
08 jul 2026
IEEE. Conflictos interconectados en Asia-Pacífico y competencia sistémica
Javier Fernández Aparicio. Analista principal IEEE (CESEDEN)
El presente documento recoge las reflexiones adaptadas para Asia-Pacífico que surgieron en la mesa dedicada a los conflictos interconectados durante las II Jornadas Geopolíticas del Instituto Español de Estudios Estratégicos (La Granja, 26-28 de mayo de 2026), y son fruto del análisis y las conclusiones alcanzadas en distintas conversaciones entre Emilio de Miguel Calabia, embajador y actual cónsul general en Cantón, y el autor. Por tanto, las ideas contenidas no reflejan necesariamente el pensamiento del IEEE o del Ministerio de Defensa.
Introducción: interdependencia en Asia-Pacífico
Durante las II Jornadas de Geopolítica del Instituto Español de Estudios Estratégicos (26-28 de mayo de 2026), una mesa de debate estuvo enfocada en los conflictos interconectados presentes en la geopolítica actual y en cómo existen varias cuestiones que parecen repetirse en estos; tales son la presencia e instrumentalización de dichos conflictos por parte de las dos grandes potencias que hoy se disputan la hegemonía global —Estados Unidos y China—, su impacto entre un viejo orden liberal basado en reglas y una nueva realidad donde asistimos al arrinconamiento de estas o, al menos, al retorno de un viejo axioma de la historia desde el realismo: las relaciones internacionales son, al final, meras relaciones de poder, traumáticas en ocasiones.
Asimismo, aunque en este tecnológico siglo XXI parece que lo hemos olvidado, los imponderables de la geografía siguen siendo vitales. Mares, montañas, ríos, etc. condicionan relaciones, estructuras políticas, rutas terrestres y marítimas, áreas de actuación e influencia y, al final, también condicionan la dinámica de los conflictos1.
Todo esto —conflictos interconectados, decadencia del orden liberal basado en reglas y la mediatización de la geografía— es especialmente visible en Asia-Pacífico, sin duda el lugar enorme y complejo donde la primacía global se juega está en este tablero geopolítico. Para la actual Administración Trump, y ya anteriormente para la de Biden, se considera al Pacífico como la prioridad estratégica única y clave para Estados Unidos, como se demuestra en el cambio de nombre del Comando del Pacífico2, con China como gran rival y su contención al espacio asiático como el gran objetivo.
En Asia-Pacífico tienen lugar diversos conflictos interconectados, debates en torno a la vigencia de esas reglas internacionales —principalmente las que regulan las rutas marítimas, aunque no solo— y, por supuesto, la presencia directa o indirecta de Estados Unidos y China en cada lugar donde se dirima, mediante la imposición de la fuerza o la violencia directa, ya sea entre actores estatales o no, desde el subcontinente indio hasta Asia oriental, desde las islas del Índico y el Pacífico hasta el Sudeste Asiático.
El presente trabajo también aborda, para Asia-Pacífico, de manera singular, cuestiones que salieron a relucir en las citadas jornadas geopolíticas del pasado mes de mayo; tales son la instrumentalización de los conflictos abiertos o en ciernes por parte de las grandes potencias, fundamentalmente Estados Unidos y China, con la participación directa o indirecta de otras, como pueden ser India y Rusia; la vigencia o no de las reglas del derecho internacional, su cuestionamiento y, en última instancia, la rapidez y aceleración con que se imponen realidades por la fuerza, al margen de la legalidad.
No se trata de analizar al por menor ni la historia ni las características de estos Estados —desde las grandes potencias hasta las potencias medias o regionales—, sino de actualizar los conflictos existentes y sus implicaciones globales.
Como objeto de estudio, nos valdremos de la definición geográfica que establece la novedosa Estrategia Española para Asia-Pacífico 2026-2029, que comprende las subregiones de Asia Central, Asia Oriental, Asia Meridional, Sudeste Asiático y Oceanía3, si bien también nos hacemos eco del alcance de Indopacífico, empleado en otras estrategias, especialmente la de la Unión Europea de 2021, actualizada al 2025, que es, a la vez, más amplio, ya que comprende a Estados del Golfo y de África Oriental, pero más restrictivo, al no incluir los países de Asia Central4.
En efecto, a medio camino de ambas estrategias, analizaremos los conflictos de Asia Oriental, el Sudeste Asiático, Asia Meridional y los países insulares del Índico y el Pacífico, por este orden, y dejando aparte Asia Central o los Estados del Golfo, cuyas dinámicas no influyen tan directamente, bien en la vertiente marítima del continente, bien en la rivalidad directa de las grandes potencias en el mismo.
Asia-Pacífico es, sin duda, el terreno donde se dirime la hegemonía de las dos actuales grandes potencias, China y Estados Unidos, pero es pertinente aludir a la variedad de Estados que pueden entrar dentro de la definición de potencias, acaso regionales.
