
30 jun 2026
IEEE. El populismo como factor polemológico
Federico Aznar Fernández-Montesinos. Capitán de fragata de la Armada (DEM). Analista del IEEE (CESEDEN)
«El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio».
Frase que se atribuye a Sir Winston Churchill
Democracia y sociedad posmoderna
La función política de la democracia va más allá de su carácter simbólico o su significado mágico. Consiste en generar un marco resistente que propicie la convergencia de fuerzas muy opuestas. La lealtad es un concepto clave para el funcionamiento del sistema. Esta se sustenta en la interiorización de sus valores, principios y procedimientos.
Se está ante un sistema de balances y contrapesos —pero también ante una actitud— que mantiene un equilibrio y que se materializan en las instituciones. Elementos claves son la justicia y los medios de comunicación que actúan a modo de contrapoderes. La justicia garantiza el correcto equilibrio entre las distintas partes del sistema y su afección a la ciudadanía. Y los medios de comunicación son un mecanismo estructural de contrapeso que posibilita una vigilancia relativamente independiente. Su pluralidad y diversidad sirven a la calidad democrática.
Las democracias liberales tienen la capacidad de reformarse a sí mismas por medios pacíficos, mientras que otros regímenes políticos difícilmente evolucionan y cambian sin conflictos.
Con todo, la democracia representativa incorpora un déficit de legitimidad pues se representan los intereses del pueblo sin que este sea consultado directamente. Es más, los defectos del sistema hacen que tenga hasta un componente oligárquico toda vez la dificultad de una igualdad real. Así, Alain de Benoist, sostenía que «las élites políticas y mediáticas sostienen el mismo discurso». Pero esta perfectibilidad no implica que solo la democracia directa sea legítima pues también incorpora sus propias problemáticas que también la hacen perfectible.
La posmodernidad, considerada como la edad actual de Occidente —y que es el marco social de la democracia— es un estado mental, una actitud de negación y hasta de rechazo de todo pensamiento anterior. El sufijo «pos-» implica su superación.
El crepúsculo de las ideologías —que marcó la llegada del nuevo siglo— trajo un nuevo antropocentrismo del que se dedujo a su vez el cuestionamiento, ablandamiento y reformulación de muchas de las ideas imperantes. Es lo que Gianni Vattimo denomina «pensamiento débil».
La falta de ideologías supone la ausencia de atalayas con las que mirar al futuro. No hay futuro porque no hay una propuesta de tal. Esto concentra sobre el presente cualquier solución. El compromiso pierde entonces valor pues cada instante es un nuevo punto de partida y no se mira tampoco hacia un pasado que ni existe ni compromete.
Esta falta de horizontes es causa de un sentimiento de deriva. Lo efímero se vuelve norma. Se está en una época de confusión y conceptos débiles que, necesariamente, rechaza cualquier forma de sacralización. Es la «sociedad ligera» de Braudillard o «líquida,» de Bauman.
Es también el terreno del hombre light, del ciudadano conforme, sin valores ni pensamientos fijos, que vive en una realidad que se ha configurado a su medida. Por eso la sociedad del siglo XXI es conformista y acrítica. El ciudadano, a la postre, se declara conforme con todo mientras se le garantice su estatus y nivel de vida.
El populismo como un concepto entre la demagogia y la representación política
La palabra populismo aparece en la segunda mitad del siglo XIX como traducción directa del término Naródnichestvo que designaba un heterogéneo conjunto de movimientos políticos de la izquierda socialista rusa. Pero, como suele suceder, el término expresa una realidad muy anterior. En palabras de Ernesto Laclau, «el populismo es solo una forma de construir lo político».
Este término, que encaja perfectamente en la posmodernidad, ha evolucionado adquiriendo connotaciones peyorativas, aun dentro del espectro de opciones que ofrece una palabra muy polisémica y de gran ambigüedad conceptual. De hecho, se ha transformado en una etiqueta con la que descalificar a cualquier adversario político (Ahedo, 2023).
Desde esta perspectiva, es una expresión de degeneración, una corrupción de la voluntad general roussoniana, aunque se enuncie como su realización. Se está ante una propuesta sustancialmente antiliberal o iliberal.
Pero es que el populismo cuenta con una notable transversalidad o polivalencia. De hecho, es básicamente un concepto retórico, una metodología o estrategia y no una ideología. Por eso, como subraya Vallespín y enfatiza Areilza, es más fácil usarla como adjetivo que definirla como sustantivo.
Con todo, resulta particularmente adecuada para las posiciones extremas dada la gran fuerza comunicativa de que disponen por su aparente congruencia; esto hace que los matices pierdan relevancia. Su concreción es así un cajón de sastre. Pero la estrategia populista centrifuga inevitablemente a quien la emplea hacia los extremos como resultado de una necesidad de congruencia.
No obstante, merece referirse también como el Partido Conservador británico de David Cameron, para satisfacer su agenda política personal, convocó primero un referéndum sobre la permanencia de Escocia en el Reino Unido y propició luego el BREXIT; el resultado de esta contradicción en las agendas fue una tensión que benefició a otro partido declaradamente populista y extremo. Y el presidente Donald Trump pertenece a un partido tradicional como lo es el Republicano que también puede resentirse. De hecho, algunos autores apuntan a que ya ha mutado en un movimiento nacional-populista.
Con todo, el eje izquierda y derecha, clave de bóveda de la política desde el siglo XIX, parece estar agotado; ya que, con la crisis del Estado del Bienestar, el consenso en torno al Estado Social y Democrático de Derecho comienza a tambalearse y hasta se puede romper el contrato social que había regido Europa durante los últimos decenios.
En cualquier caso, la impronta plebiscitaria del populismo supone una apelación al pueblo que hace que se tenga por una expresión de democracia directa en la que llega a enmascararse. De hecho, al ofertar soluciones simples para atender problemas difíciles y complejos consigue politizar cualquier malestar social.
