IEEE. Ankara 2026: cuando la fortaleza militar no garantiza la cohesión política

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13 jul 2026

IEEE. Ankara 2026: cuando la fortaleza militar no garantiza la cohesión política

General de Brigada Victor Mario Bados Nieto. Director del IEEE (CESEDEN)

La Cumbre de Ankara de la OTAN, celebrada el 7 y 8 de julio de 2026, no ha sido una cumbre más. Ha confirmado que la Alianza Atlántica atraviesa una de las fases más delicadas de su historia reciente en un momento en que se rinde más necesaria que nunca militarmente, pero también más tensionada políticamente por la transformación del liderazgo estadounidense y por el deterioro del entorno estratégico global.

En un análisis a la declaración final se reafirma el compromiso “inquebrantable” con el artículo 5 del Tratado de Washington, el principio según el cual un ataque contra un aliado será considerado un ataque contra todos. Pero, tras esa fórmula clásica de unidad, subyace la realidad más compleja de una OTAN que sigue siendo indispensable, pero el vínculo transatlántico ya no descansa sobre la misma confianza política que sostuvo a la Alianza durante buena parte de la Guerra Fría y de la posguerra fría.

El primer gran mensaje de Ankara ha sido presupuestario e industrial. Los aliados han manifestado su satisfacción por haber cumplido el compromiso de defensa del 2% - que ya había sido acordado en Gales sin éxito en 2014, pero aún lejos del fijado en La Haya del 5%. Igualmente se apuesta por un incremento sustancial de las inversiones europeas y canadienses en defensa. Así la declaración manifiesta que en 2025 los aliados europeos y Canadá aumentaron sus inversiones en necesidades básicas de defensa en más de 139.000 millones de dólares. A ello se añade el anuncio de más de 50.000 millones de dólares en nuevas adquisiciones, junto con el compromiso de ampliar la capacidad de fabricación colectiva, acelerar la innovación y trabajar con la industria para reforzar la base tecnológica e industrial de defensa. Se ha informado igualmente de acuerdos vinculados a aeronaves de alerta temprana, misiles, drones, capacidades de transporte estratégico, aviones cisterna y comunicaciones seguras de la OTAN.

Este esfuerzo no debe interpretarse únicamente como una concesión política a Washington. Es, ante todo, una necesidad operativa. La guerra de Ucrania puso de manifiesto que Europa carecía de reservas suficientes, de ciertas capacidades militares críticas, así como de la suficiente profundidad logística y de autonomía industrial para afrontar un conflicto de alta intensidad prolongado. En este contexto el viejo debate sobre el burden sharing ha mutado en algo más duro en el que Washington exige que Europa asuma una porción mucho mayor de su propia defensa. Lo que antes se expresaba como una crítica recurrente a la insuficiencia del gasto europeo se formula ahora como una presión explícita, transaccional y, en ocasiones, profundamente incómoda. La OTAN, que durante décadas se presentó como una asociación de iguales, se desliza hacia una relación más asimétrica, donde Estados Unidos actúa no solo como el aliado principal, sino como el actor que fija el precio político de su protección. La Alianza sigue siendo multilateral en su forma, pero cada vez resulta más evidente que su equilibrio interno responde a una lógica de primus inter pares.

Pese a ello, Ankara ha querido proyectar firmeza. La declaración insiste en el compromiso con una defensa euroatlántica robusta, con un enfoque de 360 grados y con una disuasión sustentada en la combinación adecuada de capacidades nucleares, convencionales, antimisiles, espaciales y cibernéticas. La OTAN se presenta de este modo como una Alianza modernizada, capaz de integrar nuevas tecnologías y de preservar su ventaja militar en un entorno marcado por la competencia estratégica, las amenazas híbridas, la inestabilidad regional y afrontar el retorno de la guerra de alta intensidad al continente europeo.

En este contexto, Ucrania ocupa un lugar central. La declaración afirma que Ucrania contribuye a la seguridad transatlántica y que los aliados mantendrán su apoyo a la defensa de su libertad, soberanía e integridad territorial. Para 2026, los aliados se comprometen a aportar 70.000 millones de euros en equipamiento militar, asistencia y formación, y reafirman su compromiso soberano de mantener niveles al menos equivalentes en 2027. Reuters ha confirmado que la declaración de Ankara recoge ese compromiso de 70.000 millones de euros, aunque también ha señalado que algunos aliados, como la República Checa, han anunciado que no participarán en ese paquete en los mismos términos.

El apoyo a Ucrania expresa una determinación política clara, pero también plantea un dilema estratégico de enorme calado. De iure, Ucrania no forma parte de la OTAN y, por tanto, no está cubierta por el artículo 5. De facto, sin embargo, la Alianza la sostiene mediante un volumen de asistencia militar, inteligencia, formación, financiación, armamento y respaldo político que la aproxima a una situación de protección reforzada. No es un artículo 5 pleno, pero sí una suerte de “artículo 5 minorado” que sin otorgar garantías automáticas de defensa colectiva, sí ofrece a Ucrania una profundidad de apoyo occidental que condiciona decisivamente el curso de la guerra.