La potencia media es uno de los conceptos más discutidos de las relaciones internacionales porque no existe una definición consensuada ni una lista cerrada de países que encajen en ella. En un sentido básico, se trata de países situados entre las grandes potencias y los Estados pequeños; por lo tanto, no poseen capacidad para imponer por sí solos las reglas del sistema internacional, pero cuentan con recursos económicos, diplomáticos, militares o demográficos suficientes para influir de forma relevante en ámbitos concretos5.
Una definición más completa puede combinar posición estructural, comportamiento y credibilidad. Así, una potencia media es un Estado con capacidad suficiente para influir en asuntos regionales o globales, situado entre las grandes potencias y los actores menores, que busca ampliar su margen de maniobra mediante coaliciones, instituciones y ámbitos especializados. Pero su condición depende también de asumir los costes de esa actuación, como defender las reglas, la cooperación y cierta autonomía frente a las grandes potencias, en lugar de utilizar la etiqueta solo cuando resulta conveniente6.
En Asia-Pacífico tenemos varios ejemplos, con múltiples caminos en su política exterior y de seguridad, algunas más escoradas hacia una u otra gran potencia; otras, tratando de conseguir mayor autonomía estratégica, como Japón, Indonesia, Australia, India, Corea del Sur o Pakistán.
Conflictos interconectados en Asia Oriental
Si hay alguna subregión donde la geografía condiciona la realidad política es, sin duda, Asia Oriental. Eminentemente marítima, los principales centros económicos, demográficos e industriales se sitúan en las costas y dependen de rutas navales que conectan el Pacífico occidental con el Índico, Oriente Medio y Europa.
Por ello, mares como el de China Meridional, el de China Oriental, el estrecho de Taiwán o los pasos de Malaca y Luzón son espacios decisivos para el comercio, el suministro energético y la proyección militar, mientras que la conflictividad regional se concentra, precisamente, en islas, arrecifes y estrechos cuya dimensión territorial es reducida, pero que permiten reclamar zonas económicas exclusivas, recursos pesqueros, posibles yacimientos y control sobre vías marítimas.
Las disputas por Taiwán, las islas Senkaku/Diaoyu, las islas Paracel y las Spratly muestran que el mar no actúa como frontera, sino como espacio de competencia estratégica7.
Hasta hace poco para abordar la geopolítica de Asia Oriental era necesario referirse a un gigante, China, y a dos potencias medias, Japón y Corea del Sur. Esta caracterización ya no basta8. Es preciso incorporar en la ecuación a Corea del Norte, que ha salido en parte de su aislamiento, con su participación en la guerra de Ucrania en ayuda de Rusia y el discreto cortejo que China ha comenzado para no quedar al margen.
Finalmente, está una potencia extrarregional, Rusia, que desea aumentar su presencia en la región. La geopolítica de Asia Oriental se completa con dos conflictos, al norte y al sur del área: la península coreana y Taiwán.
Los objetivos de China en Asia Oriental son la hegemonía, expulsar a EE.UU. de la región en tanto que proveedor de seguridad y la incorporación de Taiwán. Sus principales herramientas en la búsqueda de la hegemonía son la comercial y la tecnológica.
China utiliza el acceso a su mercado como una herramienta de presión para que terceros se alineen con sus posturas. China es el principal proveedor de Japón y el segundo destino de sus exportaciones. Para Corea es su principal proveedor y destino de sus exportaciones.
Por otra parte, Japón y Corea se han vuelto dependientes de la tecnología china y de sus minerales críticos. El 60% de las tierras raras que utiliza Japón provienen de China. China le proporciona también toda una gama de productos con un gran valor añadido: ordenadores portátiles, teléfonos móviles, baterías de litio, semiconductores fotovoltaicos… En el caso de Corea, su dependencia es grande en semiconductores, baterías y tierras raras.
En lo que se refiere a la cooperación militar norteamericana con Japón, Corea y Taiwán bajo la Administración Trump, se mantiene e incluso se refuerza en el terreno tecnológico. Con Japón, se anunció el pasado mes de mayo la Operación Potenciación con Japón. La operación busca el desarrollo y la producción conjunta de misiles balísticos interceptores y de misiles aire-aire.
Con Corea, se propone intensificar la cooperación nuclear con el fin de avanzar en el desarrollo de submarinos nucleares. Es decir, que el objetivo de alejar a EE.UU. de la región en el terreno militar China no lo ha conseguido.
Finalmente, está la cuestión de Taiwán, cuya reincorporación Xi Jinping quiere que sea parte de su legado9. En los últimos años, China ha reforzado su presión sobre la isla. Ha incrementado su aislamiento internacional, de manera que ya solo lo reconocen 12 Estados, de los que la mayor parte son pequeños Estados insulares con una influencia internacional mínima.