El populismo considera que la representación política, y con ello la democracia liberal, enajenan el poder del pueblo pues las instituciones contramayoritarias sirven de facto para bloquear las decisiones de la mayoría. Para el populismo solo hay un sujeto colectivo con voluntad y, en esta lógica, las instituciones de la democracia liberal (constituciones, derechos, parlamentos, los medios de comunicación o un sistema judicial independiente) son positivas si se subordinan al «poder popular»; pero negativas cuando limitan su soberanía (Gratius y Rivero, 2018).
El poder actúa entonces libre de frenos. El populismo, amparado en esa legitimación, no reconoce ningún tipo de limitación, organizativa, procedimental o de cualquier otro signo, incluso ideológica o del conocimiento. Se presenta como la única ideología válida y hasta posible. Por eso, es no solo iliberal, sino también antipluralista, antiélite y antiexpertizaje (Gratius y Rivero, 2018).
Busca su amparo en las circunstancias socioeconómicas del momento. Estas se hacen concurrir en enemigos, que es en lo que se transforman los eventuales rivales políticos a los que ya ni siquiera se pretende convencer. Confrontan a enemigos existenciales previamente manufacturados.
Se caracteriza por su capacidad de movilizar y conectar emocionalmente con las masas, apelando a sus prejuicios y aspiraciones. Para lograrlo simplifica el espacio público y buscan concentrar el poder en el ejecutivo, a menudo a expensas de las libertades, lo que puede llevar a la erosión de la legalidad y de las instituciones de control (Rivera y González, 2024). Solo existen líder y pueblo.
Esto supone una regresión psíquica e intelectual toda vez que implica la primacía de lo emocional sobre lo racional. El líder populista alimenta las pasiones del pueblo, sus ambiciones más inmediatas. Y las satisface, eso sí, mientras desatiende sus intereses reales. Y lo hace al margen de los procedimientos debidos utilizando una metodología dicotómica, de blancos y negros.
Para Laclau y Mouffe la hegemonía es la capacidad de un grupo social para articular los elementos de una sociedad y dotarlas de una dirección de avance común. Afirman que la capacidad hegemónica es de carácter contingente y depende tanto de las condiciones sociohistóricas como de las estrategias adoptadas. A resultas, hay más ejes que el económico con los que se puede organizar la hegemonía. Estos pueden instrumentarse, hasta sucesivamente, para avanzar (La Trivial, 2024).
Y eso es justo lo que ha hecho el presidente Trump. Ha sido capaz de agrupar diferentes nichos sociales dispersos y cuyas demandas va combinando sucesivamente. Estos van desde tecnócratas hasta colectivos obreros pasando por grupos de expatriados de diferentes nacionalidades y eso junto con el clásico votante WASP republicano. Todos estos se encuentran unidos por el nacionalpopulismo y la búsqueda del beneficio económico. Pero, lógicamente, no pocas veces plantean demandas incongruentes entre sí.
De esta manera, articulando tales colectivos, logra realizar una apelación al pueblo, pero, al mismo tiempo, puede llevar a este a obrar contra sí mismo, esto es, contra sus intereses profundos y reales. Y, como consecuencia, se deja, como pelos en la gatera, a las instituciones que sirven de contrapeso del poder, a cuya credibilidad daña traicionando las bases democráticas y faltando a la lealtad debida. Por eso, los populistas son tildados de «antisistemas».
Para los dos autores posmarxistas1 citados, los rasgos principales del populismo son: la explicitación del antagonismo en el interior de la comunidad y la impugnación del orden en su conjunto. Esta impugnación se hace en términos del pueblo contra la élite, por más que puedan adoptarse otras formas.
La estrategia populista pasa por el tensionamiento extremo del sistema. Para eso recurre a la sobre simplificación de la realidad, a la división social, la demagogia y el autoritarismo. Y la clave de todo es la comunicación (La Trivial, 2024).
El populista sabe gestionar el resentimiento, pero no sabe aprovechar su eventual victoria porque ni sabe tratar la complejidad del siglo XXI ni, sobre todo, dispone realmente de una propuesta alternativa. Afirma representar al pueblo. Su representación es la de lo que estima o interpreta como sus deseos más íntimos y aun ocultos que, al explicitarse, pasan a conformar su agenda política. Esta se transforma en agenda mediática, en una comunicación directa entre líder y pueblo.
El populismo trae así de su mano al líder populista sirviendo a su construcción al dotarle de una misión salvífica. Y este, a su vez, hace populismo, esto es, politiza el malestar existente capitalizándolo al hacer una aproximación interesada a la situación político social. La usa como fuente de autoridad y con la pretensión de legitimar su autoritarismo.
A diferencia de otros partidos políticos, los populistas no están sometidos a ideologías, pues su objetivo principal es llegar al poder primero y mantenerse en él, después; por eso no propiamente es un movimiento político sino en una lógica política. El líder populista2 es una figura central en este esquema. Sin líderes populistas, los populismos no son efectivos y quedan relegados a los márgenes del sistema (Torre, 2022).
Pero, también es cierto, que, al calificar un cierto proceder como populista, se está deslegitimando una propuesta política. Y, al hacerlo, se pueden estar ignorando las preocupaciones reales del pueblo. Y más aún, si esta se aleja del pensamiento dominante o del defendido por las élites.
Consecuentemente, para autores como Laclau, el populismo es una lógica que produce identidades populares y que resulta absolutamente necesaria para dar fin a sistemas administrativos excluyentes y construir ordenes alternativos. La ruptura populista es, así vista, precisamente la alternativa a la pospolítica, a la negación de lo político por la administración (Torre, 2022), esto es, a la sustitución de la política por la gestión administrativa.
Pospolítica, populismo y comunicación
Con el fin de la Guerra Fría, la democracia representativa entró en crisis. Esta es, en parte, resultado de un proceso de adopción de consensos que ha reducido el espectro del espacio político al entregar lo consensuado a lo técnico. Está en relación con el crepúsculo de las ideologías.
