IEEE. Donald Trump o el signo de nuestro tiempo

Donald Trump

14 jul 2026

IEEE. Donald Trump o el signo de nuestro tiempo

Cor. CINA Fernando Soto Maceiras. Doctor en Seguridad Internacional

Causa y efecto

Es difícil pensar en algún período histórico reciente en el que un individuo haya protagonizado la escena internacional tan claramente como Donald Trump protagoniza la actual. Habría que retroceder hasta los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial para hallar otro momento tan condicionado por una sola persona. La sensación de que alguien con nombre y apellidos es el mayor elemento disruptivo de nuestra realidad está generalizada.

A las decisiones del presidente norteamericano se une su personalidad. El personaje fagocita al cargo. La idea de ruptura no viene solo de la mano del contenido, sino también de las formas, excesivas y desconcertantes. La impresión de estar viviendo un momento inédito tiene tanto que ver con lo que sucede como con el modo en que sucede.

Sin embargo, y paradójicamente, este dominio indiscutible de la escena mundial convive con la afirmación de que su presidencia no es más que un síntoma de los problemas de nuestro tiempo, y la consecuencia directa de la evolución del mundo en las últimas décadas: Trump solamente habría hecho que viéramos lo que ya estaba ocurriendo.

En esa línea, un alto porcentaje de los análisis que señalan un verdadero punto de inflexión en el orden mundial y diseccionan sus causas y consecuencias parecen considerar este cambio como imparable, visto para sentencia. Ante él, no cabría otra opción que la aceptación y la adaptación.

El propósito de este artículo es doble: afirmar que ni la presidencia de Donald Trump ni sus decisiones eran inevitables, y señalar hasta qué punto están teniendo y tendrán consecuencias tremendamente perjudiciales sobre la situación política internacional y sobre el lugar que su propio país, Estados Unidos, ocupa en el mundo.

¿Era Trump inevitable?

¿Son Trump y su Administración la cara visible de un cambio mucho más profundo y progresivo que, en realidad, poco depende de ellos? ¿Es esta presidencia la consecuencia directa de unas circunstancias que solo podían conducirnos hasta aquí y, por lo tanto, resulta irrelevante quién ocupe el Despacho Oval? ¿O, por el contrario, su llegada a la Casa Blanca ha sido la explosión inesperada que ha hecho volar toda la estructura internacional y ha puesto fin a una era?

En cada momento histórico, las circunstancias crean unas determinadas condiciones que provocan o facilitan ciertos cambios e impiden o dificultan otros. Pero eso no convierte la historia en una sucesión matemática de causas y consecuencias, en una especie de proceso químico de resultados exactos predecibles de antemano1.

Por el contrario, la historia ha estado siempre sujeta, no solo a las grandes transformaciones estructurales, a esos lentos movimientos de placas tectónicas, sino también a la intervención de entidades, organismos e incluso individuos aislados, cuando han tenido el peso suficiente.

Son muchos los factores que explican y han hecho posible el acceso al poder de Donald Trump: el descontento de una franja de la población norteamericana que lleva años perdiendo poder adquisitivo; la entrada en juego de las redes sociales como instrumento de influencia y manipulación; la simplificación del discurso político; la polarización del debate público; la falta de confianza en la democracia y en el Estado de derecho, cuyos mecanismos garantistas y complejos empujan a muchos hacia soluciones mesiánicas; la velocidad a la que el mundo cambia y reduce su tamaño, y el temor que eso puede provocar, etc.

Factores que han conformado un escenario, no inédito, pero sí novedoso, en el que se puede entender la presencia de ciertos actores. Con seguridad, en otra situación económica, social y cultural, cualquier intento de irrumpir en política, por parte de alguien con su perfil, no habría pasado de ser una anécdota; y, sin embargo, pese a la condescendencia con que se recibió su candidatura, ha ganado dos elecciones. Por lo tanto, la presidencia de Trump no es inexplicable.

Pero tampoco era inevitable. Trump podría no existir y, pese a la innegable crisis de fondo, en su lugar podría sentarse un presidente de otro perfil y de otras ideas, que no transmitiese esta impresión de final de etapa. El momento histórico explica a Trump, pero no era la única alternativa que permitía nuestro presente.

Sin embargo, y como ya hemos dicho, abundan los análisis que ven su mandato como el resultado inexorable de la situación interna de los Estados Unidos y del actual entorno internacional. Y asumen que los acontecimientos que está desencadenando eran la única salida posible, dadas las circunstancias.

En consecuencia, se limitan a describir qué sucede y por qué: se echa mano de la escuela realista de relaciones internacionales; se explica, a la luz de la reciente Estrategia de Seguridad Nacional, el repliegue de su posición de hegemón y su renuncia al papel de gendarme mundial, y asistimos a la declaración oficial, por parte del mundo político, económico y académico, de un cambio de paradigma en las relaciones internacionales2.

