
30 abr 2026
IEEE. Desdibujar el umbral: zona gris, atribución y coerción acumulativa
Guillem Colom Piella. Doctor en Seguridad Internacional. Profesor asociado del IEEE (CESEDEN)
Introducción
En los últimos años, la literatura sobre amenazas híbridas ha ampliado el marco desde el que analizamos el revisionismo estratégico y la competición entre potencias. Ha servido para mostrar que esta ya no se expresa únicamente mediante la coerción militar convencional, sino también a través de ciberataques, sabotajes, campañas de influencia, presión económica, instrumentalización migratoria o la guerra legal (lawfare), entre otros.
Sin embargo, ese avance descriptivo no siempre se ha traducido en un progreso analítico equivalente. Con demasiada frecuencia, lo híbrido acaba reducido a un inventario de herramientas, mientras que la propia zona gris queda reducida al espacio situado entre la paz y la guerra.
El resultado es claro: conocemos mejor los instrumentos de esta confrontación, pero no siempre entendemos mejor la lógica estratégica que los articula.
Algo parecido ocurre con el propio concepto de zona gris. Definirla como un espacio situado entre la paz y la guerra ha tenido una indudable utilidad descriptiva, pero también muestra límites evidentes1. La fórmula ordena el fenómeno, aunque dice poco sobre su funcionamiento real.
Porque el problema no es solo que determinadas acciones se mantengan por debajo del umbral del conflicto abierto2, sino que alteren gradualmente las condiciones que permiten distinguir entre competición, coerción y guerra abierta3.
Por ello, quizá resulte más útil entender la zona gris no como una franja intermedia entre la paz y la guerra ni como una mera suma de instrumentos híbridos, sino como un régimen de escalada4.
Es decir, como una forma de competición estratégica en la que el agresor no busca necesariamente desencadenar una guerra abierta, sino actuar sobre los umbrales que ordenan la respuesta del rival: dificultar la atribución, desplazar los puntos focales, fragmentar la percepción del riesgo o encarecer el coste político y estratégico de reaccionar5.
Vista así, la zona gris no suspende la escalada, sino que la fragmenta, la dosifica y la redistribuye entre dominios, tiempos y niveles de autoría6.
Este es, en el fondo, el punto de encuentro entre la literatura clásica sobre escalada y coerción y los debates más recientes sobre zona gris.
La primera, desde los trabajos seminales de Thomas Schelling7 hasta las reflexiones más recientes sobre umbrales, riesgos y manipulación del peligro, ayuda a pensar en señales, coordinación y gestión del riesgo8.
La segunda, de Mazarr a Morris, Maass, Baqués o Jordán, permite entender cómo campañas ambiguas, acumulativas y deliberadamente discutibles pueden generar ventajas estratégicas sin activar respuestas decisivas9.
La tesis del presente trabajo es sencilla: la zona gris importa menos como categoría espacial que como mecanismo de reprogramación de la escalada10.
Su eficacia no depende solo del instrumento empleado11, sino de su capacidad para convertir lo discontinuo en continuo, desdibujar el momento en que una agresión resulta inequívoca, trasladar la carga de la prueba al defensor y atraparlo en una trampa de proporcionalidad12. Desde esta perspectiva, la zona gris no constituye la ausencia de conflicto, sino una forma de coerción acumulativa orientada a obtener ventajas estratégicas sin provocar una ruptura abierta del statu quo13.
Plantearlo en estos términos obliga, además, a cambiar la pregunta. La cuestión deja de ser qué herramientas se emplean y pasa a ser qué hace la zona gris con la lógica de la escalada. La respuesta, en términos generales, parece clara: no la evita, sino que la administra; no la desactiva, sino que la redistribuye en condiciones favorables al agresor14.
Por eso, el interés analítico de la zona gris no reside solo en la diversidad de medios que moviliza, sino en la forma en que los articula para erosionar la claridad de los umbrales, ralentizar la respuesta y alterar gradualmente el entorno de decisión del adversario.
Escalada, umbrales y puntos focales
Para ello, debemos empezar por una cuestión previa: qué entendemos por escalada. Escalar no consiste solo en intensificar el daño, sino en alterar el marco de la confrontación: ampliar su alcance, incorporar nuevos dominios, elevar el nivel de riesgo o cruzar umbrales que reordenan la percepción política de lo que está en juego15.
Por eso, la escalada importa menos por la magnitud del daño que por su capacidad para alterar el cálculo del adversario. No toda intensificación produce el mismo efecto. A veces una acción relativamente limitada reconfigura por completo la interacción; otras, una acción materialmente más grave apenas modifica la situación porque ya estaba descontada por los actores.