Visto de este modo, el populismo no es una causa de tal crisis de legitimidad sino su resultado. La democracia, paradójicamente, se transforma, entonces, en un evento de disenso. Esto es debido a que no se opone a una concreta resolución, sino que lo hace al régimen técnico que propicia su adopción toda vez que este se ha hurtado a la política mediante su banalización administrativa (Torre, 2022).
Esta despolitización de la política es la que Žižek, en 1999, denominaba pospolitica. Con ello, la política ha dejado atrás las viejas luchas ideológicas para encubrir lo que ha pasado a ser un régimen técnico de administración. Mediante tal estrategia se logra desplazar la atención de la ciudadanía de cuestiones estructurales —que, como la economía especialmente, han quedado tecnificadas— y que son sustituidas por otras identitario-culturales.
El resultado natural es también una sociedad despolitizada en tanto que solo interesada por el reconocimiento de las identidades (género, ecología, etnia, minorías culturales, sexualidad…) y por la tolerancia con la diferencia. Sin menospreciar estas cuestiones en las que reconoce que se han producido avances, la propuesta de Žižek, como buen neomarxista que es, se basa en repolitizar la economía, esto es, volver a centrar en ella los debates.
Por su parte, Christian Salmon, en 2007, se refería a la pospolítica como la política de la posverdad. Esta trata de crear o modelar la opinión pública actuando más sobre las emociones y las creencias personales que sobre hechos objetivos. Para ello, utiliza preferentemente los sentimientos que Moïsi identificara en su relación con la confianza: miedo (ausencia de confianza), esperanza (la expresión de la confianza) y humillación (la confianza herida), y con ellas articula el discurso. Y los manipula con objetivos no explícitos.
La desinformación se convierte así en la savia de esta concepción despolitizada de la política. Esta se sirve de las redes sociales, de una población con acceso a la información, pero con tiempo limitado para su análisis y aun sin la formación precisa.
Y también ha cambiado su origen. Así, el término agitprop, agitación y propaganda, era una estrategia política de la Revolución Rusa. Surgió como un movimiento creado por artistas para influir en la opinión pública en una doble vertiente: de un modo pasivo, sobre las conciencias con la propaganda, y de un modo activo, mediante la agitación (Lenoir-Grand, 2017).
Si pensadores como Chomsky o Derrida eran por tradición definidos como «alternativos», ahora lo alternativo, precisamente, se ubica en el poder. Y eso es novedoso. El poder ahora, desde esta concepción de la política, hace agitprop y también es «alternativo».
Medios y redes sociales en la era de la información
Los medios de comunicación son clave en democracia. Pero estos tienen una naturaleza mixta —de empresa y servicio público— y difunden simultáneamente hechos e ideas con fines informativos, publicitarios, propagandistas y hasta lúdicos lo que favorece la confusión entre ellos (Manrique, 2016).
Además, han aparecido grandes grupos y corporaciones ligadas, no pocas veces, a intereses estatales y con una gran capacidad de influencia que utilizan la ausencia de fronteras eficaces para la desinformación. Esto supone una posibilidad de injerencia en los asuntos internos de terceros y una amenaza a su soberanía.
Y es que se ha producido una importante concentración de empresas, de modo que el vasto espacio virtual ha sido cercado y loteado por un oligopolio de compañías digitales (Merchan, 2017).
Además, el patrón de comunicación se ha transformado radicalmente. Las redes sociales son el eje del «ecosistema de información» del siglo XXI. Estas son espacios en las que los usuarios encuentran una relativa homogeneidad y, por ello, las ideas y creencias se igualan con independencia de su origen y calidad.
Las redes permiten, además, y en estas condiciones, unos mismos espacios de interacción entre colectivos físicamente dispersos hasta hacer de Internet un espacio de aglomeración pública, una «multitud online» permitiendo una suerte de e-democracia.
Ello se debe a que en 2016 un 62% de los adultos estadounidenses accedían a noticias a través de las redes sociales y un 44% a través de Facebook (Gottfried y Shearer, 2016). En 2024, Facebook [Meta] registraba 3065 millones de usuarios, Youtube 2491, Instagram 2000 y Twitter 619 con una media de uso de dos horas y veintitrés minutos diarios. Hay así influencers con capacidad para movilizar o condicionar con sus opiniones a cientos de millones de personas.
La sociedad del siglo XXI es una sociedad de la información toda vez que esta resulta ser un insumo esencial. Hasta 2003 se calcula que la humanidad había producido 5 exabytes de información, cifra que, en 2011, se generaba cada dos días. En 2007, la cifra se elevaba a 295 exabytes que, en 2011, alcanzaba los 600 exabytes (Marina, 2017). En 2020, cada día se generaban 2,5 quintillones de bytes. Desde entonces, todo el conocimiento humano se dobla cada dos años de modo que, hoy, el 90% tiene menos de dos años (Gilli, 2019).
Se está ante un arma poderosa para el populismo, pues suponen un conjunto de aparatos y prácticas comunicativas conectadas y que encajan perfectamente con su retórica. Populismo y redes sociales se retroalimentan mutuamente. Las redes sociales favorecen el surgimiento de los movimientos populistas, y estos han contribuido a hacer de las redes un espacio de movilización política (Gerbaudo, 2023). Estas sirven para la difusión de mensajes negativos y simples útiles desde la perspectiva de la comunicación política y que favorecen a la polarización. A ello ayuda la propia estructura de las redes y el modelo de negocio subyacente.
La verdad y la lucha por el control de la agenda informativa
En la posmodernidad, lo emocional prima sobre lo racional. La verdad no queda consignada al hecho, sino también a los sentimientos que suscita o a las adhesiones que provoca.
Y eso cuando el poder no se mide según el patrón de riqueza y el intercambio de bienes, de hecho, no se da ni se intercambia, sino que se ejercita; no existe más que en acto y es «productor» de saber y de verdad (García y Vidarte, 2009: 199). Como decía Michael Foucault, «estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad» (Foucault, 1979: 140). Es decir, el que tiene el poder tiene la verdad y no es una cuestión menor pues la recíproca también es cierta: quien tiene la verdad, tiene el poder.
