
24 mar 2026
IEEE. Sudán: ¿condena perpetua de guerra?
Blanca Palacián de Inza. Analista del IEEE (CESEDEN)
Introducción
En 2010, solo había un Sudán. Un año más tarde, tras más de dos décadas de sangrienta guerra, una parte del país se independizó como Sudán del Sur. En 2025, se puede hablar de tres sudanes puesto que, en el fragor de la guerra de Sudán, los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), han establecido un Gobierno paralelo al Consejo Soberano en Darfur1 y Kordofán sur.
Figura 1. Situación de la guerra en Sudán en septiembre de 2025. Fuente: Al Jazeera
El Sudán anterior a la escisión, que tuvo lugar el 9 de julio de 2011, era un país con una superficie equivalente al doble de la península ibérica, y fue el país más grande del continente africano. Su diversidad étnica y religiosa prácticamente partía el país por la mitad: con un norte árabe e islámico y un sur en su mayor parte cristiano y animista. Su situación recuerda, por su parecido a este respecto, a la de Nigeria, con la nada desdeñable salvedad de que las posibilidades de que este se divida son prácticamente inexistentes, puesto que cuenta con un Gobierno central más fuerte y no hay movimiento separatista de relevancia.
Por su parte, Sudán, al igual que Sudán del Sur, no tiene gobierno sólido, de modo que el conflicto está atado al papel de dos líderes enfrentados. Tampoco tiene ninguno de ellos una economía saneada puesto que, si bien la de Sudán era más favorable que la de su vecino del sur, tras más de tres años de guerra civil, se encuentra en estado de colapso. Y esto afecta enormemente a Sudán del Sur, puesto que necesita de las infraestructuras de su vecino para exportar un petróleo del que depende en un 90 % (Energynews, 2024).
Ya en 2004, mucho antes de la división del país más grande de África, la periodista Deborah Scroggins explicaba que siempre había pensado que para entender la guerra de Sudán de 2003 se necesitaba un mapa con diferentes capas (Scroggins, 2004). La capa con el conflicto político, la de la división religiosa, la de las etnias, la de los clanes y tribus, las lenguas, las diferencias económicas y los recursos, las divisiones coloniales, y así hasta que quedase claro a simple vista que no se trata de una guerra sino muchas.
En la actual guerra que desangra Sudán, esta complejidad expresada con la imagen del mapa con multitud de capas superpuestas sigue perfectamente vigente. No es con dicha separación como se articula este capítulo, que obedece a la estructura con la que se organiza esta colección del Panorama Geopolítico de los Conflictos, pero como no puede ser de otra manera, se tiene en cuenta y se contemplan los elementos a los que se refiere.
En este trabajo, se analiza la situación de Sudán, con las menciones obligadas a su vecino del sur puesto que la influencia en él es inmensa. Se considera el conflicto armado de Sudán en su forma y su fondo. Asimismo, se contempla por un lado la desatención de parte de la comunidad internacional hacia esta guerra, pero también la actitud contraria de otra parte.
Antecedentes del conflicto
Sudán se independizó del condominio anglo-egipcio en 1956, pero, a partir de esa fecha, no encontró paz ni libertad. En los casi setenta años de independencia, ha padecido una larga lista de conflictos armados entre los que tan solo ha habido diez años de paz. Ha sufrido veinte intentos de golpe de Estado (siete de ellos exitosos) y ha sido el país africano con más sucesos de este tipo; ha vivido tres guerras civiles y, al menos, un genocidio. El país se ha partido en dos con la independencia de Sudán del Sur y, actualmente, se encuentra, a su vez, también dividido en el fragor de la guerra. Con tantos conflictos armados, es natural encontrar una altísima cifra de acuerdos de paz, hasta 46 se han firmado, aunque se pueden considerar fallidos a tenor de la casi incesante presencia de la guerra.
Ejemplo paradigmático de esto resulta la Primera Guerra Civil, que sacudió el país desde antes de su independencia, de 1955 a 1972. Con su final tampoco se logró la paz, sino una continuación con la Segunda Guerra Civil entre 1983 y 2005. Este segundo conflicto armado tuvo como consecuencia la independencia de Sudán del Sur en 2011. El nuevo país tampoco ha sido bendecido con la paz.