Cuesta encontrar voces que maticen siquiera la afirmación rotunda de que el anterior orden internacional, supuestamente basado en reglas y en el principio del multilateralismo, ha muerto. Hasta el punto de que esa unanimidad repentina3, por momentos, parece traslucir cierta prisa por sacar conclusiones definitivas y recuerda un poco al famoso y errado anuncio de El fin de la historia de Francis Fukuyama.

Y sucede que muchos de estos certeros análisis saben a poco. La comprensión de la realidad es un primer paso imprescindible, pero insuficiente4.

Es necesario ir más allá y tratar de saber, no solo dónde estamos, sino dónde querríamos estar, para, a continuación, intentar trazar el camino que lleva de un punto al otro. De lo contrario, corremos el riesgo de caer en posturas deterministas, de considerar un dato lo que debería ser el problema por resolver.

Volviendo al caso que nos ocupa y, a pesar de que la cantidad de aristas que presenta la presidencia de Trump hace difícil centrarse en un aspecto concreto de su mandato, parece oportuno y relevante intentar valorar el impacto que sus políticas tienen sobre la posición de Estados Unidos en el mundo y sobre el conjunto del orden internacional.

Para ello, partiremos de una hipótesis doble: Estados Unidos está precipitando su declive como potencia mundial (hasta hacer que, ahora sí, pueda pensarse en que de verdad pierda su primer puesto) y, al mismo tiempo, está provocando un deterioro del marco de las relaciones internacionales que no tendría por qué darse, o no en el grado que presenciamos. Insistimos en que no estamos ante procesos inevitables que habrían tenido lugar en cualquier caso, sino que son, en buena parte, consecuencias directas de unas decisiones tomadas libre y voluntariamente.

La política doméstica de Trump

Aunque el riesgo de basarse en datos incompletos o sesgados es real y, cuando se juzga desde la distancia, es fácil tomar la parte por el todo, en el caso que nos ocupa la información es abundante y continua y procede de fuentes de toda índole.

Lo suficiente, al menos, como para identificar elementos llamativos y detectar en ellos cierta deriva en la vida política y social de los actuales Estados Unidos (al margen de la valoración que de dichos cambios cada uno haga).

Entre los efectos que, en el ámbito doméstico, ha provocado el regreso de Trump al poder destaca, todavía más claramente que en su primer mandato, una agudización de la polarización política norteamericana.

Su presidencia, a un tiempo resultado y catalizador del auge de las posturas extremas, ha acelerado un proceso que, sin duda, existía previamente, pero que ahora se ha visto agravado hasta llegar a provocar varios asesinatos por motivos ideológicos5.

Los ataques de la actual Administración a varios de los mecanismos e instituciones propios de una democracia y del Estado de derecho admiten poca discusión. Podrá haber quien los justifique, quien los considere los grandes remedios que piden nuestros grandes males, pero no es posible negarlos.

La actitud amenazante hacia la prensa, las extralimitaciones legales, la coacción a todo un presidente de la Reserva Federal o unas tácticas antimigratorias tan desaforadas, que han provocado muertes inconcebibles, son medidas que menoscaban la democracia, más propias de regímenes autoritarios que de quien hasta hace poco se presentaba como el faro del mundo libre.

No faltan las voces autorizadas que señalan que, tras estas políticas, hay un debilitamiento de la propia Administración como maquinaria de toma de decisiones y gestión, apartada por un Ejecutivo que confía más en sus dotes personales que en la estructura profesional que tiene detrás.

Entre los diplomáticos europeos se comparte cierta percepción de falta de interlocutores, de silencio en sus canales habituales, pues la información y el control se han concentrado en el propio Trump y en un grupo muy reducido de asesores, que sorprenden casi a diario incluso a su propio aparato6.

Especial atención merece la actitud del Gobierno hacia la cultura y la ciencia, y hacia la universidad en particular. La relación causa-efecto entre enseñanza, ciencia y progreso que ha llevado a aquel país a liderar los avances científicos y tecnológicos durante prácticamente un siglo es tan obvia que resulta difícil creer que ahora se cuestione. Y, sin embargo, así es.

Ejemplo especialmente chocante de esto son las medidas restrictivas a la entrada de estudiantes extranjeros. No solo se reduce la financiación universitaria y se ataca su independencia, sino que se ponen trabas a la llegada del alumnado exterior, por brillante que sea7.

Estados Unidos, que ha basado gran parte de su dominio en la capacidad de sus instituciones académicas y empresas para atraer a los mejores cerebros del mundo, duda ahora de sus beneficios y debilita voluntariamente uno de los grandes activos de aquella sociedad, comparable a sus materias primas, su posición geográfica o su demografía.

Son medidas que atacan al fundamento de lo que decía ser el modelo americano. Ni que decir tiene que la vida en Estados Unidos no ha sido nunca la materialización del sueño americano, pero lo que vemos es la renuncia a unos objetivos lejanos pero loables, una regresión que apenas se intenta disimular con argumentos débiles, anacrónicos y cortos de miras.