El populismo trata de hacerse con la agenda política. Tal cosa pasa por hacerse con la agenda informativa en la medida en que esta es expresión de la realidad social, de la verdad. Haciéndose con ella, toma también el poder. Y las fronteras no son un obstáculo para tal estrategia.
A ello se suma que la cobertura informativa que ofrecen los medios atiende a aquellos sucesos que representen una cierta ruptura y los mensajes populistas, emotivos y disruptivos, lo son. Tal rol es propio de los medios sensacionalistas. De hecho, el formato de los espectáculos mediáticos o el infoentretenimiento (incluso los videojuegos) se adapta muy bien a las ideas polarizantes que patrocina, con lo que generan una suerte de simbiosis pues ambas partes obtienen beneficios (Prior, 2021).
El populismo lucha por instalar sus debates en la agenda informativa. Y lo hace utilizando la emotividad. Y eso cuando las sociedades posmodernas buscan lo dramático, emociones poderosas como el temor, la rabia, la hostilidad. Estas se obtienen, de común, simplificando y presentando una realidad en blanco y negro para movilizar a la opinión pública. Y repitiendo, porque la alta política es pedagogía. La política populista fractura así la sociedad, la muele para poder someterla.
Es la psicopolítica. Una construcción política realizada sistemáticamente sobre la base de su componente irracional, esto es, desde el sobredimensionamiento del factor emocional. El pueblo no quiere tanto pensar como confirmar lo que ya piensa. Algo que puede ser fruto de opiniones internas o externas.
Desinformación y populismo
Aunque la difusión de conocimientos es mayor en el siglo XXI, la calidad media de la información es inferior. Todo, la verdad y lo que no lo es, se encuentra en la red, es público. Y eso cuando los hechos, la realidad, cuenta menos en la conformación de la opinión pública que las apelaciones a emociones y creencias. Además, la opinión pública es mutable.
La democracia representativa trata de corregir tales defectos. La clave es la selección y prelación de la información disponible, la correcta elaboración de la agenda informativa.
El resurgimiento del populismo a nivel global ha coincidido con la proliferación de desinformación. Populismo, desinformación y polarización están intrínsecamente conectados y se retroalimentan mutuamente. De hecho, la desinformación triunfa en aquellos entornos en que hay una alta polarización afectiva (Rivera y González, 2024).
Este, como fenómeno político, se caracteriza por su capacidad para conectar emocionalmente y movilizar a las masas. Simplifica la política al dividir a la sociedad en dos campos opuestos. La lógica maniquea del populismo combinada con la desinformación sirve para apuntalar una narrativa polarizadora y divisiva. Esto socava la confianza en las instituciones democráticas y en los actores políticos (Rivera y González, 2024).
En fin, desinformación es todo lo que dificulte la utilización correcta de la información disponible. Y eso no está en relación directa con la mentira. Esta, en un siglo en que se puede construir la verdad sobre cualquier retazo de realidad para luego desligarla completamente de ella, hace que mentir sea hasta infantil, solo resultado de la falta de imaginación o de la incompetencia.
La desinformación afecta a los cimientos de la democracia al alterar su base, pues esta se sustenta sobre las decisiones pretendidamente libres e incondicionadas de los ciudadanos.
Las fake news o la posverdad incorporan algún tipo de beneficio toda vez que su fabricación es onerosa económicamente. Para combatirlas es imperativo comprender sus razones e identificar a la fuente que las ha estimulado. Como ya apuntaba Derrida: «Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la finalidad del mentiroso».
Noticias falsas, bulos, ha habido siempre en la historia de la humanidad. En eso no hay nada nuevo. La auténtica noticia es, en realidad, la facilidad y profundidad con que ahora penetran en la sociedad de la mano de las tecnologías de la información y el carácter masivo o estratégico de ello. La desconfianza que provoca sirve a la deconstrucción de las sociedades.
Todo esto es antiguo. La novedad se encuentra en el aparataje técnico de que se la ha dotado. Además, la ausencia de una labor de cribado en las redes sociales hace que el usuario sea el único juez de la veracidad de las noticias.
Y eso cuando no pocas de estas noticias son auténticos productos de ingeniería social. Lo importante es centrar o descentrar el debate. Y es el hombre, y no los bots, el principal responsable de la viralidad de las noticias falsas. Y esto no puede resultar extraño, para eso han sido construidas (Vosoughi, Roy y Aral, 2018).
Pretende servirse de periodos de tensión social para conseguirlo. Uno de estos periodos es, sin duda, las elecciones. Estas escenifican una polarización inexistente de la que se deduce una quiebra social. Un momento así permite golpear eficazmente la juntura entre la sociedad y las instituciones, cuando su debilidad es acentuada.
No se trata tanto de apoyar a tal o cual candidato considerado más favorable, que también; sino, ante todo, de cuestionar el marco, de hacer dudar a la comunidad, de resaltar las contradicciones e insuficiencias del sistema debilitándolo. Se busca atentar contra el sentido de la seguridad de la sociedad y con ello en la confianza, eje como se ha visto de la propuesta emocional de Moïsi.
Con la desinformación se logra también neutralizar el carácter de cuarto poder de los medios de comunicación social debilitando los equilibrios de la democracia al hacerlo. Se está ante un elemento clave de no pocas estrategias populistas con las que se allana la relación directa del líder con el pueblo y se elimina o limita un mecanismo de oposición a sus propuestas. Y no son cuestiones menores toda vez que su regulación afecta al acervo de Occidente.
Pero es que los medios en el plano internacional históricamente se han utilizado para eso, para interferir. Como ejemplo, referir la suspensión de medios de información tan relevantes como Russia Today y Sputnik News, a instancias del Consejo Europeo al poco de la invasión de Ucrania en 2022. Esta fue posteriormente ratificada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, toda vez el evidente alineamiento de las noticias de ambas cadenas con las tesis sostenidas desde Moscú y su capacidad de influencia sobre una opinión pública que podían alterar en beneficio de un Estado extranjero.
