IEEE. Europa ante la peligrosa encrucijada de la OTAN: defensa colectiva, autonomía estratégica y el paradigma Trump 2.0

Escudo UE y OTAN sobre mapa de Europa. Generado con IA.

07 may 2026

IEEE. Europa ante la peligrosa encrucijada de la OTAN: defensa colectiva, autonomía estratégica y el paradigma Trump 2.0

José Luis Pontijas Calderón. Analista Asociado al IEEE (CESEDEN)

Introducción: el fin de la ambigüedad

El panorama estratégico global en 2026 confirma lo que muchos analistas temían a principios de la década: el «dividendo de la paz» no solo ha desaparecido, sino que parece haber sido reemplazado por una especie de impuesto de seguridad. El escenario global ha abandonado la era de «pos Guerra Fría», para entrar en un entorno que podríamos denominar de preconflicto, donde los límites entre paz, crisis y guerra se difuminan en un espectro de amenazas híbridas y convencionales.

Durante las últimas décadas, la OTAN ha operado bajo el relativamente cómodo paraguas de la gestión de crisis y las operaciones fuera del área. Desde los Balcanes hasta Afganistán, la función principal de la Alianza ha sido proyectar estabilidad más allá de sus fronteras, con escaso éxito, acompañado de auténticos fiascos como el de Afganistán. Sin embargo, la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 y la subsiguiente consolidación de una alianza estratégica entre Moscú y Pekín han obligado a un retorno brusco a la razón de ser original de la Alianza: la defensa colectiva. Dicho retorno no es una simple regresión a la década de 1980, ya que se caracteriza por una triple presión que pone a prueba los cimientos mismos del Consejo del Atlántico Norte:

  • La realidad cinética, caracterizada por una guerra de alta intensidad en suelo europeo, que ha agotado las reservas de armamento y equipamiento occidentales, poniendo de manifiesto las vulnerabilidades de la base industrial de defensa europea y estadounidense.
  • El giro geopolítico protagonizado por la sorpresiva (aunque posiblemente esperada) aparición de un Washington ferozmente transaccional, que durante la segunda Administración Trump sustituye las garantías de seguridad, asumidas hasta entonces como un compromiso ideológico, por una clara extorsión económica a cambio de ellas.
  • La sobre extensión global de Estados Unidos que le obliga a priorizar el teatro de operaciones del Indopacífico, lo que claramente está dejando una brecha de capacidades en Europa, que sus aliados europeos aún se esfuerzan por cubrir y que solo podrán cerrar a medio plazo.

En este contexto, estudios como la deconstrucción histórica de Rynning1 y la urgencia reformista de Spatafora2 apuntan a una única conclusión: la supervivencia de la OTAN depende de su capacidad para reformar sus procesos de toma de decisiones y su estructura militar. Ya no basta con gastar más; el reto ahora es gastar mejor y ser capaces de actuar juntos sin la participación de Estados Unidos.

Como examinaremos, la transición del Concepto Estratégico de 2022 a la realidad de 2026, requiere más que ajustes tácticos, exige reconocer y ser conscientes del fin de la ambigüedad estratégica. Europa Occidental (la OTAN y la Unión Europea) debe decidir si seguirá siendo un consumidor de seguridad o si finalmente evolucionará hasta convertirse en un proveedor de esta, capaz de mantener un elemento disuasorio creíble en sus propios flancos, el oriental y el septentrional, evidentemente, sin olvidar el meridional.

Continuidad histórica y el catalizador de Ucrania: de la Guerra Fría a la realidad de 2026

Para comprender la postura actual de la OTAN, es necesario reconocer que la Alianza no solo reacciona a una crisis contemporánea, sino que está experimentando su tercera gran transformación histórica. La organización ha pasado las últimas tres décadas intentando definirse por lo que hace (gestión de crisis, antiterrorismo), en lugar de por lo que es (una alianza de defensa colectiva)3.

