
30 jun 2026
IEEE. Irán, Ormuz y los límites del poder coercitivo
Alejandro Mackinlay. Capitán de Navío (retirado)
«Si un objetivo negativo —es decir, el uso de todos los medios disponibles para la resistencia pura— nos confiere una ventaja en la guerra, basta con que dicha ventaja sea suficiente para contrarrestar cualquier superioridad que pueda tener el adversario: al final, su objetivo político no parecerá justificar el esfuerzo que conlleva.»
Carl von Clausewitz, De la guerra (libro 1, pág. 94)
Introducción: la brecha entre poder militar y el objetivo político
La confrontación entre Estados Unidos e Irán confirma, una vez más, una constante de la historia estratégica contemporánea: la superioridad militar no garantiza por sí misma la obtención de fines políticos decisivos. Washington ha demostrado una clara ventaja táctica y operacional frente a Teherán, especialmente en inteligencia, ataques de precisión, superioridad aérea y naval, y capacidad expedicionaria. Sin embargo, esa ventaja no ha sido suficiente para provocar el colapso del régimen iraní, ni para neutralizar definitivamente su capacidad de coerción regional. La explicación no reside únicamente en la configuración y el abrumador tamaño de la fuerza militar americana, sino en la relación entre los medios militares, objetivos y voluntad política1. Cuando el objetivo estratégico es la transformación de la naturaleza del poder de un Estado, la destrucción de capacidades militares e industriales no tiene por qué resultar necesariamente en una transformación política.
Éxito militar y límites estratégicos
El primer límite es la brecha entre éxito militar y efecto político. Las operaciones estadounidenses e israelíes consiguieron infligir daños severos sobre infraestructuras militares, sistemas de defensa aérea, instalaciones vinculadas al programa nuclear y redes de mando iraníes. No obstante, el cambio de régimen exige condiciones internas que la acción militar externa rara vez puede producir por sí sola: fractura de las élites, pérdida de control coercitivo sobre la población, movilización social sostenida y existencia de una alternativa institucional viable. En ausencia de esos elementos, el empleo de la fuerza puede degradar al adversario e imponerle costes elevados, pero no necesariamente desarticular el sistema político que se pretende derribar y menos aún si no consigue que la élite política del régimen perciba que no tiene otra salida que la rendición del poder2.
La resiliencia del régimen iraní constituye un segundo elemento esencial. Desde 1979, la República Islámica ha desarrollado instituciones orientadas prioritariamente a la supervivencia: aparatos de seguridad sólidos, mecanismos de control social, legitimación ideológica, redes clientelares y una economía adaptada a sanciones prolongadas3. Esta arquitectura permite absorber golpes externos sin que se produzca automáticamente una quiebra interna. Además, la presión militar hostil tiende a activar dinámicas nacionalistas y de cohesión social, reduciendo el margen político de los sectores opositores y facilitando que el régimen presente la confrontación como una defensa de la soberanía nacional.
Además, los efectos de la fuerza militar alcanzan su límite cuando se emplea contra las capacidades del adversario, pero no contra los centros de gravedad de la resistencia del enemigo4. Si se ignoran o se minusvaloran los factores que sostienen su voluntad política, su cohesión interna, o aquellos elementos y herramientas que le permiten influir en su adversario, el resultado puede ser que la acción militar destruye la fuerza enemiga sin alterar el equilibrio estratégico. En esas condiciones, la superioridad táctica produce daños, pero no es capaz de alcanzar el fin político de las operaciones; impone costes, pero no quiebra la voluntad del contrario, ni tampoco consigue el objetivo estratégico5.
Ormuz como instrumento de coerción estratégica
El Estrecho de Ormuz ilustra con especial claridad esta dinámica. La capacidad iraní para amenazar un punto de paso crítico del comercio energético mundial convierte la geografía en un instrumento de coerción estratégica, en un “centro de gravedad”. Así, la interrupción parcial del tráfico marítimo generó efectos sistémicos: aumento de primas de seguro, encarecimiento de la energía, presión inflacionaria, incertidumbre en los mercados y tensiones políticas entre aliados. Irán no necesitaba cerrar indefinidamente el estrecho ni derrotar a la Marina estadounidense; le bastaba con mantener una amenaza creíble sobre los buques comerciales para trasladar el conflicto desde el plano militar al económico y político. Así, desde el inicio de las operaciones y durante el alto el fuego, el control naval o aéreo estadounidense ha coexistido con una capacidad iraní de negación local (“sea denial”) suficientemente eficaz6.