China también ha generado tensión militar en torno a la isla, enviando aviones y buques militares a los alrededores y no respetando la línea media del estrecho de Taiwán, ni la zona de identificación de la defensa aérea. Las operaciones militares chinas responden a un patrón imprevisible, lo que hace que el desgaste que provocan sea mayor, al tiempo que socavan la percepción de soberanía.
Durante la visita de Trump a Pekin del 13 al 15 de mayo de 2026, Xi Jinping recordó a Trump la línea roja innegociable que es Taiwán. Trump, por su parte, adoptó una nueva aproximación norteamericana hacia Taiwán, que cabría caracterizar como de incipiente desvinculación.
Trump suspendió la venta de armamento a Taiwán por valor de 14.000 millones de dólares10. La principal razón aducida es la necesidad de municiones a causa de la guerra de Irán. Pero también está la intención de utilizar ese paquete como una moneda de cambio con China.
Asimismo, Trump advirtió seriamente al presidente taiwanés, Lai Ching-te, de que, en caso de que declarase la independencia, no podía contar con que EE.UU. necesariamente acudiese en su ayuda.
La respuesta taiwanesa ha sido aumentar la capacidad disuasiva de su defensa, haciendo prácticas sobre cómo repeler un ataque anfibio y desplegando sistemas de misiles norteamericanos frente al estrecho. Taiwán apuesta por su geografía como un componente esencial de su defensa.
Los 160/180 km que la separan de China continental hacen que un ataque anfibio sea extremadamente difícil. Por esto, la posibilidad de que China opte por una aproximación indirecta, y no abiertamente militar, a la cuestión taiwanesa es lo más probable.
El otro punto de conflicto en la región es la península coreana. Con Kim Jong-un, Corea del Norte ha desarrollado aún más su arsenal atómico y lo ha convertido en el eje de su gran estrategia. Corea del Norte tiene muy en cuenta lo que sucedió con Gadafi.
En 2003, Gadafi renunció a su programa de armas de destrucción masiva y su incipiente programa nuclear. Los norcoreanos estiman, seguramente con razón, que, si Gadafi hubiera dispuesto de la bomba atómica en 2011, Occidente no se habría atrevido a atacarle. Esto es, las armas nucleares pueden representar un seguro para una potencia media.
La enmienda a la Constitución de 2023 consagró el estatus de potencia nuclear del país y, en 2026, el régimen declaró que dicho estatus es definitivo e irreversible. La Constitución, además, prevé que, si el sistema de mando y control o el líder son atacados por fuerzas hostiles, Corea del Norte ejecutará un ataque nuclear automático e inmediato11.
Las relaciones entre las dos Coreas son gélidas en estos momentos. En 2023, Corea del Sur suspendió parcialmente el acuerdo intercoreano de 2018, que buscaba reducir las tensiones, como respuesta al lanzamiento por Corea del Norte, de un satélite espía.
Corea del Norte replicó retirándose por completo del acuerdo. Destruyó las carreteras y vías férreas que unían los dos países y desplegó tropas y armamento pesado a lo largo de la zona desmilitarizada.
La respuesta de Corea del Sur ha sido intensificar la cooperación militar con EE.UU., con la realización de ejercicios militares conjuntos a gran escala. Asimismo, ha reiniciado las transmisiones de propaganda con altavoces y ha reactivado las actividades militares cerca de la zona desmilitarizada.
En el frente diplomático, cabe mencionar su concertación con la UE y sus esfuerzos en la Asamblea General de Naciones Unidas para impugnar el estatuto nuclear de Corea del Norte.
En el conflicto ucraniano, las dos Coreas se encuentran en lados opuestos del tablero. Corea del Norte ha ayudado a Rusia mediante el envío de soldados, lo que ha tenido como contrapartida la asistencia rusa en tecnología militar. Corea del Sur, por su parte, ha transferido de manera indirecta proyectiles de artillería a Ucrania, enviándolos a sus aliados.
Conflictos interconectados en el Sudeste Asiático
El Sudeste Asiático está definido por una geografía de archipiélagos, penínsulas y estrechos que lo convierte en puente entre el océano Índico y el Pacífico. El estrecho de Malaca, junto con los estrechos de Sunda, Lombok y Makassar, concentra algunas de las rutas marítimas más importantes del planeta: por ellas circulan exportaciones, hidrocarburos y cadenas de suministro que conectan China, Japón y Corea del Sur con Oriente Medio, África y Europa.
Esta centralidad explica la importancia estratégica de Singapur, Indonesia, Malasia, Vietnam o Filipinas, así como la creciente presencia naval de China y Estados Unidos, entre otros. Pero, a diferencia de otras áreas, el Sudeste Asiático combina esa dimensión marítima con una proximidad terrestre inmediata a China.
Myanmar, Laos, Vietnam y, en menor medida, Tailandia y Camboya forman parte de un espacio continental donde Pekín proyecta influencia mediante fronteras, corredores ferroviarios, presas, comercio, inversiones y control de las aguas del Mekong12.