Mientras que los ojos del mundo están en Gaza y, cada vez menos, en Ucrania, Sudán se desangra en otra guerra civil, la tercera, que cumplió su tercer año el pasado mes de abril y para la que la paz no se ve cercana. Se reaviva el fantasma de la tendencia sudanesa de librar guerras civiles de dos décadas de duración. Además, el peligro de que la mecha de la guerra prenda en el vecino del sur e incluso en la región es alto, como se analizará en este trabajo.
En el mes de abril de 2019, un golpe de Estado militar terminó con el largo mandato de al Bashir. Dio comienzo entonces una dictadura militar que se ponía el horizonte temporal de celebrar unas elecciones libres en 2024. El país se encontraba, supuestamente, al inicio de la actual guerra civil, en un periodo de transición hasta la cita electoral.
A este golpe le sucedió un acuerdo entre el Consejo Militar de Transición y las Fuerzas de la Libertad y el Cambio (FFC, por sus siglas en inglés: Forces for Freedom and Change) para formar Gobierno. Abdalla Hamdok fue nombrado primer ministro con ánimo temporal, puesto que el objetivo era convocar elecciones democráticas a finales de 2022. Estas elecciones nunca llegaron a tener lugar porque, en 2021, el Ejército derrocó a Hamdok y estableció un Consejo Soberano. Este golpe fue orquestado por el general Abdel Fattah al Burhan, a cargo de las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF, por sus siglas en inglés: Sudan Armed Forces) junto con Mohamed Hamdan Dagalo llamado «Hemedti», al mando de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés: Rapid Support Forces). Aliados entonces, enemigos en el conflicto actual que desangra el país.
Las RSF son una derivación de la milicia Janjaweed o al menos muchos de sus miembros se integraron en las RSF. Los llamados Janjaweed son un grupo mercenario compuesto por miembros de tribus nómadas árabes que se enfrentó a grupos de población sedentarios por la tierra y los recursos en Darfur. Durante el conflicto en aquella región que tuvo lugar de 2003 a 2020, los Janjaweed se convirtieron en una milicia fuerte bajo el mando de al Bashir. Esta milicia es acusada de haber sido entonces, y de nuevo ser ahora, responsable de muchas de las muertes en Darfur.
En el mes de abril de 2023, las diferencias de criterio en lo relativo a cómo integrar a las RSF en la cadena de mando de las SAF escaló en una guerra civil. El trasfondo es la lucha por el poder entre los dos líderes y la manera en la que sus fuerzas se habían de integrar influía enormemente en qué facción iba a controlar el país. Su profunda desconfianza y ambición condujeron al país rápidamente a un enfrentamiento armado abierto en forma de guerra civil.
Aunque la chispa que encendió el conflicto fue la lucha de poder, en el trasfondo se pueden encontrar las capas que refería Deborah Scroggins y que se mencionaban a comienzo de este capítulo: las comunidades política y económicamente marginalizadas, la división religiosa, las guerras anteriores cerradas en falso y el resto de diferencias en un país con una polarización extrema.
Situación actual del conflicto
Antes del inicio de la guerra, gran parte del país se encontraba asolado por la pobreza y las constantes hambrunas. Tres años de guerra después, las cosas han empeorado drásticamente. En la actualidad, el Programa Mundial de Alimentos calcula que un total de 24,6 millones de personas (aproximadamente la mitad de la población) sufren una grave inseguridad alimentaria2. Casi 650 000 personas se enfrentan a niveles catastróficos de hambre. Se trata de la cifra más alta del mundo.
Naciones Unidas (Speakman Cordall, 2025) calculaba a mediados de septiembre que, aproximadamente, cuarenta mil personas han muerto en los enfrentamientos desde el inicio de la guerra. Cerca de trece millones han abandonado el país.