Este deterioro de los valores democráticos liberales, el ataque a las instituciones del Estado de derecho o el intento de control de la actividad científica y periodística no hacen más que minar el prestigio del país fuera de sus fronteras. Y esta deriva de su política doméstica, además del daño interno que produce, perjudica también, y de una manera determinante, a sus intereses exteriores.

Su política exterior

Si las noticias que nos llegan de la vida política norteamericana son, desde hace meses, desconcertantes, mucho más lo son los pasos que, en la arena exterior, ha dado el Gobierno Trump en este segundo mandato.

Las operaciones militares unilateralmente decididas y pobremente justificadas, el desprecio implícito y explícito a los organismos internacionales o el trato económico y diplomático dispensado a sus hasta ahora aliados son algunos de los hechos más difíciles de digerir. Hechos que tienen unas consecuencias inmediatas y que son, además, una declaración de intenciones: para actuar no se precisa más justificación que el propio interés.

El cierre de la agencia USAID, que, con sus muchas limitaciones, era la mayor proveedora de ayuda al desarrollo del mundo8; la retirada de la lucha contra el cambio climático; la supresión de tratados bilaterales de seguridad que han contribuido a mantener delicados equilibrios durante décadas, o el rechazo a las instituciones y organizaciones internacionales que no se adaptan a sus planes, evidencian un cambio radical de planteamiento, que se reorienta hacia lo directa y rápidamente rentable para el país (naturalmente, el concepto de rentable es muy discutible).

El Make America Great Again parece consistir en que América piense únicamente en sí misma.

Y esta novedad se convierte en shock cuando se comprueba que nadie queda fuera de ese razonamiento, pues en ese juego de poder ya no hay aliados tal y como se entendían, salvo que estos estén dispuestos a aceptar sus condiciones, por exigentes, cambiantes, arbitrarias e incluso caprichosas que sean9.

EE.UU., con su discurso y sus hechos, da un paso atrás en su posición internacional. Paso atrás que no equivale a un repliegue tras sus fronteras (a la vista está), sino más bien a una renuncia a la teórica responsabilidad que llevaba aparejada su condición de superpotencia.

Es un comportamiento consistente con lo que el ensayista Giuliano da Empoli10 identifica como la hora de los depredadores, caracterizada por un retorno al poder duro y las políticas coercitivas. Se abandona cualquier atisbo de generosidad, se niega cualquier concesión no retribuida y se rechazan los compromisos e iniciativas que no se alineen exactamente con unas prioridades evidentes e inmediatas.

Esto incluye la pérdida de interés en su red internacional de alianzas, incluida la más importante: la estructura transatlántica. Sus miembros son acusados de no contribuir lo suficiente y se les exige un mayor sacrificio, mientras comprueban que su pertenencia a la Alianza ya no garantiza su seguridad territorial ni siquiera frente al principal socio.

A este respecto, es importante contestar el discurso que, procedente del otro lado del Atlántico y replicado en esta orilla, justifica esa retirada aludiendo al desequilibrio crónico en el reparto de la carga, el recurrente burden-sharing, según el cual una de las partes, la única mentalizada, estaría sosteniendo la seguridad de sus acomodados socios.

Es necesario aclarar que la política de cooperación de EE.UU. no ha sido jamás altruista. Desde el Plan Marshall hasta el último de los acuerdos multi o bilaterales que ha suscrito, su ayuda ha sido casi siempre necesaria, útil y, en ciertos momentos, imprescindible, pero nunca desinteresada. Es cierto que hemos vivido durante décadas bajo el paraguas protector de la OTAN, pero no lo es que eso haya respondido a un ejercicio de responsabilidad y solidaridad por parte norteamericana. Siempre ha habido un reembolso, como, por ejemplo, la dependencia tecnológica y económica que, en materia de defensa, sufre Europa11. Algo que ahora deberíamos remediar, pero no porque les debamos nada, sino porque lo necesitamos.

Asistimos, pues, a un vuelco de las relaciones internacionales. Los síntomas son el regreso a la realpolitik más descarnada, la renuncia al multilateralismo, la desaparición de la diplomacia, el desentendimiento de problemas globales como el medioambiental o el humanitario, el traumático carpetazo a las políticas de alianzas y, por supuesto, una serie de iniciativas bélicas unilaterales tras las que cuesta identificar una estrategia sólida.

El diagnóstico: muerte del orden internacional liberal basado en reglas.

Por otro lado, Estados Unidos vive una convulsión interna que el mundo observa: polarización política extrema, debilitamiento del aparato administrativo, recelo hacia los checks and balances, presión sobre las instituciones (económicas, políticas, culturales) no alineadas y unas prácticas que no encajan con lo que se espera de una democracia asentada.

