IEEE. La radicalización de las identidades colectivas por parte del posmodernismo

Decorativa

26 oct 2026

IEEE. La radicalización de las identidades colectivas por parte del posmodernismo

Ignacio Nieto Fernández. Jefe del Integrated Advisory Team de Joint Force Command Brunssum, Trimagister en Estudios de Seguridad, Estrategia y Defensa

Introducción

El posmodernismo identifica una crisis del proyecto moderno que lo lleva a cuestionar la organización de las sociedades occidentales, construidas sobre los principios de la Ilustración. Sus orígenes se encuentran en la crítica radical de Nietzsche, quien cuestiona la verdad, la moral y la metafísica occidental1, y en Heidegger, que denuncia la metafísica de la presencia y la primacía de la razón técnica. Ambos inauguran una tradición que desconfía de la verdad objetiva y de la racionalidad universal.

En la actualidad, la competición estratégica entre actores globales ha dejado de ser una mera confrontación lineal de capacidades militares. Desde la perspectiva de los países revisionistas, resulta más eficiente recurrir a otras estrategias, como la influencia sobre comunidades minoritarias en entornos informativos2 abiertos.

La aproximación consistente en basar la disuasión en un catálogo de capacidades militares y en la voluntad de emplearlas tiene poco recorrido en estrategias híbridas o en aquellas que se denominan estrategias de zona gris.

Los modelos actuales de confrontación y de competición son mucho más complejos, aunque siguen la misma lógica de explotar las vulnerabilidades del adversario. En la actualidad, el entorno operativo, entendido como un espacio de confrontación, abarca el dominio cognitivo y, con ello, las sociedades abiertas de la información.

Estas sociedades presentan serias vulnerabilidades cuando agentes externos intentan influir en la población para alcanzar sus objetivos políticos.

La radicalización de un colectivo es una tarea laboriosa, pero relativamente sencilla. El posmodernismo facilita esa radicalización, pues blinda la identidad individual y le otorga un refuerzo en términos de reconocimiento, especialmente a los grupos más marginados, que suelen ser más proclives a recurrir al uso de la violencia, aunque no exclusivamente a la de naturaleza física.

Como resultado, la sociedad se polariza y se pierden los niveles de cohesión, vitales para cualquier actuación en el marco de la seguridad nacional.

Este artículo esboza la vulnerabilidad de las sociedades de la información, plurales y abiertas, que abrazan el posmodernismo. El efecto es un incremento de la vulnerabilidad frente a acciones externas dirigidas a erosionar los espacios de entendimiento que sustentan la deliberación y la cohesión propias de toda democracia.

Estas dinámicas pueden llegar incluso a generar múltiples espacios de confrontación asentados en identidades colectivas con alto grado de autarquía.

La posmodernidad3

La modernidad asume que el método científico es el mecanismo fundamental para interpretar y modelar la realidad. Esta modelización se institucionaliza y legitima a través del Estado, concebido como la autoridad superior responsable de ordenar y dirigir la organización de la sociedad.

Por otra parte, la posmodernidad4 es un movimiento, con multitud de vertientes5, que niega la modernidad y sus elementos principales, esto es, la fe en la razón y la ciencia como fundamento universal y como motor del progreso.

El catálogo normativo de las sociedades occidentales se fundamenta en los principios de la Ilustración, que establecieron la centralidad de la razón, la universalidad de los derechos, la igualdad jurídica y la legitimidad del Estado como garante del orden político. Sobre esta base se construyeron las constituciones liberales, los sistemas de separación de poderes, la noción de ciudadanía y los marcos éticos que regulan la convivencia democrática.

La posmodernidad se basa en la consideración de que la modernidad es un proyecto fallido. Resulta fácil llegar a esta conclusión si atendemos al panorama de los conflictos actuales.

La condición posmoderna se constituye como una respuesta reaccionaria frente a los modelos representativos del poder6, basados en la modernidad, que no han logrado generar un mundo mejor. Esta crítica se dirige especialmente hacia la situación de las minorías, uno de los elementos centrales del posmodernismo.