Si Sudán gozase de la paz, con toda seguridad no sería uno de los países más pobres del mundo. Las reservas de petróleo que alberga le convierten en el 54.º mayor exportador mundial de este combustible fósil3. La guerra ha frenado en seco las exportaciones de crudo, no solo de Sudán sino también de Sudán del Sur. El vecino del sur depende de Sudán para sus exportaciones de crudo, que se transportan al mar Rojo pasando por Jartum. También otros productos de cuyas exportaciones dependía la economía sudanesa, como el algodón, la goma arábiga o el azúcar, han sufrido los reveses de la guerra.
Tras tres años desde el inicio de la guerra, esta continúa siendo ignorada por la opinión internacional a pesar del alto riesgo de genocidio, los miles de muertos, y de que se trate de la mayor crisis humanitaria del mundo. La violencia no para de escalar con ataques indiscriminados contra civiles, el uso de violencia sexual como arma de guerra y la hambruna que afecta a millones de personas. Las regiones de Darfur y Kordofán son epicentros del conflicto.
Figura 2. Mujer desplazada refugiada en la ciudad de Tawila, en Darfur del norte. Fuente:Reuters
Si se tiene que definir el tipo de conflicto armado que asola Sudán, se trata de una guerra civil internacionalizada, como viene siendo habitual en este siglo. Las guerras civiles internacionalizadas constituyen una categorización reciente. Esta hace referencia a un conflicto que implica violencia organizada por dos o más bandos dentro de un Estado soberano, en el que elementos extranjeros desempeñan un papel en la instigación, prolongación o exacerbación de la lucha (Jenne y Popovic, 2017). En este caso, hay países que tienen tantos intereses en esta guerra que, por ese motivo, ninguno de los dos bandos se agota y no llega ni la derrota ni la victoria.
Al pensar en dos bandos y hablar de guerra civil, cabe caer en el error de pensar en una población enfrentada y dividida por dos opciones políticas. La realidad, por el contrario, es una población atrapada impotente, al margen, de modo que se observa una violencia entre dos líderes políticos y sus soldados. Esta violencia a veces se dirige deliberada y directamente contra esta población, como es el caso de Darfur. Sobre esta región, según Human Rights Watch, el Gobierno de Estados Unidos declaró el pasado mes de enero (Human Rights Watch, 2025), que las RSF habían cometido genocidio4. Se estaría hablando del segundo genocidio en Darfur en tan solo dos décadas y, una vez más, de otro capítulo un tanto ignorado por la comunidad internacional (Palacián de Inza, 2024).
Además de esto, agencias de Naciones Unidas certifican que están teniendo lugar en el país crímenes de guerra y todo tipo de atrocidades contra la población, lo que incluye la violación, las ejecuciones, la utilización del hambre como arma de guerra y la persecución de grupos minoritarios. La infancia no queda libre de estas barbaridades y sufre, además, su utilización como combatientes y la violencia sexual (Naciones Unidas, 2024).
Sudán es ejemplo o arquetipo de los nuevos conflictos regionales donde las dinámicas locales e internacionales se cruzan cada vez más y las crisis humanitarias exacerban y son agravadas a su vez, por rivalidades y tensiones geopolíticas (Shea, 2024).
Los países externos se involucran en una guerra civil de manera directa o indirecta, que es la más habitual. El envío de armas, efectivos incluso o la obtención de inteligencia, por ejemplo, son algunas formas de apoyo. Los indicios parecen ser claramente evidencias. Un ejemplo de ello lo constituye el informe de Amnistía Internacional titulado New Weapons Fuelling the Sudan Conflict (Amnesty Internacional, 2025), que documentó la transferencia a Sudán y sus alrededores de armas de fabricación reciente desde países como China, Rusia, Turquía y EAU.
Conviene tener en cuenta que, mientras países cercanos y lejanos tienen sus ojos, y a veces sus armas o dinero, puestos en Sudán; la opinión pública europea y norteamericana, si no la global, es ajena a esta guerra y tantas otras más allá de Gaza y Ucrania. Hay quien va más allá, como el columnista de The Guardian Jonathan Freedland, que afirma con contundencia: «¿Recuerdan cuando dijimos que las vidas de los negros importan (Black Lives Matter)? No lo decíamos en serio»5.