Esta ambigüedad puede ser útil para la OTAN, porque permite ayudar a Ucrania sin formalizar su entrada en la Alianza. Pero también puede ser leída por Rusia como una escalada progresiva dentro del dilema de seguridad. Moscú puede interpretar que, aunque Ucrania no sea miembro, la OTAN actúa cada vez más como si su supervivencia estratégica estuviera ligada directamente al resultado de la guerra. Esa percepción aumenta el riesgo de respuestas rusas mas contundentes en el espectro gris tales como sabotajes, ciberataques, interferencias, operaciones de desinformación, presión sobre infraestructuras críticas, acciones encubiertas o provocaciones calculadas contra aliados vulnerables. Tampoco puede descartarse que determinados sectores del pensamiento estratégico ruso sigan empujando hacia una retórica nuclear cada vez más agresiva.

En este punto resulta especialmente relevante la figura de Sergei Karaganov. En junio de 2023 defendió abiertamente la posibilidad de que Rusia empleara armas nucleares contra países europeos miembros de la OTAN para quebrar la voluntad occidental de continuar apoyando a Ucrania. Su argumento incluía la idea de golpear objetivos en varios países para “hacer entrar en razón” a quienes, a su juicio, habían perdido el sentido de la realidad. Aunque Putin rechazó públicamente este tipo de propuestas en aquel momento, la existencia de ese debate en círculos próximos al poder ruso muestra hasta qué punto la guerra de Ucrania ha erosionado los límites tradicionales de la disuasión nuclear.

La declaración de Ankara incorpora además una referencia significativa a Irán. Los aliados reiteran que Irán nunca debe poseer un arma nuclear e instan a Teherán a respetar plenamente la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. La formulación puede parecer prudente, pero no es menor. Al vincular proliferación nuclear y libertad de navegación en una zona crítica para el suministro energético global, la OTAN deja entreabierta una puerta política para justificar futuras medidas de presión o incluso una eventual respuesta colectiva si se produjera una crisis mayor. Ahora bien, desde el punto de vista jurídico, cualquier intervención militar que no respondiera a legítima defensa inmediata exigiría una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para ser plenamente legal. Y esa autorización se antoja prácticamente imposible, dada la previsibilidad del veto ruso o chino. La tensión entre necesidad estratégica, legalidad internacional y bloqueo institucional vuelve así a situarse en el centro de la seguridad euroatlántica.

Pero quizá el elemento más inquietante de Ankara no esté solo en la declaración oficial, sino en el ruido político que la ha acompañado. La actitud de Donald Trump hacia algunos aliados ha vuelto a mostrar un estilo de presión que muchos europeos perciben más cercano al matonismo y al bullying que a la diplomacia entre socios. Durante la cumbre, Trump volvió a criticar duramente a varios aliados, reabrió el asunto de Groenlandia y dirigió ataques especialmente duros contra España, a la que calificó como un socio problemático en el contexto del reparto de cargas. Que Washington pueda exigir más gasto en defensa es comprensible; que lo haga mediante humillaciones públicas, insinuaciones territoriales o amenazas económicas erosiona la confianza política que sostiene la Alianza. Un aliado puede reclamar responsabilidad. Lo que no debería hacer es tratar a sus socios como subordinados estratégicos.

Este es el gran contraste de Ankara. Por un lado, la OTAN sale reforzada en términos materiales por el incremento en el gasto, más industria, más capacidades, más apoyo a Ucrania y una declaración firme sobre la defensa colectiva. Pero por otro, sale debilitada en términos políticos, porque el vínculo transatlántico ya no se percibe como una comunidad estratégica entre iguales, sino como una relación cada vez más condicionada por la voluntad del actor dominante. La Alianza continúa siendo el pilar esencial de la seguridad occidental, pero su cohesión interna depende cada vez más de la capacidad europea para asumir responsabilidades propias sin romper el puente con Estados Unidos.

La OTAN está demostrando una vez más su extraordinaria capacidad de adaptación. Sobrevivió al final de la Guerra Fría, se transformó durante las operaciones de gestión de crisis, regresó a la defensa colectiva tras la anexión de Crimea y se ha rearmado tras la invasión rusa de Ucrania. Ankara confirma esa lógica darwiniana de que no sobreviven los más fuertes, sino aquellos que mejor se adaptan al entorno. Sin embargo, la adaptación no garantiza por sí sola la confianza. La Alianza puede modernizar sus capacidades, incrementar sus presupuestos y reforzar su disuasión, pero si el vínculo político que une a sus miembros se deteriora, la arquitectura estratégica resultante será más frágil. Y su credibilidad disuasoria se resentirá.

En definitiva, Ankara no cierra la crisis de la OTAN si no que la gestiona en estado criogenizado. La Alianza sigue siendo imprescindible, pero ha dejado de ser cómoda. Sigue siendo poderosa, pero ya no está exenta de fracturas. Sigue siendo la principal garantía de la seguridad euroatlántica, pero su equilibrio interno se ha desplazado desde una asociación de equal inter pares hacia una estructura dominada por un primus inter pares cada vez más exigente y menos previsible. La OTAN continúa viva, adaptada y operativamente más fuerte. Pero el vínculo transatlántico sigue continúa soportando excesivas presiones políticas. Como toda gran alianza, la OTAN puede sobrevivir a las amenazas exteriores. Sin embargo, lo que ninguna alianza supera indefinidamente es la erosión de la confianza entre quienes la integran. Porque la disuasión se construye con capacidades militares, pero la credibilidad estratégica solo descansa sobre la confianza política, pues como dijo Dwight D. Eisenhower, "solo nuestra unidad puede disuadir la agresión".

General de Brigada Victor Mario Bados Nieto
Director del IEEE

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

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    • Ankara 2026: when the military strength is not guarantee of political cohesion (0,17 MB)