
13 oct 2026
IEEE. La turbulenta gobernanza en el Cuerno de África: fragmentación de los proyectos de Estado
Daniel Maldonado Rodríguez. Analista de seguridad y conflictos internacionales
La memoria de la tierra y la construcción del espacio en el Cuerno de África
El Cuerno de África ampliado es una región situada en África del Este, conformada por: Etiopía, Eritrea, Yibuti y Somalia, y sus vecinos, Sudán, Sudán del Sur, Kenia y Uganda. Todos ellos pisan la misma tierra y construyen el mismo espacio. El espacio, a diferencia de la tierra, es un producto social que no está simplemente «ahí» como un recipiente neutral esperando a ser llenado; es un medio dinámico de control construido por los seres humanos y, por tanto, de dominación y poder (Herner, 2009). En el espacio del Cuerno, los Estados comparten valores sociales y culturales que emanan de una tradición de siglos de interrelaciones, prácticas religiosas comunes y vínculos económicos, y sus destinos políticos siempre han estado estrechamente entrelazados con los de sus vecinos (Sharamo y Mesfin, 2011).
La historia de gobernanza de esta región es una lucha por el poder y allí donde hay poder vive la resistencia. La lógica del espacio en el Cuerno funciona «como una constelación de estrellas visibles que rotan en torno a un poderoso pero invisible agujero negro, en el que la política formal de las fronteras, los Estados soberanos, las instituciones y los presupuestos oficiales funcionan únicamente dentro del campo gravitacional de la informal disputa por el poder» (De Waal, 2014: 220). El poder no es un resultado, sino una constante discusión, y su búsqueda desemboca directamente contra una pared. Mientras la tierra se labra, el espacio se disputa.
Hoy en día, el Cuerno de África es uno de los rincones más conflictivos y peor gobernados del mundo. La región es testigo de «guerras interestatales y civiles, guerras convencionales e irregulares llevadas a cabo por yihadistas, intervenciones militares y piratería marítima, masacres genocidas y levantamientos populares no violentos» (De Waal, 2014: 36). Esta conflictividad es porosa como una injera1,puesto que ocurre dentro unas fronteras, o detrás de unos barrotes, que no son lo suficientemente fuertes como para contener la violencia. Al fin y al cabo, esta es «un espacio de anomia que tiende a escapar a cuantas limitaciones y constreñimientos se le impongan a su desarrollo» (Aznar, 2011: 1).
Este sistema interconectado de crisis se alimenta a sí mismo y tiene como punto de fuga la incapacidad de gobernanza efectiva. Esta región es un complejo regional de seguridad (CRS) (Buzan, 1983); es decir, «un conjunto de Estados en el que sus preocupaciones primarias están tan vinculadas entre sí que sus seguridades nacionales no pueden considerarse de manera realista separadas unas de otras» (Buzan en Sharamo y Mesfin, 2011: 3). Los conflictos en marcha en Sudán, Somalia y Etiopía ejercen una importante influencia desestabilizadora en las regiones inmediatas de Oriente Medio y el norte de África (MENA). Además, dada su posición estratégica en el mar Rojo y su influencia sobre el comercio internacional, las consecuencias son exportadas más allá de su vecindario, impactando en el distrito mundial.
El historial de gobernanza en el Cuerno de África
En la tierra se infusiona la información de la historia a través de las raíces del tiempo. Su memoria es excepcional, puesto que las huellas que la pisan y las manos que la trabajan impregnan naturalmente su código genético. Excavando una tierra compostada por las civilizaciones que viven y han vivido en el Cuerno, podremos cosechar las razones de esta enquistada violencia en el espacio. Los orígenes de la inestabilidad se remontan a su experiencia única durante la era colonial, y en particular a demarcación de fronteras y la mala gestión de las transiciones políticas hacia el autogobierno (Aljambra en Mohamud, 2023). A partir de esta puntada, el antropólogo Alex de Waal (2015) utiliza una clasificación dividida en un prólogo y tres actos, que encierra una cruenta historia por el dominio regional.
Periodo colonial: un prólogo
Un mapa es un espejo de la actualidad en el que se proyecta su pasado. La distribución del espacio es un diálogo, o un reproche, en el que sus límites se encuentran bajo constante discusión. Las líneas trazadas crean espacios compartimentados, territorios, que esconden dentro de sí las muescas del ejercicio del poder. Sus bordes institucionalizados —es decir, las fronteras— son las cicatrices de la historia. Las fronteras tienen una naturaleza dinámica y cumplen diferentes propósitos para quienes las dibujan y para quienes viven en ellas (Mohamud, 2023), reflejando en el papel los pasillos mentales de sus arquitectos. La cartografía es, por tanto, una tecnología de poder creadora de mapas capaces de moldear la imaginación, así como las condiciones que hacen posible el gobierno y la dominación (Gülşah y Dos Reis, 2023: 146-170). El continente africano y el Cuerno son un ejemplo paradigmático de estrangulamiento cartográfico.
En 1869, el continente europeo y asiático se dieron la mano a través del canal de Suez, abrillantando el estrecho de Bab el-Mandeb. A partir de entonces, los barcos mercantes podían cruzar directamente del mar Rojo al mar Mediterráneo, reduciendo la distancia entre los puertos asiáticos y los europeos hasta en dos tercios (Mohamud, 2023). Esta zona empezó a ser de gran interés para quienes pretendían llenarse los bolsillos con estas rutas marítimas. Entre 1884 y 1904, las potencias coloniales delimitaron con una radial las fronteras de un continente en el que ya existían zonas o pasos fronterizos, que funcionaban como barreras entre reinos. Este nuevo trazado, que desconocía los espacios culturales, modificó por completo la función de las fronteras, afectando a las economías locales (Okumu en Mohamud, 2023).