En esta línea de exclusión para nuestra atención de otras raza, religiones o grupos étnico-lingüísticos, se enmarca la intervención del periodista yemení y sueco, Luai Ahmed, en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas a principios de este año:
«[…] Pregunto a la ONU, a la Liga Árabe y a todos los que han estado izando la bandera palestina desde el 7 de octubre: ¿Dónde está la bandera de Yemen? (…) ¿Y Sudán? En menos de dos años, más de 150 000 personas han muerto. ¿Dónde está la bandera de Sudán? […] ¿Dónde está la bandera siria?»6.
Otra explicación sobre la desatención mortal hacia la guerra de Sudán puede ser que cuando no se puede dividir la realidad en buenos y malos, en víctimas y verdugos, se prefiere no atender (Freedland, 2024).
Sea como fuere, esta negligencia de no atender a ciertos conflictos armados tendrá su precio a pagar, en primer lugar, con miles de emigrantes irregulares en busca de paz (Shea, 2024). O podría tener como efecto el derrocamiento de otros regímenes en el Sahel y el Cuerno de África; o Sudán podría convertirse en otro santuario para terroristas o exacerbar la crisis en el mar Rojo (The Economist, 2024).
A fecha de redacción de este trabajo, Sudán está dividido como se puede ver en la figura 1. La división del país se corresponde con los territorios controlados por un general u otro. Según Marc Lavergne7, especialista en el Cuerno de África, se trata de una batalla entre dos elites encarnadas en el general al Burhan y el general Hemedti. Se trata, según este autor, de la élite político-militar establecida en el centro del país y la élite militarizada emergente de Darfur. El objeto del conflicto es el control del Estado (Corbeta, 2023).
Figura 3. Dibujo del artista de Nairobi Galagoly. Fuente: Instagram
En este sentido, se están dando los pasos para una administración paralela independiente al Gobierno de Sudán. Para ello, Hemedti ha nombrado un primer ministro y un consejo presidencial dirigido por él mismo y con el líder del SPLM-N, Abdelaziz al-Hilu, como su adjunto (Sudan Tribune, 2025). El SPLM-N (Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés-Norte) se alió con las RSF en febrero (López Martín, 2025).
La contrapartida fue que el ejército de Sudán ha buscado el apoyo de milicias sursudanesas para que combatan al SPLM-N y las RSF, a lo largo de su frontera compartida (Nashed, 2025).
Papel de los actores externos
Sudán, por su ubicación entre África y Oriente Medio y sus ricos recursos naturales (tierras fértiles y variedad de ganado, petróleo, gas, oro y agua), es un punto estratégico de interés para potencias regionales y globales.
Como era de esperar, estos intereses tienen su reflejo en el actual conflicto. Esto hace que Sudán ejemplifique, de manera excepcional, la forma que toman los nuevos conflictos regionales. Se trata de una suerte de dinámicas locales e internacionales que se mezclan y retroalimentan (Shea, 2024).
Sudán se convierte, de este modo, en esencial para los intereses de terceros países como Rusia, China y, de manera especial, Emiratos Árabes Unidos. Sin lugar a duda, la participación de fuerzas internacionales ayuda a la prolongación del conflicto y retrasa las posibilidades de llegar a un acuerdo de alto el fuego.
También Arabia Saudí tiene interés en el punto estratégico que supone Sudán por su ubicación en las rutas de comercio internacional. Así queda establecido en la Visión 2030 de Arabia Saudí8.
Rusia, aparentemente, está apoyando a los dos bandos en conflicto (Sánchez-Rey Navarro, 2024). No obstante, esta dinámica puede cambiar, puesto que ha sido con al Burhan con quien ha obtenido permiso para construir la base naval en Port Sudan (Sanjurjo, 2024). Putin anhelaba este enclave desde 2017 (Sánchez-Rey Navarro, 2024). Será su primera base en el mar Rojo y permitirá a Rusia posicionar buques de guerra y submarinos nucleares en este estratégico mar. Esto reforzará su presencia militar en África y su influencia regional. No cabe duda de que ahora Rusia tiene claro qué bando sudanés necesita que gane el conflicto sudanés.