Así, el período comprendido entre 1989 y 2014 estuvo marcado por una «distracción» estratégica. El enfoque de la Alianza en las operaciones fuera del área (en concreto, el prolongado compromiso en Afganistán) creó una cultura militar optimizada para la guerra expedicionaria, pero cada vez más alejada de las exigencias de un conflicto de alta intensidad entre potencias equiparables. Esta «pausa estratégica» provocó que las capacidades militares europeas se atrofiaran, lo que llevó a una peligrosa dependencia de los facilitadores estadounidenses en áreas como el transporte aéreo estratégico o la inteligencia satelital.

La invasión de Ucrania en 2022 no solo quebró la paz en Europa, sino que también destruyó el mito de la posibilidad de una asociación estratégica con Rusia, demostrando que el Acta Fundacional de 19974 fue, analizada en retrospectiva, un documento basado más en una falsa esperanza que no en lo que la experiencia ha permitido constatar. El catalizador de la guerra en Ucrania está forzando una redefinición de la frontera entre la Alianza y la esfera de influencia rusa, que vuelve a ser una línea dura y militarizada, recordando a la de la Guerra Fría, pero con una dimensión tecnológica e híbrida significativamente más compleja.

El conflicto en Ucrania ha actuado como un laboratorio brutal para la Alianza. El «catalizador ucraniano» ha generado tres cambios fundamentales que ahora definen la agenda de la OTAN5:

  • El renacimiento de la masa. Tras décadas centrándose en unidades profesionales pequeñas y de gran movilidad, el conflicto ha recordado que «la cantidad» tiene una cualidad en sí misma. El consumo de munición de artillería, la enorme cantidad de bajas y las tasas de pérdidas de material pesado y equipamiento han puesto de manifiesto lo reducido del tamaño de ejércitos sin reservas, así como la fragilidad logística occidental y la de su capacidad industrial de reposición.
  • El fin de la confrontación secuencial. La OTAN ya no puede permitirse el lujo de centrarse en una sola amenaza a la vez. La sinergia entre la agresión cinética rusa y la presión económica y tecnológica china (que podríamos calificar de «desafío euroasiático») implica que el «modelo ucraniano» de apoyo debe ser sostenible a largo plazo, sin comprometer la preparación para actuar en otros teatros de operaciones de características e intensidades diferentes.
  • La credibilidad de la disuasión. La disuasión es un constructo psicológico respaldado por una realidad física: la capacidad de llevar a cabo la amenaza. La transición de una «disuasión por castigo» (concepto que asume una posición reactiva que espera a ser agredido para liberar territorio ocupado) a una «disuasión por negación» (concepto claramente proactivo que intenta impedir que se tome cualquier centímetro del territorio de la OTAN) es, quizás, el giro estratégico más significativo desde la década de 19606.

La continuidad histórica que describe Rynning sugiere que la fortaleza de la OTAN reside en su capacidad de adaptación sin perder su identidad esencial. Sin embargo, el horizonte de 2026 presenta una paradoja: si bien la Alianza regresa a sus raíces de defensa territorial de la Guerra Fría, debe hacerlo en la era denominada «Trump 2.0», donde el compromiso estadounidense ya no es una certeza cuasi teológica, sino una variable política.

Así, el «catalizador ucraniano», si bien ha proporcionado el impacto necesario al sistema para mostrar la necesidad de reformarlo, podría ser fugaz, como enseña la historia. Por lo tanto, el desafío para el Consejo del Atlántico Norte es institucionalizar estas lecciones antes de que aparezca «la fatiga estratégica», ya que, a medida que la Alianza avanza en el análisis de las capacidades necesarias para la nueva defensa colectiva (véase NATO Defence Planning Process más adelante), influida por la sombra de la Guerra Fría, va quedando patente que las herramientas necesarias para asegurar el futuro son radicalmente diferentes de las de entonces.

El retorno a la defensa colectiva: capacidades y credibilidad

La Cumbre de Madrid de 2022 y los posteriores acuerdos de Vilna de 2023 marcaron un cambio radical en la planificación militar de la Alianza. Sin embargo, existe una brecha persistente entre las ambiciones político-estratégicas de la Alianza y su realidad operacional-táctica7. La transición de una mentalidad de gestión de crisis a una auténtica postura de defensa colectiva requiere más que una simple actualización de documentos; exige una transformación radical del nuevo modelo de fuerzas (NFM, por sus siglas en inglés).