En las vísperas del periodo colonial, la región era un mosaico de poderes cristianos, islámicos y animistas. El Imperio abisinio, actual Etiopía, era la gran potencia regional y, entre 1855 y 1898, llevó a cabo un importante proceso de centralización del poder y unificación política, fortaleciendo su centro de gravedad. Gracias a ello, el 1 de marzo de 1896, los etíopes vencieron al ejército italiano en la batalla de Adua, zafándose de la amenaza colonial y asegurando su porción del pastel en la región.
En pleno auge colonial el mosaico se volvía a reconfigurar fragmentando la península somalí en cuatro trozos: Italia tomó la parte más grande, incluyendo Mogadiscio en el lado del océano Índico; Gran Bretaña tomó un pedazo para su colonia en Kenia y conformó la Somalilandia británica, frente a Adén; Francia se quedó con el puerto de Yibuti y su entorno inmediato, y Etiopía adquirió lo que pasó a conocerse como el Ogadén (De Waal, 2014). Esta reconfiguración del poder removió las entrañas políticas de la región, provocando nuevas dinámicas de dominación.
Periodo de la Guerra Fría: primer acto
En 1935, el régimen fascista italiano de Benito Mussolini, con el apoyo de las tropas askaris2, invadió Etiopía y la ocupó temporalmente. Pronto, los etíopes y británicos la recuperarían en 1941, estableciendo a Haile Selassie I como su nuevo Negusa Nagast3. Etiopía volvía a coexistir con unos vecinos coloniales que ya preparaban las maletas para su mudanza. En los años sesenta, una oleada de independencias barrió el Cuerno dentro de un proceso de descolonización generalizada africana, unificando Estados soberanos fragmentados en grietas económicas, sociales y militares: Sudán en 1956, Somalia en 1960, Uganda en 1962, Kenia en 1963 y, más adelante, Yibuti en 1977. Somalia fue el único país que no reconoció las fronteras heredadas de la descolonización, despertando instantáneamente un sentimiento irredentista pansomalí, pactando con la Unión Soviética (URSS) y provocando la guerra de Shifta (1963-1967) con Kenia y, más adelante, la guerra de Ogadén (1977-1978) con Etiopía (Arconada, 2021).
Estos vidriosos Estados habían heredado economías débiles, fronteras artificiales, conflictos sociales, ejércitos desorganizados e instituciones incompletas. Su debilidad y su posición geoestratégica los enfrascaron en la Guerra Fría, transformando el Cuerno en un campo de batalla por delegación entre la URSS y Estados Unidos (EE. UU.), mezclando la lógica de bloques con los problemas endémicos heredados de la colonización. Ambos contendientes exigían lealtad ideológica a cambio de grandes cantidades de armamento, asesores militares, ayuda y entrenamiento, e incluso fuerzas de combate extranjeras, impulsando una escalada dramática en la intensidad de los combates y en el número de víctimas (Mohamud, 2023). Los regímenes de la región eran pragmáticos y cambiaban de bando como el viento cambia de dirección.
En cuanto sopló la borrasca de las crisis económicas a finales de los años setenta, los Estados se rompieron en miles de fragmentos punzantes. Las crisis internacionales redujeron notablemente los ingresos públicos, dejando los Estados del Cuerno de África completamente descalzos. Los gobernantes de estos países pasaron a centrarse en su propia supervivencia a corto plazo, manteniéndose en el poder mediante la generación deliberada de divisiones dentro de sus sociedades y el despojo de los activos de sus propias economías (De Waal, 2014), dejando claro que donde algunos ven una crisis otros ven una oportunidad.
A finales de los años ochenta, a medida que se vaporizaba la Guerra Fría, desaparecían aquellos mecanismos que regulaban la violencia política, propiciando el periodo más destructivo en la historia reciente de la región. La violencia se empezó a propagar, como un sarpullido, por todo su tejido social y político. Los discursos etnonacionalistas promocionados durante esta época definieron la agenda posterior a la Guerra Fría, dando lugar a guerras interestatales, disputas fronterizas y de recursos, y Estados fallidos (De Waal, 2014). Durante este periodo se empezaron a acumular tensiones internas gestionadas por dictaduras militares, que no tardarían en escalar a conflictos armados.
Periodo interimperios: segundo acto
En el preámbulo de este periodo se observan dos sucesos que perfilaron este cruento episodio. Primero, el abandono de las superpotencias de la Guerra Fría y, segundo, la liberalización del mercado de armas cuando Chad, tras vencer a Libia en 1987, capturó grandes arsenales de armas y las revendió provocando una propagación de armas a bajo coste (De Waal, 2014). La retirada de antiguos promotores y la accesibilidad de las armas abrieron la puerta del mercado político a nuevos actores dispuestos a desafiar el orden establecido.
En los años noventa, los Estados del Cuerno empezaron a disolverse. Sudán se convirtió en un Estado islamista, Somalia colapsó estructuralmente y sufrió la separación de Somalilandia y Puntlandia, Etiopía se reconfiguró violentamente, Yibuti entró en guerra civil y Eritrea emergió como nación independiente. Este es un periodo de cuestionamiento, primero, de la naturaleza del Estado y, segundo, de su legitimación y fronteras.
El Cuerno de África se quebrantó en dos proyectos políticos: por un lado, el islam político, promocionado por Sudán, en búsqueda de islamizar la región nordeste de África, y, por otro, los movimientos de liberación izquierdistas que habían tomado el poder tras largas guerras en Uganda, Eritrea y Etiopía (De Waal, 2014). En 1993, el Frente de Liberación Popular de Eritrea (FPLE) y el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE) alcanzaron el poder en Eritrea y Etiopía respectivamente y parecían dispuestos a colaborar, junto con Sudán, para estabilizar Somalia y entrar en un nuevo periodo de relativa paz. Sin embargo, los líderes sudaneses no solo buscaban vecinos amistosos, sino también compañeros de viaje ideológico en su exportación del islam militante (De Waal, 2014), provocando desacuerdos que derivaron en una guerra regional entre bloques.