Muchos de estos cambios, tanto domésticos como externos, hunden sus raíces en dinámicas e inercias que llevaban décadas cobrando fuerza y anunciándose. Pero incluso cuando ha sido así, ha habido decisiones concretas de esta Administración que los han acelerado. En otros casos, directamente los han provocado.

Estados Unidos: el tiro en el pie

El escenario descrito tiene necesariamente un efecto sobre el lugar de Estados Unidos en el mundo. Y todo apunta a que, lejos de lo que el movimiento MAGA buscaba y el propio Trump anuncia, asistiremos a un debilitamiento claro de su posición, que ya ha comenzado.

Son dos los factores que en mayor grado pueden conducir a este resultado: la ya mencionada destrucción de su red de alianzas y la pérdida prácticamente íntegra de su poder blando.

Ni el más poderoso puede valerse siempre por sí solo, y los Estados Unidos, a pesar de su innegable supremacía en el plano militar y, por el momento, económico y tecnológico, no tiene la fuerza suficiente para enfrentarse en solitario al resto del mundo, con sus principales adversarios estratégicos a la cabeza. Le conviene contar con apoyos, con ayuda: con aliados.

EE.UU. forjó, a lo largo de las décadas que van desde la Primera Guerra Mundial hasta hoy, la mayor red de alianzas que el mundo ha conocido. Bien de manera bilateral, bien por medio de estructuras internacionales diseñadas a medida, cuenta con una relación privilegiada y sin igual con la inmensa mayoría de los miembros de la comunidad internacional. O contaba. Ahora, sin embargo, el mundo asiste atónito (y complacido, en el caso de China, Rusia y de otras potencias regionales emergentes) a una acelerada reversión de aquel proceso, a una renuncia aparentemente voluntaria a las ventajas que aquellas amistades le granjeaban.

Es este un capítulo especialmente doloroso para la vieja Europa. No solo pierde su condición de aliado principal, sino que es objeto de las descalificaciones y ataques ideológicos norteamericanos. Acusada de pasiva y aprovechada, ve cómo se le afean sus prioridades y principios, y se le exige un mayor compromiso defensivo, mientras se le amenaza con dejarla sola, como ha comprobado en Ucrania.

La OTAN, la estructura de seguridad más poderosa de la historia, parece perder su relevancia y utilidad. Se tacha de parásita y se olvidan las vidas dejadas en Iraq o Afganistán en cumplimiento de unos compromisos que han perdido su valor.

Es difícil entender los motivos. Aparentemente, Donald Trump cree no necesitar a nadie, está seguro de que su fuerza lo libera de buscar acuerdos y, mucho menos, favores, dado que puede exigir y obligar. Citando (quién no) a Maquiavelo, para el príncipe es preferible ser temido12 a amado, pero mucho mejor es basar su gobierno en ambas cosas a la vez. Tal vez ni Trump ni sus manos derechas lo sepan.

La consecuencia es el desmantelamiento acelerado de su red de conexiones, incluida la mayor organización defensiva conocida, que le había permitido establecer una arquitectura de seguridad con una extensión geográfica13 y un capital económico sin parangón. Una arquitectura, no lo olvidemos, diseñada en función de las propias necesidades norteamericanas.

Frente a ese modelo de éxito, se opta por actuar en solitario o recurrir a colaboraciones puntuales limitadas a un fin, un lugar y un momento concretos. Colaboraciones que ni siquiera muestran coherencia y abren la puerta a la incertidumbre y la inestabilidad generalizadas.

Solo desde un planteamiento de competencia directa, marcada por la desconfianza, se puede explicar esta elección. Únicamente una mentalidad que no contempla otra interacción que el juego de suma cero puede considerar preferible actuar por libre a hacerlo rodeado de colaboradores, de un andamiaje multidisciplinar que no hacía más que añadir capas de seguridad. Andamiaje que, al desaparecer, deja expuestos a quienes sostenía, Estados Unidos incluido.

Las consecuencias no se han hecho esperar: en un hecho sin precedentes, Donald Trump ha visto cómo su llamada de auxilio ante las complicaciones en el estrecho de Ormuz era desatendida por unos países que hace poco no habrían concebido una respuesta así. Es previsible que se trate solo del primer caso y que, cuando suceda de nuevo, Estados Unidos vuelva a acusarlo, a pesar de que su presidente asegure no darle importancia14.

Se trata de una política exterior de retirada, comprensible en ciertos aspectos de fondo, pero que no justifica estos movimientos. Como tantas veces, podemos estar ante una profecía autocumplida, desde el momento en que el Ejecutivo estadounidense, sin que nada le obligue a ello, renuncia a parte de sus fortalezas y, de ese modo, precipita su propio declive.

Pero, con este proceder, Estados Unidos, además de aliados y, con ellos, capacidades, pierde algo más: legitimidad. Legitimidad ante sus teóricos socios y ante el resto del mundo, que en muchos casos no tenía demasiados motivos para fiarse de la potencia americana, pero que ahora no alberga ninguna duda al respecto.

