 24,8%, su proporción ha descendido de manera constante a lo largo de las décadas, situándose en apenas un 6,2% en 2024. Este cambio sugiere un mayor grado de implicación política de la población taiwanesa de la mano de una creciente toma de conciencia sobre la importancia de su situación geopolítica y las consecuencias de cualquier alteración del *statu quo*. De hecho, dado que las posiciones extremas han permanecido relativamente estables, es razonable inferir que gran parte de quienes antes se abstenían de responder han pasado a adoptar una posición activa en favor del *statu quo*. Esto indicaría que, a medida que los taiwaneses han accedido a más información sobre los riesgos estratégicos de una confrontación con China, han tendido a optar por una postura que prioriza la estabilidad y la seguridad de la isla.
En definitiva, la evolución de estos datos refuerza la hipótesis de que el desarrollo de una identidad taiwanesa propia choca con barreras geopolíticas que reducen su margen de maniobra. Mantener el *statu quo* se convierte en la opción menos arriesgada para todos los actores implicados. Para China, la anexión de Taiwán es una cuestión de legitimidad política, pero el coste de una invasión, tanto en términos económicos como diplomáticos, sigue siendo demasiado elevado. Para Estados Unidos y sus aliados, asegurar la isla sin provocar una guerra abierta es un reto estratégico que requiere disuasión militar combinada con una gestión cuidadosa de las relaciones con Pekín. Por último, para la propia Taiwán, la situación actual le permite reforzar su identidad y autonomía sin desencadenar una confrontación directa que podría resultar catastrófica.
Conclusiones
El desarrollo de la identidad taiwanesa en las últimas décadas ha evidenciado una transformación significativa en la percepción que los propios ciudadanos tienen de su nación. Inicialmente, predominaba la idea de que su población seguía siendo china, una narrativa sostenida por el régimen de Chiang Kai-shek y reforzada por su aspiración de recuperar el continente. Sin embargo, la democratización de Taiwán a finales del siglo XX marcó un punto de inflexión en la construcción de una identidad nacional no solo en términos políticos, sino también culturales y sociales. Este proceso de diferenciación no ha sido únicamente el resultado de decisiones gubernamentales directas, sino también de narrativas indirectas de agentes secundarios como empresas y ciudadanos, fortaleciendo la identidad taiwanesa de manera estructural.
No obstante, la segunda parte de este estudio ha demostrado que, si bien el aumento de la identidad taiwanesa es una realidad innegable, su consolidación plena se enfrenta a serias limitaciones. La interdependencia con China sigue siendo un factor estructural en múltiples dimensiones: económica, cultural y geopolítica. A pesar de los esfuerzos de diversificación, China sigue siendo uno de los principales socios comerciales de Taiwán y un destino clave para sus exportaciones e inversiones. En el ámbito cultural, los lazos históricos y las tradiciones compartidas continúan siendo un recordatorio de la conexión profunda entre ambos territorios. Pero es en el plano geopolítico donde las restricciones se hacen más evidentes: el reconocimiento formal de Taiwán como un Estado independiente no solo desafiaría directamente a China, sino que desestabilizaría el equilibrio estratégico en el Indo-Pacífico, con consecuencias globales derivadas de su hegemonía en el sector de los microchips.
Ante este escenario, Taiwán busca mantener el *statu quo*, consolidando de facto la soberanía taiwanesa sin hacer declaraciones que pudieran desencadenar represalias por parte de Pekín. Paralelamente, el *status quo* ha sido respaldado por la comunidad internacional, que, aunque reconoce implícitamente la autonomía de Taiwán, evita otorgarle un reconocimiento oficial que pudiera desatar una escalada del conflicto. En definitiva, si bien el sentimiento de pertenencia a una nación diferenciada de China ha crecido considerablemente, los lazos históricos, culturales y económicos siguen siendo inquebrantables. Es así que la identidad taiwanesa se define en la intersección entre factores internos y externos: en el día a día ha evolucionado hasta convertirse en una realidad palpable, pero su materialización en términos de independencia formal sigue estando limitada.
María Herrero Martínez
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Dos Estados, una misma cultura
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Two states, one culture
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