En 1994, la coalición izquierdista se enfrentó a Sudán, debilitándolo y generando un optimismo de unificación regional que se volatilizó cuando, repentinamente, los aliados Eritrea y Etiopía entraron en guerra4, cambiando nuevamente las dinámicas regionales. El líder eritreo, Isaias Afwerki, vaticinaba una nueva Sudán y, motivado por su sentimiento de invencibilidad tras una serie de victorias militares, consideró necesario reafirmar el dominio regional (De Waal, 2014) a través de la guerra. Este cambio de agenda posibilitó la continuidad del régimen sudanés que, a partir de 1999, se reforzó gracias a la diplomacia del petróleo. El proceso de paz del año 2000 entre Eritrea y Etiopía significó el fin de una guerra regional y el inicio de un incansable periodo de reconstrucción estatal en el Cuerno de África.
Periodo de rentismo global: tercer acto
Con el cambio de siglo La distancia entre los países se hizo más corta y las dinámicas mundiales se volvieron más complejas. El mundo bipolar se aglutinaba en uno, convirtiendo a EE. UU. en la brújula del mundo. El Cuerno de África, atraído por el polo global, sufrió un cambio drástico en sus dinámicas de poder.
En este periodo, el Cuerno de África atrajo la atención del mundo, principalmente por su posición geográfica frente al golfo de Adén, zona de crucial importancia para el transporte marítimo mundial. Este interés se acentuó progresivamente por razones securitarias. El ataque a las embajadas de Tanzania y Kenia en 1998 y el 11 de septiembre de 2001 impulsaron la apertura de una base militar estadounidense en Yibuti, Camp Lemonnier. Además, a partir de 2007 la piratería frente a la costa somalí se convirtió en un fenómeno de seguridad crítico, uniéndose otros retos como la proliferación de actividades delictivas como el contrabando de khat5, carbón, armas y drogas, así como la lucha contra el tráfico de seres humanos y la pesca ilegal (Donelli, 2024). Yibuti progresivamente se convirtió en un centro de operaciones atractivo internacionalmente y empezó una carrera por la implantación de bases militares. En 2011, en medio de esta carrera, Sudán se partió en dos y la región volvió a reconfigurarse.
El Cuerno de África, encrucijada de Europa, Asia, África y Oriente Medio, mutó y pasó de ser únicamente un nodo de seguridad a un candente mercado geoestratégico. El control de la región es hoy en día disputado por diversos actores regionales —Etiopía, Yibuti, Sudán, Sudán del Sur, Somalia, Eritrea— y extrarregionales —Egipto, Estados Unidos, China, Rusia, Unión Europea, Japón, Turquía, monarquías del Golfo, Irán, Israel, India—. Las fricciones geopolíticas contribuyen a perpetuar una inestabilidad que deriva de la incapacidad de gobernanza efectiva de los líderes locales y regionales.
Fracturas en el Cuerno de África: fragilidad como Estado
En el Cuerno de África el poder está totalmente disperso, reflejando la gran debilidad de sus Gobiernos locales. Esta región se encuentra entre las más afectadas por la fragilidad estatal, la cual se manifiesta cuando el aparato estatal carece de la suficiente legitimidad social (Fukuyama en Adaye, 2019). La confianza entre los ciudadanos y su Gobierno es el centro de gravedad del que emana la fuerza de cualquier Estado.
En el Cuerno hay más instituciones que nunca; sin embargo, existe una perpetua desconfianza institucional. Cuando:
«[…] un Estado no presta los servicios básicos que debe proporcionar, cuando su autoridad es limitada o arbitraria, o cuando su legitimidad es cuestionada sistemáticamente, el contrato social y la confianza pública se debilita hasta el punto en el que el descontento ciudadano se transforma en contestación violenta por parte de sectores de la sociedad» (Adaye, 2019).
En esta región las negligencias como el clientelismo, la corrupción, la marginación, el nepotismo, las violaciones a los derechos humanos, la falta de compromiso para erradicar la pobreza y la privación y desempleo son frecuentes (Adaye, 2019), impregnando sus países de violencia.
La inestabilidad es concéntrica y exponencial; es decir, que los conflictos que la provocan no solo generan más conflictos, sino que, cada vez que acontecen, incrementan su gravedad. La estabilidad, por el contrario, es un ciclo entre los pilares básicos del Estado y, para alcanzarla, el aparato estatal debe girar en el sentido adecuado: sobre la base de una situación de seguridad que facilita una buena gobernanza y posibilita un desarrollo social económico y, a la inversa, que aumenta de manera directa el grado de seguridad, incidiendo de nuevo en el resto de variables (Sánchez, 2015). La interconexión de los conflictos del Cuerno exige un enfoque orientado a mitigar la violencia estructural que institucionaliza la desgracia y, para ello, la región debe pensar como una única unidad económica, política y, sobre todo, securitaria.
Los desafíos regionales a la gobernanza
La seguridad en un mundo interconectado debe comprenderse de manera escalonada: primero, atendiendo a las dinámicas regionales y, segundo, analizando las particularidades de cada país. El pegamento que une cada país de la región, y la razón por la que el Cuerno es considerado un complejo de seguridad regional (CRS), es su capacidad de exportar las consecuencias más allá de las fronteras nacionales. Sin embargo, cada uno de estos países esconde dentro de sí una explicación diferente para su fragilidad y conflictividad.