Lo cual nos conduce a la palpitante cuestión de la pérdida del poder blando.

¿Pero importa el poder blando?

Joseph Nye, fallecido hace menos de un año, ex secretario adjunto de Defensa con Clinton y uno de los pensadores recientes más influyentes en el campo de la geopolítica, desarrolló el concepto de soft power o poder blando, definido como la suma de todas aquellas herramientas no coercitivas de las que dispone un país para influir en los demás.

A diferencia del hard power, representado básicamente por la fuerza militar y el dominio económico y tecnológico, y que busca forzar al interlocutor, el soft power pretende convencer, persuadir y atraer, de manera que los demás quieran hacer lo que conviene al actor que lo ejerce.

Dicho concepto se ha vuelto, en los últimos meses, casi un lugar común y, sin embargo, no siempre se entiende correctamente. Es etiquetado de ingenuo y poco realista, inadecuado para estos tiempos, y arrojado al cajón de todas esas ideas que funcionarían a las mil maravillas si el mundo fuese perfecto.

A mis alumnos de la Escuela Naval Militar les contaba que hay tres niveles de poder, a cada cual más sutil. Utilizando el símil de un juego, les explicaba que el nivel más obvio consiste en ser el mejor jugador: eres el que mejor juega y, por tanto, ganas más. El siguiente nivel se alcanza cuando se está en disposición de establecer las reglas del juego y de asegurar así que nos favorecen, que premian nuestras fortalezas y penalizan las ajenas. Por último, hay un tercer nivel de poder: lograr que los demás deseen jugar a nuestro juego y convencerlos de que ganarlo es el objetivo. Dicho de otro modo: ser poderoso consiste, en última instancia, en definir el éxito.

Trasladado al terreno de la geopolítica, Estados Unidos lleva un siglo siendo el mejor jugador y, además, ha establecido las reglas del juego mundial, precisamente a través de la estructura militar, económico-financiera y diplomática que ha levantado. Pero también ha definido el éxito, ha establecido en qué consiste ser un gran país. Y no solo debido a características básicas como la democracia liberal, el Estado de derecho, el libre mercado y el nivel de progreso material, sino por todas aquellas que han hecho que sea imitado.

Las discusiones ideológicas sobre el bloque occidental y el socialista duraban hasta que se observaba en qué lado del muro estaba el alambre de espino. Contra eso era muy difícil luchar. Del mismo modo, la comparativa entre EE. UU. y sus rivales (primero la URSS, ahora China) se ha desequilibrado durante décadas a causa de un hecho decisivo: en el mundo, nadie quería ser soviético ni chino, pero sí estadounidense. ¿Importaba eso? Por supuesto. Porque, bajo las cifras económicas y los logros materiales, había una solidez que proporcionaba resiliencia, que garantizaba la continuidad, que hacía sostenible un modelo y no otro.

Por el contrario, una situación de rechazo, en la que faltan la convicción, la identificación y la adhesión libre, sustituye ese equilibrio estable, cimentado desde abajo, por otro inestable, que cuelga de arriba15.

Pues bien, esa capacidad de atracción es el poder blando. Y eso es lo que Estados Unidos está perdiendo a marchas forzadas desde que Trump asumió el cargo16. El sueño americano, la primera democracia, su pretendida moral, su papel en la Segunda Guerra Mundial (colocado en el imaginario popular muy por encima del soviético, de un modo poco justo para con los respectivos logros y sacrificios), su nivel de vida (el visible) y, por supuesto, su arte, su literatura, su moda, el rock&roll y Hollywood han creado una imagen deseable como ninguna otra. Poco importaba si respondía a la realidad o no: lo importante era que se creía. Y ese atractivo ha sido su poder blando, que se ha traducido en ventajas concretas y prácticas, y que ahora, por primera vez, parece decaer.

Si hemos vivido el siglo norteamericano, la razón no ha sido solo su dominio económico y militar, sino haber sabido utilizar su potencial para dominar culturalmente el mundo. Porque, aunque Estados Unidos siempre ha tenido detractores, el balance era claro y afianzaba su liderazgo. Ahora, en cambio, los estudios que miden aceptación y simpatías arrojan, por primera vez, conclusiones negativas. Incluso China comienza a resultar una alternativa no tan tenebrosa. América cae peor que nunca, hasta entre quienes siempre la han admirado.

Las formas del presidente, lo que trasciende de su política interior y sus decisiones en el terreno internacional, han logrado cambiar radicalmente y en un tiempo récord la imagen de Estados Unidos en el mundo. Y esa es una debilidad tan real como un pobre índice de crecimiento o un ejército obsoleto, y con efectos igual de tangibles.