El pilar del pensamiento posmoderno es el permanente escepticismo y el relativismo, en especial respecto de una cuestión que parece indiscutible: que el conocimiento produce progreso y, por ende, un mayor grado de liberación para el ser humano. «El objetivo principal es borrar límites y ubicarse en un relativismo desorientado donde se impone la fluidez y la indefinición; todo queda difuminado»7.

Los pensadores posmodernos consideran que la realidad es el resultado de lo que denominan las metanarrativas8, es decir, grandes relatos culturales, políticos, científicos o religiosos que organizan la comprensión del mundo. Estas metanarrativas producen la realidad y se legitiman por medio del lenguaje.

Además, consideran que el mundo se ha conformado sobre la base de esas metanarrativas, que influyen decisivamente en nuestra cultura e impregnan todos los aspectos de la vida. Estas narrativas estructuran la vida pública al antojo de los poderosos, por lo que, de la mano de Lyotard, sostienen una «incredulidad hacia las narrativas»9.

De este modo, la realidad se habría construido socialmente, articulada por los discursos derivados de las metanarrativas impuestas por los poderosos. La existencia de una realidad objetiva se niega y se sustituye por percepciones humanas subjetivas.

La propuesta posmoderna sostiene que no existe otra verdad que la del propio individuo. El conocimiento actual y, por ende, la verdad son considerados productos impuestos por las estructuras de poder. El resultado es una apuesta por el triunfo de la opinión sobre el conocimiento, de la invención sobre los hechos y de las emociones sobre la razón.

La línea de acción consiste en estimular una identidad individual construida sobre las falacias de un colectivo, en ocasiones influenciado desde el exterior, que se esconde tras la sociedad digital de la información. En palabras de Ferraris: «Nos enfrentamos a una liberación de la verdad»10, en realidad nos enfrentamos a tantas verdades como individuos y, con la verdad, también se liberaría la realidad. Se trataría de individuos influenciados y estimulados desde un lugar virtual del que ni siquiera sabemos si está ocupado por un ser humano.

Para un posmoderno, el resultado es claro: «La verdad universal no existe, por lo que estamos condenados al relativismo»11. Esta situación nos lleva, de la mano de Derrida12, a deconstruir cualquier aspecto relacionado con la modernidad y la Ilustración. Esta postura afecta incluso a los cimientos sobre los que se sustentan las normas y las leyes en un Estado de derecho.

El resultado más sorprendente es la consideración que un posmoderno atribuye a la historia: simplemente una ficción. Uno de los escritores más representativos de esta idea es Alun Munslow13, quien considera que «el historiador trabaja con la narrativa para conformar la historia, no con la realidad del pasado, lo que implica que la historia es siempre producto de prácticas discursivas socialmente codificadas»14.

Federic Jameson apunta con rotundidad a «la desaparición del sentido de la historia»15. En este contexto, cabría preguntarse qué ocurre con el derecho consuetudinario, entendido como conjunto de normas jurídicas que no nacen de leyes escritas, sino de costumbres, prácticas y usos sociales que una comunidad ha seguido de manera constante, prolongada y aceptada como obligatoria.

Esta lógica nos lleva a la posibilidad de negar la historia, puesto que es un elemento de dominación derivado de las grandes narrativas creadas por la modernidad y orientadas hacia fines ocultos. Llegados a este punto, podría sostenerse la negación de hechos históricamente acreditados, como pensar que Hitler no cometió ningún genocidio, la negación de las limpiezas étnicas de Stalin o confrontar lo que realmente ocurrió cuando los españoles descubrieron el Nuevo Continente.

En palabras de Hayden White: «Las narrativas históricas son fantasías de la lengua, cuyo contenido ha sido creado y encontrado en similar medida y cuya forma tiene más en común con la literatura que con las ciencias»16.

De la mano de Foucault, los posmodernistas hiperbolizan las cuestiones identitarias de las minorías, pues consideran que los discursos de poder han estado dirigidos a silenciarlas. En aras de defender a esas minorías, se cuestiona la postura de la mayoría, ya que esta habría sido generada por las metanarrativas, elemento que se considera un instrumento de dominación.