Etiopía: el gigante encerrado
El sustrato del suelo etíope está repleto de riqueza histórica. Lucy, el ancestro humano directo más antiguo encontrado, un Australopithecus afarensis6 de hace 3,2 millones de años, fue hallada en Etiopía. Desde entonces, su espacio ha sido gobernado, entre otros, por reyes aksumitas, emperadores salomónicos, líderes comunistas, primeros ministros tigrinos y, ahora, por Abiy Ahmed Ali. Este país, pese a su longevidad, sufre una grave crisis de identidad nacional.
La reciente pero olvidada guerra de Tigré (2020-2022) fue una colisión entre proyectos nacionales e históricos contrapuestos: el tigrino y el etíope. Los nacionalismos se forjan a través de historias compartidas y, cuanto más largas se perciben esas hazañas, más complejos se vuelven los proyectos nacionalistas (Plaut y Vaughan, 2023). El enfrentamiento entre dos concepciones diferentes sobre el Estado se transformó en una lucha violenta, en la que cada postura intentaba imponer su propio modelo.
La dinastía salomónica de Etiopía comenzó en el año 1270, cuando Yekuno Amlak derrocó al último rey Zagwe, restaurando un linaje que, según la tradición, descendía del rey Salomón y la reina de Saba. Entre 1855 y 1896, durante la época imperial, Etiopía se unificó convirtiéndose en única entidad política. Esta nueva nación era un mosaico identitario en términos culturales, económicos, lingüísticos y religiosos7 y, por supuesto, allí donde hay diversidad de opiniones y ausencia de diálogo florecen las luchas por el poder.
Esta dinastía resistió setecientos cuatro años, hasta que una serie de coyunturas económicas debilitaron al emperador Haile Selassie, dando lugar al triunfo de la Revolución etíope de 1974, liderada por la junta militar comunista Derg. Pronto, aristócratas partidarios del antiguo imperio, movimientos etnonacionalistas y otros grupos izquierdistas de oposición se unieron bajo el paraguas de la coalición FDRPE, plantando cara a este represivo régimen. En cuanto se tambaleó su aval soviético, el régimen cayó y, en 1995, esa coalición liderada por el FLPT se instaló en el poder creando la República Federal de Etiopía.
En el año 2018, tras años de estancamiento político, el país estaba inmerso en un clima de intensas protestas antigubernamentales. Esta desilusión abrió las puertas al reformismo, dando paso a un carismático Abiy Ahmed, motivado por el centralismo Medemer8. Esta búsqueda de unificación chocó frontalmente con el reparto constitucional etíope, convirtiéndose en una amenaza para el capital político tigrino. El reparto establecido constitucionalmente favorecía la representación de una etnia no mayoritaria, la tigré, al mismo que la situaba estratégicamente el FLPT en el centro del poder, evitando el crecimiento de la oposición (Molfino, 2021: 93-101). A pesar de las referencias étnicas, lo que realmente se disputaba en ese momento era el sillón del poder.
En el año 2020, el FLPT gobernaba regionalmente Tigré y organizó sus propias elecciones a pesar del rechazo del Gobierno federal, que las había postergado como consecuencia de la pandemia COVID-19. La congelación de los fondos presupuestarios en Tigré y la ilegalización de su gabinete legislativo derivaron en un ataque tigrino a una base militar del Ejército central provocando el inicio de la guerra de Tigré el 4 de noviembre de 2020.
Durante la guerra, el dominio cognitivo fue un campo de batalla tan importante como el terrestre y el aéreo. «El engaño —decía Sun Tzu— es fuente de inspiración para la guerra y en el vacío de realidad, desde mi punto de vista, es donde mejor se desenvuelve». El Gobierno central forzó un apagón de las comunicaciones, dando lugar a un asedio narrativo a través de las armas de comunicación social. El poder narrativo de Ahmed homogenizó la opinión pública, representando a los tigrinos como una amenaza para la unidad de la Gran Etiopía y justificando la guerra como una operación de mantenimiento del orden (Van Reisen y Mawere, 2024). Las narrativas de deshumanización del pueblo tigré sentaron las bases de la desinhibición, liberando una explosión de violencia focalizada y sistemática contra este pueblo.
Este conflicto, y la limpieza étnica, se prolongó durante dos años y se llevó consigo, según las estimaciones, a 800.000 víctimas mortales (Weldemichel en Palacián de Inza, 2025a). Hoy en día, la región de Tigré sigue sangrando, pues los requisitos de paz firmados en el Acuerdo de Pretoria (2022) no han cicatrizado y ahora esa herida se está infectando. El gigante etíope escucha tenuemente la melodía de la guerra de la que se disciernen, por un lado, tambores eritreos amplificados por el fracaso de las disposiciones de paz de Pretoria y, por otro, trompetas egipcias y sudanesas animadas por la capacidad de la Gran Presa del Renacimiento Etíope de alterar el caudal del Nilo.
Sudán: un Estado quebrantado
La República del Sudán es una gran masa de tierra que funciona como puente entre el África árabe-islámica y el África subsahariana. El río Nilo, que es mucho más que un río, lo atraviesa funcionando como su columna vertebral. Además, es un país profundamente multiétnico en el que las etnias árabes han gozado históricamente de una posición privilegiada, perpetuando una desigualdad estructural que funciona como fuente de conflictividad eterna.
Durante los siglos XVI y XVII, la esclavitud era una práctica habitual en los sultanatos islámicos situados en el territorio del actual Sudán. Las incursiones al sur, donde residían pueblos generalmente no árabes, servían para capturar esclavos generando profundas brechas sociales. Esta práctica se reprodujo durante el periodo Turkiyya y la dominación Mahdista, y fue prohibida durante el condominio anglo-egipcio.