Un país no puede basarse únicamente en su poder blando; necesita además poder duro para imponerse. Pero «solo la combinación inteligente de ambos produce estabilidad legítima»17. Y solo alguien que no entienda esto dilapidará una parte de ese activo.

¿Es este el fin del orden internacional liberal?

La suma de los cambios vistos, tanto internos como externos, ha llevado a hablar de una crisis sistémica, del fin del derecho internacional y del multilateralismo y, con ellos, de la desaparición del orden liberal internacional.

¿Es esto así? ¿Asistimos al final de una época y entramos en una etapa que se regirá por otros principios? Y, en ese caso, ¿cuánto importa?

Tal vez, la primera y más pertinente pregunta sea si realmente existía una legalidad internacional, un orden basado en reglas, o si, por el contrario, nunca hemos conocido otra cosa que la imposición de la voluntad de los más fuertes y lo único que ha cambiado es que se ha dejado de fingir.

Son numerosos los autores que, cuando menos, matizan el postulado de partida: Occidente, mientras detentó el poder, se equivocó demasiado, no se preocupó lo suficiente y jamás superó la doble moral que caracteriza las relaciones internacionales18; las estructuras que se crearon fueron pensadas por y para un grupo demasiado reducido de países19; se perdió la paz al desaprovechar la oportunidad, tras la Guerra Fría, de configurar un orden mejor, dotado de instituciones y mecanismos globalmente respaldados20.

Ante esto, es lógico preguntarse qué porción del planeta va a echar de menos ese orden liberal moribundo, que no siempre fue tan liberal, o, al menos, no para todos.

Si las reglas del derecho internacional se invocaron cuando beneficiaron al poderoso y el multilateralismo se utilizó a conveniencia, ¿hay algo que lamentar?, ¿algo que añorar?

Sí, lo hay.

En el mundo de la política, de las normas y de la moral, el primer paso para que algo se haga realidad es marcarlo como objetivo. El primer paso para lograr un cambio de prácticas en una sociedad21 es creer que es necesario y, a partir de ahí, trabajar en su aplicación.

Las convicciones van modelando el comportamiento. Por eso, es preferible contar con unos buenos principios que no tenerlos. Incluso si no se cumplen, incluso si se manipulan y utilizan interesadamente, es mejor. Renunciar a ellos en nombre de un pretendido realismo tan solo borra cualquier límite y franquea la puerta al abuso.

Eso es exactamente lo que ocurre cuando se descarta ese orden basado en reglas, cuando se niega el valor del derecho internacional. En un caso más de profecía autocumplida —y ya van dos—, rechazarlo significa directamente acabar con él, lo que supone un retroceso en nuestra evolución hacia un mundo más ordenado y justo.

Y lo mismo puede afirmarse sobre el multilateralismo, que no es más que la herramienta lógica de ese derecho que pretende domar las relaciones internacionales: nada fuerza a su abandono, más que la voluntad de abandonarlo.

El mundo no ha dejado nunca de presenciar ejemplos de injusticia. No cabe lamentar la desaparición de una edad dorada que no lo era. Pero, aun así, y a pesar del largo camino que quedaba por recorrer, la vía de la internacionalización del derecho, de las decisiones y acciones multilaterales, por muchas sombras que escondiese, era la adecuada. Abandonarla no es más que un ejercicio de cinismo: supone renunciar a progresar.

Es cierto que las normas y los mecanismos se amoldaron al poder de los actores; pero, de nuevo, siempre es preferible que exista un sistema justo, al que engañar, que no contar con ninguno. Siempre es preferible que quien actúa mal necesite disimular. El mundo echará de menos la hipocresía occidental22.

El abandono consciente y voluntario de estos principios por parte de la primera potencia mundial tiene unos efectos catastróficos. Estados Unidos no solo se declara libre para actuar a su antojo, sin necesidad de coartadas, sino que, al hacerlo, da carta blanca a cualquier otro para actuar del mismo modo.

La importancia de este cambio no debe medirse por confrontación con una situación ideal que sabemos que nunca existió. Su gravedad radica en la renuncia a la propia intención y, con ella, a todo afán legitimador. Es la vuelta a la ley del más fuerte: no debería hacer falta explicar por qué esa es una situación peor.

Y ahora qué

La política internacional, como uno más de los planos en los que se desarrolla la historia, depende de una gran cantidad y variedad de factores. Algunos de ellos se gestan lenta, pero inexorablemente; otros, en cambio, son más circunstanciales y pueden llegar a depender de estímulos puntuales.

Atravesamos un momento convulso, en el que los cambios se suceden y la sensación de crisis es general. Sin duda, gran parte de las transformaciones que presenciamos son el producto de dinámicas cuyos orígenes han de situarse hace décadas: las variaciones en el peso relativo de los países, la crisis financiera mundial de hace veinte años, el reverso de la globalización, el desgaste del ideal liberal y la crisis de confianza en la democracia, etc.