De ahí que la escalada dependa tanto de las capacidades como de la interpretación que los actores hacen de ellas, y tanto de la materialidad del acto como del significado que se le atribuye16.
Este es el punto en el que la zona gris adquiere toda su relevancia. La metáfora clásica de la escalera sigue siendo útil para pensar en grados, opciones y umbrales, pero se queda corta cuando la confrontación no consiste tanto en subir peldaños como en alterar qué cuenta como peldaño, qué movimientos pasan a parecer normales y qué respuestas empiezan a considerarse exageradas17.
En ese terreno, la zona gris opera con especial eficacia. No persigue necesariamente infligir un gran daño inicial ni provocar una ruptura inmediata del statu quo ante. Aspira, más bien, a modificar gradualmente el entorno de decisión del adversario, a desplazar sus umbrales de tolerancia y a hacerlo en condiciones que dificulten una respuesta clara, rápida y políticamente sostenible.
Ese desplazamiento ayuda a entender por qué los enfoques centrados en la mera enumeración de herramientas suelen quedarse cortos. Clasificar instrumentos es útil, pero no basta. Lo relevante no es solo si el agresor emplea ciberataques, sabotajes, desinformación, coacción económica, presión migratoria, ataques contra infraestructuras críticas o cualquier otra acción híbrida, sino cómo secuencia esas acciones, con qué ambigüedad las envuelve y qué efectos acumulativos persigue18.
Dicho de otro modo, el problema no radica tanto en la diversidad de herramientas empleadas como en la lógica estratégica que las articula, la secuencia que las ordena y el efecto político que persiguen. En este sentido, la zona gris debe leerse como una forma de competición que explota la elasticidad de los umbrales.
No busca necesariamente evitar una guerra abierta, sino impedir que la respuesta del defensor se active con la claridad, la rapidez y la legitimidad necesarias. Esa es una distinción fundamental.
La zona gris no elimina el conflicto, lo dosifica. No sustituye la coerción, la distribuye. No niega la posibilidad de la escalada, la administra de forma que el agresor preserve la iniciativa y el defensor soporte la carga de la prueba19.
Aquí resulta especialmente útil recuperar a Thomas Schelling. Una parte importante de la estabilidad estratégica descansa sobre la existencia de referencias compartidas —los denominados puntos focales— que permiten coordinar las expectativas de los distintos actores, incluso sin comunicación explícita20.
En el lenguaje estratégico actual, esos puntos focales se asimilan a las líneas rojas. No siempre están formalizados, pero cumplen una función estabilizadora porque ayudan a distinguir entre una fricción tolerable y una agresión intolerable, y facilitan la coordinación de una respuesta cuando el umbral ha sido claramente cruzado21. Su importancia radica, precisamente, en que reducen la ambigüedad y hacen visible la discontinuidad entre lo admisible y lo inaceptable.
La zona gris actúa, justamente, sobre ese mecanismo. No suele romper de manera abierta una línea roja; prefiere desdibujarla. En lugar de producir una violación tan clara que obligue a reaccionar, encadena acciones limitadas cuya acumulación es estratégicamente relevante, aunque cada una de ellas, por separado, parezca insuficiente para justificar una respuesta contundente22.
La discontinuidad clásica se transforma así en continuidad ambigua. Y cuando esa discontinuidad desaparece, también se debilita buena parte del automatismo de la disuasión23.
Dicho de otra manera, la zona gris no evita el umbral, sino que lo desplaza. No destruye siempre los puntos focales, sino que los reprograma en beneficio del agresor.
Este es uno de sus efectos más importantes. La disuasión clásica funcionaba mejor cuando el agresor debía elegir entre respetar el umbral o violarlo de manera visible. La zona gris modifica esa estructura al introducir una secuencia de acciones pequeñas, ambiguas y acumulativas que convierte la reacción en objeto de debate político, jurídico y narrativo.
El defensor ya no puede limitarse a constatar que se ha producido una agresión clara, sino que debe demostrar autoría, intencionalidad, gravedad y proporcionalidad antes de responder. Esa demora no es un efecto colateral. Es parte de la lógica misma de la campaña.
En términos más directos, la zona gris bloquea el «momento Schelling»: ese instante en que una violación resulta tan evidente que facilita la coordinación casi automática de una respuesta. Al impedir que ese momento llegue con nitidez, el agresor gana tiempo político, fragmenta la deliberación del adversario y aumenta la probabilidad de que cada paso limitado termine siendo absorbido como precedente tolerable, anomalía reversible o hecho consumado.