Durante este periodo, y sobre todo a partir de 1929, los británicos basaron su administración en la southern policy9, acelerando la transición política únicamente en el norte del país (Alaminos, 2023: 1-29). La marginación sistemática del sur, percibido históricamente como una región periférica de explotación, se reprodujo de manera agresiva durante el condominio. El sur desarrolló una idea nacionalista naturalmente opuesta a la concepción explotadora del norte, generando un patrón histórico de desigualdad e inestabilidad y perpetuando la guerra civil como forma de gobierno (Alaminos, 2023: 1-29).
En 1955 empezó la primera guerra civil sudanesa, también llamada la Rebelión Anya-Nya10 (1955-1972), propiciando un año después la independencia. Más tarde, en 1969, Yafaar al-Numeiry coordinó un golpe de Estado, imponiendo inmediatamente una correctiva sharía que avivó las tensiones entre el norte musulmán y el sur no árabe, provocando posteriormente la segunda guerra civil sudanesa (1983-2005).
En 1985, en plena crisis bélica, Al-Numeiry cayó y, tras un breve paréntesis democrático, Omar al-Bashir, con el apoyo del Frente Nacional Islámico de Hasán al-Turabi, llevó a cabo otro golpe de Estado en 1989. Al-Bashir desarrolló una política religiosa extremista dando cobijo a Osama bin Laden, lo que le costó el aislamiento y la sanción internacional. La brecha entre los pueblos árabes musulmanes y los pueblos no árabes del sur se agrandaba cada vez más.
En 2003 estalló en la región de Darfur una serie de conflictos violentos entre los pueblos locales y los ganaderos árabes nómadas, como consecuencia de la desertificación de la zona. Este conflicto escaló rápidamente, ya que el Gobierno central se posicionó a favor de los grupos árabes, proporcionándoles armas que fueron utilizadas para realizar ataques acompañados de helicópteros militares y seguidos por milicias a caballo que violaron, mataron y saquearon (Sosa, 2004). Las milicias encargadas de perpetrar las masacres, los Janjaweed11, se integraron con los años al Ejército bajo el nombre de Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) y, gracias al control sobre las reservas de oro de Darfur, ganaron autonomía y poder.
En 2004 se agotaba la guerra, dando paso a un acuerdo de paz entre el norte y el sur del país y garantizando una autonomía de seis años al sur, así como la posterior celebración de un referendo de independencia. En 2011, finalmente tuvo lugar la independencia de Sudán del Sur y, como consecuencia de ello, Jartum perdió tres cuartas partes de sus ingresos del petróleo, provocando una devaluación monetaria y debilitando drásticamente su eje económico (Suvire, 2022).
En 2018, una serie de protestas avivadas por este desgaste socio-económico acabaron con el régimen de Al-Bashir, creando un vacío de poder. Entre 2018 y 2023, Sudán sufrió un vaivén de restauraciones y derrumbamientos democráticos. La inestabilidad provocó que el jefe de las Fuerzas Armadas sudanesas (SAF, por sus siglas en inglés), Al-Burhan, y el líder de las FAR, Hemedti, golpearan al Estado en 2021 alegando necesidad y prometiendo un temprano relevo civil. Las protestas sociales prosiguieron, ya que era evidente que ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar marchar esta mina de poder.
Al-Burhan, incómodo por la simetría de poder respecto a Hemedti, incorporó al mando central a unos diez mil efectivos de sus tropas y este, sospechando un intento de diluir su ejército, lanzó un ataque contra los destacamentos militares en Jartum (Gutiérrez, 2025). El 15 de abril de 2023 empezó la tercera guerra civil sudanesa y, desde entonces, los dos grandes patrocinadores del conflicto —Emiratos Árabes Unidos (EAU), apoyando a las FAR, y Egipto, apoyando a las SAF— han mantenido la confrontación, sacando beneficio de la venta informal de oro facilitada por el caos de la guerra. De hecho, al mismo tiempo que EAU se convertía, por este motivo, en un centro mundial de comercio de oro (Soliman y Baldo, 2025), la Organización de las Naciones Unidas (ONU) calificó el conflicto de Sudán como la crisis humanitaria más grande y devastadora del mundo (Organización de las Naciones Unidas, 2025).
Somalia: un diente de león
En la época colonial, el territorio somalí se fragmentó en tres partes: la Somalilandia británica, la Somalilandia francesa y la Somalia italiana. Al independizarse en 1960, comenzó la frustración somalí, al quedar parte de la Gran Somalia12 dentro de las fronteras de sus vecinos: Etiopía, Kenia y la actual Yibuti (Díez, 2021). Este irredentismo acabó con un primer intento democrático, posibilitando que Mohamed Siad Barre llevara a cabo un golpe de Estado en 1969 e implantara un régimen tiránico basado en un sistema de contrapesos clánicos.
En cuanto el régimen empezó a tambalearse durante los críticos años setenta, Barre fortaleció la hegemonía de su propio clan manteniendo al margen del poder político al resto, rompiendo así el pilar fundamental de la convivencia social en Somalia (Díez, 2021). A medida que el Estado somalí se fragmentaba, emergían de las grietas actores no estatales interesados en monopolizar la fuerza, dando lugar a una guerra por la redistribución de las cuotas de poder.
En los años ochenta, los conflictos clánicos derrocaron a Barre, dejando una herida abierta y provocando escisiones en el país, como la independencia de la no reconocida, salvo por Israel, Somalilandia en 1991 y la cuestionada autonomía de Puntlandia en 1998. En esta década, el país se convirtió en un espacio anárquico, con el caos como presidente, comprometiendo gravemente los pilares fundamentales del Estado. Somalia se «hundió en el caos total y en el más absoluto desgobierno, con los señores de la guerra de los distintos clanes detentando el poder en un «territorio no país» totalmente fragmentado y violento» (Díez, 2021: 144).