Por otro lado, el Sudeste Asiático está dominado por once potencias pequeñas y medias agrupadas en la ASEAN, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático. A nivel geopolítico, sus principales desafíos son actuar cohesionadamente, gestionar los conflictos en su vecindario y afrontar la proximidad abrumadora del gigante chino.
Los tres grandes conflictos a los que se enfrenta la ASEAN en estos momentos son, por este orden, el mar de China Meridional, la guerra civil en Myanmar y la guerra de baja intensidad entre Tailandia y Camboya:
A partir de comienzos del siglo XXI, China comenzó a mostrarse más asertiva en el mar de China Meridional, reclamando todo el espacio comprendido dentro de la línea de los nueve trazos, que representa el 80-90% de la extensión total del mar.
Con el fin de desactivar los posibles conflictos, los países de la ASEAN y China firmaron en 2002 la Declaración de Conducta en el mar de China Meridional13, que no resolvió disputas territoriales, pero estableció principios de comportamiento, como la resolución de las disputas por medios pacíficos, sin recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza; el respeto del derecho internacional y, especialmente, de la Convención de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar; la abstención de medidas que pudieran complicar o intensificar las disputas; la cooperación práctica en cuestiones tales como la protección ambiental marina o la seguridad de la navegación, y medidas de fomento de la confianza como la notificación voluntaria de la realización de ejercicios militares.
La Declaración, que no tenía fuerza vinculante, preveía también la elaboración de un Código de Conducta entre las partes, que, 24 años después, no está concluido.
La firma de la Declaración no ha impedido que China haya construido islas artificiales a partir de arrecifes existentes y que se hayan dotado de infraestructura militar. Tampoco ha impedido los casos de acoso a pesqueros no chinos (especialmente a los filipinos) ni su expulsión de la zona.
Los países de la ASEAN no han sabido construir una posición coherente sobre esta cuestión y ha faltado la solidaridad entre ellos. Sus respuestas han dependido de su posición geográfica. Por señalar algunas posiciones en concreto: Vietnam y Filipinas, los más afectados, han tratado de que la Asociación mantuviese una posición de firmeza; Tailandia y Myanmar, no afectados por la controversia, han adoptado una posición pasiva, mientras que Laos y Camboya mantenían una postura favorable a China.
Es significativo que cuando Filipinas planteó un laudo arbitral en 2013 sobre, entre otras cosas, la validez de la línea de los nueve trazos ante el Tribunal de Arbitraje —que acabaría dándole la razón en 2016—, los países de la ASEAN se inhibieron14.
La guerra civil de Myanmar: el 1 de febrero de 2021, el jefe del Ejército, el general Min Aung Hlaing, dio un golpe de Estado que puso fin a la democracia birmana. Las insurgencias étnicas en la periferia del país y el Gobierno de Unidad Nacional, coalición democrática opuesta a la junta militar, declararon inmediatamente la oposición militar al régimen.
El 21 de abril de 2021, la ASEAN formuló los cinco puntos de consenso para intentar resolver el conflicto de Myanmar15. Su objetivo era mostrar que podía gestionar por sí sola esta crisis regional. Los puntos empezaban por el cese de la violencia y la petición de la máxima moderación de las partes implicadas; establecer un diálogo constructivo para encontrar una solución pacífica al conflicto; nombrar un enviado especial de la ASEAN para facilitar la mediación y el proceso de diálogo; el envío de ayuda humanitaria a través del Centro de Coordinación para la Asistencia Humanitaria (AHA Centre), y la reunión del enviado especial con todas las partes involucradas en el conflicto.
Aunque esos cinco puntos siguen siendo el marco diplomático de la ASEAN para la resolución del conflicto, en la práctica se puede considerar que han fracasado. La junta militar nunca pensó en una solución al conflicto que no fuera la militar. La propia ASEAN estaba dividida, pues Indonesia, Malasia, Filipinas y, parcialmente, Singapur estaban contra la junta, mientras que el resto de los países la apoyaban de alguna manera.
Conviene hacer una referencia especial a Tailandia que, como país que comparte una larguísima frontera con Myanmar, se desmarcó en cierta medida e hizo la guerra por su cuenta. Su principal preocupación era la estabilidad de la frontera y, en aras de mantenerla, mantuvo en todo momento canales de comunicación abiertos con los militares birmanos16.
Cinco años después del inicio del conflicto, podemos decir que la ASEAN ha fracasado y que ahora la solución pasa por Rusia y China. Desde 2023, las insurgencias étnicas lanzaron una serie de ofensivas que les permitieron controlar el 60% del país. Fue el suministro de armas rusas lo que salvó a la junta.
La posición de China es más complicada, pues sus intereses han sido frenar los tráficos ilícitos entre Myanmar y la provincia de Yunnan, poner fin a los centros de estafas por internet que se habían establecido en la frontera con China y conseguir la interconexión de Yunnan con el puerto de Kyaukpyu en el océano Índico, lo que le ayudaría a reducir su dependencia del estrecho de Malaca.