En la década anterior, la presencia de la OTAN en el denominado Flanco Oriental se basaba en una fuerza discreta diseñada para desencadenar una respuesta más amplia. Hoy, la ambición de la Alianza es ser capaz de defender cada centímetro de su territorio desde el minuto cero de cualquier conflicto.

Este cambio tiene profundas implicaciones para el despliegue de la Fuerza de Reacción aliada, ya que la credibilidad (disuasión) ya no se mide por el tamaño del inventario total de fuerzas, sino por la disponibilidad y reactividad de las capacidades de alto nivel.

El objetivo de contar con más de 300.000 tropas en alta disponibilidad sigue siendo un desafío monumental para las capitales europeas, que afrontan importantes obstáculos en el reclutamiento, la retención y la adquisición de sistemas multidominio avanzados8.

Uno de los puntos más críticos planteados por la literatura reciente es el riesgo de una defensa fragmentada. Mientras que los Estados bálticos y Polonia han acelerado sus ciclos de adquisición, el hinterland de la OTAN (Europa occidental y meridional) sigue siendo más lento a la hora de adaptarse.

Una OTAN de dos velocidades, en términos de capacidades, podría animar a Moscú a poner a prueba la cohesión de la Alianza mediante tácticas de «rebanada de salami»: incursiones limitadas o ataques híbridos que buscarían explotar las fisuras políticas, pero sin desencadenar el artículo 5.

Además, el retorno a la defensa colectiva ha puesto de manifiesto la lógica del desgaste. Como se observa en el escenario actual, la capacidad de sostener un conflicto de alta intensidad depende de los siguientes factores:

  • Las existencias necesarias para la reposición, lo que exige pasar de una logística reactiva «según necesidad», a una proactiva «por si acaso», con material preexistente.
  • La estandarización, para resolver la persistente falta de interoperabilidad entre los sistemas de armas europeos, un problema recurrente en numerosos análisis.
  • La resiliencia de las infraestructuras, que garantice la capacidad de las redes ferroviarias y de las carreteras europeas para facilitar un refuerzo rápido desde el Atlántico hacia el Vístula.

Un elemento crucial para los intereses españoles es el equilibrio entre los flancos oriental y meridional, lo que sugiere que, si bien la defensa colectiva es actualmente sinónimo de la amenaza rusa, no debe ser geográficamente ciega ni olvidar el flanco sur9.

Una OTAN creíble en 2026 debe ser capaz de gestionar un conflicto de alta intensidad en el Este, a la vez que asegura los denominados global commons (rutas marítimas, cables submarinos, etc.10) y responde a la inestabilidad en el Sahel y el Norte de África.

El retorno a la defensa colectiva es, por lo tanto, una prueba de la capacidad de la Alianza para seguir siendo un actor de seguridad global, centrándose al mismo tiempo en la totalidad de su seguridad regional —oriental y meridional—, es decir, en los 360º de su entorno estratégico, tal y como preconiza su Concepto Estratégico de 202211.

Para los aliados europeos, esto significa que el denominado Pilar Europeo debería ser capaz de asumir la responsabilidad principal de la defensa territorial convencional, lo que permitiría a Estados Unidos actuar como garante último y como reserva estratégica, especialmente ahora que la prioridad de Washington sigue siendo —y previsiblemente seguirá siendo— el Indopacífico y Oriente Medio.

El factor «Trump 2.0» y la reforma institucional

Si la guerra en Ucrania supuso un shock externo para las estructuras militares de la OTAN, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 ha supuesto uno interno para sus cimientos políticos, psicológicos e institucionales. La Alianza ya no puede depender de la «inercia estratégica»12. La era de la primacía estadounidense automática ha sido reemplazada por lo que podríamos denominar un «atlantismo transaccional», que exige una reestructuración radical del acuerdo aliado.

La retórica de la segunda Administración Trump ha sobrepasado la exigencia del parámetro del 2% del PIB, que ahora se considera en Washington un mínimo obsoleto, y ha elevado la demanda hacia un objetivo del 5% del PIB si los miembros europeos quieren contar con la cobertura total del paraguas de seguridad estadounidense.