Mogadiscio se convirtió en una de las zonas más afectadas por las pugnas clánicas interesadas en el control de los barrios. En este desorden, el islam radical operó como un elemento unificador en un contexto de crisis absoluta. A pesar de que la mayoría de somalíes eran sufíes13, aceptaron unos correctivos tribunales islámicos locales, puesto que rellenaban el vacío que había dejado la desaparición de la policía y del sistema judicial (Wise, 2011).
En 2006, la unión de esos tribunales islámicos (UTI) se afianzó en la capital y empezó a propagarse por el resto del país preocupando a Etiopía, que, con el amparo de Naciones Unidas (RES 1725) y la Unión Africana (UA), lanzó una operación militar haciendo que el débil Gobierno Federal de Transición (GFT) recuperase la capital. Este golpe fragmentó la UTI, dividiéndola en dos ramas: la Alianza para la Reliberación de Somalia y la guerrillera Al-Shaabab, que aprovechó la narrativa de resistencia frente al invasor como un potente reclamo ideológico.
Una vez se retiraron las tropas etíopes en 2009, se reveló la fragilidad del Gobierno provisional. Un año después, Al-Shabaab se convertiría en una fuerza insurgente dominante, que «llegó a controlar la práctica totalidad del sur de Somalia y una parte importante del centro, con Kismayo como su primer enclave urbano» (Corte, 2015: 8). En el año 2011, una grave sequía y hambruna asolaron el país y las ofensivas de AMISON14, GFT y otras milicias contra Al-Shabaab debilitaron al grupo, forzando su mutación de milicia insurgente a grupo terrorista.
Aunque Somalia vive desde el 2011 un constante proceso de reconstrucción nacional, Al-Shabaab ha logrado seguir influyendo en su vida política, perpetrando graves atentados en Somalia y Kenia y desempeñando un papel importante como mecanismo de poder paralelo (Contreras, 2025). El grupo ha demostrado una capacidad excepcional de absorber ataques. Otros factores agregados como la piratería en las aguas cercanas a la costa somalí contribuyen, aunque cada vez menos, a su estancamiento estatal.
El 26 de diciembre de 2025, Israel se convirtió en el primer miembro de la ONU en reconocer el Estado de Somalilandia. Este vuelco geopolítico, que posiciona a Israel más cerca del golfo de Adén, el estrecho de Bab el-Mandeb y el mar Rojo, desafía seriamente la soberanía de Somalia y altera gravemente el delicado equilibrio de la región, añadiendo una piedra más al zapato de Somalia.
Yibuti: la base de operaciones
La República de Yibuti está cercada por cuatro vecinos: al norte con Eritrea, al oeste y sur con el gigante etíope, al oeste con la independiente (de facto) Somalilandia y al este se funde con el mar Rojo y se abre al golfo de Adén. Su presidente, Ismail Omar Guelleh, gobierna desde 1999 de manera ininterrumpida con un único límite constitucional de mandato basado en la edad fijado en los 75 años.
Yibuti es un enclave geoestratégico estable en una región convulsa. Por un lado, «no suele vivir episodios de violencia étnica, a pesar de la Guerra Civil que sufrió entre 1991 y 1994 por los enfrentamientos entre los Issas y los Afar» (Oficina de Información Diplomática, 2025: 2). Por otro, su posición geográfica lo ha convertido en uno de los guardianes del estrecho de Bab el-Mandeb, vigilando uno de los accidentes geográficos clave en el comercio mundial en general, y del petróleo e hidrocarburos en particular (Sánchez y Palacián de Inza, 2018). Por esta razón, Yibuti, que se encuentra en una región geoestratégica de primer nivel, ha resultado muy atractivo para la comunidad internacional, convirtiéndose en un hotel internacional de bases militares.
A pesar de la aparente estabilidad, Yibuti está enclavada en una zona altamente conflictiva, tanto por tierra como por mar. Las amenazas de sus vecinos —el terrorismo en Somalia, la agresiva política exterior de Eritrea y el conflicto de Sudán— podrían contagiarse. Además, la piratería somalí y los ataques de los hutíes a los barcos comerciales han convertido el mar en un campo de minas. En el año 2023, «los piratas reaparecieron repentinamente frente a las costas somalíes, coincidiendo con el inicio de los ataques hutíes, Ansar Allah, contra buques comerciales en el mar Rojo» (Beales et al., 2026).
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva contra Irán, desatando una ola de bombardeos que se han extendido por varios países de Asia occidental. Dos días después de los ataques que acabaron con la muerte, entre otros, del ayatolá Alí Jameneí, Irán cerró el estrecho de Ormuz, por el que circula aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado.
En caso de escalada, el régimen iraní podría intentar cerrar a través de sus aliados hutíes el estrecho de Bab el-Mandeb, cuello de botella estratégico compartido por Yemen y Yibuti, con el objetivo de tensionar más las rutas de transporte globales. Este escenario significaría un bloqueo de las exportaciones del Golfo, afectando sobre todo a Arabia Saudí, y modificaría la ruta de los barcos alargando el viaje entre tres mil y cuatro mil millas náuticas, lo que aumentaría drásticamente el coste del transporte (Mekki, 2026).
Con el paso del tiempo, Yibuti se ha convertido en el ancla de estabilidad del Cuerno de África, incrementando su atractivo internacional y garantizando así su propia subsistencia. Este país, a pesar de los desafíos de gobernanza internos a los que aún se enfrenta, como la corrupción y el autoritarismo, ha sabido explotar de manera exitosa su posición estratégica operando como el peaje y centro de operaciones del mar Rojo.