Asimismo, se respaldan sin fisuras las circunstancias culturales minoritarias, sin someterlas a ningún tipo de consenso. El efecto es la validación de la teoría del punto de vista17, que sostiene que el conocimiento depende de la cultura desarrollada en un lugar concreto. No existen realidades absolutas porque todo depende de la construcción social impulsada por la estructura de poder que impere en dicho contexto.

La instrumentalización del lenguaje como elemento de dominación, y no de entendimiento, inhibe la dialéctica, que constituye una de las bases de la democracia: la capacidad de llegar a acuerdos. Los posmodernos entienden que no se gana nada discutiendo, las ideas del adversario son tóxicas por estar contaminadas por las metanarrativas derivadas de las estructuras de poder.

En esta situación, resulta complejo resolver conflictos entre comunidades, pues la imposición de las propuestas de una minoría parece convertirse en el único camino a seguir. En el caso de que aparezcan espacios de discusión, los posmodernistas adoptan una postura victimista, alegando ofensa o agresión. Su estrategia consistiría en exigir compasión, pese a que, según esta interpretación, su principal carencia radica en el respeto a las normas aceptadas por la mayoría.

Sin embargo, no niegan que la comunicación sea capital para poder transformar la sociedad, como señala Castells: «La comunicación se subordina irrestrictamente al poder hegemónico de las redes globales multimedia»18.

En redes sociales abiertas, caracterizadas por un bajo control de la información, la capacidad de influir en las sociedades se convierte en un elemento configurador del conocimiento, especialmente en una sociedad en la que todo es relativo.

El complejo constructo de la identidad

El psicoanalista Erikson concebía el término identidad como «un sentimiento de mismidad y continuidad que experimenta un individuo como tal»19. La identidad individual se refiere a la percepción que el individuo tiene de sí mismo, esta aparece cuando se hace la pregunta de quién soy, cuando se cuestiona si es diferente de los demás y en qué radica esa diferencia en relación con ellos.

El ser humano tiende a ser subjetivo en sus percepciones, porque estas se construyen sobre sus experiencias y sobre su realidad. Estimular ese pensamiento es sencillo, si se hace de forma adecuada, se genera una intensa afinidad entre la fuente, muchas veces digital, que ejerce la influencia y el sujeto que la recibe.

El sujeto refuerza sus ideas, aunque a todas luces su realidad esté apartada significativamente de lo que la comunidad considera normal. Comienza así a construirse una identidad basada en la diferencia: la comunidad frente la fuente digital.

El pensamiento posmoderno se siente cómodo amplificando la diferencia. Rápidamente establece una dualidad entre nosotros y ellos, entre los buenos y los malos. Su propuesta de ruptura con el statu quo, incluida la realidad o la verdad, deja margen a un corolario de múltiples realidades y, con ellas, para un mundo de identidades individuales que buscan dotar de sentido a su pensamiento.

Esta situación ofrece un refugio cognitivo a muchos individuos, sustentado en la fluidez derivada del relativismo y del escepticismo. De esta forma, se genera una zona de confort especialmente atractiva para quienes buscan marcos interpretativos alternativos.

En este sentido, la identidad es la extensión de uno mismo, pero también la identificación del individuo con otros que considera iguales. Como señala Costa: «La idea de identidad supone la idea de verdad, de autenticidad, puesto que identidad significa, sobre todo, idéntico a sí mismo»20.

Dentro de esta lógica, los iguales lo son porque comparten rasgos que los hacen diferentes de otros; es lo que podríamos denominar una mismidad diferenciada. El concepto de identidad encierra de forma intrínseca el hecho de marcar diferencias: «La identidad es un predicado que tiene una función particular; por medio de él, una cosa u objeto particular se distingue como tal de las demás de su misma especie»21.

En las sociedades posmodernas, la diferencia se valora al considerarse como un elemento de exclusividad, sin importar la naturaleza del disenso. Todas las opiniones se consideran válidas porque se presupone que su construcción puede proceder de un contexto social no compartido por la mayoría.

Lejos de armonizar las diferencias, el pensamiento posmoderno amplía los espacios de confrontación en sociedades diversas, generando fracturas irreconciliables en muchas ocasiones porque la apuesta es, desde luego, transgresora. Como afirma Fourest: «Es necesario volver a aprender a defender la igualdad, y no la mera diversidad»22.