Populismo y relaciones internacionales
El auge del populismo está asociado a la crisis del modelo democrático como consecuencia del crepúsculo de las ideologías y la pospolítica. De ello, trasladado a escala mayor, se ha derivado la puesta en cuestión del orden liberal a nivel nacional, primero, e internacional, después. Tal cosa se materializa en el choque entre regímenes liberales y otros iliberales —así como entre democracias y dictaduras— que han trasladado la pugna a escala global.
En fin, la política exterior de un país resulta una continuación de su política interior y, por tanto, es indisociable de esta. Y más en una democracia en que esta especialmente llamada a su continuidad y congruencia. Pero sucede que, a veces, la política exterior de un concreto país se pone al servicio no tanto de sus intereses o valores, como de la agenda interior de un líder populista y de su interés personal. A resultas, una política de Estado puede experimentar todo un quiebro incongruente y, por ello, de difícil predictibilidad. Esto, o su sola posibilidad, genera incertidumbre a nivel global.
El nacionalpopulismo
El populismo se encuentra, no pocas veces, en íntima relación con el nacionalismo. Estos son conceptos sin duda distintos —ambos incompletos o porosos—, pero no completamente independientes entre sí. Comparten no pocos valores comenzando por la naturaleza emocional, cuando no anti racional.
No en vano, el nacionalismo, «la ramita torcida» de Schiller, es una ideología de la identidad, esto es, encuentra su sustrato en una cierta identidad colectiva. El populismo también pertenece a esta lógica y, por ello, sirve a su articulación. La diferencia entre uno y otro está en que mientras el nacionalismo apuesta por la lógica dentro fuera, el populismo suma a este el enfrentamiento arriba/abajo, esto es, entre el pueblo y las élites (Fernández-García y Valencia, 2022).
Siguiendo está lógica, el «nacionalpopulismo» es un discurso que articula las frustraciones del pueblo-nación en el eje vertical del populismo, es decir, dirige al pueblo contra unas élites ya sean estas nacionales o internacionales. Se hace así referencia a la primacía política de las identidades nacionales en el contexto internacional alineando ambas esferas.
En este ámbito, los actores nacionalpopulistas dicen encarnar y representar la soberanía del pueblo —definido en términos estrictamente nacionales— frente a unas élites y estructuras de poder, asentadas en el exterior, y que son presentadas, una vez más, como antidemocráticas, oligárquicas y corruptas, pero también dominadoras de unas élites nacionales que actúan a modo de sucursales. Estos discursos pueden resultar especialmente atractivos en contextos oportunistas de crisis y servir para la exculpación mediante su proyección exterior (Fernández-García y Valencia, 2022).
El populismo es así una lógica huésped del nacionalismo pues supone una sobrevaloración de la identidad nacional. Para ello, igualmente, se sirve a la mitificación del pasado y de las tradiciones. Esto explica su naturaleza proteccionista y conservadora. Y su oposición a cualquier proyecto comunitario o lógica multicultural que diluya a la nación.
Antiglobalismo y antiregionalismo
La globalización ha permitido un cambio de orden mundial, en el contexto del cual, se ha producido una pérdida de poder relativo de Occidente como resultado del «ascenso de los demás» del que hablaba Fareed Zakaria. En paridad de precios, según el Banco Mundial en 2023, China era el 18,76% del PIB mundial, EE.UU. el 14,8% y la UE el 14,68%. La suma de los tres es hasta inferior al 50%.
Hay una reacción contra el sistema de reglas que han propiciado este cambio y se reclama la vuelta a las políticas de poder como forma de superar una tendencia nada conveniente a la que lleva el esquema normativo multilateral actual. El populismo en este contexto geopolítico de pérdida de poder relativo de Occidente puede ser hasta un elemento precipitante.
Pero es que también es cierto que la globalización ha provocado una fractura interna en países como Estados Unidos. Esta es fruto de la desigual distribución de los réditos y cargas que la globalización ha traído al país. Ello ha hecho que, para un segmento de la población, sea un foco particular de agravio, y provocado, consecuentemente, movilizaciones en su contra de las que se sirve el populismo.
Los llamados «perdedores de la globalización» denuncian que se ha producido una pérdida de control, pero también de la autonomía del pueblo para fijar la política económica y de empleo nacional. Deducen de ello lo que es, de facto, el secuestro tanto de la democracia como de la propia soberanía nacional.
Porque el nacionalpopulismo también considera que los proyectos multilaterales o comunitarios suponen una merma de la capacidad de decisión del pueblo-nación y, por ello, son una indebida restricción al poder del Estado (Aranda, 2025). Las tensiones que ello provoca en las organizaciones regionales como la Unión Europea es evidente.
La globalización, por más que sea un proceso de racionalización cultural hecho sobre la cultura más fuerte, que es, con todo, occidental, implica un intercambio del que se deduce una mezcla, por mínima que esta sea. Y de ahí, nuevamente, el carácter reactivo y antiglobalizador del populismo, aun en Occidente que es el eje cultural del que se sirve.
Igualmente, el populismo se opone a la hibridación cultural que la globalización propugna y, por supuesto, se posiciona contra los flujos migratorios sirviéndose de la xenofobia para fomentar la desconfianza de la población.
Con ello, además, gana apoyos. Y eso, a pesar de que dicha migración —que es un factor de interpenetración y transversal a la lógica dentro fuera— responde a una poderosa demanda de mano de obra por parte de los agentes económicos nacionales, particularmente en Occidente, y que, además, es fruto de los problemas de población que padece, una suerte de invierno demográfico.