Eritrea: ansiedad estatal
El Estado unitario de Eritrea comparte fronteras con el mar Rojo, Sudán, Etiopía y Yibuti. Su presidente, Isaias Afwerki, ostenta el poder de manera ininterrumpida desde el año 1993. La nación eritrea es considerada la «Corea del Norte africana» por sus bajos índices de democracia liberal y altos niveles de aislamiento, represión y autoritarismo.
Cuando los etíopes y británicos vencieron a Mussolini en 1935, recuperaron también el territorio de Eritrea, lo que suscitó una serie de dudas respecto a que hacer con él, ya que su ciudadanía estaba dividida y tensionada en torno a dos proyectos políticos: musulmanes independentistas eritreos y cristianos unionistas etíopes.
En 1952, la ONU decidió que Eritrea debía federarse con Etiopía manteniendo una considerable autonomía; sin embargo, el régimen absolutista etíope impuso una serie de decretos y medidas unilaterales como la prohibición de enseñanza en lenguas eritreas y su sustitución por el amárico, el desmantelamiento de industrias y desplazamiento a Adís Abeba y la represión de sindicatos y partidos políticos eritreos (Plaut, 2018). Este ejercicio de poder generó una resistencia que se proyectó como el Frente de Liberación Popular de Eritrea (FLPE), mayoritariamente cristiano y marxista. No obstante, en 1962, la federación se disolvió y Eritrea fue directamente engullida por Etiopía.
Entre 1974 y 1975, cayó el imperio etíope, ascendió el régimen socialista Derg y nació en el norte de Etiopía el Frente de Liberación Popular de Tigré (FLPT), también marxista, uniéndose a la guerra que ya libraba el FLPE. A pesar de sus diferencias ideológicas nacionalistas, mantuvieron una cooperación táctica por las necesidades de la guerra (Plaut, 2018). En 1991, el FLPT derrocó y reemplazó a los Derg y el FLPE tomó Asmara e independizó su nación. Después de siete años de fricciones entre ambos vencedores, estalló la guerra de Eritrea y Etiopía en 1998.
Dos años después, esta sangrienta batalla finalizó forzosamente por una serie de acuerdos internacionales, ante lo que Etiopía, que contaba con una amplia ventaja militar, expresó su rechazo, dando lugar a una especie de «paz fría» entre ambos países (Müller, 2011). Eritrea aprovechó esta zona gris para justificar la necesidad de un ejército permanente inusualmente grande para prevenir cualquier ataque futuro (Müller, 2011), propiciando una gradual bunkerización y securitización del Estado.
Esta narrativa de amenaza externa ha funcionado como pretexto para denegar a la población sus derechos y libertades fundamentales de opinión y expresión, de organización y reunión, y de práctica de sus creencias religiosas (Tronvoll, 2009). Según el Informe sobre la democracia V-DEM 2025 (V-DEM, 2025), el sistema político de Eritrea es una autocracia cerrada, puntuando como el país con el índice de democracia liberal más bajo del mundo. Esta organización del poder «estrechó el espacio político de manera alarmante, sin lugar ni tolerancia a la oposición ni la disidencia, lo que derivó en una situación sostenida de aislamiento internacional» (Molfino, 2020: 41).
En 2018, Etiopía y Eritrea organizaron una cumbre pacificadora tras veinte años de guerra tímida, hecho que llevó a que Abiy Ahmed recibiera el Premio Nobel de la Paz. No obstante, dos años después comenzó la guerra de Tigré, enfrentando al Gobierno central etíope contra las Fuerzas de Defensa de Tigré (FDT), lideradas por el histórico FLPT. Eritrea apoyó esta intervención militar, lo que la convirtió en cómplice de los crímenes de guerra cometidos durante la misma. En 2022, se firmó el Acuerdo de Paz de Pretoria, fracasando más tarde en disposiciones clave como el desarme de las fuerzas tigrinas, la retirada de las tropas eritreas y el retorno de un millón de personas que aún permanecen en campos de desplazados con ayuda limitada. Estos fracasos, sumados a las aspiraciones etíopes de acceso al mar Rojo15, han generado un clima de tensión, provocando una serie de roces políticos16. Las chispas derivadas de este vaivén histórico podrían encender otro fuego en esta volátil frontera compartida.
Sudán del Sur: problemas de adolescencia
Sudán del Sur es el país más joven del mundo, ya que ha sido el último país en incorporarse al concierto de la ONU en el año 2011. Los Estados, como las personas, requieren tiempo para crecer y Sudán del Sur está viviendo una adolescencia conflictiva (Palacián de Inza, 2025b). Su escisión fue el resultado de una quirúrgica marginación histórica de los pueblos del sur de Sudán. Un año después de separarse, el presidente sursudanés Salva Kiir suspendió la circulación de petróleo hacia Sudán, a pesar de que el 98 % de los ingresos estatales sursudaneses derivan de dicha actividad (Pérez y Nin, 2024). Una torpe decisión que evidenció la relación de interdependencia económica que cose a ambos países.
Cuando Sudán del Sur aún daba sus primeros pasos, el presidente Salva Kiir destituyó a su vicepresidente Riek Machar, acusándolo de planificar un golpe de Estado y haciendo estallar una prematura guerra civil (2013-2018). Pronto, esta rivalidad política se proyectó en el terreno étnico, produciéndose cruentos enfrentamientos entre la etnia dinka (Kiir) y la nuer (Machar) (Contreras, 2021).
A medida que maduraba la guerra, se propusieron una serie de acuerdos de paz. El primero en 2015, motivado por la comunidad internacional, y el segundo en 2018, impulsado por Omar al-Bashir, que necesitaba restablecer el flujo del petróleo sursudanés y pretendía mejorar su imagen internacional para ser retirado de la lista de Estados promotores del terrorismo (Contreras, 2021). En 2020, este acuerdo se consumó provocando el retorno del mismo Gobierno que en 2013, con Kiir al mando de la presidencia y con Machar como su vicepresidente.