Esta confrontación resulta evidente en la convivencia con otros individuos. Como señalan Mercado y Hernández: «El autorreconocimiento implica reconocerse como miembro de un grupo, lo cual le permite diferenciarse de los miembros de otros grupos»23.

Por ello, las identidades se configuran en confrontación con los otros, que constituyen un punto de referencia constante en la conformación de nuestra identidad. El concepto de identidad abarca la pertenencia a un colectivo y además la unicidad, es decir, el reconocimiento interno de ser único.

Estimular la diferencia sobre la base del relativismo es un ejercicio de imprudencia, porque puede responder a ideales arbitrarios. Como señala Lipianski: «Esta ambigüedad semántica sugiere que la identidad oscila entre la similitud y la diferencia»24.

En entornos posmodernos se inhibe la similitud y se acrecienta el énfasis en la diferencia, especialmente en los colectivos minoritarios.

La conformación de las identidades se ha realizado tradicionalmente en torno al país, la religión o los factores culturales. Sin embargo, en la actualidad intervienen otros elementos que, a priori, podrían considerarse menos relevantes, como la profesión, la identificación con las minorías o la orientación sexual.

La selección de estos elementos se orienta a la conformación de lo que Manuel Castells identifica como identidades de resistencia:

«Generada por aquellos actores que se encuentran en posiciones y condiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de la dominación, por lo que construyen trincheras de resistencia y supervivencia basándose en principios diferentes u opuestos a los que impregnan las instituciones de la sociedad»25.

La instrumentalización de las identidades colectivas

Una vez el individuo ha adquirido una determinada identidad, se conforma una organización coherente y compacta, normalmente en el seno de la red global. Se trata de una comunidad imaginada, en el sentido de Anderson26: «Construcciones mentales compartidas por personas que no se conocen entre sí, pero que se imaginan formando parte de un mismo colectivo».

Normalmente, mediante el lenguaje como mecanismo vehicular, se facilita al individuo el reconocimiento como integrante del colectivo. Por fin, después de muchos años de peregrinar en el desierto con un pensamiento percibido como singular, el individuo se encuentra un espacio en el que sus ideas son compartidas y reconocidas.

En este contexto surgen, por doquier, comunidades como los terraplanistas, los furries27 o los therians28.

Los defensores de la posmodernidad exigen respeto hacia esas comunidades, entre otras razones porque consideran que han sido injustamente silenciadas durante muchos años. Pero no se quedan ahí, exigen regulaciones de toda naturaleza para protegerlas de las acciones de la justicia, del Estado de derecho o, incluso, frente a la simple indiferencia del conjunto de la sociedad.

¿Cómo puede alguien no mostrarse sensible ante una persona que se siente gato, aun cuando no se perciba como tal al mirarse al espejo?

Desde el punto de vista antropológico, la identidad colectiva es el conjunto de propiedades y características de un grupo determinado de individuos que se identifican con él. Estas propiedades y características también pueden cambiar y evolucionar con el tiempo y el devenir de los acontecimientos; por ello tienen un carácter dinámico.

Uno de «los denominadores comunes más importantes es que se considera algo construido, dinámico y aprendido, más que algo natural, fijo o de origen divino»29. El ecosistema que se genera en internet permite orientar esas identidades hacia espacios más violentos, ante la incomprensión de la sociedad hacia sus reivindicaciones.

La pertenencia a un grupo humano, así como la configuración de la identidad personal, se construye socialmente y, en la actualidad, estas comunidades son principalmente virtuales. La conformación de una identidad concreta es un proceso dinámico y siempre inacabado. El paso del tiempo contribuye a construirla socialmente a través de unas interacciones que tienen influencia en nuestra identidad.

En el caso de los therians, sus integrantes se sienten cómodos identificándose con gatos y exigen parques donde poder esparcirse. Desde esta perspectiva, estos colectivos podrían considerar que determinadas formas de autopercepción (siempre ha habido personas que se creen gatos) han sido históricamente ignoradas o marginadas por las estructuras de poder que las han silenciado, por lo tanto, es una cuestión de justicia social, pensarán los miembros con identidad colectiva de mininos.