Por tanto, China ha mantenido en todo momento una postura pragmática. Su interés no es necesariamente la supervivencia de la junta militar, sino trabajar con aquellos actores que le puedan garantizar mejor sus intereses, y, en estos momentos, parece que ese actor es la junta militar.
Tras la farsa electoral en la que se declaró triunfador Min Aung Hlaing, este recibió un importante espaldarazo de China. Del 15 al 19 de junio de 2026, visitó China, se reunió con Xi Jinping y se le dio a la visita el carácter de Estado17.
El conflicto entre Tailandia y Camboya: desde hace años hay una disputa enconada entre Tailandia y Camboya por el templo de Preah Vihear, que se encuentra en la misma frontera entre los dos países, y por el solapamiento de reivindicaciones en el golfo de Tailandia, en una zona que podría albergar importantes reservas de hidrocarburos.
La disputa actual, que se inició el 28 de mayo de 2025, se ha visto influida por la política interior tailandesa18. El 15 de junio, la primera ministra tailandesa Paetongtarn Shinawatra, mantuvo una conversación con el líder camboyano Hun Sen, en la que se mostró en exceso deferente y se permitió incluso criticar a determinados altos comandantes tailandeses. La conversación se filtró y provocó su caída tres meses después.
La ASEAN ha jugado un papel positivo en este conflicto. Su presidencia rotatoria mantuvo contactos con ambas partes para favorecer el diálogo directo. Asimismo, alentó el mantenimiento del alto el fuego de diciembre de 2025.
Teniendo en cuenta que la ASEAN dispone, sobre el papel, de muchas más herramientas, que no empleó, y que tanto Tailandia como Camboya, en última instancia, estaban interesadas en encapsular el conflicto, la intervención de la ASEAN solo puede calificarse, hasta el momento, como moderadamente decepcionante.
Conflictos interconectados del sur de Asia
El sur de Asia, más concretamente el subcontinente indio, presenta una geografía que determina su devenir. Al norte, el Himalaya actúa como gran barrera física frente a Asia Central y China, aunque no elimina la competencia de sus pasos, valles y zonas fronterizas —desde Ladakh hasta Arunachal Pradesh—, que siguen siendo espacios de fricción entre India y China.
Hacia el sur, en cambio, India se abre plenamente al océano Índico, cuya posición central le permite vigilar rutas esenciales entre el golfo Pérsico, África Oriental, el Sudeste Asiático y el estrecho de Malaca.
Esta combinación convierte al subcontinente en una región relativamente aislada por tierra, pero muy conectada por mar. Pakistán, Bangladés, Sri Lanka, Nepal, Bután o Maldivas forman parte de un entorno directamente condicionado por la posición central de India.
La interdependencia regional es especialmente visible en el agua. Los grandes sistemas fluviales —Indo, Ganges y Brahmaputra— nacen en el Himalaya y atraviesan fronteras, haciendo que presas, caudales, inundaciones o sequías tengan consecuencias políticas inmediatas. Un ejemplo es la crisis entre India y Pakistán, con la suspensión india del Tratado de las Aguas del Indo; pero el dominio chino de las cabezas de los ríos que desembocan en el Índico o el mar de Bengala también es motivo de preocupación y conflicto para la propia India y otros países como Bangladés19.
En mayo de 2025, aunque derivada de la situación en Cachemira y del atentado de Pahalgam por parte de un grupo terrorista yihadista, al que India acusa de estar respaldado por Pakistán, estalló un conflicto de cuatro días entre ambos países, potencias nucleares, que supuso un giro en cuanto a las relaciones internacionales y su posición en el concierto del orden mundial.
India, dentro de su política de no alineamiento y multilateralidad, aunque cada vez más orientada a defender en su política exterior ese imperativo que le permite jugar a varias bandas si es en beneficio del país, parece estar inmersa en un proceso de incertidumbre y cierta tensión respecto a los países vecinos, al tiempo que también oscila entre potencias tradicionalmente aliadas o enemigas, como son Estados Unidos, Rusia y China.
Por contra, Pakistán, que hace apenas dos años parecía un país con graves problemas internos, económicos, sociales y políticos —sin que hayan desaparecido—, se postula como una potencia musulmana proveedora de seguridad y cercana a Washington, aunque, paradójicamente, China siga siendo su gran sostén.
El episodio bélico se percibió menos como un intercambio de fuego y más como una prueba breve e intensa de la adaptación de ambos ejércitos a un campo de batalla más complejo y en múltiples dominios, combinando capacidades aéreas, terrestres, marítimas y de inteligencia.
Como en otros conflictos recientes, los sistemas no tripulados tuvieron un papel destacado, así como el uso de tecnologías cibernéticas y de información, en especial por parte de Pakistán. De hecho, la guerra supuso la consolidación de un poder cada vez más concentrado del Ejército paquistaní sobre el Estado, en especial a través de la figura del mariscal Asim Munir, así como la evidencia de la validez de equipamientos y vehículos de origen chino en el terreno de la guerra20.