Se está ante una forma posmoderna de tribalismo que ha logrado construir la agenda política de Occidente. Esta se inscribe dentro de las reacciones contra las políticas para resolver los problemas comunes de la humanidad, desde el Covid hasta el medio ambiente. Así, se suele señalar la ausencia de una responsabilidad específicamente nacional o una atribución clara, y eso junto con los costos derivados del esfuerzo nacional en tal sentido o su naturaleza asimétrica. Esto dificulta cualquier acuerdo global que se pretenda, como, por ejemplo, la problemática de los global commons: el ciberespacio, el espacio exterior, el medioambiente o la alta mar.
Es un movimiento de reacción —por lo demás plenamente acorde con la naturaleza hegeliana de la globalización— contra lo que se ha denominado compromisos cosmopolitas liberales, esto es, contra la tolerancia cultural y de estilos de vida, la cooperación internacional, los derechos y libertades fundamentales, etc. Es una reacción «tradicionalista» o conservadora contraria al predominio de los valores posmaterialistas y de corte cosmopolita y liberal (Aranda, 2025).
Es interesante traer a colación en este contexto, y como ejemplo, el pensamiento de Alexander Duguin. Este hace una mezcla crítica de liberalismo, posmodernidad y marxismo que entremezcla con el fascismo clásico para extraer de la adición toda una teoría política. Así, desde la idea de Dasein [existir] que formulara Martin Heidegger pasa de lo individual a lo colectivo, al «pueblo» y de ahí a «nuestro pueblo» (Galcerán, 2022).
Un pueblo este, el ruso, amenazado con una misión mesiánica: oponerse al liberalismo global y universalista que está destruyendo el mundo. Ya que, a su juicio, el liberalismo no pertenece al pensamiento ruso y se instala para justificar una sociedad de consumo que nada bueno ofrece, como tampoco lo hacen ni la posmodernidad ni el ecosistema ideológico de la nueva izquierda (Galcerán, 2022).
Su oferta para el pueblo ruso es, a juicio de Duguin, extraordinariamente precaria y carente de futuro. De hecho, considera que estas ideas extranjeras, están destruyendo la sociedad razón, por lo que llama a una «cruzada» contra el liberalismo y el neoliberalismo, la postmodernidad, la sociedad posindustrial, la globalización y sus bases logísticas y tecnológicas (Galcerán, 2022). Estas afirmaciones no son muy lejanas al juicio del presidente Trump sobre Europa.
Así, reformula y da coherencia a una alternativa populista hilvanando el presente con las propias tradiciones y la historia. Reafirma con ello la identidad rusa cuando está siendo socavada y refuerza una civilización de signo nacional mientras enfatiza la existencia de una poderosa identidad propia, la euroasiática y lo hace mediante una llamada a la acción:
«No hay ninguna barrera a la integración del gran espacio eurasiático alrededor de Rusia, ya que estas zonas fueron política, cultural, económica, social y psicológicamente unidas en el transcurso de muchos siglos. La frontera occidental de la civilización eurasiática va un poco más al Este de la frontera occidental de Ucrania, por lo que el Estado recientemente establecido es inviable y frágil (Galcerán, 2022)».
Esta visión no es propiamente conservadora, sino de corte reaccionario e imperialista. Sus ideas son la «hoja de parra» que utiliza el presidente Putin para dar cobertura al control interno de un país de baja calidad democrática; pero también para el expansionismo externo. Rusia parece que solo puede existir en la condición de imperio y Duguin la dota de una narrativa acorde.
En fin, el que los partidos populistas sostengan valores y propuestas compartidas —tan relevantes como el propio cuestionamiento de la democracia liberal— actúa como atractor mutuo y, por ende, favorece las alianzas. De este modo, su programa antiliberal no se limita al ámbito nacional, sino que, a pesar de su individualismo y carácter tautológico, mediante la emulación generan nuevas alianzas internacionales y regionales poco compatibles con el multilateralismo y la gobernanza global. Tal cosa favorece la idea de un choque entre los órdenes liberal e iliberal que también se traslada a la esfera internacional.
Esto es debido a que la propuesta populista, manifestada en clave nacional con expresiones como America First, viene a subrayar un uso pleno e irrestricto del poder nacional y la voluntad de hacer, a lo sumo, concesiones transaccionales. Pero, con todo, trasciende el ámbito nacional y busca afinidades ideológicas para forjar alianzas en el ámbito internacional o, incluso, fomenta partidos nacionales de credo similar.
El resultado es una cierta convergencia entre líderes populistas de todo Occidente en la transformación de la política exterior. Esta se manifiesta hasta en la creación de grupos parlamentarios que los aúnan y sirven para mostrar un espacio conjunto. Más aún, los populismos europeos han forjado vínculos con los norteamericanos formando lo que a veces parece, pese a su incongruencia, un frente único.
Esto se verá formalmente auspiciado desde la Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana de 2025 en la que, de modo a veces hasta similar a Duguin se llega a criticar el decadentismo de Europa y su pérdida de raíces, en sintonía con la teoría llamada del gran reemplazo —una formulación carente de una base real mínima y, pese a ello, ampliamente difundida por movimientos de corte extremista—, mientras se llama a la cooperación con los «partidos patriotas» para evitarla.
Tales partidos constituyen una fuerza centrífuga y sirven de atractores de todos aquellos que se oponen a ciertas políticas en el interior de organizaciones regionales y hasta globales contribuyendo a articular sus esfuerzos y a reforzar sus narrativas.
La referida estrategia, a la contra y en una lectura inversa, incorpora el riesgo de deslegitimar esas opciones políticas que, siendo legítimas en sí mismas, pueden ser acusadas precisamente de antipatrióticas y quinta columnistas ante la eventualidad de que actúen o puedan actuar al servicio de los intereses señalados por una potencia extranjera. Se está así ante una interferencia de doble efecto cuyo resultado es el daño a la democracia europea en todos sus niveles y el debilitamiento de sus instituciones, algo fáctico y nada amistoso.
Esto, además, ha derivado en el estableciendo nuevas agendas temáticas, de prioridades geográficas, de actuaciones de fuerza unilaterales y discursos antiliberales que impiden o boicotean los consensos internacionales en ámbitos como el medio ambiente, la migración, el comercio, los procesos de construcción de la paz, la lucha contra el narcotráfico o el propio uso de la fuerza acreditándose la incidencia de discursos y prácticas populistas en política exterior (Aranda, 2025).