Sin embargo, el verdadero desafío no es solo la cuantía del gasto —exigente en sí misma y aún por ver si todos los socios serán capaces de alcanzarla, pese a su aquiescencia inicial—, sino la naturaleza de la contribución, es decir, qué capacidades se adquirirán. Aun así, quedaría el espinoso asunto de cómo se repartiría el esfuerzo de la defensa colectiva.

Así, la OTAN debe pasar de un «reparto de la carga» —por el que Washington exigía que los europeos contribuyeran más a las misiones lideradas por EE. UU.— a un «desplazamiento de la carga», en el que los europeos deben asumir la responsabilidad principal de la disuasión convencional en Europa.

Esto implica que el Pilar Europeo de la OTAN debería ser capaz de desplegar la mayoría de las fuerzas convencionales necesarias para disuadir a Rusia y a otros adversarios potenciales (Sahel incluido).

Mientras tanto, Estados Unidos concentraría sus principales recursos en el teatro de operaciones del Indopacífico —u otros teatros que la Casa Blanca decida, para sorpresa de los europeos—, manteniendo únicamente las capacidades estratégicas de las que carecen sus socios continentales en la zona euroatlántica: la disuasión nuclear, la inteligencia de alto nivel, los misiles de largo alcance y el mando y control, entre las más destacables.

En cualquier caso, una propuesta clave es la modernización del proceso de toma de decisiones de la OTAN, según la cual la Alianza podría necesitar:

  • Reformar el Proceso de Planificación de la Defensa de la OTAN (NDPP, por sus siglas en inglés), pasando de objetivos puramente nacionales, a objetivos de capacidad colectiva y multinacional. Esto obligaría a los aliados a sincronizar sus bases industriales, en lugar de adquirir armamento y equipo de forma fragmentada, lo que contribuiría a resolver la tensión subyacente entre la cooperación y la rivalidad de las iniciativas relacionadas con la industria de defensa en la OTAN y en la UE.
  • ¿Un «SACEUR europeo»? Si bien históricamente el Comandante Supremo Aliado en Europa (SACEUR, por sus siglas en inglés), siempre ha sido un general estadounidense, el cambio geopolítico actual ha abierto un debate sobre el reequilibrio del liderazgo militar, lo que permitiría reflejar una mayor participación europea en la responsabilidad convencional13.
  • Aplicar el principio del «consenso menos uno», lo que, si bien podría mitigar el riesgo de que un solo Estado miembro vete un paquete de capacidades que se le haya asignado, y garantizar que las necesidades colectivas de la Alianza prevalezcan sobre las dudas nacionales durante la fase de planificación, podría, por otro lado, debilitar la cohesión si se acabaran imponiendo objetivos no deseados a los Estados miembros.

Pero quizá el aspecto más difícil de la situación provocada por Trump 2.0 es, sin duda, los que algunos analistas califican como la «incertidumbre radical».

La planificación estratégica requiere previsibilidad, pero la Administración estadounidense actual parece utilizar la imprevisibilidad como un arma de negociación. Esto, evidentemente, torpedea la confianza mutua y podría conducir a una bilateralización de la seguridad europea.

En ese escenario, Washington trataría individualmente con las capitales (Varsovia, Berlín, Londres, etc.) en lugar de hacerlo con el Consejo del Atlántico Norte en su conjunto, imponiendo así sus intereses con mayor facilidad, en detrimento de los de la Alianza en su conjunto.

Para evitar esto y seguir siendo «apta para su propósito» —expresión utilizada con asiduidad en documentos de la Alianza—, la OTAN debería institucionalizar sus planes de defensa de forma que estén «a prueba de Trump» o de cualquier nuevo inquilino de la Casa Blanca que intente aplicar una política de seguridad puramente transaccional.

Esto implicaría alejar la coordinación de la planificación a largo plazo de las iniciativas exclusivamente lideradas por Estados Unidos (como el formato Ramstein)14 y redefinir la estructura de mando permanente de la OTAN.

En resumen, el segundo mandato de Trump podría representar una amenaza existencial para la OTAN, no tanto por el posible abandono de Washington —ante cuyo intento parece que el líder estadounidense encontraría una fuerte resistencia en el Congreso y Senado norteamericanos— como por el riesgo de que la Alianza pueda convertirse en un tratado inoperante.