Meses después del final del conflicto, Pakistán creó un nuevo Mando de Fuerzas de Cohetes del Ejército (ARFC), imitando a China, que creó la Fuerza de Cohetes del Ejército Popular de Liberación en 2016.
En paralelo, India ha acelerado programas de desarrollo y adquisición para mejorar esas capacidades, incluyendo el sistema ruso de misiles superficie-aire S-400 y sistemas de defensa aérea y de misiles.
Equipos de defensa aérea importados de China, como los SAM Hong Qi (HQ)-7, HQ-9 y HQ-16 o el sistema antimisiles HQ-19, diseñado para contrarrestar misiles balísticos a un alcance de hasta 3.000 km fueron muy eficaces frente al mayor abanico indio, con materiales francés, estadounidense y ruso, de difícil complementariedad; por no hablar de las operaciones de observación paquistaníes, apoyadas por satélites también chinos.
Además, mientras las operaciones indias realizadas durante la llamada Operación Sindoor presentaron iniciativas convencionales de hacer la guerra, como bombardeos de precisión y la anulación de la defensa antiaérea, Pakistán respondió reforzando un enfoque asimétrico, incluida la guerra electrónica, los ataques de precisión de largo alcance y la inversión continuada en sistemas de bajo coste y alto impacto, como municiones merodeadoras y pequeños UAV.
La situación sigue siendo muy tensa y ambos países parecen prepararse para futuros enfrentamientos; para el ejercicio 2026-2027 anunciaron grandes subidas de sus respectivos presupuestos de defensa21.
Para India, este enfrentamiento supuso otra decepción, como fue la escasa implicación de Estados Unidos, que, desde el principio, hizo llamamientos para cerrar el conflicto y negoció un acuerdo de alto el fuego, anunciado por el presidente Trump. Dicha mediación fue reconocida por el Gobierno de Pakistán, pero no así por el de Nueva Delhi.
Al poco, se impusieron aranceles a India por parte de la Administración estadounidense, cifrados en un 50% incluido el recargo por la compra de crudo a Rusia. Esto llevó a un inicial acercamiento de India hacia Rusia y China, explicitado en la asistencia de Modi a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái y a la firma de una declaración común donde se apostaba por un orden multilateral, al tiempo que se condenaba el apoyo al terrorismo por parte de algunos países, una supuesta alusión a Pakistán22.
La relación entre India y Estados Unidos es demasiado compleja para romperse y ambos países comparten su interés en limitar la influencia china en la región, pero presenta altibajos. A la reacción de Trump de rebajar los aranceles, no por casualidad una semana después de anunciarse la firma del Tratado de Libre Comercio India-UE23, ha seguido otro enfriamiento y una crisis más reciente con la muerte de marineros indios en los bombardeos estadounidenses durante la crisis de Ormuz24.
India rechaza convertirse en un aliado subordinado y quiere mantener su tradición de autonomía estratégica.
Por su parte, Pakistán ha visto como ha recuperado una relevancia exterior que había perdido hace una década. Su papel actual como mediador entre Estados Unidos e Irán, incluyendo la presidencia de la firma del acuerdo en Ginebra, proyecta sobre todo al mariscal Asim Munir como un interlocutor privilegiado en la región para Washington25.
Este resurgimiento incluye un acuerdo de explotación de yacimientos de tierras raras paquistaníes por corporaciones estadounidenses y el desbloqueo de las ayudas del FMI, por valor de unos 4.500 millones de dólares en préstamos, antes congelados ante la posibilidad de ser utilizados para pagar proyectos y deudas contraídas con China.
Sin embargo, sería exagerado hablar de una recuperación estructural, pues Pakistán sigue siendo un Estado frágil, con una política interna dominada cada vez más por el peso del Ejército, que limita la legitimidad civil; el terrorismo que sigue manteniendo una presión constante, especialmente en las provincias de Khyber Pakhtunkhwa y Baluchistán —lo que incluso pone en peligro las infraestructuras y rutas ligadas a China—; y, sobre todo, una guerra abierta en la frontera afgana contra el régimen talibán, al que Islamabad acusa de amparar a la insurgencia talibán en Pakistán.
E incluso se abre otro frente con graves protestas, saldadas con fallecidos, en la Cachemira paquistaní26.
Para ampliar el foco del sur de Asia, Bangladés, Sri Lanka y Nepal se han convertido en otros tantos escenarios de la rivalidad entre India y China. En los tres casos, la competencia no adopta necesariamente la forma de una confrontación directa, sino que se expresa mediante inversiones, infraestructuras, crédito, conectividad, apoyo político y capacidad de influencia sobre gobiernos sometidos a una fuerte presión interna.