El caso del trumpismo
Las políticas del presidente Trump han recibido, por su singularidad, un nombre propio, una marca, trumpismo. Con ellas, se señalan unos modos particulares de hacer. La razón es que recurren a «hechos alternativos», cuentan con un carácter frecuentemente disruptivo, como lo son también los términos con que se verbalizan —evidentes exageraciones con componentes hiperbólicos—, y hasta la gestualidad que las acompaña —a veces poco acorde con normas de cortesía básicas—. Con ello siempre pretende escenificar poder.
De esta forma, se contesta a la pérdida de poder relativo del país en el contexto de la globalización. Y se hace mediante la teatralización política, pudiéndose componer toda una geopolítica con los casos de falta de formas en la praxis diplomática.
En esta línea, se amplifica mediáticamente cualquier decisión para trasladar el poder al ámbito global, creando marca y rentabilizándolo. Pero esto, paradójicamente, supone un reconocimiento público de su carencia. Como decía De Gaulle, «el silencio es el lenguaje del poder». Las palabras y la gestualidad complementan al poder. Su sobreuso delata su ausencia y, consecuentemente, su suplantación.
Tal cosa se ve acompañada, en el terreno de los hechos, con actuaciones como las llevadas a cabo en Venezuela y que se justificaron aduciendo razones de Seguridad Nacional y el narcotráfico, si bien se dejó entrever que la cuestión de fondo era el petróleo. Tal cosa es también un aviso a los países vecinos y discrepantes.
Referir, de paso, que estas acciones suponen centrar la lucha contra las drogas en la oferta externa —y no en la demanda interna— lo que traslada a los centroamericanos la carga de una lucha en beneficio norteamericano y eso mientras se ignora la dimensión de Salud Pública de un problema que ha llegado a provocar más de cien mil muertos al año por sobredosis en EE.UU.
Sin las políticas sobre la demanda, ningún programa funciona a largo plazo, por más que se aparente otra cosa y se esté satisfaciendo falazmente la inquietud de determinados nichos electorales. Otro tanto sucede con las políticas migratorias, pues estas se producen como fruto de una necesidad económica del país; o respecto de los regímenes de Cuba y Venezuela, que cuentan con muchos naturalizados americanos y empresas interesadas en los negocios.
Y todo ello llevado a cabo estridentemente: abuso de la fuerza, incumplimiento del Derecho Internacional Público, recurso a normas del siglo XIX y enviando a los emigrantes a prisiones fuera de estándares o en El Salvador, desafiando al Poder Judicial norteamericano, interfiriendo en las políticas europeas, etc.
Estas son parte de las formas, luego está su agenda política y que supone una también quiebra en la política exterior que ha seguido Estados Unidos por más que parezca una excentricidad más.
Bien es cierto que este país, hasta la Segunda Guerra Mundial, se ha debatido entre el aislacionismo y una política global siendo Europa la clave de tal dualidad estratégica. Pero su Estrategia de Seguridad Nacional 2025 —que se aparta de los modelos tradicionales para este tipo de documentos y al que dota de tintes ideológicos— no identifica como enemigos ni a Rusia ni a China sino, de alguna manera, a quien ha sido su tradicional aliado, la Unión Europea, a la que, con todo, no cita.
De hecho, el presidente ya auspició el Brexit durante su primer mandato y ahora promueve políticas de igual signo apoyando a Gobiernos y partidos euroescépticos con los que interactúa y a los que alienta y promociona. Con ello, se puede pensar que trata de fomentar una estrategia de acción conjunta que puede socavar desde dentro lo que Estados Unidos socava desde fuera.
No existen ni pasado ni aliados, solo intereses. Su apuesta por esquemas transaccionales establece un nuevo punto de partida e ignora los beneficios obtenidos en su relación hasta el momento. Busca un nuevo equilibrio en la distribución de cargas, y utiliza las dependencias estratégicas generadas a sus socios en su propio beneficio. Esto debilita a organizaciones internacionales como la OTAN y resta predictibilidad y fiabilidad a la política exterior norteamericana.
Pero no se está, ni mucho menos, ante un actor irracional. Tales políticas también obedecen a la necesidad de lo que ha venido a ser denominado Imperial overstrech, esto es, son consecuencia de que su rol como poder global resulta difícilmente asumible en perspectiva económica como consecuencia de la pérdida de poder relativo. Así, la deuda pública norteamericana era del 122% en 2024, lo que le ha hecho al país hasta perder la máxima calificación crediticia. Y la deuda privada fue del 142%. La suma de ambas es el 264%, exorbitante cantidad, por lo demás no muy lejana a la china, 287%, como poco.
El núcleo de la controvertida política del presidente Trump está en relación directa con la financiación del país. Tal cosa alcanza desde los aranceles, a los requerimientos a los países miembros de la OTAN de un mayor nivel de gasto militar; los compromisos de inversión en EE.UU. negociados con la UE y otros actores en paralelo a los aranceles; la reestructuración del despliegue militar norteamericano, etc.
Estados Unidos percibe una suerte de decadencia —una vistosa pérdida de su poder relativo— en un mundo ordenado en base a reglas y trata de lograr su recambio toda vez la tendencia resultante. Y eso por más que haya contribuido a su establecimiento y se haya beneficiado de ellas.
Por eso ha iniciado un repliegue sobre su propio hemisferio. Porque quedaba al socaire de su liderazgo global; pero, al debilitarse este, ha habido otras potencias, como China, que le disputan precisamente allí su hegemonía. Tal repliegue es causa del debilitamiento de lazos con Europa cuyo concurso no es necesario, ni deseado en este proceso.