Para evitar esto último, los europeos deberían cambiar la concepción tradicional de cómo la entienden. Así, la nueva Alianza debería ser más europea en su ejecución y más transaccional en su lógica.

Pero el desafío de Trump 2.0 no solo está impulsado por las políticas, sino que también es decididamente personal y simbólico. En este sentido, el comportamiento del actual secretario general Mark Rutte, con respecto al presidente Trump, ha provocado un malestar sin precedentes en los círculos estratégicos europeos y en los medios de comunicación a ambos lados del Atlántico15.

Si bien el pragmatismo diplomático nunca es descartable, el enfoque de Rutte parece haber cruzado la línea hacia un estilo que algunos analistas veteranos no dudan en describir como fatuo y alarmantemente servil.

La revelación pública de mensajes privados —en los que Rutte aseguró al presidente Trump que «Europa va a pagar a lo grande» y se refirió al presidente estadounidense en términos casi familiares, llamándolo «papá»— ha causado cierta consternación.

Esta diplomacia de «beso del anillo» alcanzó su punto más bajo durante los recientes debates sobre el objetivo del 5% del PIB en gasto de defensa, al presentar estos aumentos presupuestarios forzosos como una victoria personal de Trump, en lugar de como una necesidad estratégica, respaldando y, por lo tanto, validando de facto una visión puramente transaccional del compromiso de defensa mutua.

Aún más preocupante sería la postura de Rutte sobre la controversia de Groenlandia. Ante la presión y las amenazas explícitas de Estados Unidos respecto al estatus de la isla y la seguridad del Ártico, el intento del secretario general de mantener una posición equidistante ha sido percibido por Copenhague y Bruselas como una política de apaciguamiento peligrosa y equivocada16.

Tratar la posible vulneración de la integridad territorial de un Estado miembro como un tema susceptible de negociaciones, con el fin de satisfacer los caprichos de Washington, es, sin duda, un error estratégico, ya que muestra a cualquier gran potencia rival que la cohesión interna de la OTAN está en venta, socavando así el principio mismo de soberanía asegurada, que la Alianza afirma y pretende proteger.

En este sentido, la OTAN necesita un secretario general que actúe más como guardián del Tratado que como facilitador de un modelo de «seguridad a cambio de pago».

Responsabilidad estratégica europea con una seguridad regional omnidireccional

Las fricciones en el liderazgo de la OTAN nos llevan al argumento central del futuro de la Alianza: la urgente necesidad de un «Pilar Europeo» que sea políticamente autónomo y militarmente capaz.

Así, la crisis actual no sería tanto un signo de la obsolescencia de la OTAN como una oportunidad para responder a una llamada a su europeización17.

De esta forma, la distinción entre la Brújula Estratégica de la UE y el Concepto Estratégico de la OTAN debería desaparecer en favor de una arquitectura sincronizada.

Ello exigiría que, para que Europa pueda resistirse a ser tratada como un actor secundario —o un mero conjunto de clientes de la industria de defensa estadounidense—, consolide su propio mercado de defensa.

De esta manera, la responsabilidad estratégica europea no consistiría en competir con la OTAN, sino en salvarla de sus propios desequilibrios internos.

Si Europa puede proporcionar el 50% de los facilitadores de alta gama para 2030 —constelaciones de satélites, reabastecimiento en vuelo y defensa antimisiles integrada—, la amenaza transaccional de un potencial abandono por parte de Washington perdería su lógica.

Para España y, en general, para los aliados del sur, un Pilar Europeo más fuerte permitiría a la OTAN abordar el flanco sur —la estabilidad del Sahel, Norte de África y el Mediterráneo— de manera decidida y sin tener que recurrir a los facilitadores estratégicos estadounidenses.

Estos se encuentran cada vez más focalizados sobre el Pacífico, pese a distracciones temporales en Oriente Medio, en defensa de Israel, que no dejan de ser circunstanciales.

«El trilema» de la Alianza

La convergencia de las líneas estratégicas propuestas por Rynning, Perot, Spatafora y Beneyto revela una OTAN robusta en sus intenciones militares, pero frágil en sus fundamentos políticos. Así, la Alianza se enfrentaría a lo que podríamos denominar el «trilema de la cohesión»: la necesidad de mantener el interés estadounidense, garantizar la unidad europea y hacer frente a una amenaza euroasiática y africana multidimensional.