En esta búsqueda de identidades colectivas, no podemos dejar pasar por alto la importancia de la comunicación, pues constituye un elemento esencial en la conformación de lo que se ha denominado la globalización cultural. Los medios de comunicación social estimulan la creación de culturas paralelas desde las plataformas de información, de esta forma, existen colectivos cuyos miembros se sienten identificados con otras personas a las que no conocen e incluso no han visto nunca.

De esta forma, se generan lo que Gustave Le Bon denominaba colectivos masa: «Han sido transformados en una masa que los pone en posesión de una especie de mente colectiva que los hace sentir, pensar y actuar de una manera bastante distinta de la que cada individuo sentiría, pensaría y actuaría si estuviese aislado»30.

Una persona masa es capaz de llegar a realizar acciones violentas que en ningún caso las tomaría de forma individual. Amparado por el colectivo, pierden la atribución de sus actos porque la acción se atribuye a la comunidad y no al propio individuo.

En una sociedad permanentemente enojada, cabe preguntarse qué resulta más probable: sentirse como un gato o considerar que la democracia es un elemento opresor del pueblo gobernado por grandes corporaciones económicas. Si la respuesta fuera la segunda opción, hay que replantearse la capacidad de agentes externos para radicalizar colectivos a través de la red global.

Tal y como apuntaba Ortega y Gasset: «La masa abandona su lugar tradicional y ocupa espacios antes reservados a minorías selectas: política, cultura, ciencia, dirección social. Esta ocupación no es democrática, sino impositiva, porque la masa no reconoce límites ni competencias»31.

Esta dinámica no solo es impositiva hacia el exterior, sino también hacia dentro del propio grupo, conforme a la denominada espiral del silencio32, que fuerza a la alineación del grupo para sentirse parte de este y no quedar excluido.

En la correspondencia33 entre Einstein y Freud después de la guerra, el científico se preguntaba cómo el ser humano podía ser tan malvado. Freud le contestaba que en el ser humano existen dos pulsiones fundamentales: el eros (vida, unión y amor) y el tánatos (muerte, destrucción y agresión). Ambas pulsiones coexisten y son igualmente poderosas.

La agresividad no es un accidente cultural, sino una fuerza tan primaria como el amor. La guerra no es más que una expresión colectiva del tánatos cuando las estructuras de contención fallan.

Antaño, la estructura de contención era el colectivo cercano, que podía aplacar las ideas extravagantes del individuo. En la actualidad, internet ha destruido esas estructuras de contención. Siempre es posible encontrar un colectivo virtual que apoye tus ideas, tu realidad y tu verdad.

El posmodernismo erosiona esas estructuras de contención y multiplica la exigencia de que todas las opiniones son respetables. Solo hace falta influir sobre el individuo hacia una dirección determinada para que crezcan las pulsiones negativas.

Conclusiones

Desde hace bastante tiempo, los países revisionistas han llegado a la conclusión de que el conflicto convencional, asentado sobre una confrontación lineal de capacidades militares, no les permitirá alcanzar sus objetivos estratégicos. En los escenarios de competición estratégica se inhibe el uso de esas capacidades militares y se apuesta por otros instrumentos y desafíos que la deontología militar actual no puede resolver, al menos por el momento.

Estamos hablando de escenarios con fuerte carga de hibridación, orientados meticulosamente a evitar la escalada mediante el empleo del instrumento militar.

Una de las áreas que ofrece mayores oportunidades para explotar las vulnerabilidades de los países occidentales es el dominio cognitivo y el nuevo escenario de confrontación que incluye el cerebro humano como espacio de disputa. Entre estas posibilidades nace la capacidad de romper la cohesión social sobre los postulados de la posmodernidad, donde se privilegia el disenso autárquico que evita el pensamiento, condición necesaria para la deliberación y la proposición de mejoras para la sociedad sobre la base de la dialéctica.

La pérdida de la noción de un nosotros, sustituida por una multitud de yos y sus reivindicaciones particulares, erosiona la base sobre la que se ha edificado el sistema democrático. La verdad y la realidad se vuelven fluidas y alteran nuestro sistema de prioridades y valores, lo que termina erosionando uno de los pilares fundamentales de la seguridad nacional: la cohesión necesaria para apoyar una respuesta colectiva ante una agresión.