Incrementalismo, atribución y ventaja del agresor
Desde esta perspectiva, la zona gris se define menos por el tipo de herramienta empleada que por la lógica estratégica que las articula. No remite simplemente a la suma de acciones híbridas.
Es, ante todo, una forma de coerción incremental orientada a alterar gradualmente el statu quo mediante pasos pequeños, ambiguos y políticamente discutibles, cada uno de ellos demasiado limitado para justificar por sí solo una escalada abierta, pero cuya acumulación puede producir efectos estratégicos duraderos24.
Lo relevante, por tanto, no es solo qué instrumento se emplea, sino cómo se secuencia, con qué cobertura narrativa se acompaña y qué margen político compra frente al adversario.
En este marco, tres mecanismos resultan especialmente útiles25. El primero son las tácticas del salami: avances limitados cuya suma normaliza una desviación estratégica. El segundo son los hechos consumados (faits accomplis): movimientos rápidos y localizados que crean una nueva realidad cuya reversión pasa a ser más costosa que su aceptación. El tercero son las sondas limitadas, diseñadas para cartografiar umbrales, medir tolerancias y comprobar el tiempo real de respuesta del adversario.
En muchos contextos, las ganancias estratégicas no se obtienen tanto mediante coerción explícita como avanzando lo suficiente para que el rival prefiera tolerar la pérdida antes que escalar para revertirla26. Dicho de otro modo, el éxito no depende solo del golpe inicial, sino del coste político y estratégico que implica deshacerlo27.
Esta lógica incremental presenta, además, una ventaja política y cognitiva evidente. Mientras que una agresión abierta concentra la atención, activa alarmas y facilita la agregación de consenso, la suma de pequeños pasos dispersa la percepción del riesgo.
Cada movimiento parece gestionable por separado; cada incidente invita a la prudencia; cada respuesta puede posponerse en nombre de la proporcionalidad, la incertidumbre o la conveniencia política. Pero el efecto acumulado no es menor por ser gradual. Al contrario: precisamente porque se construye por adición, resulta más fácil de normalizar y más difícil de revertir.
Por eso la zona gris debe entenderse menos como un espacio residual del conflicto que como una tecnología política de la erosión estratégica.
Todo ello conduce a un elemento central: la atribución. En la zona gris, la atribución no es un problema auxiliar; es el problema28. La ambigüedad no es un subproducto molesto de la competición por debajo del umbral del conflicto, sino una condición de su eficacia.
La negación plausible, el empleo de intermediarios, la compartimentación de acciones o la sincronización de instrumentos heterogéneos separan acción y autoría, ralentizan la obtención de pruebas convincentes y desplazan la respuesta del terreno operacional al político-jurídico29.
Mientras la autoría no sea pública o no esté suficientemente probada, el defensor difiere la imposición de costes, fragmenta su coordinación y pierde iniciativa. Ese tiempo político permite al agresor consolidar ganancias, normalizar la anomalía o preparar el siguiente paso30.
La atribución importa, al menos, por tres razones. La primera es operativa: sin una atribución convincente, la respuesta colectiva resulta más lenta, más incierta y costosa. La segunda es política: la duda sobre quién está detrás alimenta divisiones internas, reduce la disposición a asumir costes y abre espacio para la contestación narrativa. La tercera es estratégica: la propia lentitud del proceso de atribución concede la iniciativa al agresor.
Conviene subrayar, además, que la atribución no es un acto binario. Entre la sospecha, la evidencia técnica, la convicción política y la atribución públicamente operativa existe un gradiente que puede ser largo, discutido y costoso. Puede haber atribución técnica sin que exista todavía una atribución políticamente utilizable. Y es precisamente ese hiato el que explota la zona gris. Cuanto más lenta o dudosa sea la atribución, mayor suele ser el rendimiento del agresor31.
Visto así, la ventaja del agresor no se limita al golpe inicial. Reside, sobre todo, en el tiempo que «compra».
En la zona gris, quien actúa primero no solo altera el terreno; también obliga al rival a discutir qué ha ocurrido, cómo nombrarlo, si merece respuesta y con qué intensidad debería responderse. Ese tiempo político es parte constitutiva del éxito.
La zona gris funciona, en gran medida, porque convierte el retraso del defensor en un recurso del agresor.
La trampa de proporcionalidad y la gobernanza de la respuesta
La consecuencia más importante de esta arquitectura es la trampa de la proporcionalidad. Si el agresor actúa mediante pasos pequeños, ambiguos o jurídicamente discutibles, el defensor queda atrapado entre dos riesgos simétricos.
Si responde poco, consolida la ganancia ajena. Si responde demasiado, puede aparecer como escalador, dividir a sus aliados o activar una secuencia que no controla. La proporcionalidad, que en teoría debería contribuir a estabilizar la interacción, se convierte así en una restricción explotable32.