El campo de batalla actual y futuro, dominado por el mando y control impulsados por la IA, los enjambres autónomos y la militarización del espacio, requiere una adaptación acorde a estas dinámicas.

Si bien el Concepto Estratégico de 2022 de la OTAN sentó las bases, la realidad actual muestra una peligrosa divergencia interna.

Estados Unidos parece avanzar hacia una «disociación tecnológica» respecto de aquellos aliados que no cumplan con sus estándares de seguridad y de sistemas.

Según esta línea de razonamiento, el coste de la era Trump 2.0 podría ser un proteccionismo tecnológico que acabaría convirtiendo a las industrias europeas en meros subcontratistas de las estadounidenses.

El retorno a la defensa colectiva resulta inapropiado sin una base industrial capaz de responder a las exigencias que imponen los conflictos prolongados.

En la actualidad, Europa aún carece de un mercado de defensa mayoritariamente europeo, con un panorama fragmentado de campeones nacionales y un alto porcentaje de compras extraeuropeas (el 78% del total) lo que, combinado con la presión transaccional estadounidense —orientada a la adquisición de sus propios sistemas de armas, dado que el 63% de dichas compras extraeuropeas se realizan en el mercado norteamericano18— parece debilitar a Europa.

Esta situación, en una búsqueda desesperada por evitar fricciones políticas con Washington, contribuye paradójicamente a socavar el propio Pilar Europeo.

Pero, en cualquier caso, las acuciantes necesidades militares no deben estar desvinculadas de las bases sociales de los Estados miembros, ya que ello podría crear una brecha entre lo que se requiere y la resiliencia social.

A medida que la Alianza exige mayores presupuestos de defensa —acercándose al umbral del 5%—, existe un riesgo palpable de fatiga de seguridad entre las poblaciones europeas, que ya se enfrentan a una crisis socioeconómica.

La Alianza no ha logrado articular una narrativa en la que el gasto en defensa se considere no como «un impuesto para Washington», sino como una póliza de seguro para la seguridad europea, en la medida en que aumenta la disuasión.

Sin una mentalidad de defensa total que involucre a toda la sociedad —resiliencia cognitiva—, las armas más sofisticadas serán de escaso valor contra la desestabilización híbrida y la polarización interna.

Conclusiones

El análisis del estado actual de la Alianza Atlántica, filtrado a través de las investigaciones recientes y la realidad geopolítica actual, sugiere las siguientes conclusiones:

El fin del escudo protector. La era de la seguridad estadounidense incondicional ha terminado. Ya sea mediante el transaccionalismo de Trump 2.0, o el inevitable giro de EE.UU. hacia el Indopacífico, la OTAN parece forzada a pasar de una jerarquía liderada por Estados Unidos a una auténtica asociación bipolar, en la que Europa proporcione la mayor parte de la disuasión convencional.

La autonomía estratégica europea ha evolucionado de una alternativa a una necesidad, que podría ser la vía para salvar a la OTAN. Una Europa débil es un lastre que invita al aislacionismo estadounidense, mientras que una Europa fuerte se convertiría en un socio indispensable o ,cuando menos, deseable.

Se estima que la actual postura de apaciguamiento ante las exigencias más disruptivas de Washington —Groenlandia o los dictados del 5% del PIB— es contraproducente.

La OTAN requiere un liderazgo que defienda la integridad soberana de todos los miembros y las normas colectivas del Tratado, no un simple seguidismo, y menos aún un comportamiento del secretario general que algunos no dudan en calificar de fatuo y servil.

Es evidente que la defensa colectiva requiere soberanía industrial. La disuasión por negación parece más bien una promesa vacía si no la acompaña la capacidad de producir, sostener e innovar dentro de las fronteras europeas.

Es preciso que se realice un esfuerzo en comunicación estratégica para aumentar la resiliencia social, articulando una narrativa en la que el gasto en defensa se acepte como un seguro para la seguridad europea, en la medida en que aumenta la disuasión, y que involucre a toda la sociedad.