Ambos perdieron «toda su credibilidad política y social, y con su actitud beligerante, han invalidado cualquier proyecto político y social que fomente la identidad nacional y el desarrollo económico» (Díez, 2014). En marzo de 2025, el Ejército Blanco, una milicia nuer, se enfrentó al ejército gubernamental en la ciudad de Nasir, provocando una decena de muertos. Este ataque fue vinculado a Machar y ese mismo mes fue detenido. El 1 de marzo de 2026, el alto comisionado para los Derechos Humanos, Volker Türk, declaró que Sudán del Sur se encuentra en un punto peligroso (The European Times, 2026).
El Estado adolescente de Sudán del Sur pronto pasará a la adultez, pero antes debe adoptar una fuerte visión de Estado que lo impulse a renovar su élite política, repartir equitativamente el poder, mitigar la corrupción y promover la justicia. Esta herida que tiene Sudán del Sur solo cicatrizará con los debidos cuidados.
La responsabilidad de proteger y conocer: dolor humanitario
Los extremos de este mundo se han doblado hacia dentro, como al hacer origami. El mundo globalizado, líquido y dominado por flujos, se ha hecho pequeño y la vida local se ha entrelazado con fenómenos globales, complejos y diversos, que debilitan el Estado y hasta pueden propiciar su colapso (Aznar, 2025). Esta preocupación ha convertido al mundo en un complejo de seguridad regional (CRS) en sí mismo. A pesar de ello, «no hay suficientes instituciones de gobernanza, ni el derecho ha evolucionado a una velocidad adecuada para cubrir las necesidades regulatorias de la sociedad internacional» (Aznar, 2025). Esto ha debilitado la arquitectura internacional, en su día cimentada sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, propiciando el desorden internacional.
En la Cumbre Mundial de Naciones Unidas (2005) se aprobó el principio de responsabilidad de proteger (R2P), replanteando el papel del Estado de salvaguardar a su población de atrocidades, al mismo tiempo que postulaba a la comunidad internacional como responsable subsidiario (Palacián de Inza, 2024). Esta cumbre coincidió con el primer genocidio en Darfur, que fue visto después como un fallo del mecanismo de protección que se acababa de adoptar» (Palacián de Inza, 2024). El fracaso de la ONU, la UA y la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD, por sus siglas en inglés) a la hora de abordar eficazmente las crisis en el Cuerno de África evidenció las limitaciones de la comunidad internacional para gestionar la dinámica cambiante de los conflictos de la región (Gaid, 2024).
La ilusión supranacional se ha ido fragmentando y fundiendo en la regionalización, haciendo desaparecer los muros interiores mientras se reforzaban las fronteras exteriores (Aznar, 2025). Los choques tectónicos entre placas de poder han creado terremotos capaces de fragmentar el mundo y formar grietas a través de las que emergen nuevas amenazas impulsadas por la inercia de la ley del más fuerte. El fracaso internacional y las negligencias de los líderes locales han desplazado forzosamente la responsabilidad a la sociedad civil, quien, en aras de mejorar los mecanismos de protección, debe adoptar el principio moral de responsabilidad de conocer (R2K) (Palacián de Inza, 2024). A partir de aquí, a través del deber ético de informar y ser informados correctamente, se podrán reconstruir los mecanismos de prevención, acción y reparación de una zona en conflicto en la que viven más de 220 millones de personas.
Conclusiones
Explorar las raíces de la conflictividad en el Cuerno de África conduce frecuentemente a considerar la etnia como el eje central de la fricción. La etnia, al contrario de lo que se cree, interpreta un papel más movilizador que causativo. Buscar el origen de la conflictividad fuera del ser humano es dar palos de ciego, puesto que este reside como un quiste benigno dentro de cada uno. El poder a través del ejercicio de la política institucionaliza la desgracia y esta, cuando abunda, tiende a ser ignorada mediáticamente. Los medios de comunicación social han relativizado la distancia y la empatía, acostumbrando a la sociedad a que muera a todas horas gente dentro del televisor.
El espacio del Cuerno de África se ha convertido en un campo de batalla en el que ambición local e interés extranjero convergen, proyectando la energía de la colisión sobre quienes trabajan la tierra. La gobernabilidad en el Cuerno de África está totalmente interconectada; por ello, tirar de un hilo en Eritrea podría descoser Etiopía y desarmar, por efecto dominó, Somalia, Sudán, Sudán del Sur y Yibuti. Esta región del mundo debe pensar como una única entidad, teniendo en cuenta las lógicas de gobernanza particulares de cada país y colaborando, a través del diálogo, para establecer la mejor de las paces posibles.
Este mundo náufrago, desordenado internacionalmente, observa desde la orilla cómo los barcos de multilateralismo se hunden y los derechos humanos encallan, desplazando esa responsabilidad a la sociedad civil. Los ciudadanos debemos renovar nuestra percepción sobre la participación política, ejerciendo nuestro derecho a informarnos y ser informados, con el objetivo final de encauzar esta deriva belicista.
El Cuerno de África es mucho más que sus conflictos, aunque sus disputas lo definan. La tierra de esta región, a pesar de estar eclipsada mediáticamente por la violencia, está repleta de riqueza humana, que es la más preciada de las riquezas.
Daniel Maldonado Rodríguez
Analista de seguridad y conflictos internacionales
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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La turbulenta gobernanza en el Cuerno de África: fragmentación de los proyectos de Estado (0,45 MB)
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Turbulent governance in the Horn of Africa: fragmentation of state projects (0,42 MB)
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