La cuestión del control aéreo sobre Ormuz refuerza esa conclusión. Estados Unidos ha mantenido la superioridad aérea en las capas media y alta, pero ello no equivale a lograr un dominio efectivo sobre el espacio aéreo litoral y las rutas marítimas a bajas altitudes. La persistencia de drones, misiles y lanzadores móviles iraníes ha generado una forma de negación parcial en el denominado “air litoral”: la capa baja donde se unen costa, mar, tráfico comercial, sensores y amenazas de corto alcance. Para obtener un control operativo real, Washington debería haber neutralizado de forma sostenida, no solo el sistema integrado de defensa aérea iraní mediante operaciones SEAD y DEAD7, sino también la cadena completa de lanzamiento: inteligencia, mando y control, logística, plataformas móviles y depósitos dispersos.
Ese requisito plantea un problema operacional de primer orden. La arquitectura iraní es distribuida, móvil y redundante; no depende de unos pocos nodos fijos cuya destrucción produzca el colapso del sistema. La localización y destrucción de lanzadores móviles exige sensores persistentes, “targeting” en tiempo casi real, ciclos de decisión muy cortos y presencia aérea continua sobre las derrotas de navegación y los accesos costeros. Además, la amenaza de drones de bajo coste introduce una dificultad económica y táctica: obliga a consumir misiles interceptadores muy caros, satura sensores y reduce la capacidad de garantizar la protección del tráfico marítimo. En estas condiciones, la superioridad aérea puede existir en términos generales, pero no asegura y garantiza el control del aire sobre la superficie inmediata de la mar8.
Elementos posibilitantes y asimetría del umbral de éxito
La protección de los elementos posibilitantes resulta igualmente decisiva. El dominio aéreo sostenido depende de aviones de alerta temprana, reabastecedores en vuelo, bases avanzadas, redes de mando y control e ISR continuo. Si esos sistemas son vulnerables a ataques con misiles, drones o acciones indirectas, la persistencia militar americana sobre el estrecho se reduce. La consecuencia es una asimetría estratégica: Irán solo necesita conservar una capacidad residual de amenaza para impedir la normalización del tráfico, mientras que los Estados Unidos deben conseguir para restaurar la libertad de navegación la eliminación prácticamente total de esa amenaza. El umbral de éxito es, por tanto, mucho más exigente para la potencia ofensiva que para el actor defensor.
La gestión iraní de la escalada amplía todavía más el problema. Teherán ha combinado acciones cinéticas limitadas con instrumentos no cinéticos destinados a influir sobre la voluntad política occidental: presión sobre rutas marítimas, ataques selectivos, amenazas energéticas, movilización de “proxies” regionales (Hezbolah, Houties) y explotación informativa del conflicto, con el foco en EE. UU. y Europa9. Esta forma de guerra desplaza el centro de gravedad del enfrentamiento más allá del teatro militar y obliga a Washington a considerar no solo la viabilidad operacional de una escalada, sino también sus efectos sobre aliados, mercados, opinión pública y estabilidad regional, la cancelación de “Project Freedom” 24 horas después de su lanzamiento es clara prueba de ello10. De este modo, un actor más débil puede explotar debilidades sistémicas que condicionan la libertad de acción de la potencia militarmente superior.
Finalmente, el cambio de régimen, objetivo político de la campaña, exigía una dinámica interna que no ha cristalizado. Las protestas sociales, la erosión económica y el malestar político existen y mucho, pero no se han transformado en una ruptura organizada capaz de desplazar a la élite en el poder. La represión, la fragmentación de la oposición, la ausencia de una alternativa institucional y el control de los aparatos coercitivos han impedido que la presión externa se traduzca en colapso interno11. Además, las sanciones y los ataques han reforzado la narrativa del régimen, que ha venido presentando la resistencia como defensa frente a una agresión extranjera a toda la nación iraní.
Conclusión: victoria militar y fracaso estratégico
En síntesis, Estados Unidos ha logrado imponer costes significativos a Irán, pero no ha conseguido emplear su superioridad militar para forzar el cambio político en Teherán. La resiliencia institucional del régimen, la eficacia de su estrategia asimétrica, el extraordinario valor geopolítico de Ormuz, la dispersión de sus capacidades militares, la dificultad de alcanzar un dominio aéreo útil en un entorno litoral saturado y las restricciones políticas para retomar las operaciones militares explican el fracaso estratégico. Ormuz demuestra que el dominio del aire (“air dominance”) hoy en día no es suficiente para dominar en el combate sobre la superficie de la mar, particularmente en aguas restringidas y que el poder militar puede destruir, degradar y coaccionar, pero por sí mismo no sido suficiente para conseguir las condiciones políticas internas necesarias para un cambio de régimen. Así, frente a adversarios resilientes, distribuidos y cohesionados por la amenaza externa, la victoria táctica puede coexistir con el fracaso estratégico.
Alejandro Mackinlay
Capitán de Navío (retirado)
Las ideas contenidas en estos artículos son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento del CESEDEN o del Ministerio de Defensa.
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Irán, Ormuz y los límites del poder coercitivo (0,1 MB)
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Iran, Hormuz and the limits of coercive power (0,1 MB)
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