El retorno a la defensa colectiva no debe dar lugar a una Alianza monofocal que, al sufrir de «ceguera geográfica» descuide el flanco sur.

Para naciones como España, la obsesión atlántica por el flanco oriental no puede ir en detrimento de un vacío estratégico en el Mediterráneo, Norte de África y Sahel.

Una OTAN que ignora dicho flanco es una OTAN que deja abierta una puerta a los actores no estatales perversos —terrorismo, tráfico de armas, drogas y personas, etc.— y a la creciente huella geopolítica del eje chino-ruso en África.

La credibilidad del enfoque de 360 grados —propugnado por el Concepto Estratégico de 2022 de la Alianza— está en juego.

Si la OTAN se convierte en un club puramente antirruso focalizado sobre el Este, perderá su relevancia para los aliados mediterráneos y, en última instancia, su pretensión de ser la garante de la seguridad europea en su conjunto.

El modelo actual de industrias nacionales de defensa fragmentadas es el mayor obstáculo para un Pilar Europeo creíble.

La tendencia de los Estados miembros —a menudo alentada por el deseo de los actuales líderes europeos de apaciguar a la Casa Blanca— a comprar sistemas estadounidenses crea una dependencia tecnológica que podría perdurar durante décadas.

Europa debería superar su «trampa de la soberanía», es decir, la ilusión de que 27 mercados nacionales pequeños e ineficientes puedan competir con los complejos militar-industriales integrados de EE.UU. o China, ya que la verdadera soberanía, en la situación global actual, residiría más en la capacidad colectiva europea y en su cohesión que en las listas de compras nacionales.

La Alianza Atlántica es ahora un ecosistema frágil que requiere un esfuerzo de mantenimiento activo y constante. La diplomacia sumisa, si bien puede pretender ganar tiempo, solo erosiona la dignidad y el peso estratégico de los aliados europeos.

Para ser apta para su propósito en la era de Trump 2.0, la OTAN debe redefinirse como una Alianza en la que Estados Unidos sea respetado como socio principal, pero en la que Europa lo sea también como un pilar soberano, capaz e indispensable.

Lo contrario podría conducir a una disolución lenta y transaccional, que dejaría a Europa vulnerable en el momento más peligroso del siglo XXI.

Así, la OTAN se encuentra en la actualidad en una encrucijada peligrosa.

Si bien tiene la memoria histórica para sobrevivir y los mapas reformistas para adaptarse, parece estar falta de coraje político para decir a sus ciudadanos y a sus socios transatlánticos las duras verdades sobre el costo de la libertad, en una era de confrontación permanente y riesgos crecientes.

José Luis Pontijas Calderón
Coronel (ET, retirado), Analista Asociado al IEEE
Doctor en Economía Aplicada por la UAH
Profesor de Geopolítica y Estudios Estratégicos en la UC3M

Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.