Pero otras transformaciones, no forzadas, se están decidiendo en directo. Muchos de los dilemas que afronta la comunidad internacional eran, probablemente, inevitables, y sus consecuencias también. Sin embargo, estamos asistiendo a la puesta en marcha de políticas que están acelerándolos o, directamente, provocándolos.

Hay un escenario con unas características muy reconocibles, un fondo que condiciona la obra representada, pero los actores tienen capacidad para otorgar a su papel un carácter u otro. El momento que nos toca vivir limita nuestras opciones y hace inviables ciertos movimientos, pero no todos.

Existe siempre un margen de decisión que servirá para elegir la forma de responder a los problemas. Y la Administración Trump, de acuerdo con sus principios y visión, ha optado por unas respuestas concretas, y no otras, de entre todas las posibles. Respuestas que, con otro gobierno, cabe suponer que habrían sido distintas23.

Es cierto que el mundo está en un proceso acelerado de cambio y que EE. UU. estaba abocado a medir sus fuerzas con nuevos rivales, y que esa competencia dificultaría la pervivencia de mecanismos y reglas que obedecían a unos equilibrios de poder ya desfasados. Pero eso no justifica casi ninguna de las líneas de actuación de su actual gobierno, que, lejos de ayudarle a resistir las amenazas recién llegadas, están precipitando su declive y convirtiendo una crisis real, pero limitada, en una crisis existencial.

Los EE.UU. de Trump se están comportando como quien, en un incendio en el que el humo se va tornando más amenazador, decide quitarse el equipo respiratorio y empujar a los demás para correr más: lo agradecerá durante los primeros pasos, pero no llegará lejos.

Por otro lado, sus políticas están atacando la base misma de aquella sociedad y debilitándola tanto por dentro como hacia el exterior. Estados Unidos, en lo que parece una reacción provocada por el miedo, está revolviéndose contra los elementos que lo han hecho fuerte, en un repliegue que podría resultar suicida.

Por otro lado, pero en estrecha conexión con lo anterior, están acelerando la degradación del orden internacional, poniendo en peligro el sistema en su conjunto y alejando objetivos loables hasta hacerlos parecer ciencia ficción.

Frente a eso, otra manera de actuar, otros planteamientos y otras metas serían posibles. En el ámbito interno, Estados Unidos debe volver a cuidar las cualidades que lo han hecho grande, en las que ha basado su superioridad.

Y eso comienza desde los cimientos, que no son otros que una democracia real, apoyada en una ciudadanía convencida que cree en el sistema y lo hace fuerte. A partir de ahí, lejos de despreciarlo, tendría que comprender que el poder blando ha sido siempre una gran ventaja: el terreno donde sus rivales no han podido nunca competir: América, la meca de la ciencia, la música, el cine y los negocios; la tierra de las oportunidades; el modelo a seguir o envidiar.

Es irrelevante la parte de realidad que quedase fuera de esa imagen: lo fundamental era la fotografía que el mundo veía. Y ahora esa fotografía pierde color, pierde atractivo e incluso se vuelve sombría.

Hacia el exterior, la alternativa es la misma: Estados Unidos tendría que estrechar sus alianzas, no ahuyentar a sus aliados; y debería insistir en jugar a su juego. Había convencido al mundo de a qué jugar, había establecido las reglas y era el que mejor lo hacía. El hecho de enfrentarse a rivales cada vez más hábiles no puede llevar al capitán del equipo a irse a casa; entre otras cosas, porque los demás se quedarán en el campo, pero ahora jugando como digan los nuevos cabecillas.

No sería realista pretender mantener las estructuras que han vertebrado las relaciones internacionales durante el último siglo. EE.UU. haría bien en mostrarse abierto a revisarlas, en iniciar un proceso que apuntase a corregir los errores del pasado y a comportarse como un líder a la altura de las circunstancias, no por altruismo, sino por su propio interés. No es, obviamente, el caso.

El derecho internacional y el multilateralismo, como recetas con que encarar las relaciones internacionales y sus conflictos, marcan la única vía de progreso. Sus debilidades no han de llevar a la comunidad internacional a darles la espalda, sino a reforzarlas; del mismo modo que una democracia débil, superficial e imperfecta no ha de hacernos caer en la tentación de renunciar a ella, sino impulsarnos a mejorarla.

El mundo no volverá a ser lo que era. Ni un giro de ciento ochenta grados en la política norteamericana nos llevaría de vuelta al punto de partida. Demasiadas cosas se han roto, pero se puede recuperar el rumbo perdido. La función de la política es decidir a dónde se quiere llegar e intentarlo.