Del presidente Trump, amén del recurso a los aranceles, referir sus declaraciones sobre Canadá o Groenlandia, la captura del presidente Maduro, las intervenciones para contener a los narcos o su propuesta de cambiar el nombre al golfo de México. Esto, unido a lo que ha denominado el «corolario Trump» a la doctrina Monroe de su doctrina de Seguridad Nacional 2025, supone el reconocimiento explícito de este repliegue en lo que es una de las panregiones de Haushofer. Su apuesta es un liderazgo regional rebautizado ahora como esfera de influencia.
El histrionismo en la escenificación política es así un medio que sirve a una opción estratégica y que está desconectado del descontento social que está en su raíz. Es más, en el supuesto de fracaso de su modelo estratégico, dado el personalismo propugnado, la responsabilidad de este recaería sobre un presidente que se presenta de un modo tan extravagante, preservando al pueblo norteamericano de las consecuencias de sus actos.
Conclusiones
No se olvide, el populismo surge como respuesta frente a un hecho cierto: un déficit en la representación política que incorpora el modelo de democracia representativa. Las democracias incorporan un componente oligárquico o de desigualdad que es resultado de las imperfecciones, ficciones y supuestos que sirven a su construcción jurídico-política en la que se concilian una multiplicidad de conceptos y realidades.
El populismo instrumenta la idea de la voluntad general para alcanzar el poder. Supone así un intento de dar respuesta a estas carencias y restituir al pueblo en su poder natural pero también una impostura.
El populismo no es propiamente una ideología, sino una estrategia política. No es de derechas ni de izquierdas, sino trasversal a todo el arco político por más que sea particularmente útil para los extremos por la natural radicalidad de la metodología que propugna para sus aproximaciones: una confrontación entre el pueblo y las élites. Y reorienta hacia dichos extremos a quienes lo emplean por pura congruencia lógica.
El problema es que el costo de tal restitución es el menoscabo de la arquitectura institucional que actúa a modo de contrapeso a su poder y también de las instituciones que sirven a la articulación de la sociedad. Y no es una cuestión menor el que la democracia precise de una lealtad a la que el populismo no se compromete. Esto, en el medio internacional, se encuentra exacerbado como se ve en su apuesta frente al multilateralismo o en su desapego de socios y aliados.
El crepúsculo de las ideologías que ha acompañado a la posmodernidad ha supuesto una reducción del espacio para la política y su vaciamiento. El populismo supone así la movilización de una cadena de demandas heterogéneas unificadas que sirve para superar la pospolítica contra la que reacciona pese a situarse en su estela.
La relación del populismo con la democracia es así difícil toda vez que no es que no se oponga a una idea formal de democracia o al término mismo, sino que afirma oponerse a la existencia de límites a la voluntad del pueblo, lo que le lleva a confrontar con todo lo que suponga permanencia, esto es, con las Instituciones, el aparato del Estado. En cualquier caso, el resultado es el debilitamiento de la sociedad, más allá de los planos o aspectos concernidos por el debilitamiento del marco político. Y también, de prosperar, la degradación práctica de la democracia por la presencia de tics autoritarios asociados a la acción política.
Y tales políticas sirven para consagrar a quienes las promueven. Pero, la desatención de los intereses de fondo de la sociedad compromete la legitimidad futura del líder populista cuando no lo hace prisionero de sus decisiones previas.
La estrategia de comunicación es una de las claves del populismo. En la nueva política, el relato convencional anclado antaño en una ideología que lo ligaba y explicaba todo, ahora ha desaparecido. Los datos y las historias verificables, por más que interpretables, han sido sustituidas por unas narrativas fragmentadas sobre la base de una trama difusa y que se sirve de una lógica en blanco y negro para polarizar el espacio político y reafirmarse en temas que no son los pivotes efectivos de la política real y que, de hecho, pueden no tener nada que ver con ella.
Las narrativas son aquello que da sentido y estructura lo social. El populismo trata así de adueñarse de la agenda informativa y convertirla en agenda política haciendo de ella una expresión de la voluntad popular. Invalidando a los medios a través de la desinformación, se deshace de un mecanismo de control independiente y clave de la arquitectura institucional.
Factores polemológicos son los elementos que subyacen en el origen de los conflictos. El populismo es un factor polemológico en la medida en que los países pueden proyectarse sobre el escenario internacional en base a la agenda del líder populista —que puede ser interior o hasta personalista— con lo que introducen incertidumbres en este. Además, interfiere en las agendas informativas de terceros países para alinearlas con las suyas favoreciendo a partidos que soportan sus tesis.
El populismo en un contexto geopolítico de pérdida de poder de Occidente resultado del carácter nivelador de la globalización puede ser un factor precipitante y hacer difícil la gobernabilidad política cuando hubo un tiempo pasado que fue mejor.
Adquiere así la forma de movimiento de reflujo que acompaña a los avances de la globalización, traslada sus dinámicas a los escenarios regional y global en forma de un nacionalpopulismo que dificulta los acuerdos mientras promueve una agenda propia y alternativa. La emulación favorece la reproducción de modelos similares en otros países que colaboran entre sí —y eso a veces a pesar de tener modelos ideológicos contrapuestos— escenificando un choque entre democracias liberales e iliberales que, en cualquier caso, debilita a Occidente a nivel global, y, en clave interior, a la arquitectura institucional de los países democráticos.
Este debilitamiento de Occidente, su autoconsumo, tiene como añadido el que su contexto es la competencia estratégica con China. El mundo se está reordenando por el cambio de los equilibrios de poder y la erosión del derecho internacional. Las reglas que la sociedad internacional se ha dado no pueden impedir estos cambios, pero al afirmar su vigencia y procurar su reforma, si hacerlos más ordenados. Prescindir de ellas, como hace el populismo, provoca que los cambios se desarrollen con una mayor velocidad, que el proceso sea más ingobernable y, hace más probable que, al final, descarrile.
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Federico Aznar Fernández-Montesinos
Capitán de fragata de la Armada (DEM).
Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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El populismo como factor polemológico (0,2 MB)
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Populism as a polemical factor (0,2 MB)
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