[1]RYNNING, Sten. NATO from Cold War to Ukraine. New Haven, Yale University Press, May 2025. El autor sostiene que la transición hacia una defensa colectiva no es un regreso al pasado, sino una adaptación necesaria a una era de confrontación permanente, ofreciendo el contexto histórico necesario para entender por qué estamos en el punto de inflexión actual.
[2]STAPHORA, Giuseppe. «Fit for purpose? Reforming NATO in the age of Trump 2.0», EUISS Brief, n.º 12. Junio 2025. El autor analiza el concepto de burden-shifting como opuesto al tradicional burden-sharing.
[3]RYNNING, Sten. NATO from Cold War to Ukraine.
[4]En relación con la evolución de la postura rusa, ver RYNNING. NATO from Cold War to Ukraine, cap. 4, en el que analiza el fracaso del Acta Fundacional de 1997.
[5]Ibídem.
[6]PEROT, Elie. «The return to collective defence: The New Force Model and the credibility of Article 5», International Affairs (Oxford Academic), vol. 101, n.º 6. Noviembre de 2025. Donde se desarrolla extensamente el concepto de disuasión por negación versus disuasión por castigo. Disponible en: https://academic.oup.com/ia/article-abstract/101/6/2129/8281860 (consultado 13/3/2026)
[7]Ibídem.
[8]Ibídem.
[9]FERNANDEZ SOLA, Natividad. «OTAN: España y el frente sur. Análisis geopolítico tras cuarenta años de experiencia compartida», Revista de Estudios en Seguridad Internacional, vol. 8, n.º 1. 2022, pp. 71-85. La necesidad de atender el flanco sur es un tema recurrente entre analistas y académicos españoles, entre los que destacaría el trabajo de la Dra. doña Natividad Fernández, quien realizó el que considero el análisis más completo de sus antecedentes y problemática. Disponible en: http://www.seguridadinternacional.es/resi/iproblemática.ta (consultado 19/3/2026).
[10]Sobre la vulnerabilidad de la infraestructura crítica submarina y la necesidad de nuevas capacidades navales, ver PEROT, Elie. The return to collective defence: The New Force Model and the credibility of Article 5.
[11]NATO 2022 Strategic Concept. Disponible en: https://www.nato.int/en/about-us/official-texts-and-resources/strategic-concepts/nato-2022-strategic-concept (consultado 13/3/2026).
[12]SPATAFORA, Giuseppe. «Fit for purpose? Reforming NATO in the age of Trump 2.0», EUISS Brief, n.º 12. June 2025. Disponible en: https://www.iss.europa.eu/publications/briefs/fit-purpose-reforming-nato-age-trump-20 (consultado el 13/3/2026).
[13]McALISTER, Vivian. «Is It Time for a European SACEUR in NATO?»,Geopolitical Monitor. Marzo 2025. Disponible en: https://www.geopoliticalmonitor.com/is-it-time-for-a-european-saceur-in-nato/ (consultado 13/3/2026).
[14]El formato Ramstein (o Grupo de Contacto de Defensa de Ucrania) es un mecanismo de coordinación militar que, creado en abril de 2022, es liderado por Estados Unidos desde la base aérea de Ramstein en Alemania y que reúne a más de 50 países (todos los de la OTAN, más algunos aliados como Australia, Japón, Corea del Sur y otros) para organizar y planificar el envío de armamento, municiones, entrenamiento y apoyo logístico a Ucrania durante su conflicto con Rusia. La dejación de funciones del líder afecta de manera determinante su efectividad.
[15]PICKET, Kerry. «NATO chief Rutte grilled by journalists for ‘gushing’ behavior toward Trump», The Washington Times. Junio 2025. Disponible en: https://www.washingtontimes.com/news/2025/jun/25/nato-chief-mark-rutte-grilled-journalists-gushing-behavior-toward/ (consultado 4/3/20026).ADDLEY, Esther. «‘Orchestrated grovel’: critics react to Europe’s attempts to tame Donald Trump», The Guardian.Junio 2025. Disponible en: https://www.theguardian.com/us-news/2025/jun/27/critics-react-europe-donald-trump-nato-mark-rutte (consultado 4/3/20026).
[16]Las filtraciones sobre las comunicaciones del secretario general Mark Rutte y su terminología hacia la Administración estadounidense han sido objeto de análisis crítico en diversos foros europeos. Para una crítica de la política de apaciguamiento en el Ártico, véase «Arctic hold‘em: Ten European cards in Greenland», ECFR. Enero de 2026. Disponible en: https://ecfr.eu/article/arctic-holdem-ten-european-cards-in-greenland/ (consultado el 4/3/20026).
[17]BENEYTO, José María. El futuro de la OTAN: desafíos, estrategia y nuevo orden global. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 2025. Beneyto enfatiza la importancia de la autonomía estratégica europea como la única forma de poseer un seguro de vida frente a un Washington errático.
[18]BARIGAZZI, Jacopo. «Buy your guns, missiles and tanks at home, Draghi tells EU countries», Politico. Septiembre 2024. Disponible en: https://www.politico.eu/article/europe-defense-mario-draghi-arms-industry-guns-missiles-tanks-spending/ (consultado 13/3/2026).
    • Europa ante la peligrosa encrucijada de la OTAN: defensa colectiva, autonomía estratégica y el paradigma Trump 2.0 (0,2 MB)

    • Europe and NATO’s Perilous Crossroads: Collective Defence, Strategic Autonomy, and the Trump 2.0 Paradigm (0,2 MB)