Cor. CINA Fernando Soto Maceiras< br/> Doctor en Seguridad Internacional

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] Eso lo inventó hace casi ochenta años el escritor Isaac Asimov en su obra Fundación y lo llamó psicohistoria, pero ni siquiera en su libro funcionaba.
[2] Entre las numerosísimas referencias que se hacen eco de esta afirmación, podemos citar, por ejemplo:
[3] Naturalmente, ya había análisis que desde hace tiempo venían anunciando este punto de inflexión. Entre muchos otros: IKENBERRY, G. J. «The end of liberal international order?», International Affairs, 94(1). 2018, 7-23. https://doi.org/10.1093/ia/iix241
[4] Es más, estamos muy cerca de que la IA sea capaz de darnos, a partir de la información disponible en la red, un análisis completo y riguroso de antecedentes, evoluciones y relaciones causa-efecto en la política internacional; es decir, de decirnos dónde nos encontramos y explicarnos aceptablemente por qué. Quien se limite a ofrecer eso, por lo tanto, sin aportar nada más, puede que en breve sobre.
[5] Resulta muy interesante el número 48 (febrero 2026) de la revista Tribuna Norteamericana (Instituto Franklin - Universidad de Alcalá de Henares). En él, el profesor Josep M. Colomer y la doctora Sigrid Vázquez Tirado analizan desde sus respectivos puntos de vista este problema de la política norteamericana.
[6] OTERO IGLESIAS, M. «Washington ha perdido el norte», Real Instituto Elcano. 2/2/2026.https://www.realinstitutoelcano.org/comentarios/washington-ha-perdido-el-norte/
[7] KEOHANE, R. y NYE, J. (Jr.) «El fin del largo siglo americano», Política Exterior, n.º 227. 2025, pp. 84-98.
[8] El profesor Atul Gawande, de la Harvard T. H. Chan School of Public Health, estimaba hace unos meses que la desaparición de USAID había provocado ya cientos de miles de muertes, y llegaría a causar muchas más como consecuencia directa del cese de sus programas. La ONG Intermon Oxfam habla de la pérdida del acceso a la educación para 23 millones de niños, y a la atención sanitaria para unos 95 millones de personas, lo que provocará aproximadamente tres millones de muertes evitables al año.
[9] Para muestra, la pretensión del presidente Trump de que los Estados europeos asuman su cuota de responsabilidad en la salida de un conflicto, el de Irán, en cuyo inicio no han tenido voz ni voto.
[10] DA EMPOLI, G. La hora de los depredadores. Editorial Seix Barral, 2025.
[11] En el actual contexto de descrédito y casi desprecio de la OTAN por parte del presidente norteamericano, es difícil no ver, en su reclamación del aumento del gasto en defensa hasta el 5% de nuestros PIB, un movimiento fundamentalmente comercial.
[12] Temido, no odiado, aclara la obra.
[13] Las fuerzas armadas norteamericanas siguen siendo las únicas del mundo con verdadera capacidad de proyección; y a eso contribuye, y no poco, su red de bases diseminadas por medio planeta, incluidas las asentadas en el territorio nacional del resto de miembros de la OTAN.
[14] Con independencia de la opinión que dichas aproximaciones merezcan, a nadie debería extrañar que este distanciamiento de EE.UU. provoque un no tan tímido acercamiento a Pekín por parte de algunos países occidentales. Al fin y al cabo, la lealtad, para que funcione, debe ser mutua.
[15] Es esa falta de apoyo lo que convierte cualquier amenaza sobre un régimen autoritario en existencial. Algo que no ocurre en una democracia asentada, en la que es su sociedad en conjunto la que mantiene en pie el sistema y garantiza su continuidad.
[16] Para profundizar en esta idea, consultar MANFREDI, J. L. «El poder blando después de la presidencia Trump 2024», Tribuna Norteamericana, n.º 48. 2025, 16-21.
[17] BALLENILLA, M. Intervención en el acto de presentación del libro Geopolítica del español en la RAE. 2026. En esta misma línea, las Administraciones Clinton y Obama hablaban de poder inteligente, que sería precisamente el resultado de dicha combinación.
[18] RIZZI, A. La era de la revancha. Editorial Anagrama, 2025.
[19] BARBÉ, E. Op. cit. 2025.
[20] JUDT, T., recogido por BARBÉ, E., artículo citado.
[21] Una sociedad igualitaria. En una dictadura, nada funciona de este modo. Pero se supone que la comunidad internacional lo es de iguales, o casi.
[22] SPEKTOR, M. «The World will come to miss Western hypocrisy», Foreign Affairs. 29/1/26.
[23] Tal y como recoge Andrea Rizzi en la obra anteriormente citada, el propio Alexandr Duguin, uno de los teóricos más influyentes de la Rusia de Putin, celebró la victoria electoral de Donald Trump en los siguientes términos: «Hemos ganado. Esto es decisivo. El mundo no volverá a ser jamás como antes. Los globalistas han perdido su combate». (RIZZI, A. Op. cit. 2025).
    • Donald Trump o el signo de nuestro tiempo (0,25 MB)

    • Donald Trump or the Sign of our Times (0,24 MB)