Emiratos Árabes Unidos ha colaborado desde hace tiempo con las RSF tanto en lo militar como en lo comercial. A su lado, también apoyan a Hemedti el Ejército Nacional Libio y Chad.
En el bando contrario, apoyando a las SAF, se encuentran Egipto, Eritrea, Ucrania, Turquía, Catar e Irán.
Estados Unidos y Europa miran a otras guerras, por lo que su implicación en la sudanesa es casi nula, salvo por las dinámicas recientes pacificadoras del presidente Trump. Este, junto con Arabia Saudita, Emiratos y Egipto (que forman un grupo conocido como «The Quad»), empuja propuestas de paz para Sudán. Sin embargo, la última propuesta de paz ha llegado de la mano de los Hermanos Musulmanes (Speakman, 2025), actores relevantes en el conflicto que apoyan al ejército sudanés con la ayuda de Irán. Un futuro Sudán influenciado por los HHMM sería una posibilidad que países del norte de África y del Golfo, que les han catalogado como terroristas, temen, pero que Occidente parece ignorar.
El conflicto armado de Sudán ha afectado de manera especial, y lo seguirá haciendo a su vecino del sur. Al igual que en Sudán, las caras visibles del conflicto aún no armado en Sudán del Sur son las de dos líderes enfrentados: el presidente Kiir y el vicepresidente Machar. Según Alan Boswell, estos dos políticos son responsables de la situación en el país, pero hay un tercero, si se puede considerar otro actor: la guerra en Sudán (South Sudan Voices, 2025). En los últimos dos años, ha habido varios momentos de dificultad entre los dos líderes, la diferencia ahora es la presión de la guerra en el país vecino. En este sentido, «Sudán y Sudán del sur a pesar de la separación continúan unidos por la cadera» 9 social, política y económicamente. Por esto, si la guerra en Sudán no se consigue parar, la presión para que estalle en Sudán del Sur es mayor. Y si eso sucede, será muy difícil separar ambos conflictos.
Conclusiones
El conflicto armado en Sudán ha cumplido tres años y medio. Las cifras de fallecidos, desplazados o con grave inseguridad alimentaria son muy elevadas. No obstante, este conflicto armado está siendo ignorado por muchos, mientras que otros tienen demasiados intereses en él. Ambas posturas son contrarias a la paz y afectarán no solo a los países vecinos en situación de vulnerabilidad, sino también a los más lejanos.
Los problemas de fondo que alimentan el conflicto armado en Sudán quedan ocultos por lo aparente: la lucha entre dos líderes con su propia agenda. Durante cincuenta años los procesos de paz han sido seguidos de otra guerra en Sudán, lo que apunta a que las causas tras los enfrentamientos no se afrontan. En la era de multipolaridad desordenada en la que nos encontramos, parte indispensable de la multipolaridad son otros actores nacionales. La paz es más sostenible con mayor participación. Es indispensable que otros actores de la sociedad civil de todo el país, participen en los procesos de paz como las mujeres, los jóvenes o los líderes religiosos.
En cualquier caso, nada de esto parece posible cuando las guerras están internacionalizadas, pues quienes apoyan a uno u otro bando impiden que el conflicto se agote y cese. Aún peor, podría extenderse puesto que la guerra en Sudán podría desestabilizar, como de hecho está sucediendo, a Chad, Somalia, Etiopía, el Sahel y países más alejados del Cuerno de África y África Oriental.
Es posible, sin embargo, que de entre los países que alimentan el conflicto porque tienen intereses en él, haya uno que pueda ayudar a poner fin al mismo. Rusia, tras la firma del acuerdo de tener una base en Port Sudan, ahora puede que tenga interés que el país alcance la paz y de que venga con la victoria del general al Burhan, que es con quien ha firmado dicho acuerdo.
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Blanca Palacián de Inza
Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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