El ejercicio del Estado de derecho siempre ha demandado la existencia de una ciudadanía libre y con un acceso adecuado a información veraz, pero también requiere el desarrollo de espacios de sociabilidad, deliberación y discusión, incluyendo disputas, para el adecuado establecimiento de consensos que nos permita edificar las normas de convivencia de la sociedad.

El posmodernismo dificulta sobremanera esta armonía social y genera multitud de espacios de confrontación sobre la base del relativismo y el pensamiento individual. La generación de identidades colectivas, influenciadas externamente y construidas sobre la base de los postulados del posmodernismo, constituye una vulnerabilidad clara que debemos de afrontar.

No podemos satisfacer las demandas de la diversidad en perjuicio del conjunto de la comunidad. Al final, se generan tensiones que hacen que el péndulo de la agresividad tome un ángulo más pronunciado cada año. La versión fluida de la verdad propugnada por el relativismo no permitirá conjurar los conflictos; por el contrario, desaparecen las referencias compartidas y los criterios comunes de arbitraje lo que tenderá a intensificar los conflictos sociales.

Externamente, desde la sociedad de la información, es sencillo, pero laborioso, estimular esta fragmentación de la sociedad que, sin duda, nos hace más débiles como nación.

No se trata de coartar ninguna libertad, más al contrario, se trata de garantizar las libertades del conjunto de la sociedad, que no se debe subordinar a las minorías. Pero se trata de mucho más que eso: está en juego la defensa del pensamiento libre de nuestras sociedades, sustentado en el acceso a la información veraz que permita a los ciudadanos adoptar sus propias decisiones. En definitiva, democracia en estado puro.

La influencia exterior, vehiculada a través de internet, sobre la configuración del pensamiento de nuestros ciudadanos, cuando constituya una amenaza a los preceptos de la democracia, debe afrontarse con toda la fortaleza del Estado de derecho, desde la serenidad, pero también con firmeza, y con el apoyo de todos los instrumentos de poder nacionales e internacionales, incluidas las Fuerzas Armadas.

Ignacio Nieto Fernández
Jefe del Integrated Advisory Team de Joint Force Command Brunssum
Trimagister en Estudios de Seguridad, Estrategia y Defensa