La dificultad no se reduce a una cuestión de calibración táctica. Afecta a la propia economía política de la respuesta.
Cuanto más ambigua sea la agresión, más difícil resultará justificar costes altos ante audiencias internas y externas. Cuanto más distribuida y acumulativa sea la campaña, más tentador será gestionar cada episodio como una excepción. Cuanto más lento sea el proceso de atribución, mayor será la presión para no sobrerreaccionar.
Así, el agresor no solo actúa sobre el terreno; actúa también sobre la estructura de incentivos que condiciona la respuesta del defensor33.
Esta trampa se agrava cuando el agresor domina la lógica interdominio y puede proteger una acción limitada en un ámbito con la amenaza de trasladar costes a otro34. En ese punto, la cuestión deja de ser el daño inicial y pasa a ser el coste esperado de su reversión.
Por eso la respuesta eficaz rara vez puede ser lineal. Si la zona gris funciona por acoplamiento de umbrales, tiempos y dominios, la respuesta también debe pensarse en términos de flexibilidad, secuenciación y costes cruzados35.
No se trata de replicar de manera simétrica, sino de reintroducir incertidumbre para el agresor y previsibilidad para el defensor36.
Entendida así, la zona gris puede analizarse como un régimen de escalada controlada, útil para observar cómo la ambigüedad, la gradualidad y la atribución dificultosa se traducen en ventajas estratégicas acumulativas37.
Esta definición presenta tres ventajas: primero, evita reducir la zona gris a un catálogo de herramientas; segundo, permite conectarla con la teoría clásica de la coerción sin necesidad de inventar una categoría completamente nueva; tercero, facilita su análisis en torno a variables observables.
Entre esas variables, cuatro resultan especialmente útiles: umbrales, tempos, atribuibilidad y correspondencias interdominio. Los umbrales remiten a qué líneas rojas activan qué respuestas y con qué latencia. Los tempos, a quién marca la cadencia operativa y decisional. La atribuibilidad, a la probabilidad y al plazo para lograr una atribución convincente. Y las correspondencias interdominio, por su parte, remiten a cómo se protege un ámbito desde otros o a cómo se rompe esa protección.
Su valor analítico reside precisamente ahí: no en listar instrumentos híbridos, sino en identificar qué secuencias, qué ritmos y qué umbrales convierten pequeños pasos en resultados estratégicos38.
Si este diagnóstico es correcto, la principal implicación es analítica, antes que prescriptiva. La zona gris obliga a mirar menos el instrumento aislado y más la lógica que lo articula; menos el incidente puntual y más su acumulación; menos la ruptura visible y más el progresivo desdibujamiento del umbral.
Su importancia no reside solo en los efectos inmediatos de cada acción, sino en su capacidad para alterar gradualmente el cálculo del adversario, fragmentar su respuesta y reconfigurar las condiciones mismas de la escalada.
Desde esta perspectiva, la zona gris no es una periferia imprecisa del conflicto, sino una forma específica de competición estratégica, y comprenderla exige menos preguntarse dónde termina la paz y empieza la guerra que analizar cómo se manipulan los umbrales que, en teoría, deberían separarlas.
Conclusiones
La zona gris no debe entenderse como una periferia difusa de la guerra ni como una mera agregación de herramientas híbridas. Su interés estratégico reside en que constituye un régimen de escalada: una forma de confrontación que explota la ambigüedad, distribuye el riesgo, desacopla acción y autoría y transforma el cruce nítido del umbral en una erosión gradual de los puntos focales que sostienen la disuasión.
De ahí que muchas campañas en la zona gris puedan generar efectos estratégicos significativos sin necesidad de producir grandes choques iniciales. Más que imponerse en una batalla decisiva, buscan alterar progresivamente el entorno de decisión del adversario: desplazan la carga de la prueba, fragmentan la coordinación, encarecen la proporcionalidad y aprovechan el tiempo político que abre la atribución lenta.
La pregunta decisiva no es si la zona gris está simplemente por debajo de la guerra, sino cómo reconfigura la lógica de la escalada. La respuesta es clara: la fragmenta, la dosifica y la administra en beneficio del agresor, hasta convertirla en una herramienta de desgaste estratégico.
Comprenderlo no solo permite diagnosticar mejor la competencia contemporánea; permite también reconocer que, en muchos casos, el problema no es la ausencia de conflicto, sino una forma de coerción que progresa precisamente gracias a la ambigüedad, la latencia y la dificultad de respuesta.
Guillem Colom Piella
Doctor en Seguridad Internacional
Profesor asociado del IEEE
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