En Nepal, la revolución juvenil de 2025 y las elecciones de marzo de 2026 dieron una amplia mayoría al nuevo partido Rastriya Swatantra de Balen Shah, que defiende una política de equilibrio, algo difícil en un país que depende económica y geográficamente de India, sumado a la creciente oferta china de infraestructuras, comercio y conectividad.
Lo mismo ocurre en Bangladés, donde la caída de Sheikh Hasina en 2024 y las elecciones de febrero de 2026 han modificado profundamente el tablero. La victoria del BNP de Tarique Rahman cerró una etapa de fuerte concentración de poder y de estrecha relación personal entre Hasina y Nueva Delhi, al tiempo que se produce un ascenso de fuerzas islamistas no precisamente favorable a una India en manos del Gobierno hindutva de Modi.
Por ello, para China, este nuevo contexto ofrece una oportunidad para ampliar su presencia económica, especialmente mediante proyectos de infraestructuras e inversión en torno al río Teesta y Chittagong.
Por último, Sri Lanka representa, quizás, el caso más visible de rivalidad geoeconómica. La crisis financiera de 2022 dejó al país extremadamente dependiente de ayuda exterior y convirtió sus puertos, deuda e infraestructuras en asuntos estratégicos, donde China mantiene una posición relevante por su presencia en Hambantota y Colombo, además de su papel como acreedor e inversor, por encima de India.
Conflictos interconectados en los océanos
A nivel geográfico, los países insulares del Índico y del Pacífico combinan una gran vulnerabilidad interna con una gran relevancia estratégica. El cambio climático constituye su principal condicionante, con la subida del nivel del mar, la erosión costera, la salinización de acuíferos, los ciclones y la destrucción de infraestructuras que amenazan la habitabilidad misma de Estados como Maldivas, Kiribati, Tuvalu o las Islas Marshall27.
Al mismo tiempo, su posición sobre rutas marítimas y zonas económicas exclusivas les otorga un valor geopolítico superior a su tamaño. Maldivas se sitúa junto a las comunicaciones navales del Índico, y los archipiélagos del Pacífico permiten vigilar corredores entre Australia, Hawái, Asia Oriental y la costa americana. Sus aguas concentran recursos pesqueros, algunos minerales críticos submarinos y una extensa red de cables de telecomunicaciones.
Así, la rivalidad entre China y Estados Unidos en el Índico y Oceanía no adopta la forma de dos bloques cerrados, sino la de una competencia por infraestructuras, recursos, presencia marítima y capacidad de ofrecer soluciones a problemas locales.
Las Maldivas, situadas junto a rutas esenciales entre el golfo Pérsico y Asia Oriental, han evidenciado esta competencia en su propia política interna. Las elecciones y la llegada al poder de Mohamed Muizzu se interpretaron como un giro hacia China frente a la anterior cercanía con India. Su campaña, marcada por el lema India Out, reflejó el rechazo a la presencia militar y técnica india, mientras China reforzaba su oferta de créditos, infraestructuras y cooperación económica28.
Algo parecido ocurre en las Islas Salomón, en el espacio del Pacífico. Las elecciones de 2024 estuvieron atravesadas por el debate sobre la relación con China, después de que el Gobierno de Manasseh Sogavare firmara un acuerdo de seguridad en 2022, lo que despertó la preocupación de Australia, Estados Unidos y sus socios, ante la posibilidad de una presencia china en un archipiélago situado cerca de las rutas entre Australia y el Pacífico occidental29.
Hoy, la rivalidad no se reduce a evitar una hipotética base militar. Lo decisivo es impedir la dependencia de China en forma de créditos, proyectos de infraestructura y tecnología, antesala de una influencia política total. India, Australia y Estados Unidos responden con cooperación marítima, ayuda al desarrollo, vigilancia, conectividad y financiación alternativa a través de varios mecanismos.
Estados Unidos conserva importantes activos políticos en la región, como Micronesia, Palaos, las Islas Marshall, Nauru o Tuvalu, que han mantenido con frecuencia posiciones próximas a Washington e Israel en Naciones Unidas. En una votación de junio de 2025 sobre Gaza, siete de los doce votos negativos procedieron de estos Estados insulares del Pacífico. Estos vínculos incluyen acuerdos de libre asociación, ayuda financiera y cierta presencia militar.
Otra herramienta es la cooperación, por ejemplo, a través del Diálogo Cuadrilateral, el QUAD. La última reunión de ministros de Exteriores de los países integrantes —Australia, Estados Unidos, India y Japón—, celebrada en Nueva Delhi el 26 de mayo pasado, reforzó las iniciativas sobre seguridad marítima, minerales críticos, energía, infraestructuras portuarias y vigilancia del espacio marítimo.
El objetivo real no parece ser convertir el grupo en una «OTAN asiática», algo difícil por la autonomía estratégica india y las distintas prioridades nacionales, sino construir alternativas económicas y tecnológicas frente a la centralidad china30.