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1] El filósofo alemán entiende que la razón se ha convertido en un criterio supremo que ha dado como resultado una visión empobrecida del ser humano, una moral esclava y unos principios universalistas que, en realidad, ocultan las relaciones de poder.
[2] El entorno de la información es mucho más amplio que los medios de comunicación, pues abarca todos los sistemas en los que existe información y, por ende, puede producirse influencia. En el entorno de la información interactúan los sistemas, los actores y la información, que puede materializarse en narrativas, imágenes o acciones.
[3] La posmodernidad es un movimiento muy heterogéneo, con multitud de autores que han escrito sobre ella; por ejemplo, Derrida, Foucault, Lyotard, Jameson, Butler, Vattimo, Rorty, Beck, Giddens o Debord. Este artículo no pretende explicar cada una de las diferentes líneas de pensamiento, sino recopilar sus principales argumentos.
[4] Conceptos similares a la posmodernidad han sido desarrollados por Bauman, como la modernidad líquida; por Giddens, como la modernidad radicalizada; y por Toynbee, como la cultura ultramoderna.
[5] El término posmodernidad es complejo de definir, pues nace en el seno de la filosofía, pero muy pronto se asienta en la sociología para, posteriormente, ampliar su ámbito de influencia hacia la economía y, muy especialmente, hacia la cultura.
[6] VATTIMO, Gianni. La sociedad transparente. Barcelona, Paidós, 1990.
[7] BURGAYA, Josep. La razón y sus enemigos: una defensa de la democracia liberal. Madrid, Catarata, 2025, p.122.
[8] El principal pensador de la posmodernidad fue Jean-François Lyotard, su teoría principal la desarrolla en su libro La condición postmoderna: informe sobre el saber.
[9] LYOTARD, Jean-François. The Postmodern Condition: A Report on Knowledge. Manchester, Manchester University Press, 1984.
[10] FERRARIS, Maurizio. Posverdad y otros enigmas. Madrid, Alianza, 2019, p. 43.
[11] BUTLER, Christopher. Posmodernidad. Una breve introducción. Chile, Universidad Católica de Chile, 2020, p. 23.
[12] Jacques Derrida fue un filósofo francés (1930-2004), una de las figuras más importantes del pensamiento posmoderno, es el creador de la deconstrucción, su obra es uno de los pilares teóricos del pensamiento posmoderno y posestructuralista.
[13] MUNSLOW, Alun. Deconstructing History (2nd ed.). New York, Routledge. 2006.
[14] BURGAYA, Josep. La razón y sus enemigos: Una defensa de la democracia liberal. Madrid, Catarata, 2025.
[15] JAMESON, Frederic. El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Barcelona, Paidós,1996.
[16] WHITE, Hayden. «El texto histórico como artefacto literario», en H. White, El texto histórico como artefacto literario y otros escritos. 2003, pp. 27-51.
[17] La principal impulsora y creadora de esta teoría fue Sandra Harding, en sus dos obras fundamentales: The Science Question in Feminism y su desarrollo posterior, Whose Science? Whose Knowledge? En ambas sostiene que el conocimiento no es neutral, sino que está situado en posiciones sociales concretas.
[18] CASTELLS, Manuel. Communication Power. New York, Oxford University Press, 2009.
[19] ERIKSON, Erik. La identidad psicosocial. Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, tomo V. España, Aguilar, 1977, p. 586.
[20] COSTA, Joan. Identidad corporativa. México, Trillas, 1993, p. 16.
[21] HABERMAS, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa. Madrid, Taurus, 1987, p. 145.
[22] FOUREST, Catherine. Generación ofendida. De la policía cultural a la policía del pensamiento. Barcelona, Península, 2021.
[23] MERCADO, Asael y HERNÁNDEZ, Alejandrina. «El proceso de construcción de la identidad colectiva», Convergencia, 17(53). 2010, p. 231.
[24] LIPIANSKI, Edmon Mark. «L´identité personnelle», en VV. AA., L´identité. París, Ed Sciencies Hamnes. 1999, p. 22.
[25] CASTELLS, Manuel. La era de la información. El poder de la identidad. Madrid, Editorial, 1997.
[26] ANDERSON, Benedict. Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Madrid, Fondo de Cultura Europea, 1993.
[27] Son comunidades cuyos integrantes disfrutan asumiendo personalidades antropomórficas, no desean ser animales, pero se encuentran cómodos asumiendo formas animales con características humanas. La corporación ExpertBeacon estimaba en 2024 que existían globalmente más de un millón y medio de furries con Estados Unidos a la cabeza de la distribución geográfica con un 34 %. Información disponible en https://expertbeacon.com/how-many-furries-are-in-the-world/?utm_source=copilot.com#google_vignette (consultado 17/8/2026).
[28] Personas que sienten una identificación profunda con un animal específico (lobo, felino, ave, etc.). No creen ser biológicamente animales, sino que experimentan su identidad psicológica o espiritual de esa manera. Pero incluso tenemos los otherkin como personas que se identifican como entidades no humanas más amplias, dragones o espíritus.
[29] PRUTSCH, Markus Joseph. Investigación para la Comisión CULT - Identidad europea. Parlamento Europeo, Departamento Temático de Políticas Estructurales y de Cohesión, Bruselas, 2017, p. 10.
[30] LE BON, Gustave. La psicología de las masas. Madrid, Editorial, 2009, p. 25.
[31] ORTEGA Y GASSET, José. La rebelión de las masas. Madrid, Espasa-Calpe, 2005.
[32] NOELLE-NEUMANN, Elisabeth. The spiral of silence: Public opinion – Our social skin. Chicago, University of Chicago Press, 1980.
[33] FREUD, Sigmund y EINSTEIN, Albert. ¿Por qué la guerra? Madrid, Alianza Editorial, 2006.
    • La radicalización de las identidades colectivas por parte del posmodernismo (0,24 MB)

    • The radicalisation of collective identities triggered by postmodernism (0,25 MB)