Australia constituye el principal eslabón militar de esta arquitectura subregional. Depende de China como socio comercial fundamental, pero su seguridad está ligada a Estados Unidos, lo que simboliza en su pertenencia al AUKUS, no sin cierta contradicción con los obstáculos al objetivo de Canberra de disponer de submarinos de propulsión nuclear, algo que afronta problemas de costes, capacidad industrial y disponibilidad de submarinos estadounidenses y británicos.
La revisión norteamericana de 2025 reafirmó el compromiso político, aunque no eliminó los riesgos de ejecución; pero en 2026 han aumentado las dudas sobre los calendarios y la producción naval31.
Conclusión y prospectiva
A modo de cierre y prospectiva, el Asia-Pacífico se consolida como el principal espacio donde se dirimirá la distribución del poder global en las próximas décadas. No porque todos sus conflictos respondan a una única lógica ni porque los Estados de la región se agrupen en bloques homogéneos, sino porque en ellos convergen la rivalidad entre Estados Unidos y China, la erosión del orden internacional basado en reglas, la creciente autonomía de las potencias medias y la persistencia de unos condicionantes geográficos que siguen imponiendo límites u oportunidades a la política exterior.
El mar constituye el gran elemento integrador de estas dinámicas. Desde el estrecho de Malaca hasta Taiwán, desde Hambantota hasta las Islas Salomón, las rutas comerciales, los puertos, los cables submarinos, las zonas económicas exclusivas y los corredores energéticos se han convertido en instrumentos de poder. La competencia ya no se desarrolla exclusivamente mediante bases militares, flotas o alianzas formales, sino también a través de deuda, infraestructuras, tecnología, minerales críticos, conectividad digital y ayuda climática.
Ello explica que Estados pequeños y aparentemente periféricos, como Maldivas o los archipiélagos del Pacífico, posean una importancia estratégica muy superior a sus capacidades materiales, así como que organizaciones como la ASEAN tengan tantas dificultades para alcanzar acuerdos que satisfagan a todos sus Estados miembros.
Por el momento, la perspectiva no parece pasar por una guerra generalizada e inmediata entre Estados Unidos y China, sino por la de una competencia prolongada, desigual y fragmentada, en la que el resultado dependerá de qué país sea más resiliente.
Taiwán seguirá siendo el principal foco de riesgo, pues combina soberanía, identidad, disuasión militar y prestigio político tanto para Pekín como para Washington. Sin embargo, los escenarios de conflicto más frecuentes serán las crisis limitadas, la coerción económica, las operaciones de presión marítima, la competencia tecnológica y el empleo indirecto de actores locales respaldados por diferentes potencias.
Como ejemplos, los conflictos de la península coreana, el mar de China Meridional, Myanmar, la frontera indo-pakistaní o Afganistán, que no son compartimentos estancos, sino que se alimentan mediante flujos de alianzas cambiantes, rivalidades históricas y disputas por rutas y recursos.
En ningún área como Asia-Pacífico, las potencias medias desempeñarán un papel decisivo, aunque ambiguo. India, Japón, Australia, Indonesia, Corea del Sur o Pakistán no pueden determinar por sí solas el orden regional, pero sí condicionar su evolución.
Su comportamiento dependerá menos de discursos sobre multilateralismo que de su capacidad para combinar autonomía estratégica, cooperación selectiva y credibilidad. India seguirá evitando una subordinación plena a Estados Unidos, incluso mientras coopera con Washington frente a China; Pakistán intentará recuperar centralidad de la mano estadounidense, pero sin reducir su dependencia de Pekín; y la ASEAN continuará siendo necesaria como foro regional, pero limitada por sus citadas divisiones internas.
La gran incógnita será la capacidad de las instituciones y normas internacionales para contener esa conflictividad, sobre todo en los ámbitos marítimos y fronterizos. Las reglas marítimas, los mecanismos de gestión de aguas compartidas, los acuerdos de control de crisis y las organizaciones regionales pueden ser esenciales para evitar que incidentes locales escalen hacia enfrentamientos mayores y con implicaciones para terceros países o grandes potencias.
En definitiva, el futuro del Asia-Pacífico dependerá del equilibrio entre la actual rivalidad entre China y Estados Unidos y la cooperación de los países que lo conforman. Su geografía delimitará los espacios donde el conflicto pueda surgir y propagarse, tanto en el mar como en el interior.
Además, en un entorno de creciente militarización, vulnerabilidad climática y competencia total por la hegemonía, preservar las rutas abiertas —como hemos visto en la crisis del estrecho de Ormuz—, así como establecer mecanismos de diálogo que realmente funcionen, pero respetando los márgenes de autonomía para los Estados, serán condiciones básicas para evitar que la región se convierta en el principal detonante de una crisis global.
Javier Fernández Aparicio
Analista principal IEEE
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Conflictos interconectados en Asia-Pacífico y competencia sistémica (0,32 MB)
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Interconnected Conflicts in the Asia-Pacific and Systemic Competition (0,27 MB)
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